Los símbolos de la Prehistoria — Raquel Lacalle Rodríguez

Este es otro de los magníficos libros que ha caído en mis manos, este es una rigurosa interpretación de las primeras manifestaciones artísticas, como pórtico al conocimiento de la Prehistoria, sin duda para los no iniciados nos requirió tiempo pero nos adentra en un mundo desconocido, al menos para mí es muy didáctico aunque por momentos para los neófitos tiene exceso de datos. Su lectura nos revela la naturaleza última de la «primigenia religión»: un culto a la Diosa Madre, a la Madre Naturaleza y a los astros, codificados bajo diversas formas animales. De ella derivarán todos los cultos posteriores.
A través de las manifestaciones pasadas se intenta explicar el presente y sin duda es el acierto y el aliciente.

La historia de la evolución del hombre como ser inteligente ha ido acompañada del desarrollo del lenguaje y de su capacidad en la creación y uso de símbolos. Su constitución como animal inteligente, elaborador de pensamientos complejos, le ha conducido a interrogarse sobre todo lo que le rodea, a intentar conocer y explicar el por qué de sí mismo y de su destino y a expresarlo mediante el uso de símbolos. A través del estudio de su pasado, de las huellas que ha dejado a lo largo de este recorrido, podemos seguir el itinerario del pensamiento de nuestro antepasado prehistórico. Las ideas religiosas que elaborará son parte de esta necesidad de comprensión de su entorno.
Los mitos son considerados entonces «enfermedades del lenguaje» y el problema radica en identificar las figuras primitivas que subyacen. Esto se consigue a través del análisis comparativo de los nombres de los dioses, lo que le llevará a proponer el carácter naturalista de la primitiva religión. Los astros proporcionan el material para la constitución de la primitiva representación del mundo.
Se ha tratado de encontrar una respuesta a la unidad que presentan los mitos. Según ciertos paradigmas interpretativos es explicada como consecuencia de la uniforme disposición de la mente humana y de la manera de manifestarse que es idéntica en todas las partes.
J. Campbell cree que el mito es expresivo de verdad absoluta porque narra una historia sagrada. Siendo real y sagrado llega a ser ejemplar y repetible porque sirve de modelo y justificación de acciones. Proporciona ejemplo de proceder humano. El ritual refuerza y da sentido, con la insistencia y exacta repetición de ceremonias y actos, al mito. Éste da significado filosófico a los hechos de la vida ordinaria, posee valor organizador de la experiencia.
G. Frazer la considera una «propiciación de poderes superiores al hombre». Para Durkheim las representaciones religiosas son representaciones colectivas que expresan realidades colectivas; los ritos son maneras de actuar que surgen en el seno de grupos reunidos, destinados a mantener o rehacer ciertas situaciones mentales de ese grupo. No hay religión que no sea a la vez una cosmología y una especulación sobre lo divino.

El Sol y la Luna han sido siempre elementos nucleares en la configuración de mitos, símbolos y divinidades. Son las dos luminarias que se reparten el cielo, a uno le corresponde el día y a otra la noche. Discos idénticos, son considerados hermanos o esposos (Verdet, 1989: 50-55). Los mitos referidos aparecen en todos los pueblos, son principios comunes de importancia reconocida y universal. La deificación del Sol como fuente de vida, así como la leyenda de su muerte y resurrección, aparece, entre otras culturas, en Escandinavia con la fábula de Balder. El proceso de transformación lunar es el otro tema básico. La luna es en sí andrógina. Es masculina, de forma fálica durante el creciente y el menguante, que se transforma en una forma circular, femenina, como mujer grávida durante la fase llena. El cuerno lunar es el elemento fálico masculino que fecunda a la Diosa virgen, transformándola en diosa grávida o luna llena femenina. Remota raíz de estos mitos que presentan una difusión universal, transmitidos a partir de intercambios culturales, emigraciones y por la propia evolución de los sustratos. Los orígenes naturalistas de la religión explicarían esta difusión y la perduración a través del tiempo de sus símbolos.
La idea de Dios coincide con la de una gran fuerza dominante que vive en el cielo. Ha sido expresada por palabras que significan «lo que hay arriba», «el que está más alto», «el invisible». Coincide en cuanto concepto con el sol, el cual, como símbolo cósmico, preside las religiones astrales. El sol inmortal aparece cada mañana y desciende cada noche al reino de los muertos. Símbolo de luz, destructor de las tinieblas, es fuente de vida y calor.
El tiempo es dividido en doce partes, de ellas seis pertenecen a la luz y seis a las tinieblas, seis a la acción creadora y seis a la acción destructora. La línea equinoccial de primavera separa el imperio luminoso del imperio tenebroso. El sol nacido en el solsticio de invierno debe permanecer aún tres meses en los signos inferiores antes de salvar el paso del equinoccio de primavera que asegura su triunfo sobre la noche.

Antiguos cultos lunares en la Península Ibérica. Tenemos información relativa a la consagración de una isla a la luz nocturna por parte de los tartesios, tal y como nos informa Avieno, quien también nos indica que la divinidad a la que se le tributa ese culto es la Luna (Ora Mar. 366-368). Otros testimonios se refieren a la ciudad de Palentia (Palencia), en la región vaccea, en la que Emilio Lépido salvó su vida cuando los indígenas suspendieron un ataque al producirse un eclipse de Luna. Ptolomeo da testimonio de la existencia de una sierra consagrada a la Luna, situada en el Noroeste de nuestra Península.
El simbolismo de la luna se manifiesta en correlación con el del sol. Su carácter fundamental deriva de que atraviesa fases diferentes y cambios de forma. Se sabe que los antiguos calendarios eran, en su mayor parte, lunares y es muy probable que fuera el deseo de rastrear su trayectoria lo que condujo a las primeras identificaciones significativas de grupos de estrellas. Un desarrollo temprano y muy extendido fue la tabulación de las mansiones lunares; en árabe se conocían bajo el nombre de a/-manazi/; en la India bajo el nombre de nakshatra; en hebreo bajo el de mazza/oth, y en China con el de hsiu. Las mansiones son grupos de estrellas o regiones estelares alineadas a lo largo de la eclíptica, mediante las cuales se puede determinar la trayectoria de la luna. A través de la división de su recorrido por las estrellas en 28 (algunas veces 27) secciones, la podemos ver entrar en una mansión diferente cada noche.
El mes de 28 días no lo es sólo en el sentido astronómico de las revoluciones de la luna, sino también en el sentido místico, al ponerse en relación con el período menstrual normal de las mujeres de 28 días. La luna es el símbolo o lugar del pasaje de la vida a la muerte y de la muerte a la vida. Por ello numerosas divinidades lunares son al mismo tiempo ctónicas y funerarias. El viaje a la luna o incluso la morada inmortal en ella después de la muerte terrenal se reserva, según ciertas creencias, a los privilegiados: soberanos, héroes, iniciados, magos. Es considerada yin con respecto al sol.
Los números asociados al culto lunar influyen en la cosmogonía. Es frecuente la presencia en los mitos de números como el tres, siete, nueve, trece, catorce, quince, que remiten al calendario lunar. La cosmogonía azteca dividía el mundo verticalmente en 13 paraísos superiores y 9 inframundos. Leminkainen («Amante») fue uno de los héroes de la épica finlandesa (Kalevala). De niño, su madre le bañó tres veces en una noche de verano y nueve veces en una de otoño para asegurarse que se convertiría en un adulto sabio, dotado para el canto.
La luna actúa como metáfora sobre la vida tras la muerte y el renacimiento espiritual. De modo análogo, se considera que el hombre muere para renacer en el más allá. En cada plenilunio las sacerdotisas guananchechas de Nana-cutsi (la Luna) bailan una danza llamada canacua (coronas) en ofrenda a la diosa. Estas sacerdotisas, coronadas de flores, bailaban a la hora de la luna llena en los atrios de los templos, siendo como una danza de alegría, en señal de que la diosa había renacido (Girard, 1976). Entre los upotos del Congo un mito cuenta cómo la inmortalidad que estaba reservada para los hombres le tocó a la Luna. Un día Libanza hizo comparecer ante él a los habitantes de la Tierra y a los de la Luna. Estos fueron y Libanza, dirigiéndose a la Luna, le dijo: «Para reconmpensarte por haber acudido a mi llamada la primera, no morirás excepto dos días cada mes; y ello tan sólo para que descanses y puedas aparecer luego cada vez más brillante».

Las sociedades del Paleolítico Superior frecuentemente son comparadas con grupos cazadores-recolectores actuales. Esas equiparaciones son usualmente hechas con las bandas de cazadores más simples que existen en la actualidad, coincidentes con aquellos grupos más aislados y marginales, que se encuentran en los ámbitos más hostiles, probablemente siguiendo la supuesta lógica de un proceso evolutivo que iría de lo más simple a lo complejo, dando por hecho, apriorísticamente, que las sociedades del Paleolítico Superior han de constituir el estadio más elemental. Se pueden hacer varias objeciones a estos hechos. La aparición del hombre moderno se estima en unas fechas más antiguas. El ADN lo cifra en unos 200.000 años; antropológicamente, los restos humanos anatómicamente modernos más antiguos recuperados son los de Skühl, en Israel (80.000-10.000 BP), junto a algunos restos africanos datados en torno a 150.000 BP. Es decir, que cuando surgen las culturas del Paleolítico Superior europeo, nuestra especie tiene ya tras de sí una historia y, por tanto, las citadas culturas pueden responder a bandas de cazadores-recolectores con un nivel de organización superior, que se manifestaría en la profusión y calidad del arte, de los objetos de adorno utilizados, e incluso en algunos enterramientos suntuosos.

Las representaciones femeninas se limitan a una vulva en numerosos casos en bloques rocosos y cuevas como: La Ferrassie, Castanet, Blanchard, Commarque, Deux Ouvertures, Lluera II, Pergouset… La imagen grávida de la mujer es reproducida con frecuencia en estatuillas. Siluetas femeninas grávidas se conocen también en bajorrelieves, en Abrí Pataud y Laussel. De Terme-Pialat, Saint-Avit-Senieur (Dordoña) procede una plaqueta calcárea, fechada en el Gravetiense, que presenta dos personajes esculpidos en bajorrelieve. Uno de los personajes es probablemente una mujer bastante corpulenta, de vientre y senos bien desarrollados, la otra es más enigmática. En un grabado sobre guijarro de Geldrop (Holanda) se representó una mujer en visión frontal, de formas redondeadas, con los brazos extendidos y una pierna levantada y un faldellín triangular con flecos.
Los diseños más realistas en bajorrelieves son los de la Roca de los Brujos de Angles-sur-l’Anglin, del Magdaleniense III, y de La Magdeleine, que coinciden con imágenes vistas de frente. En el primero aparecen figuradas desde la mitad del torso hasta los muslos, asociadas a dos bisontes; las mujeres tendidas de la Magdeleine yacen cada una junto a un caballo y un bisonte, del Magdaleniense Medio. De características similares es la mujer tumbada de Le Gabillou, acéfala. Por otro lado se encuentran las supuestas mujeres copulando de Los Casares y Les Combarelles, de perfil y con vientre prominente. Las siluetas femeninas estilizadas, acéfalas y ápodas, con glúteos muy señalados, forman un prototipo muy común durante las etapas tardías del Magdaleniense, tanto en el arte rupestre como en el mobiliar.
Las representaciones masculinas son denominados brujos o enmascarados, presentando miembros o atributos zoomorfos, que se han puesto en relación con actos rituales o de magia propiciatoria. Frecuentemente los antropomorfos masculinos aparecen representados de forma imprecisa, como siluetas o mostrando cierta apariencia animal, lo cual se explicó por el uso de máscaras y disfraces.
Los hombres con apariencia animal suelen contar con cabezas de pájaro, cornamentas de bisonte, toro o ciervo, en algún caso colmillos de mamut o rabo. La escultura de marfil de Stadel ofrece la imagen de un hombre-león. Las placas grabadas del Magdaleniense Medio de Las Caldas (Asturias) contienen en un caso un sujeto cubierto de una piel animal con cuernos cortos y cola larga de tipo bóvido. Otro ejemplar del mismo yacimiento muestra un perfil humano con cabeza bestial con posibles cuernos cortos. También se puede citar la losa de Espélugues, en Lourdes, grabada con individuo con cornamenta de ciervo con barba y rabo. El bastón perforado de Teyjat del Magdaleniense avanzado contiene una especie de diablillos.
La Diosa es concebida como Madre Naturaleza, como diosa cósmica, que posee dos manifestaciones o emanaciones esenciales: sol y luna. Ambos son los principales aspectos de la Diosa cósmica-panteísta. Aspectos constitutivos o emanados de ella, a los que se vinculan respectivamente sus aspectos femeninos y masculinos. La pareja de astros es un elemento subrayado en la iconografía, concebidos generalmente como pareja de ojos o senos de la divinidad. Ya en el Paleolítico Superior se resalta la simétrica pareja de senos como se señalará en representaciones posteriores, en el arte megalítico. En la figura femenina paleolítica sobre asta de reno de Petersfels (Engen-Bittelbrunn, Hegau, Alemania) del Magdaleniense, la doble inflexión de la silueta y los dos círculos grabados a modo de senos aseguran que se trata de una figura femenina, sin embargo su mitad inferior es claramente fálica. La pareja de senos es reproducida como una pareja de círculos.
Las estatuillas de la Diosa paleolítica se asocian a menudo a colmillos de mamut (símbolo de la luna en su aspecto fálico), significando la relación de la Diosa y el ciclo lunar. El mamut es el hijo o el aspecto masculino de la divinidad original.

La dualidad caballo-bisonte, sol-luna, habría podido expresarse similarmente de diversas formas, por ejemplo, con el caballo-mamut o caballo-rinoceronte, dependiendo de los distintos marcos geográficos, económicos, cronológicos o climáticos.
Grupo de animales de simbología solar: caballo, ciervo, reno.
Grupo de animales de simbología lunar: bisonte, toro, cabra, mamut, rinoceronte, oso, pez.
El papel desempeñado por la cierva podría ser distinto (Lacalle, 2008), por lo que no la hemos adscrito a ningún grupo. El oso, lo hemos incluido en el grupo de animales lunares, por el papel desempeñado en los mitos y en el arte paleolítico, que creemos equivalente del ocupado por el bóvido. Por lo que respecta al resto de carnívoros (lobos y felinos), tenemos en cuenta el hecho de ser animales de otro orden, carnívoros, frente al peso de los herbívoros, su pequeña presencia cuantitativa en el arte paleolítico y el hecho de atribuírsele significados míticos concretos en diversas culturas, lo cual, nos hace pensar que pudieron cumplir una función diferente.
El ojo no es un elemento sin importancia en el arte paleolítico, sino que, por el contrario, está cargado de significado. El ojo de un animal podría ser un símbolo del sol y/o la luna llena, como lo ha sido en diversas culturas. Un dibujo de un toro/bisonte mediante la convención de la perspectiva torcida combina en un mismo plano los dos cuernos de frente y un solo ojo; muestra a la vez a la luna como creciente-menguante y como luna llena (König, 1956). Es decir, la luna como un todo, definida por sus fases.

El folklore aldeano de la Europa moderna muestra todavía episodios de mitos de la naturaleza. En el folklore francés se mantiene la expresión durante un eclipse lunar de que la gente creía que la luna era presa de algún monstruo invisible que estaba tratando de devorarla. Entre las tradiciones europeas existen relatos sobre el lobo y el sol. El legendario cuento de Caperucita Roja se inició en un principio como una historia del sol. El color de la caperuza es un elemento que así lo indica, roja, como el color del fuego.
En los mitos de las regiones nórdicas de Europa y Asia, a menudo había perros voraces que amenazaban con comerse los cuerpos celestes. En la mitología nórdica los lobos son un principio de destrucción. Se dice en el Vóluspá, de la Vieja Edda: «El Sol se volverá oscuro, la tierra se hundirá en las aguas, las estrellas brillantes se apagarán y llamas altas treparán al mismo cielo». En la mitología escandinava la destrucción final del mundo y la regeneración de los dioses y los hombres se llama Ragnarók, es decir, crepúsculo de los dioses (Ragna, de regin, «dioses», y roekr, «oscuridad»).

Los denominamos chamanes, adaptándonos a la nomenclatura habitualmente utilizada por los investigadores del arte paleolítico. Pero pensamos que las funciones primitivas de este personaje pudieron ser mayores que las que se les atribuye actualmente a algunos de estos hechiceros. En algunas culturas el chamán queda relegado al papel de un mero curandero, y poco más. En algunos mitos se recoge la idea de que los chamanes en tiempos pasados tenían un poder superior al actual. Al identificar sus símbolos y ritos a través del arte y al analizarlos de forma comparada, pensamos que, en cuanto a sus atribuciones y rituales, pudieron ser una especie de jefes sagrados. Pretendemos mostrar que en el arte paleolítico se identifica un conjunto de motivos y ritos propios de la consagración del chamán, que permiten hablar de la existencia e institucionalización de estos especialistas de lo sagrado en el Paleolítico Superior europeo.
El chamán suramericano se identifica con el tigre. En varios idiomas de las tribus amazónicas existe la misma palabra para denominar al jaguar y al hechicero. Entre los desanas el chamán se convierte en jaguar tras tomarse una dosis muy grande de polvo alucinógeno. Mientras sus cuerpos yacen en hamacas, sus almas se elevan hasta la Vía Láctea. Lo mismo ocurre en las lenguas mayas que llaman del mismo modo al jaguar y al hechicero. Otra vinculación es la del sacerdote o el chamán con la mítica serpiente, de quien se considera directo descendiente. El chamán es también un «pluvio-mago», asociándose a las lluvias y a la serpiente. El pájaro ha sido otro símbolo chamánico. Entre los yámana, el ave taxer enseñó el canto a los chamanes. El chamán puede transformarse en ave o en otro animal. El sacerdote maya lleva un manto de plumas. El águila aparece frecuentemente en las leyendas sobre chamanes; representa la vocación chamánica y es la creadora del primer chamán.
El chamanismo americano suele tener semejanzas notables con el de Siberia. Las cosmologías suelen ser estratificadas, con un árbol o pilar del mundo, y los chamanes volando a los mundos superiores e inferiores. La iniciación chamánica suele suponer un proceso de muerte y resurrección, la experiencia de ser desmembrado o reducido a esqueleto, el uso de numerosos espíritus ayudantes y el matrimonio con una esposa espiritual. La iniciación comprende un viaje de bajada al inframundo y de ascenso celeste. Los elementos decorativos chamánicos aparecen por todo el mundo, entre ellos, el árbol o la escalera que conecta el cielo a la tierra. Resulta de interés conocer alguna de las experiencias chamánicas.
Los ritos de sacrificio y renacimiento de la caza son comprensibles a partir de los modelos celestes que imitan y, por tanto, en correlación con ellos. No se trata de creencias inconexas o incoherentes, forman parte de un modelo metafísico global. Los modelos son «trascendentales», preexisten en el cielo. Se atisba la antigüedad de la creencia en modelos celestes, según la cual, las acciones de los hombres son simplemente una repetición (una imitación) y dependen de los actos revelados por los seres divinos, los cuerpos celestes.

La naturaleza entera era dividida en dos reinos: el uno negro, frío, semejante al invierno y a la muerte; el otro brillante, cálido, lleno de vida, como el estío. Se crearon ciertas expresiones, ciertas frases y nombres que estaban destinadas a describir los cambios del día y las estaciones del año.
Los primitivos cultos astrales impregnarán a otras manifestaciones posteriores, manteniendo aún vivos muchos de sus elementos. Esto lo podemos observar incluso en el cristianismo: la concepción de la madre de Cristo como virgen, la asociación de símbolos lunares a la virgen, el simbolismo solar de la cruz asociado a Cristo, el ciclo de la muerte y resurrección, la muerte de Cristo y su resurrección tras los tres días correspondientes a la muerte lunar (posibles ecos de un antiguo rito chamánico), el nacimiento de Cristo en fechas relacionables con el solsticio de invierno… Simbolismo que habitualmente resulta incompresible porque se han perdido los referentes primarios y nos encontramos con lo que se consideró un «oscurecimiento del lenguaje», al hallarnos ante metáforas mal comprendidas, situadas en un contexto distinto al suyo original.

Los temas que integran el arte megalítico, desde el punto de vista de su significado, los podemos dividir en:
-La Diosa
-La dualidad sol-luna/cielo-tierra: sol-serpiente/hacha-serpiente
-La espiral: símbolo de renacimiento
-Símbolos de heroización-divinización: antropomorfo, antropomorfo-sol, antropomorfo-estrella, antropomorfo-serpiente, antropomorfo-ciervo, antropomorfo-arma.

Los símbolos mitográficos, el sol y la serpiente, el hacha y la serpiente, actuarían a modo de blasones o elementos totémicos, representativos de los principios divinos y, por tanto, de aquellos antepasados y clanes que entroncan directamente con la divinidad y que reproducen la hierogamia sagrada del Cielo y la Tierra, como base de la carta mítica que otorga el poder. La unión mítica y ritual del Cielo y la Tierra (sol-serpiente o hacha-serpiente) actúa como mito de origen y alianza de las clases dirigentes. La serpiente sería representativa de los pluviomagos o sacerdotes; el hacha u otras armas de los guerreros; el toro podría vincularse a los guerreros. Esta alianza entre ambos órdenes sociales que se establece a través de alianzas matrimoniales es la base del poder, recogida por el mito. La unión del sol y la serpiente, del hacha y la serpiente, del cielo y la tierra sería la carta mítica que justifica la alianza entre las dos castas que constituyen el poder.
Estaríamos ante la constitución en el Paleolítico Superior de un orden de creencias que dejaría una importante impronta en las religiones posteriores, siendo éste el verdadero momento fundacional de las religiones astrales. La continuidad iconográfica posterior sería una auténtica continuidad simbólica, puesto que los elementos iconográficos se transmitirían con un contenido significativo similar. Ejemplos de una continuidad temática y simbólica en el arte rupestre se puede observar en las manifestaciones postpaleolíticas de la Península Ibérica: arte esquemático y levantino. En ellas veremos una temática zoomorfa deudora de tradiciones anteriores, que creemos mantiene un contenido significativo similar al ya enunciado para las manifestaciones paleolíticas.
A través de las representaciones en el arte paleolítico de toros, bisontes, etc. los clanes principales subrayan su mayor prestigio a través de sus orígenes, de sus vínculos directos con la divinidad en su plasmación animal, el tótem. En el mundo megalítico tenemos: soles, serpientes, hachas, ciervos y toros, como elemento distintivo de estas castas sacerdotales y de guerreros, símbolos de la divinidad, utilizados por estas castas u órdenes para subrayar su origen e identificación con ellas, por tanto, desempeñando una función de blasones heráldicos.
En resumen, como aportación al estudio del arte prehistórico señalamos la aplicación de unos esquemas propios de una religión astral para comprender los sistemas de creencias y el arte del Paleolítico Superior europeo y de las Culturas Megalíticas europeas prehistóricas. Trazamos los profundos orígenes de un mito, el del viaje del héroe al inframundo, que situamos con respecto a los dos sistemas citados, teniendo por centro el culto a la Diosa, el cual se encuentra estrechamente relacionado con la justificación del poder a partir de sus orígenes divinos. Sin duda, son profundas las raíces de la realeza sagrada y del simbolismo luni-solar asociado. Existe un nexo de unión simbólico y ritual que conduce desde los hacedores de lluvia de las sociedades prehistóricas hasta los reyes sagrados. Las tradiciones históricas y etnográficas nos han ayudado a la reconstrucción de un complejo simbólico de remotos orígenes en la Prehistoria y que dejará una profunda huella en culturas posteriores.

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