Los internados del miedo — Montse Armengou & Ricard Belis / Fear´s Boarding Schools by Montse Armengou & Richard Belis

Este sin duda es un magnífico libro que como siempre en este país se profundiza por investigadores y no el Estado, esto podría ser una auténtica marca España y este libro es duro, pero la realidad se debe contar.
La infancia más vulnerable, la que necesitaba más protección, fue la gran víctima de un Estado que, a pesar de tener la tutela de estos niños, los abandonó a la suerte de unos centros –la mayoría religiosos– que se dedicaron a sacar provecho: cobraban del Estado, los explotaban laboralmente y satisfacían con ellos sus instintos más violentos. Evidentemente, no en todos los internados se cometieron abusos, pero estamos hablando de una frecuencia más que alarmante. Muy probablemente no había consignas de maltratos, pero la impunidad y la inmunidad con la que se desempeñaron son escalofriantes.
Quizás una de las cosas que más ha impresionado durante la realización de esta investigación ha sido la proximidad generacional.

El paso por el internado más grande de Cataluña había sido traumático. Lo que había sido una de las obras emblemáticas de las políticas sociales franquistas, con una gran reputación entre los barceloneses, se iba desmontando ante mí con cada nueva palabra. Aunque ya llevábamos unas semanas investigando sobre el tema, y ya conocíamos muchas historias tristes de internados, sus relatos aún me ponían la piel de gallina.
No obstante, el adoctrinamiento no era el único mal del sistema. Las condiciones de vida en muchos de estos centros, sobre todo en los años cuarenta y cincuenta, rozan la miseria y muchos testigos recuerdan que pasaban frío y hambre. Los niños estaban a menudo en manos de personas sin experiencia ni conocimientos pedagógicos que tenían como única obsesión el mantenimiento de la disciplina, usando siempre que convenía una violencia, a menudo gratuita, que resultaba ser tortura física y psíquica.
Una característica que incorporaban todos los castigos es que debían ser ejemplares. No siempre se basaban en la violencia física, había algunos mucho más sibilinos que infligían un gran sufrimiento moral a los alumnos: «Quedarte sin patio era habitual, pero para que el sufrimiento fuera más grande te hacían estar de pie de cara a unas columnas que había en el mismo patio. Así sentías a los otros niños jugar mientras tú tenías que contemplar las texturas del hormigón. A menudo se te iba la mirada, pero siempre había un cura cerca para pegarte una buena colleja. Este castigo tenía una versión más cruel con el cine. Los domingos, en el teatro que hay en Mundet, nos pasaban una peli precedida del inevitable No-Do. Para muchos de nosotros era el momento más esperado de la semana ya que aquellos filmes te transportaban lejos del internado.
Los castigos, sin embargo, no siempre se aplicaban para mantener la disciplina o reprimir las malas conductas, sino que a veces la violencia también se aplicaba arbitrariamente: «Yo tengo la imagen de los curas pegando a troche y moche. Te pegaban por todo: en los deportes, por ejemplo, solo que no aplicases la táctica tal como te había dicho el entrenador, no por malicia sino sencillamente por no haberlo entendido o por no saber más, ya recibías un colleja. Al final ya teníamos asumido que los curas tenían la mano larga, que pegar era como un vicio y que era el único sistema que tenían de hacer cumplir su ley».
Aun así, lo peor de la triste infancia de Joan en el internado no fue la violencia física. En los Hogares Mundet aprendió lo que eran los abusos sexuales: «Uno de los castigos habituales era por la noche hacerte salir del dormitorio, y mientras los compañeros dormían, estarte de pie cara a la pared en el inmenso pasillo que había, sin poder dormir. Me acuerdo de que una de las noches nos tocó a dos estar de cara a la pared. Estuvimos muchísimas horas: sentías los pasos del cura…”

Los niños vivían en un gran estado de dejadez, escasos de comida, afectividad y atención básica. «La comida era nauseabunda, pero te la comías porque tenías hambre. Y a veces, de tan mala, vomitabas. Si te pasaba eso, tenías un gran problema, porque entonces las monjas te hacían comer lo que habías sacado. Yo estaba tan delgado que se me marcaban todos los huesos».
Juan Antonio no contó nunca a su madre sus sufrimientos y sus tristezas, en parte porque no conocía otra realidad: «No podía decir nada a mi madre de la situación y ella ni me preguntaba. Yo creo que ya sabía cómo nos trataban las monjas, porque había trabajado allí dentro, pero supongo que, en aquella época, para una madre soltera era impensable enfrentarse con las religiosas. Yo no recuerdo a mi madre con mucho afecto, pero esperaba sus visitas con ansia porque a menudo me llevaba un hatillo con comida que llamábamos el “paquete”.
El internado sigue viviendo dentro de Juan Antonio y le ha dejado unas heridas que seguramente lo acompañarán siempre. No hay rencor, solo quiere que se reconozca lo que sufrieron: «Los salesianos y las monjas de San Vicente de Paúl deberían reconocer lo que nos hicieron y que no supieron educar a unos niños con el cariño y el respeto que se merece cualquier criatura. Deberían pedir perdón y reconocer que no estaban preparados para cuidarnos. ¡Solo éramos niños indefensos!».

La idea era aislar temporalmente a los niños que tuvieran un caso de tuberculosis en la familia para evitar el contagio. Se trataba de niños sanos porque si ya estaban enfermos, eran enviados al sanatorio. Se suponía que en un entorno saludable aquellos niños se fortalecerían y serían menos vulnerables a aquella terrible plaga. En España fueron construyendo sanatorios y preventorios casi al mismo ritmo que se extendía la enfermedad. Los esfuerzos de la II República para controlar la tuberculosis –el 1936 se crea el Patronato Nacional Antituberculoso– se cortan en seco con la Guerra Civil. La España devastada de las primeras décadas de la dictadura ofrece un panorama desolador en un país donde la autarquía y las dificultades económicas impiden el acceso a unos antibióticos que se estaban revelando como la solución definitiva. A partir del 1940 el Servicio de Colonias Preventoriales, dependiente del Patronato Antituberculoso, comienza a organizar estancias de tres meses para niños y niñas de 7 a 12 años en alguno de los centros repartidos por toda la geografía española: Preventorio Infantil del Doctor Murillo (Guadarrama, Madrid), Niño Jesús (Almería), Aguas de Busot (Alicante), la Savinosa (Tarragona), San Rafael (Segovia), Nuestra Señora del Amparo (Gandía, Valencia), Hospital del Tórax (Terrassa, Barcelona), Sant Joan de Déu (Calafell, Tarragona)… Aun así, la realidad es que allí enviaron a niños mucho más pequeños y mayores, y las estancias se podían llegar a alargar años.
Los preventorios terminaron siendo un contenedor de situaciones muy diversas, especialmente para familias sin recursos que, a pesar de no tener a ningún enfermo de tuberculosis, veían en aquellos centros la única manera de garantizar un plato en la mesa o unas semanas de vacaciones a sus hijos. Los centros se dividían por sexos y muchas veces los hermanos eran separados –los niños hacia un lugar, las niñas hacia otro– en preventorios alejados de la residencia familiar, lo que dificultaba las visitas y el control de cómo iba la estancia de los niños. Los trámites para conseguir plaza no eran fáciles y ayudaban los contactos, las influencias y más de un sobre con dinero bajo mano.

La necesidad de una disciplina en un centro con tantas criaturas se podría entender como una medida para mantener el control, pero no justifica aquella crueldad, aquellos castigos por todo, incluso por algo tan propio de los niños como correr. «A la hora de jugar no podíamos ni levantarnos ni correr. Teníamos que estar siempre sentados y si te querías desplazar de un lugar a otro, tenías que ir a cuatro patas. Si un niño te llamaba y por instinto te levantabas, hala, castigado horas y horas con la cabeza entre las rodillas. Aquello era puro sadismo», recuerda Javier, que insiste en que estaban a cargo de personal civil. Y añade: «Después de comer hacía un calor de mil demonios y te obligaban a hacer una siesta interminable de tres horas. Tenías que dormir completamente tapado y sin moverte. La señorita pasaba por tu lado muy sigilosamente y, de vez en cuando, sentíamos un cachete.

La administración de unas inyecciones blancas y amarillas de las que hablan muchas internas del preventorio de Guadarrama sigue siendo un misterio. La destrucción de los historiales médicos ha hecho que ni ellas ni ningún investigador haya podido saber exactamente de qué se trataba. Algunas internas han llegado a pensar si podía tratarse de algún experimento médico. La injusticia de no poder acceder a su historial médico y el dolor y la rabia por los maltratos recibidos dejan vía libre a los peores pensamientos, alimentados por el hecho de que muchas de esas niñas son mujeres con distintos problemas de salud y con una preocupante incidencia –o coincidencia– de cánceres y afecciones de tiroides. «No pinchaban a todas las niñas. Mi hermana, por ejemplo, se libró. A mí aquellas inyecciones me ponían fatal. Llegué delgadita, pero cada día estaba peor. Hasta que un día me dijeron que tenía que ir a la “casita”, una especie de hospital que había en el internado. Había cogido la varicela. Lo pasé fatal, con todo el cuerpo lleno de costras. Pero es que al cabo de cuatro días cogí una pulmonía. Y venga inyecciones, y yo cada vez peor…
Llegó el día en que uno de esos castigos brutales, desproporcionados, sin ninguna lógica, no fue para las otras niñas, las que se meaban o vomitaban, sino que recayó sobre Julia. Y una vez más, vino de parte de los llamados «representantes de Dios en la Tierra». «Allí no estabas amparada ni por Dios. Recuerdo que nos estaban preparando para hacer la primera comunión y yo pregunté a Don Mauro, el cura: “Padre, ¿qué es la Hostia?”. Estábamos en lo alto de una escalera y me dio una bofetada con tanta fuerza que me tiró escaleras abajo. Yo sangraba por la oreja –de hecho, he quedado sorda de este lado para siempre– y cuando bajó no se dignó ni a ayudarme a levantar. Me agarró por el pelo y me dijo: “Lo que yo te he dado es una hostia y lo que tú recibirás es la sagrada forma”. Me parece verlo como si fuera ahora, al cabronazo aquel, plantado delante de mí. No sé lo que habría dado por habérmelo encontrado frente a frente…».

San Fernando está en la antigua carretera de Colmenar Viejo, a las afueras de Madrid. En las antiguas fotos que se conservan del centro se puede observar que el acceso principal estaba presidido por un enorme frontispicio con el nombre del colegio, y justo detrás se alzaba imponente el edificio de dirección.
El colegio madrileño de San Fernando tiene muchas similitudes con los Hogares Mundet de Barcelona: ambas instituciones son de la Diputación Provincial y su gestión estuvo cedida a la orden salesiana y a las monjas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Comparten con otras instituciones similares el adoctrinamiento a cambio de beneficencia y arrastran un negro pasado salpicado por episodios de maltratos y abusos de todo tipo a las pobres criaturas ingresadas.
San Fernando, al igual que los Hogares Mundet, era un mundo en sí mismo. Algunos curas aplicaban la violencia con un ensañamiento que rozaba el sadismo. Juan Carlos Martín Fernández publicó una carta en la web Vistazo de Prensa en 2008. Reproducimos algunos fragmentos: «El maltrato a los niños era sistemático y generalizado, sobre todo hacia los niños que no tenían familia, aunque nadie se libró del todo. Recuerdo con espanto cómo abrieron la cabeza a algunas criaturas con el silbato metálico que tenían los curas, y cómo les caía la sangre por la frente. […] O los niños a los que reventaron el tímpano a tortas y a los que también les caían hilillos de sangre desde la oreja hasta el cuello, o a los que nos golpearon contra las paredes y tenemos puntos en la frente».
Pero destacan los abusos sexuales. Para hacer el documental de San Fernando que hubiera vivido estas situaciones, aunque hablamos telefónicamente con más de uno que había sufrido abusos. Pedro también escribió en el desaparecido foro de exalumnos. Su testimonio es escalofriante: «Mi infancia se esfumó desde el primer ataque sexual. Solo tenía 8 años cuando empecé a sufrir los primeros abusos. Desde el primer momento supe que aquello no estaba bien, pero no servía de nada que me resistiera, porque solo conseguía que los abusos fueran más violentos y repetitivos. Creo que gozaban con mi resistencia y sufrimiento. He llorado muchísimo en silencio y a menudo pedía a Dios que me apartase de este mundo de una vez por todas. Dios nunca me escuchó y en cambio me puso en el camino de sus predicadores para satisfacer sus aberraciones sexuales. Fui el juguete sexual de muchos salesianos y adultos que trabajaban en San Fernando. La mayoría repetían los mismos abusos, no sé si esto corresponde a algún tipo de patrón como violadores.
San Fernando dependía de la Diputación Provincial de Madrid, una institución que tenía el deber de cuidar y educar a aquellos niños. Hoy en día la heredera de la Diputación es la Comunidad Autónoma de Madrid, que mantiene un silencio absoluto sobre todo lo que pasó en el internado. Nadie ha pedido perdón, ni la Iglesia en nombre de los salesianos que dirigieron la escuela, ni ninguno de los presidentes ni consejeros de Educación que ha tenido Madrid.

Aunque la Diputación Provincial de Madrid no admitió nunca los hechos, las cosas cambiaron radicalmente en San Fernando, poco después de la publicación de los reportajes. Fernando Bello fue destituido como director, aunque nunca se admitió que hubiera ninguna relación entre su cese y el trabajo periodístico, y muchos de los profesores salesianos más crueles también fueron apartados del colegio. Miguel Ángel lo recuerda perfectamente: «La calidad de la comida mejoró de repente y comenzaron a aparecer manjares que no habíamos probado, como el pollo; dejaron de pelarnos al cero, y lo que fue más positivo es que, al cambiar el director y los profesores más crueles, las palizas desaparecieron».
San Fernando siguió destacando, como la mayoría de las escuelas salesianas, por la excelente formación profesional que daba a los alumnos, pero sin el estigma de los maltratos físicos y psíquicos. La coral de voces blancas del colegio ganó varias distinciones y grabó muchos discos. Todo esto hizo que las promociones posteriores a 1968 guarden mayoritariamente un recuerdo feliz de la escuela, muy diferente de lo que representó para las generaciones anteriores.

El campo de concentración de Castuera sigue siendo una vasta extensión desolada, donde solo los viejos del lugar saben que el pequeño promontorio de piedra que aún se conserva era la base de la cruz que presidía la plaza central del campo, donde los presos debían formar durante largas horas y aguantar el frío glacial en invierno y el calor sofocante en verano. La democracia española sigue avalando el ignominioso silencio que acalla a todas las víctimas del franquismo, también a eliminar los niños que sufrieron maltratos en los internados.

La justicia española considera que muchos de estos abusos no se pueden castigar porque ya han prescrito. La palabra prescripción, para mí, es otro castigo muy duro para estas personas. El concepto de prescripción no debería utilizarse con la ligereza con que se aplica en España. Estamos hablando de delitos de tipo permanente, que de alguna manera se perpetúan en el tiempo, porque la persona que ha sufrido estos maltratos cada vez que se despierta por la noche se despierta con este peso. Y para ella, el delito sigue».

El Patronato dependía del Ministerio de Justicia y tenía un núcleo central con delegaciones en todas las provincias españolas. Su organigrama nos muestra un entramado de personajes que indica más su misión represora, moralizante según los criterios del nacionalcatolicismo y privativa de libertad, que no rehabilitadora: obispados, Sección Femenina de Falange, Acción Católica, capitanes generales del ejército, subsecretarios de Gobernación y Justicia, directores generales de Seguridad, Sanidad, Prisiones y Trabajo, Consejo Superior de Protección de Menores, fiscal del Tribunal Supremo, Federación de Hermandades de San Cosme y San Damián, patronatos de Redención de Penas por el Trabajo de Presos y Penados, policía…
Muchas chicas acabaron en manos del Patronato tras haber pasado ya años de su vida –incluso desde su nacimiento– encerradas en centros dependientes del Tutelar de Menores. A partir de los quince años pasaban al Patronato, que podía tener la tutela de estas menores hasta los veintiún años, extensibles a veinticinco, según los casos. El resultado fue generaciones de mujeres que estuvieron presas toda la niñez, la adolescencia y la juventud. «El objetivo del Patronato era velar por la “mujer caída” o “en riesgo de caer”, un concepto en el que cabía todo.

Peñagrande, junto con la Maternidad de la calle O’Donnell y la clínica San Ramón, formaba parte de ese triángulo terrorífico donde desaparecieron tantas criaturas y donde presuntamente operaban con total impunidad médicos como Ignacio Villa, Eduardo Vela, José Botella Llusá –tío de Ana Botella, esposa del expresidente del Gobierno José María Aznar– y la monja María Gómez Valbuena. De hecho, algunas residentes en Peñagrande recuerdan las visitas de Vela y Botella.

This is undoubtedly a magnificent book that as always in this country is deepened by researchers and not the State, this could be an authentic Spain brand and this book is hard, but the reality must be told.
The most vulnerable childhood, the one that needed more protection, was the great victim of a State that, in spite of having the guardianship of these children, left them to the fate of some centers -mostly religious- that were dedicated to take advantage: They charged from the state, exploited them for work and satisfied their most violent instincts with them. Evidently, abuses were not committed in all the internees, but we are talking about a frequency that is alarming. Most likely there were no slogans of abuse, but the impunity and immunity with which they performed are chilling.
Perhaps one of the things that has most impressed during the realization of this research has been generational proximity.

The passage through the largest boarding school in Catalonia had been traumatic. What had been one of the emblematic works of the Francoist social policies, with a great reputation among the Barcelonans, was dismantling before me with each new word. Although we had been investigating the subject for a few weeks now, and we already knew many sad stories of internees, his stories still made my skin crawl.
However, indoctrination was not the only evil of the system. The conditions of life in many of these centers, especially in the forties and fifties, border on poverty and many witnesses remember that they were cold and hungry. The children were often in the hands of people without experience or pedagogical knowledge whose only obsession was the maintenance of discipline, always using a violence, often gratuitous, which turned out to be physical and psychological torture.
A characteristic that incorporated all the punishments is that they should be exemplary. They were not always based on physical violence, there were some much more Sibylline who inflicted great moral suffering on the students: “Staying without a patio was common, but for the suffering to be bigger they made you stand facing columns that There was in the same yard. That’s how you felt the other children play while you had to contemplate the textures of the concrete. Often you looked away, but there was always a priest nearby to hit you a good camp. This punishment had a more cruel version with the cinema. On Sundays, in the theater in Mundet, we had a movie preceded by the inevitable No-Do. For many of us it was the most anticipated moment of the week as those films transported you away from the boarding school.
Punishments, however, were not always applied to maintain discipline or suppress misbehavior, but sometimes violence was also applied arbitrarily: “I have the image of priests sticking to troche and moche. They beat you for everything: in sports, for example, just do not apply the tactics as the coach had told you, not out of malice but simply because you did not understand it or because you did not know more, you already received a camp. In the end we had assumed that the priests had a long hand, that hitting was like a vice and that it was the only system they had to enforce their law ».
Even so, the worst of Joan’s sad childhood at the boarding school was not physical violence. In the Hogares Mundet learned what sexual abuse was: “One of the usual punishments was to make you leave the bedroom at night, and while the comrades were sleeping, you stood facing the wall in the immense hallway, unable to sleep . I remember that one of the nights it was two of us to face the wall. We were many hours: you felt the steps of the priest … ”

The children lived in a great state of neglect, scarce food, emotional and basic attention. “The food was nauseating, but you ate it because you were hungry. And sometimes, from so bad, you vomited. If that happened to you, you had a big problem, because then the nuns would make you eat what you had brought out. I was so thin that all the bones were marked ».
Juan Antonio never told his mother about his sufferings and sorrows, partly because he did not know another reality: “I could not say anything to my mother about the situation and she did not ask me. I think I already knew how the nuns treated us, because I had worked there, but I suppose that, at that time, for a single mother it was unthinkable to confront the nuns. I do not remember my mother with much affection, but I was eagerly awaiting her visits because she often brought me a bundle with food that we called the “package”.
The boarding school is still living inside Juan Antonio and has left some wounds that will surely accompany him always. There is no grudge, only wants to be recognized what they suffered: “The Salesians and the nuns of St. Vincent de Paul should recognize what they did to us and that they did not know how to educate children with the affection and respect that any creature deserves. They should ask for forgiveness and recognize that they were not prepared to take care of us. We were just defenseless children! ”

The idea was to temporarily isolate children who had a case of tuberculosis in the family to avoid contagion. They were healthy children because if they were already sick, they were sent to the sanatorium. It was assumed that in a healthy environment those children would be strengthened and less vulnerable to that terrible plague. In Spain, sanatoriums and preventories were built at almost the same rate as the disease spread. The efforts of the Second Republic to control tuberculosis – the National Antituberculous Trust was created in 1936 – were cut short by the Civil War. The devastated Spain of the first decades of the dictatorship offers a desolate panorama in a country where the autarky and the economic difficulties impede the access to antibiotics that were revealing like the definitive solution. From 1940 the Preventorial Colonies Service, dependent of the Antituberculosis Board, begins to organize stays of three months for boys and girls from 7 to 12 years old in one of the centers distributed throughout the Spanish geography: Preventorio Infantil del Doctor Murillo (Guadarrama , Madrid), Niño Jesús (Almería), Aguas de Busot (Alicante), La Savinosa (Tarragona), San Rafael (Segovia), Nuestra Señora del Amparo (Gandia, Valencia), Hospital del Tórax (Terrassa, Barcelona), Sant Joan de Déu (Calafell, Tarragona) … Even so, the reality is that there they sent children much younger and older, and the stays could be extended for years.
The previous houses (preventorios) ended up being a container of very diverse situations, especially for families without resources who, in spite of not having any patients with tuberculosis, saw in those centers the only way to guarantee a dish at the table or a few weeks of vacation to their families. children. The centers were divided by sex and often the brothers were separated – the children to one place, the girls to another – in preventorios far from the family residence, which made it difficult to visit and control how the children’s stay was going. The procedures to get a place were not easy and helped contacts, influences and more than one envelope with money under hand.

The need for a discipline in a center with so many creatures could be understood as a measure to maintain control, but does not justify that cruelty, those punishments for everything, even for something as typical of children as running. «At the time of playing we could not get up or run. We had to be always seated and if you wanted to move from one place to another, you had to go on all fours. If a child called you and instinctively you got up, pull, punished hours and hours with the head between the knees. That was pure sadism, “recalls Javier, who insists that they were in charge of civilian personnel. And he adds: “After eating it was a hell of a heat and they forced you to take an interminable three-hour nap. You had to sleep completely covered and without moving. The lady passed by you very quietly and, from time to time, we felt a slap.

The administration of some white and yellow injections of which many inmates of the Guadarrama preventorio speak is still a mystery. The destruction of the medical records has meant that neither they nor any researcher could have known exactly what it was about. Some inmates have come to think if it could be a medical experiment. The injustice of not being able to access her medical history and the pain and anger over the mistreatment received leave the worst thoughts open, fueled by the fact that many of these girls are women with different health problems and with a worrying incidence -or coincidence- of cancers and thyroid conditions. “They did not puncture all the girls. My sister, for example, got rid. To me those injections made me fatal. I arrived skinny, but every day was worse. Until one day they told me I had to go to the “little house”, a kind of hospital that was in the boarding school. I had caught chickenpox. I had a terrible time, with my whole body full of scabs. But after four days I caught pneumonia. And come injections, and I get worse and worse …
The day came when one of those brutal punishments, disproportionate, without any logic, was not for the other girls, who peed or vomited, but fell on Julia. And once again, it came from the so-called “representatives of God on Earth.” “There you were not protected by God. I remember that they were preparing us for the first communion and I asked Don Mauro, the priest: “Father, what is the Host?” We were at the top of a staircase and he slapped me so hard that he threw me down the stairs. I was bleeding from the ear-in fact, I’ve been deaf on this side forever-and when he came down he did not deign to help me get up. He grabbed me by the hair and said: “What I have given you is a host and what you will receive is the sacred form”. I seem to see it as if it were now, that bastard, standing in front of me. I do not know what I would have given for having met me face to face … ».

San Fernando is on the old Colmenar Viejo road, just outside of Madrid. In the old photos that are conserved of the center it is possible to be observed that the main access was presided over by an enormous frontispiece with the name of the school, and just behind it the imposing building stood imposing.
The Madrid school of San Fernando has many similarities with the Mundet Hogares de Barcelona: both institutions belong to the Provincial Council and its management was assigned to the Salesian Order and to the nuns Daughters of Charity of Saint Vincent de Paul. They share with other similar institutions the indoctrination in exchange for charity and drag a black past dotted by episodes of abuse and abuse of all kinds to the poor creatures entered.
San Fernando, like the Mundet Homes, was a world in itself. Some priests applied violence with a cruelty that bordered on sadism. Juan Carlos Martín Fernández published a letter on the Press Watch website in 2008. We reproduced some fragments: “The mistreatment of children was systematic and widespread, especially towards children who did not have a family, although nobody got rid of everything. I remember with horror how they opened their heads to some creatures with the metallic whistle that the priests had, and how the blood flowed down their foreheads. […] Or the children who burst their eardrums to cakes and who also had trickles of blood from their ears to their necks, or those who hit us against the walls and we have stitches on their foreheads. ”
But sexual abuse stands out. To make the documentary of San Fernando that would have lived these situations, although we spoke by telephone with more than one that had suffered abuses. Pedro also wrote in the former alumni forum. His testimony is chilling: “My childhood has vanished since the first sexual attack. I was only 8 years old when I started to suffer the first abuses. From the first moment I knew that it was not right, but it did not help that I resisted, because it only made the abuses more violent and repetitive. I think they enjoyed my resistance and suffering. I have cried a lot in silence and often asked God to take me away from this world once and for all. God never listened to me and instead put me in the way of his preachers to satisfy their sexual aberrations. I was the sexual toy of many Salesians and adults who worked in San Fernando. Most repeated the same abuses, I do not know if this corresponds to some kind of pattern as rapists.
San Fernando depended on the Diputación Provincial de Madrid, an institution that had the duty to care for and educate those children. Today the heir of the County Council is the Autonomous Community of Madrid, which maintains absolute silence about everything that happened in the boarding school. No one has asked for forgiveness, nor the Church on behalf of the Salesians who ran the school, nor any of the presidents or advisers of Education that Madrid has had.

Although the Diputación Provincial de Madrid never admitted the facts, things changed radically in San Fernando, shortly after the publication of the reports. Fernando Bello was dismissed as director, although it was never admitted that there was any connection between his dismissal and journalistic work, and many of the most cruel Salesian professors were also removed from school. Michelangelo remembers it perfectly: “The quality of the food suddenly improved and began to appear delicacies that we had not tasted, like chicken; they stopped peeling us to zero, and what was more positive is that, by changing the director and the most cruel teachers, the beatings disappeared. ”
San Fernando continued to stand out, like most Salesian schools, for the excellent professional training it gave to students, but without the stigma of physical and psychological abuse. The choir of white voices of the school won several awards and recorded many albums. All this made the post-1968 promotions mostly keep a happy memory of the school, very different from what it represented for previous generations.

Castuera concentration camp remains a vast desolate expanse, where only the old people of the place know that the small stone promontory that is still preserved was the base of the cross that presided over the central square of the camp, where the prisoners had to form during long hours and endure the glacial cold in winter and the suffocating heat in summer. The Spanish democracy continues to endorse the ignominious silence that silences all the victims of the Franco regime, also to eliminate the children who suffered abuse in the boarding schools.

Spanish justice considers that many of these abuses can not be punished because they have already prescribed. The word prescription, for me, is another very hard punishment for these people. The concept of prescription should not be used with the lightness with which it is applied in Spain. We are talking about crimes of a permanent nature, which in some way are perpetuated in time, because the person who has suffered these mistreatments every time he wakes up at night awakens with this weight. And for her, the crime continues ».

The Board depended on the Ministry of Justice and had a central nucleus with delegations in all the Spanish provinces. Its organizational chart shows us a network of characters that indicates more its repressive mission, moralizing according to the criteria of national-nationalism and deprivation of liberty, which does not rehabilitate: bishoprics, Feminine Section of Falange, Catholic Action, general captains of the army, undersecretaries of Interior and Justice , General Directors of Security, Health, Prisons and Labor, Superior Council for the Protection of Minors, Prosecutor of the Supreme Court, Federation of Brotherhoods of San Cosme and San Damián, Patterns of Redemption of Penalties for the Work of Prisoners and Prisoners, Police …
Many girls ended up in the hands of the Board after having spent years of their lives -even since birth- locked in centers dependent on the Guardianship of Minors. From the age of fifteen they passed to the Board, which could have the guardianship of these minors up to twenty-one years, extendable to twenty-five, depending on the case. The result was generations of women who were imprisoned throughout childhood, adolescence and youth. “The aim of the Board was to ensure the” fallen woman “or” at risk of falling “, a concept that fits everything.

Peñagrande, along with the O’Donnell Street Maternity and the San Ramón clinic, was part of that terrifying triangle where so many creatures disappeared and where presumably they operated with total impunity doctors like Ignacio Villa, Eduardo Vela, José Botella Llusá – Ana’s uncle Botella, wife of former President of the Government José María Aznar- and nun María Gómez Valbuena. In fact, some residents in Peñagrande remember the visits of Vela y Botella.

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