Imperios — Jane Burbank & Frederick Cooper / Empires in World History: Power and the Politics of Difference by Jane Burbank & Frederick Cooper

Este es un magnífico libro sobre lo que se denomina “imperio”, un magnífico recorrido a través de la historia de la humanidad donde hoy día vivimos en un mundo que comprende alrededor de doscientos estados. Cada uno de ellos ostenta símbolos de soberanía —su bandera, su delegación en la ONU—, y cada uno de ellos reivindica que representa a un pueblo. Estos estados, grandes y pequeños, son en principio miembros iguales de una comunidad global que permanece unida por el derecho internacional. No obstante, el mundo de naciones-estado que hoy conocemos apenas tiene sesenta años de edad.
Los imperios, por supuesto, raras veces representaron una unión espontánea dentro de la diversidad. La violencia y la coacción continuada fueron elementos fundamentales de su construcción y de su modo de operar. Pero cuando su éxito les permitió convertir las conquistas en beneficios, se vieron obligados a hacer frente a la diversidad de sus súbditos, produciendo en este proceso un sinfín de modos de obtener grandes provechos y de formas de gobierno. Los imperios no movilizaron ni controlaron sus recursos humanos todos por igual, pues unos optaron por la inclusión y otros por la exclusión, unos decidieron recompensar y otros explotar, unos prefirieron compartir el poder y otros concentrarlo. Los imperios hicieron posible el establecimiento de una serie de conexiones y contactos, que también intentaron controlar por todos los medios.
El presente estudio de los imperios rompe en concreto con las teorías sobre la nación, la modernidad y Europa para explicar el curso de la historia. Cuenta cómo el poder imperial —y las contiendas surgidas en su seno, al igual que las luchas por hacerse con él— ha venido configurando sociedades y estados durante miles de años, ha inspirado la ambición y la imaginación y ha abierto y cerrado infinidad de posibilidades políticas.

Los imperios son grandes unidades políticas, son expansionistas o tienen nostalgia de expansión territorial, son gobiernos estatales que mantienen las diferencias y las jerarquías a medida que van incorporando otros pueblos. La nación-estado, en cambio, se basa en la idea de un único pueblo en un único territorio, y constituye una única unidad política. Proclama la igualdad de su gente —aunque la realidad sea mucho más compleja—, mientras que el imperio-estado declara la desigualdad de un sinfín de pueblos. Uno y otro tipo de Estado son inclusivos —hacen hincapié en que la gente sea gobernada por sus instituciones—, pero la nación-estado tiende a la homogeneización de la población que abarcan sus fronteras, excluyendo a las demás, mientras que el imperio va más allá e impone, normalmente con métodos coercitivos, su poder sobre pueblos claramente distintos entre sí. El concepto de imperio presupone que los diferentes pueblos que forman el Estado serán gobernados también de manera diferente.
Roma y China produjeron soluciones eficaces al problema fundamental de cómo gobernar y explotar a unas poblaciones heterogéneas. Algunas de sus estrategias se parecen, mientras que otras definen distintos repertorios de dominación. Los constructores de los imperios de Roma y de China se enfrentaron a posibilidades y contingencias económicas distintas, trabajaron con antecedentes políticos distintos, y transformaron los espacios que reclamaron y conquistaron de maneras también distintas.
La palabra «imperial» tiene su historia. En Roma, el imperium hacía referencia en primer lugar al poder que tenía el rey de imponer la ejecución de un individuo o de castigarlo a recibir una paliza, de reclutar a los ciudadanos para el ejército, y de comandar al ejército en una campaña. Ese poder pasó a los cónsules durante la república, subrayando la estrecha conexión existente en el Estado romano entre lo civil y lo militar. El Imperium significaba el poder de condenar a muerte a las personas o de obligarlas a combatir. En la república romana, obsesionada con la limitación de los poderes del individuo, el imperium no era absoluto. Los derechos de los cónsules como comandantes en jefe de los ejércitos existían sólo fuera de la ciudad de Roma. Con el tiempo, los ciudadanos romanos o algunos tipos de ellos obtuvieron el derecho a no ser condenados a sufrir castigos corporales o la pena de muerte. Los romanos no se limitaron a ejercer el poder imperial; reflexionaron también acerca de su significado, analizaron los conceptos en los que se basaba, y justificaron y transformaron su uso.
Las autoridades romanas y chinas se esforzaron en que sus diversas poblaciones permanecieran leales y productivas. Primero ampliando la ciudadanía y después mediante la adopción del cristianismo, los romanos fomentaron la noción de comunidad política singular y superior, basada en unos derechos y una cultura comunes. Las autoridades chinas, situadas en la cúspide de los pueblos sedentarios y nómadas, no exigieron esa uniformidad ni ofrecieron a nadie los derechos potencialmente problemáticos de los ciudadanos. Pero el imperio chino dio cabida a las aportaciones de los extraños y supo aprovecharlas, y la diplomacia del imperio tuvo en cuenta la realidad de los poderes extranjeros y el respeto que se les debía. Hace dos mil años Roma y China expresaron dos variantes de la política de la diferencia. Su manera de abordar las cuestiones relacionadas con el sentimiento de pertenencia política y con cómo tratar a las personas ajenas a la cultura primordial tuvo repercusiones duraderas sobre las trayectorias seguidas por el poder imperial.

El imperio bizantino no desapareció sin más en un mundo de cruzados cristianos, musulmanes belicosos y de redes comerciales mediterráneas. Los bizantinos dejaron su impronta —sus prácticas administrativas, o su cultura religiosa y artística— en otros imperios posteriores, de forma especialmente visible en el caso de los otomanos y en el de Rusia. El imperio quedó reducido a poco más que una ciudad-estado, pero resistió hasta 1453, cuando un nuevo poder imperial acaudillado por los otomanos conquistó la capital a orillas del Bósforo. Eso significa que el imperio de Constantinopla duró más de mil cien años, cosa que no está mal para un Estado considerado a menudo un arcaísmo excesivamente complicado. La diversidad de Bizancio, su flexibilidad administrativa y su grandiosa presencia ritual, transformaron tradiciones anteriores convirtiéndolas en un manto imperial muy amplio, impresionante, a veces un tanto raído, pero duradero. Sin la durabilidad y la adaptabilidad de este imperio en el Mediterráneo oriental, la historia del mundo habría tomado un rumbo distinto.
En el pasado, igual que en la actualidad, muchos de los que hablaban de «choque de civilizaciones» entre cristianos y musulmanes intentaban crear divisiones, no describirlas. La religión islámica y la cristiana se basaban en materiales culturales comunes, y ambas se formaron en la intersección del Mediterráneo y las tierras adyacentes, extendiéndose por Europa, África y el suroeste de Asia. Los choques fueron reales, desde luego, pero tuvieron que ver más con la semejanza que con la diferencia, con ideas y recursos que se solapaban, y con ambiciones territoriales.
Mientras que el cristianismo se desarrolló dentro del imperio romano y proclamaba que había que dar al césar lo que es del césar —mucho antes de que conquistara la imaginación del propio emperador—, el islam echó sus raíces en los márgenes de otros imperios, lo bastante cercanos como para absorber sus tradiciones, pero lo bastante alejados como para poder constituir una comunidad política de creyentes. Sus textos fundamentales —el Corán, los hadices y la Sharía— fueron escritos cuando Mahoma convirtió a la comunidad en un imperio; definían retrospectivamente un Estado cuya finalidad era el dominio bajo la ley de Dios.

La religión monoteísta enseguida demostró que era una espada de doble filo, proporcionando un marco moral que trascendía la particularidad local, pero que abría la puerta a cismas basados en pretensiones de legitimidad religiosa, por lo demás igualmente universalistas. Los tres tipos de imperio estudiados se enfrentaron a cismas —católicos/ortodoxos, sunitas/chiitas— y a tensiones en torno a la relación entre la política y la religión: papas/reyes, califas/ulemas, emperadores/patriarcas.
Dos maneras extremas de abordar la cuestión de los intermediarios (clientes y esclavos frente a aristócratas) se ponen de manifiesto en el imperio islámico y en el carolingio, quedando Bizancio entre uno y otro. Carlomagno probablemente no tuviera mucho donde elegir, pues en los casi cuatrocientos años transcurridos desde la división del imperio romano se había fortalecido una política de señoríos feudales. Se vio obligado a permitir que los nobles, con sus séquitos de hombres armados y campesinos subordinados, pasaran a formar parte por cooptación de su cadena de mando. Lo más que pudo hacer fue apoyarse en varias cadenas de autoridad vertical: del emperador a los condes, a los vasallos, enviados y obispos, cada uno con sus correspondientes subordinados.
Los príncipes musulmanes no tuvieron que enfrentarse a una cultura aristocrática fuertemente arraigada. Pudieron utilizar precedentes bizantinos (romanos) para recaudar impuestos imperiales, y en un primer momento en Siria llegaron a emplear a recaudadores bizantinos. Tanto Omeyas como Abasíes se esforzaron en no crear una aristocracia, y prefirieron apoyarse en esclavos y clientes como intermediarios entre los estratos más altos y los más bajos de la sociedad.

La expansión de los imperios por el mundo entre los siglos XV y XVII no fue la conquista de una Europa organizada con firmeza y que perseguía un único objetivo, sino más bien una transformación que presentaría muchas facetas. Se romperían sociedades y estados, volverían a configurarse y se crearían otros nuevos a medida que sus gobernantes extendían su poder, buscaban intermediarios y manipulaban las jerarquías.
A finales del siglo XVII, los Qing chocaban con el avance del otro imperio que intentaba expandirse por todo el continente, Rusia, cuyos ejércitos, exploradores y diplomáticos también trataban de someter a los nómadas de origen túrquico y mongol con el fin de consolidar su dominio de Eurasia. Este choque entre imperios por un espacio tuvo lugar mucho más tarde que en Europa, donde los emperadores y sus subordinados habían estado compitiendo por un mismo territorio desde los tiempos de Roma, y antes que en América, donde las fronteras territoriales entre imperios no quedarían claramente especificadas hasta bien entrado el siglo XIX.
Los dos sistemas crearon mitos para ocultar sus orígenes euroasiáticos. Los rusos no quisieron reconocer su pasado mongol, especialmente cuando la estepa se convirtió en objetivo de sus conquistas. Los soberanos chinos, incluso aquellos que se reafirmaban en su diferencia, presentaron la tradición política como un hecho más continuado de lo que había sido en realidad. No obstante, los dos imperios habían entretejido su política imperial con hilos euroasiáticos. Ambos contaban con un emperador que, cual kan universal, gobernaba sobre grupos diversos, legislaba, confiaba en burócratas cultos y preparados, concedía —del mismo modo que quitaba— títulos y privilegios a sus fieles servidores, trataba con pragmatismo a los extranjeros y consideraba a las distintas poblaciones los sillares sobre los que se asentaba su supremacía.

En los siglos XVIII y XIX, el imperio americano y el imperio ruso se extendían alrededor del hemisferio norte por el oeste y el este, a través de dos continentes, y cruzando el océano Pacífico. Estaban convencidos de su «destino manifiesto» de gobernar vastos territorios, aunque sus estrategias de expansión y sus métodos de gobierno fueran fruto de experiencias imperiales distintas. Este capítulo explora una serie de variantes de la política de diferencia, que fueron ajustándose y perfeccionándose a medida que los dos imperios extendieron su dominio sobre el espacio y los pueblos.
La colonización británica de América del Norte había llevado a «individuos ingleses de condición libre» a un nuevo mundo, pero los revolucionarios habían reivindicado con éxito su libertad, derrocando a su rey y embarcándose en un proyecto propio, un «imperio de la libertad». A medida que fue expandiéndose hacia el oeste, Estados Unidos incorporó nuevas regiones, que luego transformó en estados, en unidades iguales de una misma nación. En teoría, la Constitución garantizaba a los ciudadanos americanos los mismos derechos naturales de igualdad; en la práctica, la ciudadanía estaba limitada a un sector de la población. Los esclavos, de origen africano, quedaron excluidos desde un principio. En un primer momento, los americanos reconocieron a distintas «naciones» indígenas dentro del Estado, pero poco a poco las arrinconaron, confinando a los pueblos «indios» en las reservas.
En el continente euroasiático, los zares rusos no rompieron con las prácticas de soberanía heredadas de su pasado, mezcla de elementos mongoles, bizantinos y europeos. Los Romanov aceptaron como un hecho consumado la multiplicidad de los pueblos que gobernaban. Su política de la diferencia les permitía recompensar —de manera selectiva— a las elites de las regiones que incorporaban a su imperio, acomodar, bajo una estricta supervisión, una diversidad de religiones y usos y costumbres, y repartir con pragmatismo derechos y deberes. El principio del gobierno diferenciado se aplicó tanto en los viejos territorios del imperio como en los nuevos. La manera rusa de gobernar a pueblos distintos permitió al emperador y a los funcionarios reconfigurar los derechos de los súbditos sin tener que pasar por una sangrienta guerra civil por la esclavitud como la que estuvo a punto de destruir al incipiente imperio americano.
En el conjunto de la Norteamérica del siglo XVII distaba mucho de ser claro o permanente el perfil geográfico y político de un nuevo orden. Los contactos con el mundo imperial en sentido lato habían tenido sus repercusiones en las relaciones políticas y militares de los indios. Como las tribus mongolas que rivalizaban por los mandatos comerciales de las autoridades chinas, los indios de Norteamérica peleaban por las compensaciones que suponía el comercio a larga distancia. La introducción del caballo por parte de los españoles transformó la economía, el arte de la guerra y la política de los indios. Los sioux comenzaron a utilizar sus conocimientos ecuestres para convertirse en cazadores de búfalos, y se trasladaron a las Grandes Llanuras, desplazando a otras tribus. En la región de los Grandes Lagos, las tribus iroquesas atacaron a las algonquinas para extender su control en un territorio propicio para la caza del castor y para hacer prisioneros que compensaran sus esfuerzos de guerra y otras pérdidas.

Latinoamérica es un caso muy relevante: en la década de 1820 había aparecido una serie de nuevos estados, que ya no formaban parte del imperio de otros, y su fragilidad daba a la superpotencia espacio para salirse con la suya sin recurrir a una estrategia de incorporación.
El imperialismo de libre comercio estuvo siempre a punto de convertirse en otra cosa: por eso era imperialismo y no comercio a secas. Dependía de la reconfiguración de las rivalidades entre los imperios. Gran Bretaña, que era la que tenía mejores cartas, extendió su poder informal y su influencia sobre viejos imperios y naciones nuevas. Pero Francia en Argelia y Vietnam y los holandeses en Indonesia se dedicaron también a la colonización territorial. Podemos exagerar el afán de colonizar que se supone que se apoderó de la opinión pública europea hacia 1870, pero hubo empresarios, misioneros y militares que fueron colonizadores activos durante todo el siglo y que hicieron orgullosamente publicidad de sus hazañas. Aunque no hubiera un afán concentrado y consciente de colonizar el mundo, las rivalidades entre un pequeño número de estados-imperio europeos, las vulnerabilidades del imperio otomano y del chino, y la construcción del imperio japonés fueron cambiando la geopolítica del imperio.

Las luchas por el reparto de África cerraron la última frontera disponible para la colonización, dio la impresión de que los imperios europeos habían rehecho la geografía universal. Sólo Gran Bretaña podía jactarse de que una cuarta parte de la población del mundo vivía bajo su bandera. La colonización parecía en esos momentos un fenómeno verdaderamente global, sometiendo a gran parte de la población mundial a la dominación de otros, mientras que unas pocas redes de africanos y asiáticos que se extendían de un imperio a otro empezaban a movilizarse contra el colonialismo a una escala igualmente global. Tanto los que condenaban como los que ensalzaban la aparente subordinación del resto del mundo a Europa no tenían ninguna forma de saber cuán efímera iba a ser esa fase de la construcción de imperios.
Francia, Alemania, Gran Bretaña, Portugal y Bélgica llevaron a sus conquistas coloniales de finales del siglo XIX nuevas tecnologías y un elevado sentido de sus derechos imperiales. Sus repertorios de dominación fueron cambiando. Para Gran Bretaña, un imperialismo de libre comercio no habría tenido sentido en el siglo XVII: semejante táctica habría sido perdedora segura en el violento mundo del imperio marítimo. A comienzos del siglo XIX, con la transformación económica de Gran Bretaña, esta estrategia resultó por primera vez una opción realista, pero luego se volvió cada vez más problemática cuando otros imperios fueron salvando el abismo económico. La esclavitud fue un elemento habitual del imperio en el siglo XVII, pero gracias a la acción de los esclavos y a los movimientos antiesclavistas, fue expulsada del repertorio del poder a lo largo del siglo XIX. Las nuevas tecnologías hicieron que la conquista de África fuera a finales del siglo XIX más fácil que cien años antes, y al mismo tiempo la industrialización indujo a las potencias europeas a asegurarse el acceso a las materias primas y a los mercados a lo largo de casi todo el mundo. Los gobiernos del siglo XIX desarrollaron ideas sobre el buen gobierno distintas de los regímenes jerárquicos anteriores.
El régimen colonial no estuvo a la altura —ni habría podido estarlo— de una visión totalizadora de unos europeos que querían recrear el mundo a su imagen y semejanza para su uso y disfrute. Los compromisos que exigía el imperio fueron más fuertes que las fantasías del colonialismo modernizador europeo.

Los retos que suponían para las viejas elites ciertos cambios impulsados por la burocracia y la firme determinación por parte de potencias extranjeras de erigirse en «protectoras» de la comunidad cristiana —o de grupos de otra índole—, ante lo que calificaban de despotismo islámico, pusieron seriamente en entredicho el predominio de los otomanos. En Líbano, grupos drusos y maronitas se enfrentaban con violencia; en los Balcanes, las divisiones en el seno de la Iglesia ortodoxa se solapaban con los intereses de Grecia y Rusia. El intervencionismo europeo junto con las reformas integradoras otomanas dieron lugar a una discordante política de sectarismo donde otrora todo el mundo se había sentido bajo la protección del sultán.
El imperio otomano no murió por el agotamiento de sus estructuras imperiales ni porque el imaginario imperial de sus líderes y de sus súbditos perdiera su relevancia. Las autoridades otomanas, las elites árabes y los gobiernos inglés y alemán actuaron dentro de un marco de expectativas que había evolucionado a lo largo de muchos años en los que los imperios habían intentado ir ganando intermediarios o quitárselos a sus rivales. Las autoridades británicas y sus aliados musulmanes pensaron que el califato del siglo XVII ofrecía un punto de referencia idóneo para un conflicto político del siglo XX. Los otomanos abrigaban la esperanza de reactivar a expensas de Rusia las conexiones de los pueblos de lengua turca del continente euroasiático. Pero el imperio otomano estaba en el bando perdedor de aquella guerra interimperial.

Dos estados salieron de la guerra más poderosos que nunca, cada uno con una visión distinta de sí mismo como potencia mundial. La victoria de la URSS sobre Hitler dio la impresión de que venía a reforzar su alternativa frente al imperio capitalista. El poder del comunismo se extendió formalmente sobre buena parte del terreno de la Europa central que había soportado lo más duro de las pugnas imperiales en el pasado. La versión soviética de un nuevo orden mundial resultaba atractiva para muchos trabajadores, responsables de organizaciones políticas e intelectuales de la Europa occidental. El futuro del comunismo parecía incluso potencialmente más prometedor en China, el Sureste asiático y otras zonas del mundo colonial, en las que los imperios rivales habían llegado a la extenuación.
Los Estados Unidos habían dejado patente la gran envergadura de sus fuerzas armadas y el poder de su nueva tecnología militar. Pero estaban también en situación de creer que su repertorio político incluía instrumentos más eficaces que la colonización: un ejército móvil, una economía con la que las elites comerciales de muchos países deseaban hacer negocios, y un estilo de vida que ellos pensaban que los demás querían emular.
Gran Bretaña y Francia, como hemos visto, seguían pensando que sus imperios coloniales podrían revivir. En varios sentidos necesitaban el imperio más que nunca: la venta de caucho, estaño, cobre, oro, petróleo, cacao, café y otros productos coloniales ofrecía tal vez la única oportunidad de obtener divisas extranjeras y de reclamar un lugar influyente en el escenario mundial. Todavía no se habían percatado de que en el Sureste asiático sus imperios habían empezado a deshacerse. Pronto se darían cuenta de que la guerra de los treinta años del siglo XX había hecho más daño al sistema de los imperios que las grandes guerras interimperiales de los siglos anteriores.

En 1997 Hong Kong, una de las demostraciones más visibles de la presunción del imperio británico, fue devuelta a China. La ciudad había sido uno de los despojos de conquista obtenidos por Inglaterra en 1842, y su estatus vino determinado por los acuerdos del tratado firmado con los Qing. La retrocesión de Hong Kong a China estuvo llena de condiciones negociadas, empezando por la concesión de una autonomía administrativa parcial para la ciudad-estado. Hong Kong fue así reconfigurada a la manera imperial de Gran Bretaña y China, como el recordatorio de la estrategia básica de los imperios: gobernar a los distintos pueblos de manera distinta, pero no como iguales o equivalentes a otros componentes de un Estado. Su devolución viene a subrayar también la volatilidad de las trayectorias imperiales y de sus encrucijadas. La etapa británica de Hong Kong, a pesar del impacto de las conexiones imperiales establecidas en su momento, fue un breve episodio de la historia del imperio chino.
A finales del siglo XX, este dilatado imperio ha invertido las geografías del poder que habían aguantado doscientos años, convirtiéndose en acreedor de Estados Unidos, en comprador de materias primas en las antiguas colonias de Occidente, y en consumidor de los lujos de Europa. La rivalidad bipolar ha terminado, pero en el continente euroasiático ha aparecido otra potencia como fuerza motriz de la política mundial, renovando y vigorizando una vez más su tradición imperial.
El imperio no ha dado paso a un mundo estable de naciones-estado que funcione bien. Recientemente ha habido muchos conflictos sangrientos y desestabilizadores —en Ruanda, en Irak, en Israel/Palestina, en Afganistán, en la ex Yugoslavia, en Sri Lanka, en el Congo, en el Cáucaso y en otros lugares—, fruto de la incapacidad de encontrar alternativas viables a los regímenes imperiales. Los estados creados sobre el terreno de las antiguas colonias no han alcanzado muchos de los objetivos esperados en el momento de su independencia. Las grandes potencias proclaman un mundo de naciones inviolables e iguales, al tiempo que despliegan su poder económico y militar para socavar la soberanía de otras naciones. Mientras tanto, los líderes políticos y otros personajes intentan organizar órganos supranacionales para regular los conflictos y la interacción entre los estados. En Europa, las ideas de confederación aparecidas durante los debates sobre los imperios coloniales en los años cincuenta son recuperadas ahora para unir estados en un continente que se ha visto desgarrado por los conflictos desde la caída de Roma hasta la caída del comunismo.
El reto del futuro es imaginar nuevos estados que reconozcan deseos compartidos mayoritariamente de pertenencia política, de igualdad de oportunidades y de respeto mutuo.

This is a magnificent book about what is called “empire”, a magnificent journey through the history of humanity where today we live in a world that comprises about two hundred states. Each one of them shows symbols of sovereignty – his flag, his delegation to the UN – and each one of them claims that he represents a people. These states, large and small, are in principle equal members of a global community that remains united by international law. However, the world of nation-states that we know today is only sixty years old.
Empires, of course, rarely represented a spontaneous union within diversity. Violence and continued coercion were fundamental elements of its construction and its way of operating. But when their success allowed them to convert the conquests into profits, they were forced to face the diversity of their subjects, producing in this process endless ways of obtaining great benefits and forms of government. The empires did not mobilize or control their human resources all equally, since some opted for inclusion and others for exclusion, some decided to reward and others to exploit, some preferred to share power and others to concentrate it. The empires made it possible to establish a series of connections and contacts, which they also tried to control by all means.
The present study of the empires breaks in particular with the theories about the nation, modernity and Europe to explain the course of history. It tells how the imperial power – and the struggles that arose within it, as well as the struggles to get hold of it – has been shaping societies and states for thousands of years, has inspired ambition and imagination and has opened and closed countless possibilities policies

The empires are large political units, they are expansionist or nostalgic for territorial expansion, they are state governments that maintain differences and hierarchies as they incorporate other peoples. The nation-state, on the other hand, is based on the idea of ​​a single people in a single territory, and constitutes a single political unit. It proclaims the equality of its people -although the reality is much more complex-, while the empire-state declares the inequality of countless peoples. Both types of State are inclusive – they emphasize that people are governed by their institutions – but the nation-state tends to homogenize the population that covers its borders, excluding the others, while the empire goes further. there and imposes, usually with coercive methods, its power over distinctly different peoples. The concept of empire presupposes that the different peoples that make up the State will also be governed differently.
Rome and China produced effective solutions to the fundamental problem of how to govern and exploit heterogeneous populations. Some of their strategies are similar, while others define different domination repertoires. The builders of the empires of Rome and China faced different economic possibilities and contingencies, worked with different political backgrounds, and transformed the spaces they claimed and conquered in different ways.
The word “imperial” has its history. In Rome, the imperium referred in the first place to the king’s power to enforce the execution of an individual or to punish him for being beaten, to recruit citizens for the army, and to command the army in a campaign. That power passed to the consuls during the republic, underlining the close connection existing in the Roman state between the civil and the military. Imperium meant the power to condemn people to death or force them to fight. In the Roman Republic, obsessed with the limitation of the powers of the individual, the imperium was not absolute. The rights of the consuls as commanders-in-chief of the armies existed only outside the city of Rome. Over time, Roman citizens or some types of them obtained the right not to be condemned to suffer corporal punishment or the death penalty. The Romans did not limit themselves to exercising imperial power; They also reflected on its meaning, analyzed the concepts on which it was based, and justified and transformed its use.
The Roman and Chinese authorities endeavored to keep their diverse populations loyal and productive. First by expanding citizenship and then by adopting Christianity, the Romans fostered the notion of a unique and superior political community, based on common rights and culture. The Chinese authorities, located on the cusp of sedentary and nomadic peoples, did not demand that uniformity nor did they offer anyone the potentially problematic rights of citizens. But the Chinese empire accommodated the contributions of strangers and took advantage of them, and the diplomacy of the empire took into account the reality of foreign powers and the respect they were due. Two thousand years ago Rome and China expressed two variants of the politics of difference. His way of approaching issues related to the feeling of political belonging and how to treat people outside the primordial culture had lasting repercussions on the trajectories followed by the imperial power.

The Byzantine Empire did not disappear without further ado in a world of Christian crusaders, belligerent Muslims and Mediterranean commercial networks. The Byzantines left their imprint – their administrative practices, or their religious and artistic culture – in other later empires, especially visible in the case of the Ottomans and that of Russia. The empire was reduced to little more than a city-state, but it resisted until 1453, when a new imperial power led by the Ottomans conquered the capital on the banks of the Bosphorus. That means that the empire of Constantinople lasted more than eleven hundred years, which is not bad for a state often considered an archaism too complicated. The diversity of Byzantium, its administrative flexibility and its grandiose ritual presence, transformed previous traditions into a very broad, impressive imperial mantle, sometimes a bit shabby, but lasting. Without the durability and adaptability of this empire in the eastern Mediterranean, the history of the world would have taken a different direction.
In the past, as in the present, many of those who spoke of the “clash of civilizations” between Christians and Muslims tried to create divisions, not describe them. The Islamic religion and the Christian religion were based on common cultural materials, and both were formed at the intersection of the Mediterranean and the adjacent lands, extending into Europe, Africa and southwest Asia. The clashes were real, of course, but they had more to do with similarity than with difference, with ideas and resources that overlapped, and with territorial ambitions.
Whereas Christianity developed within the Roman Empire and proclaimed that Caesar must be given to Caesar – long before it conquered the Emperor’s own imagination – Islam was rooted on the margins of other empires, enough close enough to absorb their traditions, but far enough away to be able to constitute a political community of believers. Its fundamental texts – the Koran, the Hadiths and the Shari’a – were written when Muhammad turned the community into an empire; they defined retrospectively a State whose purpose was dominion under the law of God.

The monotheistic religion immediately showed that it was a double-edged sword, providing a moral framework that transcended the local particularity, but that opened the door to schisms based on pretensions of religious legitimacy, otherwise equally universalist. The three types of empire studied faced schisms – Catholic / Orthodox, Sunni / Shiite – and tensions around the relationship between politics and religion: popes / kings, caliphs / ulemas, emperors / patriarchs.
Two extreme ways of approaching the issue of intermediaries (clients and slaves versus aristocrats) are evident in the Islamic and Carolingian empires, leaving Byzantium between one and the other. Charlemagne probably did not have much to choose from, for in the almost four hundred years since the division of the Roman Empire a policy of feudal lordships had been strengthened. He was forced to allow the nobles, with their entourages of armed men and subordinate peasants, to join by co-opting their chain of command. The most he could do was rely on several chains of vertical authority: from the emperor to the counts, to the vassals, envoys and bishops, each with their corresponding subordinates.
The Muslim princes did not have to face a strongly rooted aristocratic culture. They could use Byzantine (Roman) precedents to collect imperial taxes, and at first in Syria they came to employ Byzantine collectors. Both Umayyads and Abbasids endeavored not to create an aristocracy, preferring to rely on slaves and clients as intermediaries between the highest and lowest strata of society.

The expansion of empires throughout the world between the 15th and 17th centuries was not the conquest of a firmly organized Europe that pursued a single objective, but rather a transformation that would have many facets. Societies and states would be broken, they would be reconfigured and new ones would be created as their rulers extended their power, sought intermediaries and manipulated hierarchies.
At the end of the seventeenth century, the Qing clashed with the advance of the other empire that tried to expand throughout the continent, Russia, whose armies, explorers and diplomats also tried to subdue the nomads of Turkic and Mongolian origin in order to consolidate their dominance of Eurasia. This clash between empires for a space took place much later than in Europe, where the emperors and their subordinates had been competing for the same territory since the time of Rome, and earlier than in America, where the territorial borders between empires would not be clearly specified well into the nineteenth century.
The two systems created myths to hide their Eurasian origins. The Russians did not want to recognize their Mongolian past, especially when the steppe became the target of their conquests. The Chinese rulers, even those who reaffirmed their difference, presented the political tradition as a more continuous fact than it had been in reality. However, the two empires had interwoven their imperial policy with Eurasian threads. Both had an emperor who, like a universal khan, ruled over diverse groups, legislated, relied on educated and prepared bureaucrats, granted-in the same way that he removed titles and privileges to his faithful servants, treated foreigners with pragmatism, and considered the different populations the ashlars on which their supremacy was based.

In the eighteenth and nineteenth centuries, the American empire and the Russian empire extended around the northern hemisphere to the west and east, across two continents, and across the Pacific Ocean. They were convinced of their “manifest destiny” to govern vast territories, although their strategies of expansion and their methods of government were the result of different imperial experiences. This chapter explores a series of variants of the policy of difference, which were adjusted and refined as the two empires extended their dominion over space and peoples.
The British colonization of North America had brought “English individuals of free condition” to a new world, but the revolutionaries had successfully claimed their freedom, overthrew their king and embarked on a project of their own, an “empire of freedom” . As it expanded westward, the United States incorporated new regions, which it later transformed into states, into equal units of the same nation. In theory, the Constitution guaranteed American citizens equal natural rights of equality; in practice, citizenship was limited to one sector of the population. The slaves, of African origin, were excluded from the beginning. At first, the Americans recognized different indigenous “nations” within the state, but little by little they cornered them, confining the “Indian” peoples in the reserves.
In the Eurasian continent, the Russian tsars did not break with the practices of sovereignty inherited from their past, a mixture of Mongolian, Byzantine and European elements. The Romanovs accepted as an accomplished fact the multiplicity of the peoples they governed. Their policy of difference allowed them to reward-selectively-the elites of the regions that incorporated their empire, to accommodate, under strict supervision, a diversity of religions and customs, and to distribute rights and duties with pragmatism. The principle of differentiated government was applied both in the old territories of the empire and in the new ones. The Russian way of governing different peoples allowed the emperor and the officials to reconfigure the rights of the subjects without having to go through a bloody civil war for slavery like the one that was about to destroy the incipient American empire.
In the whole of seventeenth-century America, the geographical and political profile of a new order was far from being clear or permanent. The contacts with the imperial world in a broad sense had its repercussions on the political and military relations of the Indians. Like the Mongolian tribes who vied for the commercial mandates of the Chinese authorities, the Indians of North America fought for the compensation of long-distance trade. The introduction of the horse by the Spaniards transformed the economy, the art of war and the politics of the Indians. The Sioux began to use their equestrian knowledge to become buffalo hunters, and moved to the Great Plains, displacing other tribes. In the Great Lakes region, the Iroquois tribes attacked the Algonquins to extend their control into a territory conducive to the hunting of the beaver and to take prisoners to compensate for their war efforts and other losses.

Latin America is a very relevant case: in the 1820s a series of new states had appeared, which were no longer part of the empire of others, and its fragility gave the superpower space to get away with it without resorting to a strategy of incorporation .
Free trade imperialism was always on the verge of becoming something else: that’s why it was imperialism and not trade. It depended on the reconfiguration of rivalries between empires. Britain, which had the best cards, extended its informal power and influence over old empires and new nations. But France in Algeria and Vietnam and the Dutch in Indonesia also devoted themselves to territorial colonization. We can exaggerate the desire to colonize that supposedly seized European public opinion around 1870, but there were entrepreneurs, missionaries and soldiers who were active colonizers throughout the century and who proudly publicized their exploits. Although there was no concentrated and conscious desire to colonize the world, the rivalries between a small number of European empire-states, the vulnerabilities of the Ottoman and Chinese empires, and the construction of the Japanese empire were changing the geopolitics of the empire.

The struggles for the distribution of Africa closed the last available border for colonization, gave the impression that the European empires had remade the universal geography. Only Britain could boast that a quarter of the world’s population lived under its banner. Colonization at that time seemed a truly global phenomenon, subjecting a large part of the world population to the domination of others, while a few networks of Africans and Asians who spread from one empire to another began to mobilize against colonialism to a equally global scale. Both those who condemned and those who extolled the apparent subordination of the rest of the world to Europe had no way of knowing how ephemeral that phase of empire-building would be.
France, Germany, Great Britain, Portugal and Belgium brought to their colonial conquests of the late nineteenth century new technologies and a high sense of their imperial rights. His repertoires of domination changed. For Britain, a free trade imperialism would not have made sense in the seventeenth century: such a tactic would have been a sure loser in the violent world of the maritime empire. At the beginning of the 19th century, with the economic transformation of Great Britain, this strategy was for the first time a realistic option, but then it became increasingly problematic when other empires were saving the economic abyss. The slavery was a habitual element of the empire in century XVII, but thanks to the action of the slaves and the anti-slavery movements, was expelled from the repertoire of the power throughout century XIX. The new technologies made the conquest of Africa in the late nineteenth century easier than a hundred years before, and at the same time industrialization induced the European powers to ensure access to raw materials and markets along almost everything the world. The governments of the nineteenth century developed ideas about good governance different from the previous hierarchical regimes.
The colonial regime did not measure up-or could have been-of a totalizing vision of some Europeans who wanted to recreate the world in its image and likeness for its use and enjoyment. The commitments demanded by the empire were stronger than the fantasies of European modernizing colonialism.

The challenges posed to the old elites by changes driven by bureaucracy and the firm determination on the part of foreign powers to become “protectors” of the Christian community -or of other groups-, in what they described as Islamic despotism, they seriously questioned the predominance of the Ottomans. In Lebanon, Druze and Maronite groups faced violence; in the Balkans, the divisions within the Orthodox Church overlapped with the interests of Greece and Russia. European interventionism along with the Ottoman integrative reforms gave rise to a discordant policy of sectarianism where once everyone had felt under the protection of the sultan.
The Ottoman Empire did not die by the exhaustion of its imperial structures or because the imperial imaginary of its leaders and its subjects lost its relevance. The Ottoman authorities, the Arab elites and the English and German governments acted within a framework of expectations that had evolved over many years in which the empires had tried to win intermediaries or take them away from their rivals. The British authorities and their Muslim allies thought that the caliphate of the seventeenth century offered a suitable point of reference for a twentieth-century political conflict. The Ottomans hoped to reactivate at the expense of Russia the connections of the Turkish-speaking peoples of the Eurasian continent. But the Ottoman Empire was on the losing side of that inter-imperial war.

Two states came out of the war more powerful than ever, each with a different vision of itself as a world power. The victory of the USSR over Hitler gave the impression that he was coming to reinforce his alternative to the capitalist empire. The power of communism was formally extended over much of the terrain of central Europe that had endured the harshest of imperial struggles in the past. The Soviet version of a new world order was attractive to many workers, responsible for political and intellectual organizations in Western Europe. The future of communism seemed even more promising in China, Southeast Asia, and other areas of the colonial world, where rival empires had reached exhaustion.
The United States had made clear the great magnitude of its armed forces and the power of its new military technology. But they were also in a position to believe that their political repertoire included instruments more effective than colonization: a mobile army, an economy with which commercial elites in many countries wanted to do business, and a lifestyle that they thought others wanted. emulate.
Britain and France, as we have seen, continued to think that their colonial empires could revive. In several ways they needed the empire more than ever: the sale of rubber, tin, copper, gold, oil, cocoa, coffee and other colonial products offered perhaps the only opportunity to obtain foreign currency and to claim an influential place on the world stage. . They had not yet realized that in Southeast Asia their empires had begun to unravel. Soon they would realize that the Thirty Years’ War of the twentieth century had done more damage to the system of empires than the great inter-imperial wars of previous centuries.

In 1997 Hong Kong, one of the most visible demonstrations of the presumption of the British empire, was returned to China. The city had been one of the conquest spoils obtained by England in 1842, and its status was determined by the treaty agreements signed with the Qing. The retrocession of Hong Kong to China was full of negotiated conditions, beginning with the granting of partial administrative autonomy for the city-state. Hong Kong was thus reconfigured in the imperial manner of Britain and China, as the reminder of the basic strategy of the empires: to govern the different peoples in a different way, but not as equal or equivalent to other components of a State. Its return also underscores the volatility of the imperial trajectories and their crossroads. The British stage of Hong Kong, despite the impact of the imperial connections established at the time, was a brief episode in the history of the Chinese empire.
At the end of the twentieth century, this expanded empire has reversed the geographies of power that had endured two hundred years, becoming a creditor of the United States, a buyer of raw materials in the former colonies of the West, and consumer of the luxuries of Europe. The bipolar rivalry has ended, but in the Eurasian continent another power has appeared as the driving force of world politics, renewing and invigorating once again its imperial tradition.
The empire has not given way to a stable world of nation-states that works well. Recently there have been many bloody and destabilizing conflicts – in Rwanda, in Iraq, in Israel / Palestine, in Afghanistan, in the former Yugoslavia, in Sri Lanka, in the Congo, in the Caucasus and elsewhere – as a result of the inability of find viable alternatives to imperial regimes. The created states on the ground of the former colonies have not achieved many of the objectives expected at the time of their independence. The great powers proclaim a world of inviolable and equal nations, while deploying their economic and military power to undermine the sovereignty of other nations. Meanwhile, political leaders and other characters try to organize supranational bodies to regulate conflicts and interaction between states. In Europe, the ideas of confederation that emerged during the debates on colonial empires in the 1950s are now recovered to unite states in a continent that has been torn apart by conflicts since the fall of Rome until the fall of communism.
The challenge of the future is to imagine new states that recognize shared desires mainly of political belonging, equal opportunities and mutual respect.

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