Tiempo de ceniza, -la libertad acorralada- — Joaquín Navarro Estevan

Este es otro muy buen libro libro, de los que más me gusta, de este juez que fue frecuente en los mass media, como la cadena ser. Es un libro bastante actual sobre los monstruos que acechan a Occidente y curiosamente creados por nosotros mismos donde uno no debe mirar a otro lado, un libro muy reflexivo, releído varias veces y sin perder su vigencia

Por encima de todo, la humillación. Ha sido horrible la muerte de tantos seres humanos, las heridas de muchos millares, el sufrimiento de millones de personas, el espanto, la sorpresa, el terror, el pánico, el sentimiento de inseguridad y vulnerabilidad y el miedo mordiendo la garganta y la sangre. Pero, por encima de todo, la humillación. Que el corazón del imperio sea malherido por unos cuantos fanáticos dementes perfectamente planificados y adiestrados, pero una ínfima minoría sin posible parangón con la mayor potencia de la Tierra, es una humillación sin precedentes. Ni tan siquiera Pearl Harbor es equiparable. Existía una guerra mundial y la entrada de USA junto a los aliados era inminente. Además, fue un ataque militar contra una base militar y la potencia japonesa no era desdeñable. Lo del 11 de septiembre fue infinitamente distinto y sideralmente más grave. No existe peor consejero que el miedo al miedo.
La tragedia norteamericana —horrible y detestable— es preludio de otras muchas tragedias. La humillación del 11 de septiembre es fuente de toneladas de odio y de venganza. Así es la condición humana. Terror y guerra es lo mismo. Siempre es la guerra el meollo de las cosas. Y la guerra total deriva su sentido total del enemigo total. La humillada es siempre la condición humana.
Dicen que es una «nueva guerra». Pero la guerra es siempre vieja. Como el mundo. Añaden que será una «guerra sucia». Todas lo son. Antologías de la abyección, el odio, la brutalidad y el asesinato en masa. Cuando la comunidad internacional tiene la ocasión de embridar y conciliar sus diferencias hacia la procura de esa paz perpetua que soñaba Kant; cuando toda persona y todo país con un mínimo de racionalidad y sensibilidad sabe que sólo se lucha contra el terrorismo destruyendo sus causas, que son sus raíces; que de nada sirve eliminar un grupo terrorista si se mantienen las circunstancias que lo hicieron nacer y actuar; y que un avance significativo de la justicia en el mundo —contra el hambre, la miseria, la ignorancia, la marginación, el miedo, la desigualdad y la iniquidad— es la mejor y más limpia guerra frente al terrorismo; ponerse a su nivel es otorgarle una legitimidad y una coherencia insospechables. Y condena a ferocidades e injusticias aún mayores que las que se intentan reprimir y vengar.

Han sido muchas más las afrentas y las humillaciones. Y muchos más los monstruos creados por el Imperio y, una vez usados convenientemente, abandonados con sus armas y su fanatismo a cuestas, dispuestos a servir la causa de la venganza contra sus antiguos amos. No se puede olvidar que Ben Laden fue «creado» por USA para que luchase contra la Unión Soviética en Afganistán, que la CIA y los servicios de inteligencia occidentales han armado hasta los dientes a grupos fundamentalistas para que sirvieran sus intereses estratégicos en diversas zonas del Tercer Mundo o que Sadam Hussein fue amamantado por USA para lanzarlo contra Irán. No se puede olvidar el millón de muertos en Ruanda, aquel Vietnam fumigado con napalm, las horribles matanzas de Timor Oriental, los crímenes de Chechenia, el arrasamiento de Sarajevo, la destrucción de Serbia o los permanentes ataques asesinos contra Irak.
Nada de esto justifica los ataques abominables contra Nueva York y Washington. Son condenables de forma incondicional. Pero sirve para una necesaria reflexión sobre antecedentes, causas y raíces.
Las tragedias del 11 de septiembre no han hecho más que empezar. No sólo consistirán en conceder manos libres a Putin en Chechenia o Daguestán, o a Israel contra el «terrorismo» de los palestinos más radicales. No sólo potenciarán al dictador que usurpó el poder en Pakistán. No sólo alentarán aún más a los teócratas iraníes. Al régimen terrorista de Argelia o a las dictaduras «moderadas» de Africa, Oriente Medio y América Latina. No sólo instaurarán en el Primer Mundo, sus acólitos y aledaños, una profunda islamofobia, fuente de nuevas tragedias. No sólo estimularán las peores corrientes autoritarias en la UE, fortaleciendo los nacionalismos estatales y el espíritu de sumisión atlántica. No sólo incrementarán los afanes más represivos y satanizadores del movimiento antiglobalizador.
También servirán para reducir obsesivamente lo poco que aún queda del viejo ideal de la democracia.

Resistencia activa, desobediencia civil y reivindicación de la libertad política. Cuando los amos del nuevo orden pensaban que, liquidado el comunismo soviético y domesticados el movimiento obrero y la socialdemocracia, bastaba la «ingeniería del consenso» para desactivar los sectores sociales más inquietos e integrarlos en la «única democracia posible», convenciéndolos de que lo que es, por el simple hecho de ser, es ya lo que debe ser y de que cualquier intento de rectificación o transformación supondría un atentado contra el «orden democrático», les estalla en las manos el movimiento antiglobalizador. Expertos como son en la «fabricación de consenso» y, cuando no es suficiente, en la reprensión …
Los amos del mundo hablan cada vez más, han descubierto hace mucho tiempo el poder de la comunicación y la imagen, pero también son conscientes de que lo más eficaz es tratar de impedir que la palabra y el mensaje de los antiglobalizadores tenga cualquier difusión o, por lo menos, la mínima posible. Han aprendido de los contestatarios la importancia de la opinión crítica, del compromiso ético, de la participación y el diálogo. Y quieren hacer suyos tales instrumentos contratando especialistas o integrando —mediante compra o alquiler— algún qué otro líder de la contestación.
Pero cuando la fabricación y la ingeniería del consenso —es decir, la corrupción, el embrutecimiento y la seducción— no bastan, se hacen precisas la represión, la intimidación y la brutalidad policial y militar. Es la legítima defensa de los amos del mundo frente a la ilegítima agresión de los que se atreven a cuestionar frontalmente su dominio. Es el momento de abandonar máscaras y disfraces y tratar a la chusma como siempre a través reprensión.
«Muchos de los grandes negocios promueven el crimen y del crimen viven. Los países que más armas venden al mundo son los mismos que tienen a su cargo la paz mundial. Las fábricas de armas trabajan tanto como las fábricas que crean enemigos a la medida de sus necesidades». Así se combaten la pobreza, la injusticia y el terrorismo. Esta es la globalización.

Como sucede en España y muchos lugares. Hacer imposible una civilizada confrontación de ideas y opiniones sobre cualquier problema es impedir su solución. Convertir al adversario en enemigo es transformar esa confrontación en guerra que nunca se declara como tal y siempre se enmascara con los ropajes de la defensa de la verdad, como si ésta fuese única. Como ha dicho Saramago, los que pretenden la existencia de una verdad universal están defendiendo la mentira universal e impidiendo las verdades plurales. Todo esto, y mucho más, está ocurriendo frente al nacionalismo vasco, criminalizado y diabolizado, una y otra vez, en una cruzada paranoica que, al parecer, no tiene fin.
Todos los defensores de la libertad de expresión y el derecho a la información reivindican la veracidad y la imparcialidad como exigencias elementales que debe cumplir el comunicador o el periodista. Hasta ahora, nadie había considerado que una información imparcial es reprobable.
El Código penal de 1995 —llamado «de la democracia»— puso especial énfasis en la eliminación de los tipos delictivos que pudiesen implicar la criminalización de opiniones, ideas o creencias. Ni el pensamiento ni su manifestación tienen nada que ver con un Código penal civilizado, que debe respetar hasta sus últimas consecuencias la libertad de expresión, opinión y crítica. Uno de los efectos necesarios de esa actitud fue la expulsión del ordenamiento jurídico de la apología del delito. A partir del nuevo código, sólo sería delictiva como forma de provocación, siempre que, por su naturaleza y circunstancias, fuese una incitación directa a la comisión de un delito. Por tanto, para que se pudiese hablar de apología del terrorismo no bastaba con exponer ideas o doctrinas que ensalzasen la práctica terrorista o elogiasen a sus autores. Era necesaria, además, una incitación directa a cometer un delito de terrorismo.
Se consideraba que sólo así cabía compatibilizar la persecución penal de la apología con las exigencias de la libertad de expresión y crítica.
La reforma de la reforma no llamó apología del terrorismo al nuevo delito: el enaltecimiento o la justificación por cualquier medio de expresión pública o difusión de los delitos de terrorismo o de quienes hayan participado en su ejecución. El legislador navideño no pudo evitar cierta mala conciencia «democrática» y se curó en salud. «No se trata, con toda evidencia, de prohibir el elogio o la defensa de ideas o doctrinas, por más que éstas se alejen o incluso pongan en cuestión el marco constitucional ni, menos aún, de prohibir la expresión de opiniones subjetivas sobre acontecimientos históricos o de actualidad. Por el contrario, se trata de algo tan sencillo como perseguir la exaltación de los métodos terroristas, radicalmente ilegítimos desde cualquier perspectiva constitucional, o de los autores de estos delitos». Aparte del estilo espeso y municipal del exordio, lo que se presenta como «sencillo» es muy complicado y presenta dificultades agobiantes para cualquier mediano jurista.
Nada mejor que recordar las reflexiones morales de Francis Bacon: «La piedad es verdaderamente cruel cuando empuja a salvar criminales y malvados que deberían ser alcanzados por la espada de la justicia. En estos casos es más cruel que la crueldad misma; porque la crueldad no se ejerce más que contra individuos, mientras que esta falsa piedad, a favor de la impunidad que procura, arma y empuja a toda la tropa de criminales contra la totalidad de las gentes honestas».

El desacato entró en nuestras leyes penales a mitad del siglo XIX, en el contexto de una intensa querencia por el autoritarismo. Fue llamado, con razón, falsa «braga del honor» y se utilizó a troche y moche para defender a personas escasamente honorables que se escudaban en esa braga para avisar silencio y amenazar miedo a los que censuraban su gestión pública. Además, al no existir la «exceptio veritatis», es decir, la posibilidad de que el ciudadanos perseguido por el ejercicio de su libertad de opinión y crítica pudiese demostrar la veracidad de sus imputaciones a la autoridad de turno, ésta quedaba al abrigo de toda contingencia. Como el delito de «vilipendio» en Italia, el desacato sirvió aquí para atrincherar a los jueces frente a la crítica social de sus resoluciones. Para defenderlos de la libertad de expresión, información y crítica.

La globalización incluye el pensamiento único. No sería posible sin un amplio consenso sobre los fundamentos y principios del sistema, fuera de los cuales no hay salvación. El neoliberalismo es la fuente y la desembocadura de ese pensamiento único, de ese consenso a escala universal. Desde el fin de la historia, incluso desde mucho antes, así ha sido. Todo derecho civil, político, social y económico que se invoque ha de estar integrado y amparado en el consenso neoliberal. De lo contrario, será rechazado radicalmente. Hay que defender los dogmas del sistema de forma incuestionable e indivisible. Fuera de ellos no hay legitimidad democrática ni espacio representativo. Si es posible, se reprime abiertamente a los transgresores del dogma. Si ello resulta contraproducente para la imagen democrática del sistema, la represión se practica de manera embozada o encubierta, procurando criminalizar sistemáticamente, a través del inmenso poder mediático de la globalización, a subversores, herejes y heterodoxos hasta que sea posible ir a por ellos sin demasiado escándalo.
Hay jueces instructores cuya condición humana parece incompatible con el respeto a la libertad, a la dignidad y al Derecho. Nada más apropiado para ellos que estas reflexiones de Pascal que tanto conmocionaron a André Malraux. «Imaginemos una multitud de hombres encadenados, todos ellos condenados a muerte, varios de los cuales son degollados a diario a la vista de los demás. Los que quedan ven su propia condición en la de sus semejantes y, contemplándose unos a otros con dolor y sin esperanza, aguardan su turno. Tal es la imagen de la condición humana». Estos «jueces de la horca» están acostumbrados a las inmensas posibilidades de arbitrariedad que les brinda el Derecho penal de emergencia que aplican. Son jueces de guerra. No sirven ni para la libertad ni para la paz.

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