Guía mágica del camino de Santiago — Francisco Contreras Gil

Sin duda este libro me parece magnífico, desde los comentarios del autor en la iglesia octogonal de Eunate, donde te sientes bafumet, nos va adentrando jornada a jornada en un libro maravilloso y con encanto propio, me recuerda a las andanzas del ourensano Ramón, que ahora encarará el camino primitivo. Es un libro muy interesante desgranando, los pueblos, iglesias, historia y acompañado de fotos.

El Camino de Santiago del siglo XXI es una senda enraizada en cultos y tradiciones que se solapan, que se pierden en la bruma del tiempo y que nos trasladan a un pasado prodigioso y maravilloso. Una senda que recorre muchos caminos que se han ido conformando con el paso de los siglos hasta dar lugar al Camino actual. Es heredero de diferentes y antiguas culturas y discurre por lugares y alberga símbolos cuyo origen, significado real y trascendencia aún desconocemos. Un legado extraordinario ligado a la historia y a la búsqueda ancestral del ser humano de lo mágico y trascendente. En el que hay restos de mitos egipcios, mesopotámicos, celtas, iberos, fenicios, griegos, romanos y musulmanes. Un Camino que, a pesar de nacer oficialmente en el IX y de haber sido domesticado por el cristianismo, contiene un pensamiento milenario que nos une con nuestros ancestros, pero también con el presente, con nosotros mismos. Un Camino impregnado por la energía de los millones de personas que lo han recorrido. Una energía que está viva, que se percibe a cada paso.
No cabe duda de que el Camino de Santiago es una experiencia personal e intransferible. Cada persona encontrará y vivirá el Camino que quiera y busque. Pero no es menos cierto que hemos olvidado lo más básico y fundamental: que el Camino de Santiago nos descubre más de dos mil años de historia, y que es, por encima de todo, una experiencia humana, espiritual, iniciática y mágica.

Que los caminos se abran para recibirte,
que el sol ilumine y bañe tu rostro,
que el viento siempre sople a tu espalda,
que la fina lluvia moje tu cara, tus brazos y tus piernas,
que tu paso nunca padezca fatiga,
que tu espíritu nunca desfallezca.
Y hasta que volvamos a encontrarnos,
¡buen camino, peregrino!

En el Camino de Santiago reencontramos la esencia de la búsqueda milenaria, esa parte humana, mágica y espiritual, que el hombre parece haber desterrado. El impulso atávico, el deseo de caminar-peregrinar hacia otros lugares o en busca de «otras realidades», conocimientos y experiencias trascendentes. El Camino de Santiago sigue siendo una experiencia iniciática y mágica. Iniciática porque el viaje, con sus encuentros y vivencias, siempre superará lo esperado e imaginado. Y mágica porque siempre será una experiencia en la que la realidad se mostrará ante nosotros en todas sus dimensiones, no solamente en la lógica y racional, esa que rige nuestra cotidianidad, sino también en la sensorial y espiritual, esa que permanece dormida, anestesiada o moribunda.
El Camino contribuyó a la creación de muchos pueblos que nacieron gracias a él o para él, trazando el perfil urbano de acuerdo con la ruta. Urbes donde, en la mayoría de los casos, convivían las tres culturas. No es casualidad que hubiese aljamas judías en Nájera, León, Sahagún, Frómista, Jaca, Carrión de los Condes, Viana, Estella, Portomarín, Ponferrada, Astorga, Burgos e incluso Santiago de Compostela. Y en esas relaciones estuvieron implicados estrechamente los caballeros del Temple, vinculados a familias judías de distintos países europeos. Y eso que, oficialmente, la Iglesia ejercía su autoridad proclamando el pecado de establecer relaciones sociales, comerciales o de cualquier otro tipo con quienes eran proclamados «verdugos» del Salvador. Pero el hecho de que proliferasen importantes juderías en las ciudades emblemáticas del Camino es una prueba de que más de una de las villas y los concheiros recurrían a ellos.
A partir de los siglos XI y XII, las peregrinaciones a Compostela, Finisterre, Muxía y Padrón se convirtieron en vértice del mundo medieval en toda Europa. La antigua Hispania era conocida con el nombre de Iacosland. Compostela era uno de los «centros del mundo», junto con Jerusalén y Roma.

Marcas de cantero. Un misterio histórico hecho piedra que revela un código cultural de una complejidad extraordinaria, debido a la diversidad de formas que adopta y las diferentes interpretaciones que permite. La hipótesis más aceptada es que las marcas de cantero son signos lapidarios pertenecientes a la categoría de canteros, aparejadores y maestros de obra que servían para señalar el trabajo realizado, determinar el salario correspondiente y, además, transmitir un mensaje. Se trata de monogramas, herederos de las marcas análogas talladas que aparecen en monumentos griegos, romanos y bizantinos, aunque las marcas medievales son más complejas, puesto que no se limitan a iniciales o sencillos dibujos. Hay que advertir que no todos los signos lapidarios son marcas de cantero. Existen diferentes signos y marcas de paso, trazos dejados por otros compañeros de las logias de canteros en sus viajes, marcas de obreros, grafitis peregrinos o dibujos geométricos o zoomorfos sin sentido alguno. Tampoco deben confundirse las marcas de cantero con los signos de aparejado y puesta de piedras. Estos últimos, generalmente, son muescas en los sillares que señalan su lugar de emplazamiento en las hiladas y dovelas de los arcos. El misterio de esas marcas en las construcciones nos acompañan y son un misterio.

La concha es el emblema por excelencia de la peregrinación. El equivalente a la palma para Jerusalén y Roma. Pero con una gran diferencia: mientras que la palma tiene sus orígenes en la religión judía, la concha peregrina alberga un simbolismo ancestral y mitológico. Las vieiras, las conchas, fueron –desde los primeros siglos y a pesar del negocio de concheiros, que se propagó por la ruta apenas fue instaurada por la Orden de Cluny– el certificado del viaje, una de las formas de demostrar que se había peregrinado a Compostela. No en vano en el propio Codex Calixtinus se incluye un sermón, titulado «Veneranda Dies», donde se menciona expresamente la concha como símbolo representativo del peregrino que ha cumplido convenientemente con el precepto de la peregrinación.
El bordón es otro emblema fundamental del Camino. Un objeto de gran ayuda, poderoso y práctico, que servía de apoyo y defensa para los peregrinos. Era un cayado largo, normalmente más alto que el propio peregrino. Estaba rematado en la parte inferior por una contera de hierro y en la superior por un pomo curvo con la forma de la letra griega tau, que más tarde fue prohibida por la jerarquía eclesiástica debido a su vinculación con el dios romano Jano. El bordón alberga un gran simbolismo y significados de reminiscencias ancestrales. Es una vara mágica de poderes extraordinarios. Un emblema real para Hermes, que se servía de él para levantar a los muertos y conducirlos al otro mundo. Si para los romanos evocaba las columnas de Júpiter, para celtas y germanos era el Irminsul, el eje celestial. El bordón fue siempre signo de autoridad y maestría, de iniciación. Un objeto de reconocimiento.
La calabaza
Tradicionalmente prendida al bordón, en la calabaza se guardaban las reservas de agua o de vino, ambos signos de los principios vitales, y señal de fecundidad y fertilidad. Su simbología abarca el recuerdo de cultos al agua, a la naturaleza, a la madre tierra y a lo femenino. La calabaza está relacionada con el vaso hermético. Con la copa sagrada, con el Santo Grial, donde se encuentran depositadas la sabiduría y los secretos del universo.
La esportilla o zurrón
Era un pequeño saco, el equivalente actual a nuestras mochilas, en el que se guardaban las pertenencias personales, y en el que también se llevaban atadas o cosidas las conchas y vieiras. Los peregrinos salían con la esportilla desde sus lugares de origen. En Compostela, justo frente a la puerta de la Azabachería, por la que entraban a la catedral, se vendían profusamente, proclamando y haciendo gala de sus cualidades.
La industria del azabache, nacida en Compostela, se inició a lo largo de todo el Camino en el siglo X. Es el material con el que se hicieron los primeros amuletos (higas, conchas y otros objetos de la tradición gallega), que los peregrinos se llevaban como recuerdo. Los objetos de azabache se hicieron populares entre los concheiros, que se los llevaban de regreso a sus hogares por un precio no muy elevado, sobre todo teniendo en cuenta que el azabache llegó a considerarse una piedra semipreciosa. El azabache era una piedra mágica para diferentes culturas. En Egipto y en la India se utilizaba contra el mal de ojo. En Europa tenía un especial uso en las zonas costeras. Tanto en Gran Bretaña como en Irlanda, era un amuleto contra las tempestades, los malos espíritus, las enfermedades y los animales peligrosos. El azabache no sólo tenía un papel preventivo, sino que se le adjudicaban funciones activas mágicas. Al ser una variedad del carbón mineral, servía para ser quemado y consumido. Tras el trabajo del azabache, llegó el de la plata. Ambos materiales, en esencia, representaban la sacralidad inicial de la tierra en el azabache que se sublima hasta transformarse en plata a través de la purificación y del conocimiento para elevarse al cielo.

El autor nos hace un recorrido maravilloso desde los Pirineos y es en Navarra donde se unen los caminos a través de diferentes jornadas y magníficas fotografías de las iglesias y monumentos nos queda constancia del disfrute del autor desde Somport al pórtico de la Gloria. Sin embargo el camino para nada acaba en Santiago, el camino termina en el mar de Oceana, es decir hasta Finisterre (Fisterra) y ver el Cristo de barba dorada.

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3 pensamientos en “Guía mágica del camino de Santiago — Francisco Contreras Gil

  1. Ramón decirte que me pareció otro muy buen libro a ti te gustará seguro sin duda lo acabe rodeado de un vaso de Vilerma Blanco Ribeiro que me regalaste y puedo decirte que ese vino es monumental, ánimo Ramón

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