La madre del cordero — Juan Eslava Galán

Bajo el epígrafe de “curiosidades y secretos de la simbología cristiana” me parece otro magnífico autor del autor, una iglesia era un libro mudo que contaba historias. El cristiano que penetraba en ella sabía interpretarlas, a veces con ayuda del clero, que por algo se había erigido en mediador entre Dios y los hombres. Bienvenidos al vocabulario eclesiástico, santos, santas todo ello acompañado de fotos…

Lo que verdaderamente diferencia una iglesia de una catedral es su función: la catedral es la iglesia titular del obispo, su parroquia. La palabra viene de «cátedra», que significa «asiento». Es la iglesia donde el obispo tiene su asiento, trono más bien, desde el que dirige a los sacerdotes de la diócesis, los párrocos de las iglesias y desde el que juzga y pastorea el rebaño que el papa le ha encomendado.
La Iglesia dividió su imperio, la Cristiandad, en diócesis o provincias copiando al Imperio romano de cuyo cadáver se alimentaba. Al frente de cada diócesis puso a un obispo, que hacía las veces de gobernador directamente designado por el papa.
En el pasado, los obispos eran príncipes temporales dotados de pingües rentas y ello disculpa que algunos aspiraran a la gloria mundana (sin, por ello, descuidar la divina, naturalmente). Cada uno quería eclipsar al vecino y rival, cada uno aspiraba a inscribir su nombre en el libro de la Historia (por eso hacían reproducir por todas partes sus escudos episcopales). Parece una contradicción tratándose de personas que predican el desprecio de las glorias mundanas, que elogian la humildad y la pobreza, pero es así.

El famoso predicador jesuita Padre Tarín (1847-1910), partidario de que las mujeres permanecieran lo más lejos posible de los hombres, advertía a los fieles antes de empezar la misa: «Las faldas, arriba; los pantalones, abajo».
Ninguno se escandalizaba porque todos entendían cabalmente lo que el piadoso jesuita quería decir: los hombres debían dirigirse al coro y las mujeres, a la nave. No otra cosa.

La palabra «campanario» deriva de Campania, la región italiana que utilizó por vez primera una torre para sustentar las campanas. Que el munificientísimo Dios me perdone, pero debo constatar que estos ruidosos instrumentos han sido una común molestia en los países de la Cristiandad desde su divulgación en el siglo V y, sobre todo, desde que los fundieron de tamaño francamente abusivo a partir del XIII.

El convento es el equivalente urbano del monasterio, situado en una ciudad o próximo a ella, generalmente regentado por frailes mendicantes. Los conventos suelen tener pocas ventanas a la calle y estas son altas, pequeñas y provistas de tupidas rejas y celosías, especialmente si son femeninos y de clausura. No es extraño ver rejas antiguas guarnecidas de pinchos.
Las iglesias de los conventos femeninos suelen presentar una puerta lateral que comunica con la calle. A los pies del templo hallamos una reja tupida tras la que las monjas asisten a las ceremonias sin romper la clausura. En otras ocasiones, la reja se abre en un lateral, cerca del presbiterio, con un comulgatorio, una especie de taquilla a través del cual las monjas pueden recibir cómodamente la comunión.
Algunos frailes debían dar consuelo a las viudas, no era infrecuente que alguno de ellos aprovechara tales facilidades para camelarse a la susodicha, colgar los hábitos y vivir regaladamente como un señor, sin brida ni regla. De estas situaciones debe proceder el delicado proverbio castellano: «Para lo que me queda en el convento, me cago dentro”

La Trinidad se representa a menudo como un anciano de barba blanca (el Dios Padre) en compañía de su Hijo, en figura de Cristo, unas veces departiendo con él, en plano de igualdad, otras veces en sus brazos, exangüe, en la figura del crucificado (en este caso se denomina Trinidad Dolorosa o Trono de Gracia). En todos los casos los sobrevuela una paloma blanca (el Espíritu Santo).
Otras veces es un rostro con tres caras, una mirando de frente, otra hacia un lado, otra hacia el opuesto, que pueden tener en común un ojo. Esta representación fue bastante común en la Edad Media y aún después, pero se abusaba tanto de ella que el Concilio de Trento la prohibió, especialmente desde que los protestantes, con esa gracia que los caracteriza, la apodaron «el Cerbero católico» aludiendo al mitológico perro de tres cabezas que guarda el Infierno pagano.

Un mal pintor de la escuela figurativa (hoy sería pintor abstracto) solía recitar frente al lienzo antes de acometer el cuadro: «Si sale con barbas, san Antón; si no, la Purísima Concepción». También había un proverbio entre tales artistas: «A mal Cristo, mucha sangre».
Lo que nos lleva, amadísimos lectores, al tema de las representaciones de Cristo.
Al principio no se representaba. Influidos por el judaísmo, los primeros cristianos consideraban idolatría cualquier representación de Dios. En esta etapa los cristianos adoptaron distintos símbolos para representar a Cristo o a su religión: el pez, el crismón, la paloma (paz), el áncora (salvación), la nave (Iglesia) y las dos letras griegas alfa y omega (A y Ω, la primera y la última del alfabeto, para significar que Jesucristo lo contiene todo).

En los siglos del gótico se fundaron muchos santuarios marianos en los que se veneraban Vírgenes Negras que pastores o campesinos encontraban dentro de cuevas, de muros, de troncos de árboles o de campanas. Piadosas leyendas locales explicaban el remoto origen de aquellas imágenes, supuestamente talladas por el propio san Lucas. En España, la exaltación religiosa de la Reconquista abonaba el terreno para estas apariciones milagrosas en las tierras ganadas al moro. En realidad, no era más que una manera de justificar el reciclado cristiano de antiguos santuarios paganos.

El origen de esos animales se puede rastrear en la astrología zodiacal babilonia en la que existían los signos de Tauro, Leo, Escorpio (que se sustituye por el águila) y Acuario (el hombre alado). Estas cuatro constelaciones correspondían, respectivamente, al equinoccio de primavera, el solsticio de verano, el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno.
San Juan Evangelista. El autor del cuarto Evangelio y del Apocalipsis, último libro del Nuevo Testamento, admite hasta tres representaciones:
1. En las escenas de la Pasión, se nos presenta como un joven imberbe y moreno que acompaña a Jesús en la Santa Cena o a María en el Calvario. Esta identificación es errónea, puesto que el san Juan acompañante de Jesús es distinto del que escribió el Evangelio.
2. En su papel de evangelista, es un hombre barbado que escribe sobre un pupitre o scriptorium monacal y tiene un águila al lado, a veces sujeta con una cadena.
3. En las escenas de su martirio (San Juan ante Portam Latinam) lo retratan dentro de un caldero de aceite.
San Juan forma, junto con Pedro y Santiago, el grupo de los discípulos favoritos de Jesús. Los tres estuvieron presentes en la Transfiguración, y presenciaron varios milagros y la agonía de Cristo en Getsemaní.
No es casualidad que san Juan Bautista y san Juan Evangelista celebren su onomástica durante los solsticios de verano y de invierno.
La Santa Sede lo nombró patrón de los olivareros en 1846.

Los santos cristianos inspiraron una rica iconografía que comenzó a aparecer prontamente en los ábsides de las iglesias, junto al altar, la zona que concentra la devoción de los fieles, y luego se extendió como una erisipela al resto del templo.
Por lo general, la vida de los santos se describe en las pinturas y retablos que adornan los templos. Para identificarlos, la Iglesia los rotulaba con cartelas o filacterias en las que figuraba el nombre del santo. No obstante, como la mayoría de los fieles era analfabeta, se recurrió a identificar a los santos con símbolos —los atributos— alusivos a su rango, a su martirio o a su oficio.
Hay tantos miles de santos que a veces el mismo atributo se repite en varios. Por eso hemos de atender a otros detalles, como atuendo, actitud, edad, fondo en el que se inscriben u otros elementos.
Existe una diferencia sustancial entre santos y santas. La mayoría de los santos son apóstoles, doctores de la Iglesia —no es que fuesen médicos, sino que eran muy doctos—, teólogos, obispos, confesores o predicadores, es decir hombres que alcanzaron ese tratamiento por sus méritos intelectuales. Por el contrario, casi todas las santas obtienen esa gloriosa corona o nimbo de santidad tras soportar martirios atroces sin abjurar de sus convicciones cristianas.
Uno se pregunta si esta diferencia se debe a que la mujer, por su naturaleza sufrida, constituye la receptora ideal del tormento o si se trata simplemente de que los que inventan las vidas de los santos son clérigos sexualmente desabastecidos y, por ende, enemigos de la mujer que se satisfacen con lúbricas ensoñaciones: santas en el lupanar o bien desnudas, a las que se les cortan los pechos, se les desgarran las carnes, etcétera.
Asombroso es Santo Ángel Custodio del Reino de España. Un ángel guerrero que lleva en el escudo las armas de España y la flor de lis de los Borbones. La imagen oficial del Santo Ángel Custodio de España se encuentra en la iglesia de San José de Madrid, calle Alcalá, 43.

Doctor es el título que la Iglesia otorga a ciertos santos a los que considera maestros de la Fe. Son los que han ideado la doctrina y los dogmas sobre los que hoy se cimenta el vasto edificio teológico de la Iglesia.
Antiguamente se consideraba doctores a ocho padres de la Iglesia, cuatro del rito latino y cuatro del griego, empate. Los latinos son: san Ambrosio (340-397), san Jerónimo (346-420), san Agustín de Hipona (354-430) y san Gregorio Magno (540-604); los griegos: san Atanasio (296-373), san Juan Crisóstomo (347-407), san Basilio de Cesarea (329-379) y san Gregorio Nacianceno (328-389).
El papa Pío V, en el siglo XVI, definió formalmente los criterios para la declaración de la dignidad, y desde entonces otros veinticinco santos antiguos y modernos han sido reconocidos como doctores de la Iglesia.

En la península ibérica, donde los reinos cristianos vivían su particular lucha contra el islam, surgieron también algunas órdenes militares específicas: Calatrava, Santiago, Alcántara, Uclés y Montesa (esta última en Aragón). En tiempos de los Reyes Católicos, ya sin moros que combatir, pero con un crecido patrimonio que administrar, el maestrazgo de las Órdenes españolas recayó en la corona. Desde la desamortización de sus bienes en el siglo XIX, estas han quedado reducidas a una mera categoría honorífica que detentan determinados miembros de la nobleza, especialmente en bodas y ocasiones sociales.

La proclamación de la Inmaculada Concepción de María zanjaba una enconada disputa teológica entre franciscanos (inmaculistas) y dominicos (maculistas) que se remontaba a varios siglos y había sembrado la cizaña entre dos órdenes prestigiosas, las cuales quizás anduvieron tan obnubiladas en la defensa de sus respectivas posturas que descuidaron parcialmente el amor fraterno que como hombres de Dios se debían y deben.
La controversia no se limitó al ámbito eclesiástico, sino que se extendió a la población civil. Ciudades y familias se dividieron en maculistas e inmaculistas y se unieron a la contienda teológica.
En España las ideas inmaculistas triunfaron casi sin oposición. Los monarcas juraban defender dicha creencia al acceder al trono, en muchas universidades los alumnos juraban defender la Inmaculada Concepción con la espada si fuera necesario; Murillo y otros pintores pintaban Inmaculadas por encargo de reyes o conventos franciscanos… Se divulgó el saludo «Ave María Purísima» (respuesta: «Sin pecado concebida») con que aún hoy saludamos la voz virginal de la monjita que nos vende las yemas y la mermelada de tomate en el torno del convento.
Es natural que el papa recompensara a los católicos españoles nombrando a la Inmaculada Patrona de España (sin demérito de Santiago, santa Teresa y los otros patrones que ha merecido esta bendita tierra).
España, como nación consagrada a la Inmaculada Concepción, detenta un privilegio que nos envidia el resto de las naciones de la Cristiandad: nuestros sacerdotes visten una casulla azul en día tan señalado.
Apena reconocer que la proclamación del dogma de la Inmaculada no fue universalmente aplaudida por la clericalla. El presbítero parisino Jean-Louis Verger mostró su disconformidad matando de una puñalada al arzobispo de la archidiócesis, monseñor Auguste Sibour. El irascible teólogo declaró a la policía que, en realidad, hubiera preferido asesinar a Pío XI, pero, careciendo de medios de fortuna para trasladarse a Roma, se había tenido que conformar con monseñor el arzobispo.

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