De los gatos del antiguo Egipto a los perros del 11-S — Javier Sanz

Este breve libro destaca por la importancia de los animales a lo largo de la historia y es interesante en cuanto a curiosidades además de leerse fácilmente, tomemos ejemplos:
Hasta finales del siglo XVI, cuando el Papa Sixto V reordenó el santoral, los beatos y los santos eran proclamados por aclamación popular (vox populi) o por que se les rendía culto desde tiempos inmemoriales (¡mmemorabili). De esta forma, aparecían casos en los que se rendía culto a personajes inexistentes o incluso a animales. Uno de estos casos fue el de San Guinefort, un galgo proclamado santo por aclamación popular.
La historia de este particular perro hay que situarla en Francia a mediados del siglo XIII. Guinefort era un perro juguetón, fiel, buen cazador y al que gustaba echarse a dormir junto a la cuna del más pequeño de la casa. Un mal día, cuando el amo regresó a la casa, encontró una escena dantesca: la cuna de su hijo vacía con restos de sangre y Guinefort, junto a ella, ladrando y moviendo el rabo… con las fauces ensangrentadas. El amo, desesperado y cegado por la ira, llegó a la conclusión de que el bueno de Guinefort se había comido a su hijo. Cogió un palo y la emprendió a golpes con Guinefort… hasta matarlo. Roto por el dolor, cayó al suelo y vio a su hijo manchado de sangre bajo la cuna pero a salvo; lo sacó y descubrió junto al niño una serpiente destrozada… Guinefort le había salvado la vida al niño y él lo había matado.

El primero que utilizó los gatos al servicio de la corona rusa fue el zar Pedro I cuando trajo uno de Holanda. Más tarde, y debido al terror que su hija la emperatriz Isabel tenía a los ratones, se empleó una camada traída de Kazan en el Palacio de Invierno. Sería Catalina la Grande la que los llevaría al museo para proteger las obras de arte de los roedores adquiriendo el estatus de guardias oficiales. Los gatos del museo fueron testigos y sobrevivieron al derrocamiento de los zares, a la Primera Guerra Mundial, la Revolución de Octubre de 1917 y la posterior Guerra Civil, pero no pudieron hacerlo a la terrible hambruna desatada en la Segunda Guerra Mundial durante el sitio de Leningrado -ahora San Petersburgo-. El sitio duró casi 900 días, desde 1941 hasta 1944, y la escasez de alimentos provocó actos de antropofagia… y los gatos no corrieron mejor suerte. Cuando terminó el bloqueo, la ciudad comenzó a recuperar la normalidad y en esa normalidad también se incluía que los gatos volviesen a recuperar su puesto de trabajo. El problema es que se dejaron sin ningún control y a finales de los sesenta se habían convertido en un problema: había demasiados y campaban a sus anchas por todas las dependencias del museo. Así que hubo que tomar medidas: se limitó su número a 70 (cuando exceden este número se dan en adopción) y se prohibió la entrada de los gatos a las salas de exposición.
A fecha de hoy, el cuerpo de guardianes oficiales del museo se compone principalmente de gatos callejeros jerarquizados bajo un sistema de castas (aristócratas, casta media y casta baja) dependiendo de su zona de actuación y tienen documentos oficiales con su fotografía acreditando su condición de guardia oficial del museo. Las zonas alrededor del museo están salpicadas de señales de tráfico donde se advierte de la presencia de los felinos y la obligación de circular despacio. Aunque el museo no tiene presupuesto destinado a los gatos, no les falta comida ni cuidados veterinarios gracias a las donaciones de empleados y visitantes, incluso se celebra el día del Gato del Hermitage el 28 de marzo.

Mientras los empleados de la oficina postal de Albany (Nueva York) cargaban las sacas para repartir el correo por la ciudad, se encontraron una sorpresa: un cachorro de terrier -un cruce de terrier para ser más exactos-. Estaba acurrucado entre las sacas para resguardarse del frío. Era una mañana cualquiera de 1888. Los empleados decidieron adoptarlo como mascota y le pusieron de nombre Owney.
Todos se ocupaban de Owney y él recorría los puestos de trabajo saludando a todos, pero tenía una obsesión: las sacas con el correo. Le gustaba dormir sobre ellas y saltar de una otra. Hartos de tener que obligarlo a bajar cuando los carros salían para el reparto, un día decidieron dejarlo entre las sacas. Y de esta forma fue recorriendo la ciudad. Pero la ciudad se quedaba pequeña para este viajero incansable. El siguiente paso fue viajar en tren a otras ciudades acompañando el correo. Y fuese como fuese, siempre se las arreglaba para regresar a la oficina de Albany. Para facilitar las cosas, los empleados le compraron un collar en el que grabaron…
“Owney. Oficina Postal de Albany, Nueva York.”

En 1961, el embajador Henri Helb tenía dos gatos siameses que campaban a sus anchas por las dependencias de la Embajada de Holanda en Moscú. Mientras Henri trabajaba en su despacho, los gatos dormían plácidamente sobre un sillón pegado a una de las paredes. Algo sobresaltó a los gatos porque se despertaron y comenzaron a arañar la pared. El embajador, pensando que sería algún roedor, pegó la oreja a la pared pero no escuchó ningún ruido que pudiese confirmar sus sospechas. Cogió a los gatos y los intentó calmar acariciándolos, pero en cuanto los dejó volvieron a arañar en el mismo punto. Algo había detrás de la pared que les irritaba. Ante la insistencia de sus mascotas, decidió llamar a unos operarios para que averiguasen qué misterio se escondía tras aquella pared. La sorpresa fue mayúscula cuando encontraron un micrófono oculto. Los gatos, gracias a su fino oído que puede captar frecuencias de hasta 25.000 hercios (el umbral de audición del oído humano está en unos 20.000 hercios), habían detectado el micrófono de la KGB. Tras este primer descubrimiento, Henri Helb ordenó que se rastrease toda la Embajada… se descubrieron 30 micrófonos en total. En lugar de retirarlos, se hizo un informe de la localización exacta de los aparatos de escucha y se entregó una copia a todos los miembros del cuerpo diplomático. De esta forma, serían ellos los que filtrarían la información a los rusos según su propio interés.

En 1962, durante un viaje de su esposa Catherine Galbraith y sus hijos a la India, visitaron el estado de Gujarat y el gobernador, por aquello de quedar bien con la familia del embajador, les regaló a los niños una pareja de gatos siameses. El nombre de uno de los gatos no se conoce y el del otro, visto lo visto, casi habría sido mejor que tampoco se hubiese conocido… le pusieron Ahmedabad, la ciudad donde habían nacido, aunque en casa al gatito lo llamaban “Ahmed” -uno de los nombres del profeta Mahoma en el mundo islámico-. Todo estalló cuando Catherine concedió una entrevista a un medio de comunicación e hizo referencia a su gatito Ahmed. Cuando la noticia llegó a Pakistán, se interpretó como un insulto al Islam: la gente se echó a las calles, las instalaciones estadounidenses fueron apedreadas y los trabajadores de la embajada atacados. Ante aquel revuelo, y para evitar males mayores, John Kenneth Galbraith le cambió el nombre al gatito por el de Gujarat…
Fuera de la diplomacia nunca se entenderá el daño que pudo ocasionar el nombre de un gatito.

Sibarita es: natural de Síbaris. Ciudad fundada por los aqueos en 720 a.C. y situada en lo que hoy es Italia. Los habitantes de esta ciudad, los sibaritas, eran famosos por su exquisitez y refinamiento. De ahí que este término haya quedado para designar a las personas amantes de placeres exquisitos.
Además del buen vivir, los sibaritas también eran famosos por ser unos excelentes jinetes y, todavía, mejores domadores de caballos. Su caballería era digna de la mejor escuela de arte ecuestre y se desplazaban perfectamente conjuntados al son de una música -como si los caballos bailasen una danza que conocían a la perfección-.
En el 510 a.C. atacaron la ciudad de Crotona, al sur de Síbaris. Su majestuosa caballería estaba formada y presta para el ataque, pero los pobladores de Crotona conocían las tácticas militares de los sibaritas. Cuando se ordenó cargar a la caballería, una melodía extraña y arrítmica comenzó a entremezclarse con la música interpretada por los sibaritas. La mezcla de “sintonías” confundió a los caballos y provocó un desbarajuste total entre la caballería sibarita.

En la batalla de Trafalgar. El Neptuno, capitaneado por don Cayetano Valdés, era uno de los barcos españoles que participó en la batalla naval y que, tras recibir varias andanadas de la artillería inglesa, quedó a la deriva. Sin rumbo, tras perder el mástil, el barco encalló. Desde tierra se intentó rescatar a los supervivientes pero el fuerte oleaje no permitía acercarse con los botes.
No sabemos cómo ni por qué, pero en el Neptuno había un cerdo… y un marinero con mucho ingenio. A éste se le ocurrió atarle una maroma a la pata del cerdo y arrojarlo al mar para que llegase -porque los cerdos saben nadar- hasta la orilla. El cochino, sabiendo lo que hacía, pudo llegar y usaron la maroma para atar los botes y llegar hasta el barco. Todos fueron rescatados.
Nada más se sabe de este cerdo salvavidas, pero no conozco ninguna plaza, calle o monumento en la provincia de Cádiz dedicada a ningún cerdo.

En 1910, con motivo de la exposición Le Salon des Indépendants (El Salón de los Independientes), organizada anualmente en París por la Sociedad de los Artistas Independientes, hubo una obra que llamó la atención de los críticos y que todos elogiaron. Esta obra era ‘Voucher de soleil sur l’Adriatique” (Puesta de sol en el Adriático) de un pintor genovés, completamente desconocido, llamado Joachim-Raphaél Boronali.
A los pocos días de la exposición, se presentó el escritor Roland Dorgelés en la sede del periódico Le Matin para desvelar la identidad de Boronali. El tal Boronali era… un burro llamado Lolo.
Dorgelés y unos amigos llevaron al burro a una casa abandonada donde le ataron pinceles a la su cola y lo estimulaban con zanahorias para mover la cola a más o menos ritmo. La obra se llegó a vender por 400 francos que fueron donados a un orfanato.
Muchos críticos estuvieron callados durante una temporada.

Según la superstición popular, da buena suerte recibir el impacto, normalmente en la cabeza o en los hombros, de los desechos intestinales de una paloma. Pues puede que la explicación haya que buscarla en la elección del Papa Fabián en el 236.
Tras la muerte del Papa Antero, martirizado por el emperador Maximino Tracio que había reactivado la persecución de cristianos, la comunidad de fieles se reunió para la elección de su sucesor. Como casi siempre, las posturas estaban enfrentadas y no había un claro candidato. Fabián, un campesino que regresaba de sus labores en el campo, al ver aquel gentío se acercó a oler. En aquel momento, una paloma surgió de la nada y se cagó encima de Fabián. Todos contemplaron aquel fenómeno -pues es un fenómeno que con la de gente que había enfrascada en la elección, fuese a caerle a uno que nada tenía que ver- y lo interpretaron como una señal del Espíritu Santo. La intervención divina había elegido al nuevo Papa. Como Fabián era laico, allí mismo lo ordenaron sacerdote, obispo y Papa.

Al comienzo de la Primera Guerra Mundial colocaron unos loros nada menos que en la Torre Elffel para que avisaran con antelación de la aproximación de aviones enemigos. Parece ser que al principio lograban avisar, pero al final se tuvo que prescindir de ellos. Así lo explicaba Flight Magazine’.
Al principio de la guerra se probó con loros en la Torre Elffel, con el resultado que, al principio, dieron aviso veinte minutos antes de que el avión o aeronave pudiera ser distinguido por el ojo o escuchado por el oído humano. Estos pájaros, sin embargo, parecieron pasar después al aburrimiento y a la indiferencia, por lo que no pudo mantenérseles indefinidamente en ese trabajo.

Los emúes son grandes aves, la segunda de mayor tamaño después del avestruz, que no pueden volar y cuyo hábitat natural es el continente australiano. En el año 1932, tras un largo y seco verano, la comida escaseaba y los emús encontraron una alternativa a su alimentación tradicional en los campos de trigo de la zona Occidental australiana. No sólo se comían el cereal sino que, además, arrasaban los campos de cultivo. Los agricultores, desesperados, pidieron ayuda al Gobierno y éste envió un batallón de soldados al mando del Mayor Meredith de la 7a División de la Real Artillería de Australia, equipados con dos ametralladoras Lewis y 10.000 cartuchos. Se había declarado la Guerra del Emú.
Lo que parecía una rápida y efectiva operación, eliminar a los emúes, se convirtió en una odisea. El Mayor pensaba que como atacaban los campos en grupos numerosos, sería muy fácil abatirlos… pero la realidad fue bien distinta: al primer disparo los emúes salían huyendo y se desperdigaban por lo que había que perseguirlos para eliminarlos uno a uno.

En el año 2004 la princesa real Ana del Reino Unido, la única hija de la reina Isabel II, inauguró un monumento en el parque Lane de Londres como homenaje a todos los animales que sirvieron y murieron por Gran Bretaña durante los conflictos bélicos.
El monumento en cuestión es una escultura de bronce hecha por David Backhouse en el que se inmortalizan a dos muías transportando material de guerra, un perro y un caballo, y rodeándolos un muro de piedra con los perfiles grabados de varios animales más. Además, una inscripción que reza:
Este monumento está dedicado a todos los animales que sirvieron y murieron junto a las fuerzas británicas y sus aliados en las guerras y campañas. Ellos no tuvieron elección.
Entre los animales grabados en el muro… las luciérnagas. Durante la Primera Guerra Mundial eran capturadas para meterlas en botes de cristal y servir de lámparas para leer los mapas u órdenes en la oscuridad de la noche.

En 1870, durante el asedio de cuatro meses de París por las tropas prusianas, en la Guerra Franco-Prusiana, los habitantes de la ciudad, debido a la escasez de alimentos, tuvieron que comerse todos los gatos, perros, caballos, cuervos e incluso ratas que se les cruzaban por delante. Hasta aquí, nada raro en situaciones extremas. Sin embargo, los restaurantes parisinos no dejaron de funcionar y adaptaron sus menús a la nueva situación.
Los más económicos ofrecían platos como “Rats au champagne” (Ratas) “Consommé de Cheval au millet’ (Caballo), “Brochettes de foie de Chien a la maftre d’hótet’ (Perro), “Emineé de rabie de Chat. Sauce mayonnaise » (Gato) o «Begonias au jus» (Flores)
Tampoco los animales del zoológico (o casa de fieras) del Jardín des Plantes de París se salvaron. Casi todos fueron sacrificados, aunque en esta ocasión pasaron a formar parte de exóticos menús en los restaurantes parisinos de lujo.
El periodista Thomas Gibson Bowles, que estaba en París durante el asedio, escribió que había comido camellos, antílopes, perros, burros, mulas y elefantes.

Murciélagos bomba: desarrollado por los EEUU en la Segunda Guerra Mundial para ser utilizado contra Japón. La idea del murciélago bomba fue concebida por el cirujano dental Lytle S. Adams, quien lo presentó a la Casa Blanca en enero de 1942 y aprobado por el presidente Roosevelt. Para llevar acabo este proyecto se “reclutaron voluntarios” en cuatro cuevas de Texas. El proyecto consistía en equipar con pequeñas bombas incendiarias a los murciélagos que se soltarían por la noche en zonas industriales japonesas y luego, al amanecer, se refugiarían en los edificios. Después, gracias a un temporizador, se harían estallar las bombas provocando incendios para destruir el tejido industrial japonés.
Perros bomba: desarrollado por la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial para ser utilizadas contra los tanques alemanes (los famosos panzers). Los perros se mantenían sin alimento durante varios días y se les adiestraba para buscarlo debajo de los tanques.
En 1942, un grupo de perros se volvieron locos y causaron el caos en las filas soviéticas. Poco después los perros antitanque fueron retirados del servicio aunque su entrenamiento continuó, al menos, hasta junio de 1996.

Ratas bomba: desarrollado por el ejército británico en la Segunda Guerra Mundial para usarlas contra Alemania. A los cadáveres de las ratas se les “rellenaba” (como si fueran pavos) con explosivos plásticos, con la idea de camuflarlas en las partidas de carbón y cuando se echase a las calderas explotasen causando significativos daños. Sin embargo, el primer envío de carbón con ratas explosivas fue interceptado por los alemanes y el plan fue abandonado. Los alemanes exhibieron las ratas en las Academias Militares y se llevó a cabo una minuciosa búsqueda de más ratas bomba.

La historia de Canelo fue muy conocida en toda la ciudad de Cádiz. El pueblo gaditano, en reconocimiento al cariño, dedicación y lealtad de Canelo, puso su nombre a una calleja y una placa en su honor…
A Canelo Que durante 12 años esperó en las puertas del hospital a su amo fallecido.
El pueblo de Cádiz como homenaje a su fidelidad.”

Roselle y Salty fueron dos perros labradores que salvaron a sus dueños, Michael Hingson y Ornar Rivera respectivamente, en el atentando terrorista del 11 de septiembre de 2001 en el World Trade Center de Nueva York. Hay una particularidad que diferencia a estos dos héroes de los muchos que hubo ese día: Michael Hingson y Ornar Rivera son ciegos, y Roselle y Salty son sus perros guía.
Ambos perros estaban con sus amos en sus puestos de trabajo en la Torre 1 cuando se produjo el ataque a las Torres Gemelas, Roselle con Michael en la planta 78 y Salty con Ornar en la 71. En medio del caos, el pánico, el humo, cascotes cayendo… Roselle y Salty mantuvieron la calma y fueron capaces de sacarlos de allí. Ambos casos son excepcionales, pero Roselle consiguió sacar a Michael… y a 30 personas más. Mientras Roselle y Michael bajaban por las escaleras -1462 hasta la calle-, el segundo avión impacto en la Torre 2, lo que provocó que mucha gente quedase desorientada sin saber qué hacer y presa del pánico. Al ver que Roselle sabía lo que hacía y que seguía su camino sin importarle todo el caos que le rodeaba, la gente se fue uniendo a ellos conforme descendían. Después de unas horas, todo el grupo había conseguido alcanzar la calle sanos y salvos.
A ambos se les reconoció su labor con varias distinciones estadounidenses y la británica Medalla Dickin…
Por permanecer lealmente al lado de sus propietarios ciegos, con valentía les ayudaron a bajar más de 70 pisos del World Trade Center y los llevaron a un lugar seguro tras el ataque terrorista en Nueva York el 11 de septiembre 2001.

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