Historia del mundo en doce mapas — Jerry Brotton

Este me parece un magnífico libro y destaca la importancia de la cartografía a través de la historia de la humanidad y sin duda este es el gran acierto del libro. Además el anexo on las fotos de los mapas es más que un gran acierto, solo queda disfrutarlo.

En 1881, el arqueólogo de origen iraquí Hormuzd Rassam descubrió un pequeño fragmento de una tablilla de arcilla cuneiforme de 2.500 años de antigüedad en las ruinas de la que fuera la ciudad babilonia de Sippar, hoy conocida como Tell Abu Habbah, en la periferia suroriental de la actual Bagdad. La tablilla era solo una más de entre las casi 70.000 excavadas por Rassam durante un período de dieciocho meses y enviadas al British Museum de Londres.
Hoy, la tablilla se exhibe al público en el British Museum, rotulada como «El mapa del mundo babilonio». Es el primer mapa del mundo del que se tiene noticia.
La tablilla descubierta por Rassam es el objeto más antiguo conservado que representa el mundo entero en un plano a vista de pájaro, mirando la Tierra desde arriba. El mapa se compone de dos anillos concéntricos, dentro de cada uno de los cuales hay una serie de círculos, rectángulos y curvas aparentemente arbitrarios, y todos ellos están centrados en torno a un agujero al parecer realizado con un temprano compás.
Las diversas variantes del término «mapa» (y sus derivados) se utilizan en varias lenguas europeas modernas, como el inglés, el español, el portugués o el polaco, y provienen de la palabra latina mappa, que significa «mantel» o «servilleta». En cambio, el término francés equivalente —carte— tiene su origen en una palabra latina distinta, carta, que también proporciona la raíz del término «mapa» en italiano y en ruso (carta y karta, respectivamente) y hace referencia a un documento formal; a su vez, esta se deriva de la palabra griega para designar el papiro. En cambio, el término que en griego antiguo designa un mapa —pinax— sugiere una clase de objeto diferente. Un pinax es una tablilla hecha de madera, metal o piedra, en la que se dibujaban o grababan palabras o imágenes. El árabe toma el término en un sentido más visual: utiliza dos palabras, surah, traducido como «figura», y naqshah, o «pintura»; mientras que el chino adopta una palabra similar, tu, que significa «dibujo» o «diagrama». En el caso del inglés, la palabra map (o mappe) solo entró en el vocabulario en el siglo XVI, y entre esa época y la década de 1990 se propusieron más de 300 definiciones del término.
«Los mapas —decían— son representaciones gráficas que facilitan una comprensión espacial de cosas, conceptos, condiciones, procesos o acontecimientos del mundo humano.»
Quizá el problema más complejo de todos los que afronta el cartógrafo sea el de la proyección. Para los cartógrafos modernos, el término «proyección» alude a la representación bidimensional en una superficie plana de un objeto tridimensional —a saber, el globo terráqueo— utilizando un sistema de principios matemáticos. Pero esto solo se formuló conscientemente como método en el siglo II d.C., por parte del geógrafo griego Ptolomeo, que empleó una cuadrícula de líneas geométricas de latitud y longitud (o retícula de coordenadas geográficas) para proyectar la Tierra en una superficie plana. Antes de esto, los mapas como el del ejemplo babilonio no proporcionaban ninguna proyección (o escala) evidente para estructurar su representación del mundo (aunque, obviamente, no por ello dejaran de proyectar una imagen geométrica del mundo basada en sus presupuestos culturales sobre la forma y el tamaño de este). A lo largo de los siglos se han utilizado círculos, cuadrados, rectángulos, óvalos, corazones, y hasta trapezoides y toda una serie de formas distintas para proyectar el globo en un plano, cada una de ellas basada en un conjunto de creencias culturales concretas.

El auge de la ciudad (Alejandría) representó un cambio decisivo en la geografía política del mundo clásico. Las conquistas militares de Alejandro habían transformado el mundo griego, que dejó de ser un grupo de pequeñas ciudades-estado insulares griegas para convertirse en una serie de dinastías imperiales extendidas por todo el Mediterráneo y Asia. Esta concentración de riqueza y poder en imperios como la dinastía ptolemaica trajo consigo cambios en la guerra, la tecnología, la ciencia, el comercio, el arte y la cultura. Condujo a nuevas formas de interactuar entre la gente
Aunque la Grecia arcaica no tuviera ninguna palabra equivalente a «geografía», desde como mínimo el siglo III a.C. los antiguos griegos se referían a lo que nosotros denominaríamos un «mapa» con el término pinax. Otro término utilizado a menudo era el de periodos ges, literalmente «circuito de la tierra» (una expresión que formaría la base de muchos tratados posteriores de geografía). A pesar de que estos dos términos para nombrar los mapas a la larga se verían desplazados por el latín mappa, la posterior formulación griega clásica de «geografía» ha pervivido, formada por la combinación del sustantivo ge, o «tierra», con el verbo graphein, «dibujar» o «escribir». Estos términos nos dan cierta idea del modo en que los griegos abordaban los mapas y la geografía: un pinax es un medio físico en el que se inscriben imágenes o palabras, mientras que periodos ges implica una actividad física, concretamente la de «recorrer» la tierra de una forma circular. La etimología de geo-grafía sugiere asimismo que esta constituía a la vez una actividad visual (dibujada) y un enunciado lingüístico (escrito). Aunque estos términos se utilizaron cada vez más a partir del siglo III a.C., fueron englobados en las ramas más reconocibles del saber griego: el mythos (mito), la historia y la physiologia (ciencia natural).
Mientras que la cartografía griega clásica se centraba en la cosmogonía y la geometría, la cartografía helenística incorporó este enfoque a lo que a nuestros ojos parece una forma más científica de cartografiar la Tierra. Un contemporáneo de Alejandro, Piteas de Massalia (Marsella), exploró las costas oeste y norte de Europa, recorriendo el litoral ibérico, francés, inglés y posiblemente incluso báltico. Sus viajes establecieron la isla de Thule (distintamente identificada como Islandia, las Orcadas o hasta Groenlandia) como el límite septentrional del mundo habitado, y también determinaron correctamente la posición exacta del polo celeste (el punto en el que la prolongación del eje de la Tierra se cruza con la esfera celeste). Pero lo que quizá resulte más importante para la geografía fue el hecho de que estableció con firmeza la relación entre la latitud de una ubicación y la duración de su día más largo, pasando luego a proyectar paralelos de latitud que discurrían por todo el planeta.
El gran logro de Eratóstenes fue inventar un método para calcular la circunferencia de la Tierra que aunaba la observación astronómica y el conocimiento práctico. Utilizando un gnomon —una temprana versión de un reloj de sol—, Eratóstenes hizo una serie de observaciones en Siena, la actual Asuán, que calculó que se hallaba a 5.000 estadios al sur de Alejandría. Advirtió que allí, al mediodía del solsticio de verano, los rayos del Sol no proyectaban sombra alguna, y, por lo tanto, caían directamente en vertical. Repitiendo el mismo cálculo en Alejandría, Eratóstenes midió el ángulo formado por el gnomon exactamente en el mismo momento, que resultó ser de la quincuagésima parte de un círculo. Suponiendo que Alejandría y Siena se situaban en el mismo meridiano, calculó que los 5.000 estadios que separaban ambos lugares representaban una quincuagésima parte de la circunferencia de la Tierra. La multiplicación de las dos cifras le dio a Eratóstenes la cifra total de la circunferencia de la Tierra, que él calculó en 252.000 estadios.

El alcance geográfico y su concienzudo detalle hacían del Libro de Roger una de las grandes obras de la geografía medieval, y una de las mejores descripciones del mundo habitado realizadas desde la Geografía de Ptolomeo. El libro de al-Idrisi y los mapas que lo acompañaban se inspiraban en las tradiciones griega, cristiana e islámica de la ciencia, la geografía y los libros de viajes para producir una perspectiva híbrida del mundo basada en el intercambio de ideas y creencias culturales entre diferentes religiones. No cabe duda de que hoy resulta atractivo ver la obra de al-Idrisi como el producto de un acercamiento entre el cristianismo y el islam, en que ambos aprendían uno de otro en un intercambio de ideas aparentemente amistoso. Pero el mundo de la Sicilia normanda del siglo XII y las aspiraciones de personajes como Roger II y al-Idrisi eran más estratégicos y provisionales de lo que tal concepción permitiría esperar.
Solo se conservan diez copias manuscritas del Libro de Roger, la más antigua de 1300 y la última de finales del siglo XVI. Como en el caso de la Geografía de Ptolomeo, tenemos que trabajar con un libro y unos mapas que se produjeron cientos de años después de su creación original. En una de las copias manuscritas mejor preservadas del Libro de Roger, que se conserva en la colección Pococke de la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford, y está datada en 1553, se incluye un mapa del mundo circular, hermoso en su simplicidad, que parece mostrar cómo al-Idrisi representaba el mundo a mediados del siglo XII. El aspecto más llamativo del mapa es que está orientado con el sur en su parte superior.
Etimológicamente, el término «orientación» se deriva de la raíz latina original oriens, que se refiere al este, o la dirección del Sol naciente. Prácticamente todas las culturas antiguas han dejado constancia de su capacidad para orientarse según un eje este-oeste basado en las observaciones del Sol naciente (oriental) y poniente (occidental), y un eje norte-sur.
Quizá el aspecto más peculiar de este mapa del mundo sea precisamente hasta qué punto se muestra en desacuerdo con el libro al que pertenece. A diferencia de la numerosa geografía humana descrita en los otros mapas y en el texto del Libro de Roger, el mapa del mundo es una representación puramente física de la geografía. No hay ciudades, y casi ningún rastro perceptible del impacto de la humanidad en la superficie de la Tierra (a excepción de la fabulosa barrera erigida por Alejandro Magno en las montañas del Cáucaso para mantener a raya a los míticos monstruos Gog y Magog, representada en la izquierda esquina inferior del mapa). Esta aparente contradicción entre la evocadora descripción que hace el Libro de Roger de las diversas regiones de la Tierra y la geométrica sencillez de su mapa del mundo solo puede entenderse explicando qué era lo que quería Roger al requerir los servicios de al-Idrisi: los frutos de una tradición cartográfica islámica que tenía ya trescientos años de antigüedad.

El término «mapamundi» viene del latín mappamundi, compuesto de mappa —«mantel» o «servilleta»— y mundus —«mundo»—. Su desarrollo en el Occidente cristiano de habla latina a partir de finales del siglo VIII no siempre hacía referencia expresa a un mapa del mundo, sino que también podía designar una descripción geográfica escrita. De hecho, no todos los mapas del mundo de este período recibieron la designación de mappaemundi (el plural de mappamundi); asimismo se emplearon otros términos, entre ellos descriptio, pictura, tabula, o, como en el caso del mapa de Hereford, estoire, o «historia». Al igual que en esa época todavía no se reconocía la geografía como una disciplina académica bien diferenciada, del mismo modo tampoco había un sustantivo universalmente aceptado, ya fuera en latín o en cualquiera de las lenguas vernáculas europeas, para designar lo que hoy denominamos «mapa». Sin embargo, de todos los términos en circulación, el de mappamundi se convertiría en el más común para definir una descripción escrita y dibujada de la tierra cristiana durante casi 600 años.
Cuando el visitante actual se dirige a Hereford y entra en el anexo de la catedral para examinar el mapamundi, lo primero que le llama la atención es el extraño aspecto que tiene el objeto para ser un mapa. Con una forma que recuerda al hastial de una casa, el mapa parece ondular y serpentear como un animal misterioso; lo que, de hecho, es lo que es. Con sus 1,59 metros de alto y 1,34 de ancho, el mapa está dibujado sobre una enorme piel de animal. La forma de dicho animal todavía resulta discernible, desde el cuello, que forma el ápice del mapa, hasta la espina dorsal, que atraviesa su parte central. A primera vista, el mapa puede parecer un cráneo, o una sección transversal de un cadáver, con sus venas y órganos expuesto; visto de otro modo podría ser un extraño animal ensortijado.
Un dibujo del mapamundi de Hereford realizado en el siglo XVIII por el anticuario John Carter mostraba que en su origen este formaba la parte central de un tríptico magníficamente decorado, presumiblemente encargado también por Swinfield, que completaban unos paneles laterales plegables. Era una innovación particularmente llamativa, y uno de los primeros ejemplos conocidos de un tríptico pintado con paneles articulados en Europa occidental, aproximadamente contemporáneo de las pinturas de los primeros grandes maestros renacentistas italianos Cimabue y Giotto. El dibujo de Carter muestra que los paneles laterales del tríptico de Hereford representaban la Anunciación, con el arcángel Gabriel en el panel izquierdo y la Virgen María en el derecho, intensificando el mensaje del mapamundi del panel central. Experimentado en su conjunto, el tríptico invitaba a los peregrinos a meditar sobre la anticipación, en la Anunciación, de la Primera Venida de Cristo, en comparación con la Segunda Venida, representada en el ápice del mapamundi. Mientras los paneles laterales celebran la vida, el panel central deletrea la muerte —MORS— en torno a su borde, confirmando la prefiguración del mapamundi, para los peregrinos que se fijaban en el detalle de la muerte y el fin del mundo, del «cielo nuevo» y la «tierra nueva» que habían de venir.
El mapamundi de Hereford espera y reza por el final del espacio y el tiempo, un eterno presente en el que no habrá necesidad ni de geógrafos ni de mapas.

El mapa Kangnido, exquisitamente pintado en tinta sobre seda con colores primorosamente iluminados, es un objeto hermoso e imponente. Los mares son de color verde oliva, y los ríos azules. Las cordilleras están marcadas por líneas negras dentadas, mientras que las islas más pequeñas se representan como círculos. Todos esos accidentes se destacan sobre el rico amarillo ocre de la tierra. El mapa está surcado de caracteres chinos en tinta negra que identifican ciudades, montañas, ríos y centros administrativos clave. Con unas medidas de 164 por 171 centímetros, y originariamente atado a un bastón —lo que permitía desenrollarlo de arriba abajo—, es probable que se diseñara, como el mapa estelar, para colgarlo en un biombo o una pared en un lugar prominente como el palacio de Gyeongbok. Así como el mapa estelar colocaba a la dinastía Joseon bajo un nuevo cielo, el mapa Kangnido la situaba en una nueva representación de la Tierra.
Para los modernos ojos occidentales, el mapa Kangnido constituye una paradoja. Parece ser un mapa del mundo comparable con los que se encuentran en el Libro de curiosidades, o con el mapamundi de Hereford. Pero al mismo tiempo los observadores occidentales también sienten que están viendo una imagen del mundo producida por una cultura ajena con un método muy diferente de entender y organizar el espacio físico. Puede que el concepto de mundo sea común a todas las sociedades; pero las diferentes sociedades tienen ideas muy distintas del mundo y de cómo debe ser representado. Aun así, y como muestran el mapa Kangnido y sus predecesores chinos, esas cosmovisiones tan distintas resultan absolutamente coherentes y funcionales para quienes las elaboran y las utilizan. El mapa Kangnido es una respuesta cartográfica concreta a uno los mayores imperios clásicos del mundo, y una respuesta configurada por la percepción de Corea de su propio paisaje físico y político. Tanto la experiencia china como la coreana crearon mapas interesados en mucho más que el mero hecho de cartografiar el territorio con precisión: también representaban gráficamente, de manera eficaz, unas relaciones estructuradas. El mapa Kangnido y sus copias proponían una forma en la que una nueva dinastía, pequeña pero orgullosa, podía situarse a sí misma en la esfera de un imperio mucho mayor.

En referencia a Martin Waldseemüller, y mapa titulado “Universalis cosmographia secundum Ptholomaei traditionem et Americi Vespucii aliorumque lustrationes”: que se cree que data de 1507 y en general se considera el primer mapa que nombra y representa a «América»:
• el mapa contiene el primer uso conocido del nombre de «América», una invención original de Martin Waldseemüller para designar el nuevo continente descubierto por Cristóbal Colón en 1492;
• el mapa es la única copia existente de una xilografía realizada por Martin Waldseemüller, probablemente en 1507;
• la invención del nombre de «América» por parte de Martin Waldseemüller para un nuevo continente que hasta entonces se había designado como «terra incognita» confiere una identidad histórica a dicho continente, y
• en base a ello, el mapa de Martin Waldseemüller constituye un documento de la mayor importancia para la historia del pueblo americano.

Según el mapa de Waldseemüller, los viajes occidentales emprendidos por el comerciante y navegante florentino Américo Vespucio en las postrimerías del siglo XV representaban la confirmación de que los viajes de exploración europeos a través del Atlántico habían descubierto ciertamente una nueva parte del mundo, la cuarta, desconocida en la época medieval del mapamundi de Hereford y su mundo tripartito formado por Europa, África y Asia.
No era solo la geografía del mapa la que parecía tan diferente de la del de Hereford. Su estilo y forma procedían de un mundo que concebía la actividad de la cartografía de un modo muy distinto de los mapas medievales.

El Tratado de Tordesillas, firmado el 7 de junio de 1494. En el que sería uno de los ejemplos más tempranos y arrogantes de geografía imperialista global europea, las dos coronas convinieron en «Que se haga y asigne por el dicho mar océano una raya o línea derecha de polo a polo, del polo Ártico al polo Antártico, que es de norte a sur, la cual raya o línea e señal se haya de dar e dé derecha, como dicho es, a trescientas setenta leguas de las islas de Cabo Verde para la parte de poniente». Todo lo que estaba al oeste de esta línea, incluidos los territorios descubiertos por Colón, quedaba bajo el control de Castilla, y todo lo que se hallaba al este, incluida toda la costa africana y el océano Índico, se asignaba a los portugueses. El mundo fue dividido por la mitad por dos reinos europeos, utilizando un mapa para anunciar sus ambiciones globales.

Al igual que sus mapas, Mercator fue un hombre definido por límites y fronteras. Durante su larga vida, sus viajes nunca le llevaron más allá de un radio de 200 kilómetros de su pueblo natal. Para su primer mapa independiente, Mercator pasó de la geografía política a la religión. En 1538 publicó un mapa mural grabado de Tierra Santa que fue diseñado, según su título, «para el mejor entendimiento de la Biblia». Este permitió a Mercator proseguir su interés en la teología, pero también le ofreció la posibilidad del éxito financiero que tan urgentemente necesitaba, ya que ningún mapa regional se vendía mejor que los de Tierra Santa. Mercator se basó en una serie de mapas incompletos de Tierra Santa publicados cinco años antes por el humanista alemán Jacob Ziegler en Estrasburgo, los cuales proporcionaban solo una geografía histórica parcial de la región; su mapa, bellamente grabado, actualizaba y ampliaba la geografía de Ziegler, pero además añadía una de las principales historias del Antiguo Testamento, el Éxodo de los israelitas de Egipto a Canaán.
Había ya precedentes históricos de la representación de escenas bíblicas en los mapas. Los mapamundis medievales como el de Hereford también mostraban tales escenas, incluido el Éxodo, y las primeras ediciones impresas de Ptolomeo contenían asimismo mapas de Tierra Santa. Pero las ideas de Lutero llevaban a una nueva concepción del lugar de la geografía en la teología.
La Chronologia no tuvo un gran éxito. Mercator tenía escasa reputación como cronólogo, por no decir ninguna, y la interpretación tradicional que hacía la obra de las fechas y los acontecimientos (a pesar de su inédita estructuración) hizo que apenas recibiera atención popular o crítica; en realidad, y pese al hecho de que Mercator dedicó más de una década a escribirla, por regla general la Chronologia se deja de lado cuando se compara con sus logros geográficos, y en particular con el mapa que estaba a punto de publicar.
Varios meses después de la impresión de su cronología, Mercator sacó a la luz la siguiente pieza de su cosmografía: un mapa del mundo publicado en Duisburg y titulado Nova et aucta orbis terrae descriptio ad usum navigantium emendate accommodata. Puede que la proyección de Mercator de 1569 haya sido el mapa más influyente en la historia de la geografía, pero también fue uno de los más peculiares. Nada había preparado a los contemporáneos de Mercator para tan extraño objeto: ni su escala, ni su aspecto, ni la declaración de haber sido concebido «para el uso de los navegantes». Como cosmógrafo interesado en cartografiar el firmamento que se alzaba sobre la Tierra, anteriormente Mercator había mostrado poco o ningún interés en las aplicaciones prácticas de los mapas de cara a una navegación precisa; de hecho, su única tentativa previa, el mapa del mundo de 1538, que utilizaba la proyección cordiforme, reflejaba más una fascinación por la teología del corazón que una preocupación por la navegación a través del globo terrestre.
Este mapa del mundo era enorme. Grabado en 18 hojas, había sido concebido para que se colgara en una pared, y una vez montado medía más de 2 metros de largo y casi 1,3 de alto, un tamaño similar al del mapa del mundo de Waldseemüller de 1507. Pero aún resultaba más sorprendente su extraño diseño. A primera vista parecería más una obra inacabada que un momento triunfal en la cartografía global. Hay grandes áreas del mapa dedicadas a recuadros elaboradamente decorados que contienen extensas leyendas y complejos diagramas. América del Norte, que en el mapa de Waldseemüller parecía una modesta cuña de queso, se veía transformada por Mercator en «India Nova», una gigantesca extensión cuya masa terrestre septentrional abarcaba más espacio que Europa y Asia juntas. Por su parte, América del Sur, con su inexplicable protuberancia sudoccidental, apenas guardaba semejanza con la representación que de ella habían hecho Ribero y otros cartógrafos en forma de péndulo alargado. Europa abarcaba el doble de su superficie real, África aparecía de tamaño reducido en comparación con los mapas de la época, y el Sudeste Asiático resultaba irreconocible para quienes estaban acostumbrados a las sobrestimaciones ptolemaicas de su forma y tamaño.

En la «Introducción a la geografía» que prologa su atlas, Blaeu reconoce que «los cosmógrafos son de dos opiniones discrepantes con respecto al centro del mundo y el movimiento de los cuerpos celestes. Algunos colocan la Tierra en el centro del universo y creen que esta permanece inmóvil, diciendo que el Sol junto con los planetas y estrellas fijas gira a su alrededor. Otros colocan el Sol en el centro del mundo. Allí, creen ellos, se halla en reposo; la Tierra y los demás planetas giran a su alrededor». En lo que podría representar un comentario directo sobre su mapa del mundo, Blaeu pasa a explicar la cosmografía de los copernicanos. Irónicamente, dado que Blaeu se concentró sobre todo en el marketing de su atlas para un público comercial a expensas de la innovación geográfica o astronómica, las posteriores publicaciones del atlas se apartaron de la idea del editor/geógrafo como organizador del texto, dejando, en cambio, en manos del comprador la decisión de qué incluir en ellos. Los impresores italianos empezaron a publicar mapas en formatos estándar, que luego los clientes podían comprar y montar en sus propios atlas. En aquellos atlas compuestos italianos, posteriormente conocidos por los comerciantes de mapas como «atlas Lafreri» (por el nombre de uno de los grandes impresores de este período, Antonio Lafreri), era el coleccionista, y no necesariamente el editor, quien seleccionaba los mapas que se debían incluir. La aparición de tales atlas compuestos era un síntoma del dilema experimentado por los cartógrafos e impresores de finales del siglo XVII: la cantidad de datos geográficos que poseían nunca había sido mayor, y la tecnología de impresión de la que disponían había alcanzado tal nivel de velocidad y precisión que podía reproducir esa información hasta el más mínimo detalle, pero nadie tenía claro cómo debía organizarse y presentarse todo ello.
Con su hermosa tipografía, su elaborada decoración, sus exquisitos colores y su suntuosa encuadernación, el Atlas maior de Blaeu no tuvo parangón en las artes gráficas del siglo XVII. Fue el producto de una República Holandesa que, tras su violenta lucha por liberarse del Imperio español, creó un mercado global que prefería la acumulación de riqueza a la adquisición de territorio. Blaeu produjo un atlas que en última instancia se vio impulsado por los mismos imperativos. Para él, ni siquiera fue necesario situar a Amsterdam en el centro de aquel mundo; el poder financiero holandés era cada vez más omnipresente, pero también era invisible, filtrándose a todos los rincones del globo. En el siglo XVII, como hoy, los mercados financieros entendían poco de fronteras y centros políticos cuando se trataba de acumular riqueza.
De hecho, el éxito del Atlas obstaculizó más que ayudó al desarrollo geográfico de finales del siglo XVII. Representó el fin de la tradición de inspiración clásica de adquirir un conocimiento geográfico universal, que había impulsado a todos los cartógrafos desde Ptolomeo.

La tarde del 24 de mayo de 1831, un grupo de cuarenta gentlemen se reunieron para cenar en la taberna Thatched House, situada en el área de Saint James’s, en el centro de Londres. Todos ellos eran experimentados viajeros y exploradores, unidos por su pertenencia a una de las cada vez más numerosas sociedades gastronómicas privadas de la capital británica: el Raleigh Travellers Club.
Se proponía que «se formara, pues, una nueva y provechosa sociedad, bajo el nombre de Geographical Society de Londres».
Los miembros del club creían que las ventajas de dicha sociedad serían «de primordial importancia para la humanidad en general, y capitales para el bienestar de una nación marítima como Gran Bretaña con sus numerosas y extensas posesiones extranjeras». En consecuencia, se propuso que la nueva sociedad «recopilara, registrara y compendiara» todos los «hechos y descubrimientos nuevos, interesantes y provechosos»; que «acumulara gradualmente una biblioteca de los mejores libros de geografía», incluida «una colección completa de mapas y cartas, desde el período más antiguo con toscas descripciones geográficas, hasta las más mejoradas del presente».
A partir de finales del siglo XVIII las relaciones entre el Estado y el cartógrafo se hicieron más estrechas que nunca, en la medida en que el Estado comenzó a explotar el poder administrativo de los mapas y los cartógrafos vieron la oportunidad de incrementar su estatus profesional e intelectual. Los mapas topográficos de Cassini habían configurado la imagen de una moderna nación europea, pero ahora el Estado-nación trataba de inventar nuevas tradiciones cartográficas que sirvieran a sus intereses políticos concretos.
Hasta el descubrimiento de la litografía, el grabado calcográfico, una técnica especializada, prolongada y sumamente costosa, había dominado la cartografía desde comienzos del siglo XVI. Esta dependía de la pericia del grabador tanto como de los conocimientos del cartógrafo, y requería una laboriosa transferencia física de la plancha grabada al papel impreso. La litografía era completamente distinta. Los elementos químicos que intervenían en su proceso apenas requerían mano de obra cualificada. También permitía a los geógrafos enviar una imagen «derecha» que podía reproducirse con rapidez, a diferencia de lo que ocurría en el uso de grabados calcográficos, que requerían que primero se creara una imagen invertida. Esto daba casi a cualquiera la capacidad de imprimir un mapa. Era asimismo un proceso relativamente barato, y Senefelder afirmaba además que resultaba el triple de rápido que el grabado. Al desarrollarse a lo largo del siglo XIX, la litografía también permitió a los cartógrafos incorporar el color y la fotografía en sus mapas. Aunque inicialmente muchas instituciones (entre ellas el Ordnance Survey) permanecieron fieles a las técnicas de grabado establecidas, a comienzos del siglo XX, en términos de mero volumen de mapas publicados, la litografía había eclipsado ya a la técnica anterior.
Un mapa tenía que ofrecer algo más que los meros datos empíricos de unos topónimos observables: requería la expresión y la interpretación practicadas por los geógrafos alemanes en la geomorfología, además de una «biogeografía» —la geografía de las comunidades orgánicas y sus entornos— y una «antropogeografía» —la geografía de los hombres—. Para Mackinder, un mapa no era el territorio que este afirmaba representar, sino una interpretación de los elementos geológicos, biológicos y antropológicos que configuraban dicho territorio.
Para rastrear la genealogía del poder marítimo británico, Mackinder acudió a los mapas. Empezó examinando la posición de las islas británicas en el mapamundi de Hereford, para sugerir que, antes de los viajes de Colón a finales del siglo XV, «Gran Bretaña estaba en el fin del mundo, casi fuera del mundo». El posterior descubrimiento de América, junto con la apertura del Atlántico hacia el norte, el oeste y el sur, supusieron que «Gran Bretaña gradualmente se convirtiera en el territorio central del mundo, en lugar del terminal». Pero a los mapas les resultaba difícil confirmar su argumento. «Ninguna carta plana puede dar una impresión correcta del Atlántico Norte», se quejaba, puesto que estas solo mostraban «la mera configuración de las costas». En un clásico ejemplo de geografía egocéntrica, Mackinder observaba con despreocupación que la nueva posición británica en el globo después de Colón «puede comprenderse mejor girando un globo terráqueo de modo que Gran Bretaña quede en el punto más cercano al ojo.

Mackinder resumía así su argumento, en el que se convertiría en uno de los eslóganes más tristemente célebres del pensamiento geopolítico moderno:
 
Quien controle Europa oriental dominará el centro;
Quien controle el centro dominará la Isla Mundial;
Quien controle la Isla Mundial dominará el mundo.

En 1994, Henry Kissinger, antiguo asesor de Seguridad Nacional y secretario de Estado de Richard Nixon y Gerald Ford, escribía que «Rusia, con independencia de quién la gobierne, se sitúa a caballo de lo que Halford Mackinder denominaba el centro geopolítico, y es la heredera de una de las más potentes tradiciones imperiales». Todavía en 1997, Zbigniew Brzezinski, otro antiguo asesor de Seguridad Nacional, sostenía que «Eurasia es el supercontinente axial del mundo», situado en el corazón del «tablero de ajedrez geopolítico». Y concluía que «un vistazo al mapa también sugiere que un país dominante en Eurasia controlaría casi automáticamente Oriente Próximo y África». En apariencia, la geografía política de Mackinder se fundamentaba en un deseo declarado de mantener la paz. Pero en realidad se basaba en el conflicto militar y la guerra internacional perpetuos, dado que las diversas piezas de su tablero de ajedrez global competían entre sí por unos recursos cada vez más escasos. Asimismo, contribuyó a una estrategia geopolítica estadounidense de posguerra que propugnaba la intervención militar tanto abiertamente como de manera encubierta en casi todos los continentes del planeta.
Los términos que acuñaron los colaboradores de Mackinder y sus seguidores —«centros territoriales», «Oriente Próximo», «Telón de Acero», «Tercer Mundo», y los más recientes de «imperio del mal» y «eje del mal»— constituyen todos ellos ejemplos del lenguaje cargado de ideología de la geopolítica. A comienzos del siglo XX, tales ideas seguían estando solo implícitas en la geografía o en la política. Fue el gran logro de Mackinder el que cambió todo eso, y al hacerlo contribuyó a establecer la relación tanto de la geografía como de la cartografía modernas con la política y el imperio.
La visión del mundo del mapa de Mackinder sigue influyendo en la política exterior de todo el mundo. En un artículo escrito para la revista Parameters de la Academia Militar del Ejército de Estados Unidos en el verano de 2000, y titulado «Sir Halford Mackinder, la geopolítica y las formulaciones políticas en el siglo XXI», su autor, Christopher Fettweis, argumentaba que «Eurasia, la “Isla Mundial” de Mackinder, sigue siendo fundamental en la política exterior estadounidense y probablemente seguirá siéndolo durante un tiempo». Hoy, como señala Fettweis, «el corazón del centro territorial flota sobre un mar de petróleo». Muchos observadores políticos consideran ya la primera guerra del Golfo, de 1990-1991, como la primera de una serie «de guerras por los recurso» desencadenadas para asegurar el control estadounidense de las reservas globales de petróleo. En un artículo publicado en el Guardian en junio de 2004, Paul Kennedy, un distinguido profesor de historia en la Universidad de Yale y experto en Mackinder, escribía que «en este momento, con cientos de miles de soldados estadounidenses en las regiones fronterizas de Eurasia y con una administración que está explicando constantemente por qué tiene que continuar hasta el final, parece que Washington se tome en serio la prescripción de Mackinder para asegurar el control del “pivote geográfico de la historia”». Es una inquietante materialización de las predicciones originarias de Mackinder, y la actual implicación estadounidense en el Golfo muestra que este no será el último conflicto internacional por unos recursos físicos cada vez más escasos. Se trata de un recordatorio aleccionador de que, aunque el mapa del mundo de Mackinder esté prácticamente obsoleto, la visión del mundo que este expresaba sigue afectando a la vida de la gente en todo el planeta.

El proceso de manipulación cartográfica alcanzó nuevas y trágicas cotas durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis utilizaron mapas para aplicar su Solución Final, el sistemático asesinato masivo de judíos europeos. En 1941 los funcionarios nazis elaboraron un mapa étnico del estado títere de Eslovaquia basado en estadísticas oficiales de distribución de la población en función de la etnicidad. El mapa constituye una representación sumamente exacta de Eslovaquia, pero sus grupos de círculos negros traicionan su siniestra función: señalan la localización de comunidades judías (Juden) y gitanas (Zigeuner). Rotulado como «De exclusivo uso oficial», este mapa se utilizó el siguiente año, con el apoyo de las comprensivas autoridades eslovacas, para aprisionar a los judíos y los gitanos, que luego fueron deportados a campos de exterminio, donde la mayoría de ellos encontraron la muerte.

La Tierra imaginada desde alguna perspectiva cuasidivina, sino de una imagen de la Tierra tal como se ve en la página de inicio de Google Earth.1 Lanzada en 2005, actualmente esta es, junto con Google Maps, la aplicación geoespacial (una combinación de datos geográficos y software informático) más popular del mundo. En abril de 2009, Google logró superar con dificultad a su rival MapQuest.com con algo menos del 40 por ciento de la cuota de mercado de visitas online a sitios web de mapas.
Muchos de quienes trabajan en los ámbitos de la geografía académica y la cartografía profesional contemplan Google Earth con recelo, y hasta con alarma. Para unos, señala el fin de la industria cartográfica tradicional basada en la impresión y la muerte de los mapas de papel. Para otros, representa un paso atrás en la calidad de la cartografía: los mapas personalizados realizados por «aficionados» parecen básicos y carecen de los habituales protocolos de verificación y revisión profesional. Google Earth también afronta la acusación de homogeneizar los mapas imponiendo una única versión geoespacial del mundo en lo que sería un acto de ciberimperialismo.
«Google Earth es tan espectacular, especialmente para ser un programa gratuito, que mi primer impulso fue sentirme culpable por criticarlo». Pero la resolución de imagen variaba enormemente, y algunos sitios todavía no resultaban localizables (McCracken tuvo mucho problemas para encontrar restaurantes en Hong Kong y en París). Los datos sobre el resto del mundo quedaban muy por debajo de los de Estados Unidos, y McCracken se quejaba de las dificultades para determinar lo que la aplicación “sabe y no sabe”.
Pese a los actuales desafíos técnicos que afrontan las aplicaciones geoespaciales, un problema persistente es la denominada «brecha digital». Aunque Google Earth ha sido descargado por más de 500 millones de personas, superando de lejos a las aproximadamente 80 millones de copias de la proyección de Peters difundidas desde la década de 1970, hay que situar dicha cifra en el contexto de una población mundial de 7.000 millones de habitantes, muchos de los cuales no solo no pueden acceder a internet, sino que ni siquiera conocen su existencia. En 2011, de una población mundial de casi 7.000 millones de habitantes y alrededor de 2.000 millones de usuarios de la red, solo América del Norte, Australasia y Europa podían alardear de tener un índice de penetración de internet de más del 50 por ciento. Con una media mundial del 30 por ciento, el índice de Asia era del 23,8 por ciento, y el de África solo del 11,4 por ciento, o 110 millones de usuarios de internet.78 Este es un problema no solo de acceso a la tecnología, sino también de acceso a la información (o lo que se conoce en los estudios sobre desarrollo como A2K).
Como ocurre con la mayoría de las empresas multinacionales, existen indudables tensiones dentro de Google en cuanto a su futura dirección, pero parece cada vez más improbable que pueda equilibrar sus aspiraciones a una enorme rentabilidad con sus ideales aparentemente democráticos.

Google ha ido más allá al desarrollar un método no solo para cuantificar la información geográfica, sino también para dotarla de un valor monetario. La historia de los mapas no había conocido nunca la posibilidad de que un monopolio de valiosa información geográfica cayera en manos de una empresa, y, dado que la parte de Google del mercado global de búsquedas online alcanza el 70 por ciento, quienes trabajan en el sector de internet están preocupados. Simon Greenman cree que, aunque Google «ha hecho un maravilloso trabajo con Earth, también tienen el potencial de dominar la cartografía global a una escala que históricamente carece de precedentes. Si hacemos un avance rápido hasta dentro de diez o veinte años, Google tendrá aplicaciones cartográficas y geoespaciales globales». A la empresa le gusta decir que, gracias a la capacidad de sus mapas online de determinar con precisión nuestra posición en cualquier lugar del planeta, somos la última generación que sabe lo que significa estar perdido. Puede que seamos asimismo la última generación que sepa lo que significa ver la cartografía generada por una serie de individuos, estados y organizaciones. Estamos en el umbral de una nueva geografía, pero es una geografía que corre el riesgo de verse guiada como nunca antes por un solo imperativo: la acumulación de beneficio financiero a través de la monopolización de información cuantificable.

El mapa del mundo representado en un atlas moderno, y hasta la página de inicio de Google Earth, parecen tan pintorescos y poco familiares como el mapa del mundo babilonio. Pero también ellos responderán inevitablemente a una agenda concreta, insistirán en una determinada interpretación geográfica a expensas de otras posibles alternativas, y en última instancia definirán la Tierra de un modo en lugar de otro. Pero desde luego no mostrarán el mundo «tal como es», puesto que eso es algo que no puede representarse. Sencillamente no existe nada parecido a un mapa del mundo exacto, ni existirá nunca. La paradoja es que no podemos conocer el mundo sin un mapa, ni representarlo definitivamente con uno.

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