Historia del mundo en doce mapas — Jerry Brotton / A History of the World in 12 Maps by Jerry Brotton

Este me parece un magnífico libro y destaca la importancia de la cartografía a través de la historia de la humanidad y sin duda este es el gran acierto del libro. Además el anexo on las fotos de los mapas es más que un gran acierto, solo queda disfrutarlo.

En 1881, el arqueólogo de origen iraquí Hormuzd Rassam descubrió un pequeño fragmento de una tablilla de arcilla cuneiforme de 2.500 años de antigüedad en las ruinas de la que fuera la ciudad babilonia de Sippar, hoy conocida como Tell Abu Habbah, en la periferia suroriental de la actual Bagdad. La tablilla era solo una más de entre las casi 70.000 excavadas por Rassam durante un período de dieciocho meses y enviadas al British Museum de Londres.
Hoy, la tablilla se exhibe al público en el British Museum, rotulada como «El mapa del mundo babilonio». Es el primer mapa del mundo del que se tiene noticia.
La tablilla descubierta por Rassam es el objeto más antiguo conservado que representa el mundo entero en un plano a vista de pájaro, mirando la Tierra desde arriba. El mapa se compone de dos anillos concéntricos, dentro de cada uno de los cuales hay una serie de círculos, rectángulos y curvas aparentemente arbitrarios, y todos ellos están centrados en torno a un agujero al parecer realizado con un temprano compás.
Las diversas variantes del término «mapa» (y sus derivados) se utilizan en varias lenguas europeas modernas, como el inglés, el español, el portugués o el polaco, y provienen de la palabra latina mappa, que significa «mantel» o «servilleta». En cambio, el término francés equivalente —carte— tiene su origen en una palabra latina distinta, carta, que también proporciona la raíz del término «mapa» en italiano y en ruso (carta y karta, respectivamente) y hace referencia a un documento formal; a su vez, esta se deriva de la palabra griega para designar el papiro. En cambio, el término que en griego antiguo designa un mapa —pinax— sugiere una clase de objeto diferente. Un pinax es una tablilla hecha de madera, metal o piedra, en la que se dibujaban o grababan palabras o imágenes. El árabe toma el término en un sentido más visual: utiliza dos palabras, surah, traducido como «figura», y naqshah, o «pintura»; mientras que el chino adopta una palabra similar, tu, que significa «dibujo» o «diagrama». En el caso del inglés, la palabra map (o mappe) solo entró en el vocabulario en el siglo XVI, y entre esa época y la década de 1990 se propusieron más de 300 definiciones del término.
«Los mapas —decían— son representaciones gráficas que facilitan una comprensión espacial de cosas, conceptos, condiciones, procesos o acontecimientos del mundo humano.»
Quizá el problema más complejo de todos los que afronta el cartógrafo sea el de la proyección. Para los cartógrafos modernos, el término «proyección» alude a la representación bidimensional en una superficie plana de un objeto tridimensional —a saber, el globo terráqueo— utilizando un sistema de principios matemáticos. Pero esto solo se formuló conscientemente como método en el siglo II d.C., por parte del geógrafo griego Ptolomeo, que empleó una cuadrícula de líneas geométricas de latitud y longitud (o retícula de coordenadas geográficas) para proyectar la Tierra en una superficie plana. Antes de esto, los mapas como el del ejemplo babilonio no proporcionaban ninguna proyección (o escala) evidente para estructurar su representación del mundo (aunque, obviamente, no por ello dejaran de proyectar una imagen geométrica del mundo basada en sus presupuestos culturales sobre la forma y el tamaño de este). A lo largo de los siglos se han utilizado círculos, cuadrados, rectángulos, óvalos, corazones, y hasta trapezoides y toda una serie de formas distintas para proyectar el globo en un plano, cada una de ellas basada en un conjunto de creencias culturales concretas.

El auge de la ciudad (Alejandría) representó un cambio decisivo en la geografía política del mundo clásico. Las conquistas militares de Alejandro habían transformado el mundo griego, que dejó de ser un grupo de pequeñas ciudades-estado insulares griegas para convertirse en una serie de dinastías imperiales extendidas por todo el Mediterráneo y Asia. Esta concentración de riqueza y poder en imperios como la dinastía ptolemaica trajo consigo cambios en la guerra, la tecnología, la ciencia, el comercio, el arte y la cultura. Condujo a nuevas formas de interactuar entre la gente
Aunque la Grecia arcaica no tuviera ninguna palabra equivalente a «geografía», desde como mínimo el siglo III a.C. los antiguos griegos se referían a lo que nosotros denominaríamos un «mapa» con el término pinax. Otro término utilizado a menudo era el de periodos ges, literalmente «circuito de la tierra» (una expresión que formaría la base de muchos tratados posteriores de geografía). A pesar de que estos dos términos para nombrar los mapas a la larga se verían desplazados por el latín mappa, la posterior formulación griega clásica de «geografía» ha pervivido, formada por la combinación del sustantivo ge, o «tierra», con el verbo graphein, «dibujar» o «escribir». Estos términos nos dan cierta idea del modo en que los griegos abordaban los mapas y la geografía: un pinax es un medio físico en el que se inscriben imágenes o palabras, mientras que periodos ges implica una actividad física, concretamente la de «recorrer» la tierra de una forma circular. La etimología de geo-grafía sugiere asimismo que esta constituía a la vez una actividad visual (dibujada) y un enunciado lingüístico (escrito). Aunque estos términos se utilizaron cada vez más a partir del siglo III a.C., fueron englobados en las ramas más reconocibles del saber griego: el mythos (mito), la historia y la physiologia (ciencia natural).
Mientras que la cartografía griega clásica se centraba en la cosmogonía y la geometría, la cartografía helenística incorporó este enfoque a lo que a nuestros ojos parece una forma más científica de cartografiar la Tierra. Un contemporáneo de Alejandro, Piteas de Massalia (Marsella), exploró las costas oeste y norte de Europa, recorriendo el litoral ibérico, francés, inglés y posiblemente incluso báltico. Sus viajes establecieron la isla de Thule (distintamente identificada como Islandia, las Orcadas o hasta Groenlandia) como el límite septentrional del mundo habitado, y también determinaron correctamente la posición exacta del polo celeste (el punto en el que la prolongación del eje de la Tierra se cruza con la esfera celeste). Pero lo que quizá resulte más importante para la geografía fue el hecho de que estableció con firmeza la relación entre la latitud de una ubicación y la duración de su día más largo, pasando luego a proyectar paralelos de latitud que discurrían por todo el planeta.
El gran logro de Eratóstenes fue inventar un método para calcular la circunferencia de la Tierra que aunaba la observación astronómica y el conocimiento práctico. Utilizando un gnomon —una temprana versión de un reloj de sol—, Eratóstenes hizo una serie de observaciones en Siena, la actual Asuán, que calculó que se hallaba a 5.000 estadios al sur de Alejandría. Advirtió que allí, al mediodía del solsticio de verano, los rayos del Sol no proyectaban sombra alguna, y, por lo tanto, caían directamente en vertical. Repitiendo el mismo cálculo en Alejandría, Eratóstenes midió el ángulo formado por el gnomon exactamente en el mismo momento, que resultó ser de la quincuagésima parte de un círculo. Suponiendo que Alejandría y Siena se situaban en el mismo meridiano, calculó que los 5.000 estadios que separaban ambos lugares representaban una quincuagésima parte de la circunferencia de la Tierra. La multiplicación de las dos cifras le dio a Eratóstenes la cifra total de la circunferencia de la Tierra, que él calculó en 252.000 estadios.

El alcance geográfico y su concienzudo detalle hacían del Libro de Roger una de las grandes obras de la geografía medieval, y una de las mejores descripciones del mundo habitado realizadas desde la Geografía de Ptolomeo. El libro de al-Idrisi y los mapas que lo acompañaban se inspiraban en las tradiciones griega, cristiana e islámica de la ciencia, la geografía y los libros de viajes para producir una perspectiva híbrida del mundo basada en el intercambio de ideas y creencias culturales entre diferentes religiones. No cabe duda de que hoy resulta atractivo ver la obra de al-Idrisi como el producto de un acercamiento entre el cristianismo y el islam, en que ambos aprendían uno de otro en un intercambio de ideas aparentemente amistoso. Pero el mundo de la Sicilia normanda del siglo XII y las aspiraciones de personajes como Roger II y al-Idrisi eran más estratégicos y provisionales de lo que tal concepción permitiría esperar.
Solo se conservan diez copias manuscritas del Libro de Roger, la más antigua de 1300 y la última de finales del siglo XVI. Como en el caso de la Geografía de Ptolomeo, tenemos que trabajar con un libro y unos mapas que se produjeron cientos de años después de su creación original. En una de las copias manuscritas mejor preservadas del Libro de Roger, que se conserva en la colección Pococke de la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford, y está datada en 1553, se incluye un mapa del mundo circular, hermoso en su simplicidad, que parece mostrar cómo al-Idrisi representaba el mundo a mediados del siglo XII. El aspecto más llamativo del mapa es que está orientado con el sur en su parte superior.
Etimológicamente, el término «orientación» se deriva de la raíz latina original oriens, que se refiere al este, o la dirección del Sol naciente. Prácticamente todas las culturas antiguas han dejado constancia de su capacidad para orientarse según un eje este-oeste basado en las observaciones del Sol naciente (oriental) y poniente (occidental), y un eje norte-sur.
Quizá el aspecto más peculiar de este mapa del mundo sea precisamente hasta qué punto se muestra en desacuerdo con el libro al que pertenece. A diferencia de la numerosa geografía humana descrita en los otros mapas y en el texto del Libro de Roger, el mapa del mundo es una representación puramente física de la geografía. No hay ciudades, y casi ningún rastro perceptible del impacto de la humanidad en la superficie de la Tierra (a excepción de la fabulosa barrera erigida por Alejandro Magno en las montañas del Cáucaso para mantener a raya a los míticos monstruos Gog y Magog, representada en la izquierda esquina inferior del mapa). Esta aparente contradicción entre la evocadora descripción que hace el Libro de Roger de las diversas regiones de la Tierra y la geométrica sencillez de su mapa del mundo solo puede entenderse explicando qué era lo que quería Roger al requerir los servicios de al-Idrisi: los frutos de una tradición cartográfica islámica que tenía ya trescientos años de antigüedad.

El término «mapamundi» viene del latín mappamundi, compuesto de mappa —«mantel» o «servilleta»— y mundus —«mundo»—. Su desarrollo en el Occidente cristiano de habla latina a partir de finales del siglo VIII no siempre hacía referencia expresa a un mapa del mundo, sino que también podía designar una descripción geográfica escrita. De hecho, no todos los mapas del mundo de este período recibieron la designación de mappaemundi (el plural de mappamundi); asimismo se emplearon otros términos, entre ellos descriptio, pictura, tabula, o, como en el caso del mapa de Hereford, estoire, o «historia». Al igual que en esa época todavía no se reconocía la geografía como una disciplina académica bien diferenciada, del mismo modo tampoco había un sustantivo universalmente aceptado, ya fuera en latín o en cualquiera de las lenguas vernáculas europeas, para designar lo que hoy denominamos «mapa». Sin embargo, de todos los términos en circulación, el de mappamundi se convertiría en el más común para definir una descripción escrita y dibujada de la tierra cristiana durante casi 600 años.
Cuando el visitante actual se dirige a Hereford y entra en el anexo de la catedral para examinar el mapamundi, lo primero que le llama la atención es el extraño aspecto que tiene el objeto para ser un mapa. Con una forma que recuerda al hastial de una casa, el mapa parece ondular y serpentear como un animal misterioso; lo que, de hecho, es lo que es. Con sus 1,59 metros de alto y 1,34 de ancho, el mapa está dibujado sobre una enorme piel de animal. La forma de dicho animal todavía resulta discernible, desde el cuello, que forma el ápice del mapa, hasta la espina dorsal, que atraviesa su parte central. A primera vista, el mapa puede parecer un cráneo, o una sección transversal de un cadáver, con sus venas y órganos expuesto; visto de otro modo podría ser un extraño animal ensortijado.
Un dibujo del mapamundi de Hereford realizado en el siglo XVIII por el anticuario John Carter mostraba que en su origen este formaba la parte central de un tríptico magníficamente decorado, presumiblemente encargado también por Swinfield, que completaban unos paneles laterales plegables. Era una innovación particularmente llamativa, y uno de los primeros ejemplos conocidos de un tríptico pintado con paneles articulados en Europa occidental, aproximadamente contemporáneo de las pinturas de los primeros grandes maestros renacentistas italianos Cimabue y Giotto. El dibujo de Carter muestra que los paneles laterales del tríptico de Hereford representaban la Anunciación, con el arcángel Gabriel en el panel izquierdo y la Virgen María en el derecho, intensificando el mensaje del mapamundi del panel central. Experimentado en su conjunto, el tríptico invitaba a los peregrinos a meditar sobre la anticipación, en la Anunciación, de la Primera Venida de Cristo, en comparación con la Segunda Venida, representada en el ápice del mapamundi. Mientras los paneles laterales celebran la vida, el panel central deletrea la muerte —MORS— en torno a su borde, confirmando la prefiguración del mapamundi, para los peregrinos que se fijaban en el detalle de la muerte y el fin del mundo, del «cielo nuevo» y la «tierra nueva» que habían de venir.
El mapamundi de Hereford espera y reza por el final del espacio y el tiempo, un eterno presente en el que no habrá necesidad ni de geógrafos ni de mapas.

El mapa Kangnido, exquisitamente pintado en tinta sobre seda con colores primorosamente iluminados, es un objeto hermoso e imponente. Los mares son de color verde oliva, y los ríos azules. Las cordilleras están marcadas por líneas negras dentadas, mientras que las islas más pequeñas se representan como círculos. Todos esos accidentes se destacan sobre el rico amarillo ocre de la tierra. El mapa está surcado de caracteres chinos en tinta negra que identifican ciudades, montañas, ríos y centros administrativos clave. Con unas medidas de 164 por 171 centímetros, y originariamente atado a un bastón —lo que permitía desenrollarlo de arriba abajo—, es probable que se diseñara, como el mapa estelar, para colgarlo en un biombo o una pared en un lugar prominente como el palacio de Gyeongbok. Así como el mapa estelar colocaba a la dinastía Joseon bajo un nuevo cielo, el mapa Kangnido la situaba en una nueva representación de la Tierra.
Para los modernos ojos occidentales, el mapa Kangnido constituye una paradoja. Parece ser un mapa del mundo comparable con los que se encuentran en el Libro de curiosidades, o con el mapamundi de Hereford. Pero al mismo tiempo los observadores occidentales también sienten que están viendo una imagen del mundo producida por una cultura ajena con un método muy diferente de entender y organizar el espacio físico. Puede que el concepto de mundo sea común a todas las sociedades; pero las diferentes sociedades tienen ideas muy distintas del mundo y de cómo debe ser representado. Aun así, y como muestran el mapa Kangnido y sus predecesores chinos, esas cosmovisiones tan distintas resultan absolutamente coherentes y funcionales para quienes las elaboran y las utilizan. El mapa Kangnido es una respuesta cartográfica concreta a uno los mayores imperios clásicos del mundo, y una respuesta configurada por la percepción de Corea de su propio paisaje físico y político. Tanto la experiencia china como la coreana crearon mapas interesados en mucho más que el mero hecho de cartografiar el territorio con precisión: también representaban gráficamente, de manera eficaz, unas relaciones estructuradas. El mapa Kangnido y sus copias proponían una forma en la que una nueva dinastía, pequeña pero orgullosa, podía situarse a sí misma en la esfera de un imperio mucho mayor.

En referencia a Martin Waldseemüller, y mapa titulado “Universalis cosmographia secundum Ptholomaei traditionem et Americi Vespucii aliorumque lustrationes”: que se cree que data de 1507 y en general se considera el primer mapa que nombra y representa a «América»:
• el mapa contiene el primer uso conocido del nombre de «América», una invención original de Martin Waldseemüller para designar el nuevo continente descubierto por Cristóbal Colón en 1492;
• el mapa es la única copia existente de una xilografía realizada por Martin Waldseemüller, probablemente en 1507;
• la invención del nombre de «América» por parte de Martin Waldseemüller para un nuevo continente que hasta entonces se había designado como «terra incognita» confiere una identidad histórica a dicho continente, y
• en base a ello, el mapa de Martin Waldseemüller constituye un documento de la mayor importancia para la historia del pueblo americano.

Según el mapa de Waldseemüller, los viajes occidentales emprendidos por el comerciante y navegante florentino Américo Vespucio en las postrimerías del siglo XV representaban la confirmación de que los viajes de exploración europeos a través del Atlántico habían descubierto ciertamente una nueva parte del mundo, la cuarta, desconocida en la época medieval del mapamundi de Hereford y su mundo tripartito formado por Europa, África y Asia.
No era solo la geografía del mapa la que parecía tan diferente de la del de Hereford. Su estilo y forma procedían de un mundo que concebía la actividad de la cartografía de un modo muy distinto de los mapas medievales.

El Tratado de Tordesillas, firmado el 7 de junio de 1494. En el que sería uno de los ejemplos más tempranos y arrogantes de geografía imperialista global europea, las dos coronas convinieron en «Que se haga y asigne por el dicho mar océano una raya o línea derecha de polo a polo, del polo Ártico al polo Antártico, que es de norte a sur, la cual raya o línea e señal se haya de dar e dé derecha, como dicho es, a trescientas setenta leguas de las islas de Cabo Verde para la parte de poniente». Todo lo que estaba al oeste de esta línea, incluidos los territorios descubiertos por Colón, quedaba bajo el control de Castilla, y todo lo que se hallaba al este, incluida toda la costa africana y el océano Índico, se asignaba a los portugueses. El mundo fue dividido por la mitad por dos reinos europeos, utilizando un mapa para anunciar sus ambiciones globales.

Al igual que sus mapas, Mercator fue un hombre definido por límites y fronteras. Durante su larga vida, sus viajes nunca le llevaron más allá de un radio de 200 kilómetros de su pueblo natal. Para su primer mapa independiente, Mercator pasó de la geografía política a la religión. En 1538 publicó un mapa mural grabado de Tierra Santa que fue diseñado, según su título, «para el mejor entendimiento de la Biblia». Este permitió a Mercator proseguir su interés en la teología, pero también le ofreció la posibilidad del éxito financiero que tan urgentemente necesitaba, ya que ningún mapa regional se vendía mejor que los de Tierra Santa. Mercator se basó en una serie de mapas incompletos de Tierra Santa publicados cinco años antes por el humanista alemán Jacob Ziegler en Estrasburgo, los cuales proporcionaban solo una geografía histórica parcial de la región; su mapa, bellamente grabado, actualizaba y ampliaba la geografía de Ziegler, pero además añadía una de las principales historias del Antiguo Testamento, el Éxodo de los israelitas de Egipto a Canaán.
Había ya precedentes históricos de la representación de escenas bíblicas en los mapas. Los mapamundis medievales como el de Hereford también mostraban tales escenas, incluido el Éxodo, y las primeras ediciones impresas de Ptolomeo contenían asimismo mapas de Tierra Santa. Pero las ideas de Lutero llevaban a una nueva concepción del lugar de la geografía en la teología.
La Chronologia no tuvo un gran éxito. Mercator tenía escasa reputación como cronólogo, por no decir ninguna, y la interpretación tradicional que hacía la obra de las fechas y los acontecimientos (a pesar de su inédita estructuración) hizo que apenas recibiera atención popular o crítica; en realidad, y pese al hecho de que Mercator dedicó más de una década a escribirla, por regla general la Chronologia se deja de lado cuando se compara con sus logros geográficos, y en particular con el mapa que estaba a punto de publicar.
Varios meses después de la impresión de su cronología, Mercator sacó a la luz la siguiente pieza de su cosmografía: un mapa del mundo publicado en Duisburg y titulado Nova et aucta orbis terrae descriptio ad usum navigantium emendate accommodata. Puede que la proyección de Mercator de 1569 haya sido el mapa más influyente en la historia de la geografía, pero también fue uno de los más peculiares. Nada había preparado a los contemporáneos de Mercator para tan extraño objeto: ni su escala, ni su aspecto, ni la declaración de haber sido concebido «para el uso de los navegantes». Como cosmógrafo interesado en cartografiar el firmamento que se alzaba sobre la Tierra, anteriormente Mercator había mostrado poco o ningún interés en las aplicaciones prácticas de los mapas de cara a una navegación precisa; de hecho, su única tentativa previa, el mapa del mundo de 1538, que utilizaba la proyección cordiforme, reflejaba más una fascinación por la teología del corazón que una preocupación por la navegación a través del globo terrestre.
Este mapa del mundo era enorme. Grabado en 18 hojas, había sido concebido para que se colgara en una pared, y una vez montado medía más de 2 metros de largo y casi 1,3 de alto, un tamaño similar al del mapa del mundo de Waldseemüller de 1507. Pero aún resultaba más sorprendente su extraño diseño. A primera vista parecería más una obra inacabada que un momento triunfal en la cartografía global. Hay grandes áreas del mapa dedicadas a recuadros elaboradamente decorados que contienen extensas leyendas y complejos diagramas. América del Norte, que en el mapa de Waldseemüller parecía una modesta cuña de queso, se veía transformada por Mercator en «India Nova», una gigantesca extensión cuya masa terrestre septentrional abarcaba más espacio que Europa y Asia juntas. Por su parte, América del Sur, con su inexplicable protuberancia sudoccidental, apenas guardaba semejanza con la representación que de ella habían hecho Ribero y otros cartógrafos en forma de péndulo alargado. Europa abarcaba el doble de su superficie real, África aparecía de tamaño reducido en comparación con los mapas de la época, y el Sudeste Asiático resultaba irreconocible para quienes estaban acostumbrados a las sobrestimaciones ptolemaicas de su forma y tamaño.

En la «Introducción a la geografía» que prologa su atlas, Blaeu reconoce que «los cosmógrafos son de dos opiniones discrepantes con respecto al centro del mundo y el movimiento de los cuerpos celestes. Algunos colocan la Tierra en el centro del universo y creen que esta permanece inmóvil, diciendo que el Sol junto con los planetas y estrellas fijas gira a su alrededor. Otros colocan el Sol en el centro del mundo. Allí, creen ellos, se halla en reposo; la Tierra y los demás planetas giran a su alrededor». En lo que podría representar un comentario directo sobre su mapa del mundo, Blaeu pasa a explicar la cosmografía de los copernicanos. Irónicamente, dado que Blaeu se concentró sobre todo en el marketing de su atlas para un público comercial a expensas de la innovación geográfica o astronómica, las posteriores publicaciones del atlas se apartaron de la idea del editor/geógrafo como organizador del texto, dejando, en cambio, en manos del comprador la decisión de qué incluir en ellos. Los impresores italianos empezaron a publicar mapas en formatos estándar, que luego los clientes podían comprar y montar en sus propios atlas. En aquellos atlas compuestos italianos, posteriormente conocidos por los comerciantes de mapas como «atlas Lafreri» (por el nombre de uno de los grandes impresores de este período, Antonio Lafreri), era el coleccionista, y no necesariamente el editor, quien seleccionaba los mapas que se debían incluir. La aparición de tales atlas compuestos era un síntoma del dilema experimentado por los cartógrafos e impresores de finales del siglo XVII: la cantidad de datos geográficos que poseían nunca había sido mayor, y la tecnología de impresión de la que disponían había alcanzado tal nivel de velocidad y precisión que podía reproducir esa información hasta el más mínimo detalle, pero nadie tenía claro cómo debía organizarse y presentarse todo ello.
Con su hermosa tipografía, su elaborada decoración, sus exquisitos colores y su suntuosa encuadernación, el Atlas maior de Blaeu no tuvo parangón en las artes gráficas del siglo XVII. Fue el producto de una República Holandesa que, tras su violenta lucha por liberarse del Imperio español, creó un mercado global que prefería la acumulación de riqueza a la adquisición de territorio. Blaeu produjo un atlas que en última instancia se vio impulsado por los mismos imperativos. Para él, ni siquiera fue necesario situar a Amsterdam en el centro de aquel mundo; el poder financiero holandés era cada vez más omnipresente, pero también era invisible, filtrándose a todos los rincones del globo. En el siglo XVII, como hoy, los mercados financieros entendían poco de fronteras y centros políticos cuando se trataba de acumular riqueza.
De hecho, el éxito del Atlas obstaculizó más que ayudó al desarrollo geográfico de finales del siglo XVII. Representó el fin de la tradición de inspiración clásica de adquirir un conocimiento geográfico universal, que había impulsado a todos los cartógrafos desde Ptolomeo.

La tarde del 24 de mayo de 1831, un grupo de cuarenta gentlemen se reunieron para cenar en la taberna Thatched House, situada en el área de Saint James’s, en el centro de Londres. Todos ellos eran experimentados viajeros y exploradores, unidos por su pertenencia a una de las cada vez más numerosas sociedades gastronómicas privadas de la capital británica: el Raleigh Travellers Club.
Se proponía que «se formara, pues, una nueva y provechosa sociedad, bajo el nombre de Geographical Society de Londres».
Los miembros del club creían que las ventajas de dicha sociedad serían «de primordial importancia para la humanidad en general, y capitales para el bienestar de una nación marítima como Gran Bretaña con sus numerosas y extensas posesiones extranjeras». En consecuencia, se propuso que la nueva sociedad «recopilara, registrara y compendiara» todos los «hechos y descubrimientos nuevos, interesantes y provechosos»; que «acumulara gradualmente una biblioteca de los mejores libros de geografía», incluida «una colección completa de mapas y cartas, desde el período más antiguo con toscas descripciones geográficas, hasta las más mejoradas del presente».
A partir de finales del siglo XVIII las relaciones entre el Estado y el cartógrafo se hicieron más estrechas que nunca, en la medida en que el Estado comenzó a explotar el poder administrativo de los mapas y los cartógrafos vieron la oportunidad de incrementar su estatus profesional e intelectual. Los mapas topográficos de Cassini habían configurado la imagen de una moderna nación europea, pero ahora el Estado-nación trataba de inventar nuevas tradiciones cartográficas que sirvieran a sus intereses políticos concretos.
Hasta el descubrimiento de la litografía, el grabado calcográfico, una técnica especializada, prolongada y sumamente costosa, había dominado la cartografía desde comienzos del siglo XVI. Esta dependía de la pericia del grabador tanto como de los conocimientos del cartógrafo, y requería una laboriosa transferencia física de la plancha grabada al papel impreso. La litografía era completamente distinta. Los elementos químicos que intervenían en su proceso apenas requerían mano de obra cualificada. También permitía a los geógrafos enviar una imagen «derecha» que podía reproducirse con rapidez, a diferencia de lo que ocurría en el uso de grabados calcográficos, que requerían que primero se creara una imagen invertida. Esto daba casi a cualquiera la capacidad de imprimir un mapa. Era asimismo un proceso relativamente barato, y Senefelder afirmaba además que resultaba el triple de rápido que el grabado. Al desarrollarse a lo largo del siglo XIX, la litografía también permitió a los cartógrafos incorporar el color y la fotografía en sus mapas. Aunque inicialmente muchas instituciones (entre ellas el Ordnance Survey) permanecieron fieles a las técnicas de grabado establecidas, a comienzos del siglo XX, en términos de mero volumen de mapas publicados, la litografía había eclipsado ya a la técnica anterior.
Un mapa tenía que ofrecer algo más que los meros datos empíricos de unos topónimos observables: requería la expresión y la interpretación practicadas por los geógrafos alemanes en la geomorfología, además de una «biogeografía» —la geografía de las comunidades orgánicas y sus entornos— y una «antropogeografía» —la geografía de los hombres—. Para Mackinder, un mapa no era el territorio que este afirmaba representar, sino una interpretación de los elementos geológicos, biológicos y antropológicos que configuraban dicho territorio.
Para rastrear la genealogía del poder marítimo británico, Mackinder acudió a los mapas. Empezó examinando la posición de las islas británicas en el mapamundi de Hereford, para sugerir que, antes de los viajes de Colón a finales del siglo XV, «Gran Bretaña estaba en el fin del mundo, casi fuera del mundo». El posterior descubrimiento de América, junto con la apertura del Atlántico hacia el norte, el oeste y el sur, supusieron que «Gran Bretaña gradualmente se convirtiera en el territorio central del mundo, en lugar del terminal». Pero a los mapas les resultaba difícil confirmar su argumento. «Ninguna carta plana puede dar una impresión correcta del Atlántico Norte», se quejaba, puesto que estas solo mostraban «la mera configuración de las costas». En un clásico ejemplo de geografía egocéntrica, Mackinder observaba con despreocupación que la nueva posición británica en el globo después de Colón «puede comprenderse mejor girando un globo terráqueo de modo que Gran Bretaña quede en el punto más cercano al ojo.

Mackinder resumía así su argumento, en el que se convertiría en uno de los eslóganes más tristemente célebres del pensamiento geopolítico moderno:
 
Quien controle Europa oriental dominará el centro;
Quien controle el centro dominará la Isla Mundial;
Quien controle la Isla Mundial dominará el mundo.

En 1994, Henry Kissinger, antiguo asesor de Seguridad Nacional y secretario de Estado de Richard Nixon y Gerald Ford, escribía que «Rusia, con independencia de quién la gobierne, se sitúa a caballo de lo que Halford Mackinder denominaba el centro geopolítico, y es la heredera de una de las más potentes tradiciones imperiales». Todavía en 1997, Zbigniew Brzezinski, otro antiguo asesor de Seguridad Nacional, sostenía que «Eurasia es el supercontinente axial del mundo», situado en el corazón del «tablero de ajedrez geopolítico». Y concluía que «un vistazo al mapa también sugiere que un país dominante en Eurasia controlaría casi automáticamente Oriente Próximo y África». En apariencia, la geografía política de Mackinder se fundamentaba en un deseo declarado de mantener la paz. Pero en realidad se basaba en el conflicto militar y la guerra internacional perpetuos, dado que las diversas piezas de su tablero de ajedrez global competían entre sí por unos recursos cada vez más escasos. Asimismo, contribuyó a una estrategia geopolítica estadounidense de posguerra que propugnaba la intervención militar tanto abiertamente como de manera encubierta en casi todos los continentes del planeta.
Los términos que acuñaron los colaboradores de Mackinder y sus seguidores —«centros territoriales», «Oriente Próximo», «Telón de Acero», «Tercer Mundo», y los más recientes de «imperio del mal» y «eje del mal»— constituyen todos ellos ejemplos del lenguaje cargado de ideología de la geopolítica. A comienzos del siglo XX, tales ideas seguían estando solo implícitas en la geografía o en la política. Fue el gran logro de Mackinder el que cambió todo eso, y al hacerlo contribuyó a establecer la relación tanto de la geografía como de la cartografía modernas con la política y el imperio.
La visión del mundo del mapa de Mackinder sigue influyendo en la política exterior de todo el mundo. En un artículo escrito para la revista Parameters de la Academia Militar del Ejército de Estados Unidos en el verano de 2000, y titulado «Sir Halford Mackinder, la geopolítica y las formulaciones políticas en el siglo XXI», su autor, Christopher Fettweis, argumentaba que «Eurasia, la “Isla Mundial” de Mackinder, sigue siendo fundamental en la política exterior estadounidense y probablemente seguirá siéndolo durante un tiempo». Hoy, como señala Fettweis, «el corazón del centro territorial flota sobre un mar de petróleo». Muchos observadores políticos consideran ya la primera guerra del Golfo, de 1990-1991, como la primera de una serie «de guerras por los recurso» desencadenadas para asegurar el control estadounidense de las reservas globales de petróleo. En un artículo publicado en el Guardian en junio de 2004, Paul Kennedy, un distinguido profesor de historia en la Universidad de Yale y experto en Mackinder, escribía que «en este momento, con cientos de miles de soldados estadounidenses en las regiones fronterizas de Eurasia y con una administración que está explicando constantemente por qué tiene que continuar hasta el final, parece que Washington se tome en serio la prescripción de Mackinder para asegurar el control del “pivote geográfico de la historia”». Es una inquietante materialización de las predicciones originarias de Mackinder, y la actual implicación estadounidense en el Golfo muestra que este no será el último conflicto internacional por unos recursos físicos cada vez más escasos. Se trata de un recordatorio aleccionador de que, aunque el mapa del mundo de Mackinder esté prácticamente obsoleto, la visión del mundo que este expresaba sigue afectando a la vida de la gente en todo el planeta.

El proceso de manipulación cartográfica alcanzó nuevas y trágicas cotas durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis utilizaron mapas para aplicar su Solución Final, el sistemático asesinato masivo de judíos europeos. En 1941 los funcionarios nazis elaboraron un mapa étnico del estado títere de Eslovaquia basado en estadísticas oficiales de distribución de la población en función de la etnicidad. El mapa constituye una representación sumamente exacta de Eslovaquia, pero sus grupos de círculos negros traicionan su siniestra función: señalan la localización de comunidades judías (Juden) y gitanas (Zigeuner). Rotulado como «De exclusivo uso oficial», este mapa se utilizó el siguiente año, con el apoyo de las comprensivas autoridades eslovacas, para aprisionar a los judíos y los gitanos, que luego fueron deportados a campos de exterminio, donde la mayoría de ellos encontraron la muerte.

La Tierra imaginada desde alguna perspectiva cuasidivina, sino de una imagen de la Tierra tal como se ve en la página de inicio de Google Earth.1 Lanzada en 2005, actualmente esta es, junto con Google Maps, la aplicación geoespacial (una combinación de datos geográficos y software informático) más popular del mundo. En abril de 2009, Google logró superar con dificultad a su rival MapQuest.com con algo menos del 40 por ciento de la cuota de mercado de visitas online a sitios web de mapas.
Muchos de quienes trabajan en los ámbitos de la geografía académica y la cartografía profesional contemplan Google Earth con recelo, y hasta con alarma. Para unos, señala el fin de la industria cartográfica tradicional basada en la impresión y la muerte de los mapas de papel. Para otros, representa un paso atrás en la calidad de la cartografía: los mapas personalizados realizados por «aficionados» parecen básicos y carecen de los habituales protocolos de verificación y revisión profesional. Google Earth también afronta la acusación de homogeneizar los mapas imponiendo una única versión geoespacial del mundo en lo que sería un acto de ciberimperialismo.
«Google Earth es tan espectacular, especialmente para ser un programa gratuito, que mi primer impulso fue sentirme culpable por criticarlo». Pero la resolución de imagen variaba enormemente, y algunos sitios todavía no resultaban localizables (McCracken tuvo mucho problemas para encontrar restaurantes en Hong Kong y en París). Los datos sobre el resto del mundo quedaban muy por debajo de los de Estados Unidos, y McCracken se quejaba de las dificultades para determinar lo que la aplicación “sabe y no sabe”.
Pese a los actuales desafíos técnicos que afrontan las aplicaciones geoespaciales, un problema persistente es la denominada «brecha digital». Aunque Google Earth ha sido descargado por más de 500 millones de personas, superando de lejos a las aproximadamente 80 millones de copias de la proyección de Peters difundidas desde la década de 1970, hay que situar dicha cifra en el contexto de una población mundial de 7.000 millones de habitantes, muchos de los cuales no solo no pueden acceder a internet, sino que ni siquiera conocen su existencia. En 2011, de una población mundial de casi 7.000 millones de habitantes y alrededor de 2.000 millones de usuarios de la red, solo América del Norte, Australasia y Europa podían alardear de tener un índice de penetración de internet de más del 50 por ciento. Con una media mundial del 30 por ciento, el índice de Asia era del 23,8 por ciento, y el de África solo del 11,4 por ciento, o 110 millones de usuarios de internet.78 Este es un problema no solo de acceso a la tecnología, sino también de acceso a la información (o lo que se conoce en los estudios sobre desarrollo como A2K).
Como ocurre con la mayoría de las empresas multinacionales, existen indudables tensiones dentro de Google en cuanto a su futura dirección, pero parece cada vez más improbable que pueda equilibrar sus aspiraciones a una enorme rentabilidad con sus ideales aparentemente democráticos.

Google ha ido más allá al desarrollar un método no solo para cuantificar la información geográfica, sino también para dotarla de un valor monetario. La historia de los mapas no había conocido nunca la posibilidad de que un monopolio de valiosa información geográfica cayera en manos de una empresa, y, dado que la parte de Google del mercado global de búsquedas online alcanza el 70 por ciento, quienes trabajan en el sector de internet están preocupados. Simon Greenman cree que, aunque Google «ha hecho un maravilloso trabajo con Earth, también tienen el potencial de dominar la cartografía global a una escala que históricamente carece de precedentes. Si hacemos un avance rápido hasta dentro de diez o veinte años, Google tendrá aplicaciones cartográficas y geoespaciales globales». A la empresa le gusta decir que, gracias a la capacidad de sus mapas online de determinar con precisión nuestra posición en cualquier lugar del planeta, somos la última generación que sabe lo que significa estar perdido. Puede que seamos asimismo la última generación que sepa lo que significa ver la cartografía generada por una serie de individuos, estados y organizaciones. Estamos en el umbral de una nueva geografía, pero es una geografía que corre el riesgo de verse guiada como nunca antes por un solo imperativo: la acumulación de beneficio financiero a través de la monopolización de información cuantificable.

El mapa del mundo representado en un atlas moderno, y hasta la página de inicio de Google Earth, parecen tan pintorescos y poco familiares como el mapa del mundo babilonio. Pero también ellos responderán inevitablemente a una agenda concreta, insistirán en una determinada interpretación geográfica a expensas de otras posibles alternativas, y en última instancia definirán la Tierra de un modo en lugar de otro. Pero desde luego no mostrarán el mundo «tal como es», puesto que eso es algo que no puede representarse. Sencillamente no existe nada parecido a un mapa del mundo exacto, ni existirá nunca. La paradoja es que no podemos conocer el mundo sin un mapa, ni representarlo definitivamente con uno.

According to me a magnificent book and highlights the importance of cartography throughout the history of humanity and without a doubt this is the great success of the book. In addition the annex on the photos of the maps is more than a great success, you just have to enjoy it.

In 1881, Iraqi archaeologist Hormuzd Rassam discovered a small fragment of a 2,500-year-old cuneiform clay tablet in the ruins of what was once the Babylonian city of Sippar, now known as Tell Abu Habbah, on the southeastern periphery of the current Baghdad. The tablet was just one more among the nearly 70,000 excavated by Rassam over a period of eighteen months and sent to the British Museum in London.
Today, the tablet is displayed to the public at the British Museum, labeled “The Babylonian World Map.” It is the first map of the world that is known.
The tablet discovered by Rassam is the oldest conserved object that represents the whole world in a bird’s-eye view, looking at the Earth from above. The map consists of two concentric rings, within each of which there are a series of circles, rectangles and apparently arbitrary curves, and all of them are centered around a hole apparently made with an early compass.
The various variants of the term “map” (and its derivatives) are used in several modern European languages, such as English, Spanish, Portuguese or Polish, and come from the Latin word mappa, meaning “tablecloth” or “napkin” » In contrast, the French equivalent term -carte- has its origin in a different Latin word, letter, which also provides the root of the term «map» in Italian and Russian (letter and karta, respectively) and refers to a formal document ; This, in turn, is derived from the Greek word for papyrus. On the other hand, the term that in ancient Greek designates a map-pinox-suggests a different kind of object. A pinax is a tablet made of wood, metal or stone, in which words or images were drawn or recorded. Arabic takes the term in a more visual sense: it uses two words, surah, translated as “figure”, and naqshah, or “painting”; while the Chinese adopts a similar word, you, which means “drawing” or “diagram”. In the case of English, the word map (or mappe) only entered the vocabulary in the sixteenth century, and between that time and the 1990s, more than 300 definitions of the term were proposed.
“Maps,” they said, “are graphic representations that facilitate a spatial understanding of things, concepts, conditions, processes, or events in the human world.”
Perhaps the most complex problem faced by the cartographer is that of projection. For modern cartographers, the term “projection” refers to the two-dimensional representation on a flat surface of a three-dimensional object-namely, the globe-using a system of mathematical principles. But this was only consciously formulated as a method in the second century AD by the Greek geographer Ptolemy, who used a grid of geometric lines of latitude and longitude (or grid of geographic coordinates) to project the Earth on a flat surface. Before this, maps like that of the Babylonian example did not provide any evident projection (or scale) to structure their representation of the world (although, obviously, they did not stop projecting a geometric image of the world based on their cultural assumptions about the form and the size of this). Throughout the centuries, circles, squares, rectangles, ovals, hearts, and even trapezoids have been used and a whole series of different ways to project the globe on a plane, each one based on a set of concrete cultural beliefs.

The rise of the city (Alexandria) represented a decisive change in the political geography of the classical world. Alexander’s military conquests had transformed the Greek world, which ceased to be a group of small Greek island-state-cities to become a series of imperial dynasties spread throughout the Mediterranean and Asia. This concentration of wealth and power in empires such as the Ptolemaic dynasty brought about changes in war, technology, science, commerce, art and culture. It led to new ways of interacting among people
Although the archaic Greece did not have any word equivalent to “geography”, from at least the third century BC. the ancient Greeks referred to what we would call a “map” with the term pinax. Another term often used was that of ges periods, literally “circuit of the earth” (an expression that would form the basis of many later geography treatises). Although these two terms for naming the maps would eventually be displaced by the Latin mappa, the later classical Greek formulation of “geography” has survived, formed by the combination of the noun ge, or “earth,” with the verb graphein, «draw» or «write». These terms give us a certain idea of ​​the way in which the Greeks approached maps and geography: a pinax is a physical medium in which images or words are inscribed, while periods ges imply a physical activity, specifically the one of “traversing” the Earth in a circular way. The etymology of geography also suggests that it constituted both a visual activity (drawn) and a linguistic (written) statement. Although these terms were increasingly used from the third century BC, they were included in the most recognizable branches of Greek knowledge: mythos (myth), history and physiology (natural science).
While classical Greek cartography focused on cosmogony and geometry, Hellenistic cartography incorporated this approach to what seems to our eyes to be a more scientific way of mapping the Earth. A contemporary of Alexander, Pytheas of Massalia (Marseille), explored the west and north coasts of Europe, crossing the Iberian, French, English and possibly even Baltic littoral. Their trips established the island of Thule (distinctively identified as Iceland, the Orkneys or even Greenland) as the northern boundary of the inhabited world, and they also correctly determined the exact position of the celestial pole (the point at which the prolongation of the Earth’s axis). intersects with the celestial sphere). But what is perhaps most important for geography was the fact that it firmly established the relationship between the latitude of a location and the duration of its longest day, then proceeding to project parallels of latitude that ran throughout the planet.
The great achievement of Eratosthenes was to invent a method to calculate the circumference of the Earth that combined astronomical observation and practical knowledge. Using a gnomon – an early version of a sundial – Eratosthenes made a series of observations in Siena, the current Aswan, which he estimated to be 5,000 stadiums south of Alexandria. He noticed that there, at midday of the summer solstice, the sun’s rays did not cast any shadow, and, therefore, fell directly vertically. Repeating the same calculation in Alexandria, Eratosthenes measured the angle formed by the gnomon at exactly the same moment, which turned out to be one-fiftieth of a circle. Assuming that Alexandria and Siena were on the same meridian, he calculated that the 5,000 stadiums that separated both places represented one-fiftieth of the circumference of the Earth. The multiplication of the two figures gave Eratosthenes the total figure of the circumference of the Earth, which he calculated at 252,000 stadia.

The geographical scope and its conscientious detail made Roger’s Book one of the great works of medieval geography, and one of the best descriptions of the inhabited world made since the Geography of Ptolemy. Al-Idrisi’s book and accompanying maps were inspired by the Greek, Christian and Islamic traditions of science, geography and travel books to produce a hybrid perspective of the world based on the exchange of ideas and cultural beliefs between different religions. There is no doubt that today it is attractive to see the work of al-Idrisi as the product of an approach between Christianity and Islam, in which both learned from each other in an apparently friendly exchange of ideas. But the world of Norman Sicily of the twelfth century and the aspirations of characters like Roger II and al-Idrisi were more strategic and provisional than such a conception would allow to wait.
Only ten manuscript copies of Roger’s Book are preserved, the oldest of 1300 and the last of the late sixteenth century. As in the case of Ptolemy’s Geography, we have to work with a book and maps that were produced hundreds of years after its original creation. In one of the best-preserved manuscript copies of the Book of Roger, which is preserved in the Pococke collection of the Bodleian Library of the University of Oxford, and is dated in 1553, it includes a circular world map, beautiful in its simplicity, which It seems to show how al-Idrisi represented the world in the mid-12th century. The most striking aspect of the map is that it is oriented with the south at the top.
Etymologically, the term “orientation” is derived from the original Latin root oriens, which refers to the east, or the direction of the rising Sun. Virtually all ancient cultures have recorded their ability to orient themselves along an east-west axis based on the observations of the rising sun (east) and west (west), and a north-south axis.
Perhaps the most peculiar aspect of this map of the world is precisely to what extent it disagrees with the book to which it belongs. Unlike the large human geography described in the other maps and in the text of Roger’s Book, the world map is a purely physical representation of geography. There are no cities, and almost no discernible trace of the impact of humanity on the surface of the Earth (except for the fabulous barrier erected by Alexander the Great in the Caucasus Mountains to keep the mythical monsters Gog and Magog at bay, represented in the left bottom corner of the map). This apparent contradiction between Roger’s evocative description of the various regions of the Earth and the geometric simplicity of his world map can only be understood by explaining what Roger wanted when he required the services of al-Idrisi: the fruits of an Islamic cartographic tradition that was already three hundred years old.

The term «world map» comes from the Latin mappamundi, composed of mappa – «tablecloth» or «napkin» – and mundus – «world» -. Its development in the Latin Christian West since the end of the 8th century did not always expressly refer to a map of the world, but could also designate a written geographical description. In fact, not all the maps of the world of this period received the designation of mappaemundi (the plural of mappamundi); other terms were also used, among them descriptio, pictura, tabula, or, as in the case of the map of Hereford, estoire, or “historia”. Just as at that time geography was still not recognized as a well-differentiated academic discipline, just as there was no universally accepted noun, either in Latin or in any of the European vernacular languages, to designate what we now call “map” » However, of all the terms in circulation, mappamundi would become the most common to define a written and drawn description of the Christian land for almost 600 years.
When the current visitor goes to Hereford and enters the cathedral’s annex to examine the world map, the first thing that catches his attention is the strange aspect that the object has to be a map. With a shape reminiscent of the gable end of a house, the map seems to undulate and meander like a mysterious animal; what, in fact, is what it is. At 1.59 meters high and 1.34 meters wide, the map is drawn on a huge animal skin. The shape of this animal is still discernible, from the neck, which forms the apex of the map, to the spine, which crosses its central part. At first glance, the map may look like a skull, or a cross section of a corpse, with its veins and organs exposed; seen otherwise, it could be a strange curly animal.
A drawing of the world map of Hereford made in the 18th century by the antiquarian John Carter showed that at its origin this formed the central part of a magnificently decorated triptych, presumably also commissioned by Swinfield, which completed folding side panels. It was a particularly striking innovation, and one of the first known examples of a triptych painted with articulated panels in Western Europe, roughly contemporary with the paintings of the first great Italian Renaissance masters Cimabue and Giotto. Carter’s drawing shows that the side panels of the Hereford triptych represented the Annunciation, with the archangel Gabriel in the left panel and the Virgin Mary in the right, intensifying the message of the world map of the central panel. Experienced as a whole, the triptych invited the pilgrims to meditate on the anticipation, in the Annunciation, of the First Coming of Christ, in comparison with the Second Coming, represented at the apex of the map.
The world map of Hereford awaits and prays for the end of space and time, an eternal present in which there will be no need for geographers or maps.

The Kangnido map, exquisitely painted in ink on silk with brightly lit colors, is a beautiful and imposing object. The seas are olive green, and the rivers blue. The ridges are marked by jagged black lines, while the smaller islands are represented as circles. All those accidents stand out above the rich yellow ocher of the earth. The map is lined with Chinese characters in black ink that identify cities, mountains, rivers and key administrative centers. With measures of 164 by 171 centimeters, and originally tied to a cane, which allowed it to be unrolled from top to bottom, it is likely that it was designed, like the star map, to be hung on a screen or a wall in a prominent place like the Gyeongbok Palace Just as the star map placed the Joseon dynasty under a new sky, the Kangnido map placed it in a new representation of Earth.
For modern western eyes, the Kangnido map constitutes a paradox. It seems to be a map of the world comparable to those found in the Curiosity Book, or with the Hereford world map. But at the same time Western observers also feel that they are seeing an image of the world produced by a foreign culture with a very different method of understanding and organizing physical space. The concept of the world may be common to all societies; But different societies have very different ideas of the world and how they should be represented. Even so, and as the Kangnido map and its Chinese predecessors show, these very different worldviews are absolutely coherent and functional for those who elaborate and use them. The Kangnido map is a concrete cartographic response to one of the greatest classical empires in the world, and a response shaped by Korea’s perception of its own physical and political landscape. Both the Chinese and the Korean experience created maps that were interested in much more than the mere fact of mapping the territory with precision: they also graphically represented, in an effective way, structured relationships. The Kangnido map and its copies proposed a way in which a new dynasty, small but proud, could situate itself in the sphere of a much larger empire.

In reference to Martin Waldseemüller, and map entitled “Universalis cosmographia secundum Ptholomaei traditionem et Americi Vespucii aliorumque lustrationes”: which is believed to date from 1507 and is generally considered the first map that names and represents «America»:
• the map contains the first known use of the name «America», an original invention of Martin Waldseemüller to designate the new continent discovered by Christopher Columbus in 1492;
• the map is the only existing copy of a woodcut made by Martin Waldseemüller, probably in 1507;
• Martin Waldseemüller’s invention of the name “America” ​​for a new continent that had hitherto been designated as “terra incognita” confers a historical identity on that continent, and
• Based on this, Martin Waldseemüller’s map constitutes a document of the greatest importance for the history of the American people.

According to the map of Waldseemüller, the western voyages undertaken by the Florentine merchant and navigator Américo Vespucio in the late fifteenth century represented the confirmation that European voyages of exploration across the Atlantic had certainly discovered a new part of the world, the fourth, unknown in medieval times of the world map of Hereford and its tripartite world formed by Europe, Africa and Asia.
It was not just the geography of the map that seemed so different from that of Hereford. His style and form came from a world that conceived the activity of cartography in a very different way from medieval maps.

The Treaty of Tordesillas, signed on June 7, 1494. In which it would be one of the earliest and most arrogant examples of European global imperialist geography, the two crowns agreed on “Let it be done and assign by the said ocean sea a line or right line from pole to pole, from the Arctic pole to the Antarctic pole, which is from north to south, which line or signal must be given right, as it is, at three hundred seventy leagues from the islands of Cape Verde for the western part ». Everything west of this line, including the territories discovered by Columbus, was under the control of Castile, and everything to the east, including the entire African coast and the Indian Ocean, was assigned to the Portuguese. The world was divided in half by two European kingdoms, using a map to announce their global ambitions.

Like its maps, Mercator was a man defined by boundaries and boundaries. During his long life, his travels never took him beyond a radius of 200 kilometers from his hometown. For its first independent map, Mercator went from political geography to religion. In 1538 he published an engraved mural map of the Holy Land that was designed, according to its title, “for the best understanding of the Bible.” This allowed Mercator to continue his interest in theology, but it also offered him the possibility of the financial success he so urgently needed, since no regional map sold better than those in the Holy Land. Mercator was based on a series of incomplete maps of the Holy Land published five years earlier by the German humanist Jacob Ziegler in Strasbourg, which provided only a partial historical geography of the region; His map, beautifully engraved, updated and expanded the geography of Ziegler, but also added one of the main stories of the Old Testament, the Exodus of the Israelites from Egypt to Canaan.
There were already historical precedents of the representation of biblical scenes on the maps. Medieval world maps like that of Hereford also showed such scenes, including the Exodus, and the first printed editions of Ptolemy also contained maps of the Holy Land. But Luther’s ideas led to a new conception of the place of geography in theology.
The Chronology did not have a great success. Mercator had little reputation as a chronologist, to say nothing, and the traditional interpretation that made the work of dates and events (despite its unprecedented structure) made it barely receive popular or critical attention; In fact, and despite the fact that Mercator spent more than a decade writing it, as a rule the Chronology is left aside when compared to its geographical achievements, and in particular with the map it was about to publish.
Several months after the printing of its chronology, Mercator brought to light the next piece of his cosmography: a map of the world published in Duisburg and entitled Nova et aucta orbis terrae descriptio ad usum navigantium emendate accommodata. The Mercator projection of 1569 may have been the most influential map in the history of geography, but it was also one of the most peculiar. Nothing had prepared Mercator’s contemporaries for such a strange object: neither its scale, nor its appearance, nor the declaration of having been conceived “for the use of navigators”. As a cosmographer interested in mapping the sky above Earth, Mercator had previously shown little or no interest in the practical applications of maps for accurate navigation; in fact, his only previous attempt, the 1538 world map, which used the cordiform projection, reflected more a fascination with the theology of the heart than a concern for navigation across the globe.
This map of the world was huge. Engraved in 18 sheets, it had been designed to be hung on a wall, and once mounted it measured more than 2 meters long and almost 1.3 meters high, a size similar to Waldseemüller’s world map of 1507. But still His strange design was more surprising. At first glance it would seem more an unfinished work than a triumphant moment in global cartography. There are large areas of the map dedicated to elaborately decorated boxes that contain extensive legends and complex diagrams. North America, which on Waldseemüller’s map looked like a modest wedge of cheese, was transformed by Mercator into “India Nova,” a gigantic expanse whose northern land mass encompassed more space than Europe and Asia combined. On the other hand, South America, with its unexplained south-west bulge, bore little resemblance to the representation that Ribero and other cartographers had made of it in the form of a long pendulum. Europe was twice as large as its real surface, Africa was small in size compared to maps of the time, and Southeast Asia was unrecognizable to those accustomed to Ptolemaic overestimations of its shape and size.

In the “Introduction to Geography” that prefaces his atlas, Blaeu acknowledges that “cosmographers are of two opinions differing with respect to the center of the world and the movement of celestial bodies. Some place the Earth at the center of the universe and believe that it remains motionless, saying that the Sun along with the planets and fixed stars revolves around it. Others place the Sun at the center of the world. There, they believe, is at rest; the Earth and the other planets revolve around him ». In what could represent a direct comment on his world map, Blaeu goes on to explain the cosmography of the Copernicans. Ironically, since Blaeu concentrated mostly on marketing his atlas to a commercial audience at the expense of geographic or astronomical innovation, the subsequent publications of the atlas departed from the idea of ​​the editor / geographer as organizer of the text, leaving, in change, in the hands of the buyer the decision of what to include in them. Italian printers began publishing maps in standard formats, which customers could then buy and assemble in their own atlases. In those Italian composite atlases, later known to map merchants as “atlas Lafreri” (after the name of one of the great printers of this period, Antonio Lafreri), it was the collector, and not necessarily the publisher, who selected the maps that should be included. The appearance of such composite atlases was a symptom of the dilemma experienced by the cartographers and printers of the late seventeenth century: the amount of geographical data they possessed had never been greater, and the printing technology they had had reached such a level of speed and precision that could reproduce that information down to the smallest detail, but nobody was clear about how it should be organized and presented.
With its beautiful typography, elaborate decoration, exquisite colors and sumptuous binding, Atlas maior de Blaeu was unparalleled in the graphic arts of the seventeenth century. It was the product of a Dutch Republic that, after its violent struggle to liberate itself from the Spanish Empire, created a global market that preferred the accumulation of wealth to the acquisition of territory. Blaeu produced an atlas that was ultimately driven by the same imperatives. For him, it was not even necessary to place Amsterdam at the center of that world; Dutch financial power was increasingly ubiquitous, but it was also invisible, seeping into every corner of the globe. In the seventeenth century, as today, financial markets understood little of borders and political centers when it came to accumulating wealth.
In fact, the success of the Atlas hindered rather than helped the geographical development of the late seventeenth century. It represented the end of the tradition-inspired tradition of acquiring a universal geographic knowledge, which had driven all cartographers since Ptolemy.

On the afternoon of May 24, 1831, a group of forty gentlemen gathered for dinner at the Thatched House tavern, located in the Saint James’s area in central London. All of them were experienced travelers and explorers, united by their belonging to one of the increasingly numerous private gastronomic societies of the British capital: the Raleigh Travelers Club.
It was proposed that “a new and profitable society be formed, under the name of the Geographical Society of London.”
Club members believed that the advantages of such a society would be “of paramount importance to humanity in general, and capital for the welfare of a maritime nation such as Great Britain with its numerous and extensive foreign possessions.” Consequently, it was proposed that the new society “compile, record and summarize” all “new and interesting facts and discoveries”; that it would “gradually accumulate a library of the best geography books,” including “a complete collection of maps and charts, from the oldest period with rough geographical descriptions, to the most improved ones of the present.”
From the end of the 18th century, relations between the State and the cartographer became closer than ever, insofar as the State began to exploit the administrative power of the maps and the cartographers saw the opportunity to increase their professional status and intellectual. The topographic maps of Cassini had shaped the image of a modern European nation, but now the nation-state was trying to invent new cartographic traditions that served its concrete political interests.
Until the discovery of lithography, intaglio engraving, a specialized technique, prolonged and extremely costly, had dominated cartography since the early sixteenth century. This depended on the engraver’s expertise as well as the cartographer’s knowledge, and required a laborious physical transfer of the engraved plate to the printed paper. The lithography was completely different. The chemical elements involved in its process hardly required skilled labor. It also allowed geographers to send a “right” image that could be reproduced quickly, unlike what happened in the use of intaglio engravings, which required that an inverted image be created first. This gave almost anyone the ability to print a map. It was also a relatively cheap process, and Senefelder further claimed that it was three times faster than the engraving. Developed throughout the 19th century, lithography also allowed cartographers to incorporate color and photography into their maps. Although initially many institutions (including the Ordnance Survey) remained faithful to the engraving techniques established, at the beginning of the 20th century, in terms of mere volume of published maps, lithography had already eclipsed the prior art.
A map had to offer more than just the empirical data of observable place names: it required the expression and interpretation practiced by German geographers in geomorphology, as well as a ‘biogeography’ – the geography of organic communities and their environments – and an «anthropogeography» – the geography of men. For Mackinder, a map was not the territory it claimed to represent, but an interpretation of the geological, biological and anthropological elements that made up that territory.
To trace the genealogy of British sea power, Mackinder went to the maps. He began by examining the position of the British Isles on the map of Hereford, to suggest that, before Columbus’s voyages at the end of the fifteenth century, “Great Britain was at the end of the world, almost out of the world.” The later discovery of America, together with the opening of the Atlantic to the north, west and south, meant that “Great Britain gradually became the central territory of the world, instead of the terminal.” But the maps found it difficult to confirm their argument. “No flat card can give a correct impression of the North Atlantic,” he complained, since they only showed “the mere configuration of the coasts.” In a classic example of egocentric geography, Mackinder observed with disregard that the new British position on the globe after Columbus “can be better understood by turning a globe so that Britain is at the point closest to the eye.

Mackinder thus summarized his argument, in which it would become one of the most infamous slogans of modern geopolitical thought:

Whoever controls Eastern Europe will dominate the center;
Who controls the center will dominate the World Island;
Who controls the World Island will dominate the world.

In 1994, Henry Kissinger, former National Security Adviser and Secretary of State for Richard Nixon and Gerald Ford, wrote that “Russia, irrespective of who governs it, stands at the center of what Halford Mackinder called the geopolitical center, and it is the heiress of one of the most powerful imperial traditions ». Still in 1997, Zbigniew Brzezinski, another former National Security Adviser, argued that “Eurasia is the axial supercontinent of the world,” located in the heart of the “geopolitical chessboard.” And he concluded that “a glance at the map also suggests that a dominant country in Eurasia would almost automatically control the Middle East and Africa.” In appearance, Mackinder’s political geography was based on an avowed desire to maintain peace. But in reality it was based on perpetual military conflict and international war, since the various pieces of its global chessboard competed with each other for increasingly scarce resources. It also contributed to a post-war US geopolitical strategy that advocated military intervention both openly and covertly on almost every continent of the planet.
The terms coined by Mackinder’s collaborators and their followers – “territorial centers”, “Middle East”, “Iron Curtain”, “Third World”, and the most recent ones of “empire of evil” and “axis of evil” – they are all examples of language loaded with the ideology of geopolitics. At the beginning of the 20th century, such ideas remained implicit only in geography or politics. It was Mackinder’s great achievement that changed all that, and in doing so helped to establish the relationship of both geography and modern cartography with politics and empire.
Mackinder’s world view of the map continues to influence foreign policy throughout the world. In an article written for the Parameters magazine of the Military Academy of the United States Army in the summer of 2000, and entitled “Sir Halford Mackinder, geopolitics and political formulations in the 21st century,” its author, Christopher Fettweis, argued that “Eurasia, Mackinder’s” World Island “, remains fundamental in US foreign policy and probably will remain so for a while.” Today, as Fettweis points out, “the heart of the territorial center floats on a sea of ​​oil”. Many political observers now regard the first Gulf War, 1990-1991, as the first in a series of “resource wars” unleashed to ensure US control of global oil reserves. In an article published in the Guardian in June 2004, Paul Kennedy, a distinguished professor of history at Yale University and an expert on Mackinder, wrote that “at this time, with hundreds of thousands of American soldiers in the border regions of Eurasia and with an administration that is constantly explaining why it has to continue to the end, it seems that Washington will take Mackinder’s prescription seriously to ensure control of the “geographical pivot of history.” It is a disturbing materialization of the original predictions of Mackinder, and the current US involvement in the Gulf shows that this will not be the last international conflict for increasingly scarce physical resources. It is a sobering reminder that, even though Mackinder’s world map is practically obsolete, the worldview it expresses continues to affect the lives of people all over the planet.

The process of cartographic manipulation reached new and tragic heights during the Second World War, when the Nazis used maps to apply their Final Solution, the systematic mass murder of European Jews. In 1941 Nazi officials developed an ethnic map of the puppet state of Slovakia based on official statistics of population distribution based on ethnicity. The map is an extremely accurate representation of Slovakia, but its groups of black circles betray its sinister function: they point to the location of Jewish (Juden) and gypsy (Zigeuner) communities. Marked as “Of exclusive official use”, this map was used the following year, with the support of the sympathetic Slovak authorities, to imprison the Jews and Gypsies, who were then deported to extermination camps, where most of them found death.

The Earth imagined from some quasi-divine perspective, but from an image of the Earth as seen on the Google Earth homepage.1 Launched in 2005, this is now, together with Google Maps, the geospatial application (a combination of data geographic and computer software) most popular in the world. In April 2009, Google managed to overcome its rival MapQuest.com with difficulty with just under 40 percent of the market share of online visits to map websites.
Many of those who work in the fields of academic geography and professional cartography contemplate Google Earth with suspicion, and even with alarm. For some, it signals the end of the traditional cartographic industry based on the printing and death of paper maps. For others, it represents a step backwards in the quality of cartography: custom maps made by “amateurs” seem basic and lack the usual verification and professional review protocols. Google Earth also faces the accusation of homogenizing maps imposing a single geospatial version of the world in what would be an act of cyber-imperialism.
“Google Earth is so spectacular, especially to be a free program, that my first impulse was to feel guilty for criticizing it.” But the image resolution varied enormously, and some sites were not yet searchable (McCracken had a hard time finding restaurants in Hong Kong and Paris). The data on the rest of the world was far below those of the United States, and McCracken complained about the difficulties in determining what the application “knows and does not know”.
Despite the current technical challenges facing geospatial applications, a persistent problem is the so-called “digital divide”. Although Google Earth has been downloaded by more than 500 million people, far surpassing the approximately 80 million copies of the Peters projection released since the 1970s, this figure must be placed in the context of a world population of 7,000. millions of inhabitants, many of whom not only can not access the internet, but do not even know its existence. In 2011, of a world population of almost 7,000 million inhabitants and around 2,000 million users of the network, only North America, Australasia and Europe could boast of having an Internet penetration rate of more than 50 percent. With a global average of 30 percent, the Asian index was 23.8 percent, and Africa’s only 11.4 percent, or 110 million internet users.78 This is a problem not only of access technology, but also access to information (or what is known in development studies such as A2K).
As with most multinational companies, there are undoubted tensions within Google regarding its future direction, but it seems increasingly unlikely that it can balance its aspirations for enormous profitability with its seemingly democratic ideals.

Google has gone further by developing a method not only to quantify geographic information, but also to give it a monetary value. The history of the maps had never known the possibility of a monopoly of valuable geographic information falling into the hands of a company, and, given that Google’s share of the global online search market reaches 70 percent, those working in the Internet sector are worried. Simon Greenman believes that although Google “has done a wonderful job with Earth, they also have the potential to dominate global cartography on a scale that is historically unprecedented. If we make rapid progress for ten or twenty years, Google will have global cartographic and geospatial applications. ” The company likes to say that, thanks to the ability of its online maps to accurately determine our position anywhere on the planet, we are the last generation to know what it means to be lost. We may also be the last generation to know what it means to see the cartography generated by a series of individuals, states and organizations. We are on the threshold of a new geography, but it is a geography that runs the risk of being guided as never before by a single imperative: the accumulation of financial benefit through the monopolization of quantifiable information.

The map of the world represented in a modern atlas, and even the homepage of Google Earth, seem as picturesque and unfamiliar as the map of the Babylonian world. But they too will inevitably respond to a specific agenda, insist on a given geographic interpretation at the expense of other possible alternatives, and ultimately define the Earth in one way rather than another. But of course they will not show the world “as it is”, since that is something that can not be represented. There simply is no such thing as an exact world map, nor will it ever exist. The paradox is that we can not know the world without a map, or represent it definitively with one.

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