El problema ruso al final del siglo XX — Alexandr Solzhenitsyn / The Russian Problem At The End Of The 20th Century by Alexandr Solzhenitsyn

Este breve libro, magnífico y hoy muy vigente de este gran escritor ruso nos hace un repaso de la historia del imperio Ruso desde Rus y Pomerania y nos damos cuenta que algunos de los problemas los arrastra de siglos anteriores.
Nos adentra en las reformas de Pedro que de reformista poco puesto que al pueblo le hace ir a peor derrotado. Isabel tenía un vivo sentimiento nacionalista ruso y que su fe ortodoxa no era una hipocresía (como habría de ocurrir después con Catalina II). En su plegaria anterior a la coronación, hizo voto de que no se ejecutaría a nadie y, ciertamente, durante su reinado no se administró la pena capital en ninguna ocasión, un fenómeno inusitado en la Europa de la época. Redujo también las penas para muchos tipos de delitos. Hizo también que prescribieran todas las deudas desde la muerte de Pedro y durante un cuarto de siglo (1752). “Apaciguó el alma del pueblo, humillada tras tantos años de poder extranjero”, “Rusia se encontró a sí misma”. En más de una ocasión (1744, 1749, 1753) intentó que Moscú recuperara la capitalidad, llegó incluso a trasladar toda la corte durante periodos de un año y se dedicó a la reconstrucción del Kremlin. Obraba así obedeciendo su sentir de rusa, aunque a la vez, como hija, no quería socavar los proyectos de su padre. Ofreció mejores condiciones al pueblo, pero en ello no fue profunda ni consecuente. Durante su reinado continuó la absurda y despiadada persecución de los viejos creyentes (algunos de los cuales llegaron a autoincinerarse) y la aniquilación de las raíces rusas. Nuevos gravámenes extenuaban a los campesinos: los del Viatka huían a los bosques, donde construían poblados secretos, y los de las gubernias centrales huían a través de la frontera polaca hacia una vida degradante y miserable. Del mismo modo, los viejos creyentes llegaron incluso a cruzar el Dniéster para salvaguardar su fe.

Para Rusia sólo hay un tipo de guerra posible contra Europa occidental: la defensiva”. El pueblo, necesitado de un respiro prolongado desde finales del siglo XVII, no tuvo un momento tranquilo durante todo el siglo XVIII. Podría parecer que ya se habían cumplido todos los objetivos del país en política exterior, ¿no? ¿Quizás había llegado el momento de dedicarse por completo a organizar el país? ¡Pues no! Los devaneos exteriores de los gobernantes rusos no habían finalizado, ni mucho menos.

El odio visceral y enconado hacia Nicolás I que le profesó el conjunto de la sociedad liberal rusa a lo largo de todo el siglo XIX (al que no escapó ni Tolstói) y tan a menudo agitado por los bolcheviques, se debe principalmente a que Nicolás aplastó la insurrección de los decembristas (no les fue difícil cargarle hasta la muerte de Pushkin). Hoy en día a nadie le causa alarma que algunos rasgos de los programas decembristas supusieran la promesa de una tiranía revolucionaria en Rusia, mientras otros decembristas insistían durante la instrucción judicial en que la libertad sólo puede cimentarse en los cadáveres. (Y no pasemos por alto estos otros detalles: cuando Nicolás salió del Palacio de Invierno para dirigirse hacia la multitud agitada, dispararon contra él y su hermano Mijaíl, y resultó muerto el general Milodárovich. No obstante, Nicolás no dio órdenes de disparar para dispersar a la multitud.
A partir de nuestra experiencia soviética debiéramos ser capaces de hacer una valoración: los mandos inferiores fueron perdonados a los cuatro días; durante el interrogatorio de los ciento veintiún oficiales detenidos no hubo presiones ni tergiversaciones, y de los treinta y seis condenados a muerte Nicolás indultó a treinta y uno.

En 1831, y posteriormente en 1863, Rusia habría de pagar dos veces la fantasiosa sandez de Alejandro I, encaprichado en mantener a Polonia bajo su “patronazgo”. ¡Hasta qué punto había que ser ciego al espíritu de los tiempos y del siglo para querer subyugar al Imperio ruso a un pueblo tan desarrollado, culto y tenaz como el polaco! (Las dos insurrecciones polacas provocaron grandes simpatías en Europa occidental y le valieron a Rusia más hostilidad y aislamiento.)

Alejandro III, que no advirtió su alarmante falta de vigor, no fue capaz de dar un impulso que revitalizara el organismo de la Iglesia, no tendió la mano a los sacerdotes rurales, degradados por la pobreza, abandonó a la Iglesia —y con ella a la ortodoxia popular— a una profunda crisis que a la sazón no todos supieron ver. En cuanto a los musulmanes, en Rusia éstos “siguieron disfrutando de la misma tolerancia… Rusia confiaba en sus subditos musulmanes del Cáucaso” (lo que quedó perfectamente demostrado durante la primera guerra mundial con los regimientos de élite formados por voluntarios caucásicos, la “división autóctona”).
Sin embargo, el reinado de Alejandro III fue mucho más corto que todos los demás y quedó trágicamente segado en lo mejor de la edad y del espíritu. Nunca podremos saber cómo se hubiera comportado en los años, sumamente críticos, que se cernían sobre Rusia o incluso si hubiera permitido su advenimiento.

Hacia el final del siglo XIX el Imperio ruso había alcanzado el volumen territorial previsto o, como se decía por entonces, “natural” (para un enorme valle sin defensas): en muchos lugares se extendía hasta los confines geográficos que imponía la propia naturaleza. Pero era un imperio extraño. En todos los demás imperios conocidos por entonces la metrópoli engordaba a cuenta de las colonias y en ninguno de ellos el sistema permitía que los habitantes de una colonia determinada disfrutaran de más derechos y ventajas que los habitantes de la metrópoli. En Rusia ocurría justamente lo contrario. Sin hablar de Polonia, que disfrutaba de una Constitución y una forma de vida mucho más liberales (aunque ello no hacía más deleitable la subordinación), no podemos pasar por alto los amplísimos privilegios de Finlandia. Ya desde los tiempos de Alejandro I, los finlandeses gozaban de más derechos de los que habían tenido bajo la dominación sueca. Hasta finales del siglo XIX los ingresos per cápita se multiplicaron entre seis y siete veces; Finlandia experimentó un florecimiento que en gran medida se debió a que no contribuía de forma proporcional a los gastos generales del Estado. La leva militar en Finlandia reclutaba tres veces menos mozos que en Rusia.
¿Para qué manteníamos a Finlandia en el Imperio? (Gracias a esta asombrosa extraterritorialidad, Finlandia ofrecía un inestimable amparo y base de operaciones, a unos pasos de Petersburgo, a todos los revolucionarios rusos, desde los eseristas armados, hasta los bolcheviques de Lenin. Ello contribuyó mucho no sólo al terrorismo y la lucha clandestina en Rusia, sino también al desenlace de las revoluciones de 1905 y 1917.) Aunque no de una forma tan patente, la periferia asiática de Rusia, poblada por otras etnias, recibió una enorme ayuda financiera del centro. En todos estos casos, los gastos supusieron para el Estado más que los beneficios. Muchos de estos pueblos (los kirguises, es decir, los kasajos y los centroasiáticos) estaban exentos del servicio militar, sin que pagaran en compensación ningún tributo militar. (La propaganda revolucionaria elogió jubilosamente la revuelta de Turgai-Semirechinsk de 1916, acaecida, por otra parte, ¡en plena guerra mundial! y como respuesta a la simple tentativa de movilizar laboralmente a la población autóctona.) El trasvase artificial de medios desde el centro a la periferia agravó la “depauperización del centro”. La población que formaba y sostenía a Rusia se debilitaba. En ningún otro país europeo podemos observar un fenómeno semejante.
La densa afluencia de industriales y capitalistas extranjeros se explica particularmente porque a principios del siglo XX en Rusia —¡es imposible no sorprenderse!— no se aplicaba estrictamente el impuesto sobre la renta: quienes obtenían grandes beneficios pagaban un porcentaje completamente desproporcionado con el del resto de Europa, algo que aprovechaban tanto las clases ricas de Rusia como los extranjeros, que podían repatriar sus beneficios prácticamente intactos. Para nosotros, en cambio, esto significaba un profundísimo daño financiero: Rusia, incomparablemente más rica, solicitaba en ocasiones créditos extranjeros (y con frecuencia obtenía una estrepitosa negativa); a partir de 1888 los empréstitos franceses conducían sistemáticamente a Rusia a un saldo deudor y ello la hacía dependiente de Francia en política exterior, lo que influyó en los hechos fatales del verano de 1914.
Tal era la riqueza de energía del pueblo que, al medio siglo de haber sido abolido el derecho de servidumbre, Rusia entraba en una etapa de intenso desarrollo industrial (el quinto lugar del mundo en producción industrial) y tendido de ferrocarriles, y se convertía en un gran exportador de grano y mantequilla (siberiana). En Rusia había plena libertad para las actividades económicas privadas (ese “mercado” que actualmente tanto nos esforzamos en crear o copiar de otros) y libertad para elegir un oficio y lugar de domicilio (excepto los límites de residencia impuestos a la población judía, limitación que de todos modos acabó siendo abolida).
El enorme aparato burocrático, sin embargo, no estaba limitado ni por nacionalidad (vemos en él a representantes de muchas nacionalidades desempeñando altos cargos), ni por origen social (llegaron al cargo de ministro el ayudante de maquinista Jilkov, el campesino Rujlov, el jefe de estación Witte y el secretario de procurador Krivoshein; alcanzaron la cúpula militar generales de origen humilde como Alekséyev y Kornílov).

El intento de extender la idea de una Gran Rusia por todo el territorio… resultó lesivo para la supervivencia de los rasgos nacionales, no sólo de todos los pueblos sometidos del Imperio, sino ante todo para el pueblo de la Gran Rusia… Al pueblo de la Gran Rusia sólo puede serle útil un intenso y profundo desarrollo y una circulación normal de la sangre.” En los años anteriores la sociedad rusa “había sentido vergüenza de una política mendaz y antinacionalista, pero también del verdadero nacionalismo, sin el cual es inconcebible que una nación pueda crear algo. El pueblo debe tener un rostro propio”.
La historia de los setenta años de poder comunista en la URSS, que tantos bardos, voluntarios o comprados, ensalzaron, la historia de ese poder que interrumpió el flujo orgánico en la vida del pueblo, hoy por fin se revela ante muchos en toda su repugnancia e ignominia.
En primer lugar destaca el exterminio físico del pueblo. Según los cálculos indirectos de distintos especialistas en estadística, la incesante guerra interna sostenida por el gobierno soviético contra su propio pueblo hizo que la población de la URSS se redujera como mínimo en una cantidad que oscila entre los cuarenta y cinco y los cincuenta millones de personas.
Pero el máximo logro del poder comunista no fue el exterminio físico en masa. Todos los que lograron evitarlo fueron sometidos durante décadas a una propaganda idiotizante que embrutecía el espíritu. Se exigía constantemente a cada uno que renovase sus muestras de sumisión (y a la intelectualidad obediente que tejiera filigranas a partir de esa propaganda). Este tratamiento ideológico, atronador y solemnizado, reducía cada vez más el nivel moral e intelectual del pueblo. (Esta fue la única educación a la que tuvieron acceso las personas actualmente ancianas o de edad avanzada y los que recuerdan como una era feliz y próspera un tiempo en que trabajaban por cuatro peras, para recibir cada 7 de noviembre medio kilo de galletas envueltas con una cinta de colores.)

En política exterior los comunistas no repitieron ni los fracasos ni las torpezas de la diplomacia zarista, de los que tanto hemos hablado en este ensayo. Los caudillos comunistas siempre supieron muy bien qué les interesaba y siempre emprendían sus acciones con la mirada puesta exclusivamente en la utilidad de un objetivo concreto. Nunca daban un paso por generosidad o altruismo y mostraban una audacia sin vacilaciones, que sus adversarios calificaban de cínica, implacable y sagaz. Por primera vez en la larga historia rusa, la diplomacia soviética era hábil, indoblegable, tenaz y carecía de remordimientos. Siempre superaba y batía a la occidental. (Fueron esos mismos comunistas quienes se hicieron con todos los Balcanes sin demasiado esfuerzo, se adueñaron de media Europa y penetraron sin encontrar resistencia en América central, Sudáfrica y el sur de Asia.) La diplomacia soviética estaba dotada de un plumaje ideológico tan atractivo que suscitaba simpatías entusiastas entre  la sociedad progresista occidental, ante lo cual los diplomáticos occidentales intentaban hilvanar algún argumento con la cabeza gacha. (Pero no olvidemos que, una vez más, la diplomacia soviética no servía a los intereses del pueblo sino a unos intereses ajenos, los de la “revolución mundial”.)

El final, paradójicamente, empezó a aproximarse gracias a la hipócrita e irresponsable “perestroika” de Gorbachov.
Había muchas maneras sensatas para salir gradualmente y con prudencia de debajo de la losa bolchevique. Gorbachov optó por el camino más mendaz y caótico. Mendaz porque pretendía mantener un comunismo ligeramente modificado a la vez que los privilegios de la nomenklatura del partido. Y caótico porque, con la habitual necedad bolchevique, acuñó el lema de una “aceleración” imposible y lesiva dado el desgaste y el atraso de nuestra tecnología. Cuando la “aceleración” perdió garra, se inventó una absurda “economía socialista de mercado”, que tuvo como consecuencias la destrucción de los vínculos productivos y el inicio de un declive en la producción. Gorbachov acompañó su perestroika de la glasnost, un cálculo miope para lograr un solo objetivo: el apoyo de la intelectualidad contra los comunistas reaccionarios de corte extremista, que no querían entender que para ellos la perestroika también ofrecía ventajas (un nuevo sistema de kormushkas). Ni siquiera en sueños podría haber imaginado él que al mismo tiempo, esa glasnost abriría las puertas de par en par a toda suerte de nacionalismos violentos.
La Unión Soviética Comunista estaba condenada históricamente, ya que se basaba en ideas falsas (se fundamentaba ante todo en una “base económica” a la que acabó arruinando). La URSS se mantuvo durante setenta años embridada por una dictadura sin precedentes, pero cuando enfermó por dentro no hubo bridas que sirvieran.
Hoy en día lamentan sinceramente la desaparición de la URSS no sólo los bonzos recalcitrantes, encastrados en sus ideas comunistas, sino también muchas personas corrientes engañadas por un rimbombante “patriotismo soviético”, según el cual “la URSS era la heredera de la grandeza y la gloria de Rusia”, “la historia soviética no era un callejón sin salida sino una evolución legítima”, etcétera.
En cuanto a la “grandeza y la gloria”, ya hemos visto en nuestro repaso histórico a qué precio y para qué fines ajenos nos hemos estado desviviendo en los últimos trescientos años. Y en cuanto a la historia soviética, realmente era un callejón sin salida. Y aunque durante los años veinte, treinta… sesenta y setenta, no éramos nosotros quienes gobernábamos, ¿quién sino debe ahora responder ante el mundo por todas las perfidias cometidas? Nosotros y nadie más. Subrayemos: ¡sólo los rusos!

El Imperio soviético no nos hacía ninguna falta y era pernicioso: es ésta una conclusión a la que llegué. La desgracia no fue que se desintegrara la URSS, eso era inevitable. La gran desgracia —y futura causa de confusión durante largo tiempo— es que dicha desintegración se produjera automáticamente siguiendo las falsas fronteras trazadas por Lenin, de manera que Rusia se vio privada de regiones enteras. En unos pocos días perdimos a veinticinco millones de rusos étnicos —el dieciocho por ciento de los rusos— y el gobierno de Rusia no tuvo coraje ni siquiera para denunciar este horrible hecho, esta colosal derrota histórica de Rusia ni tampoco para manifestar políticamente su desacuerdo, aunque sólo fuera para establecer el derecho a algún tipo de negociación futura. Pero no… Se dejó pasar la ocasión, en plena excitación por la “Victoria” de agosto de 1991. (E incluso se eligió como fiesta nacional de Rusia el día en que la RSFSR proclamó su “independencia”, y día en que por tanto procedió a separarse también de esos veinticinco millones… )

se debe consolidar el respeto a las minorías con sus derechos, ¿Son plenamente conscientes los actuales dirigentes y la opinión pública de Ucrania de la enorme tarea cultural que se extiende ante ellos? Incluso entre la población étnicamente ucraniana son muchos los que no saben hablar el ucraniano o simplemente no lo emplean. (El ruso es la lengua materna del sesenta y tres por ciento de los habitantes, cuando entre la población sólo son étnicamente rusos el veintidós por ciento; es decir: ¡en Ucrania por cada ruso hay dos “no rusos” que consideran sin embargo el ruso como lengua materna!) Habrá pues que encontrar la forma de que todos los ucranianos nominales pasen a hablar el ucraniano. Y después, evidentemente, habrá que hacer que también los rusos adopten el ucraniano (porque ello no ocurrirá de manera voluntaria). Además, la lengua ucraniana sigue sin haber llegado a los altos ámbitos de la ciencia, la tecnología y la cultura. También habrá que ocuparse de eso. Y más aún: hay que convertir el ucraniano en una lengua imprescindible para la comunicación internacional. Posiblemente, todas estas tareas requieran más de cien años.
Una torpeza imperial aún más lacerante ha sido la de Nazarbáyev,158 al pretender, con ayuda de la minoría kazaja, transformar en mayorías a las otras etnias extrañas. (A los rusos se les está apartando de los cargos de responsabilidad, se está persiguiendo la existencia independiente de los cosacos de los Urales y de Siberia, se están atacando los templos ortodoxos y se están poniendo nombres kazajos a las poblaciones rusas e incluso a las grandes ciudades, se conceden excedencias de cinco años para aprender el kazajo hasta en comarcas donde el noventa por ciento son rusos. La televisión local transmite prácticamente toda la programación en kazajo, aunque los kazajos constituyen sólo el cuarenta y tres por ciento de la población.

Desechando por principio el recurso a la violencia y la guerra, sólo podemos contemplar tres vías:
1) Evacuar metódicamente, aunque se requiera un plazo largo, a los rusos que así lo deseen de los países asiáticos (Transcaucasia y Asia Central), donde probablemente nada bueno les espera, y reasentarlos como es debido en Rusia. Para los que opten por quedarse, buscar mecanismos de defensa, ya sea la doble ciudadanía, o bien… ¿a través de la ONU? (una esperanza bastante remota).
2) Exigir a los países bálticos un total y estricto cumplimiento de las normas europeas sobre los derechos de las minorías.
3) Buscar posibles grados de integración con Bielorrusia, Ucrania y Kazajstán en distintos terrenos y alcanzar como mínimo unas fronteras “transparentes”.
¿Y en cuanto a nosotros? En los últimos años nuestra hospitalidad ha sabido hallar sitio para cuarenta mil turcos mesjetios, desalojados de Asia Central y rechazados por Georgia, donde habían vivido tradicionalmente, y para los armenios de Azerbaidján y, naturalmente, para los chechenos (que están por todas partes), a pesar de haberse proclamado independientes: incluso para los tad-jikos.

No podemos decir que tengamos democracia por la simple razón de que no se ha creado un poder local vivo y sin ligaduras. Sigue bajo el control de los mismos jerifaltes comunistas locales y resulta imposible hacerse oír en Moscú. Nuestro pueblo no es dueño de su destino, sino un juguete en sus manos. En las provincias la gente ha perdido la esperanza: “Nadie piensa en nosotros”, “no importamos”. Y tienen razón: mientras el pueblo no ha hecho sino sufrir nuevas penalidades, que no había conocido hasta entonces, los miembros de la nomenklatura comunista, que ya empezaron a prepararse en tiempos de Gorbachov, han sabido componérselas para reciclarse como perfectos “demócratas”, sin los sufrimientos que han experimentado los cimientos vivos del país. (Los “hijos de papá” de la nomenklatura, amamantados en las instituciones privilegiadas de ésta, han pasado directamente a dirigir el país o, si así lo han preferido, se han fugado a esa misma América que sus padres execraron llegando a dar zapatazos o se están haciendo un huequecito en Occidente.) El poder ejecutivo y el sedicente poder legislativo pasaron año y medio enfrentados en una lucha extenuante hasta agotar sus fuerzas, y para vergüenza de todo el país.
La caída del comunismo debiera haber sido el retorno al tan ansiado (perdido desde los tiempos de la antigua Rusia) mercado (cuando éramos comunistas era costumbre referirse a él diciendo: “¡Hacia el radiante mercado!”). Gorbachov dejó pasar siete años en los que se podría haber dado inicio a esta transición con una progresión razonable, con una reanimación del tejido económico desde abajo, con la creación de minúsculas empresas domésticas que permitieran al pueblo recobrar fuerzas y sanar antes de pasar después a subir más y más escalones. Pero no, a partir de enero de 1992 lanzaron precipitadamente sobre el país el proyecto del Consejo de Ministros (del Fondo Monetario Internacional y de Gaidar). Más tarde el presidente habría de recordar: “Decidíamos sobre la marcha”, “Nunca había tiempo para buscar las mejores opciones”. Era un proyecto no para “la salvación del pueblo”, sino para infligirle un duro choque, un proyecto que parece fruto de la ignorancia incluso a los ojos del más simple diletante: “liberalizar” los precios en un país donde no existe competencia entre productores no es sino dar libertad al monopolio de la producción para que suba los precios tanto como quiera y durante el tiempo que quiera.
La consecuencia más horrible de esta absurda “reforma” no es ni siquiera económica, sino psicológica. El miedo ante la indefensión y la incertidumbre que han hecho mella en las masas populares como consecuencia de la reforma de Gaidar y del constatable triunfo de unos ávidos tiburones dedicados a un comercio no productivo (con su autosatisfacción demencial, no se avergüenzan de exhibir su júbilo hasta por televisión) sólo pueden compararse con ese “manotazo del rublo” del que hablara Gleb Uspenski, que el mujik de la época posterior a la reforma agraria se vio incapaz de sobrellevar y que puso a Rusia en el camino hacia la Catástrofe.

Alejandro III decía: “Rusia debe pertenecer a los rusos”, pero desde entonces nuestra historia ha madurado cien años y ya no sería legítimo hablar así (o parafraseando a los chovinistas ucranianos: “Rusia para los rusos”). A pesar de las predicciones que hicieron muchos sabios del humanismo y el internacionalismo, el siglo XX ha reforzado ostensiblemente los sentimientos nacionalistas en todo el mundo. El proceso sigue cobrando fuerza: las naciones se resisten a los intentos de homogeneización universal de las culturas. La conciencia nacional debe ser respetada siempre y en todas partes, sin excepciones.
El “problema ruso” se plantea de una forma muy clara: ¿debe existir nuestro pueblo o dejar de existir? Por todo el globo terráqueo se está propagando una ola de nivelación monótona y trivial entre culturas, tradiciones, nacionalidades y caracteres. Y sin embargo ¡cuántos se oponen a ella sin tambalearse e incluso con orgullo! Pero nosotros no… Y si esto sigue así, dentro de un siglo ya no hará ni falta borrar la palabra “ruso” de los diccionarios.
Estamos obligados a salir de esta presente situación humillante e incierta, si no por nuestro propio bien, al menos por el de nuestros hijos y nietos.
Hoy no oímos más que razonamientos sobre economía y bien es verdad que nuestra deprimida economía nos está asfixiando. Sin embargo, la economía sirve solamente para trabajar con una masa étnica sin rostro, mientras que lo que nosotros necesitamos es salvar también nuestro carácter, nuestras tradiciones populares, nuestra cultura nacional, nuestro camino histórico.
La Iglesia es la que ha salido peor parada tras estos años de comunismo y además está socavada internamente por tres siglos de sumisión al Estado. Ha perdido impulso para poder emprender acciones sociales vigorosas. Actualmente el credo ortodoxo está siendo apartado de la vida de Rusia, gracias a la activa expansión de las confesiones y sectas extranjeras, ricas en medios materiales, que se atienen a un “principio de igualdad de oportunidades” ante la empobrecida Iglesia rusa. En resumidas cuentas, un nuevo brote de materialismo, esta vez “capitalista”, amenaza a todas las religiones en general.)

This short, magnificent and very current book of this great Russian writer gives us a review of the history of the Russian Empire from Rus and Pomerania and we realize that some of the problems are dragged from previous centuries.
It introduces us into the reforms of Pedro that of little reformist since the town makes him go to worse defeated. Isabel had a vivid Russian nationalist sentiment and that her Orthodox faith was not hypocritical (as would later happen with Catherine II). In his prayer before the coronation, he vowed that no one would be executed and, certainly, during his reign capital punishment was not administered at any time, a phenomenon unusual in the Europe of the time. It also reduced the penalties for many types of crimes. He also made them prescribe all debts from the death of Peter and for a quarter of a century (1752). “It pacified the soul of the people, humiliated after so many years of foreign power”, “Russia found itself”. On more than one occasion (1744, 1749, 1753) he tried to restore Moscow’s capital status, even moved the entire court for periods of one year and devoted himself to the reconstruction of the Kremlin. She acted in this way obeying her Russian feeling, although at the same time, as a daughter, she did not want to undermine her father’s plans. It offered better conditions to the people, but in it it was not deep or consistent. During his reign he continued the absurd and ruthless persecution of the old believers (some of whom came to autoincinerate themselves) and the annihilation of the Russian roots. New taxes extorted the peasants: the Viatka fled to the forests, where they built secret settlements, and those of the central gubernias fled across the Polish border into a degrading and miserable life. In the same way, the old believers even crossed the Dniester to safeguard their faith.

For Russia there is only one kind of possible war against Western Europe: the defensive. “The town, needing a prolonged respite from the late seventeenth century, did not have a quiet moment during the entire eighteenth century, it might seem that all had already been fulfilled. The foreign policy objectives of the country, could not it? Maybe the time had come to devote himself completely to organizing the country? No, the foreign affairs of the Russian rulers had not ended, far from it.

The visceral and bitter hatred towards Nicholas I that the whole of the liberal Russian society professed to him throughout all the century XIX (to which Tolstoy did not escape) and so often agitated by the Bolsheviks, is due mainly to that Nicolás crushed the insurrection of the Decembrists (it was not difficult to charge him until the death of Pushkin). Nowadays nobody is alarmed that some features of the Decembrist programs supposed the promise of a revolutionary tyranny in Russia, while other Decembrists insisted during the judicial instruction that freedom can only be based on the corpses. (And let’s not overlook these other details: when Nicolás left the Winter Palace to head towards the agitated crowd, they shot him and his brother Mikhail, and General Milodárovich was killed, however, Nicolás did not give orders to shoot to disperse to the crowd.
From our Soviet experience we should be able to make an assessment: the lower commands were forgiven after four days; During the interrogation of the one hundred and twenty-one officers arrested there were no pressures or distortions, and of the thirty-six condemned to death, Nicolás pardoned thirty-one.

In 1831, and later in 1863, Russia was to pay twice for the fanciful sanity of Alexander I, infatuated with keeping Poland under his “patronage”. To what extent was it necessary to be blind to the spirit of the times and of the century to want to subjugate the Russian Empire to a people as developed, cultured and tenacious as the Pole! (The two Polish insurrections provoked great sympathy in Western Europe and earned Russia more hostility and isolation.)

Alexander III, who did not notice his alarming lack of vigor, was not able to give an impulse that would revitalize the Church’s organism, did not reach out to rural priests, degraded by poverty, abandoned the Church – and with it to popular orthodoxy – to a deep crisis that at that time not everyone knew how to see. As for the Muslims, in Russia they “continued to enjoy the same tolerance … Russia trusted its Muslim subjects of the Caucasus” (which was perfectly demonstrated during the First World War with the elite regiments formed by Caucasian volunteers, the “autochthonous division”).
However, the reign of Alexander III was much shorter than all the others and was tragically mowed in the best of age and spirit. We can never know how he would have behaved in the years, highly critical, that loomed over Russia or even if he had allowed his advent.

By the end of the nineteenth century the Russian Empire had reached the planned territorial volume or, as it was then called, “natural” (for a huge valley without defenses): in many places it extended to the geographical confines imposed by nature itself. But it was a strange empire. In all other empires known at that time the metropolis fattened on account of the colonies and in none of them the system allowed the inhabitants of a given colony to enjoy more rights and advantages than the inhabitants of the metropolis. In Russia, exactly the opposite happened. Not to mention Poland, which enjoyed a much more liberal Constitution and way of life (although that did not make subordination more palatable), we can not ignore the very broad privileges of Finland. Already from the time of Alexander I, the Finns enjoyed more rights than they had under Swedish rule. Until the end of the 19th century per capita income multiplied six to seven times; Finland experienced a flourishing that was largely due to the fact that it did not contribute proportionally to the general expenses of the State. The military cam in Finland recruited three times fewer young men than in Russia.
Why did we keep Finland in the Empire? (Thanks to this amazing extraterritoriality, Finland offered an invaluable protection and base of operations, a few steps from Petersburg, to all Russian revolutionaries, from the armed SRs, to Lenin’s Bolsheviks, which contributed not only to terrorism and the struggle clandestine in Russia, but also to the outcome of the revolutions of 1905 and 1917.) Although not so clearly, the Asian periphery of Russia, populated by other ethnic groups, received a huge financial aid from the center. In all these cases, the expenses were for the State more than the benefits. Many of these peoples (the Kyrgyz, that is, the Kasajos and the Central Asians) were exempt from military service, without paying any military tribute in compensation. (The revolutionary propaganda jubilantly praised the Turgai-Semirechinsk revolt of 1916, which occurred, on the other hand, in the midst of the world war and as a response to the simple attempt to mobilize the native population of the labor force.) The artificial transfer of resources from the center to the periphery aggravated the “depauperization of the center”. The population that formed and sustained Russia was weakening. In no other European country can we observe a similar phenomenon.
The heavy influx of industrialists and foreign capitalists is particularly explained because at the beginning of the 20th century in Russia – it is impossible not to be surprised! – the income tax was not strictly applied: those who obtained great benefits paid a percentage completely disproportionate to the rest of Europe, something that both the wealthy classes of Russia and foreigners took advantage of, that could repatriate their benefits practically intact. For us, on the other hand, this meant a very great financial damage: Russia, incomparably richer, sometimes requested foreign credits (and often obtained a resounding refusal); from 1888 the French loans systematically led Russia to a debit balance and this made it dependent on France in foreign policy, which influenced the fatal events of the summer of 1914.
Such was the wealth of energy of the people that, half a century after the right of servitude was abolished, Russia entered a stage of intense industrial development (the fifth place in the world in industrial production) and railway lines, and became a large exporter of grain and butter (Siberian). In Russia there was full freedom for private economic activities (that “market” that we currently strive to create or copy of others) and freedom to choose a trade and domicile (except the residence limits imposed on the Jewish population, limitation) that ended up being abolished anyway).
The enormous bureaucratic apparatus, however, was not limited by nationality (we see representatives of many nationalities holding high positions), nor by social origin (the assistant engineer Jilkov, the peasant Rujlov, the chief) arrived at the post of minister. of station Witte and the secretary of procurator Krivoshein, generals of humble origin reached the military leadership like Alekséyev and Kornílov).

The attempt to extend the idea of ​​a Great Russia throughout the territory … was detrimental to the survival of national features, not only of all the subject peoples of the Empire, but first of all for the people of Greater Russia … Only an intense and deep development and a normal circulation of blood can be useful to the people of Great Russia. “In the previous years Russian society” had felt ashamed of a mendacious and anti-nationalist policy, but also of true nationalism, without the which is inconceivable that a nation can create something. The people must have a face of their own. ”
The history of the seventy years of communist power in the USSR, which so many bards, volunteers or bought, praised, the history of that power that interrupted the organic flow in the life of the people, today finally reveals itself to many in all its disgust and ignominy.
In the first place, the physical extermination of the town stands out. According to the indirect calculations of various specialists in statistics, the incessant internal war waged by the Soviet government against its own people caused the population of the USSR to be reduced at least in an amount ranging between forty-five and fifty million people .
But the greatest achievement of communist power was not mass physical extermination. All those who managed to avoid it were subjected for decades to a stupid propaganda that brutalized the spirit. Everyone was constantly required to renew their signs of submission (and the obedient intelligentsia that wove watermarks from that propaganda). This ideological treatment, thunderous and solemnized, increasingly reduced the moral and intellectual level of the people. (This was the only education to which the currently elderly or elderly people had access and those who remember as a happy and prosperous era a time when they worked for four pears, to receive every seventh of November half a kilo of wrapped biscuits with a ribbon of colors.)

In foreign policy the communists did not repeat the failures or the clumsiness of the tsarist diplomacy, of which we have spoken so much in this essay. The communist leaders always knew very well what interested them and always undertook their actions with an eye exclusively on the usefulness of a specific objective. They never took a step out of generosity or altruism and showed an audacity without hesitation, which their adversaries described as cynical, implacable and shrewd. For the first time in Russia’s long history, Soviet diplomacy was skillful, unyielding, tenacious and lacked remorse. Always beat and beat the Western. (It was those same communists who took all the Balkans without much effort, took over half of Europe and penetrated without resistance in Central America, South Africa and South Asia.) Soviet diplomacy was endowed with such an attractive ideological plumage that it aroused enthusiastic sympathies among Western progressive society, to which Western diplomats tried to string together some argument with their heads down. (But let us not forget that, once again, Soviet diplomacy did not serve the interests of the people but rather the interests of others, those of the “world revolution”.)

The end, paradoxically, began to approach thanks to the hypocritical and irresponsible “perestroika” Gorbachev.
There were many sensible ways to get out gradually and prudently from beneath the Bolshevik slab. Gorbachev opted for the most mendacious and chaotic way. Mendaz because he wanted to maintain a slightly modified communism at the same time as the privileges of the party nomenklatura. And chaotic because, with the usual Bolshevik foolishness, he coined the motto of an impossible and harmful “acceleration” given the wear and tear of our technology. When the “acceleration” lost its grip, an absurd “socialist market economy” was invented, which resulted in the destruction of productive links and the beginning of a decline in production. Gorbachev accompanied his perestroika of glasnost, a short-sighted calculation to achieve a single objective: the support of the intelligentsia against the reactionary communists of extremist style, who did not want to understand that for them perestroika also offered advantages (a new system of kormushkas). Not even in dreams could he have imagined that at the same time, that glasnost would open the doors wide to all sorts of violent nationalisms.
The Communist Soviet Union was historically condemned, since it was based on false ideas (it was based above all on an “economic base” which ended up ruining). The USSR remained for seventy years flanked by an unprecedented dictatorship, but when it got sick inside there were no bridles to serve.

Today they sincerely regret the disappearance of the USSR not only the recalcitrant bonzes, embedded in their communist ideas, but also many ordinary people deceived by a bombastic “Soviet patriotism”, according to which “the USSR was the heiress of greatness and glory of Russia “,” Soviet history was not a dead end but a legitimate evolution “, et cetera.
As for “greatness and glory”, we have already seen in our historical review at what price and for what other ends we have been living for the last three hundred years. And as for Soviet history, it really was a dead end. And although during the twenties, thirties … sixty and seventy, we were not the ones who governed, who else should now respond to the world for all the perfidies committed? We and nobody else. Let’s emphasize: only the Russians!

The Soviet Empire did not need us and was pernicious: this is a conclusion I reached. The misfortune was not that the USSR disintegrated, that was inevitable. The great misfortune – and future cause of confusion for a long time – is that this disintegration would automatically take place following the false frontiers drawn by Lenin, so that Russia was deprived of entire regions. In a few days we lost twenty-five million ethnic Russians – eighteen percent of the Russians – and the Russian government did not even have courage to denounce this horrible event, this colossal historical defeat of Russia, nor to politically express their disagreement, if only to establish the right to some kind of future negotiation. But not … The opportunity was allowed to pass, in full excitement for the “Victory” of August 1991. (And it was even chosen as Russia’s national holiday the day the RSFSR proclaimed its “independence”, and the day when therefore proceeded to separate also of those twenty five million …)

Respect for minorities must be consolidated with their rights. Are the current leaders and public opinion of Ukraine fully aware of the enormous cultural task that lies before them? Even among the ethnically Ukrainian population there are many who do not know how to speak the Ukrainian or simply do not use it. (Russian is the mother tongue of sixty-three percent of the population, when only twenty-two percent of the population is ethnically Russian, that is, in Ukraine for each Russian there are two “non-Russians” who consider the Russian as a mother tongue!) It will therefore be necessary to find a way for all nominal Ukrainians to speak Ukrainian. And then, evidently, it will be necessary to have the Russians also adopt the Ukrainian (because this will not happen voluntarily). In addition, the Ukrainian language still has not reached the high levels of science, technology and culture. You will also have to deal with that. And even more: you have to turn the Ukrainian into an essential language for international communication. Possibly, all these tasks require more than one hundred years.
An even more stinging imperial blunder has been that of Nazarbayev, 158 by pretending, with the help of the Kazakh minority, to transform the other foreign ethnicities into majorities. (The Russians are being removed from positions of responsibility, the independent existence of the Cossacks in the Urals and Siberia is being pursued, Orthodox churches are being attacked and Kazakh names are being given to Russian populations and even to large cities, five-year leave to learn Kazakh is granted even in regions where ninety percent are Russian, local television broadcasts virtually all programming in Kazakh, although Kazakhs make up only forty-three percent of the population.

Discarding as a principle the recourse to violence and war, we can only contemplate three ways:
1) Methodically evacuate, even if a long term is required, Russians who so wish from Asian countries (Transcaucasia and Central Asia), where probably nothing good awaits them, and resettle them properly in Russia. For those who choose to stay, seek defense mechanisms, either double citizenship or … through the UN? (a rather remote hope).
2) Demand from the Baltic countries a total and strict compliance with European standards on the rights of minorities.
3) Look for possible degrees of integration with Belarus, Ukraine and Kazakhstan in different areas and reach at least “transparent” borders.
And as for us? In recent years our hospitality has been able to find room for forty thousand Meskhetian Turks, evicted from Central Asia and rejected by Georgia, where they had traditionally lived, and for the Armenians of Azerbaijan and, of course, for the Chechens (who are everywhere) , despite being proclaimed independent: even for tad-jikos.

We can not say that we have democracy for the simple reason that no local power has been created alive and without ties. It remains under the control of the local Communist jerifaltes themselves and it is impossible to make themselves heard in Moscow. Our people do not own their destiny, but a toy in their hands. In the provinces people have lost hope: “Nobody thinks of us”, “we do not matter”. And they are right: while the people have done nothing but suffer new hardships, which they had not known until then, the members of the Communist nomenklatura, who have already begun to prepare themselves in Gorbachev’s time, have managed to compose them to be recycled as perfect “democrats”, without the sufferings experienced by the living foundations of the country. (The “sons of papa” of the nomenklatura, breastfed in the privileged institutions of this, have gone directly to direct the country or, if they have preferred it, they have escaped to that same America that their parents execrated, arriving at zapatazos or they are making a hole in the West.) The executive power and the so-called legislative power spent a year and a half in a strenuous struggle to exhaust their strength, and to the shame of the entire country.
The fall of communism should have been the return to the long-awaited (lost since the times of the old Russia) market (when we were communists it was customary to refer to him saying: “Towards the radiant market!”). Gorbachev spent seven years in which this transition could have begun with a reasonable progression, with a resuscitation of the economic fabric from below, with the creation of tiny domestic enterprises that allowed the people to recover strength and heal before moving on to climb more and more steps. But no, from January 1992, they hurriedly launched the project of the Council of Ministers (of the International Monetary Fund and Gaidar). Later the president would remember: “We decided on the fly”, “There was never time to look for the best options”. It was a project not for “the salvation of the people”, but to inflict a hard shock, a project that seems the result of ignorance even in the eyes of the simplest dilettante: “liberalize” prices in a country where there is no competition between producers It is nothing but giving freedom to the monopoly of production so that prices rise as much as they want and for as long as they want.
The most horrible consequence of this absurd “reform” is not even economic, but psychological. The fear of helplessness and uncertainty that have made a dent in the popular masses as a result of the reform of Gaidar and the steady triumph of avid sharks engaged in a non-productive trade (with their insane self-satisfaction, are not ashamed to exhibit their joy even by television) can only be compared with that “slapping of the ruble” that Gleb Uspenski talked about, that the mujik of the post-agrarian reform era was unable to cope with and that put Russia on the road to catastrophe.

Alexander III said: “Russia must belong to the Russians”, but since then our history has matured a hundred years and it would no longer be legitimate to speak like that (or to paraphrase the Ukrainian chauvinists: “Russia for the Russians”). Despite the predictions made by many scholars of humanism and internationalism, the twentieth century has ostensibly reinforced nationalist sentiments around the world. The process continues to gain strength: nations resist attempts to universally homogenize cultures. The national conscience must be respected always and everywhere, without exceptions.
The “Russian problem” is posed in a very clear way: should our people exist or cease to exist? A wave of monotonous and trivial leveling between cultures, traditions, nationalities and characters is spreading throughout the globe. And yet how many oppose it without wobbling and even with pride! But we do not … And if this continues, in a century it will no longer be necessary to erase the word “Russian” from dictionaries.
We are obliged to leave this humiliating and uncertain situation, if not for our own good, at least for our children and grandchildren.
Today we hear only reasoning about economics and it is true that our depressed economy is suffocating us. However, the economy only serves to work with a faceless ethnic mass, while what we need is to also save our character, our popular traditions, our national culture, our historical path.
The Church is the one that has left worse stop after these years of communism and is also undermined internally by three centuries of submission to the State. He has lost momentum to be able to undertake vigorous social actions. Currently the Orthodox creed is being removed from the life of Russia, thanks to the active expansion of foreign confessions and sects, rich in material means, which abide by a “principle of equal opportunities” before the impoverished Russian Church. In short, a new outbreak of materialism, this time “capitalist”, threatens all religions in general.)

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