La tienda de los suicidas — Jean Teulé

Esta breve novela vuelve a ser muy interesante con un humor ácido y donde una familia se dedica a vender no artículos de broma y si de suicidio, desde venenos que se pueden preparar al gusto del consumidor, el seppuku japonés o lo más barato de todo, una bolsa y cinta aislante. Eso sí solo se vende una bala para un usuario y no más.
Su hijo Alan que despide a los clientes hasta mañana tiene su nombre en homenaje a Alan Turing, su hermana Marilyn encuentra su negocio con el beso de la muerte donde existe lista de espera y donde el sepulturero será el elegido.
El negocio será al final cerrado pero se podría poner uno de crepés.
La vida de los Tuvache marcha en orden, atendiendo la tienda por la que han pasado varias generaciones haciendo feliz a la gente (estos nunca vuelven a reclamar que algo no haya funcionado), pero toda esa rutina se estropea cuando nace el pequeño de los Tuvache. Y es que este pequeñín les ha salido rana; nunca en la familia uno de ellos había sonreído y el pequeño Alan no solo sonríe sino que trata de hacer que lo hagan también aquellos que le rodean.
Este es el principio de esta historia corta, prometiendo dosis de humor negro e ingenio. El problema es que la novela podría haber terminado ahí mismo. A partir de la presentación de Alan la historia va decayendo poco a poco hasta hacerse monótona y aburrida y sólo el final (nada sorprendente) consigue encauzar algo una buena idea que termina por convertirse en una historia repetitiva.

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