Leer como un profesor — Thomas C. Foster

Creo que el libro, cuyo título en inglés es: “Cómo leer literatura como un profesor”, debería tener también otro subtitulo: “Cómo escribir literatura como un escritor”.
La verdad es que enseña de forma desenfadada muchos trucos de los escritores y de cómo escribir.
Uno de los grandes regalos de la vida es haber tenido un buen profesor de literatura. Uno de esos que nos enseñan a disfrutar de los libros y a identificarnos con sus protagonistas, que nos quitan el miedo a los clásicos o nos animan a leerlos en cómic, y que nos hacen llegar un mensaje revolucionario: que cada uno puede leer lo que quiera. Thomas C. Foster es uno de esos profesores, un verdadero creador de lectores.

¿Por qué no son redondos todos los personajes?
Una pregunta muy lógica. Y buena. Las razones son sobre todo prácticas, no estéticas. Se crean personajes según hacen falta. Lo único que importa es su utilidad. Los escritores los hacen tan reales como lo requiere la tarea en cuestión. ¿Por qué?
— Primero y principal: foco. Si todos los personajes fuesen elaborados en grado sumo, ¿cómo sabríamos en cuál concentrar la atención? Todo se volvería muy confuso, y si algo sabemos sobre los lectores es que no les gusta nada que se los confunda más de la cuenta.
— Segundo: intensidad de trabajo. Idear una prehistoria para cada personaje, por menor que sea, así como toda una panoplia de atributos, intereses, defectos, fobias y demás sería agotador. Ya bastante cuesta manejarlos como son.
— Tercero: confusión de objetivos. Si el personaje está presente como villano, descubrir que quiere a su madre o tiene un perro puede distraernos de la cuestión central. A menos que le dé un puntapié al perro (o a la madre). Es más fácil conocer a los personajes planos en términos de intenciones y objetivos narrativos, y a los lectores nos viene bien que así sea.
— Cuarto: piensen en la longitud. Casi todo relato se convertiría en una nouvelle, quizá una novela, a fin de dar cabida a los detalles. Toda novela se convertiría en Guerra y paz, y Guerra y paz sencillamente nos aplastaría bajo su peso. Sería una gran pérdida de concisión sin una ganancia correspondiente de información. Tal como hemos visto en el primer punto, la expansión de información sería también una pérdida. Y sin duda coincidiremos en que las obras literarias ya son todo lo largas que queremos que sean.
La distinción entre plano y redondo suena binaria, pero en realidad forma parte de un mismo espectro. Con seguridad, hay personajes completamente planos.
La fórmula contemporánea consiste en el siguiente pensamiento circular: el argumento es el personaje en acción; el personaje es revelado y moldeado por el argumento. Tenemos que reconocer que el personaje es esencial en la literatura dramática y de ficción. Eso incluye a todos los tipos de personajes. Necesitamos personajes planos y redondos, estáticos y dinámicos. En última instancia, todos cumplen un mismo papel: hacer que el cuento o la novela o la pieza avance hasta el final y que el final parezca inevitable. Lo que le sucede a Gatsby debe parecer el único desenlace posible, dado quien es Gatsby y quien es Nick y quien es Daisy. Y Tom y George Wilson y Myrtle Wilson. Se necesita mucha gente para asesinar a un personaje.

Hoy en día Cuento de navidad nos parece una fábula moral y un bonito relato navideño, pero al publicarlo en 1843, en realidad, Dickens estaba atacando una creencia política muy difundida, disimulando sus críticas en la historia de un avaro desgraciado que se salva gracias a la visita de unos fantasmas. En aquella época existía una teoría, heredada del puritanismo de los dos siglos anteriores y promulgada de manera muy contundente por el pensador social británico Thomas Malthus, de que, al ayudar a los pobres o incrementar la producción de comida para alimentar a más gente, se alentaría un aumento en el número de los necesitados, quienes, entre otras cosas, se reproducirían más deprisa para aprovechar los excedentes de alimento. Dickens satiriza el pensamiento malthusiano en la vehemencia con la que Scrooge, el avaro, se niega a saber nada de los pobres, que si prefieren morir de hambre a vivir en un asilo, pues, caramba, «más vale que se apuren a hacerlo, así disminuye el exceso de población». Scrooge lo dice tal cual.

Me encanta la escritura «política». La escritura que se relaciona con las realidades de su mundo —que reflexiona sobre los problemas humanos, inclusive los de los ámbitos social y político, que se ocupa de los derechos individuales y los abusos de los poderosos— puede ser no sólo interesante, sino además sumamente cautivadora. En esta categoría tenemos el Londres mugriento de las últimas novelas de Dickens, las fabulosas novelas posmodernas de Gabriel García Márquez y Toni Morrison, las obras teatrales de Henrik Ibsen y George Bernard Shaw, la poesía de Seamus Heaney sobre el conflicto de Irlanda del Norte y las contiendas feministas de Eavan Boland, Adrienne Rich y Audre Lord con la tradición poética. Toda novela en algún grado es política.

¿Han intentado ustedes escribir una escena de sexo? Lo digo en serio. ¿No? Pues inténtenlo. Por motivos de buen gusto, limítense a miembros de la misma especie y, en pos de la máxima claridad, cíñanse a sólo una pareja de participantes; más allá de eso, no hay restricciones. Déjenlos que hagan lo que quieran. Y cuando hayan terminado, en un día, una semana, un mes, habrán descubierto algo que sabe la mayoría de los escritores: describir a dos seres humanos inmersos en el más íntimo de los actos compartidos es una de las tareas menos gratificantes que pueda imponerse un escritor.
No se sientan mal. Realmente no hay manera. ¿Qué opciones les quedan? Las posibles circunstancias que llevan a dos personas a tener relaciones sexuales son prácticamente ilimitadas. Pero: ¿el acto? ¿Cuántas opciones hay? Pueden describir el asunto de manera clínica, en plan manual de instrucciones (insertar la lengüeta A en la ranura B), pero no existen tantas lengüetas ni ranuras, ni tantas opciones, ya se esté usando el nombre común o el científico. Francamente, no hay gran variedad, con o sin nata batida, y para colmo se ha escrito sobre ello ad nauseam en clave pornográfica.

Hagan suyos los libros que lean. Y los poemas, cuentos, microrrelatos, piezas teatrales, memorias, películas, ensayos creativos y todo el resto. No lo digo en sentido literal, aunque, como persona que se gana la vida gracias a los libros, tampoco me opongo a la idea. A lo que voy es que uno debe adueñarse de sus lecturas. Son propias. Son especiales. No coinciden exactamente con las de ninguna otra persona en todo el mundo. Forman parte de uno mismo tanto como la propia nariz o el propio pulgar. Aprendemos unos de otros cuando leemos y conversamos sobre literatura, y nuestras lecturas cambian de acuerdo con esas conversaciones. Las mías lo hacen, de muchas maneras. Pero eso no quiere decir que abandone mi propio punto de vista, y ustedes tampoco deberían hacerlo.
No cedan el control de vuestras opiniones a los críticos, maestros, escritores famosos o profesores sabelotodo. Escúchenlos, pero lean con confianza y firmeza, y no se avergüencen de sus lecturas ni pidan disculpas por ellas. Ustedes y yo sabemos que son capaces e inteligentes: nadie es quien para deciros lo contrario. Confíen en el texto y en sus instintos. Rara vez se equivocarán.

Existe una tradición poética muy antigua que consiste en agregar una pequeña estrofa, más corta que el resto, al final de un largo poema narrativo o incluso de un libro de poemas. La función variaba de un poema a otro. A veces se trataba de una breve recapitulación o conclusión. Mi favorita era pedir disculpas al poema mismo: «Bueno, librito, no pareces ser gran cosa, pero eres lo mejor que pude hacer. Ahora tendrás que arreglártelas en el mundo como mejor puedas. Adiós». Esta despedida ritual se llamaba envoi (ya he dicho que los mejores términos son franceses, así como los peores), lo que significaba algo así como enviar a alguien en una misión.
Leamos la «gran literatura», por supuesto, pero lean también buenos textos. Muchas de las cosas que más me gusta leer las encontré por accidente revolviendo estantes. Y no esperen a que los escritores mueran para leerlos; a los vivos les vendrá bien el dinero. La lectura tiene que ser entretenida. Lo de obras literarias es sólo un nombre. En realidad, es una forma de juego. Así que jueguen, queridos lectores, jueguen.

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