España Centro Del Mundo 1519-1682 — Robert Goodwin / Spain:The Centre of the World 1519-1682 by Robert Goodwin

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Esta obra es otra de las maravillas que me leo por segunda desde la coronación de Carlos de Gante y la llegada de la Santa María desde las Américas…
Todos los comentarios de la época que se conservan sobre aquel tesoro mexicano empiezan comentando esos dos colosales objetos, ambos de la misma altura que un hombre del siglo xvi, y hechos de los metales más preciosos del mundo. Pero todos se muestran igual de elocuentes con la magnífica artesanía de las muchas piezas de joyería de oro, los exquisitos trabajos con plumas y la belleza de los tejidos, los tintes y los bordados del cargamento de innumerables baúles llenos de telas.
Aquel extraordinario tesoro lo enviaban Cortés y sus hombres como regalo para el recién coronado rey de España, Carlos de Gante. Debe de tratarse del soborno más cuantioso que se ha pagado nunca a un soberano europeo. Aquel soborno era una cuestión de vida o muerte para los colonizadores españoles de México. El gobernador de Cuba le había prohibido expresamente a Cortés que intentara colonizar el continente.
En las ciudades y pueblos de Castilla la Vieja, la España profunda, había una disconformidad generalizada y manifiesta contra el rey. Carlos había usurpado la corona de su propia madre: hacía tiempo que Juana la Loca venía manifestando síntomas de una excentricidad perturbadora, pero ahora Carlos venía a avalar el diagnóstico de que su madre estaba loca y era incapaz de gobernar; y se aseguró de que permaneciera bajo arresto domiciliario en la localidad de Tordesillas.
Carlos se había criado en Flandes, en los Países Bajos del norte de Europa, no hablaba español, y había concedido los cargos más lucrativos y de mayor poder a sus consejeros extranjeros; los que le habían visto en persona decían que era un joven feo y de piel cetrina, con una mandíbula prominente que provocaba que tuviera la boca permanentemente abierta; hablaba muy despacio, incluso en francés, su lengua madre; era incapaz de comer sin babear. A muchos les parecía que Carlos encarnaba justamente la debilidad mental que él mismo había utilizado para desacreditar a su propia madre. El preferido era su hermano Fernando.

En una época profundamente religiosa, hubo una gran indignación entre los colonizadores; pero el mensaje moral fue calando lenta e implacablemente en la conciencia de Bartolomé de las Casas. A lo largo de los años siguientes decidió renunciar a sus propias encomiendas y buscó la sabiduría espiritual en la Orden de los Dominicos. Decidió llevar el cristianismo a América por el procedimiento de evangelizar pacíficamente a los indios.
Y en 1519 Las Casas llevó dos sencillos mensajes a Carlos y a sus ministros: que las prácticas coloniales en las Américas eran profundamente inmorales, y que él podía ofrecer una alternativa cristiana.
Carlos se dispuso a visitar de inmediato las dos ciudades cruciales de Burgos y Valladolid, en el corazón de Castilla la Vieja, en un intento de apaciguar a sus súbditos; pero, en vez de convocar a las Cortes en una de esas dos ciudades o en cualquier otra de las inmediaciones, ordenó a los procuradores que se reunieran en el mes de marzo en Santiago de Compostela, en la remota Galicia, en el extremo noroeste de la Península. Era el viaje más largo y complicado que pudieron idear los consejeros flamencos de Carlos, que estaban convencidos de que iba a resultar más fácil amenazar y sobornar a los procuradores a tan inmensa distancia de sus revoltosas circunscripciones. Pero una leyenda decía que si alguna vez las Cortes se reunían en Santiago, Castilla sufriría grandes calamidades. Carlos estaba incumpliendo otra tradición consagrada, y por todo el reino la decisión fue acogida con renovada ira.
La población de Toledo estaba especialmente furiosa porque Guillaume de Croy, sieur de Chièvre, el gran chambelán flamenco de Carlos, había nombrado arzobispo de Toledo, el cargo eclesiástico más importante de Castilla, a un sobrino suyo, adolescente, con lo que se aseguraba que los ingresos de una de las sedes episcopales más prósperas de la cristiandad fueran administrados por un familiar suyo.
El 20 de mayo, Carlos zarpó hacia Inglaterra. Dejó a su antiguo tutor, el cardenal Adriano de Utrecht, como gobernador de España, agravando el distanciamiento de las grandes familias aristocráticas, que naturalmente estaban convencidas de que el gobierno del reino era asunto de ellas.
Carlos tenía que enfrentarse a un temible dilema: por un lado, había jurado defender a sus súbditos alemanes, que ahora eran cada vez más partidarios de la Reforma; por otro, había jurado defender la Fe y la Iglesia. Iba a necesitar las artimañas de un torero para domar aquella peligrosa fiera, pero, por supuesto, Carlos no era español.
El 18 de abril, Lutero defendió su causa ante el emperador, y en público; habló largo y tendido, repudiando la autoridad del papa y de los concilios de la Iglesia, y por el contrario depositando la fe en las Escrituras y en la palabra de Dios, para concluir diciendo que «No puedo ni quiero retractarme de nada, pues no es prudente ni está en mi mano obrar en contra de mi conciencia. Que Dios me ayude, amén».
A partir de septiembre de 1520, la pequeña ciudad de Tordesillas se convirtió en la sede del único gobierno efectivo, aunque limitado, que había en Castilla, porque los patriotas comuneros querían guardar la apariencia de legitimidad que les otorgaba el aparente apoyo de la reina Juana. La Junta escribió una larga carta a Carlos, donde le daban su versión del conflicto y justificaban sus actos, y esa carta le fue entregada en Alemania. A modo de respuesta, los comuneros se enteraron de que Carlos había encarcelado a su cartero.
Cuando Carlos V desembarcó en Santander el 16 de julio de 1522, con un séquito que incluía a 4.000 soldados alemanes, por si acaso los comuneros daban síntomas de recuperación, en realidad volvía a un reino en paz, sobre el que se había restablecido la autoridad real. Carlos, muy consciente de la importancia económica de las ciudades castellanas para su monarquía, fue magnánimo pero circunspecto en la victoria: veintitrés rebeldes fueron ejecutados antes de que el rey firmara un indulto general, del que quedaron excluidas otras 296 personas; algunas habían huido, otras fueron castigadas, en algunos casos con la confiscación de sus bienes; todos salieron perdiendo económicamente. Pedro Laso huyó a Portugal en cuanto regresó el rey, y «bien parece que le ayudó y socorrió la Reina del Cielo», decía Oviedo, «porque, a la verdad, si él fuera tomado, las mismas [ex]equias se le hicieran que se celebraron con Juan de Padilla».
La Alhambra se convirtió en el coto privado de la deslumbrante corte internacional de Carlos, formada por políticos poetas, diplomáticos filósofos y aristócratas artistas, una élite intelectual que refractaba en todas y cada una de sus facetas la brillantez del Renacimiento.

«Vuestra Majestad necesita un gran número de jueces en sus reinos», le aconsejaban las Cortes a la emperatriz Isabel en 1532. «Los pleitos han aumentado tanto que es imposible resolverlos con la rapidez que convendría, lo que da lugar a tantas costas y a tantos problemas para los litigantes que a menudo ambas partes gastan mucho más que el importe del pleito, y acaban completamente arruinados, mientras que los abogados, procuradores y notarios se hacen ricos».
Tras la rebelión de los comuneros, empezó a producirse una serie de cambios sociales y económicos fundamentales a una velocidad desconcertante, al tiempo que llegaba dinero de las Américas: se producía un boom en el comercio, la deuda pública y privada aumentaba vertiginosamente, la población crecía rápidamente, y la gente se movía más y migraba hacia las nuevas tierras agrícolas y los crecientes núcleos urbanos. Tanta actividad económica y tanta agitación social dieron lugar a una amplia gama de disputas sobre la tierra, la propiedad y los contratos. Pero, lo que es de crucial importancia, mientras que antiguamente los españoles habían recurrido con suma facilidad al conflicto armado para dirimir sus diferencias, lo que permitía que los mayores aristócratas que tenían los ejércitos privados más numerosos gobernaran sus posesiones como feudos particulares, los castellanos empezaron a depositar su confianza en la Corona, recién investida de grandes poderes, y en vez de ir a la guerra acudían a los tribunales. Tal vez el avance más extraordinario de la negociación en curso entre Carlos y las ciudades tras la rebelión de los comuneros fue la reforma del sistema judicial y el establecimiento de tribunales presididos por unos jueces que en gran medida eran designados en función de su mérito y que tenían una buena formación en derecho.

En 1548, Carlos había empezado a allanar el camino para la sucesión de su hijo enviándole una carta secreta llena de detallados consejos sobre cómo gobernar un imperio tan inmenso. Pero a Carlos le preocupaba que Felipe también necesitaba ver por sí mismo los reinos que iba a heredar en Italia y en el norte de Europa, y, lo que era igual de importante, quería que los futuros súbditos de Felipe vieran al heredero del emperador. Así pues, empezó a planear para Felipe un gran recorrido por Italia, Alemania y los Países Bajos. Pero antes ordenó la completa reorganización de la casa de Felipe, hasta entonces castellana, conforme a la más suntuosa tradición borgoñona de los Habsburgo, que le resultaría más familiar a sus súbditos del norte; y, en una jugada profundamente maquiavélica, organizó el matrimonio de la infanta María con Maximiliano, el hijo de Fernando: ese matrimonio permitía que Maximiliano actuara como regente en España durante la ausencia de Felipe, y al mismo tiempo apartaba a Maximiliano del centro de las negociaciones familiares por la sucesión imperial.
Los castellanos se enfurecieron por ambas cosas.
En 1556, el emperador Carlos V se retiró al muy humilde monasterio jerónimo de Yuste, situado en los hermosos bosques de la Vera, donde tantas veces había ido a cazar desde Valladolid. A menudo almorzaba con los monjes, y se pasaba los días disfrutando de los jardines del monasterio y enredando con su colección de relojes; Carlos, un experto relojero, era capaz de desmontar y volver a montar aquellos instrumentos sumamente complejos de la más moderna tecnología. Pero, como había engordado tanto que no cabía entre las mesas del refectorio de los monjes, a veces se abandonaba a su terrible gula, y se atiborraba de salchichas, de jabalí, de jamón, de bacón, de trufas, cerezas, fresas y nata. Se prodigaba en su gran afición por el pescado, y desde Lisboa le enviaban platijas y lampreas, lenguados y ostras en escabeche, arenques y salmón ahumados, y en una ocasión su médico, el doctor Quijada, tuvo que disuadirle de que se comiera un barril de anchoas que se habían podrido durante el trayecto. Pero, a pesar de sus ataques de buen apetito, Carlos era un hombre moribundo, y durante el verano de 1558 se puso enfermo en los jardines…

Al monasterio-palacio de El Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, el edificio más emblemático del Siglo de Oro español, es mejor llegar por la vieja carretera de Ávila, que serpentea por entre los remotos pinares de una meseta, para después descender espectacularmente hasta la cuenca de un amplio valle. El enorme edificio está enclavado en un pliegue al pie de las montañas. El Escorial es el impresionante y muy personal ensayo de Felipe II sobre la grandeza de Dios, sobre el esplendor de los Austrias, sobre los milagros del Imperio y sobre la centralidad de Castilla, y todavía percibimos que la autoridad regia del monarca nos insta a leerlo. Fue un monasterio, una biblioteca, una galería de arte, un depósito de miles de reliquias sagradas, un museo ecléctico con una colección de curiosidades, un jardín botánico repleto de plantas procedentes de todos los rincones del mundo, un palacio real, un lugar de retiro personal y un mausoleo familiar, y a menudo cumplía la función de sede del gobierno, porque para Felipe era como su casa. En El Escorial, la información, el conocimiento y el poder convergen en el corazón espiritual del Imperio de Felipe II.
Ningún otro edificio ha estado tan íntimamente ligado a la personalidad de un gran gobernante como El Escorial.
El día de San Lorenzo de 1557, sobre el campo de batalla de San Quintín, Felipe supuestamente juró construir un gran monasterio para dar gracias al Señor por su decisiva victoria sobre los franceses. Pero la propia carta fundacional de El Escorial afirmaba que el cometido principal del edificio era como mausoleo familiar, donde poder honrar a los muertos de una dinastía. Felipe estaba decidido a que sus hermanos, sus tías y su primera esposa, María Manuela, fueran enterrados junto a sus padres, Carlos e Isabel. A su debido tiempo, él mismo se reuniría con ellos.
Es casi seguro que fue María de Hungría quien despertó la obsesión de Felipe por El Bosco, un pintor poco conocido, nacido en 1453 en ‘s-Hertogenbosch, en los Países Bajos, que, en palabras de un importante crítico de arte español del siglo xvi, «No niego que no pintase extrañas efigies de cosas […]. Pinturas que muestran las costumbres y afectos de los ánimos de los hombres […]. Esto que Hyerónimo Bosco hizo con prudencia y decoro, han hecho y hacen otros sin discreción y juicio ninguno». Los cuadros de El Bosco, deliciosamente horribles, han contribuido más que los de cualquier otro artista a dar color a nuestra moderna idea popular de la vida cotidiana en la Edad Media. Pero sus narraciones morales, perturbadas y perturbadoramente fantásticas, fascinaban de una forma especial a Felipe, porque le suministraban un conjunto de útiles imágenes que él podía comparar con el mundo; eran una piedra de toque para su fe. Él tenía el jardín de las delicias en el Escorial.
Su pintor fue Tiziano. El realismo de Tiziano debió de facilitarle las cosas, y a partir de 1556 el pintor trabajó casi exclusivamente para Felipe, que le pagaba la astronómica asignación de 500 ducados al año. Pero también era una relación personal: Tiziano había sido el pintor de su padre, y según la leyenda, mientras trabajaba en un retrato de Carlos V, a Tiziano se le cayó el pincel, y el emperador lo recogió. Al verlo, Tiziano se arrodilló ante él diciendo: «Señor, un sirviente vuestro no se merece semejante honor», a lo que Carlos contestó: «Tiziano es digno de que le sirva César».
Felipe entendía claramente que para que funcionara su burocracia centralizadora necesitaba que personas inteligentes, perspicaces y decididas fueran sus ojos y sus oídos por todo el mundo. Ese fomento real de la búsqueda de la información y su evaluación formaba parte de una cultura de la indagación mucho más amplia en aquella época, cuyo mejor ejemplo sea tal vez el gran historiador jesuita José de Acosta, cuya Historia natural y moral de las Indias, publicada en 1590, contiene una brillante descripción de América y los americanos. Sin embargo, la burocracia de la Corona era celosa con la información sobre el Nuevo Mundo, ya que, por ejemplo, se apropió de la meticulosa historia de la cultura azteca recogida por Bernardino de Sahagún en su famosa Historia general de las cosas de la Nueva España, también conocida como Códice Florentino, un hermoso manuscrito lleno de vívidas ilustraciones realizada por artistas indios, junto con un comentario bilingüe en español y en náhuatl, la lengua de los nativos. Auque en un principio Felipe ordenó la confiscación del manuscrito porque documentaba las supersticiones paganas de los indios, una vez que tuvo el códice en sus manos claramente lo apreció tanto por su contenido.
Felipe inventó una moda al llevar a El Escorial tantos artistas de Italia, lo que dio lugar una autopista cultural que iba a aportar una riqueza estética incomparable a España. El Greco fue el mayor genio que hizo ese viaje y, aunque «desde cualquier punto de vista» su carrera «sea una de las más extrañas en la historia del arte», se convirtió en uno de los más famosos pintores asociados con España. Y Berruguete le hizo comprender la espiritualidad española.

Santa Teresa de Ávila, «la mujer más grande de la historia de España», era una de aquellas monjas, que empezó a escribir sobre sus experiencias espirituales porque le preocupaba que sus plegarias fueran presa del diablo. Teresa destaca entre el puñado de excepciones a esa norma del silencio femenino, una mística enferma crónica que ha alcanzado grandeza eterna como santa patrona de España gracias a su inquebrantable lucha por fundar conventos, a su profunda espiritualidad y a su ascetismo, y a su gran accesibilidad para con los demás, tanto como persona durante toda su vida, como en sus escritos. Dio forma a una maravillosa mitología para ella misma en su autobiografía, Vida de santa Teresa de Jesús, que escribió en su vejez, y donde echaba la vista atrás sobre toda una vida de servicio a Dios y a la Orden de las Carmelitas. Teresa, una muchacha de convento con don de gentes, creía que, cada vez que oía un trueno, Dios se estaba comunicando con su alma.
La Inquisición fomentó una distinción entre cristianos viejos y nuevos que avivó la obsesión de los españoles con la «limpieza de sangre». Quienes pudieran demostrar que ninguno de sus antepasados conocidos había sido converso se comportaban como si su linaje étnicamente puro casi les confiriese un estatus de nobleza, provocando una gran brecha con los vecinos de los que se sabía a ciencia cierta que descendían de judíos. A partir de mediados del siglo xv, un puñado de instituciones influyentes empezaron a excluir a los cristianos nuevos, sobre todo a los descendientes de personas condenadas por la Inquisición, fomentando una cultura cada vez más devota al acto de documentar la limpieza de sangre ante notario. Era especialmente indicada para los hombres de orígenes humildes que habían ascendido a un cargo de poder e influencia, porque la pobreza de sus orígenes frecuentemente implicaba que se sabía poco de su ascendencia, de modo que su afirmación de que eran cristianos viejos a menudo era irrefutable. La pureza de sangre confería una sensación de identidad como cristiano viejo casi nacionalista, que daba ventaja a los campesinos advenedizos frente a sus competidores conversos a la hora de conseguir una plaza en la universidad, un cargo en el gobierno y un puesto en el seno de la Iglesia. Incluso les concedía cierta capacidad de presión sobre la nobleza superior, y sobre todo sobre las principales familias aristocráticas, ya que en todas ellas había casos de matrimonios con conversos.
Así pues, la limpieza de sangre tenía numerosos adversarios poderosos e influyentes que eran conversos, como Diego de Castilla y Bartolomé de Carranza, pero también otros que eran destacados cristianos viejos, como los hijos del duque del Infantado, Pedro González de Mendoza y Álvaro de Mendoza. En 1565, el papa condenó el concepto por ser contrario al derecho canónico, mientras que la mayoría de los españoles, incluido el propio Felipe II, a menudo hacían caso omiso de los estatus institucionales o locales de limpieza.
La persecución de los luteranos en España obedecía, por supuesto, a la consternación de los Austrias ante la difusión del protestantismo por el norte y el centro de Europa, y al temor de que España se contaminara. De hecho, la noticia de las células españolas animó a los reformadores extranjeros, y aproximadamente durante la década siguiente se descubrieron muchos y grandes cargamentos de libros de contrabando con destino al corazón de Castilla la Vieja en los puertos de la costa de Vizcaya y en otros lugares; tan solo podemos suponer que muchos otros cargamentos pasaron sin ser detectados. En España había muchos extranjeros empleados en el manejo de las imprentas. Cayeron inmediatamente bajo sospecha, y se identificó toda una red de impresores herejes.
Pero la ironía más misteriosa y terrible en esa persecución paranoide contra los protestantes es que aparentemente la mayoría eran conversos. Juan Martínez Siliceo, el vehemente e intolerante arzobispo de Toledo a finales de la década de 1540, había despotricado con absoluta seriedad diciendo que «casi todos los herejes luteranos de Alemania eran descendientes de judíos», y de sus palabras se hizo eco el mismísimo Felipe II una década después. Por muy absurdo que pueda parecer, ese insulto retórico asume una significación profundamente siniestra cuando nos enteramos de que Siliceo también afirmaba que «casi todos los párrocos de su [propia] archidiócesis [Toledo] eran [también] descendientes de judíos».

«La gran ciénaga de Europa», era como llamaba a los Países Bajos un cáustico comentarista inglés del siglo xvii, pero a continuación describía un lugar donde «el oro es más abundante que las piedras» «¿Qué es lo que no abunda? Ellos hacen suyos con su industria todos los frutos de la inmensa Tierra. Incluso sus canallas valen como un millón de los nuestros, porque ellos, por su bulliciosa tosquedad, pueden trabajar, y vivir y esforzarse, mientras que los nuestros prefieren holgazanear hasta caer en la pobreza; e igual que los repollos que se dejan fuera durante el invierno, se pudren en la aberración de una pereza nauseabunda».
Los extranjeros siempre se maravillaban ante la riqueza de los holandeses, muy trabajadores y con grandes dotes para el comercio. Pero el inglés se mofaba de una nación igualitaria de arribistas satisfechos de sí mismos, donde «los blasones abundan tanto como escasea la aristocracia. Cada uno es su propio heraldista; y el que tiene el ingenio suficiente para inventarse un escudo de armas, puede presentarlo como el suyo». Esa queja podría estar emparentada con el estereotipo del hidalgo español, que prefiere la pobreza al trabajo, el honor al comercio, y vive obsesionado por la pureza de sangre. Y lo que es peor, Flandes parecía un territorio heterodoxo por naturaleza, tan llano que «ofrece a la gente una ventaja frente a todas las demás regiones: si mueren en pecado, están a un nivel tan bajo que el viaje al infierno es más corto […]. Y es posible que por eso se agolpen juntas todo tipo de religiones extrañas». La actitud permisiva de los holandeses con la fe acabaría poniéndoles constantemente en total desacuerdo con los ortodoxos españoles hasta 1648.
Pero los Países Bajos eran vitales para la economía española: más de las tres cuartas partes de la lana castellana, la única exportación española de relevancia, se vendían allí. Y era un reino de inmensa importancia para los Austrias. El padre de Felipe había nacido en Gante y su abuelo en Brujas. Felipe era descendiente de los duques borgoñones de la gran Casa de Valois, cuyo linaje se remontaba a los reyes capetos de Francia. Desde una edad muy temprana, Felipe estuvo imbuido de un profundo orgullo por esa descendencia directa de una dinastía legendaria que encarnaba el espíritu virtuoso y belicoso de los príncipes medievales. Resultó ser una herencia envenenada.
La famosa familia Fugger de Augsburgo eran los pesos pesados de la banca de principios del siglo xvi, y se dedicaban a pedir dinero prestado por toda Europa a unos tipos de interés relativamente bajos, para prestarlo en el lucrativo mercado de la ciudad flamenca de Amberes. Su capacidad para acumular dinero real, oro, plata y moneda en los centros estratégicos de las operaciones militares de Carlos V les permitieron dominar el mercado de deuda soberana de los Austrias. Sus letras de cambio, sus «billetes bancarios» se consideraban tan fiables que la gente empezó a tratarlas como si fueran de oro o plata; se convirtieron en una divisa. Pero los Fugger y los demás banqueros alemanes, estaban cartografiando, en sus libros de contabilidad, un viaje de descubrimiento monetario de un lado a otro de un océano inexplorado de incertidumbre financiera. Se expusieron demasiado al riego de los préstamos a Carlos, y se vieron gravemente perjudicados por las ocasionales reorganizaciones forzosas de su deuda, de modo que los alemanes, reacios a los riesgos, redujeron su participación.
La Corona española pedía prestado básicamente de dos formas. La piedra fundacional de la deuda soberana eran los «juros», una gama de bonos del gobierno titulizados de una forma u otra, con un tipo de interés garantizado a lo largo de la vida del préstamo. El interés empezó a estar cada vez más vinculado a alguna fuente específica de ingresos, ya fuera una retención sobre la alcabala, un impuesto al consumo que se pagaba en Castilla por la sal, el vino y otras materias primas, o sobre las rentas que se pagaban por determinadas fincas de la Corona, y el cobro de la deuda a menudo era responsabilidad de los propios bancos. Después estaban los «asientos», un apabullante caleidoscopio de deuda fluctuante que habitualmente se negociaba ad hoc a fin de financiar un proyecto en particular o una campaña, por la que la Corona pagaba un elevado tipo de interés en un plazo relativamente corto, después del cual los acreedores habitualmente consolidaban los asientos en juros.
Hasta la década de 1560, los banqueros que prestaban dinero a la Corona lo hacían en gran medida de su propio bolsillo. Pero en un mundo inundado de dinero, los genoveses estaban dispuestos a pedir prestada la máxima cantidad de dinero posible a los comerciantes, a los mercaderes, a los nobles, a los granjeros e incluso a los campesinos de toda Europa que estuvieran dispuestos a prestárselo. A continuación encontraban todo tipo de formas de rentabilizar ese dinero, pero la Corona española siempre fue el principal cliente, que impulsaba el mercado de la deuda en su conjunto.
El ingenio de los genoveses para expandir el mercado de la deuda soberana española permitía a Felipe II mantener sus ejércitos en el campo de batalla y llevar adelante sus guerras contra los franceses, los holandeses y los turcos. Pero el coste de sus operaciones militares excedía ampliamente de lo que él se podía permitir: entre 1571 y 1575, el gasto en Europa superó los dieciocho millones de ducados, mientras que los ingresos totales de la Corona en Castilla, incluidos el oro y la plata en lingotes y los ingresos por impuestos de las Américas, ascendían a entre cinco y seis millones.
Los Austrias jamás habrían podido intentar someter a los Países Bajos, ni habrían podido hacerlo durante ochenta años, sin los efectos revolucionarios del tesoro americano en las finanzas españolas. Pero los holandeses tampoco habrían llegado a ser una nación comerciante tan acomodada de no haber sido por los efectos revolucionarios del tesoro americano en la economía europea.

Cervantes, fue una época que cambió su vida. Los teatros volvieron a abrir tras un periodo de luto por la reina, revitalizando la vida bohemia de Madrid y Sevilla. La cultura literaria prosperaba, las tasas de alfabetización crecían rápidamente, llegando al 50 por ciento o más en algunos centros urbanos importantes, de modo que las ventas de libros iban en aumento, lo que atraía a los impresores extranjeros a Madrid, siguiendo los pasos del famoso Cromberger de Sevilla (que publicó el relato oficial que escribió Cortés de México), y fomentando la importación de obras en castellano impresas en el extranjero. Las carreteras y las ciudades de España eran presa de la palabra escrita, ya fuera leída en silencio en el hogar o en voz alta en las tabernas, en las posadas de los caminos o en los salones literarios.

Algo más que una disputa por la riqueza colonial y el libre comercio, o por la piratería. El capellán de Drake clamaba contra «la venenosa epidemia de papismo […] en la que se fomenta entre los indios no solo la prostitución, (entre otras virtudes españolas parecidas), sino también la indecencia de Sodoma». Con las palabras de Bartolomé de las Casas, publicadas por toda Europa, resonándole metafóricamente en los oídos, otro pirata inglés acusó a los católicos de no predicar «otra cosa que la avaricia, la rapiña, la sangre, la muerte y la destrucción a esos indios desnudos y mansos como corderos». El conflicto se veía cada vez más polarizado por la mutua intolerancia religiosa, y aunque es posible que Felipe II descontara la destrucción de Santo Domingo como un coste inevitable del Imperio, su devoción no le permitía aceptar la profanación de las iglesias y de las imágenes sagradas por una nación hereje de la que una vez fue rey.
Huelga decir que sería una exageración sugerir que la Armada Invencible se formó por culpa de los éxitos de sir Francis Drake. Pero Drake, con su irresistible simbolismo, encarnaba en un solo personaje muchas de las fuerzas geopolíticas que tanto abrumaban a Felipe II. En 1585, la reina Isabel de Inglaterra extendió su protección oficial a los rebeldes holandeses, y envió tropas y comandantes experimentados para ayudarles. Esa escalada de tensión internacional coincidió con el viaje provocativamente agresivo de Drake a España y a las Indias españolas. Ese mismo año, Isabel aprobaba el plan de sir Francis Walsingham para «fastidiar al rey de España», que consistía en la destrucción de la industria pesquera española en Terranova. La ejecución de María Estuardo, reina de los escoceses, el 18 de febrero de 1587, fue el catalizador para la acción, ya que su muerte permitía a Felipe reclamar para sí el trono de Inglaterra. El 2 de abril de 1587, Drake zarpó rumbo a Cádiz, «para chamuscarle las barbas al rey de España». Enarbolando las banderas holandesa y francesa, entró en el puerto y destruyó por lo menos treinta barcos, antes de que el duque de Medina Sidonia pudiera congregar a las fuerzas de defensa españolas. «Su audacia es intolerable», le decía Felipe en una carta al marqués de Santa Cruz.
Los expertos modernos cuestionan que Lope participara de verdad en la expedición de la Armada.
El 29 de julio de 1588, la Armada avistó la península de Lizard. Al amanecer del 31 de julio, los españoles avistaron el cuerpo principal de barcos ingleses que se dirigía directamente contra ellos bajo el mando directo del lord almirante Howard. La Armada siguió navegando en una formación rígida parecida a la que se utilizó en Lepanto, con un bastión central flanqueado por dos «cuernos» maniobrables. Los hombres se preparaban para el combate, entre ellos tal vez Lope de Vega, con su hermano Francisco a su lado, a bordo del galeón San Juan.
Los primeros en entrar en combate eran siempre los artilleros que manejaban los grandes cañones, y que no podían disparar más de una o dos andanadas en el momento en que las galeras y los galeones se abalanzaban torpemente sobre un barco enemigo. Como en Lepanto, el objetivo era inmovilizar los barcos ingleses con garfios y abordarlos.
La derrota de la Armada ha sido convincentemente explicada como una consecuencia de la mayor destreza de los barcos ingleses, y de su muy superior poder de fuego, en gran parte debido a que tenían mejores cureñas, que permitían una recarga mucho más rápida. El relato del sobrecargo nos da una buena sensación de cómo, durante la batalla, los ingleses simplemente machacaban a la Armada desde cierta distancia, más o menos hasta que se les acababa la munición, mientras que los españoles permanecían inmóviles, tapando los agujeros. Pero, en realidad, la batalla de Calais fueron unas tablas entre un puñado de barcos, mientras que el resto de la Armada había huido. A la hora de la verdad, los españoles no fueron derrotados por los ingleses, sino por el tiempo.
El 9 de agosto el viento cambió de dirección, sacando a los barcos españoles de los bajíos y empujándolos hacia las tormentosas aguas del mar del Norte. Los ingleses iban tras ellos pero siempre que Howard concentraba sus barcos para un ataque, Medina Sidonia aminoraba la marcha para enfrentarse a ellos, y los ingleses vacilaban. Los españoles siguieron rumbo al norte, hacia aguas escocesas; arrojaron por la borda sus asnos y sus bueyes para aligerar la carga, pero la Armada seguía estando más o menos intacta. Sin embargo, cuando la flota entró en aguas del Atlántico norte, los barcos dañados empezaron a dispersarse; algunos se fueron a pique y otros buscaron refugio en la costa irlandesa, donde las tropas inglesas masacraron a los soldados y marineros sin graduación, y, como si fueran piratas berberiscos, tomaron como rehenes a los oficiales para posteriormente pedir un rescate.

Cuando falleció Felipe II, el 13 de septiembre de 1598, Castilla seguía sintiéndose poderosa, pero empezaban a elevarse voces de disensión y duda en las tabernas. Aquellas preocupaciones se inscribían en un nuevo tipo de literatura política escrita por los comentaristas denominados «arbitristas», que, casi como los blogueros de hoy en día, ofrecían consejos y críticas sociales y políticas a la Corona en largos tratados que se imprimían para el consumo del público en general. Ante la incertidumbre de un nuevo siglo y de un nuevo soberano, los reinos de España entraron en un estado de trance y de duelo festivo. En el interior de la cavernosa catedral de Sevilla los carpinteros y estucadores erigieron un monumento enorme pero provisional, que llegaba hasta el techo, formado por sucesivas capas de extravagancia barroca. Los más grandes poetas y pintores aportaron sus versos y sus imágenes. Cervantes, que finalmente había restablecido su buen nombre y había salido de la cárcel, añadió su propio tributo a aquella estructura efímera, que parecía simbolizar la terrible caída de España desde la grandeza hasta un averno de grandiosas pretensiones y de obsesión por las apariencias.

Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla,
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y nobleza!
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.
Esto oyó un valentón y dijo: «Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado,
Y el que dijere lo contrario, miente».
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

En 1600, la economía colonial de las Indias se basaba casi exclusivamente en la exportación de metales preciosos a España, a cambio de vino, aceite de oliva, granos, herramientas, ropa, esclavos africanos, papel, tinta, cuadros, los barcos necesarios para transportarlo, y todo ello se importaba de la metrópoli. Pero la economía colonial dependía de la mano de obra y de la agricultura indias, en la que participaba a través del sistema de encomiendas, por el que los grupos sociales y políticos de los indígenas americanos se reorganizaron para que pagaran un tributo a los señores españoles. A medida que iba creciendo el sector minero, aquella economía híbrida colonial e india americana fue expandiéndose. De modo que, en 1650, aproximadamente 160.000 personas vivían en Potosí, el gran centro minero del Virreinato del Perú, donde había una tal concentración de mineral que casi era posible extraer la plata con una cuchara de palo.
Pero el acontecimiento más importante, con diferencia, de la historia de la América española fue la destrucción casi total de las poblaciones indígenas y de sus culturas. Muchas de ellas fueron masacradas por los conquistadores, algunas fueron explotadas hasta morir trabajando en las minas de plata y en las refinerías de azúcar. A raíz de la terrible mutilación de sus tradiciones y de su cultura, muchos indios perdían las ganas de procrear; muchos de ellos morían de desesperación, de alcoholismo o se suicidaban. Algunos debieron de huir a las zonas no controladas por los españoles, otros tenían hijos con los europeos o los africanos, y por ello sus descendientes pasaban a formar parte de la sociedad de castas. Pero la inmensa mayoría fue exterminada por las enfermedades traídas por los europeos, como la viruela, el sarampión, el tifus, la peste…

Ese espíritu contradictorio y más bien confuso con el que los españoles empezaban a dudar de sí mismos incluso en el momento en que el Imperio alcanzaba su máxima extensión dio lugar a numerosas teorías del declive. Algunos lo achacaban a un ciclo socioeconómico natural de los imperios, a veces expresado como el inevitable envejecimiento de un cuerpo político que poco a poco iba degenerando en una decadencia geriátrica. González de Cellorigo, en su valoración final, llegaba a la conclusión de que «las causas por que vemos el Reino acabado, las rentas reales caídas, los vasallos perdidos, y la república consumida, es el abuso y depravada costumbre que se ha introducido en estos Reinos: de que el no vivir de rentas, no es trato de nobles».
Ello, se lamentaba, era posible gracias a los intereses que pagaba la Corona por sus bonos y juros, pero la raíz del problema era que el trabajo y el comercio se consideraban deshonrosos para un noble en una nación obsesionada por el honor y la nobleza. Por el contrario, la Corona, apuntaba, debería instar a sus súbditos, ricos o pobres, nobles o plebeyos a trabajar, y apuntaba que «conviene remediar el abuso del holgar por todos los medios posibles, y entre otros con dar orden en la gente perdida y ociosa de la república».

La expulsión de los moriscos siempre se ha considerado un ejemplo emblemático de la malvada estupidez del gobierno de Felipe III bajo el liderazgo del duque de Lerma, pero también como prueba de su potencial de eficacia. Desde la caída de Granada, el último principado islámico en España, en manos de los Reyes Católicos en 1492, los súbditos de los territorios recién conquistados, junto con la población musulmana residual del resto de España que subsistía desde las fases anteriores de la Reconquista, eran vistos con gran recelo por una minoría de españoles. En 1502 hubo algunos intentos de obligar a los musulmanes a elegir entre convertirse al cristianismo o marcharse de España, pero la medida no se aplicó eficazmente, y en muchas zonas se les permitió seguir practicando el islam a cambio del pago de un impuesto. La Inquisición estaba distraída con su obsesiva persecución contra los criptojudíos y los protestantes, la Corona se mostraba apática, y los aristócratas protegían a sus vasallos más valiosos al margen de su religión. En Aragón y en Valencia incluso los tímidos intentos de homogeneización religiosa que se realizaban en Castilla se pospusieron oficialmente hasta la década de 1520. Sin embargo, muchos se habían convertido, con distintos grados de sinceridad, a menudo gracias al tipo de catecismo muy imperfecto.
La comunidad morisca desarrolló una identidad caleidoscópica, distinta de un lugar a otro, de una persona a otra, y siempre cambiante según el punto de vista de cada cual sobre su cultura y su sociedad. Para Sancho y para Ricote, la religión claramente tiene escasa importancia en comparación con su sensación común de identidad por el hecho de provenir del mismo lugar y de que cada uno de ellos supiera a qué se dedicaba el otro y conociera a su familia. Los moriscos eran históricamente españoles, estaban unidos a la tierra de sus antepasados, como se lamenta Ricote. De hecho, muchos de ellos eran descendientes de unos antepasados que habían vivido en la España visigótica antes de la llegada de los moros, en 711. Aquellos viejos moriscos a menudo reciben el nombre de mudéjares, y estaban tan arraigados en las tierras de Iberia como sus vecinos cristianos.
Sin embargo, la amenaza de los turcos otomanos desató una gran paranoia; se temía que los moriscos ayudaran al infiel, y se levantaron voces fuertes y poderosas contra ellos.
En última instancia, la expulsión puede interpretarse como un experimento al límite de la autoridad soberana y del poder de la Corona, cuyos resultados son la prueba del alcance y de la fuerza o debilidad de la administración. Antiguamente se pensaba que el éxito de la expulsión era una prueba de la sólida eficacia de la administración del duque de Lerma y del poder abrumador de la monarquía. Pero ahora está claro que, por lo menos en Castilla, para los aristócratas poderosos como Salinas y sus vasallos, el gobierno central era «un fastidio lejano que había que apaciguar a ser posible». La realidad era que «cuanto más lejos de Madrid, más difícil era hacer cumplir sus dictados, y por consiguiente más fácil resultaba ignorarlos. Nunca ha habido una prueba mejor de la veracidad de ese conocido dicho español: Se obedece pero no se cumple.

En 1615, el mismo año en que se publicó por primera vez la segunda parte del Quijote, en Sevilla la Hermandad de la Pasión encargaba una imagen de Cristo con la Cruz al hombro a Juan Martínez Montañés, el mejor escultor que a la sazón trabajaba en la ciudad, y que también era hermano de la cofradía. Es uno de los máximos ejemplos de una tendencia casi general a crear imágenes religiosas asombrosamente realistas de Cristo, de la Virgen y de los santos, que alcanzó una brillantez sublime en España durante la primera mitad del siglo xvii. Aquellas obras, talladas en madera y cuidadosamente pintadas para que parecieran reales, marcan un apogeo emocional y psicológico en la escultura occidental después del cual todo lo demás parece carente de gusto, insulso o excesivamente vulgar.
Los sevillanos siguen siendo gregarios ansiosos por la bulla y el contacto humano, y da la impresión de que se sienten obligados a reunirse ante cualquier oportunidad de dar rienda suelta a la cordialidad y a la conversación. La calle, dedicada al teatro de la vida real, es su escenario, y los sevillanos son al mismo tiempo actores y público.
Si la Semana Santa de Sevilla, a pesar de su sobria apariencia, parece expresar la alegría de los hombres por la salvación en la misma medida que su duelo por el sacrificio de Cristo, las procesiones de Valladolid, igual de impresionantes, son un lamento inconsolable por nuestros pecados, que hicieron necesaria una redención tan cruenta. Esas dos ciudades son los ejemplos más conocidos en España de esa tradición ininterrumpida de procesiones religiosas penitenciales, sobre todo asociadas a la Pascua, que hoy pueden verse por todo el mundo hispánico. Tal vez la mejor ilustración del poderoso atractivo del culto sea la persistencia de los Penitentes en Nuevo México. Es difícil encontrar otra tradición continua y viva en la cultura occidental que sigua siendo tan fuerte y tan importante para una sociedad como la Semana Santa para la vida de Sevilla. No hay ningún lugar mejor para sentir el largo alcance del Siglo de Oro español que entre esas multitudes.
Curiosamente, la popularidad de la Semana Santa aumentó precisamente en el momento en que la cultura criolla de las Américas estaba desarrollando su sentido de la identidad. De hecho, la primera representación artística conocida de una procesión de penitentes en Semana Santa es un fresco de un monasterio franciscano en Huejotzingo, en México. Pintado a finales del siglo xvi, muestra a unos penitentes descalzos azotándose, y a unos nazarenos encapuchados enarbolando el paño que le dio Verónica a Jesucristo, en el que su sudor dejó grabada la imagen de su Santa Faz; al fondo se ve una procesión que porta pasos de Cristo, de dos mártires y de la Virgen.
Para 1600 ya se había estabilizado la iconografía y la pompa de la Semana Santa con la forma y el contenido básicos que tiene hoy en día. Cada cofradía se asociaba con una estación del Vía Crucis, de modo que a lo largo de la Semana Santa se representa la narración completa de la Pasión, en un maratón de teatro callejero comunitario. Y durante el Siglo de Oro, los principales papeles en esa representación no eran interpretados por actores de carne y hueso, sino por imágenes divinas creadas por la colaboración de escultores y pintores.
El teatro fue haciéndose más elaborado a lo largo del siglo xvii, vemos cómo se desarrolla escénicamente el drama de la Semana Santa. La sensación de estar observando algo real, de un realismo absoluto, que experimentan los espectadores que contemplan las imágenes que se acarrean por las calles, es una ilusión. Esas esculturas son abstraídas de la realidad por la experiencia de la Semana Santa; para caer en el engaño nos hace falta la multitud, estar cansados, que nos duelan las piernas, las luces parpadeantes, la música y el constante olor del incienso. Y sobre todo, los asistentes y espectadores necesitan práctica para perfeccionar la ilusión por sí mismos.
Ese fue justamente el trasfondo cultural, tan español y, concretamente, tan sevillano, en el que tres de los más grandes pintores del Barroco desarrollaron su intenso sentido del realismo. A su debido tiempo surgiría la historia y el arte de Bartolomé Esteban Murillo, los trabajos de Francisco de Zurbarán y exploraremos la figura de Diego Velázquez.

Velázquez y sus contemporáneos empezaron a desarrollar una forma de ver a las personas basada en la escultura policromada, lo que a su vez afectó a su forma de mirar los retratos. Y el brillante prestigio de Velázquez depende en gran medida de su talento como pintor de retratos, un género que exige del artista una mezcla esquiva, casi volátil, y profundamente contradictoria de ingredientes. Por un lado, la creación de un retrato auténtico del modelo, la fidelidad a esa realidad personal, es el punto de partida imprescindible; incluso Picasso partía de la realidad. Por otro lado, el éxito depende de una inefable veracidad expresiva que insufla vida a ese retrato, igual que hizo Dios con Adán, y Pacheco con Montañés. La alquimia artística de Velázquez fusionaba los ingredientes esenciales del Barroco español: la recreación de una realidad física que de alguna manera iba revestida de un ensayo psicológico sobre la verdad moral. Y lo hizo aprovechando la tendencia de todos nosotros a ver los retratos en términos de otras representaciones de la forma humana.

Luis de Góngora y Argote, probablemente el poeta más brillante del Barroco español, y sin duda el más polémico, fue aclamado por algunos como heredero del título de «príncipe de los poetas» que tenía Garcilaso, y vilipendiado por otros como pretencioso practicante de una poesía impenetrable. Su obra ejemplifica el espíritu contradictorio y profundamente negativo que llegó a dominar España durante la primera mitad del siglo xvii. Vemos una sociedad política rota y autoengañada, reflejada y refractada en las muchas facetas de sus diamantes poéticos, pero una sociedad que en ocasiones se criticaba tremendamente a sí misma, atormentada por las dudas, las inseguridades y un supremo sentido del orgullo por su pasado. Vemos un mundo extraño en el que la realidad y la ficción estaban difuminadas en el fuero interno de muchos, un mundo donde el apego desesperado a la tradición hacía que el pasado y el futuro resultaran indistinguibles.
Claramente, la hostilidad irracional de Quevedo hacia Góngora era en gran medida una de esas inexplicables antipatías personales; pero también tenía sus raíces en una profunda sensación de inseguridad frente a un rival poético de un talento aterrador. Puede que Quevedo le persiguiera con la misma energía que un azor britano persigue a una perdiz, pero Góngora siempre se escabullía y triunfaba. Algunos importantes detractores de la poesía de Góngora tendían a centrar su atención en el pretencioso lenguaje latinizante, en lo complejo y abstruso de sus metáforas, y en su uso inapropiado de la forma poética. Él mismo había predicado un elitismo poético extremo al defender una poesía tan críptica que tan solo el público más educado pudiera entenderla. Pero él insistía en maltratar a esa élite de la erudición.
El propio Quevedo era un brillante poeta con una vena rebelde y una pluma ágil que le llevaba, en ocasiones, a ser desterrado a sus fincas, y que acabó siendo acosado hasta la aniquilación por el conde-duque de Olivares. Al igual que Gracián, Quevedo reconocía la belleza lírica, la indagación intelectual y la grandeza espiritual del enfoque lúdico de Góngora en su uso de la tradición. Al ser sumamente sensible al amor barroco por la inversión como forma de pensar, comprendía intuitivamente la ironía de que aunque él podía ser la estrella en ascenso de una corte que había rechazado a Góngora, esa corte era tan pueblerina e introvertida que su propio talento no había florecido. Curiosamente, su prestigio poético en la metrópoli se había visto amenazado por la obra de un don nadie de provincias cargado de belleza emotiva y de fascinantes complicaciones, la obra de un poeta que de una forma tan clara había logrado deshacerse de los grilletes del conservadurismo.

La pérdida de control sobre el comercio con las Indias, significativa y costosa, no hizo más que empeorar cuando, a veces, la Corona, con alguna necesidad apremiante de fondos, confiscaba los lingotes de propiedad privada que habían viajado a bordo de los barcos del tesoro, a cambio de deuda del Estado o del devaluado vellón de cobre, como había hecho muy recientemente, en 1620. Una fiscalidad tan arbitraria y draconiana era una garantía de que la evitación y la evasión iban a aumentar. Como siempre, Olivares había reconocido el problema, pero lo había afrontado con un gesto grandioso que no dio resultado, momento en que desistió de solucionarlo y centró su atención en otra cosa.
Olivares empezó a comportarse como si fuera un rey de la Casa de Austria, y él mismo intentaba complementar el papel ceremonial que había creado para Felipe. Al hacerlo, se mantenía fiel a su propia concepción ideológica de la dinastía, una ideología que se comunicaba implacablemente a través de los despliegues, de las imágenes y las palabras: espectáculos públicos, cacerías, poesía, teatro y pintura. Mientras que el pasado Austria del siglo xvi había sido una realidad, el presente Austria de Olivares del siglo xvii se convirtió en un pastiche de ese pasado. Era una reluciente ilusión, una ficción chispeante, con la vista puesta en el pasado, esperanzada, llena de milagros y maravillas, pero efímera, sin sustancia.
La demostración más espectacular y caprichosa que hizo Olivares de su inquietante genio fue la evolución lenta e irregular de la idea de construir un gran palacio real y un refugio bucólico a las afueras de Madrid, un complejo recreativo que pasó a llamarse el Buen Retiro.
A fin de cuentas, en la historia del Buen Retiro de Olivares hay algo que es al mismo tiempo profundamente alegórico y tangiblemente representativo de aquellos tiempos. Que el palacio ya no exista y que el jardín haya cambiado hasta quedar irreconocible, que el monumento que construyó Olivares prácticamente haya desaparecido, dan fe de la atmósfera absolutamente efímera que rodeó a un proyecto que, en retrospectiva, claramente obedecía mucho más a la arquitectura provisional, tan típica de la época, que a cualquier sentido de intención duradera. Lo más oportuno es recordarlo como algo parecido a los arcos triunfales hechos de madera y escayola por los que los miembros de la realeza hacían su entrada en las ciudades, como hicieron Carlos V y la emperatriz Isabel en Sevilla, o catalogarlo junto con el pomposo catafalco que se elevaba hacia el cielo en la catedral de Sevilla en memoria de Felipe II, y sobre el que Cervantes había escrito su mordaz poema.
El Buen Retiro nació del engreimiento de un hombre animado por unas ideas muy personales sobre el pasado, sobre la identidad de la Casa de Austria y sobre su propia historia familiar; un hombre obsesionado por el poder dinástico que, en el más cruel e inoportuno giro del destino, había intentado tocar el cielo y que después, justo en el cénit de aquella trayectoria celestial, veía cómo se desvanecían sus esperanzas y sus recuerdos de un futuro resplandeciente a raíz de la muerte de su hija y el fin de su estirpe. Todo se había quedado en nada, y el Buen Retiro obedecía a la naturaleza demencial de la pena del conde-duque por la muerte de una dinastía. El proyecto fue en parte un intento de reescribir la realidad de la historia, un extraño experimento que consistía en llevar hasta el presente un imaginario pasado de los Austrias, tanto para el beneficio personal de Olivares como para la imagen pública de la Corona.

Había desaparecido cualquier vestigio de autoridad real en Cataluña; y el odio a Olivares era tal que en Madrid muchos se alegraron de la noticia. Pero ahora Cataluña era un principado fallido. En las ciudades, los anárquicos sublevados dirigieron su ira contra los ricos y los poderosos, saqueando sus casas, quemando sus libros y su mobiliario, violando y dedicándose al pillaje a su antojo. Los catalanes quedaron a merced de las milicias rurales, que muy pronto se alinearon conforme a su lealtad tradicional a los nyerros y los cadells. Todos los acusados de traición y de ser aliados de la Corona temían por sus vidas. La aristocracia empobrecida, e incluso los campesinos acomodados, se convirtieron en blanco de aquella salvaje coalición de bandidos, criminales de poca monta y de pobres de solemnidad. Y por último, por supuesto, aquella turbamulta brutal la emprendió consigo misma.
Las clases dirigentes catalanas se escondieron. El obstinado conservadurismo y el miope interés personal de sus comerciantes, la independencia provinciana de una aristocracia ineficaz y, sobre todo, su falta de cualquier sentido de voluntad colectiva eran la causa de que vivieran en un atrasado vestigio de la Edad Media.
Olivares tuvo que aceptar que no disponía de los recursos necesarios para llevar adelante más que una mínima campaña contra Portugal, y se retiró a su habitual estado de paranoia angustiada, mientras en Madrid sus enemigos afilaban sus plumas hasta dejarlas como navajas. Mientras tanto, en el sur, el noveno duque de Medina Sidonia, nieto del almirante de la Armada Invencible, tramaba una sublevación que debía conducir a su proclamación como rey de Andalucía. Probablemente lo hizo con la única intención de obligar a Felipe a destituir a Olivares, pero en cualquier caso se trataba de una traición por parte de un noble del mismo linaje que Olivares.

In ictu oculi, de Valdés Leal, he llegado a darme cuenta de que es el símbolo perfecto del «fin de los tiempos» del imperialismo español. Es un jeroglífico, un símbolo que debe interpretarse, una imagen que debe leerse como un epitafio del Imperio, en la que Valdés Leal plasma todo el miedo y la desesperación de un declive y una derrota implacables. Había pintado, en esencia, un bodegón donde los objetos de una grandeza material típicamente sevillana, con una clara alusión imperial, están amontonados sobre un sarcófago de piedra. Hay libros, obras literarias y religiosas, y una lujosa tela carmesí, pero también hay un bastón de la justicia, las pesadas cadenas de oro y plata de los cargos públicos, armas y armaduras, una espada ornamentada, una túnica y una mitra papal y el ornamentado báculo de un obispo; por alguna razón, solo falta una obra de arte, un cuadro o una escultura. La cultura, el oro, la gloria y la religión, distintas facetas del poder y la influencia terrenal, y por consiguiente de la insensatez espiritual de los hombres, están a la vista.
El pie izquierdo de la muerte está apoyado en un globo terráqueo —donde antaño el poderoso Imperio de la España de los Austrias, en el que nunca se ponía el sol, había demostrado ser tan temporal como la vida misma, y ahora a duras penas brillaba en su propio crepúsculo—. El cuadro nos recuerda que la muerte gobernará eternamente con ecuanimidad universal en los reinos de oro. España había aspirado al dominio sobre la muerte, y en tiempos de Felipe II había brillado en el cénit de un atribulado cielo mundial, la primera superpotencia mundial en la historia de la humanidad. Pero, a medida que el sol se ocultaba por el cielo de Poniente, España fue dejando de brillar con luz propia y, por el contrario, tan solo reflejaba los últimos destellos dorados hasta desvanecerse en la oscuridad.

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This book is another one of the wonders that I read for the second since the coronation of Carlos de Gante and the arrival of Santa María from the Americas …
All the commentaries of the time that are conserved on that Mexican treasure begin commenting those two colossal objects, both of the same height that a man of century XVI, and made of the most precious metals of the world. But all are equally eloquent with the magnificent craftsmanship of the many pieces of gold jewelry, the exquisite work with feathers and the beauty of the fabrics, the dyes and the embroidery of the load of innumerable trunks full of fabrics.
This extraordinary treasure was sent by Cortes and his men as a gift to the newly crowned king of Spain, Carlos de Gante. It must be the largest bribe that has ever been paid to a European sovereign. That bribe was a matter of life and death for the Spanish colonizers of Mexico. The governor of Cuba had expressly forbidden Cortés to try to colonize the continent.
In the cities and towns of Old Castile, deep Spain, there was a widespread and manifest disagreement against the king. Carlos had usurped his own mother’s crown: Juana la Loca had been showing symptoms of a disturbing eccentricity for a long time, but now Carlos came to support the diagnosis that his mother was crazy and incapable of governing; and made sure he remained under house arrest in the town of Tordesillas.
Carlos had grown up in Flanders, in the Netherlands of Northern Europe, did not speak Spanish, and had granted the most lucrative and powerful positions to his foreign advisers; those who had seen him in person said he was an ugly young man with sallow skin, with a prominent jaw that caused his mouth to be permanently open; he spoke very slowly, even in French, his mother tongue; I was unable to eat without drooling. To many it seemed that Carlos embodied just the mental weakness that he himself had used to discredit his own mother. The favorite was his brother Fernando.

In a deeply religious age, there was great indignation among the colonizers; but the moral message was slowly and implacably creeping into the consciousness of Bartolomé de las Casas. Throughout the following years he decided to renounce his own encomiendas and sought spiritual wisdom in the Order of the Dominicans. He decided to take Christianity to America through the process of peacefully evangelizing the Indians.
And in 1519 Las Casas brought two simple messages to Carlos and his ministers: that colonial practices in the Americas were deeply immoral, and that he could offer a Christian alternative.
Carlos set out to visit immediately the two crucial cities of Burgos and Valladolid, in the heart of Old Castile, in an attempt to appease his subjects; but, instead of summoning the Cortes in one of those two cities or in any other nearby, he ordered the procurators to meet in March in Santiago de Compostela, in remote Galicia, in the extreme northwest of the peninsula. It was the longest and most complicated journey that Carlos’s Flemish advisers could devise, who were convinced that it would be easier to threaten and bribe the prosecutors to such an immense distance from their unruly circumscriptions. But a legend said that if ever the Cortes met in Santiago, Castilla would suffer great calamities. Carlos was breaking another consecrated tradition, and throughout the kingdom the decision was accepted with renewed anger.
The population of Toledo was especially furious because Guillaume de Croy, sieur de Chièvre, the great Flemish chamberlain of Charles, had appointed Archbishop of Toledo, the most important ecclesiastical office in Castile, a nephew of his, adolescent, with which he was assured that the income of one of the most prosperous episcopal sees of Christianity was administered by a family member.
On May 20, Carlos sailed to England. He left his former tutor, Cardinal Adriano de Utrecht, as governor of Spain, aggravating the estrangement of the great aristocratic families, who were naturally convinced that the government of the kingdom was their business.
Carlos had to face a fearsome dilemma: on the one hand, he had sworn to defend his German subjects, who were now increasingly supporters of the Reformation; on the other, he had sworn to defend the Faith and the Church. I was going to need the tricks of a bullfighter to tame that dangerous beast, but, of course, Carlos was not Spanish.
On April 18, Luther defended his cause before the emperor, and in public; he spoke at length, repudiating the authority of the pope and the councils of the Church, and on the contrary depositing faith in the Scriptures and in the word of God, concluding that «I can not and I do not want to retract anything, It is prudent nor is it in my power to act against my conscience. May God help me, amen ».
As of September 1520, the small town of Tordesillas became the seat of the only effective, albeit limited, government in Castile, because the patriot comuneros wanted to preserve the appearance of legitimacy that the apparent support of Queen Juana granted them. . The Board wrote a long letter to Carlos, where he was given his version of the conflict and justified his actions, and that letter was delivered to him in Germany. By way of response, the comuneros learned that Carlos had imprisoned his postman.
When Charles V landed at Santander on July 16, 1522, with a retinue that included 4,000 German soldiers, just in case the comuneros showed symptoms of recovery, in reality he returned to a kingdom in peace, on which the authority had been restored real. Carlos, very aware of the economic importance of the Castilian cities for his monarchy, was magnanimous but circumspect in victory: twenty-three rebels were executed before the king signed a general pardon, of which 296 others were excluded; some had fled, others were punished, in some cases with the confiscation of their property; they all lost financially. Pedro Laso fled to Portugal as soon as the king returned, and «it seems that he was helped and helped by the Queen of Heaven,» Oviedo said, «because, if he were taken, the same [ex] equals were done to him. that were celebrated with Juan de Padilla ».
The Alhambra became the private preserve of Charles’s dazzling international court, made up of poets politicians, philosophical diplomats and aristocratic artists, an intellectual elite that refracted the brilliance of the Renaissance in each and every one of its facets.

«Your Majesty needs a large number of judges in their kingdoms,» the courts advised the Empress Elizabeth in 1532. «The lawsuits have increased so much that it is impossible to resolve them as quickly as it should, which leads to so many coasts and so many problems for litigants that often both parties spend much more than the amount of the lawsuit, and end up completely ruined, while lawyers, solicitors and notaries get rich ».
After the rebellion of the comuneros, a series of fundamental social and economic changes began to take place at a disconcerting speed, while money was coming from the Americas: there was a boom in commerce, the public and private debt rose rapidly, the population It grew rapidly, and people moved more and migrated to new agricultural lands and growing urban centers. So much economic activity and so much social unrest gave rise to a wide range of disputes over land, property and contracts. But, what is of crucial importance, whereas formerly the Spaniards had resorted very easily to the armed conflict to settle their differences, which allowed the greatest aristocrats who had the most numerous private armies to govern their possessions as particular fiefs, the Castilians They began to place their trust in the Crown, newly invested with great powers, and instead of going to war they went to court. Perhaps the most extraordinary progress of the ongoing negotiation between Carlos and the cities after the rebellion of the comuneros was the reform of the judicial system and the establishment of courts presided over by judges that were largely designated according to their merit and that They had a good background in law.

In 1548, Charles had begun to pave the way for the succession of his son by sending him a secret letter full of detailed advice on how to govern such an immense empire. But Carlos worried that Felipe also needed to see for himself the kingdoms he was going to inherit in Italy and northern Europe, and, just as important, he wanted Felipe’s future subjects to see the Emperor’s heir. So, he began to plan for Philip a great tour of Italy, Germany and the Netherlands. But first he ordered the complete reorganization of the house of Philip, until then Castilian, according to the most sumptuous Burgundian tradition of the Habsburgs, which would be more familiar to his northern subjects; and, in a deeply Machiavellian move, he arranged the marriage of the Infanta Maria with Maximiliano, the son of Ferdinand: that marriage allowed Maximiliano to act as regent in Spain during Felipe’s absence, and at the same time separated Maximiliano from the center of the family negotiations for the imperial succession.
The Castilians were infuriated by both.
In 1556, the Emperor Charles V retired to the humble Hieronymite monastery of Yuste, located in the beautiful forests of the Vera, where he had gone so many times to hunt from Valladolid. He often had lunch with the monks, and he spent his days enjoying the monastery gardens and entangling his watch collection; Carlos, an expert watchmaker, was able to disassemble and reassemble those extremely complex instruments of the most modern technology. But, having grown so fat that it did not fit between the tables of the monks’ refectory, he sometimes abandoned himself to his terrible gluttony, and stuffed himself with sausages, boar, ham, bacon, truffles, cherries, strawberries, and cream. . He was lavished on his great love for fish, and from Lisbon sent him flounder and lamprey, sole and pickled oysters, herrings and smoked salmon, and on one occasion his doctor, Dr. Quijada, had to dissuade him from eating a barrel of anchovies that had rotted during the trip. But, despite his attacks of good appetite, Carlos was a dying man, and during the summer of 1558 he became ill in the gardens …

To the monastery-palace of El Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, the most emblematic building of the Spanish Golden Age, it is better to arrive by the old road of Ávila, which meanders through the remote pine forests of a plateau, then descend spectacularly to the basin of a wide valley. The huge building is nestled in a fold at the foot of the mountains. El Escorial is the impressive and very personal essay of Felipe II about the greatness of God, about the splendor of the Austrias, about the miracles of the Empire and about the centrality of Castile, and we still perceive that the royal authority of the monarch urges us to read it . It was a monastery, a library, an art gallery, a repository of thousands of sacred relics, an eclectic museum with a collection of curiosities, a botanical garden full of plants from all corners of the world, a royal palace, a place of personal retirement and a family mausoleum, and often served as the seat of government, because for Felipe it was like his home. In El Escorial, information, knowledge and power converge in the spiritual heart of the Empire of Felipe II.
No other building has been so intimately linked to the personality of a great ruler as El Escorial.
On the day of San Lorenzo in 1557, on the battlefield of San Quintín, Felipe supposedly swore to build a great monastery to thank the Lord for his decisive victory over the French. But the own charter of El Escorial affirmed that the main purpose of the building was as a family mausoleum, where it could honor the dead of a dynasty. Felipe was determined that his brothers, his aunts and his first wife, María Manuela, were buried with their parents, Carlos and Isabel. In due time, he would meet them.
It is almost certain that it was Maria of Hungary who awoke Felipe’s obsession with El Bosco, a little-known painter, born in 1453 in ‘s-Hertogenbosch, in the Netherlands, which, in the words of an important critic of Spanish art of the century xvi, «I do not deny that he did not paint strange effigies of things […]. Paintings that show the customs and affections of the minds of men […]. What Hyerónimo Bosco did with prudence and decorum, they have done and do others without discretion and judgment none ». The Bosch paintings, deliciously horrible, have contributed more than any other artist to give color to our modern popular idea of ​​everyday life in the Middle Ages. But his moral narratives, disturbed and disturbingly fantastic, fascinated Felipe in a special way, because they supplied him with a set of useful images that he could compare with the world; They were a touchstone for their faith. He had the garden of delights in the Escorial.
His painter was Titian. Titian’s realism must have made things easier for him, and from 1556 the painter worked almost exclusively for Philip, who paid him the astronomical allocation of 500 ducats a year. But it was also a personal relationship: Titian had been the painter of his father, and according to legend, while working on a portrait of Charles V, Titian dropped his brush, and the emperor picked it up. Seeing him, Titian knelt before him saying: «Lord, a servant of yours does not deserve such an honor», to which Carlos replied: «Titian is worthy of being served by Caesar.»
Felipe clearly understood that for his centralizing bureaucracy to work, he needed intelligent, insightful and determined people to be his eyes and his ears all over the world. This real promotion of the search for information and its evaluation was part of a much broader culture of inquiry at that time, whose best example is perhaps the great Jesuit historian José de Acosta, whose natural and moral History of the Indies, published in 1590, it contains a brilliant description of America and the Americans. However, the Crown bureaucracy was jealous of information about the New World, for, for example, it appropriated the meticulous history of Aztec culture collected by Bernardino de Sahagún in his famous Historia general de las cosas de la Nueva Spain, also known as Codex Florentino, a beautiful manuscript full of vivid illustrations made by Indian artists, along with a bilingual commentary in Spanish and in Nahuatl, the language of the natives. Although at first Philip ordered the confiscation of the manuscript because it documented the pagan superstitions of the Indians, once he had the codex in his hands he clearly appreciated it for its content.
Felipe invented a fashion by bringing to El Escorial so many artists from Italy, which gave rise to a cultural highway that was to bring an incomparable aesthetic richness to Spain. El Greco was the greatest genius that made that trip and, although «from any point of view» his career «is one of the strangest in the history of art», he became one of the most famous painters associated with Spain. And Berruguete made him understand Spanish spirituality.

Santa Teresa de Ávila, «the greatest woman in the history of Spain», was one of those nuns, who began to write about her spiritual experiences because she worried that her prayers were prey to the devil. Teresa stands out among the handful of exceptions to that rule of female silence, a chronic sick mystic who has achieved eternal greatness as the patron saint of Spain thanks to her unwavering struggle to found convents, her profound spirituality and her asceticism, and her great accessibility to with others, both as a person throughout his life, as in his writings. She shaped a wonderful mythology for herself in her autobiography, Life of Saint Teresa of Jesus, which she wrote in her old age, and where she looked back over a lifetime of service to God and the Order of the Carmelites. Teresa, a convent girl with the gift of people, believed that every time she heard thunder, God was communicating with her soul.
The Inquisition fostered a distinction between old and new Christians that sparked the Spaniards’ obsession with «blood cleansing.» Those who could prove that none of their known ancestors had been convert behaved as if their ethnically pure lineage almost conferred them a status of nobility, causing a great breach with neighbors who were known to be descendants of Jews. From the middle of the fifteenth century, a handful of influential institutions began to exclude new Christians, especially the descendants of people condemned by the Inquisition, fostering a culture increasingly devoted to the act of documenting blood cleansing before a notary . It was especially indicated for men of humble origins who had risen to a position of power and influence, because the poverty of their origins frequently implied that little was known of their ancestry, so that their claim that they were old Christians was often irrefutable. . The purity of blood conferred a sense of identity as an old, almost nationalistic Christian, which gave advantage to the upstart peasants in the face of their converted competitors when it came to obtaining a place in the university, a position in the government and a position in the bosom of church. It even granted them some capacity for pressure on the superior nobility, and above all on the main aristocratic families, since in all of them there were cases of marriages with converts.
Thus, the cleansing of blood had numerous powerful and influential adversaries who were conversos, such as Diego de Castilla and Bartolomé de Carranza, but also others who were prominent old Christians, such as the sons of the Duke of Infantado, Pedro González de Mendoza and Álvaro de Mendoza In 1565, the Pope condemned the concept as being contrary to canon law, while the majority of Spaniards, including Philip II himself, often ignored institutional or local cleaning status.
The persecution of the Lutherans in Spain was, of course, due to the dismay of the Austrians in the face of the spread of Protestantism in the north and center of Europe, and the fear that Spain would become contaminated. In fact, the news of the Spanish cells encouraged the foreign reformers, and approximately during the following decade many large shipments of contraband books were uncovered to the heart of Old Castile in the ports of the Vizcaya coast and in other places; we can only assume that many other cargoes went undetected. In Spain there were many foreigners employed in the management of the printing presses. They fell immediately under suspicion, and a whole network of heretical printers was identified.
But the most mysterious and terrible irony in that paranoid persecution against the Protestants is that apparently the majority were converts. Juan Martinez Siliceo, the vehement and intolerant archbishop of Toledo at the end of the 1540s, had ranting with absolute seriousness saying that «almost all Lutheran heretics of Germany were descendants of Jews,» and his words echoed the very same Felipe II a decade later. As absurd as it may seem, this rhetorical insult assumes a deeply sinister significance when we learn that Siliceo also claimed that «almost all the pastors of his [own] archdiocese [Toledo] were [also] descendants of Jews.»

«The great swamp of Europe,» was what the Netherlands called a caustic English commentator of the seventeenth century, but he went on to describe a place where «gold is more plentiful than stones» «What is not abundant? They make their own with their industry all the fruits of the immense Earth. Even their scoundrels are worth a million of ours, because they, by their boisterous coarseness, can work, and live and strive, while ours prefer to laze until they fall into poverty; and like the cabbages that are left out during the winter, they rot in the aberration of a nauseating laziness. »
Foreigners always marveled at the wealth of the Dutch, very hardworking and highly skilled for trade. But the Englishman scoffed at an egalitarian nation of self-satisfied careerists, where «the blazons abound as much as the aristocracy is scarce. Each one is his own heraldist; and he who has the wit to invent a coat of arms can present it as his own. » That complaint could be related to the stereotype of the Spanish hidalgo, who prefers poverty to work, honor to trade, and lives obsessed by the purity of blood. And what is worse, Flanders seemed a heterodox territory by nature, so flat that «it offers people an advantage over all other regions: if they die in sin, they are at such a low level that the journey to hell is shorter. […] And it is possible that this is why all kinds of strange religions are gathered together ». The permissive attitude of the Dutch with the faith would end up putting them constantly in total disagreement with the orthodox Spaniards until 1648.
But the Netherlands was vital for the Spanish economy: more than three quarters of Castilian wool, the only relevant Spanish export, were sold there. And it was a kingdom of immense importance to the Austrians. Felipe’s father was born in Ghent and his grandfather in Bruges. Philip was a descendant of the Burgundian dukes of the great House of Valois, whose lineage was traced back to the kings of France. From a very early age, Philip was imbued with a deep pride for that direct offspring of a legendary dynasty that embodied the virtuous and bellicose spirit of the medieval princes. It turned out to be a poisoned inheritance.
The famous Fugger family of Augsburg were the heavyweights of the banks of the early sixteenth century, and were engaged in borrowing money across Europe at relatively low interest rates, to lend it in the lucrative market of the Flemish city of Antwerp. Their ability to accumulate real money, gold, silver and currency in the strategic centers of Carlos V’s military operations allowed them to dominate the Austrias sovereign debt market. Their bills of exchange, their «bank notes» were considered so reliable that people began to treat them as if they were gold or silver; they became a currency. But the Fuggers and the other German bankers were charting, in their accounting books, a voyage of monetary discovery from one side of an unexplored ocean of financial uncertainty to the other. They were exposed too much to the risk of the loans to Carlos, and were severely handicapped by the occasional forced reorganizations of their debt, so that the Germans, reluctant to risk, reduced their participation.
The Spanish Crown borrowed basically in two ways. The foundation stone of the sovereign debt was the «juros», a range of government bonds securitized in one form or another, with a guaranteed interest rate throughout the life of the loan. The interest began to be increasingly linked to some specific source of income, whether it was a withholding tax on the alcabala, a consumption tax paid in Castile for salt, wine and other raw materials, or on the income that was paid. they paid for certain estates of the Crown, and the collection of the debt was often the responsibility of the banks themselves. Then there were the «seats,» an overwhelming kaleidoscope of fluctuating debt that was usually negotiated ad hoc in order to finance a particular project or campaign, for which the Crown paid a high interest rate in a relatively short period after the which creditors usually consolidated the seats in juros.
Until the 1560s, bankers who lent money to the Crown did so largely out of their own pockets. But in a world flooded with money, the Genoese were willing to borrow as much money as possible from merchants, merchants, nobles, farmers, and even peasants throughout Europe who were willing to lend them. Then they found all kinds of ways to monetize that money, but the Spanish Crown was always the main client, which boosted the debt market as a whole.
The ingenuity of the Genoese to expand the Spanish sovereign debt market allowed Felipe II to maintain his armies on the battlefield and carry on his wars against the French, the Dutch and the Turks. But the cost of his military operations far exceeded what he could afford: between 1571 and 1575, spending in Europe exceeded eighteen million ducats, while total revenues of the Crown in Castile, including gold and silver in bullion and tax revenues in the Americas, amounted to between five and six million.
The Habsburgs could never have tried to subdue the Netherlands, nor could they have done so for eighty years, without the revolutionary effects of the American treasury on Spanish finances. But the Dutch would not have become a wealthy trading nation had it not been for the revolutionary effects of the American treasury on the European economy.

Cervantes, it was a time that changed his life. The theaters reopened after a period of mourning for the queen, revitalizing the bohemian life of Madrid and Seville. The literary culture flourished, literacy rates were growing rapidly, reaching 50 percent or more in some major urban centers, so book sales were increasing, attracting foreign printers to Madrid, following in the footsteps of the famous Cromberger of Seville (who published the official account written by Cortés of Mexico), and encouraging the importation of works in Spanish printed abroad. The roads and cities of Spain were prey to the written word, whether read silently in the home or loudly in the taverns, in the inns of the roads or in the literary salons.

Something more than a dispute over colonial wealth and free trade, or piracy. The chaplain of Drake cried out against «the poisonous epidemic of papism […] in which not only prostitution among the Indians is fostered, (among other similar Spanish virtues), but also the indecency of Sodom.» With the words of Bartolomé de las Casas, published throughout Europe, resounding metaphorically in his ears, another English pirate accused Catholics of not preaching «other than greed, rapine, blood, death and destruction to those Indians naked and meek like lambs ». The conflict was increasingly polarized by mutual religious intolerance, and although it is possible that Felipe II discounted the destruction of Santo Domingo as an inevitable cost of the Empire, his devotion did not allow him to accept the desecration of churches and sacred images for a heretic nation of which he was once king.
Needless to say, it would be an exaggeration to suggest that the Invincible Armada was formed because of the successes of Sir Francis Drake. But Drake, with its irresistible symbolism, embodied in a single character many of the geopolitical forces that so overwhelmed Philip II. In 1585, Queen Elizabeth of England extended her official protection to the Dutch rebels, and sent troops and experienced commanders to help them. That escalation of international tension coincided with Drake’s provocatively aggressive trip to Spain and the Spanish Indies. That same year, Isabel approved Sir Francis Walsingham’s plan to «annoy the king of Spain,» which consisted of the destruction of the Spanish fishing industry in Newfoundland. The execution of Mary Stuart, queen of the Scots, on February 18, 1587, was the catalyst for action, since his death allowed Philip to claim for himself the throne of England. On April 2, 1587, Drake sailed for Cádiz, «to scorch the beard of the king of Spain.» Flying the Dutch and French flags, he entered the port and destroyed at least thirty ships, before the Duke of Medina Sidonia could assemble the Spanish defense forces. «His audacity is intolerable,» Felipe told him in a letter to the Marquis of Santa Cruz.
Modern experts question that Lope really participated in the expedition of the Navy.
On July 29, 1588, the Navy sighted the Lizard Peninsula. At dawn on July 31, the Spaniards spotted the main body of English ships that were heading directly at them under the direct command of Lord Admiral Howard. The Navy continued sailing in a rigid formation similar to that used in Lepanto, with a central bastion flanked by two maneuverable «horns». The men were preparing for battle, among them perhaps Lope de Vega, with his brother Francisco at his side, on board the San Juan galleon.
The first to enter combat were always the artillerymen who handled the big guns, and who could not fire more than one or two broadsides at the moment when galleys and galleons jumped awkwardly on an enemy ship. As in Lepanto, the objective was to immobilize the English ships with hooks and tackle them.
The defeat of the Navy has been convincingly explained as a consequence of the greater skill of English ships, and their much higher firepower, in large part because they had better carriages, which allowed a much faster recharge. The report of the purser gives us a good sense of how, during the battle, the Englishmen simply crushed the Navy from a distance, more or less until they ran out of ammunition, while the Spaniards remained motionless, blocking the holes. But, in reality, the Battle of Calais was a draw between a handful of ships, while the rest of the Navy had fled. At the moment of truth, the Spaniards were not defeated by the English, but by time.
On August 9, the wind changed direction, taking the Spanish ships out of the shallows and pushing them into the stormy waters of the North Sea. The English went after them but whenever Howard concentrated his ships for an attack, Medina Sidonia slowed down to face them, and the English hesitated. The Spaniards continued course to the north, towards Scottish waters; They threw their donkeys and oxen overboard to lighten the load, but the Armada was still more or less intact. However, when the fleet entered the waters of the North Atlantic, the damaged ships began to disperse; some went under and others sought refuge on the Irish coast, where the English troops massacred the soldiers and sailors without graduation, and, as if they were Barbary pirates, took the officers hostage and later asked for a ransom.

When Felipe II died on September 13, 1598, Castilla still felt powerful, but voices of dissent and doubt began to rise in the taverns. Those concerns were inscribed in a new type of political literature written by commentators called «arbitristas», who, like today’s bloggers, offered advice and social and political criticism to the Crown in long treatises that were printed for consumption. of the general public. Faced with the uncertainty of a new century and a new sovereign, the kingdoms of Spain entered a state of trance and festive duel. Inside the cavernous cathedral of Seville the carpenters and stuccoers erected a huge but provisional monument, which reached the ceiling, formed by successive layers of Baroque extravagance. The greatest poets and painters contributed their verses and their images. Cervantes, who had finally restored his good name and had left prison, added his own tribute to that ephemeral structure, which seemed to symbolize the terrible fall of Spain from greatness to an astonishment of great pretensions and obsession with appearances.

I vow to God that this greatness frightens me
and give a doubloon for describilla,
because who does not surprise and wonder
this distinguished machine, this wealth?
Through Jesus Christ alive, each piece
worth more than a million, and that is blemish
may this not last a century, oh great Seville,
Rome triumphant in spirit and nobility!
I’ll bet that the soul of the dead
for enjoying this site today has left
the glory where he lives eternally.
This he heard a bully and said: «It is true
how much says voae, sir soldier,
And whoever says otherwise, lies.
And then, incontinent,
Called the chapeo, required the sword
He looked sideways, and there was nothing.

In 1600, the colonial economy of the Indies was based almost exclusively on the export of precious metals to Spain, in exchange for wine, olive oil, grains, tools, clothing, African slaves, paper, ink, paintings, the ships needed to transport it, and all this was imported from the metropolis. But the colonial economy depended on Indian labor and agriculture, in which it participated through the encomienda system, by which the social and political groups of the Native Americans were reorganized to pay tribute to the Spanish lords . As the mining sector grew, that colonial Indian and American hybrid economy expanded. Thus, in 1650, approximately 160,000 people lived in Potosi, the great mining center of the Viceroyalty of Peru, where there was such a concentration of ore that it was almost possible to extract the silver with a wooden spoon.
But the most important event, by far, of the history of Spanish America was the almost total destruction of indigenous populations and their cultures. Many of them were massacred by the conquerors, some were exploited to death working in the silver mines and sugar refineries. As a result of the terrible mutilation of their traditions and their culture, many Indians lost the desire to procreate; Many of them died of despair, of alcoholism or committed suicide. Some had to flee to areas not controlled by the Spanish, others had children with Europeans or Africans, and therefore their descendants became part of the caste society. But the vast majority was exterminated by diseases brought by Europeans, such as smallpox, measles, typhus, plague …

That contradictory and rather confused spirit with which the Spaniards began to doubt themselves even at the moment when the Empire reached its maximum extension gave rise to numerous theories of decline. Some attributed it to a natural socioeconomic cycle of the empires, sometimes expressed as the inevitable aging of a political body that was gradually degenerating into a geriatric decay. Gonzalez de Cellorigo, in his final assessment, concluded that «the reasons why we see the finished Kingdom, the real income fallen, the vassals lost, and the republic consumed, is the abuse and depraved custom that has been introduced in These Kingdoms: that not to live on rents, is not the treatment of nobles ».
This, he lamented, was possible thanks to the interests paid by the Crown for its bonds and juros, but the root of the problem was that work and commerce were considered dishonorable for a noble in a nation obsessed with honor and nobility. On the contrary, the Crown, he pointed out, should urge its subjects, rich or poor, nobles or commoners to work, and pointed out that «it is convenient to remedy the abuse of laziness by all possible means, and among others, to give order to the people lost and idle of the republic ».

The expulsion of the Moriscos has always been considered an emblematic example of the evil stupidity of the government of Felipe III under the leadership of the Duke of Lerma, but also as proof of its potential for effectiveness. Since the fall of Granada, the last Islamic principality in Spain, in the hands of the Catholic Monarchs in 1492, the subjects of the newly conquered territories, together with the residual Muslim population of the rest of Spain that subsisted from the previous phases of the Reconquest, they were viewed with great suspicion by a minority of Spaniards. In 1502 there were some attempts to force Muslims to choose between converting to Christianity or leaving Spain, but the measure was not effectively enforced, and in many areas they were allowed to continue practicing Islam in return for a tax payment. The Inquisition was distracted by its obsessive persecution of crypto-Jews and Protestants, the Crown was apathetic, and aristocrats protected their most valuable vassals outside their religion. In Aragon and Valencia even the timid attempts at religious homogenization that were carried out in Castile were officially postponed until the 1520s. However, many had become, with varying degrees of sincerity, often thanks to the very imperfect type of catechism.
The Moorish community developed a kaleidoscopic identity, different from one place to another, from one person to another, and always changing according to each person’s point of view about their culture and society. For Sancho and Ricote, religion clearly has little importance compared to their common sense of identity because they come from the same place and each one of them knew what the other was doing and knew their family. The Moriscos were historically Spanish, they were united to the land of their ancestors, as Ricote laments. In fact, many of them were descendants of ancestors who had lived in Visigothic Spain before the arrival of the Moors, in 711. Those old Moors are often called Mudejars, and they were as ingrained in the lands of Iberia as your Christian neighbors.
However, the threat of the Ottoman Turks unleashed a great paranoia; it was feared that the Moriscos would help the infidel, and loud and powerful voices were raised against them.
Ultimately, the expulsion can be interpreted as an experiment to the limit of the sovereign authority and the power of the Crown, whose results are proof of the scope and strength or weakness of the administration. Formerly it was thought that the success of the expulsion was proof of the solid efficacy of the administration of the Duke of Lerma and the overwhelming power of the monarchy. But now it is clear that, at least in Castile, for powerful aristocrats like Salinas and his vassals, the central government was «a distant annoyance that had to be appeased if possible.» The reality was that «the farther from Madrid, the harder it was to enforce their dictates, and therefore the easier it was to ignore them. There has never been a better proof of the veracity of that well-known Spanish saying: It is obeyed but it is not fulfilled.

In 1615, the same year in which the second part of Don Quixote was published for the first time, in Seville the Brotherhood of the Passion commissioned an image of Christ with the Cross on his shoulder to Juan Martínez Montañés, the best sculptor who at that time worked in the city, and that was also brother of the brotherhood. It is one of the greatest examples of an almost general tendency to create strikingly realistic religious images of Christ, the Virgin and the saints, which reached a sublime brilliance in Spain during the first half of the seventeenth century. Those works, carved in wood and carefully painted to look real, mark an emotional and psychological apogee in western sculpture after which everything else seems tasteless, bland or excessively vulgar.
The Sevillians are still gregarious, eager for noise and human contact, and give the impression that they feel compelled to meet at any opportunity to unleash cordiality and conversation. The street, dedicated to the theater of the real life, is its stage, and the Sevillians are at the same time actors and public.
If Holy Week in Seville, despite its sober appearance, seems to express the joy of men for salvation in the same measure as their mourning for the sacrifice of Christ, the processions of Valladolid, just as impressive, are an inconsolable lament for our sins, which made such a bloody redemption necessary. These two cities are the best-known examples in Spain of that uninterrupted tradition of penitential religious processions, especially associated with Easter, which today can be seen throughout the Hispanic world. Perhaps the best illustration of the cult’s powerful appeal is the persistence of the Penitents in New Mexico. It is difficult to find another continuous and living tradition in Western culture that continues to be as strong and as important for a society as Holy Week for the life of Seville. There is no better place to feel the long reach of the Spanish Golden Age than among those crowds.
Curiously, the popularity of Holy Week increased precisely at the moment when the Creole culture of the Americas was developing its sense of identity. In fact, the first known artistic representation of a procession of penitents in Holy Week is a fresco of a Franciscan monastery in Huejotzingo, Mexico. Painted at the end of the sixteenth century, it depicts barefoot penitents whipping themselves, and hooded Nazarenes hoisting the cloth that Veronica gave to Jesus Christ, in which her sweat left the image of her Holy Face engraved; In the background you can see a procession that bears steps of Christ, of two martyrs and of the Virgin.
By 1600 the iconography and the pomp of Holy Week had stabilized with the basic form and content that it has today. Each brotherhood was associated with a station of the Way Crucis, so that throughout the Holy Week the complete narration of the Passion is represented, in a marathon of community street theater. And during the Golden Age, the main roles in that representation were not interpreted by actors of flesh and blood, but by divine images created by the collaboration of sculptors and painters.
The theater became more elaborate throughout the seventeenth century, we see how the drama of Holy Week unfolds on stage. The feeling of observing something real, of an absolute realism, experienced by the spectators who contemplate the images that are carried through the streets, is an illusion. These sculptures are abstracted from reality by the experience of Holy Week; To fall into deception we need the crowd, to be tired, our legs hurt, the lights flickering, the music and the constant smell of incense. And above all, attendees and spectators need practice to perfect the illusion for themselves.
That was precisely the cultural background, so Spanish and, specifically, so Sevillian, in which three of the greatest painters of the Baroque developed their intense sense of realism. In due time, the history and art of Bartolomé Esteban Murillo would emerge, the works of Francisco de Zurbarán and we will explore the figure of Diego Velázquez.

Velázquez and his contemporaries began to develop a way of seeing people based on polychrome sculpture, which in turn affected their way of looking at the portraits. And Velázquez’s brilliant prestige depends to a large extent on his talent as a portrait painter, a genre that demands an elusive, almost volatile, and deeply contradictory mix of ingredients from the artist. On the one hand, the creation of an authentic portrait of the model, fidelity to that personal reality, is the essential starting point; even Picasso started from reality. On the other hand, success depends on an ineffable expressive veracity that breathes life into that portrait, just as God did with Adam, and Pacheco with Montañés. The artistic alchemy of Velázquez fused the essential ingredients of the Spanish Baroque: the recreation of a physical reality that was somehow clothed in a psychological essay on moral truth. And he did it by taking advantage of the tendency of all of us to see the portraits in terms of other representations of the human form.

Luis de Góngora y Argote, probably the most brilliant poet of the Spanish Baroque, and without a doubt the most controversial, was hailed by some as the heir of the title of «prince of the poets» that Garcilaso had, and reviled by others as a pretentious practitioner of a impenetrable poetry. His work exemplifies the contradictory and deeply negative spirit that came to dominate Spain during the first half of the seventeenth century. We see a broken and self-deceived political society, reflected and refracted in the many facets of its poetic diamonds, but a society that sometimes criticized itself tremendously, tormented by doubts, insecurities and a supreme sense of pride for its past. We see a strange world in which reality and fiction were blurred in the inner core of many, a world where the desperate attachment to tradition made the past and the future indistinguishable.
Clearly, the irrational hostility of Quevedo to Gongora was largely one of those unexplainable personal antipathies; but it also had its roots in a deep sense of insecurity in front of a poetic rival of a terrifying talent. Quevedo may have pursued him with the same energy that a British hawk chases a partridge, but Góngora always slipped away and triumphed. Some important detractors of Góngora’s poetry tended to focus their attention on the pretentious Latinizing language, on the complex and abstruse of their metaphors, and on their inappropriate use of the poetic form. He himself had preached an extreme poetic elitism in defending such a cryptic poetry that only the most educated public could understand it. But he insisted on mistreating that elite of erudition.
Quevedo himself was a brilliant poet with a rebellious vein and an agile feather that sometimes led him to be banished to his estates, and which was eventually harassed until the annihilation by the Count-Duke of Olivares. Like Gracian, Quevedo recognized the lyrical beauty, the intellectual inquiry and the spiritual greatness of Góngora’s playful approach to his use of tradition. Being highly sensitive to baroque love for investment as a way of thinking, he intuitively understood the irony that although he could be the rising star of a court that had rejected Góngora, that court was so parochial and introverted that his own talent It had bloomed. Curiously, his poetic prestige in the metropolis had been threatened by the work of a provincial nobody charged with emotional beauty and fascinating complications, the work of a poet who had so clearly managed to get rid of the shackles of conservatism.

The loss of control over trade with the Indies, significant and costly, only worsened when, at times, the Crown, with some pressing need for funds, confiscated the privately owned ingots that had traveled aboard the ships of the Treasury, in exchange for state debt or the devalued copper fleece, as it had done very recently, in 1620. Such arbitrary and draconian taxation was a guarantee that avoidance and evasion would increase. As always, Olivares had recognized the problem, but had confronted it with a grand gesture that did not work, when he gave up on solving it and focused his attention on something else.
Olivares began to behave as if he were a king of the House of Austria, and he himself tried to complement the ceremonial role he had created for Felipe. In doing so, he remained faithful to his own ideological conception of the dynasty, an ideology that was relentlessly communicated through displays, images and words: public spectacles, hunting, poetry, theater and painting. Whereas the past Austria of the sixteenth century had been a reality, the present Austria of Olivares of the seventeenth century became a pastiche of that past. It was a gleaming illusion, a sparkling fiction, with an eye to the past, hopeful, full of miracles and wonders, but ephemeral, without substance.
The most spectacular and capricious demonstration that Olivares made of his disturbing genius was the slow and irregular evolution of the idea of ​​building a great royal palace and a bucolic refuge on the outskirts of Madrid, a recreational complex that was renamed the Buen Retiro.
In the end, in the history of Buen Retiro de Olivares there is something that is at the same time deeply allegorical and tangibly representative of those times. That the palace no longer exists and that the garden has changed to unrecognizable, that the monument built by Olivares has practically disappeared, attests to the absolutely ephemeral atmosphere that surrounded a project that, in retrospect, clearly obeyed much more architecture provisional, so typical of the time, that to any sense of lasting intention. The most opportune thing is to remember it as something similar to the triumphal arches made of wood and plaster by which royals made their entrance into the cities, as did Charles V and Empress Elizabeth in Seville, or catalog it together with the pompous catafalque that rose towards the sky in the cathedral of Seville in memory of Felipe II, and on which Cervantes had written his scathing poem.
The Buen Retiro was born of the conceit of a man animated by very personal ideas about the past, about the identity of the House of Austria and about his own family history; a man obsessed by the dynastic power that, in the most cruel and untimely twist of fate, had tried to touch the sky and then, just at the zenith of that heavenly path, he saw his hopes and memories of a resplendent future vanish following the death of his daughter and the end of his lineage. Everything had fallen into nothing, and the Buen Retiro obeyed the insane nature of the Count-Duke’s grief over the death of a dynasty. The project was partly an attempt to rewrite the reality of history, a strange experiment that consisted in bringing to the present an imaginary past of the Habsburgs, both for the personal benefit of Olivares and for the public image of the Crown.

Any vestige of royal authority in Catalonia had disappeared; and the hatred of Olivares was such that in Madrid many were glad of the news. But now Catalonia was a failed principality. In the cities, the anarchic insurgents directed their anger against the rich and the powerful, looting their houses, burning their books and their furniture, violating and engaging in pillage at will. The Catalans were at the mercy of the rural militias, who very soon aligned themselves according to their traditional allegiance to the nyerros and the cadells. All those accused of treason and being allies of the Crown feared for their lives. The impoverished aristocracy, and even the well-to-do peasants, became the target of that savage coalition of bandits, petty criminals and poor people of solemnity. And finally, of course, that brutal mob began with herself.
The Catalan ruling classes hid. The obstinate conservatism and the myopic personal interest of its merchants, the provincial independence of an inefficient aristocracy and, above all, their lack of any sense of collective will were the cause of their living in a backward vestige of the Middle Ages.
Olivares had to accept that he did not have the necessary resources to carry out more than a minimal campaign against Portugal, and retired to his usual state of anguished paranoia, while in Madrid his enemies sharpened their feathers until they were like knives. Meanwhile, in the south, the ninth duke of Medina Sidonia, grandson of the admiral of the Invincible Armada, plotted an uprising that should lead to his proclamation as king of Andalusia. Probably he did it with the sole intention of forcing Felipe to dismiss Olivares, but in any case it was a betrayal by a noble of the same lineage as Olivares.

In ictu oculi, by Valdés Leal, I have come to realize that it is the perfect symbol of the «end of time» of Spanish imperialism. It is a hieroglyph, a symbol that must be interpreted, an image that should be read as an epitaph of the Empire, in which Valdés Leal expresses all the fear and despair of a relentless decline and defeat. He had painted, in essence, a still life where the objects of a typically Sevillian material grandeur, with a clear imperial allusion, are piled up on a stone sarcophagus. There are books, literary and religious works, and a luxurious crimson cloth, but there is also a staff of justice, the heavy chains of gold and silver of public offices, weapons and armor, an ornate sword, a tunic and a papal miter and the ornate staff of a bishop; for some reason, all that’s missing is a work of art, a painting or a sculpture. Culture, gold, glory and religion, different facets of power and earthly influence, and therefore of the spiritual foolishness of men, are in sight.
The left foot of death is supported by a globe -where once the mighty Empire of Hapsburg Spain, in which the sun never set, had proved to be as temporary as life itself, and now it was barely shining in his own twilight. The picture reminds us that death will eternally rule with universal equanimity in the golden realms. Spain had aspired to dominion over death, and by the time of Philip II had shone at the zenith of a troubled world sky, the first world superpower in the history of mankind. But, as the sun was hidden by the western sky, Spain stopped shining with its own light and, on the contrary, only reflected the last golden flashes until vanishing in the darkness.

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