La generación APP — Howard Gardner

Este libro es interesante en cuanto como en el mundo las nuevas generaciones, o el desfase en generaciones anteriores a la década de los 70, sin embargo algunos ejemplos son demasiado americanos pero aun así tiene su interés.

Los jóvenes de ahora no solo crecen rodeados de aplicaciones, sino que además han llegado a entender el mundo como un conjunto de aplicaciones, a ver sus vidas como una serie de aplicaciones ordenadas o quizás, en muchos casos, como una única aplicación que se prolonga en el tiempo y que les acompaña de la cuna a la tumba (hemos llamado «superapp» a esta aplicación global). Las aplicaciones deben proporcionar al ser humano todo cuanto pueda necesitar y, si la aplicación deseada no existiera todavía, alguien debería diseñarla inmediatamente (quizás el propio demandante). Por otro lado, la imposibilidad de imaginar o diseñar la aplicación necesaria sería señal de que el deseo (o temor o enigma) carece de importancia (o, como mínimo, debería ser así).

Las aplicaciones que pueblan la pantalla del smartphone o la tableta de alguien son como una especie de huella digital: se identifica a la persona por su singular combinación de intereses, costumbres y relaciones sociales, en lugar de hacerlo por una disposición exclusiva de crestas y valles. Podemos encontrar una aplicación informativa entre una deportiva y otra de un teclado de piano, lo que revela en el acto múltiples facetas de la personalidad de esa persona. Muchas de estas aplicaciones permiten acceder a distintas comunidades virtuales, por lo que cada faceta permite al dueño encontrarse en comunión casi instantánea con personas de gustos parecidos. La posibilidad de expresión personal en la Red es amplísima, pero no ilimitada. Por ejemplo, Twitter la limita a 140 caracteres, mientras que las fotos manipuladas digitalmente son la moneda de cambio en el reino de Instagram. Por lo tanto, la identidad app es multifacética y muy personalizada, además de orientada al exterior y limitada por las decisiones de programación del desarrollador de la aplicación.
La tecnología ha desempeñado una función crucial en la creación del mundo globalizado actual, porque nos ha conectado con personas y lugares muy alejados de nuestra ubicación geográfica inmediata. Las aplicaciones son portales abiertos a ese mundo. Tanto si prefiere leer como escuchar u observar, hay aplicaciones que pueden proporcionarle los últimos acontecimientos de cualquier rincón del planeta, mientras que las aplicaciones de redes sociales y de microblogging pueden acercarle las opiniones de las personas que viven allí.
Sin embargo, las aplicaciones y la comodidad tienen un coste. Hemos hablado de hasta qué punto algunas de las características concretas de la comunicación digital pueden subyacer al aislamiento cada vez mayor y al declive de la empatía que han identificado varios investigadores. Nos ha llevado a ser especialmente sensibles a la función que pueda ejercer la aversión al riesgo en estas tendencias sociales. Es posible que nos resulte más cómodo eliminar el riesgo de las interacciones sociales, pero si no nos exponemos, jamás podremos conectar verdaderamente con otros (aislamiento). Y si no conectamos verdaderamente con los otros, no podemos ponernos en su lugar (empatía).

La Generación App se desliza hacia un cómodo estado de dependencia de las aplicaciones, pero también situaciones más positivas en las que las aplicaciones capacitan a los jóvenes para alcanzar un conocimiento de sí mismos más profundo y completo, además de relaciones íntimas plenamente desarrolladas con otros.
Consideramos que las aplicaciones y la Generación App avanzan inexorablemente hacia la búsqueda de soluciones prefabricadas para los problemas existentes. En este escenario tan poco atractivo, las identidades serán más superficiales, se construirán de una forma menos interesante e idiosincrática y se consolidarán con menos sentido; la intimidad (pese a que pueda ser más sólida que la privacidad) será más superficial y tenue y, probablemente, evolucionará menos a lo largo del tiempo; y la imaginación se dirigirá fundamentalmente a la resolución de problemas evidentes con rutas también evidentes encaminadas hacia la solución. O, si vamos más allá del ámbito individual de nuestros jóvenes sujetos, podría parecer que tanto la multitud de aplicaciones existentes como los usos que se les dan tienden claramente hacia la dependencia, no hacia la capacitación en las esferas que van de la religión a la educación.
Las aplicaciones no van a desaparecer, y tampoco hay ningún motivo por el que deban hacerlo. La cuestión es si cada vez seremos más dependientes de las aplicaciones y buscaremos una aplicación para cada situación, apartándonos de todo lo que no tenga una aplicación disponible o si, por el contrario, las aplicaciones nos harán cada vez más capaces y usaremos las aplicaciones ya existentes o nuevas para ampliar nuestro abanico de posibilidades. O si puede suceder, aunque sea en raras ocasiones, que nos olvidemos de la tecnología y vayamos más allá de las aplicaciones. Quizá, retomando el espíritu de una era analógica.

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