Tensión en la red — Esteban Magnani

Este es un interesante libre sobre las dos caras de la era digital y con el subtítulo de “libertad y control en la era digital”.
La tecnología sirve para canalizar el consumismo o una aceptación acrítica de las novedades, pero también puede ser una herramienta para democratizar el conocimiento, difundir información que los grandes medios callan por intereses particulares o permitir, por ejemplo, que se escriba un libro. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) son también un campo de batalla en el que se enfrentan, entre otras, dos variables fundamentales: libertad y control. No tantas personas llegan a visualizar la disputa y esto incide en la forma en que construimos el mundo digital que habitamos, ya sea activa o pasivamente.

La web es un gran ejemplo del poder de la cultura libre, es decir, de lo que ocurre cuando se ofrecen tecnologías abiertas, herramientas sin un uso específico con las que cualquier persona puede aprender lo que hicieron los demás y hacer su aporte.
El comienzo de la WWW fue revolucionario por la cantidad de información que permitía publicar y a la cual acceder desde cualquier lugar del mundo. Fue la primera muestra del potencial de internet para el uso cotidiano y el puntapié inicial para explotar otras posibilidades. El mundo se conectaba a una escala nunca vista antes. Comenzaba un nuevo capítulo en la tensión entre control y libertad con la tecnología como campo de lucha. Y un lugar protagónico lo tendrían los caños por los que circula la información.
Es que el gran aporte de Edward Snowden fueron las pruebas concretas capaces de convencer al gran público. El nivel de detalle es capaz de satisfacer a los periodistas del mundo y demostrarles que no se trata, simplemente, de una teoría conspirativa más inventada por los expertos informáticos. Así se supo el nivel de impunidad de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA) a la hora de espiar a aliados y enemigos, además de los vínculos de las empresas privadas con los servicios de inteligencia estadounidenses. Cada día se revelan nuevos documentos que indican el alcance de este espionaje y en los próximos meses seguirán fluyendo otros.
¿Por qué Snowden optó por el camino de revelar a la prensa en lugar de elegir alguna vía judicial? Lo más probable es que haya imaginado que no tenía sentido apelar a la justicia de los Estados Unidos atravesada por presiones enormes. Snowden tuvo un antecesor, el matemático William Benney quien intentó demostrar la inconstitucionalidad de las actividades de la NSA donde trabajaba. En 2001, Benney decidió renunciar “principalmente por la corrupción, los fraudes y el despilfarro de dinero. Esto se aceleró después del 11 de septiembre, porque desde entonces se comenzó a espiar a todos los ciudadanos en Estados Unidos, y luego este tipo de espionaje se extendió al resto del mundo. Me opuse, al considerar que se trataba de prácticas anticonstitucionales”.
En resumen, lo que están diciendo con una honestidad brutal, desde las más altas esferas del poder de los Estados Unidos, es que a ellos solo les preocupa la seguridad y privacidad de los ciudadanos estadounidenses y que su energía está puesta en que estos no sean espiados si no es imprescindible, pero que están dispuestos a sacrificar rápidamente los derechos de los nacidos en el resto de los países si eso mejora la seguridad de su país. En última instancia, los extranjeros son sospechosos hasta que se demuestre lo contrario. Desde su punto de vista, el planeta tiene habitantes de primera y de segunda, y esta óptica atraviesa a una internet que, aunque se proponga global, está fuertemente centralizada por el poder y la óptica, si no estadounidense, por lo menos anglosajona. Hasta tal punto está aceptada esta forma de ver al resto del planeta que la mayor atención a las revelaciones de Snowden en los Estados Unidos se centraron en saber si entre las miles de comunicaciones interceptadas había algunas de compatriotas.
Es mucho más lo que se puede contar sobre cómo los Estados Unidos y sus aliados vigilan el tráfico digital mundial y la escala masiva con que lo hace. Incluso está bastante claro que todos los países “invierten” parte de sus recursos, de acuerdo a sus posibilidades, para espiar a sus ciudadanos y a los de otros países. Sin embargo, países como China se encuentran lejos de cualquier doble moral porque ni siquiera argumentan en favor de la libertad en internet, la que es monitoreada y bloqueada a gusto para limitar el acceso a la información y vigilar a sus connacionales.

El gobierno chino cuenta además con su propio ejército de hackers que se dedica a vulnerar sistemas informáticos ajenos. El mencionado Citizen Lab al que pertenece Deibert detectó cómo el gobierno chino se enteraba de las reuniones y planes del Dalai Lama antes que cualquier otra persona. Luego de un minucioso trabajo que Deibert retrata en el mencionado libro Black Code, detectaron que los hackers de ese país tenían acceso a las computadoras de las oficinas del líder tibetano. Otro caso: a comienzos de 2013 la empresa de seguridad cibernética Mandiant publicó un extenso informe sobre cómo desde China llegaban ataques a organizaciones de todo el mundo. Luego de varios años de trabajo se sintieron en condiciones de afirmar que el gobierno de ese país estaba involucrado. Los detalles del extenso sistema de vigilancia cibernética están disponibles en la web.

Las decisiones en el ámbito del Estado son fundamentales para garantizar la circulación segura de información delicada. Sin embargo, existe otro tema no menos relevante: el desafío de seducir a aquellos que deciden con criterios de consumidor y parecen dispuestos a relegar su privacidad con tal de obtener suficiente confort. Es difícil conquistar a un público exigente y algo caprichoso que está acostumbrado a la jaula de oro que le ofrecen las grandes corporaciones.

Lo importante para FB (FaceBook)son las grandes cantidades de usuarios que se pueda ofrecer a los avisadores y Whatsapp ofrece un cantidad enorme de ellos. Lo extraño es que en el caso de Whatsapp tampoco está claro cómo se va a monetizar esa masa de gente, ya que su modelo de negocios por ahora no genera casi ingresos y promete mantener la aplicación como hasta ahora, es decir, gratuita o a un dólar por año. ¿FB está comprando un buzón? No parece. De hecho empresas como Twitter, creada en 2006, con cerca de 640 millones de usuarios en 2013, vienen perdiendo millones (casi 130 millones de dólares en el primer trimestre de 2014) desde hace años según declara en sus balances y no le encuentra la vuelta a su negocio. A pesar de todo, según algunas estimaciones la empresa vale U$D18.000 millones solo por calcular que el valor de cada usuario es de unos 30 dólares. ¿Otra burbuja a punto de estallar? Difícil determinarlo. Lo cierto es que algunas empresas son rentables y que muchas otras han quedado en el camino. En el caso de Whatsapp parecería que FB tiene algo en mente para lograrlo y si no, tiene espalda como para aguantar el mal paso.

El dinero que se mueve en internet crece sin parar pero es muy movedizo. Primero estaba en las páginas, en el e-commerce, luego en los blogs, más tarde en las redes sociales, en los celulares, las tablets. Las empresas persiguen el dinero y buscan interceptar su paso anticipando las movidas. No siempre resulta fácil.
El poder de Internet se demuestra en 2009, cuando Dave Carroll, un cantante estadounidense, hizo un video con una canción llamada “United breaks guitars” (“United rompe guitarras”). Allí relata cómo los asistentes de United Airlines destruyeron su instrumento al descargarlo de un avión y durante nueve meses estuvo rebotando de teléfono en teléfono haciendo reclamos inútiles. El clip musical se viralizó y logró cinco millones de visitas en un mes. La empresa llamó rápidamente al damnificado y pagó los gastos, pero su imagen quedó dañada.

La empresa Apple lanzó su iPhone a mediados de 2007 y creó, con ese mismo gesto, un mercado hasta entonces inexistente.
Estas empresas que parecen existir solo en el éter no pagan prácticamente impuestos, por lo que la rentabilidad de su negocio ni siquiera se redistribuye un poco en sus países originarios. Ellas pueden elegir dónde operar, algo que hasta ahora no ha logrado regularse.

Existen herramientas informáticas que permiten el desarrollo de inteligencia colectiva a escalas que no se conocían. Pero que esas herramientas se usen, se masifiquen, den respuestas concretas o llenen vacíos dejados por el sistema es otra cosa. El acceso al conocimiento que permite internet, la democratización que permite, es en sí mismo enorme, aun si tenemos en cuenta que también es un gigantesco mecanismo de control y los intentos por transformarla en un medio tradicional de consumo.

El poder, o en este caso, el contrapoder de los datos, puede resultar vital para mantener a la sociedad bien informada y en condiciones de acceder a datos que estaban ocultos. Quien tenga una base de datos suficientemente amplia y capacidad para procesarla de forma adecuada podrá saber más sobre la sociedad que lo que nunca se supo. Hasta qué punto se la usará para liberarla o para dirigirla es algo que aún falta definir, pero lo más probable es que la tensión entre ambas posibilidades continúe su ya largo recorrido histórico.

Internet es un buen reflejo de lo que ocurre en el mundo real: gobiernos que desconfían entre sí, intentos de control de la población, competencia de las corporaciones por atrapar a sus clientes, movimientos contrahegemónicos con propuestas interesantes, intentos de desarrollos autónomos por parte de algunos países del tercer mundo, negocios formidables, comunidades en constante movimiento, etcétera. Lo mismo que vale para el mundo digital parece valer para el material. Tal vez cambien las palabras, cambien las formas, pero las tensiones no son tan distintas.

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