El engaño populista — Axel Kaiser & Gloria Álvarez

Este es un interesante libro sobre los populismos, en boga en nuestro país, a través del discurso del miedo que se produjo en las últimas elecciones generales y partiendo de unas ideas contrarias al populismo, este libro me ha parecido más que interesante sobre el fenómeno latinoamericano y español. Por momentos el prisma neoliberal se plasma en el libro.

No es verdad que el populismo sea una peculiaridad virtualmente genética y exclusiva de los latinoamericanos, derivada de un deficiente marco institucional y, por tanto, sin posibilidad alguna de enraizar en la vieja y civilizada Europa. Falso de toda falsedad: tenemos populistas en varios países europeos, y en España, para colmo, los tenemos apoltronados en el poder, en una meteórica carrera ascendente cuyo final no es posible prever. En cambio, en la supuestamente atrasada América Latina los pueblos hace poco han dado la espalda al populismo en países tan emblemáticamente asociados con él como Venezuela, Bolivia o la Argentina.
Nadie está vacunado contra el populismo. Incluso Chile, quizá la nación institucionalmente más sólida al sur del Río Grande, puede perder los logros conquistados durante décadas por culpa de los socialistas, dispuestos a probar con Bachelet a la cabeza que, en efecto, nunca segundas partes fueron buenas.
Otro tanto sucede con la izquierda en España, a la vez desconcertada, golpeada y embelesada por unos populistas que en poco tiempo se han adueñado de cotas apreciables de poder político y tirón mediático. La izquierda española no fue capaz ni de anticipar ni de impedir este ascenso, y eso que el populismo no es más que una variedad del socialismo «de todos los partidos», como diría Hayek.
Su permanente insistencia en que ellos son la gran novedad contrasta con el contenido de sus programas, recomendaciones y hasta funcionamiento político. Presumen de ser más demócratas que nadie, todo en ellos es «participación» y «consultar a las bases», pero funcionan como una pequeña camarilla despótica tan poderosa como implacable a la hora de fulminar a disidentes o competidores dentro de sus filas. Es decir, similares a los demás partidos políticos de los que dicen diferir de modo sustancial.
Nótese como los antiliberales hablan todo el rato de «derechos sociales», y jamás de los derechos concretos de las personas concretas. Como apunta Guy Sorman: “El populismo es obligatoriamente antiliberal, ya que el liberalismo cree que la sociedad se basa en la libre asociación de ciudadanos”.
Los economistas populistas recurren a las aparentemente científicas teorías neoclásicas sobre los fallos del mercado y los bienes públicos, como si justificaran de por sí cualquier expansión del poder, los admirados líderes —el populismo padece el culto a la personalidad en un grado incluso mayor que el de las otras variantes antiliberales— se dedican en cuerpo y alma a la propaganda, con gran impacto entre la profesión periodística, y procuran intoxicar a la población con etiquetas a menudo brillantes pero también simplistas, que siguen el patrón clásico del intervencionismo. Así, todo lo que huela a libertad o a menos opresión política es demonizado como peligroso y desalmado «neoliberalismo», a la vez que se presenta al ciudadano como víctima de las empresas, y no de las autoridades.
El truco de Juan Carlos Monedero, que llama «empresas de producción social» a las empresas estatales o públicas de toda la vida, que el poder obliga al pueblo a pagar y que manejan privadamente sus genuinos propietarios, que son los políticos, los burócratas y mafias diversas de grupos de presión, empezando por los sindicatos.
No olvidan los autores el papel de la Iglesia católica, cuyo populismo no comenzó con el papa Francisco, pero a la vez reivindican el importante peso de esa misma Iglesia en el pensamiento contrario. En efecto, una fuente crucial del liberalismo fueron unos destacados religiosos católicos, los escolásticos españoles, grandes pensadores del siglo XVI, entre los que se cuenta el también jesuita Juan de Mariana.

Existen al menos cinco desviaciones que configuran la mentalidad populista y que es necesario analizar para entender el engaño que debemos enfrentar y superar. La primera es un desprecio por la libertad individual y una correspondiente idolatría por el Estado, lo cual emparenta a nuestros populistas socialistas con populistas totalitarios como Hitler y Mussolini. La segunda es el complejo de víctima, según el cual todos nuestros males han sido siempre culpa de otros, y nunca de nuestra propia incapacidad para desarrollar instituciones que nos permitan salir adelante. La tercera, relacionada con la anterior, es la paranoia «antineoliberal», según la cual, el neoliberalismo —o cualquier cosa relacionada con el libre mercado— es el origen último de nuestra miseria. La cuarta es la pretensión democrática con la que el populismo se viste para intentar darle legitimidad a su proyecto de concentración del poder. La quinta es la obsesión igualitarista, que se utiliza como pretexto para incrementar el poder del Estado y, así, enriquecer al grupo político en el poder a expensas de las poblaciones, beneficiando también a los amigos del populista y abriendo las puertas de par en par a una desatada corrupción.

Políticamente, el populismo suele encarnarse en un líder carismático, un redentor que viene a rescatar a los sufrientes y asegurarles un espacio de dignidad en el nuevo paraíso que este creará. Esto es particularmente notorio en el caso del «socialismo del siglo XXI». El populista lleva a cabo su programa utilizando las categorías de «pueblo» y «antipueblo». Él dice encarnar al «pueblo» y, por tanto, quien esté en contra de sus pretensiones estará siempre, por definición, en contra del «pueblo» y del lado del «antipueblo», lo que significa que debe ser marginado o eliminado.
La figura populista, debido a su idea de hacerse cargo de la vida del «pueblo», fomenta el odio en la sociedad dividiéndola entre buenos y malos.
Un rasgo esencial de la mentalidad populista ha sido siempre —y continúa siendo— el culpar de todos los males de la sociedad a otros: a los ricos, a los gringos, al capitalismo o la CIA. Difícilmente un líder latinoamericano o europeo populista dirá: «En realidad hemos fracasado en resolver nuestros problemas porque no hemos sido capaces de crear las instituciones que nos saquen adelante». Como hemos dicho, el líder populista fomenta sobre esa base el odio de clases y el resentimiento en contra de algún supuesto enemigo interno y/o externo que conspira para mantenernos en la pobreza y el subdesarrollo. En pocas palabras, siempre somos víctimas y, por tanto, necesitamos de un «salvador» que ponga fin a la conspiración conjunta de las oligarquías nacionales y los perversos intereses capitalistas internacionales.
Cuando Chávez, Kirchner, Maduro, Morales, Iglesias, Correa, López Obrador, Bachelet y otros han criticado el llamado «neoliberalismo», lo que han hecho es utilizar un «concepto trampa» para justificar moralmente su de otro modo indefendible ambición de poder, la cual pasa por reducir las libertades de las personas lo más posible incrementando el control que el Estado —es decir, ellos mismos— ejercen sobre esas personas. Si se depende del poder, no se le puede desafiar. Para perseguir el poder total, por lo tanto, se debe denunciar la libertad personal y ponerla del lado de la inmoralidad. De lo contrario, no hay cómo justificar el asalto populista-socialista. Y la etiqueta «neoliberal» sirve a la perfección para ese fin.
La democracia entendida como concentración del poder en manos de una minoría para lograr el socialismo nos lleva de frente a otra desviación clásica de la mentalidad populista: la obsesión por la igualdad material. En mayo de 2015, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, recordando a los fallecidos Hugo Chávez y Néstor Kirchner, declaró que ellos «vinieron a encender el fuego, no a apagarlo. Pero a encender los buenos fuegos, los fuegos de la igualdad, los fuegos del pueblo, no los fuegos que encendieron otros, de la represión […]. Esos son los fuegos que debemos mantener encendidos, con la gestión, con la militancia, con gobernar con el pueblo y para el pueblo.

Sólo alguien que no conoce el liberalismo puede sostener que este pretende beneficiar ciertos intereses en particular. La verdad es que, desde tiempos de Smith, lo que buscó todo el programa liberal fue reducir el poder de los grandes grupos obligándoles a competir en igualdad de condiciones con otros. Para eso, lo que hay que hacer es limitar al Estado y reducirlo a sus funciones fundamentales, de modo que los incentivos de comprar a políticos y burócratas sean menores que los de dedicarse a actividades productivas.

En el caso de América Latina y España, el rol de los intelectuales, de la cultura y de ciertas instituciones como la Iglesia católica han sido determinantes en la prevalencia de discursos e ideologías que conducen a políticas nacionales ruinosas, e incluso han contribuido decisivamente a que países como Argentina y Chile destruyan los fundamentos de su éxito.
Para entender el fenómeno populista, especialmente en su variante totalitaria, es fundamental saber que este se sirve de todo un lenguaje y un aparataje intelectual creado especialmente para destruir la libertad y justificar las aspiraciones de poder del líder. Ya vimos que el término «neoliberalismo» es uno de ellos y que, al final, se utiliza para expandir el tamaño del Estado y arruinar las economías de nuestros países. Pero hay muchos otros. Como veremos más adelante, en Venezuela, el socialismo del siglo XXI ha desarrollado todo un programa para crear lo que George Orwell denominó «neolengua» (newspeak) con el fin de corromper el pensamiento y hacer aceptable su proyecto.
Según Iglesias, «Gramsci comprendió que el poder de las clases dominantes no sólo se ejerce mediante instrumentos coercitivos o relaciones económicas derivadas del proceso productivo, sino también a través del control del sistema educativo, de la religión y de los medios de comunicación, y que, por tanto, la cultura es el terreno crucial de la lucha política». Para Gramsci, dice Iglesias, «la hegemonía es el poder cultural del que goza la clase dominante para dirigir a la sociedad en una dirección que no sólo sirve a sus intereses, sino que es asumida por el resto de los grupos como conforme a sus intereses». Por lo tanto, según Iglesias, la tarea política fundamental consiste en la crítica de la cultura y de las ideologías dominantes. Dejando clarísima la estrategia del populismo socialista, Iglesias afirma que “para cualquier actor político que carezca de los fusiles de Mao, el terreno gramsciano es el único posible”.
En su proyecto hegemónico, Iglesias recoge la enseñanza de Althusser y afirma que es fundamental cambiar el lenguaje predominante para llevar a cabo este trabajo de penetración cultural y creación de una nueva conciencia: «Nunca se debe asumir el lenguaje del adversario político, sino disputarlo», dice Iglesias, pues de este modo se disputa el sentido común instalado para cambiarlo por otro. Según Iglesias, su formación política, Podemos, ha intentado precisamente dar este combate ideológico en sus programas La Tuerka y Fort Apache, así como en los medios masivos de comunicación con sus intervenciones.
Iglesias es tan transparente respecto a su estrategia que incluso da un ejemplo sobre cómo Podemos utiliza el lenguaje para avanzar en su causa populista: «[…] la imposición en el lenguaje político español de la palabra “casta” para señalar a las élites políticas y económicas es un buen ejemplo de la política hegemónica de Podemos; la política por un nuevo relato de la crisis y por la forma de superarla».
Más que ganar las elecciones en el corto plazo, lo que le importa a Iglesias es cambiar el relato político, es decir, consolidar posiciones que hagan avanzar la hegemonía cultural de su proyecto populista. El cálculo no es de corto plazo, sino de largo: «¿Qué debemos decir en esta campaña entonces? En primer lugar que Podemos nació para ganar las elecciones generales y que ninguna batalla previa, por importante que sea, nos va a distraer de la principal», escribía Iglesias en mayo de 2015.
El rol que desempeña la hegemonía intelectual e ideológica en el avance de las propuestas socialistas. No cabe duda de que García Linera, Iglesias, Harnecker, Monedero y tantos otros teóricos de izquierda que hemos comentado tienen razón al poner el acento en las estrategias de hegemonía cultural gramscianas. Lo mismo deben hacer aquellos que quieren ver a América Latina libre de las miserias que engendran el populismo y el socialismo, pues, a pesar de las señales esperanzadoras que han surgido, sin una filosofía y un sentido común movilizador alternativo no será posible derrotar el populismo y las diversas corrientes hostiles a la democracia liberal. Ahora bien, esa filosofía o cuerpo de ideas alternativa debiera ser, creemos, un republicanismo liberal del siglo XXI que plantee una hoja de ruta totalmente opuesta a la ideología colectivista y autoritaria del populismo socialista.

Para lograr romper el engaño populista del que nuestros países son víctimas, necesariamente debemos trabajar en la construcción de un sentido común opuesto al que ha prevalecido. En otras palabras debemos lograr que ciertas ideas y ciertos conceptos que hoy no parecen ser populares lleguen a serlo. Derrotar al populismo —o, al menos, contenerlo— pasa entonces fundamentalmente por una revolución ideológica y de valores. El escepticismo frente al poder del Estado, el hacernos responsables de nuestras propias vidas, el jugar limpio y el respetar los proyectos de vida individuales y la propiedad ajena son esencialmente valores anclados en ideas y formas de ver el mundo.
No sirve de mucho ganar elecciones si no se logra un cambio de fondo en la mentalidad y la cultura de un país, porque, como hemos visto mil veces en América Latina, luego regresan los populistas de siempre y destruyen lo avanzado. La batalla por la cultura y —como diría Gramsci— por la conciencia de las personas es la clave de cualquier proyecto que pretenda ofrecer esperanza. La filosofía libertaria y republicana que ha permitido a Occidente salir adelante, incubada especialmente en el mundo anglosajón, es una que, salvando los matices que pueda presentar en las diversas culturas, en términos generales debe pasar a formar parte del sentido común.
Es más, muchos empresarios, especialmente los latinoamericanos, se han acomodado siempre a los políticos populistas y corruptos de turno, esperando beneficiarse a expensas del resto. Al final, esto les ha salido más caro que la alternativa. No sólo porque se convierten en víctimas de países en que la violencia se desata y viven aterrados de que los secuestren a ellos o a sus hijos, sino porque, cuando se radicalizan los proyectos populistas —como tiende a ocurrir en Latinoamérica—, expropian y confiscan empresas y recursos de quienes, en su servilismo hacia el gobierno de turno, creían estar seguros. No debemos olvidar que Chávez llegó al poder con el apoyo de buena parte de la decadente clase empresarial venezolana y que, en Chile, las políticas socialistas contra los terratenientes en la década de 1960 fueron incluso apoyadas por los industriales, hasta que el gobierno de Salvador Allende arrebató también las industrias.

…A finales de la década de 1980, todas las ideas expresadas eran social-liberales o neoliberales. Ya no se cuestionó que el capitalismo era el único modo viable económicamente, a pesar de sus efectos secundarios a veces criticados. […] A principios de la década de 1970, el subdesarrollo económico a menudo se explicaba con referencia a los factores estructurales de la economía mundial y a la dependencia de los países pobres de los ricos. A finales de la década de 1980, por el contrario, el subdesarrollo económico se explicaba con referencia a factores internos de los países pobres, como la mala gestión, la corrupción y los intentos de restringir las fuerzas del mercado. Tampoco se cuestionaba, a finales de la década de 1980, que la única manera de desarrollar las economías subdesarrolladas era a través del aumento de la liberalización de sus economías y del libre comercio, a pesar de que no todos estaban completamente de acuerdo en cuanto a los medios apropiados para alcanzar este fin.
Lo que refleja el estudio de Boréus es que, una vez más, el triunfo de las políticas liberales en Suecia fue un triunfo del lenguaje y de las élites intelectuales, es decir, un triunfo en la batalla de las ideas y por la ideología, precisamente aquello que América Latina y parte de Europa tienen perdido. Según Boréus, el «neoliberalismo, y que la autora usa para referirse a ideas de estado de derecho y libertad económica, penetró el lenguaje contribuyendo a crear un nuevo sentido común entre los suecos, un sentido común en el que la palabra e idea de «libertad» pasó a desplazar a la de «igualdad». En este cambio, resultó decisiva la estrategia adoptada por los liberales suecos, entre los cuales se encontraban diversos empresarios que no querían ver a su país avanzar por el camino socialista.
…Los think tanks y las revistas proliferaron, al igual que el cultivo de relaciones con la prensa, los contactos con los políticos, la edición y el trabajo dirigido a los estudiantes y profesores, desde primaria hasta el nivel universitario. El contenido ideológico de las campañas de la década de 1980 fue principalmente neoliberal y, en un grado muy leve, conservador. Las campañas incluyen intentos conscientes y deliberados de alterar el uso del lenguaje y el de ciertos términos en el debate.

Debemos insistir: si América Latina y España quieren superar la amenaza populista y socialista, e incluso si quieren avanzar desde las posiciones socialdemócratas en las que se encuentran, deben trabajar en el mundo de las ideas, las ideologías y el lenguaje a fin de convertir aquellos valores y principios de la sociedad libre en patrimonio universalmente aceptado. Por supuesto, al mismo tiempo, tal estrategia debe llevar a que la alternativa populista y estatista genere rechazo o resistencia en una parte importante de los líderes intelectuales, empresariales y políticos, así como en la mayoría de la población. Para ello se requiere de intelectuales capaces de desarrollar, defender y promover ideas en el debate público, lo cual, a su vez, requiere del apoyo de personas con recursos y que estén comprometidos con la causa de una sociedad libre y exenta de la lacra populista.

Las redes sociales han permitido dar voz a una masa de personas que nunca la tuvo; y que buena parte de ella es ignorante, maleducada y hace del insulto, la mentira y la estupidez su forma de manifestarse. En cierto sentido es verdad que los idiotas han encontrado en las redes sociales su ambiente natural, y también que sus opiniones, cuando son repetidas por un número suficiente de personas, son influyentes a pesar de su contenido absurdo. Pero esa es la realidad con la que se debe convivir hoy en día, y la alternativa no puede ser abandonar completamente ese terreno, como han hecho muchas personas, desde los académicos hasta las celebridades. Eso es dejar el espacio de las redes, tan grande y lleno de oportunidades, a los idiotas y populistas, dando por perdida una batalla crucial en el ámbito de las ideas, que también es el de la comunicación. En lugar de la retirada, por lo tanto, es necesario bajar el discurso republicano y liberal a un formato que sea fácil de asimilar para quienes participan en las redes sociales, ya que estas pueden ser instrumentos efectivos de control del poder político, como muestra el caso de Brasil, donde las manifestaciones de cientos de miles de personas en contra del corrupto gobierno de Dilma Rousseff se coordinaron gracias a estas tecnologías.
Otros casos que ilustran el poder de las redes sociales son la llamada Primavera Árabe, el movimiento Occupy Wall Street y la elección de Barack Obama.
La razón por la cual estas nuevas tecnologías ejercen tanta influencia es su carácter eminentemente relacional, sin contar la creciente disponibilidad masiva de dispositivos móviles cada vez más sofisticados, los cuales ponen en los bolsillos de millones de personas una poderosa computadora con la que están conectadas, literalmente, las veinticuatro horas del día y los 365 días del año.
Las personas tienden a definir su modo de pensar y decidir electoralmente (así como en otras materias) sobre la base de lo que ven en otros. Esto hace que la construcción de sentido común utilizando las redes sociales tenga un efecto multiplicador imprevisible.

[…] la movilización política online funciona. Induce a la libre expresión política, pero también induce a la recopilación de información y a la participación electoral […], la movilización social en redes es significativamente más eficaz que la movilización mediante el uso de información sola. Mostrar caras conocidas para los usuarios puede mejorar radicalmente la eficacia de un mensaje de movilización […]. En términos más generales, los resultados sugieren que los mensajes online podrían influir en una variedad de comportamientos fuera de línea (offline), y esto tiene implicaciones para nuestra comprensión de la función de los medios sociales en la sociedad.

Simón Bolívar dijo alguna vez que hemos vivido dominados por el engaño, y tenía razón. En América Latina y algunas partes de Europa se nos ha contado una historia llena de mentiras y falacias con el fin de hacer aceptables proyectos políticos e ideológicos que buscan concentrar el poder en unas pocas manos y enriquecer a diversos grupos de interés de manera corrupta.

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