El engaño populista — Axel Kaiser & Gloria Álvarez / The Populist Deception by Axel Kaiser & Gloria Álvarez

Este es un interesante libro sobre los populismos, en boga en nuestro país, a través del discurso del miedo que se produjo en las últimas elecciones generales y partiendo de unas ideas contrarias al populismo, este libro me ha parecido más que interesante sobre el fenómeno latinoamericano y español. Por momentos el prisma neoliberal se plasma en el libro.

No es verdad que el populismo sea una peculiaridad virtualmente genética y exclusiva de los latinoamericanos, derivada de un deficiente marco institucional y, por tanto, sin posibilidad alguna de enraizar en la vieja y civilizada Europa. Falso de toda falsedad: tenemos populistas en varios países europeos, y en España, para colmo, los tenemos apoltronados en el poder, en una meteórica carrera ascendente cuyo final no es posible prever. En cambio, en la supuestamente atrasada América Latina los pueblos hace poco han dado la espalda al populismo en países tan emblemáticamente asociados con él como Venezuela, Bolivia o la Argentina.
Nadie está vacunado contra el populismo. Incluso Chile, quizá la nación institucionalmente más sólida al sur del Río Grande, puede perder los logros conquistados durante décadas por culpa de los socialistas, dispuestos a probar con Bachelet a la cabeza que, en efecto, nunca segundas partes fueron buenas.
Otro tanto sucede con la izquierda en España, a la vez desconcertada, golpeada y embelesada por unos populistas que en poco tiempo se han adueñado de cotas apreciables de poder político y tirón mediático. La izquierda española no fue capaz ni de anticipar ni de impedir este ascenso, y eso que el populismo no es más que una variedad del socialismo «de todos los partidos», como diría Hayek.
Su permanente insistencia en que ellos son la gran novedad contrasta con el contenido de sus programas, recomendaciones y hasta funcionamiento político. Presumen de ser más demócratas que nadie, todo en ellos es «participación» y «consultar a las bases», pero funcionan como una pequeña camarilla despótica tan poderosa como implacable a la hora de fulminar a disidentes o competidores dentro de sus filas. Es decir, similares a los demás partidos políticos de los que dicen diferir de modo sustancial.
Nótese como los antiliberales hablan todo el rato de «derechos sociales», y jamás de los derechos concretos de las personas concretas. Como apunta Guy Sorman: “El populismo es obligatoriamente antiliberal, ya que el liberalismo cree que la sociedad se basa en la libre asociación de ciudadanos”.
Los economistas populistas recurren a las aparentemente científicas teorías neoclásicas sobre los fallos del mercado y los bienes públicos, como si justificaran de por sí cualquier expansión del poder, los admirados líderes —el populismo padece el culto a la personalidad en un grado incluso mayor que el de las otras variantes antiliberales— se dedican en cuerpo y alma a la propaganda, con gran impacto entre la profesión periodística, y procuran intoxicar a la población con etiquetas a menudo brillantes pero también simplistas, que siguen el patrón clásico del intervencionismo. Así, todo lo que huela a libertad o a menos opresión política es demonizado como peligroso y desalmado «neoliberalismo», a la vez que se presenta al ciudadano como víctima de las empresas, y no de las autoridades.
El truco de Juan Carlos Monedero, que llama «empresas de producción social» a las empresas estatales o públicas de toda la vida, que el poder obliga al pueblo a pagar y que manejan privadamente sus genuinos propietarios, que son los políticos, los burócratas y mafias diversas de grupos de presión, empezando por los sindicatos.
No olvidan los autores el papel de la Iglesia católica, cuyo populismo no comenzó con el papa Francisco, pero a la vez reivindican el importante peso de esa misma Iglesia en el pensamiento contrario. En efecto, una fuente crucial del liberalismo fueron unos destacados religiosos católicos, los escolásticos españoles, grandes pensadores del siglo XVI, entre los que se cuenta el también jesuita Juan de Mariana.

Existen al menos cinco desviaciones que configuran la mentalidad populista y que es necesario analizar para entender el engaño que debemos enfrentar y superar. La primera es un desprecio por la libertad individual y una correspondiente idolatría por el Estado, lo cual emparenta a nuestros populistas socialistas con populistas totalitarios como Hitler y Mussolini. La segunda es el complejo de víctima, según el cual todos nuestros males han sido siempre culpa de otros, y nunca de nuestra propia incapacidad para desarrollar instituciones que nos permitan salir adelante. La tercera, relacionada con la anterior, es la paranoia «antineoliberal», según la cual, el neoliberalismo —o cualquier cosa relacionada con el libre mercado— es el origen último de nuestra miseria. La cuarta es la pretensión democrática con la que el populismo se viste para intentar darle legitimidad a su proyecto de concentración del poder. La quinta es la obsesión igualitarista, que se utiliza como pretexto para incrementar el poder del Estado y, así, enriquecer al grupo político en el poder a expensas de las poblaciones, beneficiando también a los amigos del populista y abriendo las puertas de par en par a una desatada corrupción.

Políticamente, el populismo suele encarnarse en un líder carismático, un redentor que viene a rescatar a los sufrientes y asegurarles un espacio de dignidad en el nuevo paraíso que este creará. Esto es particularmente notorio en el caso del «socialismo del siglo XXI». El populista lleva a cabo su programa utilizando las categorías de «pueblo» y «antipueblo». Él dice encarnar al «pueblo» y, por tanto, quien esté en contra de sus pretensiones estará siempre, por definición, en contra del «pueblo» y del lado del «antipueblo», lo que significa que debe ser marginado o eliminado.
La figura populista, debido a su idea de hacerse cargo de la vida del «pueblo», fomenta el odio en la sociedad dividiéndola entre buenos y malos.
Un rasgo esencial de la mentalidad populista ha sido siempre —y continúa siendo— el culpar de todos los males de la sociedad a otros: a los ricos, a los gringos, al capitalismo o la CIA. Difícilmente un líder latinoamericano o europeo populista dirá: «En realidad hemos fracasado en resolver nuestros problemas porque no hemos sido capaces de crear las instituciones que nos saquen adelante». Como hemos dicho, el líder populista fomenta sobre esa base el odio de clases y el resentimiento en contra de algún supuesto enemigo interno y/o externo que conspira para mantenernos en la pobreza y el subdesarrollo. En pocas palabras, siempre somos víctimas y, por tanto, necesitamos de un «salvador» que ponga fin a la conspiración conjunta de las oligarquías nacionales y los perversos intereses capitalistas internacionales.
Cuando Chávez, Kirchner, Maduro, Morales, Iglesias, Correa, López Obrador, Bachelet y otros han criticado el llamado «neoliberalismo», lo que han hecho es utilizar un «concepto trampa» para justificar moralmente su de otro modo indefendible ambición de poder, la cual pasa por reducir las libertades de las personas lo más posible incrementando el control que el Estado —es decir, ellos mismos— ejercen sobre esas personas. Si se depende del poder, no se le puede desafiar. Para perseguir el poder total, por lo tanto, se debe denunciar la libertad personal y ponerla del lado de la inmoralidad. De lo contrario, no hay cómo justificar el asalto populista-socialista. Y la etiqueta «neoliberal» sirve a la perfección para ese fin.
La democracia entendida como concentración del poder en manos de una minoría para lograr el socialismo nos lleva de frente a otra desviación clásica de la mentalidad populista: la obsesión por la igualdad material. En mayo de 2015, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, recordando a los fallecidos Hugo Chávez y Néstor Kirchner, declaró que ellos «vinieron a encender el fuego, no a apagarlo. Pero a encender los buenos fuegos, los fuegos de la igualdad, los fuegos del pueblo, no los fuegos que encendieron otros, de la represión […]. Esos son los fuegos que debemos mantener encendidos, con la gestión, con la militancia, con gobernar con el pueblo y para el pueblo.

Sólo alguien que no conoce el liberalismo puede sostener que este pretende beneficiar ciertos intereses en particular. La verdad es que, desde tiempos de Smith, lo que buscó todo el programa liberal fue reducir el poder de los grandes grupos obligándoles a competir en igualdad de condiciones con otros. Para eso, lo que hay que hacer es limitar al Estado y reducirlo a sus funciones fundamentales, de modo que los incentivos de comprar a políticos y burócratas sean menores que los de dedicarse a actividades productivas.

En el caso de América Latina y España, el rol de los intelectuales, de la cultura y de ciertas instituciones como la Iglesia católica han sido determinantes en la prevalencia de discursos e ideologías que conducen a políticas nacionales ruinosas, e incluso han contribuido decisivamente a que países como Argentina y Chile destruyan los fundamentos de su éxito.
Para entender el fenómeno populista, especialmente en su variante totalitaria, es fundamental saber que este se sirve de todo un lenguaje y un aparataje intelectual creado especialmente para destruir la libertad y justificar las aspiraciones de poder del líder. Ya vimos que el término «neoliberalismo» es uno de ellos y que, al final, se utiliza para expandir el tamaño del Estado y arruinar las economías de nuestros países. Pero hay muchos otros. Como veremos más adelante, en Venezuela, el socialismo del siglo XXI ha desarrollado todo un programa para crear lo que George Orwell denominó «neolengua» (newspeak) con el fin de corromper el pensamiento y hacer aceptable su proyecto.
Según Iglesias, «Gramsci comprendió que el poder de las clases dominantes no sólo se ejerce mediante instrumentos coercitivos o relaciones económicas derivadas del proceso productivo, sino también a través del control del sistema educativo, de la religión y de los medios de comunicación, y que, por tanto, la cultura es el terreno crucial de la lucha política». Para Gramsci, dice Iglesias, «la hegemonía es el poder cultural del que goza la clase dominante para dirigir a la sociedad en una dirección que no sólo sirve a sus intereses, sino que es asumida por el resto de los grupos como conforme a sus intereses». Por lo tanto, según Iglesias, la tarea política fundamental consiste en la crítica de la cultura y de las ideologías dominantes. Dejando clarísima la estrategia del populismo socialista, Iglesias afirma que “para cualquier actor político que carezca de los fusiles de Mao, el terreno gramsciano es el único posible”.
En su proyecto hegemónico, Iglesias recoge la enseñanza de Althusser y afirma que es fundamental cambiar el lenguaje predominante para llevar a cabo este trabajo de penetración cultural y creación de una nueva conciencia: «Nunca se debe asumir el lenguaje del adversario político, sino disputarlo», dice Iglesias, pues de este modo se disputa el sentido común instalado para cambiarlo por otro. Según Iglesias, su formación política, Podemos, ha intentado precisamente dar este combate ideológico en sus programas La Tuerka y Fort Apache, así como en los medios masivos de comunicación con sus intervenciones.
Iglesias es tan transparente respecto a su estrategia que incluso da un ejemplo sobre cómo Podemos utiliza el lenguaje para avanzar en su causa populista: «[…] la imposición en el lenguaje político español de la palabra “casta” para señalar a las élites políticas y económicas es un buen ejemplo de la política hegemónica de Podemos; la política por un nuevo relato de la crisis y por la forma de superarla».
Más que ganar las elecciones en el corto plazo, lo que le importa a Iglesias es cambiar el relato político, es decir, consolidar posiciones que hagan avanzar la hegemonía cultural de su proyecto populista. El cálculo no es de corto plazo, sino de largo: «¿Qué debemos decir en esta campaña entonces? En primer lugar que Podemos nació para ganar las elecciones generales y que ninguna batalla previa, por importante que sea, nos va a distraer de la principal», escribía Iglesias en mayo de 2015.
El rol que desempeña la hegemonía intelectual e ideológica en el avance de las propuestas socialistas. No cabe duda de que García Linera, Iglesias, Harnecker, Monedero y tantos otros teóricos de izquierda que hemos comentado tienen razón al poner el acento en las estrategias de hegemonía cultural gramscianas. Lo mismo deben hacer aquellos que quieren ver a América Latina libre de las miserias que engendran el populismo y el socialismo, pues, a pesar de las señales esperanzadoras que han surgido, sin una filosofía y un sentido común movilizador alternativo no será posible derrotar el populismo y las diversas corrientes hostiles a la democracia liberal. Ahora bien, esa filosofía o cuerpo de ideas alternativa debiera ser, creemos, un republicanismo liberal del siglo XXI que plantee una hoja de ruta totalmente opuesta a la ideología colectivista y autoritaria del populismo socialista.

Para lograr romper el engaño populista del que nuestros países son víctimas, necesariamente debemos trabajar en la construcción de un sentido común opuesto al que ha prevalecido. En otras palabras debemos lograr que ciertas ideas y ciertos conceptos que hoy no parecen ser populares lleguen a serlo. Derrotar al populismo —o, al menos, contenerlo— pasa entonces fundamentalmente por una revolución ideológica y de valores. El escepticismo frente al poder del Estado, el hacernos responsables de nuestras propias vidas, el jugar limpio y el respetar los proyectos de vida individuales y la propiedad ajena son esencialmente valores anclados en ideas y formas de ver el mundo.
No sirve de mucho ganar elecciones si no se logra un cambio de fondo en la mentalidad y la cultura de un país, porque, como hemos visto mil veces en América Latina, luego regresan los populistas de siempre y destruyen lo avanzado. La batalla por la cultura y —como diría Gramsci— por la conciencia de las personas es la clave de cualquier proyecto que pretenda ofrecer esperanza. La filosofía libertaria y republicana que ha permitido a Occidente salir adelante, incubada especialmente en el mundo anglosajón, es una que, salvando los matices que pueda presentar en las diversas culturas, en términos generales debe pasar a formar parte del sentido común.
Es más, muchos empresarios, especialmente los latinoamericanos, se han acomodado siempre a los políticos populistas y corruptos de turno, esperando beneficiarse a expensas del resto. Al final, esto les ha salido más caro que la alternativa. No sólo porque se convierten en víctimas de países en que la violencia se desata y viven aterrados de que los secuestren a ellos o a sus hijos, sino porque, cuando se radicalizan los proyectos populistas —como tiende a ocurrir en Latinoamérica—, expropian y confiscan empresas y recursos de quienes, en su servilismo hacia el gobierno de turno, creían estar seguros. No debemos olvidar que Chávez llegó al poder con el apoyo de buena parte de la decadente clase empresarial venezolana y que, en Chile, las políticas socialistas contra los terratenientes en la década de 1960 fueron incluso apoyadas por los industriales, hasta que el gobierno de Salvador Allende arrebató también las industrias.

…A finales de la década de 1980, todas las ideas expresadas eran social-liberales o neoliberales. Ya no se cuestionó que el capitalismo era el único modo viable económicamente, a pesar de sus efectos secundarios a veces criticados. […] A principios de la década de 1970, el subdesarrollo económico a menudo se explicaba con referencia a los factores estructurales de la economía mundial y a la dependencia de los países pobres de los ricos. A finales de la década de 1980, por el contrario, el subdesarrollo económico se explicaba con referencia a factores internos de los países pobres, como la mala gestión, la corrupción y los intentos de restringir las fuerzas del mercado. Tampoco se cuestionaba, a finales de la década de 1980, que la única manera de desarrollar las economías subdesarrolladas era a través del aumento de la liberalización de sus economías y del libre comercio, a pesar de que no todos estaban completamente de acuerdo en cuanto a los medios apropiados para alcanzar este fin.
Lo que refleja el estudio de Boréus es que, una vez más, el triunfo de las políticas liberales en Suecia fue un triunfo del lenguaje y de las élites intelectuales, es decir, un triunfo en la batalla de las ideas y por la ideología, precisamente aquello que América Latina y parte de Europa tienen perdido. Según Boréus, el «neoliberalismo, y que la autora usa para referirse a ideas de estado de derecho y libertad económica, penetró el lenguaje contribuyendo a crear un nuevo sentido común entre los suecos, un sentido común en el que la palabra e idea de «libertad» pasó a desplazar a la de «igualdad». En este cambio, resultó decisiva la estrategia adoptada por los liberales suecos, entre los cuales se encontraban diversos empresarios que no querían ver a su país avanzar por el camino socialista.
…Los think tanks y las revistas proliferaron, al igual que el cultivo de relaciones con la prensa, los contactos con los políticos, la edición y el trabajo dirigido a los estudiantes y profesores, desde primaria hasta el nivel universitario. El contenido ideológico de las campañas de la década de 1980 fue principalmente neoliberal y, en un grado muy leve, conservador. Las campañas incluyen intentos conscientes y deliberados de alterar el uso del lenguaje y el de ciertos términos en el debate.

Debemos insistir: si América Latina y España quieren superar la amenaza populista y socialista, e incluso si quieren avanzar desde las posiciones socialdemócratas en las que se encuentran, deben trabajar en el mundo de las ideas, las ideologías y el lenguaje a fin de convertir aquellos valores y principios de la sociedad libre en patrimonio universalmente aceptado. Por supuesto, al mismo tiempo, tal estrategia debe llevar a que la alternativa populista y estatista genere rechazo o resistencia en una parte importante de los líderes intelectuales, empresariales y políticos, así como en la mayoría de la población. Para ello se requiere de intelectuales capaces de desarrollar, defender y promover ideas en el debate público, lo cual, a su vez, requiere del apoyo de personas con recursos y que estén comprometidos con la causa de una sociedad libre y exenta de la lacra populista.

Las redes sociales han permitido dar voz a una masa de personas que nunca la tuvo; y que buena parte de ella es ignorante, maleducada y hace del insulto, la mentira y la estupidez su forma de manifestarse. En cierto sentido es verdad que los idiotas han encontrado en las redes sociales su ambiente natural, y también que sus opiniones, cuando son repetidas por un número suficiente de personas, son influyentes a pesar de su contenido absurdo. Pero esa es la realidad con la que se debe convivir hoy en día, y la alternativa no puede ser abandonar completamente ese terreno, como han hecho muchas personas, desde los académicos hasta las celebridades. Eso es dejar el espacio de las redes, tan grande y lleno de oportunidades, a los idiotas y populistas, dando por perdida una batalla crucial en el ámbito de las ideas, que también es el de la comunicación. En lugar de la retirada, por lo tanto, es necesario bajar el discurso republicano y liberal a un formato que sea fácil de asimilar para quienes participan en las redes sociales, ya que estas pueden ser instrumentos efectivos de control del poder político, como muestra el caso de Brasil, donde las manifestaciones de cientos de miles de personas en contra del corrupto gobierno de Dilma Rousseff se coordinaron gracias a estas tecnologías.
Otros casos que ilustran el poder de las redes sociales son la llamada Primavera Árabe, el movimiento Occupy Wall Street y la elección de Barack Obama.
La razón por la cual estas nuevas tecnologías ejercen tanta influencia es su carácter eminentemente relacional, sin contar la creciente disponibilidad masiva de dispositivos móviles cada vez más sofisticados, los cuales ponen en los bolsillos de millones de personas una poderosa computadora con la que están conectadas, literalmente, las veinticuatro horas del día y los 365 días del año.
Las personas tienden a definir su modo de pensar y decidir electoralmente (así como en otras materias) sobre la base de lo que ven en otros. Esto hace que la construcción de sentido común utilizando las redes sociales tenga un efecto multiplicador imprevisible.

[…] la movilización política online funciona. Induce a la libre expresión política, pero también induce a la recopilación de información y a la participación electoral […], la movilización social en redes es significativamente más eficaz que la movilización mediante el uso de información sola. Mostrar caras conocidas para los usuarios puede mejorar radicalmente la eficacia de un mensaje de movilización […]. En términos más generales, los resultados sugieren que los mensajes online podrían influir en una variedad de comportamientos fuera de línea (offline), y esto tiene implicaciones para nuestra comprensión de la función de los medios sociales en la sociedad.

Simón Bolívar dijo alguna vez que hemos vivido dominados por el engaño, y tenía razón. En América Latina y algunas partes de Europa se nos ha contado una historia llena de mentiras y falacias con el fin de hacer aceptables proyectos políticos e ideológicos que buscan concentrar el poder en unas pocas manos y enriquecer a diversos grupos de interés de manera corrupta.

This is an interesting book about populisms, in vogue in our country, through the discourse of fear that occurred in the last general elections and based on ideas contrary to populism, this book has seemed more than interesting about the Latin American phenomenon and Spanish. At times the neoliberal prism is reflected in the book.

It is not true that populism is a virtually genetic peculiarity unique to Latin Americans, derived from a deficient institutional framework and, therefore, without any possibility of taking root in the old and civilized Europe. False of all falsehood: we have populists in several European countries, and in Spain, to top it off, we have them plunged into power, in a meteoric upward race whose end is not possible to foresee. In contrast, in the supposedly backward Latin America, peoples have recently turned their backs on populism in countries as symbolically associated with it as Venezuela, Bolivia or Argentina.
No one is vaccinated against populism. Even Chile, perhaps the most institutionally strong nation south of the Rio Grande, may lose the achievements conquered for decades by the socialists, willing to try with Bachelet to the head that, in effect, no second parties were good.
The same happens with the left in Spain, at the same time disconcerted, beaten and enthralled by populists who in a short time have seized appreciable levels of political power and media pull. The Spanish left was not able to anticipate or prevent this rise, and that populism is no more than a variety of socialism “of all parties,” as Hayek would say.
Their permanent insistence that they are the great novelty contrasts with the content of their programs, recommendations and even political functioning. They claim to be more democratic than anyone, everything in them is “participation” and “consult the bases,” but they function as a despotic clique as powerful as it is implacable at slaying dissent or competitors within their ranks. That is to say, similar to the other political parties of which they say to differ in a substantial way.
Notice how the anti-liberals talk all the time about “social rights”, and never about the concrete rights of the specific people. As Guy Sorman points out: “Populism is necessarily anti-liberal, since liberalism believes that society is based on the free association of citizens”.
Populist economists turn to seemingly scientific neoclassical theories about market failures and public goods, as if they justified any expansion of power, the admired leaders-populism suffers the cult of personality to an even greater extent than the of the other antiliberal variants – they devote themselves body and soul to propaganda, with great impact among the journalistic profession, and they try to intoxicate the population with often brilliant but also simplistic labels, which follow the classic pattern of interventionism. Thus, everything that smells of freedom or less political oppression is demonized as dangerous and heartless “neoliberalism”, while presenting the citizen as a victim of the companies, and not the authorities.
Juan Carlos Monedero’s trick, which he calls “social production enterprises” to state-owned or public companies throughout life, that power obliges the people to pay and that they privately handle their genuine owners, which are politicians, bureaucrats and Various mafias of pressure groups, starting with the unions.
The authors do not forget the role of the Catholic Church, whose populism did not begin with Pope Francis, but at the same time they claim the important weight of that same Church in the opposite thought. Indeed, a crucial source of liberalism were prominent Catholic religious, the Spanish scholastics, great thinkers of the sixteenth century, among which is also the Jesuit Juan de Mariana.

There are at least five deviations that configure the populist mentality and that it is necessary to analyze to understand the deception that we must face and overcome. The first is a contempt for individual freedom and a corresponding idolatry by the State, which resembles our socialist populists with totalitarian populists like Hitler and Mussolini. The second is the victim complex, according to which all our ills have always been the fault of others, and never of our own inability to develop institutions that allow us to move forward. The third, related to the previous one, is the “anti-neoliberal” paranoia, according to which neoliberalism – or anything related to the free market – is the ultimate source of our misery. The fourth is the democratic pretension with which populism dresses to try to give legitimacy to its project of concentration of power. The fifth is the egalitarian obsession, which is used as a pretext to increase the power of the State and, thus, enrich the political group in power at the expense of the populations, also benefiting the friends of the populist and opening the doors wide. to unleashed corruption.

Politically, populism tends to be incarnated in a charismatic leader, a redeemer who comes to rescue the suffering and assure them a space of dignity in the new paradise that this will create. This is particularly noticeable in the case of “socialism of the 21st century”. The populist carries out his program using the categories of “people” and “anti-town”. He claims to embody the “people” and, therefore, whoever is against his claims will always be, by definition, against the “people” and the “anti-town” side, which means that he must be marginalized or eliminated.
The populist figure, due to his idea of ​​taking charge of the life of the “people”, foments hatred in society by dividing it between good and bad.
An essential feature of the populist mentality has always been – and continues to be – to blame all the ills of society on others: the rich, the gringos, capitalism or the CIA. Hardly a Latin American or European populist leader will say: “In reality we have failed to solve our problems because we have not been able to create the institutions that take us forward.” As we have said, the populist leader foments on that basis class hatred and resentment against some supposed internal and / or external enemy that conspires to keep us in poverty and underdevelopment. In short, we are always victims and, therefore, we need a “savior” to put an end to the joint conspiracy of the national oligarchies and the perverse international capitalist interests.
When Chávez, Kirchner, Maduro, Morales, Iglesias, Correa, López Obrador, Bachelet and others have criticized the so-called “neoliberalism”, what they have done is to use a “cheating concept” to morally justify their otherwise indefensible ambition for power, which goes through reducing the liberties of people as much as possible by increasing the control that the State – that is, they themselves – exert on those people. If you depend on power, you can not be challenged. In order to pursue total power, therefore, one must denounce personal freedom and place it on the side of immorality. Otherwise, there is no way to justify the populist-socialist assault. And the label «neoliberal» serves perfectly for that purpose.
Democracy understood as the concentration of power in the hands of a minority to achieve socialism leads us to another classic deviation from the populist mentality: the obsession with material equality. In May 2015, President Cristina Fernández de Kirchner, remembering the deceased Hugo Chávez and Néstor Kirchner, declared that they “came to light the fire, not turn it off. But to ignite the good fires, the fires of equality, the fires of the people, not the fires that ignited others, of repression […]. These are the fires that we must keep burning, with management, with militancy, with governing with the people and for the people.

Only someone who does not know liberalism can claim that it aims to benefit certain interests in particular. The truth is that, since Smith’s time, what the entire liberal program sought was to reduce the power of large groups by forcing them to compete on equal terms with others. For this, what must be done is to limit the State and reduce it to its fundamental functions, so that the incentives to buy politicians and bureaucrats are less than those of engaging in productive activities.

In the case of Latin America and Spain, the role of intellectuals, of culture and of certain institutions such as the Catholic Church have been decisive in the prevalence of discourses and ideologies that lead to ruinous national policies, and have even decisively contributed to countries like Argentina and Chile destroy the foundations of their success.
To understand the populist phenomenon, especially in its totalitarian variant, it is fundamental to know that it uses a whole language and an intellectual apparatus created especially to destroy freedom and justify the leader’s aspirations for power. We already saw that the term “neoliberalism” is one of them and that, in the end, it is used to expand the size of the State and ruin the economies of our countries. But there are many others. As we will see later, in Venezuela, the socialism of the 21st century has developed a whole program to create what George Orwell called “Newspeak” (newspeak) in order to corrupt the thinking and make his project acceptable.
According to Iglesias, “Gramsci understood that the power of the ruling classes is not only exercised through coercive instruments or economic relations derived from the productive process, but also through the control of the educational system, religion and the media, and that , therefore, culture is the crucial terrain of the political struggle ». For Gramsci, says Iglesias, “hegemony is the cultural power enjoyed by the ruling class to direct society in a direction that not only serves their interests, but is assumed by the rest of the groups as their interests » Therefore, according to Iglesias, the fundamental political task consists in the criticism of the dominant culture and ideologies. Leaving the strategy of socialist populism very clear, Iglesias affirms that “for any political actor that lacks Mao’s rifles, the Gramscian terrain is the only possible one”.
In his hegemonic project, Iglesias picks up the teaching of Althusser and affirms that it is fundamental to change the predominant language to carry out this work of cultural penetration and creation of a new conscience: «You should never assume the language of the political adversary, but dispute it» , says Iglesias, because in this way the installed common sense is disputed to change it for another one. According to Iglesias, his political formation, Podemos, has tried precisely to give this ideological combat in his programs La Tuerka and Fort Apache, as well as in the mass media with his interventions.
Iglesias is so transparent about his strategy that he even gives an example of how Podemos uses language to advance his populist cause: «[…] the imposition in Spanish political language of the word” caste “to point to elites political and economic is a good example of the hegemonic politics of Podemos; the policy for a new account of the crisis and for the way to overcome it “.
Rather than winning elections in the short term, what matters to Iglesias is changing the political narrative, that is, consolidating positions that advance the cultural hegemony of his populist project. The calculation is not short term, but long: “What should we say in this campaign then? In the first place that Podemos was born to win the general elections and that no previous battle, however important, will distract us from the main one, “Iglesias wrote in May 2015.
The role played by intellectual and ideological hegemony in the advance of socialist proposals. There is no doubt that García Linera, Iglesias, Harnecker, Monedero and many other leftist theorists that we have commented on are right to put the accent on Gramscian cultural hegemony strategies. The same must be done by those who want to see Latin America free from the miseries that generate populism and socialism, because, despite the hopeful signs that have emerged, without a philosophy and an alternative mobilizing common sense it will not be possible to defeat populism and the various currents hostile to liberal democracy. Now, that philosophy or body of alternative ideas should be, we believe, a liberal republicanism of the 21st century that poses a road map totally opposed to the collectivist and authoritarian ideology of socialist populism.

In order to break the populist deception of which our countries are victims, we must necessarily work in the construction of a common sense opposed to that which has prevailed. In other words we must achieve that certain ideas and certain concepts that today do not seem to be popular become so. Defeating populism – or, at least, containing it – then passes fundamentally through an ideological and values ​​revolution. Skepticism in the face of state power, taking responsibility for our own lives, playing fair and respecting individual life projects and other people’s property. they are essentially values ​​anchored in ideas and ways of seeing the world.
It does not do much to win elections if a fundamental change in the mentality and culture of a country is not achieved, because, as we have seen a thousand times in Latin America, then the usual populists return and destroy the advanced. The battle for culture and, as Gramsci would say, for the conscience of people is the key to any project that aims to offer hope. The libertarian and republican philosophy that has allowed the West to get ahead, incubated especially in the Anglo-Saxon world, is one that, saving the nuances that it can present in different cultures, in general terms must become part of common sense.
Moreover, many entrepreneurs, especially Latin Americans, have always accommodated the populist and corrupt politicians of the day, hoping to benefit at the expense of the rest. In the end, this has been more expensive than the alternative. Not only because they become victims of countries in which violence is unleashed and they live in fear of being kidnapped by them or their children, but because, when populist projects become radicalized -as it tends to happen in Latin America-, they expropriate and confiscate companies and resources of those who, in their subservience to the government of the day, believed they were safe. We must not forget that Chávez came to power with the support of a large part of the decadent Venezuelan business class and that, in Chile, the socialist policies against the landowners in the 1960s were even supported by the industrialists, until the government of Salvador Allende also snatched the industries.

… At the end of the 1980s, all the ideas expressed were social-liberal or neoliberal. It was no longer questioned that capitalism was the only economically viable way, despite its sometimes criticized side effects. […] At the beginning of the 1970s, economic underdevelopment was often explained with reference to the structural factors of the world economy and to the dependence of poor countries on the rich. At the end of the 1980s, on the other hand, economic underdevelopment was explained by reference to internal factors of poor countries, such as mismanagement, corruption and attempts to restrict market forces. Nor was it questioned, at the end of the 1980s, that the only way to develop underdeveloped economies was by increasing the liberalization of their economies and free trade, even though not everyone was completely in agreement with each other. the appropriate means to achieve this end.
What reflects the study of Boréus is that, once again, the triumph of liberal policies in Sweden was a triumph of the language and of the intellectual elites, that is, a triumph in the battle of ideas and ideology, precisely what Latin America and part of Europe have lost. According to Boréus, “neoliberalism,” which the author uses to refer to ideas of the rule of law and economic freedom, penetrated the language, helping to create a new common sense among Swedes, a common sense in which the word and idea of ​​« freedom »happened to displace the« equality ». In this change, the strategy adopted by the Swedish Liberals was decisive, among which were several businessmen who did not want to see their country advance along the socialist path.
… The think tanks and the magazines proliferated, as well as the cultivation of relations with the press, the contacts with the politicians, the edition and the work directed to the students and professors, from primary to the university level. The ideological content of the campaigns of the 1980s was mainly neoliberal and, to a very slight degree, conservative. The campaigns include conscious and deliberate attempts to alter the use of language and certain terms in the debate.

We must insist: if Latin America and Spain want to overcome the populist and socialist threat, and even if they want to advance from the social democratic positions in which they find themselves, they must work in the world of ideas, ideologies and language in order to convert those values ​​and principles of the free society in universally accepted heritage. Of course, at the same time, such a strategy must lead to the populist and statist alternative generating rejection or resistance in an important part of the intellectual, business and political leaders, as well as in the majority of the population. This requires intellectuals capable of developing, defending and promoting ideas in the public debate, which, in turn, requires the support of people with resources and who are committed to the cause of a free society exempt from the populist scourge .

Social networks have allowed to give voice to a mass of people who never had it; and that a good part of it is ignorant, impolite and makes insult, lies and stupidity its way of manifesting itself. In a certain sense it is true that idiots have found their natural environment in social networks, and also that their opinions, when repeated by a sufficient number of people, are influential despite their absurd content. But that is the reality that must be lived with today, and the alternative can not be to completely abandon this terrain, as many people have done, from academics to celebrities. That is to leave the space of networks, so big and full of opportunities, to the idiots and populists, giving as lost a crucial battle in the field of ideas, which is also that of communication. Instead of the withdrawal, therefore, it is necessary to lower the republican and liberal discourse to a format that is easy to assimilate for those who participate in social networks, since these can be effective instruments of control of political power, as shown by the case of Brazil, where the demonstrations of hundreds of thousands of people against the corrupt government of Dilma Rousseff were coordinated thanks to these technologies.
Other cases that illustrate the power of social networks are the so-called Arab Spring, the Occupy Wall Street movement and the election of Barack Obama.
The reason why these new technologies exert so much influence is their eminently relational character, without counting the increasing mass availability of increasingly sophisticated mobile devices, which put in the pockets of millions of people a powerful computer with which they are connected, literally, twenty-four hours a day and 365 days a year.
People tend to define their way of thinking and deciding electorally (as well as in other matters) on the basis of what they see in others. This makes the construction of common sense using social networks have an unpredictable multiplier effect.

[…] online political mobilization works. It induces free political expression, but also induces the collection of information and electoral participation […], social mobilization in networks is significantly more effective than mobilization through the use of information alone. Showing familiar faces to users can radically improve the efficiency of a mobilization message […]. More generally, the results suggest that online messages could influence a variety of offline behaviors, and this has implications for our understanding of the role of social media in society.

Simón Bolívar once said that we have lived dominated by deception, and he was right. In Latin America and parts of Europe we have been told a story full of lies and fallacies in order to make acceptable political and ideological projects that seek to concentrate power in a few hands and enrich various interest groups in a corrupt manner.

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