Código Francisco — Marcelo Larraquy / Francis’ Code by Marcelo Larraquy (spanish book edition)

Este libro nos explica la figura del Papa Francisco y su manera de entender el mundo y las relaciones y me ha parecido muy interesante y recomendable. Quien no es argentino, yo por ejemplo, posiblemente le será difícil entender actitudes del Papa Francisco. Muchas de las decisiones (su cara en la foto con Macri y Awada) o su decantamiento por Abuelas (y quizás decidir recibir a Hebe de Bonafini) encuentran explicaciones en este libro, que describe el derrotero del cura al Papa, sus afinidades al peronismo, y la teología que subyace en sus discursos y actitudes.
La Teología del Pueblo,abrazada por Bergoglio y catapultada en Aparecida es la gran desconocida acá en Europa. Las consecuencias son también rotundas: la esgrima de Benedicto con el discurso de Ratisbona, o las condenas de Muller, o de la iglesia conservadora vs el celo pastoral, la comprensión del problema humano que excede cualquier marco normativo o casuístico. ¿Relativismo?. Cada uno debe ser adulto y eso es lo que quiere Francisco.
Pese a que el libro tiene una marcada necesidad de conocimiento de la Argentina y su historia, cualquier lector podrá ver la evolución del pensamiento del Papa, sus limitaciones (el problema del obispo Barros en Chile) y su forma de expresar el evangelio para el hombre moderno.

Septiembre de 2013. En su carta a Putin, en ese momento a cargo de la titularidad del G20 que se reunía en San Petersburgo, reclamó a los líderes de las veinte economías más poderosas, que retienen el 90% del PBI mundial, que abandonaran cualquier “vana pretensión de una solución militar” y se empeñaran en “perseguir, con valentía y determinación, una solución pacífica a través del diálogo y la negociación entre las partes interesadas con el apoyo de la comunidad internacional”.
Putin la leyó frente al presidente de Estados Unidos, Barack Obama.
Con esta primera intervención en el escenario internacional, Francisco firmó su Pontificado.
Esta nueva iglesia latinoamericana que proyectaba a Bergoglio como su emergente tenía raíces en la Teología del Pueblo (TdP). ¿Qué era? ¿Qué representaba? ¿Cuál era su novedad?
El eurocentrismo cristiano no entendía bien de qué se trataba. Era una teología extraña a su lenguaje, que llamaba a estar cerca del pueblo que Dios le había confiado y ponía en primer plano, con una praxis evangelizadora, la dimensión misionera de los discípulos de Jesús. Una iglesia que, sin el marxismo como herramienta para el análisis social, inclinaba su preferencia por los pobres e iba al encuentro de las “periferias existenciales” con los más débiles, privados del amor de Dios.
En Aparecida, Bergoglio agregaba un componente adicional a la eclesiología latinoamericana: la pastoral urbana. Buenos Aires, como otras metrópolis y ciudades del continente, expresaba el lugar de la cultura moderna, diversa, dinámica, migrante y también pobre, sumergida —con sus tres millones de habitantes, más los doce millones del área metropolitana— en una vida cotidiana compleja y agobiante, en la que anunciar a Dios como realidad suprema se volvía un desafío pastoral.

En la toma de decisiones, la oración es un elemento determinante para el Papa. Muchas de las críticas que recibe por la imprevisión de su gobierno se relacionan con ese espacio de silencio y quietud en el cual dialoga con Dios. Bergoglio reza para escuchar. Percibe la oración como una relación dialógica.
La instauración en abril de 2013 de la comisión de ocho cardenales (C8) —a la que más tarde se sumó el secretario de Estado Pietro Parolin y se denominó C9— como órgano consultivo de gobierno. El C9 podría brindarle una visión poliédrica y multifacética, que incorporara otras miradas de la Iglesia y del mundo para asimilar en su papado. La filosofía del C9 contenía su pensamiento geoestratégico representado en las imágenes de la esfera y el poliedro: “Me gusta imaginar la humanidad como un poliedro, en el cual las formas múltiples, a la hora de expresarse, constituyen los elementos que componen la familia humana en una pluralidad. Y esto es la verdadera globalización. La otra globalización, o sea, la de la esfera, es una homologación”, afirmó el Papa.
Francisco también delegó al C9 el estudio de la reforma de la curia romana, que incluye entre otros temas, la relación del Vaticano y las conferencias episcopales, y la presencia de los laicos, sobre todo de las mujeres, en el trabajo de los dicasterios.
La tarea del C9 supuso el replanteo de un sistema de gobierno de una institución milenaria en favor de la eficiencia administrativa para el servicio de la Iglesia y el mundo. Con reuniones cuatrimestrales en Roma.

El Papa encontró en Putin un interlocutor válido para disuadir a Obama y retirar el apoyo de una acción armada en Siria. Rusia, que vendía armas a Siria y apoyaba al régimen de gobierno, logró que Bashar Al-Assad destruyera, o pusiera a su resguardo, las armas químicas. Fue el inicio de una convergencia objetiva entre Francisco y Putin en la geopolítica internacional.
Desde entonces, Rusia es un actor clave para la Santa Sede en Medio Oriente. Putin protegió no solo a cristianos ortodoxos de distintos patriarcados, sino también a cristianos que, sobre todo en Siria, ya padecían la discriminación de algunas etnias y que luego sufrieron la persecución delEstado Islámico.
La Santa Sede —que no tiene ejército, ni puede declarar la guerra contra nadie y que en los conflictos proclama la voluntad política de las partes— debe valerse de las fuerzas internacionales para proteger a sus fieles en zonas de guerra. Rusia fue una de ellas.

El Papa se negó a promover la “guerra santa”. Combatir al ISIS de manera frontal y directa, suponía, fortalecería al yihadismo y facilitaría el reclutamiento de musulmanes para la constitución del Califato como estado trasnacional y entidad política única. Su encrucijada fue cómo frenar la persecución y no dar paso a una respuesta militar reclamada por la presión occidental y también por grupos católicos europeos y estadounidenses.
De regreso del viaje a Corea del Sur, el 18 de agosto de 2014, cuando un periodista le dijo que Estados Unidos había comenzado a bombardear a los terroristas de Iraq “para evitar el genocidio” y “proteger el futuro de las minorías”, entre los que había católicos, y le preguntó, de manera clara: “¿Usted aprueba el bombardeo americano?”, el Papa sostuvo esa delgada línea.
 En estos casos, en los que hay una agresión injusta, solo puedo decir que es lícito “detener” al agresor injusto. Subrayo el verbo “detener”, no digo bombardear, hacer la guerra, sino detenerlo.
La Santa Sede sostuvo su posición inicial frente al conflicto: ahogar las finanzas yihadistas, basada en la venta de petróleo, e impedirles la compra de armas, como mencionó en el Capitolio en la gira por Cuba-Estados Unidos en septiembre de 2015. Tres meses más tarde, su posición lograría resultados: el inmediato “alto al fuego” y un plan de paz para Siria, con el gobierno y los rebeldes en la mesa de negociaciones, establecido por el Consejo de Seguridad de la ONU, con el aval de Rusia, Estados Unidos y otras potencias.
El Papa describió este nuevo escenario geopolítico como una nueva guerra fría o la continuidad de la “tercera guerra mundial en etapas”, en el este de Asia, el norte de África y Medio Oriente, proyectada sobre Europa, con potencias que confrontan sus intereses en algunas regiones y promueven su colaboración en otras.

Francisco también se involucró con el genocidio armenio. En noviembre de 2014, visitó Turquía, donde el 90% de la población es musulmana. Fue un viaje pastoral y religioso —antes que de estricto enfoque político— para fortalecer la relación con el patriarcado de Constantinopla de Bartolomé I, guía espiritual de alrededor de 300 millones de cristianos ortodoxos. En el regreso a Roma, el genocidio, que no había sido mencionado en Turquía, fue motivo de consulta de una periodista:
—No he oído nada sobre los armenios. El próximo año será el centenario del genocidio de los armenios y el gobierno turco tiene una posición negacionista. Quisiera saber qué piensa sobre esto.
El Papa no mencionó la palabra “genocidio” en Turquía. Tampoco lo haría en el vuelo de regreso de ese país. Sí comentó una carta que el presidente turco Recep Tayyip Erdogan había enviado unos meses antes a los armenios “sobre el recuerdo de este episodio”, que juzgó como un “gesto pequeño”, pero, dado que para el año próximo se habían previsto “muchos actos conmemorativos de este centenario.
Para sorpresa del catolicismo europeo, que poco o nada sabía sobre su formación teológica y práctica pastoral, Francisco cambió el eje del debate. Puso sobre la mesa temas de corrupción, mafias, tráfico humano y trabajo forzado. Habló de la crisis de solidaridad y de indiferencia frente al pobre.

Francisco llamó a abrir los ojos frente al mar Mediterráneo, a abrir los ojos frente a las redes de traficantes que explotaban a los refugiados, que intentaban escapar de las guerras y la pobreza, en oleadas que se intensificaron a partir del 2011 por la Primavera Árabe, desde Túnez, Libia, Egipto, Siria o del África subshariana, y quedaban a merced del mar, a mitad de camino de su travesía, o caían en manos de mafias que los reducían al trabajo esclavo, la prostitución o incluso como víctimas del tráfico de órganos.
Hasta entonces la Unión Europea no tenía una política de conjunto frente a la inmigración que no fuera el blindaje que les proporcionaba la ley de cada país. Mientras Europa perfeccionaba la vigilancia en las fronteras en búsqueda de un Estado sellado frente a la marea de inmigrantes de Medio Oriente y África, el Mediterráneo se convertía en la frontera más peligrosa del mundo. Los que morían ahogados multiplicaban por diez a los que morían en el desierto de la frontera de México y Estados Unidos.
Con su mirada al Mediterráneo, el Papa señaló que el drama humano exigía otra visión, o, mejor dicho, una dimensión geopolítica relacionada con los conflictos políticos y la economía global.

Francisco fue percibido como un líder religioso, civil y político, un fenómeno mundial que movilizó a católicos, creyentes de otras confesiones y también a agnósticos y ateos. Se convirtió en una personalidad atractiva para la audiencia universal, que generaba interés desde la tapa de Rolling Stone, National Geographic, Time, o cualquier revista, red social o programa de televisión del mundo.
La “puerta abierta” fue su estrategia para que el mundo laico volviera a mirar a la Iglesia, no ya como un imperio premoderno de costumbres anacrónicas, sino como un actor valioso para ofrecer una mirada pastoral política y social renovada de la realidad humana.
Tanto por su habilidad para el liderazgo como por su forma para abordar las controversias internas de la Iglesia, la diferencia de Francisco con Ratzinger fue radical. Benedicto XVI también consideraba el celibato como un testimonio de fe, pero lo enfatizaba como una prioridad para conducir a los hombres hacia Dios.

El acuerdo cerraba también un juego a tres bandas.
Cuba aceptó a Francisco como garante. Fue el primer paso a una “salida al mundo” sin que nadie le imputara haberse convertido en un “lame botas del imperio”. Los disidentes cubanos, como se esperaba, criticaron el reinicio del diálogo por considerarlo una “legitimación del régimen” que alargaría su permanencia en el poder.
Por su lado, Obama obtuvo el sello vaticano para una negaciación trabajosa. Además, acompañó la imagen y el discurso de Francisco como un aliado para algunos temas sensibles de su política interior y exterior.
A su vez, el Papa reconocía a Obama como un hijo de la periferia, parte de una minoría de raza negra, con el que coincidía —como quedaría establecido en la gira a Estados Unidos en septiembre de 2015— en posiciones sobre la desigualdad económica, el cambio climático y la reforma inmigratoria, que Obama no lograba destrabar en el Congreso. Con este acuerdo tácito se acababa la comunión de la Santa Sede y el Partido Republicano, como había sucedido entre Juan Pablo II y Ronald Reagan, George H. W. Bush y George W. Bush.

No eran pocos los obispos argentinos que desconfiaban de Bergoglio en sus primeras asambleas episcopales. En principio, resultaba raro que hubiera aceptado ser obispo auxiliar, con el pedido de dispensa al Papa. También resultaba intrigante que no hablara. Suponían que era para no contradecir al arzobispo Antonio Quarracino, que le había abierto las puertas del mundo diocesano.
Los obispos entendían que era legítimo que Bergoglio no quisiera desautorizar a su jefe. Pero, ¿su silencio también significaba el apoyo al modelo socioeconómico neoliberal de Menem, que incluía la liquidación de patrimonios de empresas del Estado, el aumento de la desocupación y la pobreza? ¿También implicaba consentir la escandalosa riqueza de los funcionarios? Esa era la incógnita que un grupo de obispos, que buscaba dar un golpe de timón en la conducción de la iglesia local, intentaba despejar.
La designación de Bergoglio representó el retorno a Buenos Aires. La ciudad no solo lo liberó del “conventualismo” de la Orden religiosa, atenuado por su acción pastoral en la parroquia Patriarca San José, sino que lo comprometió a un espacio de actuación nuevo.
Bergoglio defendió la doctrina frente al laicismo y el avance del secularismo cultural de la sociedad, con presión en canales informales o por medio de allegados a la curia, para que no adquirieran estatus legal. Mantuvo la línea de la CEA en educación con la defensa de la “dimensión religiosa en los contenidos de la enseñanza”, aunque su batalla última, que no contaba con el total apoyo episcopal, era que en la educación pública retornara la enseñanza religiosa. Bergoglio asimismo se opuso a la creación de consejos de convivencia escolar en el que docentes, padres y alumnos decidirían los castigos por indisciplinas en los colegios: “No se dejen engañar por quienes les soban el lomo diciéndoles que ya son adultos”.

Respecto a la presidenta argentina Kitchner, para la presidenta, que se proclamaba víctima de una conspiración golpista, los llamados de Bergoglio a la concordia, la irritaban más que nada, y mucho más lo hizo cuando el documento de la CEA, le requirió un “gesto de grandeza”, con una catequesis muy propia del cardenal: “No es propio de los poderes públicos empeñarse como parte en los conflictos, sino abocarse a su solución como principales responsables del bien común”.
El conflicto se trasladó a la esfera parlamentaria cuando el gobierno transformó el decreto en un proyecto de ley, con algunas modificaciones. La decisión final, en una votación apretada, quedó en el vicepresidente Julio Cobos —que había sido convocado a integrar la fórmula presidencial oficialista desde la UCR—, y con su voto “no positivo” desactivó el proyecto oficial para el aumento de las retenciones a las exportaciones. El gobierno lo trató de Judas, pero en forma casi inmediata, Bergoglio lo visitó en su despacho del Senado, como ya lo había hecho unos días antes de la sesión que tumbó la suerte del gobierno en el conflicto.
El cardenal se transformó en el Anticristo para la presidenta. Uno más, quizás el más importante de todos, de los que operaban para destituirla, como los jefes de las corporaciones —sobre todo, empresarias, agrarias y mediáticas—, que conspiraban contra su mandato, como pensaba. Desde entonces le dio más relevancia a las sospechas de “complicidad” de Bergoglio durante la dictadura y adhirió a esa tesis, convencida o no, porque era útil para descalificarlo.

La presidenta, a través de Oliveira, buscó una reconciliación. Fue un viraje que el kirchnerismo acompañó no sin cierta acidez, para una nueva utilidad: apropiarse de la figura del Papa para legitimar su discurso político en el orden local. “Compartimos las esperanzas.” Esa fue la frase del cartel que difundió el gobierno con las manos juntas en torno a un mate —que ella le había llevado de regalo— para presentar la nueva comunión. En aquella primera presentación en Roma, el Papa entregó a la presidenta el documento de Aparecida de los obispos latinoamericanos de 2007. El mensaje podía interpretarse de este modo: si antes, como cardenal, no lo recibía ni lo escuchaba, que conociera su pensamiento y visión social ahora que era Pontífice.
La entronización de Francisco acabó con la competencia política entre Bergoglio y el gobierno.
Otra fuente de tensión es que Macri, para su gobierno, le asigna poca importancia a la religión, o mucho menos de lo que la Iglesia desearía. Por estas razones buscó entablar una relación institucional, antes que política, con la Santa Sede. Francisco lo aceptó. En la primera reunión en el Vaticano, el 27 de febrero de 2016, lo recibió en forma breve y fría. Le hizo sentir que era el Papa.

En los años noventa, con anuncios de “operaciones de transparencia” y mayor control, el delito financiero en el IOR persistió aunque con menos estridencia. La banca fue instrumento para la monetización de “coimas” procedentes de la política italiana o el cobro de negociados de la Tangentopolis, y si bien la justicia condenó a empresarios, ministros y políticos a penas menores, ningún sacerdote o laico del IOR fue procesado por lavado de dinero. El Estado italiano le otorgaba inmunidad judicial a la Santa Sede.
El IOR basaba su “inmunidad penal” en el argumento de que no era un banco sino una administradora de bienes de instituciones católicas con sede en un Estado independiente y soberano, como lo es el estado Vaticano. Para el sistema financiero mundial, el Vaticano estaba fuera del control de las autoridades monetarias europeas, y fue incluido en una lista negra de la OCDE junto con otros paraísos fiscales.
En el balance de 2011, el IOR gestionaba bienes por 6.300 millones de euros, que mantenía en cuentas y depósitos en bancos de todo el mundo. Entonces existían 33.404 cuentas operativas, que no tenían control de autoridades financieras fuera del Vaticano.
Pero más tarde, en un intento por perfeccionar la ley 127 de antilavado, en enero de 2012, la Gobernación del Vaticano decretó que las inspecciones de la AIF no competían exclusivamente a su autoridad sino que debían contar con el nulla osta de otros organismos dependientes de la Secretaría de Estado. La AIF ya no tenía autonomía e independencia frente al IOR. La pequeña corrección fue considerada internamente como un golpe de gracia a las buenas intenciones de transparencia, que devolvía mayor poder a la Secretaría de Estado en el control de las finanzas.
El 24 de febrero de 2014, de acuerdo con las sugerencias del C9, Francisco estableció tres nuevos organismos para las finanzas vaticanas: el Consejo para la Economía —con función de vigilancia y supervisión—, la Secretaría para la Economía —que responde directamente al Papa y tiene el control del IOR, la APSA y la AIF—, y el Revisor General, que se ocupa de la supervisión contable.
Francisco continuó erosionando la curia por “aproximación indirecta”. Los funcionarios permanecían en una zona brumosa, sin certeza de su destino. Fueron meses de incertidumbre en los que nadie fue confirmado ni despedido.
Francisco no perdía oportunidad para criticar de forma más o menos sutil las costumbres ya instaladas en algunos eclesiásticos. A fin de 2013, reunió a la curia en la Sala Clementina del Vaticano y le exigió profesionalismo, servicio y santidad cotidiana.

Hoy Francisco es jefe del catolicismo, con 1200 millones de fieles, y la Iglesia ortodoxa, dividida en 15 patriarcados, contiene espiritualmente a aproximadamente 300 millones de fieles, de los cuales, el más numeroso está regido por el patriarca ruso, con 140 millones.
El encuentro, consumado el 12 de febrero de 2016, se fue enhebrando en negociaciones secretas que involucraron a Raúl Castro, que fue invitado por Putin a Rusia en 2015, y que a su vez invitó a Kirill a una visita en La Habana. La confianza que generó Francisco en La Habana por su mediación en el conflicto con Estados Unidos, hizo factible que Castro —bautizado como católico pero que declaró su carácter de “ateo” al estado cubano en 1976— ofreciera a la isla como sede del acercamiento de la Iglesia cristiana y ortodoxa. Ni Roma ni Moscú eran lugares adecuados para este primer encuentro, sumido en una delicada arquitectura geopolítica por el conflicto bélico en Ucrania.
Mientras la Iglesia ortodoxa rusa, alineada a Putin, apoya a los rebeldes al gobierno ucraniano, la Iglesia greco-católica de Ucrania, que reconoce la primacía universal del Papa, rechazó la declaración conjunta de Francisco y Kirill, a la que califican de “filo-rusa”. El texto, de treinta puntos, llama a las iglesias a abstenerse de participar en la confrontación bélica y de apoyar el desarrollo del conflicto.
La declaración hace causa común por los cristianos, católicos y ortodoxos, perseguidos en Medio Oriente, en una estrategia ecuménica que busca la protección de la comunidad internacional para poner fin al terrorismo yihadista, también defiende a la familia, el matrimonio heterosexual, condena al aborto y a la eutanasia y sostiene, aunque con menor vigor, las preocupaciones por la justicia social y la defensa del medio ambiente, siempre presentes en el discurso de Francisco. La declaración omite referirse a las diferencias doctrinarias entre ambas iglesias; sin embargo, augura que en un “momento determinado por Dios”, católicos y ortodoxos se junten en un único Pueblo de Dios. El acercamiento ecuménico en La Habana forma parte de las reformas internas que Francisco propuso para la Iglesia católica en su Papado. La política de tender puentes y derribar muros, también incluye a los muros de las religiones.

Las reformas no concluirán ni hoy ni mañana, ni este año ni el próximo. Es un proceso abierto que acaba de empezar.

This book explains the figure of Pope Francis and his way of understanding the world and relationships and I found it very interesting and recommendable. Who is not Argentine, I for example, will probably find it difficult to understand the attitudes of Pope Francis. Many of the decisions (his face in the photo with Macri and Awada) or his preference for Grandmothers (and perhaps decide to receive Hebe de Bonafini) find explanations in this book, which describes the path of the priest to the Pope, his affinities to Peronism, and the theology that underlies their discourses and attitudes.
The Theology of the People, embraced by Bergoglio and catapulted into Aparecida is the great unknown here in Europe. The consequences are also resounding: the swordplay of Benedict with the speech of Regensburg, or the condemnations of Muller, or of the conservative church vs the pastoral zeal, the understanding of the human problem that exceeds any normative or casuistic framework. Relativism?. Everyone must be an adult and that is what Francisco wants.
Although the book has a marked need for knowledge of Argentina and its history, any reader can see the evolution of the Pope’s thinking, its limitations (the problem of Bishop Barros in Chile) and its way of expressing the Gospel for man modern.

September 2013. In his letter to Putin, at the time in charge of the ownership of the G20 meeting in St. Petersburg, he called on the leaders of the twenty most powerful economies, which retain 90% of world GDP, to abandon any “Vain pretense of a military solution” and endeavor to “pursue, with courage and determination, a peaceful solution through dialogue and negotiation between the interested parties with the support of the international community.”
Putin read it in front of the president of the United States, Barack Obama.
With this first intervention on the international stage, Francisco signed his Pontificate.
This new Latin American church that projected Bergoglio as its emerging had roots in the Theology of the People (TdP). What was it? What did it represent? What was its novelty?
Christian Eurocentrism did not understand what it was about. It was a theology foreign to his language, which called to be close to the people that God had entrusted to him and put in the foreground, with an evangelizing praxis, the missionary dimension of the disciples of Jesus. A church that, without Marxism as a tool for social analysis, inclined its preference for the poor and went to meet the “existential peripheries” with the weakest, deprived of the love of God.
In Aparecida, Bergoglio added an additional component to Latin American ecclesiology: urban pastoral. Buenos Aires, like other metropolises and cities of the continent, expressed the place of modern culture, diverse, dynamic, migrant and also poor, submerged – with its three million inhabitants, plus the twelve million metropolitan area – in a complex daily life and overwhelming, in which announcing God as the supreme reality became a pastoral challenge.

In making decisions, prayer is a determining element for the Pope. Many of the criticisms he receives for the lack of foresight of his government are related to that space of silence and stillness in which he dialogues with God. Bergoglio prays to listen. He perceives prayer as a dialogical relationship.
The establishment in April 2013 of the commission of eight cardinals (C8) – later joined by Secretary of State Pietro Parolin and named C9 – as a government advisory body. The C9 could provide a multi-faceted and multifaceted vision that incorporates other views of the Church and the world to assimilate into his papacy. The philosophy of the C9 contained its geostrategic thought represented in the images of the sphere and the polyhedron: “I like to imagine humanity as a polyhedron, in which multiple forms, when expressing themselves, constitute the elements that make up the human family in a plurality. And this is true globalization. The other globalization, that is to say, that of the sphere, is a homologation “, affirmed the Pope.
Francisco also delegated to the C9 the study of the reform of the Roman curia, which includes among other topics, the relationship of the Vatican and the episcopal conferences, and the presence of the laity, especially of women, in the work of the dicasteries.
The task of C9 involved the rethinking of a system of government of a millenarian institution in favor of administrative efficiency for the service of the Church and the world. With quarterly meetings in Rome.

The Pope found in Putin a valid interlocutor to dissuade Obama and withdraw support from an armed action in Syria. Russia, which sold arms to Syria and supported the government regime, managed to get Bashar Al-Assad to destroy, or put on his guard, chemical weapons. It was the beginning of an objective convergence between Francisco and Putin in international geopolitics.
Since then, Russia is a key player for the Holy See in the Middle East. Putin protected not only Orthodox Christians of different patriarchates, but also Christians who, especially in Syria, already suffered discrimination from some ethnic groups and then suffered the persecution of the Islamic State.
The Holy See -which has no army, can not declare war against anyone and in conflicts proclaims the political will of the parties- must use international forces to protect its faithful in war zones. Russia was one of them.

The Pope refused to promote the “holy war”. Fighting ISIS directly and directly, supposedly, would strengthen jihadism and facilitate the recruitment of Muslims for the constitution of the Caliphate as a transnational state and a unique political entity. His crossroads was how to stop the persecution and not give way to a military response claimed by Western pressure and also by European and American Catholic groups.
Returning from the trip to South Korea on August 18, 2014, when a reporter told him that the United States had begun to bomb terrorists in Iraq “to prevent genocide” and “protect the future of minorities,” those who had Catholics, and asked him, clearly: “Do you approve of the American bombing?”, the Pope maintained that thin line.
In these cases, in which there is an unjust aggression, I can only say that it is lawful to “stop” the unjust aggressor. I stress the verb “to stop”, I do not say to bomb, to make war, but to stop it.
The Holy See held its initial position on the conflict: drowning the jihadist finances, based on the sale of oil, and preventing them from buying weapons, as mentioned in the Capitol on the US-Cuba tour in September 2015. Three months later, his position would achieve results: the immediate “ceasefire” and a peace plan for Syria, with the government and the rebels at the negotiating table, established by the UN Security Council, with the support of Russia , United States and other powers.
The Pope described this new geopolitical scenario as a new cold war or the continuity of the “third world war in stages”, in East Asia, North Africa and the Middle East, projected over Europe, with powers confronting their interests in some regions and promote their collaboration in others.

Francisco also became involved with the Armenian genocide. In November 2014, he visited Turkey, where 90% of the population is Muslim. It was a pastoral and religious journey -before a strict political approach- to strengthen the relationship with the Patriarchate of Constantinople by Bartholomew I, the spiritual guide of around 300 million Orthodox Christians. On the return to Rome, the genocide, which had not been mentioned in Turkey, was the subject of a journalist’s inquiry:
-I have not heard anything about the Armenians. Next year will be the centenary of the Armenian genocide and the Turkish government has a denialist position. I’d like to know what you think about this.
The Pope did not mention the word “genocide” in Turkey. Neither would it on the return flight from that country. He did comment on a letter that Turkish President Recep Tayyip Erdogan had sent a few months earlier to the Armenians “about the memory of this episode”, which he considered a “small gesture”, but given that “many commemorative events of this centenary.
To the surprise of European Catholicism, who knew little or nothing about his theological formation and pastoral practice, Francisco changed the focus of the debate. He put on the table issues of corruption, mafias, human trafficking and forced labor. He spoke of the crisis of solidarity and indifference towards the poor.

Francisco called to open his eyes in front of the Mediterranean Sea, to open his eyes in front of the networks of traffickers who exploited the refugees, who were trying to escape from wars and poverty, in waves that intensified from 2011 by the Arab Spring from Tunisia, Libya, Egypt, Syria or the sub-Saharan Africa, and were left at the mercy of the sea, halfway to their journey, or fell into the hands of mafias that reduced them to slave labor, prostitution or even as victims of trafficking of organs.
Until then the European Union did not have a policy of set against immigration that was not the shield provided by the law of each country. While Europe perfected surveillance at the borders in search of a state sealed against the tide of immigrants from the Middle East and Africa, the Mediterranean became the most dangerous border in the world. Those who drowned multiplied by ten those who died in the desert of the border of Mexico and the United States.
With his gaze on the Mediterranean, the Pope pointed out that the human drama demanded another vision, or, rather, a geopolitical dimension related to political conflicts and the global economy.

Francisco was perceived as a religious, civil and political leader, a worldwide phenomenon that mobilized Catholics, believers of other confessions and also agnostics and atheists. He became an attractive personality for the universal audience, which generated interest from the cover of Rolling Stone, National Geographic, Time, or any magazine, social network or television program in the world.
The “open door” was his strategy for the secular world to look again at the Church, not as a pre-modern empire of anachronistic customs, but as a valuable actor to offer a renewed political and social pastoral view of human reality.
Both his ability to lead and his way of dealing with the internal controversies of the Church, the difference between Francisco and Ratzinger was radical. Benedict XVI also considered celibacy as a testimony of faith, but he emphasized it as a priority to lead men to God.

The agreement also closed a game with three bands.
Cuba accepted Francisco as guarantor. It was the first step to an “exit to the world” without anyone accusing him of having become a “boot lick of the empire”. The Cuban dissidents, as expected, criticized the resumption of the dialogue as a “legitimation of the regime” that would prolong their stay in power.
For his part, Obama obtained the Vatican seal for a laborious denial. In addition, he accompanied the image and speech of Francisco as an ally for some sensitive issues of his internal and external policy.
In turn, the Pope recognized Obama as a son of the periphery, part of a black minority, with whom he agreed – as would be established in the tour to the United States in September 2015 – in positions on economic inequality, climate change and immigration reform, which Obama could not unlock in Congress. With this tacit agreement the communion of the Holy See and the Republican Party ended, as had happened between John Paul II and Ronald Reagan, George H. Bush and George W. Bush.

There were few Argentinean bishops who distrusted Bergoglio in his first episcopal assemblies. In principle, it was rare that he had accepted to be auxiliary bishop, with the request of dispensation to the Pope. It was also intriguing that he did not speak. They assumed that it was not to contradict Archbishop Antonio Quarracino, who had opened the doors of the diocesan world.
The bishops understood that it was legitimate that Bergoglio did not want to disavow his boss. But did his silence also mean support for Menem’s neoliberal socioeconomic model, which included the liquidation of the patrimonies of state companies, the increase in unemployment and poverty? Did it also mean consenting to the scandalous wealth of the officials? That was the mystery that a group of bishops, seeking to give a rudder in the leadership of the local church, was trying to clear up.
The designation of Bergoglio represented the return to Buenos Aires. The city not only liberated him from the “conventualism” of the religious Order, mitigated by his pastoral action in the Patriarca San José parish, but also committed him to a new area of ​​action.
Bergoglio defended the doctrine against the secularism and the advance of the cultural secularism of the society, with pressure in informal channels or by means of close friends to the curia, so that they did not acquire legal status. He maintained the line of the CEA in education with the defense of the “religious dimension in the contents of teaching”, although his last battle, which did not count on total episcopal support, was that in public education religious education would return. Bergoglio also opposed the creation of councils of school coexistence in which teachers, parents and students would decide the punishments for indiscipline in schools: “Do not be fooled by those who rub their backs telling them that they are adults”.

Regarding the Argentine president Kitchner, for the president, who claimed to be the victim of a coup plot, Bergoglio’s calls for concord irritated her more than anything, and much more so when the CEA document required a ” gesture of greatness “, with a catechesis very typical of the cardinal:” It is not proper for the public powers to engage as a party in conflicts, but to focus on their solution as the main responsible for the common good “.
The conflict was transferred to the parliamentary sphere when the government transformed the decree into a bill, with some modifications. The final decision, in a tight vote, was in the vice-president Julio Cobos -which had been summoned to integrate the official presidential formula from the UCR-, and with his “not positive” vote he deactivated the official project for the increase of the retentions to the exports. The government tried to Judas, but almost immediately, Bergoglio visited him in his office of the Senate, as he had done a few days before the session that knocked down the fate of the government in the conflict.
The cardinal became the Antichrist for the president. One more, perhaps the most important of all, of those who operated to dismiss her, as the heads of the corporations-above all, businesswomen, farmers and media-that conspired against his mandate, as he thought. Since then he gave more relevance to Bergoglio’s suspicions of “complicity” during the dictatorship and adhered to that thesis, convinced or not, because it was useful to disqualify him.

The president, through Oliveira, sought a reconciliation. It was a change that the Kirchnerism accompanied, not without a certain acidity, for a new utility: to appropriate the figure of the Pope to legitimize his political discourse in the local order. “We share the hopes.” That was the phrase of the poster that the government spread with hands folded around a mate -which she had brought him as a gift- to present the new communion. In that first presentation in Rome, the Pope handed over to the president the Aparecida document of the Latin American bishops of 2007. The message could be interpreted in this way: if before, as a cardinal, he neither received nor listened to him, knew his thoughts and social vision now that he was Pontiff.
The enthronement of Francisco ended the political competition between Bergoglio and the government.
Another source of tension is that Macri, for his government, gives little importance to religion, or much less than the Church would like. For these reasons he sought to establish an institutional, rather than a political, relationship with the Holy See. Francisco accepted it. At the first meeting in the Vatican, on February 27, 2016, he received it briefly and coldly. It made him feel like he was the Pope.

In the 1990s, with announcements of “transparency operations” and greater control, financial crime in the IOR persisted, although with less stridency. The bank was an instrument for the monetization of “bribes” from Italian politics or the collection of negotiated Tangentopolis, and although justice condemned employers, ministers and politicians to minor penalties, no priest or layman of the IOR was prosecuted by money laundering. The Italian State granted judicial immunity to the Holy See.
The IOR based its “criminal immunity” on the argument that it was not a bank but an administrator of assets of Catholic institutions based in an independent and sovereign State, as is the Vatican State. For the world financial system, the Vatican was out of the control of the European monetary authorities, and was included in an OECD blacklist along with other tax havens.
In the 2011 balance sheet, the IOR managed assets for 6,300 million euros, which it kept in accounts and deposits in banks around the world. Then there were 33,404 operating accounts, which had no control of financial authorities outside the Vatican.
But later, in an attempt to perfect anti-laundering law 127, in January 2012, the Vatican Governor decreed that IDA inspections did not compete exclusively with its authority but that they had to rely on the nulla osta of other agencies dependent on it. the Secretary of State. IDA no longer had autonomy and independence from the IOR. The small correction was considered internally as a coup de grace to the good intentions of transparency, which gave more power to the Secretary of State in the control of finances.
On February 24, 2014, in accordance with the suggestions of C9, Francisco established three new bodies for Vatican finance: the Council for the Economy – with oversight and supervision function -, the Secretariat for the Economy – which responds directly to the Pope and has the control of the IOR, the APSA and the AIF-, and the General Reviewer, who deals with accounting supervision.
Francisco continued eroding the curia by “indirect approach”. The officials remained in a misty area, uncertain of their fate. They were months of uncertainty in which no one was confirmed or fired.
Francisco lost no opportunity to criticize in a more or less subtle way the customs already installed in some ecclesiastics. At the end of 2013, he gathered the Curia in the Clementine Hall of the Vatican and demanded professionalism, service and daily sanctity.

Today, Francisco is the head of Catholicism, with 1200 million faithful, and the Orthodox Church, divided into 15 patriarchates, contains approximately 300 million faithful, of which the most numerous is ruled by the Russian patriarch, with 140 million.
The meeting, consummated on February 12, 2016, was threaded in secret negotiations involving Raúl Castro, who was invited by Putin to Russia in 2015, and who in turn invited Kirill to a visit to Havana. The trust generated by Francisco in Havana for his mediation in the conflict with the United States, made it possible for Castro-baptized as a Catholic but declared his character as an “atheist” to the Cuban state in 1976-to offer the island as the venue for the rapprochement of the Christian and Orthodox Church. Neither Rome nor Moscow were suitable places for this first encounter, plunged into a delicate geopolitical architecture by the war in Ukraine.
While the Russian Orthodox Church, aligned with Putin, supports the rebels to the Ukrainian government, the Greek-Catholic Church of Ukraine, which recognizes the universal primacy of the Pope, rejected the joint declaration of Francisco and Kirill, which they describe as “sharp” -Russia. ” The text, of thirty points, calls the churches to abstain from participating in the warlike confrontation and to support the development of the conflict.
The statement makes common cause for Christians, Catholics and Orthodox, persecuted in the Middle East, in an ecumenical strategy that seeks the protection of the international community to end jihadist terrorism, also defends the family, heterosexual marriage, condemnation of abortion and euthanasia and maintains, although with less vigor, the concerns for social justice and the defense of the environment, always present in Francisco’s speech. The statement omits referring to the doctrinal differences between the two churches; nevertheless, he predicts that at a “moment determined by God”, Catholics and Orthodox will come together in a single People of God. The ecumenical approach in Havana is part of the internal reforms that Francisco proposed for the Catholic Church in his Papacy. The policy of building bridges and tearing down walls also includes the walls of religions.

The reforms will not end today or tomorrow, this year or next. It is an open process that has just begun.

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