Teoría de la clase ociosa — Thorstein Veblen / The Theory of the Leisure Class by Thorstein Veblen

Este libro escrito a finales del s.XIX, tiene muchas de sus ideas vigentes actualmente, las comunidades que no tienen una clase ociosa definida presentan también otras semejanzas en su estructura social y modo de vida. Son grupos pequeños y de estructura (arcaica) simple; son, por lo general, pacíficos y sedentarios; son pobres y la propiedad individual no es una característica dominante de su sistema económico. Pero no se sigue de ello que sean las comunidades más pequeñas que existen, ni que su estructura social sea, en todos los aspectos, la menos diferenciada, ni tampoco que esta clase abarque necesariamente a todas las comunidades primitivas que no tienen sistema definido de propiedad individual. Lo que sí es de notar es que esta clase de comunidades parece incluir los grupos pacíficos de hombres primitivos -acaso todos los grupos característicos pacíficos-. El rasgo común más notable de los miembros de tales comunidades es cierta ineficacia amable cuando se enfrentan con la fuerza o con el fraude.
En el proceso de la evolución cultural, la aparición de una clase ociosa coincide con el comienzo de la propiedad. Es necesario que así ocurra porque ambas instituciones son resultado de la misma conjunción de fuerzas económicas. En la fase preliminar de su desarrollo no son sino aspectos diferentes de los mismos hechos generales de la estructura social.
El ocio y la propiedad nos interesan para nuestro propósito en cuanto elementos de la cultura social -hechos convencionales-. El desprecio habitual del trabajo no constituye una clase ociosa, como tampoco constituye propiedad el hecho mecánico del uso y el consumo.
La manifestación más amplia del ocio vicario en la vida moderna está formada por los denominados deberes domésticos. Estos deberes se están convirtiendo rápidamente en una clase de servicios realizados, no tanto en beneficio personal del cabeza de familia, cuanto en pro de la reputación de la familia como unidad corporativa -grupo del que la esposa es miembro en un pie de igualdad ostensible-. Con la misma velocidad con que la familia para la cual se realiza se aleja de su base arcaica de matrimonio-propiedad, estos deberes domésticos tienden naturalmente a salir de la categoría de ocio vicario en el sentido original de esta fórmula, excepto en cuanto son realizados por servidores pagados para ello. Es decir, que como la ociosidad vicaria es posible únicamente a base de status o servicio pagado, la desaparición de la relación de status en el trato humano lleva consigo la desaparición de la ociosidad vicaria en la misma proporción en que se va produciendo aquélla. Pero hay que añadir, como cualificación de este aserto, que mientras subsista la familia, incluso con una doble cabeza, esa clase de trabajo no productivo, realizado para mantener la reputación familiar, tiene que seguir siendo clasificado como antes, en beneficio del cabeza y propietario de la comunidad familiar.

Para la gran mayoría del pueblo de toda comunidad moderna, el fundamento próximo del gasto realizado por encima de lo que se necesita para la comodidad física no es tanto un esfuerzo consciente por destacarse en lo costoso de su consumo ostensible como un deseo de vivir en el nivel convencional de decoro establecido por la cantidad y grado de los bienes consumidos. Ese deseo no está guiado por un patrón rígidamente invariable al que haya que conformarse y más allá del cual no haya ningún incentivo. La pauta es flexible y, sobre todo, tiene una posibilidad indefinida de extensión, siempre que se dé tiempo a habituarse a cualquier aumento de capacidad pecuniaria y para adquirir facilidad en la nueva y mayor escala de gastos que sigue a cada uno.
En toda comunidad moderna en la que no hay monopolio sacerdotal de esas ocupaciones, las personas dedicadas a tareas académicas están, de modo inevitable, en contacto con clases que pecuniariamente son superiores a ellas. El alto nivel de decoro pecuniario que está en vigor en esas clases superiores se trasfunde a las clases académicas, con muy poca limitación de su rigor; y, como consecuencia, ninguna otra clase de la comunidad dedica al derroche ostensible una proporción mayor de sus bienes.

Se ha repetido ya más de una vez la advertencia de que, aunque la norma que regula el consumo es en gran parte exigencia del derroche ostensible, no hay que creer que el motivo basándose en el cual actúa el consumidor en cada caso concreto sea ese principio en su forma pura y no modificada. De ordinario, el motivo que lo impulsa es un deseo de conformarse a los usos establecidos, de evitar observaciones y comentarios desfavorables, de vivir de acuerdo con los cánones de decoro aceptados en relación con la clase, cantidad y grado de bienes consumidos, así como en materia de empleo decoroso de su tiempo y esfuerzo.
El gasto en el vestir tiene, sobre la mayor parte de los demás métodos, la ventaja de que nuestro atavío está siempre de manifiesto y ofrece al observador una indicación de nuestra situación pecuniaria que puede apreciarse a primera vista. Es también cierto que el gasto admitido en materia de ostentación es una característica que se encuentra presente de modo más notorio y acaso universal en lo que se refiere al vestido que en ninguna otra especie de consumo. Nadie discute el lugar común de que la mayor parte del gasto realizado por todas las clases en lo que se refiere a su atavío se realiza pensando en conseguir una apariencia respetable y no en la protección de la persona. Y, probablemente, en ningún otro punto se siente con tanta agudeza la sensación de mezquindad, que al no llegar al patrón fijado por el uso social en materia de vestidos.

La clase ociosa está, en gran medida, protegida contra la presión de aquellas exigencias económicas que prevalecen en toda comunidad industrial moderna y altamente organizada. Las exigencias de la lucha por los medios de vida son menos fuertes para esta clase que para cualquier otra; y como consecuencia de esta posición privilegiada deberíamos esperar, teóricamente, que aquélla fuese una de las clases sociales que menos respondiesen a las demandas de un desarrollo ulterior de las instituciones. En la medida en que las transacciones pecuniarias se reducen a rutina, se puede prescindir del capitán de industria. Este resultado, innecesario es decirlo, pertenece todavía a un futuro indefinido. Las mejoras hechas en favor de los propietarios de dinero en las instituciones modernas tienden, en otro campo, a sustituir a la «desalmada» sociedad anónima por el capitán de industria y favorecen, así, la posibilidad de prescindir de la gran función de propiedad que corresponde a la clase ociosa. Por tanto, la dirección dada al desarrollo de las instituciones económicas por la influencia de la clase ociosa tiene, indirectamente, una gran importancia industrial.

La institución de una clase ociosa produce efectos no sólo sobre la estructura social, sino también sobre el carácter de cada uno de los miembros de la sociedad. En cuanto una determinada proclividad o punto de vista haya conseguido ser aceptado como patrón o norma de vida autoritario, reaccionará sobre el carácter de los miembros de la sociedad que lo han aceptado como norma. Modelará en cierta medida sus hábitos mentales y ejercerá una vigilancia selectiva sobre el desarrollo de las aptitudes e inclinaciones de los hombres. Ese efecto se produce, en parte, por una adaptación coactiva, educativa, de los hábitos de todos los individuos y, en parte, por una eliminación selectiva de los individuos y linajes no aptos.
La clase ociosa vive más bien por la comunidad industrial que en la comunidad industrial, Sus relaciones con la industria tienen carácter pecuniario y no industrial. La admisión a la clase ociosa se consigue mediante el ejercicio de las aptitudes pecuniarias, aptitudes adquisitivas y no aptitudes útiles. Hay, por tanto, una continua criba selectiva del material humano que constituye la clase ociosa y esa selección se hace sobre la base de la aptitud para las empresas pecuniarias. Pero el esquema general de la vida de la clase es, en gran parte, una herencia del pasado y encarna en un grado muy alto los hábitos e ideales de la primera parte del período bárbaro. Ese esquema general bárbaro y arcaico de la vida se impone también a los estratos inferiores, en forma más o menos mitigada. A su vez, el esquema general de la vida, de las convenciones, opera selectivamente y por educación para modelar el material humano, y su acción se ejerce, sobre todo, en el sentido de conservar rasgos, hábitos e ideales que pertenecen a la primera parte de la época bárbara: la era de la proeza y la vida depredadora.

Hasta ahora no se ha dicho nada del mecenazgo de las personas acomodadas, tema tratado habitualmente con cierta extensión por los escritores y oradores que se refieren al desarrollo de la cultura y la estructura social. Esta función de la clase ociosa no deja de tener una influencia importante sobre el saber superior y la difusión del conocimiento y la cultura. Son suficientemente conocidos la forma y el grado en que esa clase fomenta el saber mediante el patrono de ese tipo. Oradores cuya familiaridad con el tema les permite presentar a sus oyentes el profundo significado de ese factor cultural, lo han hecho, con frecuencia, en términos afectuosos y eficaces. Sin embargo, esos oradores han presentado el problema desde el punto de vista del interés cultural o del interés de la adquisición y mantenimiento de una buena reputación, más bien que desde el punto de vista del interés económico. Considerada desde esta última perspectiva y valorada con vistas a la utilidad industrial, esa función de las personas acomodadas, así como la actitud intelectual de los miembros de la clase acomodada, merece cierta atención.

This book, written at the end of the 19th century, has many of its current ideas, communities that do not have a defined leisure class also present other similarities in their social structure and way of life. They are small groups of simple (archaic) structure; they are, in general, peaceful and sedentary; they are poor and individual property is not a dominant feature of their economic system. But it does not follow that they are the smallest communities that exist, nor that their social structure is, in all aspects, the least differentiated, nor does this class necessarily include all primitive communities that do not have a defined property system. individual. What is noteworthy is that this kind of community seems to include the peaceful groups of primitive men – perhaps all the peaceful characteristic groups. The most notable common feature of the members of such communities is some kind ineffectiveness when faced with force or fraud.
In the process of cultural evolution, the appearance of an idle class coincides with the beginning of property. It is necessary that this happens because both institutions are the result of the same conjunction of economic forces. In the preliminary phase of their development they are only different aspects of the same general facts of the social structure.
Leisure and property interest us for our purpose as elements of social culture -conventional facts-. The habitual contempt of work does not constitute an idle class, nor does the mechanical fact of use and consumption constitute property.
The broadest manifestation of vicarious leisure in modern life is formed by the so-called domestic duties. These duties are rapidly becoming a kind of services performed, not so much for the personal benefit of the head of the family, but for the reputation of the family as a corporate unit-a group of which the wife is a member on an equal footing ostensibly- . With the same speed with which the family for which it is made moves away from its archaic marriage-property base, these domestic duties naturally tend to leave the category of vicarious leisure in the original sense of this formula, except as soon as they are realized. by servers paid for it. That is to say, since vicarious idleness is possible only on the basis of paid status or service, the disappearance of the status relationship in human treatment entails the disappearance of vicarious idleness in the same proportion in which it occurs. But it must be added, as a qualification of this assertion, that as long as the family subsists, even with a double head, that kind of non-productive work, carried out to maintain the family’s reputation, must continue to be classified as before, for the benefit of the head and owner of the family community.

For the vast majority of the people of every modern community, the next foundation of spending made above what is needed for physical comfort is not so much a conscious effort to stand out in the costly of its ostensible consumption as a desire to live in it. conventional level of decorum established by the amount and degree of goods consumed. That desire is not guided by a rigidly invariable pattern to which one has to conform and beyond which there is no incentive. The pattern is flexible and, above all, it has an indefinite possibility of extension, provided that it takes time to become accustomed to any increase in pecuniary capacity and to acquire ease in the new and greater scale of expenses that follows each one.
In every modern community in which there is no priestly monopoly of these occupations, people engaged in academic tasks are inevitably in contact with classes that are pecuniaryly superior to them. The high level of pecuniary decency that is in force in these upper classes is transferred to the academic classes, with very little limitation of their rigor; and, as a consequence, no other class of the community devotes a greater proportion of its assets to ostensible waste.

The warning has been repeated more than once that, although the rule that regulates consumption is largely a requirement for ostensible waste, it is not necessary to believe that the reason on which the consumer acts in each specific case is that principle in its pure and unmodified form. Ordinarily, the motive that drives it is a desire to conform to the established uses, to avoid unfavorable comments and comments, to live in accordance with accepted canons of decorum in relation to the class, quantity and degree of goods consumed, as well as in matters of decent employment of your time and effort.
The cost of clothing has, over most other methods, the advantage that our attire is always evident and offers the observer an indication of our pecuniary situation that can be seen at first sight. It is also true that the expense admitted in the matter of ostentation is a characteristic that is present in a more noticeable and perhaps universal way in what refers to clothing than in any other kind of consumption. No one disputes the commonplace that most of the expenditure made by all classes in regard to their attire is done thinking about achieving a respectable appearance and not in the protection of the person. And, probably, at no other point does the sensation of pettiness so acutely felt, that it does not reach the pattern set by social use in terms of dress.

The idle class is, to a large extent, protected against the pressure of those economic demands that prevail in every modern and highly organized industrial community. The demands of the struggle for livelihoods are less strong for this class than for any other; and as a consequence of this privileged position we should expect, theoretically, that this was one of the social classes that least responded to the demands of a further development of institutions. To the extent that pecuniary transactions are routinely reduced, the captain of industry can be dispensed with. This result, unnecessary to say it, still belongs to an indefinite future. The improvements made in favor of the owners of money in modern institutions tend, in another field, to replace the “soulless” corporation by the captain of industry and thus favor the possibility of dispensing with the great property function that corresponds to the idle class. Therefore, the direction given to the development of economic institutions by the influence of the idle class has, indirectly, a great industrial importance.

The institution of an idle class has effects not only on the social structure, but also on the character of each of the members of society. Once a certain proclivity or point of view has managed to be accepted as a pattern or norm of authoritarian life, it will react on the character of the members of society that have accepted it as a norm. He will model to some extent his mental habits and will exercise a selective vigilance on the development of the aptitudes and inclinations of men. This effect is produced, in part, by a coercive, educational adaptation of the habits of all individuals and, in part, by a selective elimination of unfit individuals and lineages.
The idle class lives more for the industrial community than for the industrial community. Its relations with industry are pecuniary and not industrial. Admission to the leisure class is achieved through the exercise of pecuniary skills, acquisitive skills and not useful skills. There is, therefore, a continuous selective screening of the human material that constitutes the idle class and that selection is made on the basis of fitness for pecuniary companies. But the general scheme of class life is, to a large extent, a heritage of the past and embodies to a very high degree the habits and ideals of the first part of the barbarian period. This barbarous and archaic general scheme of life is also imposed on the lower strata, in a more or less mitigated form. In turn, the general scheme of life, of conventions, operates selectively and by education to model human material, and its action is exercised, above all, in the sense of retaining traits, habits and ideals that belong to the first part of the barbarian era: the age of prowess and the predatory life.

Until now, nothing has been said about the patronage of wealthy people, a subject usually dealt with to some extent by writers and speakers who refer to the development of culture and social structure. This function of the leisure class does not stop having an important influence on superior knowledge and the diffusion of knowledge and culture. The form and degree to which that class fosters knowledge through the employer of that type are sufficiently well known. Speakers whose familiarity with the subject allows them to present to their listeners the deep meaning of that cultural factor, have often done so in affectionate and effective terms. However, those speakers have presented the problem from the point of view of cultural interest or the interest of acquiring and maintaining a good reputation, rather than from the point of view of economic interest. Considered from this perspective and valued with a view to industrial utility, this role of well-off people, as well as the intellectual attitude of the members of the wealthy class, deserves some attention.

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