Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos — Élisabeth Roudinesco / Our Dark Side: A History of Perversion by Élisabeth Roudinesco

Este es un interesante breve libro sobre el lado más oscuro del ser humano, durante siglos, los hombres creyeron que el universo estaba regido por un principio divino y que los dioses les infligían sufrimientos para enseñarles a no tomarse por dioses. Por eso en la antigua Grecia castigaban a los hombres afectados de desmesura (hubris).
En una época en que la medicina no sanaba ni curaba, y en que la vida y la muerte pertenecían a Dios, las prácticas de mancillas, autodestrucción, flagelaciones o ascetismo —que serán identificadas más tarde como otras tantas perversiones— no eran sino las diversas formas que los místicos tenían de identificarse con la pasión de Cristo.

A la inversa de los místicos, que hacían de su cuerpo el instrumento de salvación de su alma, los libertinos, insumisos y rebeldes, ambicionaban vivir como dioses y en consecuencia liberarse de la ley religiosa, tanto a través de la blasfemia como de las prácticas voluptuosas de la sexualidad. Oponían al orden divino el poder soberano de un orden natural de las cosas. Según este individualismo barroco, la experiencia prevalecía sobre el dogma y la pasión sobre la razón: «Cuando se dice: Monsieur está enamorado de Madame», afirmaba Marivaux, «es lo mismo que si se dijera: Monsieur ha visto a Madame, su visión ha despertado apetitos en su corazón, arde en deseos de meterle la verga en el coño.»
Fue precisamente en el seno del ideal libertino donde se crio el marqués de Sade. En algunos aspectos su educación se asemeja a la de Guilles de Rais. Ciertamente, el universo novelesco de Sade está poblado de grandes fieras libertinas —Blangis, Dolmancé, Saint-Fond, Bressac, Bandole, Curval, Durcet—, pero en ningún momento éstos reivindican una filosofía cualquiera del placer, del erotismo, de la naturaleza o de la libertad individual. Muy al contrario, lo que ponen en práctica es la voluntad de destruir al otro y destruirse a sí mismos en un desbordamiento de los sentidos. En semejante sistema, la naturaleza se reivindica como el fundamento posible de un derecho natural, mas a condición de que se entienda como la fuente de todos los despotismos. La naturaleza en el sentido sadiano es criminal, pasional, excesiva, y la mejor manera de servirla consiste en seguir su ejemplo. En consecuencia, Sade muda la Ilustración en «una filosofía del crimen y el libertinaje en una danza de muerte».
Se comprende, por consiguiente, que Sade haya podido ser visto por la posteridad unas veces como un precursor de la sexología, otras como un heredero del satanismo o de la tradición mística —el «divino marqués»— y otras, en fin, como el antepasado de la abyección nazi.
Encarnación de todas las figuras posibles de la perversión, tras haber desafiado a los reyes, insultado a Dios e invertido la Ley, jamás cesará de amenazar, a título póstumo y de forma espectral, a todos los representantes de la biocracia en su vana pretensión de querer domesticar el goce del mal.

«La sociedad burguesa del siglo XIX», decía Michel Foucault, «sin duda también la nuestra, es una sociedad de la perversión notoria y patente […]. Es posible que Occidente no haya sido capaz de inventar placeres nuevos, y sin duda no descubrió vicios inéditos. Pero definió nuevas reglas para el juego de los poderes y los placeres: allí se dibujó el rostro fijo de las perversiones.»
En realidad, lo que impresiona en los testimonios de los genocidas nazis es que la aterradora normalidad de que dan prueba constituye el síntoma no de una perversión en el sentido clínico del término (sexual, esquizoide u otra), sino de la adhesión a un sistema perverso que por sí solo sintetiza el conjunto de todas las perversiones posibles.
En efecto, en los campos todos los componentes del goce del mal perfectamente estatalizado o normalizado se hallaban presentes en formas diversas: esclavismo, torturas psíquicas y corporales, tonsura del cabello, ahogamiento, degollamiento, asesinato, electrocución, humillación, degradación, violaciones, sevicias, deshonra, vivisección, tatuajes, desnutrición, violencias sexuales, proxenetismo, experimentaciones médicas, devoración por perros, etc. En resumen, el conjunto del sistema genocida perseguía no sólo el exterminio de todas las categorías del género humano denominadas «impuras», sino también la fabricación del «placer extraordinario».
Del mismo modo que los gladiadores estaban obligados a participar en su propio exterminio y que los cristianos eran entregados a leones hambrientos por el simple placer de ofrecerlos como pasto a la perversidad de las multitudes, los animales adiestrados en la cópula con los humanos fueron antaño los actores privilegiados de los juegos circenses. En las arenas de Constantinopla, en el siglo VI de nuestra era, la emperatriz Teodora, hija de un domador de osos, protectora disoluta y frenética de las prostitutas y las mujeres adúlteras, y adepta de la doctrina monofisita, se exhibía ante masas vociferantes, de rodillas y con las piernas abiertas, mientras ocas cuidadosamente adiestradas picoteaban semillas en su vulva.
Si los animales servían de ese modo para satisfacer, al igual que los esclavos o los gladiadores, los apetitos sexuales de reyes o emperadores, podían igualmente utilizarse a la inversa con el fin de infligir torturas, como los osos, las cabras, los perros, los toros o las cebras, condicionados para el asesinato y la violación públicos de prisioneros o de condenados a muerte.

Sabemos que, con el desarrollo de la sociedad de masas y de la matanza industrial, el hombre se ha vuelto más carnívoro de lo que lo eran sus antepasados, que vivían en un mundo rural donde sólo los nobles gozaban del derecho de cazar. Sin embargo, eso no significa que haya que prohibirle comerse al animal. La elección de renunciar a ello, en las sociedades democráticas, sólo puede ser individual, y no la consecuencia de un reclutamiento sectario al servicio de otra ideología del «hombre nuevo». ¿Será necesario algún día prohibir al hombre, en nombre del mismo principio, todo intento de destrucción de ciertas especies animales, nocivas para las cosechas o para la vida?
Si bien la cuestión de la protección de los animales ha devenido esencial en los debates contemporáneos sobre ecología, otro tanto ocurre con la de la zoofilia en la elaboración de la nueva mirada que dirigimos a la animalidad.
Por supuesto, sería erróneo pretender que se restaurase en el derecho contemporáneo el crimen de bestialismo abolido desde hace más de dos siglos. Ahora bien, el hecho de no perseguir ya a los desdichados que se entregan en la intimidad de su existencia a una cohabitación carnal con sus animales de elección no prohíbe pensar la problemática contemporánea de la zoofilia.
De forma más general, cabe decir que si la sociedad mercantil de hoy está convirtiéndose en una sociedad perversa es debido a la identificación con el ideal de una fetichización globalizada del cuerpo y el sexo de los humanos y los no humanos, y a través de la prevalencia generalizada del borrado de todas las fronteras: el humano y el no humano, el cuerpo y la psique, la naturaleza y la cultura, la norma y la transgresión de la norma, etc. Por lo demás, tanto a través de la difusión de imágenes como de la instauración de una pornografía virtual, refinada, limpia, higienista, sin peligro aparente. Esta sociedad es más perversa en cierto modo que los perversos a los que ya no sabe definir pero cuya voluntad de goce explota para mejor reprimirla después. En cuanto a las teorías antiespecistas sobre la liberación animal, como otras muchas del mismo tipo que parodian el ideal del progreso y de la Ilustración, no son sino el reverso puritano de la cara visible de esta pornografía domesticada.
Lo que pone de manifiesto el ejemplo de las representaciones de la zoofilia y de los diversos dispositivos narrativos que las sostienen es que, una, una vez más, al igual que en el siglo XIX, el discurso psiquiátrico proporciona a la sociedad contemporánea la moral que busca.
La figura del pedófilo ha sustituido en nuestros días a la del invertido para encarnar una especie de esencia de la perversión en lo que ésta tiene de más odioso, puesto que ataca a la infancia, y por lo tanto al humano en devenir. Pero también sobre el terrorismo, perverso entre los perversos, vienen a proyectarse todos los fantasmas contemporáneos ligados a la amenaza de un posible genocidio del cuerpo social. Por lo demás, el terrorista de nuestros días es contemplado, en el orden del mal absoluto, como el heredero del nazismo.

Existen, no obstante, tantos perversos en la comunidad psicoanalítica como en el conjunto de la sociedad. Ahora bien, quienes se entregan a abusos sexuales con sus pacientes (lo que constituye una perversión de la cura) son poco numerosos, marginados y ocasionalmente sancionados por sus iguales, si no por la justicia. En cuanto a los grandes clínicos de la perversión —de Masud Khan a Stoller pasando por François Peraldi—, siempre han formado en la historia del freudismo una comunidad aparte, como si, habiendo firmado un pacto con el diablo, en todo momento se expusieran a ser acusados de cómplices de lo que los apasiona.
Y sin embargo, el enfoque de las perversiones y de los perversos por parte del psicoanálisis se halla en plena expansión desde que psicoanalistas homosexuales consiguieron hacer valer sus derechos en sus asociaciones y no seguir siendo clandestinos. Y como la propia sociedad occidental está cada vez más fascinada por la explotación de su intimidad sexual, los perversos no sometidos a derecho pueden recurrir en mayor medida al tratamiento psíquico, una vez agotados todos los recursos de la sexología y la farmacología.

This is an interesting short book on the darkest side of the human being, for centuries, men believed that the universe was ruled by a divine principle and that the gods inflicted sufferings to teach them not to be taken for gods. That is why in ancient Greece they punished men affected by excess (hubris).
In a time when medicine did not heal or cure, and in which life and death belonged to God, the practices of handcuffs, self-destruction, floggings or asceticism -which will later be identified as many other perversions- were but the diverse ways that the mystics had to identify with the passion of Christ.

In contrast to the mystics, who made their bodies the instrument of salvation of their souls, the libertines, rebels and rebels, sought to live as gods and consequently free themselves from religious law, both through blasphemy and through practices voluptuous of sexuality. They opposed to the divine order the sovereign power of a natural order of things. According to this Baroque individualism, experience prevailed over dogma and passion over reason: “When it is said: Monsieur is in love with Madame,” affirmed Marivaux, “it is the same as saying: Monsieur has seen Madame, his vision she has aroused appetites in her heart, she burns with desire to put the cock in her pussy. »
It was precisely within the libertine ideal that the Marquis de Sade grew up. In some aspects his education resembles that of Guilles de Rais. Certainly, Sade’s fictional universe is populated by great libertine beasts -Blangis, Dolmancé, Saint-Fond, Bressac, Bandole, Curval, Durcet-, but at no time these claim any philosophy of pleasure, eroticism, nature or of individual freedom. On the contrary, what they put into practice is the will to destroy the other and destroy themselves in an overflow of the senses. In such a system, nature is claimed as the possible foundation of a natural right, but on condition that it is understood as the source of all despotisms. Nature in the Sadian sense is criminal, passionate, excessive, and the best way to serve it is to follow its example. Consequently, Sade changes the Enlightenment into “a philosophy of crime and debauchery in a dance of death.”
It is understandable, therefore, that Sade may have been seen by posterity sometimes as a precursor of sexology, sometimes as an heir of Satanism or mystical tradition – the “divine marquis” – and others, in short, as the ancestor of Nazi abjection.
Incarnation of all possible figures of perversion, after having challenged the kings, insulted God and reversed the Law, will never cease to threaten, posthumously and spectrally, all the representatives of the biocracy in their vain pretense of to domesticate the enjoyment of evil.

“The bourgeois society of the nineteenth century,” said Michel Foucault, “without a doubt also ours, is a society of notorious and patent perversion […]. It is possible that the West has not been able to invent new pleasures, and certainly did not discover unprecedented vices. But he defined new rules for the play of powers and pleasures: there the fixed face of perversions was drawn. ”
In fact, what is striking in the testimonies of the Nazi genocides is that the terrifying normality they give is the symptom not of a perversion in the clinical sense of the term (sexual, schizoid or otherwise), but of adherence to a system perverse that by itself synthesizes the set of all possible perversions.
In fact, in the camps all the components of the enjoyment of perfectly normalized or normalized evil were present in different forms: slavery, psychic and corporal torture, hair tonsure, drowning, slaughtering, murder, electrocution, humiliation, degradation, rape, sevice , dishonor, vivisection, tattoos, malnutrition, sexual violence, procuring, medical experimentation, devouring dogs, etc. In short, the whole genocidal system pursued not only the extermination of all categories of mankind called “impure,” but also the fabrication of “extraordinary pleasure.”
In the same way that gladiators were obliged to participate in their own extermination and that Christians were given to hungry lions for the simple pleasure of offering them as pasture to the perversity of the multitudes, the animals trained in intercourse with humans were once the privileged actors of the circus games. In the sands of Constantinople, in the 6th century CE, Empress Teodora, daughter of a bear trainer, dissolute and frantic protector of prostitutes and adulterous women, and adept of the Monophysite doctrine, was exhibited before vociferous masses, on her knees and with her legs spread, while carefully trained geese pecked seeds at her vulva.
If animals served in this way to satisfy, like slaves or gladiators, the sexual appetites of kings or emperors, they could equally be used in reverse to inflict tortures, such as bears, goats, dogs, bulls or zebras, conditioned for the public murder and rape of prisoners or prisoners sentenced to death.

We know that, with the development of mass society and industrial slaughter, man has become more carnivorous than his ancestors, who lived in a rural world where only the nobles enjoyed the right to hunt. However, that does not mean that the animal should be forbidden to eat. The choice to renounce it, in democratic societies, can only be individual, and not the consequence of a sectarian recruitment at the service of another ideology of the “new man”. Will it ever be necessary to forbid man, in the name of the same principle, any attempt to destroy certain animal species, noxious for crops or for life?
Although the question of the protection of animals has become essential in contemporary debates on ecology, the same happens with the issue of zoophilia in the elaboration of the new look that we address to animality.
Of course, it would be wrong to expect the crime of bestiality abolished for more than two centuries to be restored in contemporary law. Now, the fact of not already persecuting the unfortunates who surrender in the intimacy of their existence to a carnal cohabitation with their animals of choice does not forbid thinking about the contemporary problematic of zoophilia.
More generally, it can be said that if the mercantile society of today is becoming a perverse society it is due to the identification with the ideal of a globalized fetishization of the body and sex of humans and non-humans, and through prevalence generalized erase of all borders: the human and the non-human, the body and the psyche, nature and culture, the norm and the transgression of the norm, etc. For the rest, both through the dissemination of images and the establishment of a virtual pornography, refined, clean, hygienist, without apparent danger. This society is more perverse in a certain way than the perverse ones whom it no longer knows how to define but whose will to enjoy exploits to better repress it later. As for antispecies theories about animal liberation, like many others of the same type that parody the ideal of progress and the Enlightenment, they are but the puritanical reverse of the visible face of this domesticated pornography.
What shows the example of the representations of zoophilia and the various narrative devices that sustain them is that, once again, as in the nineteenth century, psychiatric discourse provides contemporary society with the moral search.
The figure of the pedophile has replaced in our days that of the inverted to embody a kind of essence of perversion in what is most hateful, since it attacks childhood, and therefore the human becoming. But also on terrorism, perverse among the perverse, come to project all the contemporary ghosts linked to the threat of a possible genocide of the social body. For the rest, the terrorist of our days is contemplated, in the order of absolute evil, as the heir of Nazism.

There are, however, so many perverts in the psychoanalytic community as in the whole of society. However, those who indulge in sexual abuse with their patients (which is a perversion of the cure) are few, marginalized and occasionally sanctioned by their peers, if not for justice. As for the great practitioners of perversion-from Masud Khan to Stoller to François Peraldi-they have always formed in the history of Freudianism a separate community, as if, having signed a pact with the devil, they were exposed at all times to be accused of being accomplices in what they are passionate about.
And yet, the focus of perversions and perverts by psychoanalysis is in full expansion since homosexual psychoanalysts managed to assert their rights in their associations and not remain clandestine. And since Western society itself is increasingly fascinated by the exploitation of its sexual intimacy, the perverse who are not subject to the law can resort to a greater extent to psychic treatment, once all the resources of sexology and pharmacology have been exhausted.

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