Areopagítica — John Milton

Excelente, sin duda otro de estos libros de cabecera y más en los tiempos que corren. El tema de la libertad de expresión a debate. Cuando Gutenberg echó a andar la imprenta en 1440, puso al alcance de la humanidad el instrumento que le permitiría hacer uso efectivo y gozar plenamente de la mayor de sus libertades y el más importante de sus derechos: la libertad de expresión, que incluye tanto el derecho a la información como la libertad de prensa. Pero no fue nada sencillo. De inmediato, la Iglesia condenó a la imprenta como obra del diablo. Su aparición despertó las fuerzas más oscuras y retrógradas que siempre han considerado la voluntad de expresarse como un gran peligro.
A la par de la imprenta avanzó la censura.
La primera voz a favor de la libertad de expresión y de prensa se escuchó en 1644. Resonó ante el parlamento de Inglaterra y lo profirió John Milton con su Areopagítica, el más brillante alegato en defensa del conocimiento y en contra de la censura y el imprimatur.
Sus contemporáneos describieron a Milton como “el británico que mejor conoce el latín y sabe qué hacer con él”. En la actualidad lo reconocemos como uno de los mayores autores de la lengua inglesa.
Areópago era la colina donde los jueces griegos juzgaban tanto ideas como a hombres y donde Protágoras fue sentenciado y sus libros condenados a la hoguera. Y todo porque el filósofo presocrático se atrevió a sostener que el hombre era la medida de todas las cosas y a confesar sus dudas sobre la existencia de los dioses. Poco más de 1000 años después, Milton evoca el Areópago para rebatir la orden parlamentaria del 14 de junio de 1643 que requería licencias para imprimir.
Vale la pena recurrir a Milton cuando sostiene que “matar a un buen libro es casi matar a un buen hombre”. “Quien a un hombre mata quita la vida a una criatura racional, imagen de Dios; pero quien destruye un buen libro, mata la razón misma, mata la imagen de Dios.” Quien mata un periodista —podemos sostener parafraseando a Milton— no sólo quita la vida a una criatura racional, sino que lo que busca es matar la razón, destruir y eliminar el derecho y la libertad de todos y cada uno de los ciudadanos a buscar, recibir y difundir información, a saber todo lo que pasa y a expresarse libremente. Advertía Milton a los parlamentarios ingleses: “Nadie dejará de discernir la sutileza de este móvil político y quienes sean sus arbitradores: mientras los obispos eran acosados hasta su caída, todas las prensas debían trabajar expeditas: tal era el mayorazgo y privilegio del pueblo en la época del parlamento, tal el nuevo amanecer.

ORDEN DEL PARLAMENTO
(14 de junio de 1643)
CONTRA LA CUAL VA ENDEREZADA LA AREOPAGÍTICA
Disponen, por tanto, los Lores y Comunes en Parlamento”: 1) que no se imprimirá ninguna Orden “de ambas Cámaras o de cualquiera de las dos” salvo por su mandato; 2) que ningún libro, etc., “será en lo sucesivo impreso o dado a la venta sin haber de antemano conseguido aprobación y licencia de la persona o personas que ambas Cámaras o cualquiera de las dos designaren para la expedición de tales permisos”; 3) que ningún libro cuyo derecho exclusivo hubiere sido otorgado a la Compañía “para su alivio y el mantenimiento de sus menesterosos” será estampado por persona o personas algunas “sin licencia y consentimiento del Maestro, Celador y adjutores de dicha Compañía; y 4) que ningún libro “ya impreso en esta nación, “vendrá importado de allende los mares” bajo pérdida del tal a beneficio del poseedor “del derecho exclusivo”, y otras sanciones que fueren estimadas convenientes.

Dicha Orden causará notable desaliento en la ciencia y paralización de la verdad, no sólo emperezando y mellando nuestras facultades en lo ya conocido, sino además desmochando y embarazando ulteriores descubrimientos que pudieran llevarse a cabo en sabiduría religiosa y civil.
Viendo, pues, que estos libros, y aquellos, de que hay sinnúmero, más susceptibles de contaminar a un tiempo vida y doctrina, no pueden ser eliminados sin decadencia del saber y de toda capacidad polémica; y que esos libros, de una y otra especie, con más fuerza y prontitud atacan a los doctos, de quienes cualquier elemento disoluto o herético puede rápidamente pasar a las comunes gentes; y que las costumbres perversas llegan a ser perfectamente aprendidas sin libros y por mil otros modos en que no cabe poner tropezadero; y la doctrina dañada no con libros se difunde, salvo la que la guía de un maestro contuviere (y a la que éste podrá dedicarse sin escribir, y así, allende todo requerimiento de licencia), no alcanzo a descoger cómo esa cauta empresa de las licencias pueda ser exceptuada del número de los vanos e imposibles intentos. Y quien de humor de burlas estuviere, no podría menos de compararla a la hazaña del bizarro que creyó impedir a las cornejas el acceso a su parque con sólo cerrar su verja.

Lores y Comunes de Inglaterra, considerad de qué nación sois, qué nación gobernáis; no es ella opaca y obtusa sino de espíritu vivo, ingenioso y penetrante, para la invención aguda, en el discurso recia a la vez que sutil, no de tema alguno desalcanzada, ni del más cimero sobre el que pueda cernerse la criatura humana. Así los estudios del saber en sus ciencias más profundas fueron tan antiguos entre nosotros, y descollados, que escritores de buena antigüedad y juicio competentísimo anduvieron persuadidos de que aun la escuela de Pitágoras y la sabiduría persa arrancaron en sus comienzos de la añeja filosofía de esta isla. Y ese cuerdo y civil romano, Julio Agrícola, que aquí una vez gobernara por el César, prefería los naturales ingenios de Britania a los forzados estudios de los galos. Ni es por vano antojo que los graves y frugales transilvanos envían todos los años, tan lejos de los confines montañosos de Rusia, y más allá de los páramos hercinios, no su mocedad, sino sus hombres hechos, para que aprendan nuestro lenguaje y nuestras artes teológicas.
Y en cuanto a la regulación de las prensas, no habrá quien tenga la honra de aconsejaros mejor que vosotros mismos, en los términos de la Orden publicada antes que la presente: “ningún libro sea impreso como el nombre del impresor y el del autor, o al menos el del primero, no estuvieren registrados”. Los que de otra suerte aparecieren, si resultaren dañinos o calumniadores, darán con el fuego y el ejecutor: no sabría usar remedios más oportunos y eficaces la prevención humana. Porque esta auténtica disciplina española del licenciamiento de libros, si no hablé ociosamente, resultará dentro de poco el libro más desamparado de licencias; y fue inmediata imagen de un decreto de la Cámara de la Estrella a tal fin dictado en los tiempos en que dicho tribunal se apoyaba en tales obras piadosas, por las cuales cayó de las estrellas con el propio Lucifer.

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