La aldea global — Noam Chomsky & Heinz Dieterich

Este es un libro escrito a finales del siglo pasado y es interesante, aunque basado en muchos ejemplos en América Latina no pierde un ápice de su vigencia donde nos adentramos en una desconfianza, temor y la eterna utopía de un futuro sin guerra, penurias materiales y de amplia felicidad individual se mezclan en una cosmovisión caótica de lo desconocido, que es aprovechada cínicamente por los propagandistas de las democracias neoliberales de mercado para manipular a las masas.
En la nueva religión del mercado y del consumismo, el Estado ya sólo tiene razón de ser como empresa de servicios para el gran capital, mientras que la democracia desapareció por completo del decálogo de los arquitectos de la aldea global. De tal manera, la sociedad global se realiza lejos del “plan de la naturaleza” que la razón de la ilustración -en palabras de Immanuel Kant- suponía y cuya tendencia obraba “para lograr la unificación total de la especie humana”, lejos también de la noción de reconciliación armónica entre el derecho individual humano y la soberanía del Estado en la sociedad avanzada de la burguesía que postulaba Hegel.
Este futuro es demasiado importante para dejarlo en manos de managers utilitaristas, intereses mezquinos mercantiles, tecnócratas reaccionarios y élites políticas que confunden sus éxitos de explotación y dominación globales con la predestinación divina y la ley del valor con la esencia del ser humano.
La tarea política del s.XXI consistirá en la creación de un proyecto histórico y de un movimiento mundial que reanude la lucha contra la ley del valor capitalista a nivel mundial, desde una perspectiva del humanismo y de la sociedad. Ésa es la única alternativa que tienen los desheredados de la tierra para detener la utopía retrógrada de Orwell, Huxley y Bradbury, que el capital transnacional trata de imponer en la sociedad global.

La “verdad duradera” es que nuestra defensa de la libertad y justicia contra el fascismo y el comunismo fue solamente una fase en una historia de dedicación hacia “una sociedad tolerante, en la cual líderes y gobiernos existen, no para usar o abusar de la gente, sino para proveerles con libertad y oportunidades. Ésta es la “cara constante” de lo que Estados Unidos ha hecho en el mundo, y “la idea” que estamos “defendiendo” nuevamente en la actualidad. Es en la “verdad duradera sobre este nuevo mundo” en que podemos perseguir nuestra misión histórica de una manera más efectiva, enfrentando a los “enemigos de la sociedad tolerante” -a la cual siempre estuvimos dedicados- que siguen en pie, moviéndonos desde la “contención” hacia el “agrandamiento”.
En el mundo real, democracia, mercados, y derechos humanos están bajo un serio ataque en muchas partes del mundo, incluyendo a las más importantes democracias industriales. Además, la más poderosa de ellas -Estados Unidos- encabeza el ataque. Y en el mundo real, Estados Unidos nunca ha apoyado mercados libres, desde su historia más temprana hasta los años de Reagan, en que establecieron nuevos estándares de proteccionismo e intervención estatal en la economía, contrario a muchas ilusiones.

Los principales factores que han conducido a la actual crisis económica global se entienden razonablemente bien. Uno es la globalización de la producción, que ha ofrecido a los empresarios el provocador prospecto de hacer retroceder las victorias en derechos humanos conquistadas por la gente trabajadora. La prensa empresarial francamente advierte a los “mimados trabajadores occidentales” que tienen que abandonar sus “estilos de vida lujosos” y tales “rigideces del mercado” como seguridad del trabajo, pensiones, salud y seguridad laboral, y otras tonterías anacrónicas. Economistas enfatizan que el flujo laboral es difícil de estimar, pero ésta es una parte pequeña del problema. La amenaza es suficiente para forzar a la gente a aceptar salarios más bajos, jornadas más largas, beneficios y seguridad reducidos y otras “inflexibilidades” de esta naturaleza.

El ambiente en que se desenvuelven las transnacionaies es descrito por el director de la empresa electrónica más grande del mundo, Matsushita Electric Industrial, como el “espíritu de hambre”. El espíritu de hambre no se refiere a un estómago o un monedero vacío, explica Masaharu Matsushita, sino a la necesidad “de usar la sabiduría e inteligencia de uno hasta sus máximos niveles”, porque en el actual mercado de alta competitividad, “nuestro objetivo tiene que consistir en llegar al estrato más alto. Cuando hayamos llegado a ser el número uno en Japón, entonces tenemos que aspirar a volvernos el número uno en el mercado mundial. Una vez que hayamos alcanzado este nivel, no podemos descansar. Tenemos que trabajar para ser aún mejores”.

En el gran proceso de rehabilitación física, cultural y social de los pueblos del Tercer Mundo que constituye la esencia de la democratización mundial, les han de ser repatriados sus valores y objetos culturales, expropiados por las potencias dominantes mediante el robo y la compra leonina durante el colonialismo y neocolonialismo. Para contrarrestar la “fuga de cerebros” de los países dependientes, que imposibilita su futuro, se formará un fondo mundial de becas y fomento a la investigación científica y artística que permitirá a esos cuadros realizar sus trabajos de investigación dentro y en beneficio de sus países de origen, en igualdad de condiciones con las del Primer Mundo.
Es clave en la democratización de la sociedad mundial y de América Latina que se establezcan alianzas de lucha entre los sectores honestos del Primer Mundo, sus sectores marginados 110% a 20%) y las mayorías del Tercer Mundo, como única esperanza de superar a la civilización del mercado que ha hundido a las mayorías de América en la miseria y opresión.
A la globalización del capital y la universalización del t.ionio oeconomicus, hay que contraponerle el proyecto histórico de la democracia universal y de la sociedad hermanada. Porque sería ignominioso que al atardecer de la evolución humana, las fuerzas oscurantistas lograran su triunfo definitivo sobre el homo sapiens.

Del movimiento cristiano progresista Kairos nace una iniciativa a nivel europeo que tiene como punto de partida que el “empobrecimiento, el endeudamiento y la degradación ecológica en el sur, este y oeste tienen raíces comunes: un sistema económico y financiero basado en la acumulación de dinero para los que tienen activos de capital. Las instituciones e instrumentos políticos, militares e ideológicos están cada vez más al servicio de los ganadores de este juego de monopolio mundial. La respuesta tiene que ser la construcción de coaliciones por parte de las víctimas y movimientos sociales en todos los niveles: local, nacional, europeo y global. Necesitamos un movimiento mundial para los derechos humanos económicos”.
La tarea política primordial de la aldea global consiste, por ende, en someter a las tres entidades a un profundo proceso de democratización que logre devolver la soberanía política a las mayorías. Si esta lucha por salir de la prehistoria será coronada de éxito queda por verse; porque todo análisis responsable del proceso filogenético humano tendrá que reconocer tres posibles desenlaces finales de su evolución: el holocausto nuclear cuya probabilidad va en aumento, debido a las crecientes contradicciones del capitalismo y la proliferación de las armas nucleares; el continuismo de los regímenes de clase capitalistas, dentro de la lógica esbozada por Orwell 1984 y Huxley (Brave New World) o, la constitución de una sociedad mundial con relaciones sociales libres del despotismo de la forma del valor y de la mercancía y con una democracia participativa.
La audaz decisión de remplazar el protagonismo del mercado mundial capitalista por el nuevo sujeto-mundo de las mayorías no es un proyecto quijotesco, sino que deriva sus energías de la aseverante conciencia de avanzar sobre la dinámica objetiva de la historia, apartado igualmente de los espejismos del voluntarismo político que de las quimeras filantrópico-pequeño burguesas y de las falacias de la modernización capitalista.
Sólo cuando se haya logrado la democracia de y para las mayorías de la humanidad, entonces el proceso humano habrá llegado, no al fin de la historia, sino al de la prehistoria del hombre. Porque apenas en aquel momento dejará atrás los mundos clasistas dominados por el homo homini lupus.

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