El Imperio Británico: Cómo Gran Bretaña Logró El Mundo — Niall Ferguson / Empire: How Britain Made the Modern World by Niall Ferguson

Este es otro magnífico libro del historiador donde nos da una visión desde dentro, para nada vanagloriándose y ese sin duda es el gran acierto de este como muchos de sus libros que son recomendados.

Actualmente la opinión generalizada es que se trató de algo malo. Es probable que la principal razón de que el imperio cayera en el desprestigio haya sido su participación en la trata de esclavos en el Atlántico, así como en la misma esclavitud. Ya no se trata en exclusiva de una cuestión de juicio histórico, sino que se ha convertido en una cuestión política y legal. En agosto de 1999, la African World Reparations and Repatriation Truth Commission, reunida en Acra, propuso la posibilidad de una demanda de indemnizaciones a «todas las naciones de Europa Occidental y América, y a las instituciones que participaron y se beneficiaron de la trata de esclavos y del colonialismo». La suma sugerida como indemnización adecuada (basada en estimaciones de «el número de vidas humanas perdidas para África durante la trata de esclavos, así como en una estimación del valor del oro, diamantes y otros minerales extraídos del continente durante el régimen colonial») era de setecientos setenta y siete billones de dólares (EE. UU.).
¿Cómo un pueblo que se consideraba libre terminó subyugando una parte del mundo tan grande? ¿Cómo un imperio de hombres libres se convirtió en un imperio de esclavos? ¿Cómo, pese a sus «buenas intenciones», los británicos sacrificaron la «humanidad universal» en aras del «fetiche del mercado»?.

El comercio solo era la gran panacea […] que como un descubrimiento medicinal benéfico, servirá para inocular el saludable apego por la civilización a las naciones del mundo. No dejará nuestras costas ningún fardo de mercaderías, si no lleva las semillas de la inteligencia y el pensamiento fructífero a los miembros de una comunidad menos ilustrada, tampoco visitará un mercader las sedes de nuestra industria manufacturera, sin que vuelva a su país convertido en un misionero de la libertad, la paz y el buen gobierno, mientras nuestros vapores, que ahora visitan todos los puertos de Europa, y nuestros milagrosos ferrocarriles, de los que hablan todas las naciones, son anuncios y títulos de valor de nuestras ilustradas instituciones.Para Cobden el punto crítico era que ni el comercio ni la difusión de la civilización británica requerían que se les «hiciera respetar» mediante estructuras imperiales. De hecho, el uso de la fuerza no lograría nada si iba contra las beneficiosas leyes del mercado libre global.
La globalización es posible que surja de forma espontánea en un sistema internacional de cooperación multilateral, pero también puede ser resultado de la coerción, si la potencia dominante en el mundo favorece el liberalismo económico. El imperio —en concreto, el imperio británico— es el primer ejemplo que nos viene a la mente.
Ninguna otra organización en la historia hizo más por promover el libre movimiento de productos, capital y mano de obra que el imperio británico en el siglo XIX y los comienzos del XX. Y que ninguna otra organización hizo más por imponer las normas occidentales de ley, orden y gobierno en todo el mundo. Tildarlo de «capitalismo de caballeros» es menospreciar la envergadura y la modernidad del logro en el ámbito económico; al igual que la crítica del carácter «ornamental» (es decir, jerárquico) del dominio británico en ultramar tiende a obviar las virtudes de administraciones que destacaban por su honestidad.

Cuando los británicos gobernaban un país —incluso cuando solo ejercían su influencia sobre el gobierno mostrando su poderío financiero y militar—, había ciertos rasgos distintivos de su propia sociedad que tendían a difundir. He aquí una lista de los más importantes:
-la lengua inglesa;
-las formas inglesas de tenencia de la tierra;
-la banca escocesa e inglesa;
-el derecho consuetudinario;
-el protestantismo;
-los equipos deportivos;
-el Estado limitado o «guardián»;
-las asambleas representativas;
-la idea de libertad.

Fue así como se inició el imperio británico: con un vendaval de latrocinio y violencia marítima. No fue concebido por imperialistas conscientes, que desearan establecer el dominio inglés sobre tierras extranjeras, ni colonos que quisieran construir una nueva vida en ultramar. Morgan y sus compañeros «bucaneros» eran simples ladrones1 que trataban de robar lo ganado por los otros imperios.
Los bucaneros adoptaron el nombre de «Hermandad de la Costa» y tenían un sistema complejo de reparto del botín, que incluía pólizas de seguros en concepto de daños. Aun así, en esencia, estaban involucrados en el crimen organizado.
Se suele creer que el imperio británico se consolidó «en un momento de distracción». En realidad, la expansión de Inglaterra distó de ser casual: fue un acto consciente de imitación. Los historiadores económicos citan a menudo en Inglaterra como la «primera nación industrial», pero en la carrera europea por el imperio, los ingleses comenzaron tarde. No fue hasta 1615, por ejemplo, cuando Inglaterra adquirió Jamaica. En esa época, el imperio británico consistía en poco más que un puñado de islas del Caribe, cinco plantations (colonias) norteamericanas y un par de puertos en la India. Un siglo y medio antes Cristóbal Colón ya había establecido los fundamentos del imperio español en América, un imperio que era la envidia de todo el orbe, que se extendía desde Madrid hasta Manila, comprendiendo Perú y México, los territorios más ricos y populosos del continente americano. Aún más extenso y no menos rico era el imperio portugués, que se extendía desde las islas atlánticas de Madeira y Santo Tomé para incluir el vasto territorio de Brasil y numerosas factorías comerciales en África Occidental, Indonesia, la India e incluso China.
El imperio español era una autocracia, gobernada desde el centro. Con un tesoro rebosante de plata americana, el rey de España podía perfectamente aspirar a la dominación mundial. ¿Para qué era todo ese dinero sino para realzar su gloria? En Inglaterra, en cambio, el poder del monarca nunca llegó a ser absoluto; siempre fue limitado, primero por la rica aristocracia del país, y después por las dos cámaras del Parlamento. En 1649, un rey inglés fue ejecutado por atreverse a oponerse a las reivindicaciones políticas del Parlamento. Financieramente dependientes del Parlamento, los monarcas ingleses no tenían más opción que confiar en mercenarios para luchar en sus guerras. Pero la debilidad de la corona inglesa ocultaba una fuerza futura. Precisamente porque el poder político estaba repartido de modo más amplio, lo mismo ocurría con la riqueza. Los impuestos solo podían ser recaudados con la aprobación del Parlamento. Las personas acaudaladas, por tanto, podían confiar sensatamente en que un soberano absoluto no les expropiaría su dinero sin más, lo cual resultaría un importante incentivo para los empresarios.

Primero piratas, luego mercaderes, y ahora los británicos eran los gobernantes de millones de personas en ultramar, y no solo en la India. Gracias a una combinación de poderío naval y financiero se habían convertido en los vencedores de la carrera europea por el imperio. Lo que había comenzado como una propuesta de negocios se había convertido en un asunto de Estado.

La pregunta que los británicos tenían que hacerse ahora era: ¿cómo debería formarse el gobierno de la India? El instinto de un hombre como Clive era saquear, y así lo hizo, aunque después insistió en que se había «sorprendido de su propia moderación».
Sus viajes nunca carecieron de incertidumbre; a menudo los destinos eran insalubres e inhóspitos. Hoy la decisión de apostarlo todo a un billete de ida nos parece una locura. Pero si no hubiera habido millones de esos billetes (algunos comprados voluntariamente, y otros no), el imperio británico no habría existido. Pues el pilar en que se sustentó el imperio británico fue la migración masiva, la mayor en la historia humana. Este éxodo británico cambió el mundo. Continentes enteros se volvieron blancos.
Para la mayoría de los emigrantes, el Nuevo Mundo significaba libertad: en algunos casos, libertad religiosa, pero sobre todo libertad económica. En efecto, a los británicos les agradaba pensar que esta libertad era lo que hacía su imperio diferente —y por supuesto, mejor que el español, el portugués y el holandés—. «Sin libertad —declaraba Edmund Burke en 1766—, no habría existido el imperio británico.»

Irlanda se convirtió en el laboratorio experimental de la colonización inglesa, y el Ulster en el prototipo de la colonización. Lo que venía a demostrar era que el imperio podía ser construido no solo mediante el comercio y la conquista, sino mediante la migración y la colonización. Ahora el desafío era exportar el modelo más allá, no solo allende el mar de Irlanda, sino allende el Atlántico.
El flujo de emigración de los siglos XVI y XVII de las islas británicas no tiene parangón con la de ningún otro país europeo. Solo en Inglaterra, el total de emigración neta entre 1601 y 1701 superó las setecientas mil personas. En su punto más alto (en las décadas de 1640 y 1650, coincidiendo precisamente con el período de la guerra civil inglesa) la tasa anual de emigración superó el 0,2 por mil (alrededor de la misma tasa actualmente existente en Venezuela).

Hoy por supuesto rechazamos la esclavitud. Lo que resulta difícil comprender es cómo alguien como Newton no lo hacía. Pero la esclavitud era muy rentable desde el punto de vista económico. Las ganancias con el cultivo del azúcar eran inmensas; los portugueses habían demostrado en Madeira y Santo Tomé que los esclavos africanos eran los únicos que podían sobrellevar ese trabajo; y los hacendados caribeños estaban dispuestos a pagar aproximadamente ocho o nueve veces lo que un esclavo costaba en la costa de África Occidental. Aunque el negocio era arriesgado (Newton lo comparaba con una especie de lotería en la que todos los compradores esperaban ganar el premio), era lucrativo. Las ganancias de los viajes para conseguir esclavos durante los últimos cincuenta años de práctica esclavista británica eran del 8 al 10 por ciento. No sorprende que a Newton el tráfico esclavista le pareciera una «ocupación amable» idónea para un cristiano redimido.
Los británicos se fijaron en Asia por el comercio, y en América por la tierra. La distancia era un obstáculo, pero si los vientos eran favorables podía superarse. Había, empero, otro continente que les resultaba atractivo por razones diametralmente opuestas: por ser yermo, remoto y ser una prisión natural.
Con su extraña tierra roja y su rara flora y fauna (eucaliptos y canguros), Australia era en el siglo XVIII el equivalente de Marte. Esto explica por qué la primera respuesta oficial al descubrimiento de Nueva Gales del Sur del capitán Cook en 1770 fue decir que era un lugar ideal donde arrojar a los delincuentes.
Entre 1787 y 1853, alrededor de unos ciento veintitrés mil hombres y unas veinticinco mil mujeres fueron transportados en los llamados «barcos del infierno» a las antípodas por delitos diversos, desde falsificación hasta robo de ganado. Consigo iba un número indeterminado de niños pero sustancial, muchos de los cuales habían sido concebidos en la travesía. Una vez más, desde el comienzo los británicos tenían la intención de reproducirse en su nueva colonia. De hecho, la explotación sexual, incentivada por el ron importado, sería uno de los rasgos definitorios de la incipiente Sidney.
El asentamiento en Australia fue ideado para resolver un problema interno, principalmente el relativo a los delitos contra la propiedad. En lo fundamental, era una alternativa a la horca de ladrones o a la construcción de cárceles para los presos. Entre los condenados también había presos políticos: luditas, amotinados por la hambruna, destructores de máquinas (swing rioters), tejedores radicales, mártires de Todpuddle, cartistas, patriotes québécois, todos ellos también acabaron en Australia. Una cuarta parte de los deportados eran irlandeses, de los cuales uno de cada cinco había sido condenado por motivos políticos. Pero no fueron solo los irlandeses los que terminaron allí en gran número. Australia albergó una buena proporción de escoceses, si bien los jueces en Escocia eran más reacios que los ingleses a sentenciar la deportación de los delincuentes.
Quizá la mejor explicación de la paradoja australiana sea que, aunque el sistema de deportación era una burla de la proclama británica de que su imperio era el imperio de la libertad, en la práctica el efecto de esta política era liberador para muchos de los deportados a Australia. Esto se debió en parte a que en un tiempo en que la propiedad privada era lo más sagrado, la justicia penal británica solía condenar a personas por faltas que hoy día consideramos triviales. Aunque entre la mitad y dos tercios de los deportados eran «reincidentes», la mayor parte sus delitos eran hurtos. Australia se fundó literalmente como una nación de ladrones.
En uno de los capítulos más atroces de la historia del imperio británico, se procedió a la búsqueda y captura de todos los aborígenes del territorio de Van Diemen para su confinación y posterior exterminio; a este hecho se le conoce hoy como «genocidio». (Trucanini, el último de ellos, murió en 1876.) Todo lo que se puede decir para mitigar esto es que si Australia hubiera sido una república independiente en el siglo XIX, como Estados Unidos, el genocidio habría ocurrido a escala continental, antes que limitarse solo a un episodio en Tasmania.
El caso de los aborígenes es un ejemplo impactante del modo como las actitudes cambiaban con la distancia. Los británicos en Londres veían el problema de un modo muy distinto que los británicos en Sidney. Esta representaba la esencia del dilema imperial. ¿Cómo podía un imperio que afirmaba estar basado en la libertad justificar que desatendía los deseos de los colonos cuando colisionaban con los de una asamblea legislativa tan lejana? Ese había sido el problema central en América en la década de 1770, y la solución final había sido la secesión. En la década de 1830 el problema se planteó también en Canadá. Pero esta vez los británicos tuvieron una mejor solución.

Para los misioneros, el interior de África era un territorio virgen. Las culturas nativas les parecían primitivas; el contacto previo con los europeos había sido mínimo. En cambio, en la India el movimiento misionero afrontaba en conjunto un desafío más difícil. En este último caso era evidente que existía una civilización más compleja que la de África. Los sistemas politeístas y monoteístas de creencias estaban profundamente enraizados, y los europeos llevaban conviviendo con los indios más de ciento cincuenta años sin que hubiera un choque de religiones.
Hasta las primeras décadas del siglo XIX, los británicos de la India no pensaron en anglicanizarla ni cristianizarla en absoluto. Por el contrario, ocurría a menudo que los británicos eran los que se orientalizaban.
El pilar en que el dominio británico se fundaba era el ejército indio. Aunque hacia 1848 la Compañía de las Indias Orientales estaba en situación de agregar territorio al imperio simplemente apoderándose cuando el gobernante moría sin heredero (la llamada «doctrina de la caducidad»), en última instancia era la amenaza de la fuerza armada lo que se lo permitía. Cuando tenía que pelear —en Birmania en la década de 1820, en Sind en 1843, en el Punjab en la década de 1840— el ejército indio rara vez era derrotado. Sus únicas derrotas significativas ocurrieron en Afganistán, donde fueron exterminados diecisiete mil hombres excepto uno de un ejército de ocupación. Sin embargo, ocho de cada diez de los que servían en el ejército indio eran cipayos, procedentes de las castas guerreras tradicionales del país. Las tropas británicas —que en realidad la mayoría estaban formadas por irlandeses— eran una pequeña minoría, aunque con frecuencia determinante en términos militares.
Un tercio de África fue anexionado al imperio británico, a la vez que prácticamente el resto sería presa de unas cuantas potencias europeas. Solo en el trasfondo de este control político, puede entenderse la conversión de África subsahariana al cristianismo.
El comercio, la civilización y el cristianismo debían ser impuestos en África, exactamente como había querido Livingstone, pero de la mano de una cuarta c: la de conquista.

Los británicos utilizaron también la India para controlar todo un hemisferio que iba desde Malta hasta Hong Kong. Era el fundamento en que se basaba todo el imperio de mediados de la época victoriana.
Sin embargo, tras la fachada de mármol, el Raj era el acertijo situado en el corazón mismo del imperio británico. ¿Cómo era posible que novecientos funcionarios civiles y setenta mil soldados británicos lograran gobernar más de doscientos cincuenta millones de indios? ¿Cómo lo consiguieron los victorianos?.
La guerra contra la esclavitud y las guerras del opio tenían en común el que el dominio naval británico las hacía posibles. Primero, la aparición del vapor horrorizó al Almirantazgo, porque creía que esto «asestaría un golpe fatal para la supremacía naval del imperio». Pero rápidamente se hizo evidente que la nueva tecnología debía ser adoptada, aunque solo fuera para igualar a los franceses. (El barco de guerra francés La Gloire, botado en 1858, había sido una de las principales razones para construir HMS Warrior.) Lejos de debilitar el imperio, la energía a vapor tendió a unificarlo. En los tiempos de la vela se tardaba entre cuatro y seis semanas en cruzar el Atlántico; el vapor redujo ese tiempo a dos semanas a mediados de la década de 1830, y a escasos diez días en la década de 1880. Entre la década de 1850 y la de 1890, el viaje de Gran Bretaña a Ciudad del Cabo se redujo de cuarenta y dos a diecinueve días.
Sin embargo, la India británica no fue gobernada en exclusiva por el puño de hierro. Así como tenía tiranos al estilo de Napier, también tenía sus mandarines: la administración civil que gobernaba la India, administraba justicia y lidiaba con infinidad de crisis locales, que iban desde pequeños conflictos sobre puentes derruidos hasta hambrunas declaradas. Aunque era una tarea desagradecida y a veces infernal, la élite que la cumplía se vanagloriaba de su apodo: «los nacidos del cielo».
En las circunstancias de la India, los funcionarios enviados de Londres no veían otra alternativa que buscar la colaboración de una élite de nativos. Pero los británicos que residían en la India lo descartaban. Los colonos residentes preferían mantener a los nativos por debajo de ellos: si era necesario usar la coerción con ellos, pero nunca buscar su colaboración ni recurrir a la cooptación (decisiones consensuadas con los nativos). Este fue el gran dilema imperial de la era victoriana que mantendría entre la espada y la pared no solo a la India sino a todo el imperio británico.

A principios del siglo xx, podía sostenerse (con el respeto que me merece Curzon) que la India había dejado de ser la indispensable joya de la corona que había sido en la década de 1860, la razón de ser del poder imperial británico. En otras partes del mundo, una nueva generación de imperialistas estaba madurando, hombres que creían que si el imperio iba a sobrevivir —si iba a adaptarse a los desafíos del nuevo siglo—, tendría que expandirse hacia nuevos rumbos.
En su opinión, el imperio tenía que abandonar los fastos y volver a sus raíces previctorianas: introducirse en nuevos mercados, establecer nuevas colonias y, si era necesario, librar nuevas guerras.

Tan estrecha era la relación de Rhodes con los Rothschild, que incluso le confió la ejecución de su testamento a lord Rothschild, especificando que su patrimonio debería ser utilizado para financiar un proyecto imperialista equivalente a la orden jesuita, la finalidad original de las becas Rhodes. Sería «una sociedad de elegidos para el bien del imperio». Rhodes anotó: «Al considerar la cuestión sugerida, tómese la constitución de los jesuitas, si se puede conseguir, y póngase imperio británico en vez de religión católica romana». Rothschild, por su parte, aseguró a Rhodes: «[N]uestro primer y principal deseo en relación con los asuntos sudafricanos es que permanezca en la dirección de ellos en esa colonia y que pueda realizar la gran política imperial que ha sido el sueño de su vida».
La creación de su propio país personal y su propia orden sagrada imperialista eran en realidad simples ingredientes de una «política imperial» rhodesiana mucho más vasta. En un gran mapa de África —que todavía hoy puede verse en Kimberley—, Rhodes trazó con lápiz una línea que iba desde El Cabo a El Cairo, que debería ser el gran ferrocarril imperial.

Irlanda, la primera de todas las colonias, fue la última en obtener lo que las otras colonias «blancas» hacia la década de 1880 daban por sentado: un gobierno responsable. Había tres razones para esto. La primera era que la mayoría de los irlandeses, aunque de impecable piel blanca, eran católicos, y, a los ojos de muchos ingleses, tan inferior racialmente como si hubieran sido de color carbón. La segunda era que una minoría —particularmente los descendientes de los que se habían asentado en la isla en el siglo XVII— prefería el arreglo establecido por la ley de unión de 1800, por el cual Irlanda era directamente gobernada desde Westminster como parte integral del Reino Unido. La tercera y, finalmente, la razón decisiva era que permitir que Irlanda tuviera su propio Parlamento, como lo había tenido antes de 1800, y como otras colonias blancas lo tenían, habría debilitado en cierta medida la integridad del imperio en su conjunto. Debido sobre todo a esto, los intentos de Gladstone de otorgar a Irlanda el autogobierno fracasaron.

Estos imperios alternativos eran notoriamente más duros en el trato a los pueblos subordinados que Gran Bretaña. Incluso antes de la Primera Guerra Mundial, el dominio belga sobre el Congo teóricamente «independiente» se había convertido en sinónimo de abuso de los derechos humanos. Las plantaciones de caucho y los ferrocarriles de la Asociación Internacional fueron construidos con trabajo esclavo y las ganancias iban directamente a los bolsillos del rey Leopoldo II. Fue tal la rapacidad de su régimen que el coste en vidas humanas debido a los asesinatos, el hambre, la enfermedad, la reducción de la fertilidad, ha sido estimado en diez millones de personas, la mitad de la población existente. No hay nada exagerado en la imagen del «horror» en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Dos británicos denunciaron lo que estaba ocurriendo en el Congo: el cónsul británico Roger Casament, y un modesto empleado de Liverpool llamado Edmund Morel, que advirtió que enormes cantidades de caucho estaban siendo exportadas desde Bélgica, pero que no ingresaban prácticamente artículos de importación excepto armas.
El factor fundamental fue la economía desde luego. Gran Bretaña simplemente no pudo sobrellevar ya los costes del imperio porque estaba agotada por el coste de la victoria y no tenía la oportunidad de un nuevo comienzo que después de la derrota tuvieron Japón y Alemania. La sublevación nacionalista y la nueva tecnología imperial hicieron que la defensa imperial fuera mucho más cara que antes. Entre 1947 y 1987 el gasto de defensa británico había sido el 5,8 por ciento del producto interior bruto. Un siglo antes, representaba apenas el 2,6 por ciento. En el siglo XIX, Gran Bretaña había financiado los costes crónicos del déficit comercial con el ingreso de una vasta inversión ultramarina en cartera, que ahora había sido reemplazada por una aplastante carga de deuda externa, y el Tesoro tenía que cubrir gastos mucho más grandes de un sistema de sanidad, transporte e industrias nacionalizado.
Como Keynes dijo, fue «principalmente… para cubrir los gastos militares y sociales en ultramar» por lo que Gran Bretaña acudió a Estados Unidos en busca de un préstamo después de que la guerra y el sistema de Préstamo-Arriendo terminaran en 1945. Las condiciones establecidas para el préstamo tuvieron el efecto de debilitar el poder británico en ultramar. A cambio de 3.750 millones de dólares.

Lo que estaba mal con la Commonwealth no era tanto su importancia económica decreciente para Gran Bretaña como su creciente impotencia política. Originalmente formada solo por Gran Bretaña y los dominios blancos, en 1949 se adhirieron a la Commonwealth, la India, Pakistán y Ceilán (Sri Lanka). Hacia 1965 tenía veintiún miembros y diez más se adhirieron en el siguiente decenio. La Commonwealth actualmente tiene cincuenta y cuatro miembros y se ha convertido en poco más que un suborganismo de las Naciones Unidas o del Comité Olímpico Internacional, cuyo única ventaja es que ahorra dinero en traductores profesionales, ya que la lengua inglesa es el único vínculo que la Commonwealth todavía tiene en común.
Así fue como el imperio británico, que había estado efectivamente en venta en 1945, fue desmembrado en vez de ser absorbido; fue liquidado en vez de conseguir un nuevo propietario. Había costado casi tres siglos construirlo. En su momento de mayor auge había llegado a abarcar un cuarto de la superficie terrestre y gobernado casi la misma proporción de población. Solo se tardó tres décadas en desmantelarlo, dejando solo unas pocas islas dispersas, desde Ascensión hasta Tristán da Cunha, como recuerdos.
Sin embargo, lo que la hizo tan bella, tan noble, es que la victoria del imperio fue pírrica. Al final los británicos sacrificaron su imperio para impedir que los alemanes, los japoneses y los italianos mantuvieran los suyos. ¿Acaso ese sacrificio no purga las restantes faltas del imperio?.

El imperio británico hace mucho que ha muerto; solo quedan restos. Todo lo que había servido para sostener la supremacía comercial y financiera de Gran Bretaña en los siglos XVII y XVIII, y su supremacía industrial en el siglo XIX estaba destinado a derrumbarse una vez que la economía británica se hubiera doblegado bajo el peso de dos guerras mundiales. El gran acreedor se convirtió en deudor. Del mismo modo, los grandes movimientos de población que habían impulsado antes la expansión imperial británica cambiaron de dirección en la década de 1950. La emigración de Gran Bretaña dio paso a la inmigración a Gran Bretaña. En cuanto al impulso misionero que había llevado a miles de jóvenes, hombres y mujeres, por todo el mundo a predicar el cristianismo y el Evangelio de tocador, también disminuyó, junto con la asistencia pública a la iglesia. El cristianismo hoy día es más fuerte en muchas de sus antiguas colonias que en Gran Bretaña misma.
Por supuesto, nadie puede afirmar que el historial del imperio británico es intachable. Por el contrario, he tratado de mostrar cuán frecuentemente dejó de estar a la altura de su propio ideal de libertad individual, particularmente en la época de la esclavización, deportación y «limpieza étnica» de los pueblos nativos. Sin embargo el imperio del siglo xix promovió el libre comercio, el libre movimiento de capital y, con la abolición de la esclavitud, el trabajo libre. Invirtió inmensas sumas de dinero en desarrollar una red global de comunicaciones modernas. Propagó e hizo acatar la ley británica en vastas áreas de planeta. Aunque sostuvo numerosas guerras pequeñas, el imperio mantuvo una paz global que no se ha igualado desde entonces. En el siglo xx justificó de sobra su existencia, pues las alternativas al dominio británico representados por el imperio alemán y el japonés eran a todas luces mucho peores. Sin el imperio es inconcebible que Gran Bretaña hubiera podido hacerles frente.
Si no hubiera existido el imperio británico, lo más seguro es que no hubiera habido un libre comercio importante entre la década de 1840 y la de 1930.
En su apogeo a mediados del siglo XIX, dos características de los servicios indio y colonial eran especialmente notables cuando se les compara con muchos regímenes modernos de Asia y África. Primero, la administración británica era notablemente barata y eficaz. En segundo lugar, era notablemente poco corrupta. Sus pecados eran por lo general de omisión, no de comisión. Esto también no puede carecer de importancia, dada la correlación demostrable entre un desarrollo económico deficiente y el exceso de gasto gubernamental y la corrupción del sector público.
En suma, el imperio británico es la prueba de que el imperio es una forma de gobierno internacional que puede funcionar y no solo en beneficio de la potencia dominante. Buscó globalizar no solo un sistema económico sino, también en última instancia, legal y político.
La cuestión final por considerar es si se puede aprender algo del ejemplo imperial británico.
Debe decirse que el experimento de dirigir el mundo sin la existencia de un imperio no puede ser considerado como un rotundo éxito. La época postimperial se ha caracterizado por dos tendencias contradictorias: globalización económica y fragmentación política. La primera ha promovido sin duda el crecimiento económico, pero los frutos del crecimiento han sido distribuidos de modo desigual. La segunda tendencia ha sido asociada con los problemas de guerra civil e inestabilidad política, que han desempeñado un papel importante en empobrecer a los países más pobres del mundo.

Citando al secretario de estado norteamericano Dean Acheson: Gran Bretaña había perdido un imperio, pero que había fallado en encontrar un papel. Quizá la realidad es que los estadounidenses han asumido nuestro viejo papel sin afrontar todavía el hecho de que esto conlleva el imperio. La tecnología del dominio en ultramar puede haber cambiado, los acorazados han cedido el paso a los F-15. Pero nos guste o no, con nuestra voluntad o sin ella, el imperio es una realidad hoy como lo fue durante los trescientos años en que Gran Bretaña formó y dominó el mundo moderno.

This is another magnificent book by the historian where he gives us a vision from within, not at all boasting and that without a doubt is the great success of this as many of his books are recommended.

Currently the general opinion is that it was something bad. It is likely that the main reason that the empire fell into disrepute has been its participation in the slave trade in the Atlantic, as well as in slavery itself. It is no longer exclusively a question of historical judgment, but has become a political and legal issue. In August 1999, the African World Reparations and Repatriation Truth Commission, meeting in Accra, proposed the possibility of a claim for compensation to “all the nations of Western Europe and America, and to the institutions that participated and benefited from the slave trade and of colonialism ». The sum suggested as adequate compensation (based on estimates of “the number of human lives lost to Africa during the slave trade, as well as an estimate of the value of gold, diamonds and other minerals extracted from the continent during the colonial regime”) was of seven hundred and seventy seven billion dollars (USA).
How a people who considered themselves free ended up subjugating a part of the world so big? How did an empire of free men become an empire of slaves? How, despite their “good intentions,” did the British sacrifice “universal humanity” for the sake of the “market fetish”?

Trade was only the great panacea […] that as a beneficial medicinal discovery, will serve to inoculate the healthy attachment for civilization to the nations of the world. Our goods will not leave any bale of merchandise, if it does not take the seeds of intelligence and fruitful thinking to the members of a less enlightened community, neither will a merchant visit the headquarters of our manufacturing industry, without returning to his country converted into a missionary of freedom, peace and good government, while our vapors, which now visit all the ports of Europe, and our miraculous railroads, of which all nations speak, are announcements and valuable titles of our enlightened institutions. Cobden the critical point was that neither trade nor the spread of British civilization required to be “respected” by imperial structures. In fact, the use of force would achieve nothing if it went against the beneficial laws of the global free market.
Globalization is possible to arise spontaneously in an international system of multilateral cooperation, but it can also be the result of coercion, if the dominant power in the world favors economic liberalism. The empire -in particular, the British empire- is the first example that comes to mind.
No other organization in history did more to promote the free movement of products, capital and labor than the British empire in the nineteenth century and the beginning of the twentieth. And that no other organization did more to impose the Western norms of law, order and government throughout the world. To call it “gentleman’s capitalism” is to underestimate the size and modernity of achievement in the economic sphere; just as criticism of the “ornamental” (that is, hierarchical) character of British overseas dominance tends to obviate the virtues of administrations that stood out for their honesty.

When the British ruled a country-even when they only exercised their influence over the government by showing their financial and military might-there were certain distinctive features of their own society that they tended to spread. Here is a list of the most important:
-the English language;
-the English forms of land tenure;
-The Scottish and English banks;
-the customary law;
-the Protestantism;
-the sports teams;
-the limited state or “guardian”;
-the representative assemblies;
-the idea of ​​freedom.

This is how the British Empire began: with a gale of larceny and maritime violence. It was not conceived by conscious imperialists, who wished to establish English dominion over foreign lands, or settlers who wanted to build a new life overseas. Morgan and his fellow “buccaneers” were simple thieves who tried to steal what the other empires had gained.
The buccaneers adopted the name “Brotherhood of the Coast” and had a complex system of distribution of the booty, which included insurance policies for damages. Even so, in essence, they were involved in organized crime.
It is generally believed that the British Empire was consolidated “in a moment of distraction”. In fact, the expansion of England was far from casual: it was a conscious act of imitation. Economic historians often cite England as the “first industrial nation,” but in the European race for the empire, the English began late. It was not until 1615, for example, when England acquired Jamaica. At that time, the British Empire consisted of little more than a handful of Caribbean islands, five North American plantations (colonies) and a couple of ports in India. A century and a half before Christopher Columbus had already established the foundations of the Spanish empire in America, an empire that was the envy of the whole world, which stretched from Madrid to Manila, comprising Peru and Mexico, the richest and most populous territories of the continent American. Even more extensive and no less rich was the Portuguese empire, which extended from the Atlantic islands of Madeira and São Tomé to include the vast territory of Brazil and numerous commercial factories in West Africa, Indonesia, India and even China.
The Spanish empire was an autocracy, governed from the center. With a treasure overflowing with American silver, the king of Spain could perfectly well aspire to world domination. What was all this money for except to enhance its glory? In England, on the other hand, the monarch’s power never became absolute; it was always limited, first by the rich aristocracy of the country, and then by the two houses of Parliament. In 1649, an English king was executed for daring to oppose the political demands of Parliament. Financially dependent on Parliament, English monarchs had no choice but to rely on mercenaries to fight their wars. But the weakness of the English crown hid a future force. Precisely because political power was distributed more broadly, so did wealth. Taxes could only be collected with the approval of Parliament. The wealthy, therefore, could reasonably trust that an absolute sovereign would not expropriate their money without more, which would be an important incentive for entrepreneurs.

First pirates, then merchants, and now the British were the rulers of millions of people overseas, and not just in India. Thanks to a combination of naval and financial power they had become the victors of the European race for the empire. What had started as a business proposal had become a matter of state.
The question that the British had to ask now was: how should the government of India be formed? The instinct of a man like Clive was to plunder, and so he did, although he later insisted that he had been “surprised by his own moderation.”
His travels never lacked uncertainty; often the destinations were unhealthy and inhospitable. Today the decision to bet everything on a one-way ticket seems crazy. But if there had not been millions of those bills (some bought voluntarily, and others not), the British Empire would not have existed. For the pillar on which the British empire was based was mass migration, the largest in human history. This British exodus changed the world. Whole continents turned white.
For most migrants, the New World meant freedom: in some cases, religious freedom, but above all, economic freedom. In effect, the British liked to think that this freedom was what made their empire different – and of course, better than Spanish, Portuguese and Dutch. “Without freedom,” Edmund Burke declared in 1766, “there would have been no British empire.”

Ireland became the experimental laboratory of English colonization, and Ulster became the prototype of colonization. What he was demonstrating was that the empire could be built not only through trade and conquest, but through migration and colonization. Now the challenge was to export the model further, not only beyond the Irish Sea, but beyond the Atlantic.
The flow of emigration of the sixteenth and seventeenth centuries of the British Isles has no comparison with that of any other European country. In England alone, the total net emigration between 1601 and 1701 exceeded seven hundred thousand people. At its highest point (in the 1640s and 1650s, coinciding precisely with the period of the English Civil War) the annual rate of emigration exceeded 0.2 per thousand (around the same rate currently existing in Venezuela).

Today of course we reject slavery. What is difficult to understand is how someone like Newton did not. But slavery was very profitable from the economic point of view. The profits with the cultivation of sugar were immense; the Portuguese had shown in Madeira and Sao Tome that the African slaves were the only ones who could carry out this work; and the Caribbean landowners were willing to pay roughly eight or nine times what a slave cost on the West African coast. Although the business was risky (Newton compared it to a kind of lottery in which all the buyers expected to win the prize), it was lucrative. The profits from travel to get slaves during the last fifty years of British slave labor were from 8 to 10 percent. It is not surprising that to Newton the slave trade seemed to him a “kind occupation” suitable for a redeemed Christian.
The British settled in Asia for trade, and in America for land. The distance was an obstacle, but if the winds were favorable it could be overcome. There was, however, another continent that appealed to them for diametrically opposed reasons: for being barren, remote and being a natural prison.
With its strange red earth and its rare flora and fauna (eucalyptus and kangaroos), Australia was in the eighteenth century the equivalent of Mars. This explains why the first official response to Captain Cook’s discovery of New South Wales in 1770 was to say that it was an ideal place to throw offenders.
Between 1787 and 1853, around one hundred and twenty-three thousand men and some twenty-five thousand women were transported in the so-called “ships of hell” to the antipodes for various crimes, from falsification to theft of cattle. I got an undetermined number of children but substantial, many of whom had been conceived in the voyage. Once again, from the beginning the British intended to breed in their new colony. In fact, sexual exploitation, encouraged by imported rum, would be one of the defining features of the budding Sidney.
The settlement in Australia was designed to solve an internal problem, mainly the one related to crimes against property. In essence, it was an alternative to hanging robbers or building jails for prisoners. Among the condemned there were political prisoners as well: Luddites, mutineers in famine, machine destroyers (swing rioters), radical weavers, martyrs of Todpuddle, Chartists, Québécois patriots, all of them also ended up in Australia. A quarter of the deportees were Irish, of which one in five had been convicted for political reasons. But it was not just the Irish who ended up there in large numbers. Australia hosted a good proportion of Scots, although the judges in Scotland were more reluctant than the English to sentence the deportation of the criminals.
Perhaps the best explanation of the Australian paradox is that, although the deportation system was a mockery of the British claim that its empire was the empire of freedom, in practice the effect of this policy was liberating for many of the deportees Australia. This was partly because at a time when private property was the most sacred, British criminal justice used to condemn people for faults that we now consider trivial. Although between half and two thirds of the deportees were “repeat offenders,” most of their crimes were thefts. Australia was literally founded as a nation of thieves.
In one of the most atrocious chapters of the history of the British empire, we proceeded to search and capture all the aborigines of Van Diemen’s territory for their confinement and subsequent extermination; this fact is known today as “genocide”. (Trucanini, the last of them, died in 1876.) All that can be said to mitigate this is that if Australia had been an independent republic in the 19th century, like the United States, genocide would have occurred on a continental scale, rather than limited to just one episode in Tasmania.
The case of the aborigines is a striking example of how attitudes changed with distance. The British in London saw the problem in a very different way than the British in Sydney. This represented the essence of the imperial dilemma. How could an empire that claimed to be based on freedom justify neglecting the wishes of the colonists when they collided with those of a legislative assembly so far away? That had been the central problem in America in the 1770s, and the final solution had been secession. In the 1830s the problem was also raised in Canada. But this time the British had a better solution.

For the missionaries, the interior of Africa was a virgin territory. Native cultures seemed primitive; Previous contact with the Europeans had been minimal. In India, on the other hand, the missionary movement faced a more difficult challenge altogether. In the latter case it was evident that there was a more complex civilization than that of Africa. The polytheistic and monotheistic belief systems were deeply rooted, and the Europeans had lived together with the Indians for over one hundred and fifty years without a clash of religions.
Until the first decades of the 19th century, the British in India did not think of Anglicanizing or Christianizing it at all. On the contrary, it often happened that the British were the ones who were orientalized.
The pillar on which British rule was founded was the Indian army. Although by 1848 the East India Company was in a position to add territory to the empire simply by seizing power when the ruler died without an heir (the so-called “doctrine of expiration”), it was ultimately the threat of armed force allowed. When I had to fight-in Burma in the 1820s, in Sind in 1843, in the Punjab in the 1840s-the Indian army was rarely defeated. His only significant defeats occurred in Afghanistan, where seventeen thousand men were exterminated except one from an occupation army. However, eight out of ten of those who served in the Indian army were sepoys, from the traditional war castes of the country. The British troops – who were in fact mostly Irish – were a small minority, though often militarily determined.
Until the first decades of the 19th century, the British in India did not think of Anglicanizing or Christianizing it at all. On the contrary, it often happened that the British were the ones who were orientalized.
The pillar on which British rule was founded was the Indian army. Although by 1848 the East India Company was in a position to add territory to the empire simply by seizing power when the ruler died without an heir (the so-called “doctrine of expiration”), it was ultimately the threat of armed force allowed. When I had to fight-in Burma in the 1820s, in Sind in 1843, in the Punjab in the 1840s-the Indian army was rarely defeated. His only significant defeats occurred in Afghanistan, where seventeen thousand men were exterminated except one from an occupation army. However, eight out of ten of those who served in the Indian army were sepoys, from the traditional war castes of the country. The British troops – who were in fact mostly Irish – were a small minority, though often militarily determined.
A third of Africa was annexed to the British Empire, while virtually the rest would fall prey to a few European powers. Only in the background of this political control can the conversion of sub-Saharan Africa to Christianity be understood.
Trade, civilization and Christianity were to be imposed in Africa, exactly as Livingstone had wanted, but in the hand of a fourth c: that of conquest.

The British also used India to control an entire hemisphere that ran from Malta to Hong Kong. It was the foundation on which the whole empire of the mid-Victorian era was based.
However, behind the marble facade, the Raj was the riddle located in the very heart of the British Empire. How was it possible that nine hundred civil servants and seventy thousand British soldiers managed to govern more than two hundred and fifty million Indians? How did the Victorians do it?
The war against slavery and the wars of opium had in common the one that the British naval dominion made them possible. First, the appearance of the vapor horrified the Admiralty, because he believed that this would “strike a fatal blow to the naval supremacy of the empire.” But it quickly became clear that the new technology had to be adopted, if only to match the French. (The French warship La Gloire, launched in 1858, had been one of the main reasons for building HMS Warrior.) Far from weakening the empire, steam power tended to unify it. In sailing times it took between four and six weeks to cross the Atlantic; steam reduced that time to two weeks in the mid-1830s, and scarcely ten days in the 1880s. Between the 1850s and the 1890s, Britain’s trip to Cape Town was reduced by forty and two to nineteen days.
However, British India was not governed exclusively by the iron fist. Just as he had tyrants like Napier, he also had his mandarins: the civil administration that ruled India, administered justice, and dealt with innumerable local crises, ranging from small conflicts over collapsed bridges to declared famines. Although it was an ungrateful and sometimes infernal task, the elite who fulfilled it boasted of its nickname: “those born of heaven.”
In the circumstances of India, officials sent from London saw no alternative but to seek the collaboration of an elite of natives. But the British who resided in India discarded it. The resident colonists preferred to keep the natives below them: if it was necessary to use coercion with them, but never seek their collaboration or resort to cooptation (decisions agreed with the natives). This was the great imperial dilemma of the Victorian era that would keep between the sword and the wall not only India but the entire British Empire.

At the beginning of the twentieth century, it could be argued (with the respect that Curzon deserves) that India had ceased to be the indispensable jewel in the crown that it had been in the 1860s, the raison d’être of British imperial power. In other parts of the world, a new generation of imperialists was maturing, men who believed that if the empire was to survive – if it was to adapt to the challenges of the new century – it would have to expand into new directions.
In his opinion, the empire had to abandon the pomp and return to its pre-Victorian roots: enter new markets, establish new colonies and, if necessary, wage new wars.

So close was Rhodes’ relationship with the Rothschilds, that he even entrusted the execution of his will to Lord Rothschild, specifying that his estate should be used to finance an imperialist project equivalent to the Jesuit order, the original purpose of the Rhodes scholarships. It would be “a society of elect for the good of the empire.” Rhodes noted: “In considering the suggested issue, take the constitution of the Jesuits, if you can get it, and get British rule instead of Roman Catholic religion.” Rothschild, for his part, assured Rhodes: “[N] our first and foremost desire in relation to South African affairs is to remain in their direction in that colony and to be able to carry out the great imperial policy that has been the dream of his life”.
The creation of his own personal country and his own imperialist sacred order were in fact simple ingredients of a much vaster Rhodesian “imperial policy”. On a large map of Africa – which can still be seen today in Kimberley – Rhodes drew a pencil line that ran from the Cape to Cairo, which should be the great imperial railway.

Ireland, the first of all the colonies, was the last to obtain what the other “white” colonies by the 1880s took for granted: responsible government. There were three reasons for this. The first was that the majority of the Irish, though impeccably white, were Catholics, and, in the eyes of many Englishmen, as racially inferior as if they had been charcoal-colored. The second was that a minority-particularly the descendants of those who had settled on the island in the seventeenth century-preferred the arrangement established by the law of union of 1800, by which Ireland was directly ruled from Westminster as an integral part of the Kingdom. United. The third and, finally, the decisive reason was that allowing Ireland to have its own Parliament, as it had had before 1800, and as other white colonies had it, would have weakened to a certain extent the integrity of the empire as a whole. Due mainly to this, Gladstone’s attempts to grant Ireland self-government failed.

These alternative empires were notoriously tougher in dealing with subordinate peoples than Great Britain. Even before the First World War, the Belgian dominion over the Congo theoretically “independent” had become synonymous with the abuse of human rights. The rubber plantations and the railroads of the International Association were built with slave labor and the profits went directly into the pockets of King Leopold II. Such was the rapacity of his regime that the cost in human lives due to the murders, hunger, disease, reduction of fertility, has been estimated at ten million people, half of the existing population. There is nothing exaggerated in the image of “horror” in Joseph Conrad’s Heart of Darkness. Two Britons denounced what was happening in the Congo: the British consul Roger Casament, and a modest Liverpool employee named Edmund Morel, who warned that huge amounts of rubber were being exported from Belgium, but that virtually no import goods were imported except for weapons.
The fundamental factor was the economy, of course. Britain simply could not cope with the costs of the empire because it was exhausted by the cost of victory and did not have the opportunity for a new beginning that after the defeat had Japan and Germany. The nationalist uprising and the new imperial technology made the imperial defense much more expensive than before. Between 1947 and 1987, British defense spending had been 5.8 percent of gross domestic product. A century earlier, it represented just 2.6 percent. In the nineteenth century, Britain had financed the chronic costs of the trade deficit with the entry of a vast overseas investment in the portfolio, which had now been replaced by an overwhelming external debt burden, and the Treasury had to cover much larger expenditures of a nationalized health, transportation and industrial system.
As Keynes said, it was “mainly … to cover military and social expenditures overseas”, so Britain went to the United States in search of a loan after the war and the Lend-Lease system ended in 1945. The conditions established for the loan had the effect of weakening British power overseas. In exchange for 3.75 billion dollars.

What was wrong with the Commonwealth was not so much its diminishing economic importance for Britain as its growing political impotence. Originally formed only by Great Britain and the white domains, in 1949 they adhered to the Commonwealth, India, Pakistan and Ceylon (Sri Lanka). By 1965 it had twenty-one members and ten more adhered in the following decade. The Commonwealth currently has fifty-four members and has become little more than a suborganism of the United Nations or the International Olympic Committee, whose only advantage is that it saves money on professional translators, since the English language is the only link that the Commonwealth still has in common.
This was how the British Empire, which had actually been on sale in 1945, was dismembered rather than absorbed; It was liquidated instead of getting a new owner. It had taken almost three centuries to build it. At its peak it had reached a quarter of the earth’s surface and governed almost the same proportion of the population. It only took three decades to dismantle it, leaving only a few scattered islands, from Ascension to Tristan da Cunha, as souvenirs.
However, what made her so beautiful, so noble, is that the empire’s victory was Pyrrhic. In the end the British sacrificed their empire to prevent the Germans, the Japanese and the Italians from maintaining theirs. Does not that sacrifice purge the remaining faults of the empire?

The British Empire has long since died; Only remains remain. Everything that had served to sustain the commercial and financial supremacy of Britain in the seventeenth and eighteenth centuries, and its industrial supremacy in the nineteenth century, was bound to collapse once the British economy had bowed under the weight of two world wars. . The big creditor became debtor. In the same way, the great population movements that had driven the British imperial expansion before changed direction in the 1950s. The emigration of Great Britain gave way to immigration to Great Britain. As for the missionary impulse that had led thousands of young people, men and women, all over the world to preach Christianity and the Gospel of the toilet, it also decreased, along with public assistance to the church. Christianity today is stronger in many of its former colonies than in Britain itself.
Of course, no one can claim that the record of the British empire is faultless. On the contrary, I have tried to show how often it stopped living up to its own ideal of individual freedom, particularly in the era of enslavement, deportation and “ethnic cleansing” of native peoples. However, the empire of the nineteenth century promoted free trade, the free movement of capital and, with the abolition of slavery, free labor. He invested immense sums of money in developing a global network of modern communications. Propagated and enforced British law in vast areas of the planet. Although it sustained numerous small wars, the empire maintained a global peace that has not been equaled since then. In the twentieth century it more than justified its existence, since the alternatives to British rule represented by the German and Japanese empires were obviously much worse. Without the empire it is inconceivable that Britain could have faced them.
If the British empire had not existed, the most certain thing would be that there had not been a significant free trade between the 1840s and the 1930s.
At its height in the mid-nineteenth century, two characteristics of Indian and colonial services were especially notable when compared to many modern regimes in Asia and Africa. First, the British administration was remarkably cheap and effective. Second, it was remarkably uncorrupt. Their sins were usually of omission, not of commission. This also can not be unimportant, given the demonstrable correlation between poor economic development and excessive government spending and corruption in the public sector.
In sum, the British empire is proof that the empire is an international form of government that can work and not only for the benefit of the dominant power. He sought to globalize not only an economic system but, ultimately, a legal and political one as well.
The final question to consider is whether one can learn anything from the British imperial example.
It must be said that the experiment of leading the world without the existence of an empire can not be considered as a resounding success. The post-imperial era has been characterized by two contradictory tendencies: economic globalization and political fragmentation. The first has undoubtedly promoted economic growth, but the fruits of growth have been unevenly distributed. The second trend has been associated with the problems of civil war and political instability, which have played an important role in impoverishing the poorest countries of the world.

Quoting US Secretary of State Dean Acheson: Britain had lost an empire, but had failed to find a role. Perhaps the reality is that Americans have assumed our old role without yet facing the fact that this entails the empire. Overseas domain technology may have changed, the battleships have given way to the F-15. But whether we like it or not, with or without our will, the empire is a reality today as it was during the three hundred years when Britain formed and dominated the modern world.

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