Coloso. Auge y decadencia del imperio americano — Niall Ferguson

Este es otro magnífico libro de este historiador británico que nos va desmenuzando con maestría el imperio de EE.UU. comparándolo a otros imperios anglosajones es un gran acierto para comprender los movimientos que nos rodean.

El mejor argumento a favor del imperio es siempre un argumento a favor del orden. La libertad por supuesto es un objetivo más elevado, pero solo aquellos que nunca han conocido el desorden no pueden entender que es un requisito para la libertad. En ese sentido, el argumento a favor de un imperio estadounidense es simultáneamente un argumento en contra de la anarquía internacional, o para ser más preciso, de una proliferación de vacíos regionales de poder. Con esto no se pretende decir que Estados Unidos sea un imperio perfecto. Por definición los imperios se ven en peligro por el poder que ejercen; inexorablemente engendran su propia destrucción interna incluso cuando imponen orden en el exterior. Por eso no podemos situar nuestras expectativas en un nivel muy alto. Si es bastante difícil ser un imperio cuando se cree tener un mandato del cielo, cuánto más difícil lo será para Estados Unidos, que piensa que por designio del cielo ha de liberar el mundo, no dominarlo.
Por desgracia, hay lugares en el mundo que deben ser dominados antes de poder ser libres, y por desgracia la tarea de dominarlos pondrá gravemente a prueba a los estadounidenses, quienes se resisten por instinto a este tipo de lugares por la sangre, los recursos y el tiempo que consumen. Sin embargo, lo más triste de todo es que no parece haber mejor alternativa para Estados Unidos y el mundo. ¿Cuánto tiempo perdurará este imperio que no acepta su condición de tal? No mucho, dada la falta de una sustancial revaluación del lugar de Estados Unidos en el mundo.

Estados Unidos no solo es un imperio en la actualidad, sino que siempre lo ha sido donde no solo apoye el libre intercambio internacional de productos, mano de obra y capital sino que también cree y defienda las condiciones sin las cuales no pueden funcionar los mercados: paz, orden, el imperio de la ley, administración honesta, políticas fiscales y monetarias estables, así como proporcionar servicios públicos, tales como las infraestructuras de transporte, hospitales y escuelas, que de otro modo no existirían. Una cuestión importante que este libro se plantea es si Estados Unidos es capaz de ser un imperio liberal exitoso. Aunque Estados Unidos parece en un plano ideal un país muy bien dotado —económica, militar y políticamente— para regir ese «imperio de la libertad» (dicho con palabras de Thomas Jefferson), en la práctica ha sido un constructor de imperio sorprendentemente inepto.
Las distinciones entre hegemonía e imperio serían legítimas si el término imperio significara simplemente, como muchos comentaristas estadounidenses parecen creer, el dominio directo sobre territorios extranjeros que carecen de toda representación política para sus habitantes. Pero los estudiosos de la historia imperial manejan un marco conceptual más complejo. Un imperio es «primero y sobre todo, una potencia muy grande que ha dejado una huella en las relaciones internacionales de una época […] una organización política que domina amplios territorios y muchos pueblos, ya que la gestión del espacio y la multietnicidad es uno de los grandes y eternos dilemas del imperio. […] Un imperio es por definición […] no una organización política regida con el consentimiento explícito de sus pueblos. [Pero] mediante un proceso de asimilación de pueblos, de democratización de instituciones, los imperios pueden transformarse en federaciones multinacionales e incluso en estados naciones».
Estados Unidos es quizá más como una «nueva Roma» que cualquier otro imperio, aunque una Roma en la cual el Senado ha retenido el control sobre los potenciales emperadores. También en su relación con Europa occidental Estados Unidos puede parecer una segunda Roma, aunque parece prematuro saludar a Bruselas como a una nueva Bizancio.
El poder global de Estados Unidos hoy, aunque es impresionante para quien lo contemple, reposa sobre cimientos mucho más débiles de lo que se supone. Estados Unidos ha adquirido un imperio, pero los estadounidenses carecen de una mentalidad imperial. Prefieren construir centros comerciales antes que naciones. Ansían alcanzar una edad provecta y temen una muerte prematura en el combate, incluso la que pueda afectar a otros estadounidenses que se hayan enrolado voluntariamente al servicio militar. No es solo que, como sus predecesores británicos, obtuvieran un imperio en «un momento de distracción». El problema es que a pesar de los ocasionales momentos en que lo reconocen, siguen distraídos del poder imperial, o incluso lo niegan. En consecuencia, y por desgracia, es posible que su imperio se desmembre tan rápidamente como el imperio igualmente «antiimperial» que fue la Unión Soviética.
En resumen, aquellos que desean perpetuar la primacía estadounidense con el logro y el mantenimiento de una dominación total, lo están abordando de un modo equivocado. Pues la amenaza al imperio de Estados Unidos no proviene de los imperios en embrión al este o al oeste. Lamento decir que proviene del vacío de poder —de la ausencia de una voluntad de poder— dentro del propio Estados Unidos.

Se olvida con frecuencia que la expansión territorial fue fácil. La población aborigen americana era demasiado pequeña y tecnológicamente estaba demasiado atrasada como para presentar algo más que una resistencia ineficaz y esporádica a las hordas de colonos blancos que pululaban en el Oeste, atraídos por la perspectiva de tierras vírgenes. La cruda realidad es que en el primer siglo de su existencia como república independiente, los estadounidenses derramaron mucha más sangre luchando entre sí (en la que fue, de hecho, su guerra de unificación) que luchando por el Lebensraum [espacio vital] continental. Hacia la década de 1860, la cuestión por la que los estadounidenses se aprestaron a la lucha y a la muerte no fue las dimensiones de su república, sino el grado de libertad que debía haber en ella.
A finales del siglo XIX el imperialismo estadounidense tenía en muchos sentidos un carácter semejante al imperialismo europeo de la misma época. Mientras que la primera fase de la expansión estadounidense había sido impulsada por la inmigración masiva y la colonización de un territorio muy poco poblado, esta fase estuvo motivada por una combinación de impulsos estratégicos, comerciales e ideológicos. La fons et origo de la gran estrategia estadounidense era una negativa heroica: la «doctrina» proclamada por el presidente James Monroe en 1823, que afirmaba «como principio […] que los continentes americanos, por la condición libre e independiente que han asumido y mantienen, no han de ser por tanto considerados como objeto de colonización futura por parte de ninguna potencia europea».
¿Por qué Hawai se convirtió al final en un Estado, pero no Puerto Rico, cedido a Estados Unidos por España en 1898? No era realmente un problema de distancia, ya que Puerto Rico está mucho más cerca del continente americano. Tampoco en términos económicos la producción azucarera de una tenía más que ofrecer que la otra. De hecho, la respuesta se halla en un tecnicismo legal, que se puso de manifiesto cuando los productores azucareros de Puerto Rico trataron de cuestionar la imposición de aranceles a sus exportaciones a Estados Unidos. En dos fallos simultáneos dictados en 1901, el Tribunal Supremo concluyó que Puerto Rico no era un país extranjero, pero tampoco era un territorio nacional, y por tanto el arancel a sus productos era constitucional. De particular importancia era la distinción establecida por el juez Edward Douglass White entre anexión e incorporación (que requería la autorización del Congreso). En su opinión, «Puerto Rico no había sido incorporado a Estados Unidos, sino que pertenecía meramente a él como una posesión». Como tal, solo ciertas disposiciones «fundamentales» de la Constitución tenían vigencia en él. La importancia de esta decisión, que definía ese extraño limbo entre la independencia y la condición de estado de Estados Unidos, ocupado por Puerto Rico desde entonces, era que ahora se podían tomar retroactivamente las decisiones respecto a la situación de otras posesiones. Ya que, según los términos de adquisición, las disposiciones de la Constitución se habían extendido a Alaska y Hawai, estas debían por definición haber sido incorporadas y por tanto eran dignas de ser estados en toda la extensión de la palabra, lo cual lograron finalmente en 1959.
Es quizá demasiado drástico descartar como un fracaso el dominio estadounidense sobre Filipinas. Pero en realidad estuvo muy lejos de ser el éxito que presentó Franklin Roosevelt más tarde. Aparte de la difícil situación de los isleños cuando fueron desplazados del mercado norteamericano, las ganancias estratégicas del dominio estadounidense resultaron irrelevantes. En primer lugar, los grandiosos planes de Estados Unidos para la penetración económica en Asia (que después de todo era la razón principal para establecer bases por todo el Pacífico) se realizaron a medias. En segundo lugar, cuando los japoneses desafiaron militarmente a Estados Unidos en diciembre de 1941, las bases norteamericanas desde Pearl Harbor hasta la bahía de Súbic resultaron ser fáciles blancos.

El dilema para Estados Unidos ya no era una elección entre globalismo y aislamiento, fuera cual fuese su significado práctico; la opción de convertirse en una potencia mundial había sido elegida mucho antes de las guerras mundiales. La verdadera cuestión, tal como Walter Lippmann observó con sagacidad en un artículo para el New York World en 1926, no era sino un problema de conocimiento de sí mismos: «Continuamos pensando en nosotros como una especie de gran Suiza pacífica, mientras que en realidad somos una gran potencia en expansión. […] Nuestro imperialismo es más o menos inconsciente».
Parecía que se había establecido el elusivo escurridizo virtuoso. El idealismo estadounidense podía consolarse porque se seguía una política imperial en nombre del antiimperialismo. Pero los intereses estadounidenses podían también verse satisfechos porque la ocupación de países extranjeros reportaba beneficios (al cabo de un tiempo extraordinariamente breve). Sobre esta base, era posible transformar con éxito Alemania Occidental y Japón y convertir sus regímenes delincuentes de la peor especie en modelos de economía capitalista y política democrática.

El año de 1951 fue quizá el único momento en la historia que la república estadounidense se acercó mucho al destino del imperio romano. El hombre que desempeñaría el papel de César fue el arquitecto del nuevo Japón, ahora comandante en jefe de las fuerzas de la ONU en Corea, el general Douglas MacArthur. Convencido de que la estrategia elegida por Truman de «guerra limitada» era una equivocación fatal, MacArthur de hecho cruzó el Rubicón declarándolo en público. Al desafiar a Truman, no solo contaba con el respaldo popular sino también con el apoyo de los dirigentes republicanos en el Congreso, y de un sector considerable de la prensa conservadora. Cuando Truman destituyó a MacArthur y este regresó a Estados Unidos para ser recibido como un héroe, la misma Constitución pareció peligrar. Se ha sostenido a veces que MacArthur fue derrotado porque se equivocó de estrategia. Esto es discutible. MacArthur estaba definitivamente equivocado al pensar que podía ignorar o contrariar las órdenes de su comandante en jefe. Pero César también había estado equivocado cuando desafió al Senado romano; esto no le había impedido vencer. La verdadera razón de que MacArthur no siguiera los pasos de César fue que un oponente más hábil políticamente lo superó.

El imperialismo antiimperial se había venido abajo fatalmente si al Estados Unidos que quedaba se le asignaba el papel de imperio del mal. No es extraño que la película más exitosa de la era post-Vietnam fuera en realidad una leyenda de ciencia ficción en que el público era invitado a identificarse con una variopinta serie de luchadores por la libertad que se baten por una desvalida Alianza Rebelde contra un siniestro Imperio Galáctico. En La guerra de las galaxias, George Lucas expresó a la perfección el deseo de Estados Unidos de no estar en el lado oscuro del imperialismo. No deja de ser significativo que cuando su épica cinematográfica retrocedía a la década anterior, se revelara que en su juventud el archimalvado Darth Vader había sido un caballero Jedi típicamente estadounidense.

La realidad es bastante más complicada. Primero, la relación de Estados Unidos con Israel se ha caracterizado desde hace mucho por la fricción y la ambivalencia y no es ningún lecho de rosas. En segundo lugar, Estados Unidos con su riqueza petrolífera es mucho menos dependiente del petróleo de Oriente Próximo que Europa occidental o Japón. El «control» de las reservas de petróleo árabes es un objetivo al que Estados Unidos ha renunciado hace mucho; si tal control fuera necesario para asegurar el flujo de petróleo al mundo occidental, serían los alemanes y los japoneses, que carecen de petróleo, quienes estarían presionando para conseguirlo con el mayor celo. En tercer lugar, el fenómeno del terrorismo en Oriente Próximo (y de hecho en otras partes) ha tenido relativamente poco que ver con Estados Unidos hasta fechas recientes. Lo más notable respecto al 11 de septiembre de 2001 fue el hecho de que el suelo estadounidense se hubiera visto libre de atentados terroristas de esa magnitud.
Es cierto que Estados Unidos ha adquirido desde hace tiempo un interés económico en la región. A partir de la década de 1920 en adelante las compañías petrolíferas estadounidenses han luchado por afianzarse allí, forzando a las reluctantes compañías británicas a concederles un lugar en la Turkish Petroleum Company (después iraquí) un año después de que los británicos encontraran petróleo en Baba Gurgur en 1927. Eso ocurrió en los primeros días; hasta 1940 los productores de Oriente Próximo aportaban solo el 5 por ciento de la producción mundial. Pero en ese momento los estadounidenses ya estaban convencidos de que allí había un vasto potencial no aprovechado. En los años treinta, ayudados por el arabista británico renegado Harry St. John Philby, se esforzaron en convertir el reino desértico gobernado por la familia saudí en un satélite de Estados Unidos.
Pocas veces se advierten las frecuentes desavenencias entre Israel y Estados Unidos. El apoyo de Truman no comprendía la ayuda militar, por ejemplo. Dulles suspendió la ayuda a Israel más de una vez. Estados Unidos fue contrario a Israel cuando ocupó Sinaí y la franja de Gaza en 1956, e insistió en que los israelíes se retiraran. Faltó a su palabra de asegurar la libertad de paso para los barcos israelíes por el estrecho de Tiran antes de la guerra de los Seis Días, pese a haber prometido hacerlo en Naciones Unidas. Después Estados Unidos favoreció la internacionalización de Jerusalén y criticó la política de colonización israelí en los territorios tomados a los árabes en 1967. La ocupación israelí de Gaza y de Cisjordania ha servido muy poco a los intereses estadounidenses. El miedo a la Unión Soviética; para ser exactos, miedo de que los rusos pudieran sacar provecho de la crisis de los imperios europeos con tanto éxito en el mundo árabe como lo habían hecho en Asia. Para comenzar, resultó que los rusos fueron de lo más torpes. Los avances de Stalin hacia Teherán fueron contraproducentes; en comparación, el derrocamiento del primer ministro iraní Muhammad Mussadegh —que había nacionalizado de forma precipitada la Anglo-Iranian Oil Company—, fomentado por los británicos pero ejecutado por la CIA, pareció garantizar el dominio estadounidense a un coste mínimo. El fundamento estadounidense para la operación Ayax era, en esencia, la contención preventiva. Tal como recordaba uno de los agentes de la CIA: «Era sobre lo que los soviéticos habían hecho y lo que sabíamos sobre sus planes futuros». Irán, en su opinión, había ocupado un lugar muy destacado en la «lista de prioridades» rusas.

¿Por qué Osama Bin Laden, un saudí, ordenó a veintiún seguidores suyos, saudíes también en su mayoría, secuestrar cuatro aviones y estrellarlos contra las Torres Gemelas del World Trade Center, el Pentágono y (con toda probabilidad) la Casa Blanca? En la Declaración del Frente Mundial Islámico por la Yihad contra los Judíos y los Cruzados del 23 de febrero de 1998, él y los demás firmantes dieron tres razones para lanzar su famosa fatwa «a fin de liquidar a los estadounidenses y a sus aliados»:
Primero, durante más de siete años Estados Unidos ha estado ocupando tierras del islam en el más santo de los lugares, la península arábiga, saqueando sus riquezas, imponiéndose a sus gobernantes, humillando a su pueblo, aterrorizando a sus vecinos, y convirtiendo sus bases en la península en una punta de lanza con la cual combatir a los pueblos musulmanes vecinos […].Segundo, pese a la gran devastación infligida al pueblo iraquí por la alianza de los cruzados con los sionistas […] los estadounidenses otra vez tratan de repetir las horrorosas masacres […].Tercero, si los objetivos de los estadounidenses tras estas guerras son religiosos, el objetivo es también servir al minúsculo Estado judío y distraer la atención de su ocupación de Jerusalén y el asesinato de musulmanes allí. La mejor prueba de esto es su ansia por destruir Irak, el Estado árabe vecino más fuerte, y su afán de fragmentar todos los estados de la región, tales como Irak, Arabia Saudí, Egipto y Sudán, en paisuchos de papel y mediante su desunión y debilidad garantizar la supervivencia de Israel y la continuación de la brutal ocupación de la península por los cruzados.El objetivo de matar estadounidenses era por tanto claro: se trataba de «liberar la mezquita de al-Aqsa y La Meca de su control, y de que sus ejércitos salieran de las tierras del islam, derrotados e incapaces de amenazar a ningún musulmán». Bin Laden repitió estas palabras en la entrevista publicada en la revista Time, once meses después y apenas ocho meses antes de los atentados del 11 de septiembre. En síntesis, sus metas eran: expulsar a las fuerzas estadounidenses de Arabia Saudí y de Oriente Próximo completamente; derribar a los gobiernos árabes favorables a Estados Unidos, y destruir el Estado de Israel. Las declaraciones posteriores que se le atribuyen son coherentes en estos puntos.

Algunos comentaristas occidentales se engañan con la retórica de Bin Laden sobre una yihad global panislámica al imaginar que el terrorista es un genuino heraldo de un choque de civilizaciones. Sería más preciso decir que Bin Laden es el resultado de la característica civilización de choques de Oriente Medio, una cultura política atrasada en la que el terrorismo ha sido desde hace mucho el sustituto tanto de la política pacífica como de la guerra convencional.
Pero el terrorismo en el mundo real es algo más que simbolismo. Es la continuación de la guerra por otros medios, por aquellos que son demasiado débiles para emprender una guerra convencional en defensa de sus objetivos políticos. El rasgo característico del terrorismo es que la violencia es esporádica. Su tecnología es primitiva. Sus operaciones son, contrariamente a la creencia popular, muy vulnerables frente a medidas contrarias, en especial cuando los terroristas no tienen bases en territorio extranjero desde las cuales operar. Los recursos del terrorista son bastante inferiores a los de los estados contra los que luchan, de modo que la mayoría de las organizaciones terroristas dependen de una combinación de robo y limosnas para obtener fondos. Es posible que una organización terrorista opere en un país sin fuentes externas de apoyo, pero necesita un emplazamiento seguro donde sus miembros puedan preparar sus atentados sin temor a ser interceptados.

Una falsa dicotomía. La invasión de Irak en 2003 no se realizó sin contar con una base legítima en el derecho internacional y fue apoyada de varias formas por casi cuarenta estados. No hubo ningún país que fuera tan contrario al cambio de régimen como para ofrecerse a luchar en su contra con otros medios que no fueran el arma menos cara y efectiva: la retórica. Por otra parte, difícilmente puede decirse que el gobierno francés sea un ejemplo de virtud «multilateral», ni tampoco que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas pueda ser considerado como la única fuente de legitimidad en las relaciones internacionales. La crisis en Irak surgió debido a las profundas ambigüedades del modo en que la ONU (y especialmente, el Consejo de Seguridad) ha operado en los trece años anteriores a 2003.
En gran medida, Naciones Unidas son una creación de Estados Unidos. El nombre fue sugerido por Franklin Roosevelt cuando los veintiséis estados aliados que luchaban contra las potencias del Eje estaban redactando una declaración conjunta a finales de 1941. Tres años y medio después los estatutos de la ONU fueron adoptados de forma oficial por los delegados de los cincuenta estados miembros originales en la Ópera de San Francisco. Aunque al principio se reunían en Londres, el Consejo de Seguridad y la Asamblea General desde los años cincuenta se alojan en un local en Nueva York donado por la familia Rockefeller.Y aunque Estados Unidos, a instancias del Congreso controlado por los republicanos, suspendió el pago de sus cuotas a Naciones Unidas en 1996, dichas contribuciones se han reanudado y en 1999 se pagaron parcialmente los atrasos. Hoy, Estados Unidos sigue siendo el mayor contribuyente individual de la ONU.

William Jefferson Clinton había aprendido la lección de la guerra del Vietnam, pero la suya era diferente a la de Colin Powell. Como hemos visto, este había aprendido que las fuerzas estadounidenses nunca debían luchar sin contar con una posición de fuerza abrumadora, con objetivos limitados que pudieran ser rápidamente alcanzados y con el apoyo de la población norteamericana. La de Clinton era más sencilla: un presidente bajo cuya legislatura hubiera guerras en que murieran soldados estadounidenses no era reelegido. La tácita doctrina Clinton era así tan simple y radical como la doctrina Powell: Estados Unidos no debía implicarse en ninguna intervención militar que pudiera hacer peligrar las vidas del personal militar estadounidense. Durante sus ocho años en el cargo, fue fiel a esta doctrina: durante el gobierno de Clinton, las probabilidades de que un soldado estadounidense perdiera la vida por obra del enemigo durante el servicio activo eran menos de 1 por 160.000. Era seis veces más probable que lo asesinara uno de sus camaradas, diecinueve veces más probable que se suicidara, y cincuenta veces más probable que muriera en un accidente. Para desgracia de Clinton, casi la primera intervención militar que autorizó acabó en un desastre militar espectacular que dejó dieciocho estadounidenses muertos. Esta fue el ahora famoso fiasco del derribo de los Black Hawk en Mogadishu.

Es importante recordar que buena parte de la responsabilidad por esta respuesta mal planeada corresponde a las potencias europeas que afirmaron ser capaces de lidiar con la crisis yugoslava sin la ayuda de Estados Unidos. Supuestamente, debía ser «la hora de Europa», pero Europa, como suele hacerlo, habló con múltiples voces. Había sido el ministro de Exteriores alemán, Hans-Dietrich Genscher, eufórico por la facilidad con que la reunificación de su país se había conseguido en 1990, quien había acelerado la desintegración de la federación yugoslava con un precipitado reconocimiento de la independencia eslovena y croata en otoño de 1991. En cambio, el gobierno británico adoptó una postura de calculada (por no llamarla desvergonzada) neutralidad, insistiendo en que, mientras el conflicto se agravaba, se trataba de una guerra civil entre enemigos moralmente equivalentes, obsesionados con sus «antiguos odios». Los sucesivos ministros de Exteriores británicos ignoraron la evidencia de la sostenida campaña de Milosevic en azuzar un nacionalismo asesino entre los serbios, y en cambio se concentraron en bloquear cualquier intervención efectiva de quienquiera que fuese.

Una combinación de extenuación europea, nacionalismo no europeo e idealismo americano, el mundo se embarcó en un experimento que marcó una época, un experimento para poner a prueba la hipótesis de que era el imperialismo la causa de la pobreza y las guerras y que a la larga la autodeterminación prepararía el camino a la prosperidad y la paz.

¿Por qué tantos países independientes en fechas recientes han fracasado de tal modo en lograr el crecimiento económico? ¿Por qué solo un grupo pequeñísimo ha mejorado su posición relativa desde los días del dominio imperial? Hay quienes afirman que la gran divergencia entre los ingresos per cápita de los países ricos y de los pobres desde los años sesenta ha sido consecuencia directa de la globalización. Pero el argumento falla por su base. En teoría, la globalización, que significa solo la integración internacional de los mercados internacionales de productos, servicios y capitales, y trabajo, debería tender a maximizar la eficiencia económica, dando beneficios a todos los implicados. El problema real de comienzos del siglo XXI no es la globalización sino su ausencia o inhibición. En efecto, la triste realidad sobre la globalización es que no es en absoluto realmente global.
El apoyo estadounidense a los productores todavía llega a cerca del 20 por ciento de las entradas agrícolas en bruto; la cifra para la Unión Europea es más del 30 por ciento.
Cuando hablan de la historia de la globalización, los economistas y los historiadores de la economía tienden por igual a centrar su atención en los flujos de bienes, capitales y mano de obra. Sin embargo, hay otros flujos que también pueden darse a escala global; no solo flujos de tecnología y servicios, sino asimismo flujos de instituciones, conocimiento y cultura. Un hecho particular como una revolución o la quiebra de un banco puede también transmitirse por todo el mundo mediante una especie de mimetismo. Y la enfermedad se globalizó antes que cualquiera de los factores anteriores. La historia del siglo XIV sería incomprensible sin saber algo de la peste bubónica, así como la conquista de América por los europeos desde finales del siglo XV hasta mediados del siglo XIX no habría ocurrido tan fácilmente sin la exportación de enfermedades infecciosas, que casi aniquilaron a la población nativa.
En síntesis, cuando los estadounidenses dicen que vienen como libertadores, y no como conquistadores, parece que quieren decir eso exactamente. Si, como muchos comentaristas afirman, Estados Unidos se está embarcando en una nueva era imperial, promete ser el imperio más efímero de la historia. Otros constructores de imperios han fantaseado con gobernar a los pueblos sometidos durante mil años. Este sería el primer imperio de mil días de la historia. No es tanto un imperio «ligero» como de «usar y tirar».

Hay un papel plausible para la Unión Europea como socia de un imperio estadounidense: el de la fuerza de paz que sigue las huellas del pacificador. La guerra en Irak, sin embargo, suscitó la posibilidad de un papel diametralmente diferente para Europa: el de un potencial rival imperial para Estados Unidos. Este es un papel que a los líderes políticos de Europa les gustaría mucho desempeñar. El presidente francés Jacques Chirac desea “un mundo multipolar en que Europa sea el contrapeso al poder político y militar de Estados Unidos”.
¿La UE como la nueva Bizancio? Las opiniones de Kupchan son menos idiosincrásicas de lo que parecen a primera vista. Las analogías clásicas también han impulsado al diplomático británico, Robert Cooper, a abogar por «un nuevo tipo de imperialismo, que sea aceptable en un mundo de derechos humanos y valores cosmopolitas […] un imperialismo que, como todo imperialismo, busque traer orden y organización pero que repose hoy en un principio voluntario». De modo significativo, Cooper no ve a Estados Unidos, sino a la Unión Europea como la institución más capacitada para convertirse en ese imperio posmoderno:
La UE posmoderna ofrece una visión de imperio cooperativo, una libertad común y una seguridad común sin la dominación étnica ni el absolutismo centralizado al cual los pasados imperios se han adscrito, pero también sin la exclusividad étnica que es el distintivo del Estado-nación. […] Un imperio cooperativo podría ser […] un marco en el que cada uno tiene una participación en el gobierno, en el que no hay un único país dominante y en el que los principios rectores no son étnicos sino legales. El centro habrá de usar mucho tacto; la «burocracia imperial» debe estar bajo control.Tal institución debe estar tan dedicada a la libertad y a la democracia como sus partes integrantes. Como Roma, esta comunidad proporcionará a sus ciudadanos algunas leyes, monedas y algún que otro camino.12Sin embargo, no hay necesidad de invocar ni el recuerdo de Roma ni el de Bizancio para argumentar que Europa es capaz de malograr la fiesta unipolar de Estados Unidos.
Elementos en contra del poder europeo
-Envejecimiento de la población
-Rendimiento económico
-Preferencia por el ocio en Europa
Otra diferencia entre la Unión Europea y Estados Unidos que no aparece en esos cálculos —o de hecho en las medidas normalizadas de productividad—, es el progresivo desfase entre el número de horas que trabajan los estadounidenses y el que trabajan los europeos occidentales. Según un reciente estudio de la OCDE, los estadounidenses trabajan una media de poco menos de 2.000 horas al año (1976). Los alemanes trabajan solo 1.535 horas, 22 por ciento menos. Los holandeses y noruegos incluso trabajan menos horas. Aun los británicos trabajan el 10 por ciento menos que sus primos allende el Atlántico. Es extraordinario observar cómo esta divergencia data de los últimos veinte años. Entre 1979 y 1999 el año laboral estadounidense promedio se alargó hasta cincuenta horas más, o casi el 3 por ciento. Pero el año laboral alemán se redujo en un 12 por ciento, y el año holandés promedio en un 14 por ciento. Es una situación relativamente nueva que los estadounidenses tengan diez días de vacaciones y los europeos treinta.
De hecho, estas cifras minimizan el grado de la «preferencia por el ocio» europea.
-La política agraria común.
-El Banco Central Europeo y la desinflación alemana
-El rescate Estado-Nación continuado.
¿Qué hay de los pasos de Europa hacia una Constitución federal? Aquí, como siempre, debemos distinguir entre retórica y realidad. Algunos políticos franceses y alemanes han estado hablando de la federación europea durante años. Sin embargo, la realidad siempre ha ido a la zaga, por la simple razón de que los mismos políticos, cuando se trataba de acciones y no de palabras, han defendido constantemente los intereses nacionales de sus países respectivos.

¿Admitir a Turquía en la UE?
Este es el único modo en que la noción de Charles Kupchan de Europa como un nuevo Bizancio podría considerarse (sin quererlo) premonitoria. Si Turquía se uniera a la UE, y las comunidades musulmanas de Europa occidental continuaran creciendo, un día podría haber buenas razones para trazar paralelos entre Bruselas y Bizancio, o más bien la Constantinopla otomana.

Europa es una clase curiosa de unión, una confederación que, sin siquiera haber llegado a serlo, fantasea con convertirse en una federación. Tiene un ejecutivo, un parlamento, una cámara alta, un tribunal de justicia, un banco central, una moneda común, una bandera y un himno. Pero solo tiene un presupuesto común diminuto y lo justo para un ejército común. Muchas más decisiones de las que sus arquitectos quisieran las toman los gobiernos nacionales que se reúnen en el Consejo de Europa o en conferencias intergubernamentales. La UE carece de una lengua común, un sistema postal común, un equipo de fútbol e incluso de enchufes eléctricos normalizados. Para algunos críticos —quizá el más famoso sea el difunto ministro conservador, Nicholas Ridley—, amenaza con convertirse en el «cuarto Reich».
Estados Unidos no tiene mucho que temer ni de la ampliación ni de la profundización de la Unión Europea, aunque sea solo porque un proceso contradice al otro. Hablar de una Europa federal que surge como un contrapeso frente a Estados Unidos se basa en una interpretación errónea de los procesos. La UE está muy poblada pero envejece. Su economía es grande pero lenta. Su productividad no es mala, pero está viciada por el ocio excesivo. Es una unión aduanera liberal exitosa pero insuficientemente liberal. Contiene una unión monetaria que ha deprimido antes que incentivado a sus integrantes. Es por supuesto una unión legal, pero como la mayor parte de su legislación la dicta una comisión no elegida que no rinde cuentas, aquella goza de poca legitimidad. Y como entidad política es probable que siga siendo una confederación en el futuro inmediato.
Tanto Estados Unidos como la Unión Europea tienen mucho más que ganar de la cooperación que de la rivalidad. En lo esencial se necesitan, e incluso son interdependientes. Esto es más obvio en el ámbito económico. Casi un cuarto de las exportaciones de la UE va a Estados Unidos, mientras que un quinto de las importaciones de la UE proviene de allí. Estados Unidos representaba el 65 por ciento de la inversión extranjera directa en la UE.
Aquellos que en Estados Unidos de América se preocupan por el «auge» de los Estados Unidos de Europa deberían calmarse. Y aquellos que en Europa fantasean exactamente sobre lo mismo deberían ser realistas. Bruselas todavía está, literal y metafóricamente, muy lejos de Bizancio.

Durante la mayor parte del período transcurrido entre la caída del imperio romano y el surgimiento de la Unión Europea, la condición característica de Europa ha sido la fragmentación política. Los períodos de unidad imperial —de Carlomagno a Hitler, pasando por Carlos V y Napoleón— han sido excepciones, no la regla. En el otro lado del mundo, en Asia oriental, ha ocurrido lo contrario. Desde el siglo III a.C., cuando Shi Huang-ti, el primer emperador de la dinastía Chin, unificó China y construyó la Gran Muralla, la unidad imperial ha sido la norma. En efecto, pese a las épocas ocasionales de guerra civil y debilidad dinástica, China ha sido el imperio más longevo en la historia del mundo, así como el más grande.
La China comunista continuó operando como un imperio exitoso, persiguiendo sus objetivos de política exterior con un realismo que impresionó profundamente a Henry Kissinger. Pero su debilidad económica puso serias limitaciones al poder chino.
A partir de las reformas iniciadas por el finado Deng Xiaoping a finales de la década de 1970, sin embargo, China ha experimentado una sorprendente recuperación económica. A diferencia de la Unión Soviética, que buscó liberalizar su economía planificada y a la vez democratizar su sistema político (con el resultado de que ambos se hundieron), los chinos se han concentrado antes en modificar sus instituciones económicas existentes, a la vez que hacen solo cambios políticos limitados.
Paul Kennedy advertía que Estados Unidos corría «el riesgo […] de incurrir en lo que se podría llamar en general “exceso imperial”». América, decía, gastaba una parte demasiado grande de su ingreso nacional en compromisos militares. Esto estaba ya teniendo un impacto en el rendimiento de su economía comparada con los más o menos desmilitarizados Alemania y Japón, que eran capaces de gastar más en investigación civil y en el desarrollo. ¿Podría Estados Unidos esperar conservar su antigua posición en la guerra fría de superpotencia? «La única respuesta a esta pregunta —escribió Kennedy— es no.»

“Hoy Estados Unidos es un imperio, aunque de un tipo peculiar. Es enormemente rico; desde un punto de vista militar no tiene rival; su alcance cultural es asombroso. Pero en comparación con otros imperios lucha con más frecuencia por imponer su voluntad más allá de sus costas. Su éxito en exportar sus instituciones a territorios extranjeros ha sido superado por sus fracasos.

En muchos sentidos, este imperio comparte las mismas ambiciones que la última gran potencia hegemónica anglófona. Pese a haberse originado en una sublevación contra el imperialismo británico, Estados Unidos heredó muchos de sus caracteres distintivos de su precursor. Al hacerse llamar, en la buena terminología whig, «imperio de la libertad», la flamante república se embarcó en una asombrosa colonización de la franja central del continente norteamericano. Los estadounidenses independizados fueron incluso más despiadados en el modo en que expropiaron las tierras de los pueblos indígenas que cuando habían sido súbditos británicos. Sin embargo, las diferencias entre los imperios estadounidense y británico se volvieron más claras cuando Estados Unidos quiso ampliar su influencia en ultramar.
Estados Unidos ha invadido y ocupado muchos países durante los pasados dos siglos. Pero relativamente pocos de estos se han convertido en algo remotamente semejante a unos Estados Unidos en miniatura por haber adoptado sus instituciones económicas y políticas.
Hay tres déficits fundamentales que explican por qué Estados Unidos es un imperio menos efectivo que su antecesor británico: el déficit económico, el déficit de personal, y el más grave, el déficit de atención.
De los tres déficits, sin embargo, es el tercero el que puede resultar más difícil de superar, a saber, el déficit de atención que parece ser inherente al sistema político estadounidense y que ya amenaza con provocar una prematura interrupción tanto en la reconstrucción de Irak como de Afganistán.14 Esto no debe entenderse como un insulto. El problema está en el sistema; es el modo en que el proceso político milita contra un liderazgo de amplias miras.

Citando a Tony Blair: «Toda potencia predominante parece invencible durante un tiempo, pero en realidad es transitoria». La pregunta que los estadounidenses deben hacerse es cuán transitorio desean que sea su predominio. Aunque los bárbaros ya han llamado a su puerta, una vez y de modo espectacular, en este caso parece más probable que la decadencia imperial vendrá de dentro, como ocurrió con la Roma de Gibbon.

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