Rebelarse vende. El negocio de la contracultura — Joseph Heath & Andrew Potter / Rebel Sell by Joseph Heath & Andrew Potter

Este es otro muy interesante libro sobre lo que no se ve de estos movimientos, partiendo de septiembre de 2003 fue un momento decisivo en la historia de la civilización occidental. Fue el mes en que la revista Adbusters empezó a aceptar pedidos de Black Spot, las zapatillas de deporte «subversivas» que fabrican ellos mismos. A partir de ese día, nadie con dos dedos de frente siguió pensando que existiera un enfrentamiento entre la cultura convencional y la cultura alternativa. La revista Adbusters no se ha vendido, para empezar porque no tenía nada que vender. Nunca tuvo una doctrina revolucionaria. Lo que defendía era sencillamente una versión recalentada de la teoría contracultural que la izquierda ha abanderado desde la década de 1970. Y esta doctrina, lejos de ser revolucionaria, ha sido uno de los motores del capitalismo consumista durante los últimos cuarenta años. En resumidas cuentas la esencia del capitalismo.

Los kamikazes de la cultura no son los primeros que intentan destruir el sistema alterando las pautas de consumo. La contracultura lleva cuarenta años jugando a lo mismo, y obviamente no funciona. Los hippies expresaban su rechazo del consumismo de la sociedad estadounidense con collares largos, sandalias y zuecos Birkenstocky el Volkswagen Escarabajo. Pero a partir de 1980 esa misma generación —la del «amor universal y el poder de las flores»— protagonizó la reaparición del consumo conspicuo más flagrante de la historia de Estados Unidos. Los hippies se hicieron yuppies. Y nada representaba mejor la filosofía yuppie que el monovolumen. Matrix, la película retrata un complejo mundo ilusorio que engaña a nuestro cerebro mediante unas máquinas sensoriales que nos convencen de que vivimos e interactuamos en un mundo de objetos físicos, es decir, un experimento mental que sería una versión actualizada del escéptico «¿Cómo sabemos que no lo estamos soñando?», de René Descartes. Esta interpretación es errónea. Matrix no pretende ser una representación de un dilema epistemológico. Es una metáfora de una idea política que tiene sus orígenes en la década de 1960. Parte de una idea que tuvo su máxima expresión en la obra de Guy Debord, el fundador no oficial de la Internacional Situacionista, y en la de su discípulo Jean Baudrillard.

Cuando se difundió la noticia de la muerte de Cobain, no extrañó a casi nadie. Al fin y al cabo, se trataba del hombre que había sacado la canción «Me odio a mí mismo y quiero morirme». Como cantante del grupo Nirvana, probablemente el más importante de la década de 1990, todo lo relacionado con él tenía una inmediata repercusión mediática. Sus anteriores intentos de suicidio se habían hecho públicos. La nota que había junto a su cuerpo no dejaba lugar a dudas: «Es mejor quemarse que irse apagando lentamente». Sin embargo, su muerte produjo un pequeño revuelo comercial basado en la teoría de la conspiración. Porque ¿quién mató a Kurt Cobain?
Por un lado, la respuesta es obvia. A Kurt Cobain lo mató Kurt Cobain. Pero el cantante de Nirvana también fue víctima de una idea falsa: la teoría de la contracultura. Aunque se consideraba un músico punk, un rockero dedicado a hacer música «alternativa», había vendido millones de discos. En gran parte fue él quien propició que la música antes denominada «rock duro» se rebautizara como «grunge», una etiqueta mucho más comercial. Pero en vez de sentirse orgulloso, esta popularidad siempre le pareció algo de lo que avergonzarse. Tenía mala conciencia por haberse «vendido alas multinacionales». La idea de que los artistas deben enfrentarse a la sociedad convencional es todo menos nueva. Tiene su origen en el siglo XVIII, en el movimiento romántico que extendió su influencia a casi todo el arte del siglo XIX. Su máxima expresión —y más duradero éxito comercial— fue La Bohème, de Giacomo Puccini, un canto a esa decadencia parisina que hoy llamaríamos «un estilo de vida alternativo». En aquellos tiempos, un artista que se preciara moría de tisis (de tuberculosis, para entendernos), no de sobredosis o en una carrera callejera de coches. Pero para el caso, es lo mismo. Es imposible entender la evolución histórica del siglo XX sin aceptar el enorme impacto que tuvo el nazismo —y sobre todo el Holocausto— sobre el pensamiento político occidental. El caso alemán sirvió para constatar que una política errónea puede generar cosas mucho peores que un mal gobierno. Puede provocar una pesadilla hecha realidad.
Los griegos y los romanos ya eran conscientes de que el poder absoluto afectaba al estado mental del tirano.

En muchos aspectos, el concepto de contracultura procede casi directamente de la teoría psicológica freudiana. Su análisis de la mente humana prácticamente obliga a considerar la cultura en su conjunto como un sistema represivo. Y si el problema de la sociedad —el motivo de que seamos todos tan infelices— es la sociedad en sí, entonces la única forma de emanciparse es rechazar la cultura entera, la sociedad entera. Tenemos que «pasar» del sistema en su totalidad.

El concepto de contracultura, a fin de cuentas, se basa en un equívoco. En el mejor de los casos, es una pseudorrebeldía, es decir, una serie de gestos teatrales que no producen ningún avance político o económico tangible y que desacreditan la urgente tarea de crear una sociedad más justa. Es una rebeldía entretenida para los rebeldes que la protagonizan y poco más. En el peor de los casos, contribuye a la infelicidad general de la población al minar o desprestigiar determinadas normas sociales e instituciones que de hecho cumplen una función. Más concretamente, la teoría contracultural ha minado tanto el buen nombre de la política democrática, que la mayor parte de la izquierda progresista lleva más de tres décadas hundida en el marasmo. En cualquier caso, conviene distinguir entre la rebeldía que pretende acabar con las convenciones absurdas o anticuadas y la que viola las normas sociales legítimas. En otras palabras, la disensión y la desviación no son lo mismo. La disensión es como la desobediencia civil. Se produce cuando una persona está dispuesta a respetar una serie de normas, pero sinceramente no le convence el contenido concreto de la normativa vigente. En este caso, la desobedecerá sin plantearse las consecuencias. En cambio, una desviación se produce cuando alguien se salta las normas para obtener algún beneficio personal. Estas dos actitudes pueden ser difíciles de diferenciar. Unos intentarán hacer pasar sus desviaciones por divergencias y otros se convencerán a sí mismos de que su desobediencia es una cuestión ética. Muchas personas que cometen alguna desviación de la norma se consideran unos auténticos disidentes.

Lo que vemos en películas como American Beauty o leemos en libros como No Logo no es realmente una crítica al consumismo; es sólo una reafirmación de la vieja crítica de la sociedad de masas. Y son dos cosas muy distintas. De hecho, la crítica de la masificación ha sido uno de los pilares del consumismo durante las cuatro últimas décadas.
Merece la pena detenerse en esta última frase. Suena tan disparatada, tan completamente opuesta a la lógica, que parece imposible de entender. Pero, simplificando, la idea es la siguiente: los libros como No Logo, las revistas como Adbusters y las películas como American Beauty no debilitan el consumismo, sino que lo fortalecen.

Quienes defienden el consumismo con el argumento de que genera empleo son igual de falaces. Acusan a las personas ahorrativas de fomentar el desempleo. Olvidan que el ahorro personal no reduce la demanda general de mano de obra. Mientras tengamos el dinero ahorrado en el banco, lo estarán gastando otras personas. Lo único que se puede hacer para reducir gastos es trabajar menos y ganar un sueldo más bajo. Así se reducirá la demanda de mano de obra y se fomentará el desempleo, pero es nuestro salario el que recortamos, no el de otra persona. La idea de que nuestro consumo personal ayuda a otras personas es un puro autoengaño.

No hizo falta que los hippies se «vendieran al sistema» para convertirse en yuppies. Y el sistema tampoco «asimiló» su disensión, porque, en realidad, nunca habían disentido. Como han demostrado Michelle Rose y compañía, rechazar la filosofía materialista y la sociedad de masas no implica rechazar el capitalismo consumista. Quien realmente quiera «salirse del sistema» tendrá que hacer lo de Kaczynski y marcharse a vivir en mitad del monte (sin un Range Rover). Como los actos de resistencia simbólica que caracterizan la rebeldía contracultural no logran desestabilizar el «sistema», quien siga a rajatabla la lógica del pensamiento contracultural acabará por protagonizar formas de rebeldía cada vez más radicales. La rebeldía sólo resulta perjudicial si se convierte en genuinamente antisocial. Y en este caso el individuo en cuestión no es un rebelde, sino un pelmazo.

En esencia, el consumismo se basa en la idea de que los bienes materiales expresan y definen nuestra identidad individual. Cuando el consumismo se combina con una obsesión cultural y con el intento de expresar la auténtica personalidad, produce una sociedad colectivamente inmovilizada por un número inagotable de trampas consumistas. Además, la convicción de que la vestimenta es una forma de expresión superior dotada de un lenguaje propio ha convertido el inagotable ciclo de la moda en el campo de batalla del consumismo competitivo. Sin embargo, esta obsesión con la moda tiene una ventaja. Si logramos eliminar la rivalidad que produce, acabaremos con la que quizá sea la forma de competencia más grave y perniciosa. Ésta es una de las virtudes liberadoras que tiene el uniforme.
Es importante tener en cuenta que el consumismo no es políticamente inerte o neutro. Su enorme poder se debe al hecho de que compromete nuestras ideas políticas básicas —libertad, democracia y expresión de la individualidad— de un modo accesible, personalizado e inmediatamente gratificante. La democracia no restringe la capacidad de compra de cada ciudadano. Y no hay soberanía como la soberanía del consumo.

La publicidad no es inocua, y probablemente influya en nuestra mentalidad y nuestros hábitos de consumo. Sin embargo, tiene menos que ver con el lavado de cerebro que con la seducción. Así como una buena técnica de seducción se basa en la idea de una relación sexual, la publicidad se basa en necesidades y deseos que ya existen. No se puede seducir a una persona a la que no le interese el sexo, y no se puede vender un blanqueador dental a una persona que no dé importancia a su aspecto físico.
En cuanto a publicidad se refiere, los deseos que nos hacen vulnerables son los relacionados con el consumo competitivo. Los publicistas se parecen a los fabricantes de armas: no son ellos los que fomentan la guerra entre ambos bandos, pero no les asusta la idea de vender su mercancía por partida doble. Y del mismo modo que los fabricantes de armas pueden empeorar la situación al suministrar pertrechos que aviven el conflicto y aumenten el número de muertos, los publicistas pueden exacerbar los efectos del consumo competitivo entre los compradores.

La progresiva homogeneización que vemos en nuestra sociedad también existe a escala mundial. El proceso de globalización comercial, unido al turismo y la emigración masiva, está produciendo lo que podría denominarse un estado de «diversidad uniforme». El incremento del comercio exterior que ha tenido lugar durante los últimos veinte años ha estado en gran parte relacionado con la diversificación comercial, no con la intensificación. Por ejemplo, Canadá podría importar de Francia todo el vino tinto necesario, dejando morir su propia industria vinícola y Francia podría importar todo el trigo necesario de Canadá, dejando morir ese segmento de su sector agrícola; sin embargo, el aumento de la actividad comercial ha permitido a Canadá seguir fabricando la misma gama de productos. El comercio se usa sobre todo para acceder a unos bienes que antes no llegaban al país en cuestión.

El gran fallo de la contracultura es su incapacidad para concebir una sociedad libre coherente y mucho menos un programa político realista que sirva para cambiar la sociedad actual. Sin embargo, la búsqueda del exotismo ha favorecido la negación generalizada del problema al dar a entender que a la vuelta de la esquina existe otra cultura con una manera de pensar y actuar completamente distinta y, sobre todo, capaz de liberarnos de los barrotes de la modernidad. Ejemplos como Alanis y su “jagged little pill”.

Todo progreso tecnológico tiene un precio.
La nueva tecnología siempre genera más problemas de los que soluciona.
Los aspectos nocivos de la tecnología son inseparables de los aspectos positivos.
Toda tecnología funciona conforme a la ley de las consecuencias imprevisibles.

La gran ironía, por supuesto, es que estos planteamientos erróneos a menudo han llevado a los políticos de izquierdas a adoptar «soluciones» que han empeorado los problemas que pretendían resolver. Esto es especialmente evidente en la crítica contracultural del consumismo, que insiste en tratar la conducta del cliente como una especie de conformismo industrial, olvidando la importancia que tienen los bienes posicionales y el ansia de distinción en la sociedad capitalista. Por tanto, la solución propuesta —una rebeldía estilística individualizada— lo que hace es avivar el fuego al ofrecer una serie de bienes posicionales por los que deberán competir estos «consumidores rebeldes» de nuevo cuño. La lucha por destacar socialmente ha sido sustituida por la necesidad de ser cool, pero la estructura básica de la competición no se ve alterada.
Con mucha frecuencia, sin embargo, los rebeldes contraculturales se quedan a medio gas. Una gran parte de lo que se considera radical, revolucionario, subversivo o transgresor no lo es en absoluto.  Lo cierto es que el movimiento antiglobalizarión tiene un concepto de la política democrática fundamentalmente hostil hacia los organismos representativos nacionales e internacionales. Resulta conveniente atribuir esta hostilidad a un sano escepticismo («¡Los gobiernos nos han vendido!»), pero de hecho es tan antiguo como la contracultura de la que procede el movimiento antiglobal. Klein declara que su intención es ayudar a crear una modalidad de democracia «profunda» y descentralizada. Sin embargo, la política que se plantea consiste de hecho en una visión utópica de «democracia participativa» o «democracia de las bases» al estilo de los años sesenta.

Si esta democracia profunda y descentralizada realmente funcionara, nos sobrarían los gobiernos. Pero los problemas políticos más serios a que nos enfrentamos son esencialmente conflictos de acción colectiva, y una democracia local descentralizada no puede solucionarlos, ya que frecuentemente los origina. El calentamiento global es un buen ejemplo. Ninguna compañía individual tiene interés en reducir la emisión de gases invernadero, porque los costes inherentes al calentamiento global repercuten en todos los habitantes del planeta. De igual modo, ningún país se ve incentivado para regular individualmente sus empresas productoras de energía, sin tener constancia de que el resto de los países vayan a hacer lo mismo. El calentamiento global sólo se solucionará con un acuerdo general que afecte a todas las empresas del mundo que produzcan gases invernadero. Lo que necesitamos no es una política exterior local, sino una política doméstica global que regule la emisión de gases invernadero.
En un momento dado, la antiglobalización se estanca en un círculo vicioso.  Quizá deberíamos plantearnos imponer un control en otros sectores como la cirugía cosmética, el tamaño de los vehículos urbanos privados o las tasas universitarias. Todas ellas regularían las formas antisociales de competitividad.
Todo esto restringirá aún más la libertad individual. Sin embargo, mientras los ciudadanos estén dispuestos a ceder su libertad a cambio de que los demás ciudadanos hagan lo mismo, no hay nada de malo en ello. A fin de cuentas, la civilización consiste en nuestra buena voluntad, en nuestra capacidad de aceptar las normas y restringir nuestros propios intereses para favorecer las necesidades e intereses de los demás.

This is another very interesting book about what is not seen in these movements, starting in September 2003 it was a decisive moment in the history of Western civilization. It was the month that Adbusters magazine began accepting orders for Black Spot, the “subversive” sneakers they make themselves. From that day, no one with two fingers of front continued thinking that there was a clash between conventional culture and alternative culture. Adbusters magazine has not sold, to begin with because it had nothing to sell. He never had a revolutionary doctrine. What he defended was simply a reheated version of the countercultural theory that the left has championed since the 1970s. And this doctrine, far from being revolutionary, has been one of the engines of consumer capitalism for the last forty years. In short, the essence of capitalism.

The kamikazes of culture are not the first to try to destroy the system by altering consumption patterns. The counterculture has been playing the same thing for forty years, and obviously it does not work. The hippies expressed their rejection of the consumerism of American society with long necklaces, sandals and clogs Birkenstock and the Volkswagen Beetle. But from 1980 that same generation – that of “universal love and the power of flowers” – starred in the reappearance of the most flagrant conspicuous consumption in the history of the United States. The hippies became yuppies. And nothing represented the yuppie philosophy better than the minivan. Matrix, the film portrays a complex illusory world that deceives our brain through sensory machines that convince us that we live and interact in a world of physical objects, that is, a thought experiment that would be an updated version of the skeptical “How do we know that we are not dreaming of? », by René Descartes. This interpretation is wrong. Matrix does not pretend to be a representation of an epistemological dilemma. It is a metaphor of a political idea that has its origins in the 1960s. It starts from an idea that had its maximum expression in the work of Guy Debord, the unofficial founder of the Situationist International, and that of his disciple Jean Baudrillard .

When the news of Cobain’s death spread, he did not miss anyone. After all, it was the man who had taken the song “I hate myself and I want to die.” As a singer of the Nirvana group, probably the most important of the 1990s, everything related to him had an immediate media impact. His previous suicide attempts had been made public. The note next to his body left no room for doubt: “It is better to burn yourself than to go off slowly.” However, his death produced a small commercial uproar based on the conspiracy theory. Because who killed Kurt Cobain?
On the one hand, the answer is obvious. Kurt Cobain was killed by Kurt Cobain. But the singer of Nirvana was also the victim of a false idea: the theory of the counterculture. Although he considered himself a punk musician, a rocker dedicated to making “alternative” music, he had sold millions of records. In large part it was he who propitiated that music previously called “hard rock” was renamed “grunge”, a much more commercial label. But instead of feeling proud, this popularity always seemed something to be ashamed of. He had a bad conscience for having “sold out to multinationals.” The idea that artists must confront conventional society is anything but new. It has its origin in the eighteenth century, in the romantic movement that extended its influence to almost all the art of the nineteenth century. Its maximum expression – and more lasting commercial success – was La Bohème, by Giacomo Puccini, a song to that Parisian decadence that today we would call «an alternative lifestyle». In those times, an artist who preciara died of phthisis (tuberculosis, to understand us), not overdose or in a car street race. But for that matter, it’s the same. It is impossible to understand the historical evolution of the 20th century without accepting the enormous impact that Nazism – and especially the Holocaust – had on Western political thought. The German case served to verify that a wrong policy can generate much worse things than a bad government. It can cause a nightmare come true.
The Greeks and the Romans were already aware that absolute power affected the mental state of the tyrant.

In many respects, the concept of counterculture comes almost directly from Freudian psychological theory. Its analysis of the human mind practically forces to consider the culture as a whole as a repressive system. And if the problem of society – the reason we are all so unhappy – is society itself, then the only way to become emancipated is to reject the entire culture, the whole society. We have to “pass” the system in its entirety.

The concept of counterculture, after all, is based on an ambiguity. In the best of cases, it is a pseudo-rebelliousness, that is, a series of theatrical gestures that do not produce any tangible political or economic progress and that discredit the urgent task of creating a more just society. It is an entertaining rebellion for the rebels who star in it and little else. In the worst case, it contributes to the general unhappiness of the population by undermining or discrediting certain social norms and institutions that in fact play a role. More concretely, the countercultural theory has undermined the good name of democratic politics so much that most of the progressive left has been sunk in the morass for more than three decades. In any case, it is convenient to distinguish between rebellion that aims to end absurd or outdated conventions and one that violates legitimate social norms. In other words, dissent and deviation are not the same. Dissent is like civil disobedience. It occurs when a person is willing to respect a series of rules, but sincerely is not convinced by the specific content of the current regulations. In this case, he will disobey it without considering the consequences. Instead, a deviation occurs when someone skips the rules to obtain some personal benefit. These two attitudes can be difficult to differentiate. Some will try to pass their deviations by divergences and others will convince themselves that their disobedience is an ethical issue. Many people who commit any deviation from the norm are considered true dissidents.

What we see in films like American Beauty or read in books like No Logo is not really a criticism of consumerism; it is only a reaffirmation of the old criticism of mass society. And they are two very different things. In fact, the criticism of massification has been one of the pillars of consumerism during the last four decades.
It is worth stopping in this last sentence. It sounds so crazy, so completely opposed to logic, that it seems impossible to understand. But, simplifying, the idea is this: books like No Logo, magazines like Adbusters and movies like American Beauty do not weaken consumerism, but rather strengthen it.

Those who defend consumerism with the argument that it generates employment are equally fallacious. They accuse thrifty people of fostering unemployment. They forget that personal savings do not reduce the overall demand for labor. As long as we have the money saved in the bank, other people will be spending it. The only thing that can be done to reduce expenses is to work less and earn a lower salary. This will reduce the demand for labor and encourage unemployment, but it is our salary that we cut, not someone else’s. The idea that our personal consumption helps other people is pure self-deception.

It was not necessary for the hippies to be “sold to the system” to become yuppies. And the system did not “assimilate” their dissent, because, in fact, they had never disagreed. As Michelle Rose and company have shown, rejecting materialist philosophy and mass society does not mean rejecting consumer capitalism. Who really wants to “get out of the system” will have to do the Kaczynski thing and go live in the middle of the mountain (without a Range Rover). As the acts of symbolic resistance that characterize the countercultural rebellion fail to destabilize the “system”, who strictly follow the logic of countercultural thinking will end up starring forms of rebellion increasingly radical. Rebellion is only harmful if it becomes genuinely antisocial. And in this case the individual in question is not a rebel, but a bore.

In essence, consumerism is based on the idea that material goods express and define our individual identity. When consumerism is combined with a cultural obsession and with the attempt to express the authentic personality, it produces a society collectively immobilized by an inexhaustible number of consumer traps. In addition, the conviction that clothing is a form of superior expression endowed with its own language has turned the inexhaustible cycle of fashion into the battlefield of competitive consumerism. However, this obsession with fashion has an advantage. If we can eliminate the rivalry it produces, we will end up with what is perhaps the most serious and pernicious form of competition. This is one of the liberating virtues that the uniform has.
It is important to keep in mind that consumerism is not politically inert or neutral. Its enormous power is due to the fact that it compromises our basic political ideas – freedom, democracy and the expression of individuality – in an accessible, personalized and immediately gratifying way. Democracy does not restrict the purchasing power of each citizen. And there is no sovereignty as the sovereignty of consumption.

Advertising is not innocuous, and probably influences our mentality and our consumption habits. However, it has less to do with brainwashing than with seduction. Just as a good seduction technique is based on the idea of ​​a sexual relationship, advertising is based on needs and desires that already exist. You can not seduce a person who is not interested in sex, and you can not sell a tooth whitening to a person who does not give importance to their physical appearance.
As far as advertising is concerned, the desires that make us vulnerable are those related to competitive consumption. Advertisers are like gun makers: they are not the ones who foment war between both sides, but they are not afraid of selling their merchandise twice over. And just as weapons manufacturers can make the situation worse by supplying accoutrements that fuel the conflict and increase the death toll, advertisers can exacerbate the effects of competitive consumption among buyers.

The progressive homogenization that we see in our society also exists on a world scale. The process of commercial globalization, together with tourism and mass emigration, is producing what might be called a state of “uniform diversity”. The increase in foreign trade that has taken place over the last twenty years has been largely related to trade diversification, not intensification. For example, Canada could import all the necessary red wine from France, leaving its own wine industry to die and France could import all the necessary wheat from Canada, leaving that segment of its agricultural sector to die; however, the increase in commercial activity has allowed Canada to continue manufacturing the same range of products. Trade is used mainly to access goods that previously did not reach the country in question.

The great failure of the counterculture is its inability to conceive a coherent free society, much less a realistic political program that serves to change today’s society. However, the search for exoticism has favored the generalized denial of the problem by implying that there is another culture around the corner with a completely different way of thinking and acting and, above all, capable of freeing ourselves from the bars of the modernity. Examples like Alanis and his “jagged little pill”.

All technological progress has a price.
The new technology always generates more problems than it solves.
The harmful aspects of technology are inseparable from the positive aspects.
All technology works according to the law of unpredictable consequences.

The great irony, of course, is that these erroneous approaches have often led left-wing politicians to adopt “solutions” that have worsened the problems they sought to solve. This is especially evident in the countercultural critique of consumerism, which insists on treating the client’s behavior as a kind of industrial conformism, forgetting the importance of positional goods and the desire for distinction in capitalist society. Therefore, the proposed solution – an individualized stylistic revolt – what it does is stoke the fire by offering a series of positional goods for which these “rebellious consumers” of new stamp must compete. The struggle to stand out socially has been replaced by the need to be cool, but the basic structure of the competition is not altered.
Very often, however, counter-cultural rebels remain at half gas. A large part of what is considered radical, revolutionary, subversive or transgressive is not at all. The truth is that the anti-globalization movement has a concept of democratic politics that is fundamentally hostile towards national and international representative bodies. It is convenient to attribute this hostility to a healthy skepticism (“Governments have sold us!”), But in fact it is as old as the counterculture from which the anti-global movement comes. Klein states that his intention is to help create a “deep” and decentralized form of democracy. However, the policy that is proposed consists in fact of a utopian vision of “participatory democracy” or “democracy of the bases” in the style of the 1960s.

If this deep and decentralized democracy really worked, we would have governments left over. But the most serious political problems we face are essentially collective action conflicts, and a decentralized local democracy can not solve them, since it often causes them. Global warming is a good example. No single company has an interest in reducing the emission of greenhouse gases, because the costs inherent to global warming affect all the inhabitants of the planet. Similarly, no country is encouraged to individually regulate its energy producing companies, without having proof that the rest of the countries will do the same. Global warming will only be solved with a general agreement that affects all the companies in the world that produce greenhouse gases. What we need is not a local foreign policy, but a global domestic policy that regulates the emission of greenhouse gases.
At a given moment, anti-globalization stagnates in a vicious circle. Perhaps we should consider imposing control in other sectors such as cosmetic surgery, the size of private urban vehicles or university fees. All of them would regulate antisocial forms of competitiveness.
All this will further restrict individual freedom. However, while citizens are willing to give up their freedom in exchange for other citizens doing the same, there is nothing wrong with that. After all, civilization consists of our good will, our ability to accept the rules and restrict our own interests to favor the needs and interests of others.

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