Los derechos del hombre de Thomas Paine — Christopher Hitchens / Thomas Paine’s Rights of Man by Christopher Hitchens

Magnífico libro sobre la importancia de este padre de la patria norteamericana y quien debido a su falta de egoísmo fue maltratado, a él sin duda se debe el día internacional del trabajo cuando fecho su declaración el 1 de mayo. Sin duda es muy reconocido con gente como el escocés bardo Burns “A mans a man for a’that”.

Los derechos del hombre fue en primer lugar un intento de casar las ideas de las revoluciones americana y francesa, y en segundo lugar un intento de difundir estas ideas en Gran Bretaña. Para Paine estos objetivos eran en esencia tres caras del mismo símbolo. Para Burke, eran radicalmente incompatibles. El estudio obligatorio de la Biblia que se realizaba en la escuela, complementado con la instrucción que Paine recibió de su madre anglicana. Posteriormente diría que las enseñanzas del cristianismo, sobre todo el elemento del sacrificio humano en la historia de la crucifixión, le habían repelido desde el principio. El librepensamiento tiene buenas razones para estar agradecido a la señora Pain por sus esfuerzos.
Una segunda influencia pudo haber sido el tiempo que Paine pasó en la bodega inferior del King of Prussia. Como nos recuerdan las extraordinarias novelas sobre viajes marítimos escritas por Patrick O’Brian, las tripulaciones de la Royal Navy rebosaban de inconformistas llenos de entusiasmo que, aunque hubieran luchado por la Corona en el mar, eran levellers y republicanos en tierra firme. En tercer lugar, podemos encontrar la influencia —mucho mejor documentada— del panorama londinense. Estaba surgiendo una nueva clase de artesanos cultos, influidos en gran medida por la sed de conocimientos y por las innovaciones científicas de la época. Paine se convirtió en un habitual de las salas de conferencias de los trabajadores y de las tabernas de los librepensadores.

A lo largo de 1775, Paine utilizó diversos seudónimos —«Atlanticus» y «Amicus»— para firmar una larga serie de artículos. Como nunca tuvo nada de soñador, ni de iluso, a la hora de observar su nuevo país fue rápido en la denuncia del comercio de esclavos, que operaba en un mercado público de seres humanos instalado en la propia ciudad de Filadelfia. «El hecho de que algunos miserables estén dispuestos a secuestrar y esclavizar seres humanos mediante la violencia y el asesinato para obtener beneficios es más lamentable que extraño. Pero que mucha gente civilizada —más aún, bautizada— lo apruebe y esté implicada en esta práctica salvaje, resulta sorprendente».  Se declaró abolicionista y fue miembro fundador de la American Anti-Slavery Society. También encontró tiempo para reflexionar sobre un sistema de bienestar social para los jóvenes y de pensiones para los viejos que fue algo único en su época.  Los argumentos de Paine partían de la propia naturaleza como fuente primera de los derechos humanos y naturales. Estableciendo analogías con la naturaleza, dijo que estaban en el «tiempo de la siembra» y que sería una locura dejarlo pasar. También alegó que el orden natural favorecía la independencia, en el sentido de que era absurdo que un continente estuviera gobernado por una isla. Incluso aludió a un designio especial de la providencia: «La Reforma fue precedida por el descubrimiento de América, como si el Todopoderoso tuviera intención de abrir un santuario para los que fueran a sufrir persecución durante los años posteriores».

Edmund Burke y Thomas Paine. Este clásico cruce de opiniones entre dos maestros de la polémica está considerado como un precedente de todas las discusiones modernas entre tories y radicales, o entre aquellos que creen en la tradición, la propiedad y la herencia, y aquellos que desconfían o abominan de estos conceptos. Sin embargo, del mismo modo que la división entre izquierda y derecha dentro de la Convención francesa demostró ser simplista y equívoca, así también puede ser un error caricaturizar a los antagonistas que intervinieron en este combate. Como he dicho antes, Burke no era un tory inglés. Era un whig irlandés y estaba vinculado con el catolicismo, cosa que podía haberse callado por razones de peso —bajo las leyes penales vigentes en su Irlanda natal—. Fue atacado, tanto por Thomas Jefferson como por Thomas Paine, a causa de la pequeña pensión que aceptó del gobierno británico por los servicios prestados. Para ellos este modesto pago era la prueba de que Burke había «vendido» y abandonado sus principios liberales.  La repugnancia que le producía la suciedad del populacho, distorsionó en gran medida el libro de Burke. Su autor no era lo suficientemente bueno como para conseguir que su esnobismo y su condescendencia fueran convincentes o perdonables. Tampoco era siempre capaz de generar un sarcasmo de calidad.
En El sentido común, Thomas Paine había hecho gala de una agudeza razonable al decir: «El gobierno, como el vestido, es el ropaje de la pérdida de la inocencia». El desprecio de Burke por aquellos que… pensaban «que el gobierno puede cambiar como la moda en el vestir» era una réplica que se salía torpemente del tema.

Las objeciones de Paine contra Burke a propósito de los méritos de la Constitución francesa tienen asimismo interés, la mayoría de ellas por su carácter histórico o su ironía. Destacó acertadamente que en Inglaterra los requisitos para el reconocimiento del derecho a votar eran absurdos y anómalos, al tiempo que opresivos, y recalcó que en Francia cualquiera que pagara impuestos tenía (entonces) derecho al voto. No tardaría mucho en decidir que no debería existir en absoluto un derecho al voto que estuviera basado en la propiedad o en razones financieras, mientras que, a diferencia de Mary Wollstonecraft, que también hizo una réplica a Burke, Paine no abogó por el derecho al voto para las mujeres, así que no estaba tan lejos del conservadurismo de Burke como a él le habría gustado estar.

El gran logro de Paine fue haber suscitado la discusión sobre los derechos humanos, y sobre los correspondientes a la democracia, ante una gran audiencia popular y en muchos casos recién alfabetizada. Con anterioridad, la discusión sobre los «derechos» se había limitado a los derechos «naturales» o «civiles», y además no había pasado de una serie de debates entre filósofos. De hecho, la disputa entre Paine y Burke es en parte una reproducción de los desacuerdos entre Thomas Hobbes y John Locke. Hobbes había escrito en su monumental Leviatán que
[…] El derecho de naturaleza, lo que los autores suelen llamar jus naturale, es la Libertad que todo hombre tiene de utilizar su propio poder como él desee, para preservar su propia Naturaleza, es decir, su propia Vida, y en consecuencia para hacer todo aquello que él, siguiendo los dictados de su Juicio y Razón, considere el medio más adecuado para alcanzar sus fines.

Thomas Paine se hizo cargo en una ocasión del mantenimiento de unos niños, pero, por lo demás, casi siempre vivió sin que otros dependieran de él. Y no creo que hubiera sido socialista. No tomó como modelo a los levellers [niveladores], como hizo una vez David Hume, por mencionar algún caso. Paine admiraba la empresa y desconfiaba del gobierno, y a menudo escribió sobre las desigualdades económicas como si estas fueran naturales o inevitables. No obstante, su propia experiencia vital y su desprecio adquirido hacia el principio de sucesión hereditaria significaban que no creía en absoluto que todas las injusticias y desigualdades se produjeran por algún imperativo establecido. En la segunda parte de Los derechos del hombre añadió sentido práctico a su argumento a favor de los derechos humanos. De hecho, realizó el primer esbozo de un moderno estado del bienestar.

Paine fue uno de los primeros partidarios de la libre empresa y la democracia social, así como una especie de utilitarista. En términos que Adam Smith podría haber aprobado sin problemas, Paine plantea que el imperio es una locura porque «el gasto de sostener los dominios absorbe con creces los beneficios de cualquier tráfico». Y en términos que John Maynard Keynes podría asimismo haber aprobado, Paine señala que las guerras y las conquistas en Europa eran también inútiles, ya que la ruina de otra nación contribuiría inevitablemente a la bancarrota del propio país. «Cuándo se destroza la facultad de una nación para comprar, el perjuicio recae por igual en el vendedor». Esta frase podría enmarcarse en Las consecuencias económicas de la paz de Keynes. Finalmente, Paine insiste, con una formulación realizada en la línea de Bentham, en que «cualquiera que sea la forma o constitución del gobierno, este no debe tener otro objetivo que el bienestar general». Paine consideraba que las disputas entre naciones, así como dentro de cualquiera de ellas, estaban causadas por las monarquías. También creía que el aumento de la producción industrial, del comercio y de la innovación tecnológica tendería a pacificar las naciones. Sin embargo, no era tan ingenuo como para creer que la guerra y las agresiones llegarían a ser cosas del pasado. Propuso audazmente que Estados Unidos, Francia e Inglaterra, junto con los holandeses, formaran una federación para el desarme naval, basada en reducciones mutuas del tamaño de sus flotas, para luego imponer su programa en los demás estados europeos. Lo más notable fue que sugiriera que «las potencias confederadas, mencionadas con anterioridad» serían capaces de persuadir a España para que permitiera «la independencia de Sudamérica y la apertura de esos estados de inmensa extensión y riqueza al comercio mundial en general, como es en la actualidad el caso de Norteamérica». Posteriormente revisaría este asunto al proponer una «Asociación de las Naciones para los Derechos y el Comercio», lo que podría considerarse un precedente de la Sociedad de Naciones y la ONU.

Se predica sobre un hombre en vez de hacerlo sobre Dios; sobre una ejecución como algo por lo que hay que sentir gratitud; los predicadores se embadurnan de sangre como una tropa de asesinos y pretenden admirar la brillantez que les presta. Pronuncian un monótono sermón sobre los méritos de la ejecución; alaban a Jesucristo por haber sido ejecutado, y condenan a los judíos por haberlo hecho.

Es una creencia generalizada que los últimos años de Paine en Estados Unidos fueron una etapa de miseria, amargura y decadencia, que terminó en una fosa común y en el eclipse total de su fama. Como la mayoría de las medias verdades, tampoco esta es cierta al cincuenta por ciento, aunque resulta bastante engañosa. Desde luego, Paine vivía aislado y se había distanciado de muchos de sus viejos amigos. Estaba decidido a vengarse, por ejemplo, de George Washington, porque creía que le había abandonado en momentos de apuro en el aterrorizado París de Robespierre. Es posible que hubieran existido motivos para que Paine pensara así, pero además dijo que Washington había prestado escasos servicios durante la guerra revolucionaria, una opinión que podría haber manifestado de un modo más valeroso o coherente en su momento.  Paine vio lo que les estaba sucediendo a los indios, y constató también que el robo de sus tierras y la amenaza a su existencia provenían en gran medida de un cristianismo proselitista que se utilizaba a modo de cobertura hipócrita para la codicia. Después de que algunos miembros de la Missionary Society de Nueva York hubieran organizado una reunión con los jefes de los indios osage con el fin, según decían, de obsequiarles con un ejemplar de la Biblia, Paine preguntó con sarcasmo qué bien pretendían hacerles con ello:
¿Aprenderán [los indios osage] sobriedad y decencia de un Noé borracho y un Lot bestial, o acaso sus hijas aprenderán algo edificante con el ejemplo de la hija de Lot? ¿Acaso los impactantes relatos de la matanza de los cananitas cuando los israelitas invadieron su país no sugerirán la idea de que podemos tratarlos de la misma manera, o los impulsarán a hacer lo mismo con los nuestros en los territorios fronterizos, para luego justificar el asesinato utilizando esa Biblia que les han dado los misioneros?

El siglo XIX la inspiración de Paine volvió a emerger y su influencia se hizo sentir en el movimiento de reforma del Parlamento en Inglaterra y en la campaña contra la esclavitud en Estados Unidos. John Brown, un declarado calvinista, tenía los libros de Paine en su campamento. Abraham Lincoln fue un asiduo lector de su obra y solía utilizar argumentos extraídos de La edad de la razón en sus disputas con sectarios religiosos, así como temas más generales del mismo autor en su campaña para convertir la sangrienta guerra civil en lo que él llamó «una segunda Revolución americana». El posterior ascenso del movimiento laborista y la campaña para el sufragio femenino fueron también acontecimientos en los que se reavivó y citó el ejemplo de Paine. Después del ataque a Pearl Harbor, cuando Franklin Roosevelt pronunció su gran discurso para unir al pueblo de Estados Unidos en contra del fascismo, citó un párrafo entero de La crisis americana de Paine, que comenzaba de la siguiente manera: «Vivimos uno de esos momentos en que se pone a prueba el alma de los hombres…».
Ningún presidente volvería a citar a Paine hasta Ronald Reagan.

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Magnificent book on the importance of this father of the North American homeland and who due to his lack of selfishness was mistreated, he is undoubtedly due the international day of work when he dated his declaration on May 1. He is undoubtedly well-known to people like the Scottish bard Burns “A mans a man for a’that”.

The rights of man were in the first place an attempt to marry the ideas of the American and French revolutions, and secondly an attempt to spread these ideas in Britain. For Paine these objectives were essentially three sides of the same symbol. For Burke, they were radically incompatible. The obligatory study of the Bible that was carried out in the school, complemented with the instruction that Paine received from his Anglican mother. Later he would say that the teachings of Christianity, especially the element of human sacrifice in the history of the crucifixion, had repelled him from the beginning. Free thinking has good reason to be grateful to Mrs. Pain for her efforts.
A second influence may have been the time that Paine spent in the lower hold of the King of Prussia. As we remember the extraordinary novels about sea travel written by Patrick O’Brian, the Royal Navy crews were full of enthusiasm enthusiasts who, although they had fought for the Crown at sea, were Levellers and Republicans on the mainland. Third, we can find the influence – much better documented – of the London panorama. A new class of cultured craftsmen was emerging, influenced to a large extent by the thirst for knowledge and the scientific innovations of the time. Paine became a regular in the conference rooms of the workers and in the taverns of the freethinkers.

Throughout 1775, Paine used various pseudonyms – «Atlanticus» and «Amicus» – to sign a long series of articles. As he never had anything of dreamer, or of delusion, when observing his new country he was quick in denouncing the slave trade, which operated in a public market of human beings installed in the city of Philadelphia itself. “The fact that some miserable people are willing to kidnap and enslave human beings through violence and murder for profit is more regrettable than strange. But that many civilized people – moreover, baptized – approve and be involved in this wild practice, it is surprising ». He declared himself an abolitionist and was a founding member of the American Anti-Slavery Society. He also found time to reflect on a system of social welfare for young people and pensions for old people that was unique in his time. Paine’s arguments started from nature itself as the first source of human and natural rights. Establishing analogies with nature, he said that they were in the “time of sowing” and that it would be foolish to let it go by. He also argued that the natural order favored independence, in the sense that it was absurd for a continent to be governed by an island. He even alluded to a special design of providence: “The Reformation was preceded by the discovery of America, as if the Almighty had the intention of opening a sanctuary for those who would suffer persecution during the subsequent years.”

Edmund Burke and Thomas Paine. This classic exchange of opinions between two masters of controversy is considered a precedent of all modern discussions between Tories and Radicals, or between those who believe in tradition, property and inheritance, and those who distrust or abominate these concepts. . However, just as the division between left and right within the French Convention proved to be simplistic and equivocal, so it can also be a mistake to caricature the antagonists who intervened in this combat. As I said before, Burke was not an English Tory. He was an Irish Whig and was linked to Catholicism, which could have been silent for reasons of weight – under the criminal laws in force in his native Ireland. He was attacked, both by Thomas Jefferson and by Thomas Paine, because of the small pension he accepted from the British government for the services rendered. For them this modest payment was proof that Burke had “sold out” and abandoned his liberal principles. The repugnance produced by the filth of the populace distorted Burke’s book to a great extent. His author was not good enough to make his snobbishness and condescension convincing or forgiving. Nor was he always able to generate a quality sarcasm.
In Common Sense, Thomas Paine had shown a reasonable acumen by saying: “Government, like clothing, is the garment of the loss of innocence.” Burke’s disdain for those who … thought “that government can change like fashion in dress” was a replica that clumsily left the subject.

The objections of Paine against Burke about the merits of the French Constitution are also of interest, most of them because of their historical character or their irony. He rightly pointed out that in England the requirements for the recognition of the right to vote were absurd and anomalous, while oppressive, and stressed that in France anyone who paid taxes had (then) the right to vote. It would not take long to decide that there should be no voting rights at all based on property or financial reasons, whereas, unlike Mary Wollstonecraft, who also made a reply to Burke, Paine did not advocate the right to I voted for women, so I was not as far from Burke’s conservatism as he would have liked to be.

The great achievement of Paine was to have provoked the discussion on human rights, and on those corresponding to democracy, before a large popular audience and in many cases newly literate. Previously, the discussion of “rights” had been limited to “natural” or “civil” rights, and had not gone beyond a series of debates among philosophers. In fact, the dispute between Paine and Burke is partly a reproduction of the disagreements between Thomas Hobbes and John Locke. Hobbes had written in his monumental Leviathan that
[…] The right of nature, what the authors usually call jus naturale, is the Freedom that every man has to use his own power as he wishes, to preserve his own Nature, that is, his own Life, and consequently for do everything that he, following the dictates of his Judgment and Reason, considers the most appropriate means to achieve his ends.

Thomas Paine once took care of the maintenance of some children, but, otherwise, almost always lived without others depended on him. And I do not think he would have been a socialist. He did not take the levellers [levellers] as a model, as David Hume once did, to mention a case. Paine admired the company and distrusted the government, and often wrote about economic inequalities as if they were natural or inevitable. However, his own life experience and his contempt for the principle of hereditary succession meant that he did not believe at all that all injustices and inequalities were produced by some established imperative. In the second part of The Rights of Man, he added practicality to his argument in favor of human rights. In fact, he made the first sketch of a modern welfare state.

Paine was one of the first supporters of free enterprise and social democracy, as well as a kind of utilitarian. In terms that Adam Smith could have approved without problems, Paine argues that the empire is crazy because “the cost of sustaining the domains absorbs the benefits of any traffic.” And in terms that John Maynard Keynes could also have approved, Paine points out that the wars and conquests in Europe were also useless, since the ruin of another nation would inevitably contribute to the bankruptcy of the country itself. “When a nation’s power to buy is destroyed, the damage falls equally on the seller.” This phrase could be framed in the economic consequences of the peace of Keynes. Finally, Paine insists, with a formulation made in the line of Bentham, that “whatever the form or constitution of the government, it should not have any other objective than the general welfare.” Paine considered that disputes between nations, as well as within any of them, were caused by monarchies. He also believed that the increase of industrial production, trade and technological innovation would tend to pacify nations. However, he was not naive enough to believe that war and aggression would become a thing of the past. He boldly proposed that the United States, France and England, together with the Dutch, form a federation for naval disarmament, based on mutual reductions in the size of their fleets, and then impose their program on the other European states. Most notably, it suggested that “the confederated powers, mentioned earlier,” would be able to persuade Spain to allow “the independence of South America and the opening of those states of immense extent and wealth to world trade in general, as in currently the case of North America ». He would later review this issue by proposing an “Association of Nations for Rights and Trade,” which could be considered a precedent for the League of Nations and the UN.

It is preached about a man instead of about God; about an execution as something for which you have to feel gratitude; the preachers are smeared with blood like a troop of murderers and pretend to admire the brilliance that it gives them. They pronounce a monotonous sermon on the merits of execution; they praise Jesus Christ for having been executed, and they condemn the Jews for having done it.

It is a common belief that the last years of Paine in the United States were a stage of misery, bitterness and decay, which ended in a common grave and in the total eclipse of his fame. Like most half-truths, this is not true at fifty percent either, although it is quite misleading. Of course, Paine lived in isolation and had distanced himself from many of his old friends. He was determined to take revenge, for example, on George Washington, because he thought he had abandoned him in times of trouble in the terrified Paris of Robespierre. It is possible that there were reasons for Paine to think so, but he also said that Washington had provided few services during the revolutionary war, an opinion that could have been expressed in a more courageous or coherent way at the time. Paine saw what was happening to the Indians, and also found that the theft of their lands and the threat to their existence came largely from a proselytizing Christianity that was used as a hypocritical cover for greed. After some members of the Missionary Society of New York had organized a meeting with the chiefs of the Osage Indians for the purpose, they said, of giving them a copy of the Bible, Paine sarcastically asked what they intended to do with it:
Will [Osage Indians] learn the sobriety and decency of a drunken Noah and a beastly Lot, or will their daughters learn something edifying with the example of Lot’s daughter? Do the shocking accounts of the slaughter of the Canaanites when the Israelites invaded their country suggest the idea that we can treat them in the same way, or encourage them to do the same with ours in the border territories, and then justify the murder? using that Bible that the missionaries have given them?.

The nineteenth century the inspiration of Paine again emerged and his influence was felt in the movement of reform of Parliament in England and the campaign against slavery in the United States. John Brown, an avowed Calvinist, had Paine’s books in his camp. Abraham Lincoln was an assiduous reader of his work and used to use arguments drawn from The Age of Reason in his disputes with religious sectaries, as well as more general themes by the same author in his campaign to turn the bloody civil war into what he called « a second American Revolution ». The subsequent rise of the Labor movement and the campaign for women’s suffrage were also events in which Paine’s example was revived and cited. After the attack on Pearl Harbor, when Franklin Roosevelt delivered his grand speech to unite the people of the United States against fascism, he quoted an entire paragraph of Paine’s American Crisis, which began as follows: “We live in one of those moments in which the soul of men is tested … ».
No president would call Paine back to Ronald Reagan.

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