Tengo un sueño y otros relatos — Martin Luther King / I Have a Dream: Writings and Speeches That Changed the World by Martin Luther King

Sin duda el discurso está entre los más bellos de la historia pero tiene un discursos perfecto donde los blancos “indiferentes” eran los grandes culpables de la segregación racial, permitiendo esta lacra.

EStoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país.
Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclamación de emancipación. Este trascendental decreto fue como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.
Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de «fondos insuficientes». Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.

Cuando resuene la libertad y la dejemos resonar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día en que todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: «¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!».

Cartas desde Birmingham, mis queridos sacerdotes  y compañeros:
Mientras me hallo recluido aquí, en la cárcel de la ciudad de Birmingham, me llegó su reciente declaración calificando mis actividades presentes de «poco hábiles e inoportunas». Son pocas las veces en que me detengo a contestar las críticas formuladas contra mi trabajo e ideas. Si tratara de contestar a todas las críticas que pasan por mi mesa de trabajo, mis secretarios tendrían poco tiempo disponible para cualquier otra cosa en el curso del día, y a mí no me quedaría ni un instante para realizar una tarea constructiva. Pero como creo que son hombres de intenciones fundamentalmente buenas, y que sus críticas han sido formuladas sinceramente, quiero intentar responder a su declaración con unas pocas palabras que espero sean pacientes y razonables.
Creo que debiera indicarles por qué estoy aquí, en Birmingham, puesto que parecen influidos por la opinión que anatematiza a los «forasteros que se inmiscuyen en los asuntos ajenos». Tengo el honor de ser presidente de la Southern Christian Leadership Conference, una organización que actúa en todos los estados del sur, con su cuartel general en Atlanta (Georgia). Estoy en Birmingham porque también está aquí la injusticia. Así como los profetas del siglo VIII antes de Cristo abandonaban sus pueblos y difundían su mensaje divino muy lejos de los límites de las ciudades originarias; así como el apóstol Pablo dejó su pueblo de Tarso.

Toda campaña no-violenta tiene cuatro fases básicas: primero la reunión de los datos necesarios para determinar si existen las injusticias; luego la negociación; después la autopurificación; y, por último, la acción directa. Hemos pasado en Birmingham por todas estas fases. No cabe discutir el hecho de que la injusticia racial embarga a esta comunidad. Birmingham es probablemente la ciudad más drásticamente segregada de toda norteamérica. Su horrenda lista de violaciones es conocida por todos. Los negros han sufrido de modo flagrante un trato injusto por parte de los tribunales; en Birmingham, ha habido más destrucciones que en cualquier otra ciudad de la nación, de domicilios e iglesias a consecuencia de bombas, que han quedado sin resolver. Éstos son los hechos, duros, palmarios, determinantes de la situación. Con estas condiciones de base, los líderes negros trataron de negociar con los prohombres de la ciudad. Pero éstos se negaron una y otra vez a entablar negociaciones de buena fe. Los hombres oprimidos no pueden serlo de por vida. El anhelo de libertad acaba por manifestarse abiertamente, y esto es lo que ha ocurrido con el negro estadounidense. Hay algo dentro de él que le ha recordado que nacía con el derecho a la libertad; y algo, otra cosa fuera de él, le ha recordado que esta libertad podía ser conquistada. Consciente o inconscientemente, se ha dejado embargar por el Zeitgeist, y el negro norteamericano, unido a sus hermanos negros de África y a sus hermanos amarillos y cobrizos de Asia, América del Sur y el Caribe, marcha impregnado por un ansia que no puede esperar, hacia la tierra prometida de la justicia racial. Si se reconoce esta necesidad vital que se ha apoderado de la comunidad negra, se tiene que comprender inmediatamente el porqué de las manifestaciones públicas actuales.

Espero que la Iglesia en conjunto saldrá a la palestra en esta hora decisiva. Pero, aunque la Iglesia no acuda en ayuda de la justicia, no pierdo mis esperanzas acerca del futuro. No abrigo ningún temor acerca del resultado de nuestra lucha en Birmingham, aunque haya sido dada una interpretación equivocada de nuestros motivos. Alcanzaremos la meta de la libertad en Birmingham y en toda la nación.

El superficial optimismo del liberalismo respecto a la naturaleza humana pasaba por alto el hecho de que la razón está oscurecida por el pecado. Cuanto más pensaba en la naturaleza humana, más cuenta me daba de que nuestra trágica inclinación al pecado nos animaba a racionalizar nuestras acciones. El liberalismo no puede evidenciar que la razón, por sí sola, sea algo más que un instrumento para justificar en el hombre sus formas defensivas de pensar. La razón, desprovista del poder purificador de la fe, no puede desligarse de las deformaciones y racionalizaciones.
A pesar de que repudiaba algunos aspectos del liberalismo, no llegué nunca a una total aceptación de la neo-ortodoxia. A pesar de considerar la neo-ortodoxia como un correctivo útil para el liberalismo sentimental, comprendí que no proporcionaba una respuesta adecuada a los problemas fundamentales.

La necesidad del método de la no-violencia en las relaciones internacionales. Aunque no estaba completamente convencido de la eficacia de la guerra en conflictos entre naciones, presentía que, aunque no podía ser nunca un bien positivo, podían servir como bien negativo para impedir la proliferación y el crecimiento de la fuerza del mal. La guerra, aun siendo horrible, era preferible a la rendición a un sistema totalitario.
Pero ahora creo que la poderosa fuerza destructora de las armas actuales elimina totalmente la posibilidad de que la guerra sirva para conseguir un bien negativo. Si partimos de la base de que la humanidad tiene derecho a sobrevivir, tendremos que encontrar una alternativa a la guerra y a la destrucción. Admito que el optimismo superficial es imposible. Admito que nos enfrentamos con una crisis mundial que nos abandona al creciente murmullo del mar inquieto de la vida. Pero todas las crisis tienen sus peligros y sus oportunidades. Tanto puede representar la salvación como la condenación. En un mundo oscuro, confuso, el reino de Dios puede todavía imperar en el corazón de los hombres.

No doubt the speech is among the most beautiful in history but has a perfect discourse where the “indifferent” whites were the big culprits of racial segregation, allowing this scourge.

I am proud to meet with you today, in which history will be the greatest manifestation for freedom in the history of our country.
A hundred years ago, a great American, whose symbolic shadow shelters us today, signed the Emancipation Proclamation. This transcendental decree was like a great ray of light and hope for millions of black slaves, scorched in the flames of a withering injustice. It arrived like a beautiful sunrise at the end of a long night of captivity. But one hundred years later, the black is not free yet; One hundred years later, the life of the Negro is still sadly lacerated by the wives of segregation and the chains of discrimination; One hundred years later, the Negro lives on a lonely island in the middle of an immense ocean of material prosperity; One hundred years later, the Negro still languishes in the corners of American society and is banished to his own land.
That is why today we have come here to dramatize a shameful condition. It is obvious today, that the United States has breached that promissory note as far as its black citizens are concerned. Instead of honoring this sacred obligation, the United States has given blacks a check without funds; a check that has been returned with the “insufficient funds” stamp. But we refuse to believe that the Bank of Justice has gone bankrupt. We refuse to believe that there are not enough funds in the great vaults of the opportunity of this country. That is why we have come to collect this check; the check that will fill us with the riches of freedom and the security of justice.

When freedom resounds and we let it resonate in every village and every hamlet, in every state and in every city, we can accelerate the arrival of the day when all the children of God, black and white, Jews and Christians, Protestants and Catholics, you can join hands and sing the words of the old black spiritual: “Free at last! Free at last! Thank God Almighty, we are free at last! ”

Letters from Birmingham, my dear priests and companions:
While I was held here, in the prison of the city of Birmingham, I received his recent statement describing my present activities as “unwise and inopportune”. There are few times when I stop to answer the criticisms made against my work and ideas. If I tried to answer all the criticisms that go through my desk, my secretaries would have little time available for anything else in the course of the day, and I would not even have a moment to do a constructive task. But since I believe that they are men of fundamentally good intentions, and that their criticisms have been sincerely formulated, I want to try to respond to their statement with a few words that I hope will be patient and reasonable.
I think I should tell you why I am here in Birmingham, since they seem influenced by the opinion that anathematizes “outsiders who meddle in the affairs of others.” I have the honor to be president of the Southern Christian Leadership Conference, an organization that operates in all southern states, with its headquarters in Atlanta (Georgia). I am in Birmingham because injustice is also here. Just as the prophets of the eighth century BC abandoned their peoples and spread their divine message far from the limits of the original cities; just as the apostle Paul left his village of Tarsus.

Every non-violent campaign has four basic phases: first, gathering the necessary data to determine if there are injustices; then the negotiation; after self-purification; and, finally, direct action. We have spent in Birmingham for all these phases. The fact that racial injustice seizes this community can not be disputed. Birmingham is probably the most drastically segregated city in all of North America. His horrendous list of violations is known to all. Blacks have flagrantly suffered unfair treatment from the courts; in Birmingham, there have been more destructions than in any other city in the nation, of homes and churches as a result of bombs, which have remained unresolved. These are the facts, hard, glaring, determinants of the situation. With these basic conditions, the black leaders tried to negotiate with the leaders of the city. But they refused again and again to enter into negotiations in good faith. Oppressed men can not be for life. The longing for freedom ends by manifesting openly, and this is what has happened with the black American. There is something within him that has reminded him that he was born with the right to freedom; and something, something else outside of him, has reminded him that this freedom could be conquered. Consciously or unconsciously, he has let himself be seized by the Zeitgeist, and the black American, united to his black brothers of Africa and to his yellow and coppery brothers of Asia, South America and the Caribbean, march impregnated by a longing that can not wait, towards the promised land of racial justice. If this vital need that has taken over the black community is recognized, the reason for the current public demonstrations must be immediately understood.

I hope that the Church as a whole will come to the fore in this decisive hour. But even if the Church does not come to the aid of justice, I do not lose my hope for the future. I have no fear of the outcome of our struggle in Birmingham, even if a wrong interpretation of our motives has been given. We will reach the goal of freedom in Birmingham and across the nation.

The superficial optimism of liberalism regarding human nature overlooked the fact that reason is obscured by sin. The more I thought about human nature, the more I realized that our tragic inclination to sin encouraged us to rationalize our actions. Liberalism can not show that reason, by itself, is something more than an instrument to justify in man his defensive ways of thinking. Reason, devoid of the purifying power of faith, can not be separated from distortions and rationalizations.
Although I repudiated some aspects of liberalism, I never reached a total acceptance of neo-orthodoxy. Despite considering neo-orthodoxy as a useful corrective for sentimental liberalism, I understood that it did not provide an adequate response to the fundamental problems.

The need for the method of non-violence in international relations. Although he was not completely convinced of the effectiveness of war in conflicts between nations, he felt that, although it could never be a positive good, they could serve as a negative good to prevent the proliferation and growth of the force of evil. War, while being horrible, was preferable to surrender to a totalitarian system.
But now I believe that the powerful destructive force of current weapons completely eliminates the possibility that war will serve to achieve a negative good. If we start from the basis that humanity has the right to survive, we will have to find an alternative to war and destruction. I admit that superficial optimism is impossible. I admit that we are faced with a world crisis that leaves us to the growing murmur of the restless sea of ​​life. But all crises have their dangers and their opportunities. Both can represent salvation and condemnation. In a dark, confused world, the kingdom of God can still prevail in the hearts of men.

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