Como estar solo — Jonathan Franzen

Este es un interesante libro que se compone de una serie de relatos que publicó para Harper’s, sin duda el primero hablando sobre el Alzheimer de su padre y como cambio la vida a los que vivían con él es tremendo, duro pero evocador, los problemas cuando operan a su madre de rodilla, igualmente el tema de la intimidad un asunto estelar en los Estados Unidos pero debe ser medido conforme a la privacidad…sin embargo la novela y ese realismo trágico, un mundo cada vez más competitivo con minorías e igualmente mujeres, pero por encima de todo la novela no morirá tiene vida. La historia está terminando, subestiman la inestabilidad de la sociedad y la indisciplinada diversidad de sus miembros. La apoteosis electrónica de la cultura de masas no ha hecho más que volver a confirmar el elitismo de la lectura literaria, brevemente oscurecido en el apogeo de la novela. Deploro el eclipse de la autoridad cultural que la literatura poseyó en otro tiempo, y lamento el nacimiento de una era tan agitada que hace difícil conservar el placer de un texto. Supongo que no muchas otras personas se desprenderán de su televisor. No estoy seguro de que yo aguante mucho tiempo sin comprarme uno nuevo. Pero la primera lección que enseña la lectura es a estar solo.

Nos adentra en los problemas del servicio postal de las grandes ciudades como Chicago, con los problemas raciales y donde las grandes urbes siempre generan correo, que decir sus trabajos haciendo cajas para una familia alemana (Erika) a quien no encuentra por rico bizcocho o lo que supone para un auténtico fumador el placer de ese tabaco e humo que por momentos en habitaciones de hotel te sentiste asfixiado…

¿Cómo es posible que la vida en Nueva York, cuyos edificios son como afloramientos osificados de puro capital fundido, pueda deber muchísimo menos al mundo del consumismo que la vida en los suburbios, que en apariencia ofrece más libertad e intimidad? La respuesta es, en sentido estricto, que las ciudades representan una etapa más antigua y menos avanzada en el desarrollo de la compra y la venta, en la cual los productores trabajan mano a mano con los consumidores y el mecanismo económico completo está abierto a la inspección y es, por lo tanto, menos sensible al perfecto encantamiento de la labia del vendedor moderno; y, más en general, que hay algo en la naturaleza misma de las ciudades que impone la responsabilidad adulta. No pretendo sugerir que los habitantes de ciudades estén menos ávidos de productos que los de los suburbios, o que las acciones de limpieza y policiales de diversas «zonas de fomento industrial» no estén, incluso ahora, transformando amplias franjas de Manhattan en galerías comerciales al aire libre; sino que es más fácil en las calles de Nueva York que en la típica galería tener experiencias que no guardan ninguna relación con el acto de gastar dinero.

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