Ingenieros del alma — Frank Westerman

Este es un interesante libro sobre la ingeniera intelectual de los países y el trato a sus intelectuales, a través de la visita a la casa de Gorki, quien no fue afín ni a Lenin ni Trotsky, aunque Lenin lo intentaba por su mujer. Nos explica cómo los gobiernos a través de compositores e ingenieros van mostrando las excelencias del país y los regímenes y claro eso produce conflictos en Gorki, Platonov, que decir de archipiélago gulag…

En vida de Gorki, Paustovski se creía a salvo. A pesar del miedo que le había asaltado a raíz de la fallida adaptación cinematográfica de Kara Bogaz, aún se atrevió a hacer campaña en contra de la censura en 1936: «El escritor ha de escribir para poder vivir, del mismo modo que el hombre de a pie ha de comer. Pero a los escritores nos colocan en una disyuntiva peligrosa: o bien escribimos lo que esperan de nosotros, o bien escribimos para el cajón de nuestro escritorio». Mientras que en la primera mitad de 1936 todavía se incluían frases como ésas en Nuestros logros, la revista de Gorki, en las antologías y ediciones conmemorativas posteriores de la obra de Paustovski ya no aparecen.
El final de Historia de una vida constituye un claro ejemplo del súbito endurecimiento del clima político. Las memorias en seis tomos de Paustovski se cortan bruscamente en 1935. En un último encuentro con Gorki, ambos autores hablan de botánica…

En 1939 el terror se va atenuando (las últimas víctimas son aquellos individuos que, ajuicio de Stalin, han puesto demasiado empeño en las depuraciones).
Con todo, GlavLit no afloja las riendas. Según una nueva directiva de 1939 se vigilará incluso a las palomas mensajeras (y a sus dueños).
Ha llegado a nuestros días un informe interno sobre los logros conseguidos por GlavLit en los años 1938-1939. En él se puede leer que, durante aquel período, el órgano central de censura retiró 7.806 obras «políticamente perjudiciales» de 1.860 escritores diferentes. Otros 4.512 títulos fueron reciclados, al ser considerados «de ningún valor para el lector soviético». En total fueron destruidos 24.138.799 ejemplares.

Paustovski había ocultado a su hijastra la existencia de los campos del Gulag. Se me ocurrió que quizá fuera un tema demasiado delicado como para ser tratado en casa.
Galia me miró incrédula.
—¡Qué va! Medio país estaba entre rejas. ¡Lo sabíamos todos! Además, era fácil ver a los prisioneros. Alemanes, rusos… desde luego no hacía falta irse a Siberia.
Añadió que la torre de viviendas en la que nos hallábamos había sido construida por presidiarios cumpliendo órdenes de Stalin.
—Los prisioneros vivían encerrados en barracones, en el patio, donde ahora están los garajes. Cuando nosotros entramos a vivir aquí en 1953 aún estaban terminando el ala izquierda… En resumidas cuentas loas al patriotismo barato.

Los escritores fueron quienes levantaron y sostuvieron la sociedad soviética; y también fueron los escritores los que la dejaron caer. ¡Cuál no habría sido el dolor de Máximo Gorki si hubiera sabido que los liriki terminarían por rebelarse contra los fiziki!
Cuando en 1954 se inaugura el segundo macrocongreso de la Unión de Escritores Soviéticos, en apariencia nada ha cambiado. En marzo de 1953, el pueblo llora, muy apenado, la muerte de Stalin. El «Maestro Bien Amado» descansa en el mausoleo de Lenin, junto a su antecesor. Aún no hay nada que indique la inminente desacralización de Stalin, si bien su más directo colaborador, el jefe del NKVD, Lavrenti Beria, ha sido ejecutado ese mismo año. Acto seguido, su nombre es borrado de la Gran Enciclopedia de la Unión Soviética.  Un puñado de escritores, hartos del intrusismo de GlavLit, busca métodos para eludir la censura. Una vez terminada la novela El doctor Zhivago, resultado de muchos años de trabajo en silencio, Boris Pasternak no logra que ninguna editorial soviética acepte el manuscrito. La Literaturnaya Gazeta justifica el rechazo argumentando que el texto desacredita la Revolución de Octubre. La inesperada aparición del libro en Italia en 1957 y la concesión del premio Nobel al escritor en 1958 desatan un conflicto político-literario en el que se ven enfrascados, lo quieran o no, todos los literatos soviéticos. Pasternak es declarado culpable de tamizdat el acto de editar (izdat) una obra literaria en el extranjero (tam, es decir: allí).
Los estudiantes del Instituto Literario Gorki más fieles al Partido reciben órdenes de salir a la calle para incriminar a Pasternak, llamándole «Judas». Enarbolan pancartas con el mensaje: ¡FUERA! ¡VETE DE LA UNIÓN SOVIÉTICA! Mientras tanto, unos jóvenes del Komsomol tratan de incendiar la dacha del literato en Peredelkino.

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