Los muchachos de zinc — Svetlana Alexiévich

Esta magnífica novela, aunque realmente se basa en entrevistas como solo la autora sabe hacer sobre una de las lacras de la Unión Soviética, como fue Afganistán, 10 años de debacle donde los miedos de la guerra y las drogas se funden con lo más oscuro del alma humano. Se crearon asesinos en potencia… Sin embargo por dicha obra la autora fue llevada a juicio por madres de soldados que no querían reconocer documentos expresados, soldados retractados de lo contado pero ante todo la libertad por contar la verdad fue el estandarte de la autora. En los últimos años ha desaparecido del mapa del mundo, de la Historia, el imperio comunista que los envió allí para matar y para morir. Ya no existe. Primero a la guerra la empezaron a llamar tímidamente «error político» y luego la llamaron «crimen». Ahora todos quieren olvidar Afganistán. Olvidar a estas madres, olvidar a los mutilados… El olvido es una forma de mentira. Las madres se han quedado solas frente a las tumbas de sus hijos. Ni siquiera cuentan con el consuelo de que la muerte de sus hijos no fue inútil. Sean como sean los ultrajes y las injurias que he escuchado hoy, digo y repito: «Admiro a las madres». Las admiro también por el hecho de haberse convertido en las únicas defensoras del nombre de sus hijos cuando la Patria los ha arrojado a la deshonra. Hoy solo las madres defienden a los muchachos muertos… Otra cosa es de quién los defienden.

Llamada así la novela porque cuando moría un soldado los ataúdes eran de este material nos adentra en la guerra. No logro quitarme de encima la sensación de que la guerra es fruto de la naturaleza masculina, de la que en muchos aspectos me siento muy alejada. Aunque es cierto que la cotidianidad de la guerra es grandiosa. Apollinaire veía la belleza en ella.
En una guerra todo es distinto: tu ser, tu naturaleza, tus pensamientos. Aquí he comprendido que el pensamiento humano puede llegar a ser muy cruel.

En Vítebsk, en el batallón de instrucción, no se nos ocultaba que nos preparaban para ir a Afganistán. Muchos trataban de escabullirse a toda costa. Un tipo me confesó que tenía miedo porque allí nos matarían a tiros. Yo le traté con desdén. Justo antes de irnos otro se negó a ir: primero mintió diciendo que había perdido el carnet del Komsomol, pero después el carnet apareció y él se inventó que su chica estaba encinta. Yo lo consideraba subnormal. ¡Íbamos a hacer la revolución! Eso era lo que nos decían. Y nosotros nos lo creíamos. Ante nosotros veíamos algo romántico.

En la guerra, la muerte no tiene ningún secreto. Matar es simplemente apretar el gatillo. Nos instruían: se salvará el que dispare primero. Es la ley de la guerra. “Aquí debéis saber hacer dos cosas: andar con rapidez y tener buena puntería. De pensar ya me encargo yo”, decía el comandante. Disparábamos en la dirección que nos indicaban. Había sido adiestrado para disparar a quien me indicaran. Yo disparaba, no me apiadaba de nadie. Fui capaz de matar a un niño. Porque allí todos combatían contra nosotros: los hombres, las mujeres, los viejos, los niños.  He observado muchas veces lo sumiso que es este animal cuando le llega el momento de aceptar la muerte. Cuando sacrifican a un cerdo, a un ternero… Es diferente… Ellos no quieren morir. Intentan escaparse, chillan. Pero una oveja nunca sale corriendo, no grita, no le da un ataque de histeria, sino que camina silenciosa. Con los ojos abiertos. Sigue al hombre que lleva un cuchillo en la mano.
»No parecía un asesinato, más bien recordaba a un ritual. Un sacrificio ritual».

Nos adentra en el estraperlo, en la consecución de un dinero para venderlo más allá de tenderetes, ducánes como dicen los árabes… En un cara a cara, yo podía llegar a matar con un golpe de la culata. Ya has matado, estalla una aguda sensación: esta vez he salido con vida. ¡Sigo vivo! No hay placer en asesinar a un hombre. Matas para que no te maten a ti. La guerra no es solo la muerte, hay algo más. La guerra tiene su propio olor. Su propio sonido.
»Los muertos son todos distintos… No hay dos iguales. Bañados en agua… el contacto con el agua transforma el rostro muerto, surge como una especie de sonrisa. Después de la lluvia los cuerpos yacen purificados. Sin agua, en los cuerpos semienterrados en el polvo la muerte se muestra más explícita.  En Afgán comprendí lo que es la vida. Aquellos años para mí fueron los mejores, se lo digo. Aquí nuestra vida es gris, insignificante: trabajo, casa; casa, trabajo. Allí experimentamos de todo, probamos de todo. Vivimos la verdadera amistad entre hombres. Además de drogas cuando y como se quisiese, mujeres…

«¡Escribid en las tumbas, tallad en las lápidas que todo fue en vano! Talladlo en las piedras para que perdure a lo largo de los siglos…
»Nosotros aún nos moríamos allí, y aquí ya nos estaban juzgando. Transportaban a los heridos a la Unión Soviética y los metían en un cuartucho del aeropuerto para que la gente no los viera. Para que no supieran… Ninguno de vosotros se paró a pensar: “¿Por qué en tiempos de paz los hombres jóvenes regresan del servicio militar con órdenes de la Estrella Roja y medallas al valor y por el servicio de combate? ¿Por qué traen todos esos ataúdes y mutilados?”. Nadie se hacía esas preguntas… Yo no las he oído nunca… Escuché otras cosas… En 1986 estuve de permiso, me preguntaban: “¿Qué, os pasáis el día tomando el sol, practicando la pesca y ganando pasta por un tubo, verdad?”. Los periódicos se mantenían en silencio o simplemente mentían. La televisión, tres cuartos de lo mismo. Somos invasores, es lo que escriben actualmente. Si éramos unos invasores, ¿por qué los alimentábamos, por qué les repartíamos medicamentos? Entrábamos en un kishlak y ellos se alegraban; nos íbamos y ellos se volvían a alegrar…  La única cosa que no ha cambiado es la muerte, los amigos que perdieron la vida, lo demás todo ha cambiado…
»Hace poco fui a una clínica dental… Todos volvimos con escorbuto, con periodontitis. ¡Cuánta lejía nos tragamos! Me sacaron una muela, otra… De la impresión, por el dolor (la anestesia no me hizo efecto), empecé a hablar… No conseguía parar… La mujer, la dentista, me miraba casi con aversión, en su rostro se podían leer sus sentimientos. Decía: “Tiene la boca completamente llena de sangre y encima se pone a hablar”. Entendí que era justo así como nos ven los demás: “Tienen las bocas completamente llenas de sangre y encima se ponen a hablar…”

Espero aunque contando lo contado disfruten de una novela documental más allá de lo que los generales querían evitar…

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