La catástrofe perfecta — Ignacio Ramonet / A Perfect Catastrophe by Ignacio Ramonet (spanish book edition)

Un libro breve pero más que interesante sobre la denominada crisis, escrito en 2009 pero de plena actualidad. Los seismos que sacudieron las bolsas y los bancos durante los «septiembre y octubre negros» del año 2008 precipitaron el fin de tilla era del capitalismo. El sistema financiero internacional fue sacudido como nunca. Peor que en 1929. Hubo quienes afirmaron que el mundo había pasado «a un milímetro del abismo, a un milímetro de la explosión atómica económica». Era falso. No había pasado a un milímetro: directamente se había hundido en la más terrible de las crisis sistémicas… Y el apocalipsis está lejos de haber terminado: la crisis se transformó en recesión global, la deflación es una amenaza y muy probablemente el mundo se encamine hacia una nueva Gran Depresión. Con su doloroso cortejo de destrucciones sociales.
Es difícil esperar que la depresión económica mejore la suerte de la mitad de la humanidad que se reparte menos del uno por ciento de la riqueza mundial. Se prevén explosiones de cólera y violencia en el Sur del planeta, de cuyas repercusiones no escaparán los países ricos del Norte.
La crisis también otorga un pretexto ideal a los industriales productivistas para retrasar la puesta en práctica de medidas destinadas a reducir los gases de efecto invernadero. Lo cual acelerará el cambio climático, con sus consecuencias negativas.
Tal vez este crac no signifique el fin del capitalismo, que ya ha conocido otros y ha logrado reponerse. Pero sí señala el fin de la economía desregulada, la culminación de una era: la del ultraliberalismo, el capitalismo mafioso y la globalización financiera, cuyas principales víctimas, en los países desarrollados, son las clases medias y los trabajadores.

La crisis será larga. Se producirán inmensos sufrimientos sociales, que no deben ser en vano. Por eso, no habría que «desaprovechar» esta «ocasión», sino aprovechar el impacto para finalmente cambiar un sistema económico internacional y un modelo de desarrollo desiguales y obsoletos. Y refundarlos sobre bases más justas, más solidarias y más democráticas.
Un ambicioso plan de recuperación, anunciado enjulio de 1998 por el primer ministro Keizo Obuchi, alcanzaba la suma de 400.000 millones de euros destinados a recapitalizar los bancos y a comprarles créditos dudosos. Sin mayor éxito: siete bancos terminaron siendo nacionalizados, 61 cerraron y 28 fueron obligados a fusionarse.
La espiral deflacionista golpeó a la Bolsa de Tokio, el índice Nikkei se desplomó y los precios del sector inmobiliario cayeron en un 70%. Se calcula que las pérdidas de activos inmobiliarios y bursátiles entre 1990 y 1997 rondaron los 7 billones de euros, correspondientes a 24 puntos del PIB japonés, es decir, a más de dos años de crecimiento… Una pesadilla cuyo recuerdo hace temblar hoy a los gobiernos del mundo.
Más aún cuando, en un estudio reciente sobre las 127 crisis económicas acaecidas en unos treinta países durante los últimos treinta años, el Fondo Monetario Internacional (FMI) confirma que las que nacen a partir de los sectores inmobiliario y bancario son particularmente «intensas, largas, profundas y nocivas para la economía real».
Para salvar a los bancos, los jefes de Estado de los países más ricos fueron capaces de organizar varias cumbres en pocos meses y de movilizar más de 2,3 billones de euros. Pero ¿qué se hizo para salvar a la mitad de la humanidad que vive en la pobreza? Prácticamente nada. Sin embargo, según las Naciones Unidas, con una suma cincuenta veces menor, se podría abastecer de agua potable, alimentación equilibrada, servicios de salud y educación elemental a cada habitante de nuestro planeta.
¿Cuánto tiempo durará la crisis? «Veinte años si tenemos suerte, o menos de diez si las autoridades actúan con consistencia», pronostica el editorialista del Financial Times, Martin Wolf. ¿Demasiado pesimista? Lo que es seguro, es que esta crisis será larga y no respetará ni a Europa ni al resto del mundo.

Muy probablemente no sea casual que los primeros «laboratorios» donde se experimentaron, con una población cobaya y forzada, las tesis ultraliberales de Schumpeter, Hayek y Friedman, fueran la Indonesia bajo la bota del general Suharto y el Chile aterrorizado del general Pinochet…

La puesta a punto y la difusión de estos nuevos Mandamientos no están reservadas a los círculos militantes del liberalismo económico, ni mucho menos. Pueden haber sido experimentadas perfectamente durante las luchas culturales llevadas a cabo por la izquierda, e incluso por la extrema izquierda. […]
Primer mandamiento: Te dejarás conducir por el egoísmo y entrarás amablemente en el rebaño de los consumidores.
Segundo mandamiento: Utilizarás al otro como medio para lograr tus fines.
Tercer mandamiento: Podrás venerar a todos los ídolos que elijas, siempre y cuando adores al dios supremo, el Mercado.
Cuarto mandamiento: No inventarás excusas para evitar entrar en el rebaño.
Quinto mandamiento: Combatirás todo gobierno y preconizarás la «buena gobernanza».
Sexto mandamiento: Ofenderás a cualquier maestro que esté en condiciones de educarte.
Séptimo mandamiento: Ignorarás la gramática y barbarizarás el vocabulario.
Octavo mandamiento: Violarás las leyes sin dejarte atrapar.
Noveno mandamiento: [En materia de arte] derribarás indefinidamente la puerta abierta por Duchamp.
Décimo mandamiento: Liberarás tus pulsiones y buscarás el goce ilimitado.

Los dominantes van a proponer a los dominados, a los pobres y a los excluidos que acepten el carácter inevitable y natural de la pobreza y la lucha sin piedad por la supervivencia individual. En el marco de la globalización, no hay un «nosotros», dicen los ultraliberales, sino una infinidad de «yoes» en competencia entre sí por el acceso a los bienes y a los servicios esenciales. Predicado durante treinta años como principio inspirador y movilizador de la civilización occidental, el evangelio de la competitividad va a servir como argumento para explicar y justificar la perennidad de la pobreza. En esta empresa de persuasión colectiva, los grandes medios desempeñan un papel fundamental, mucho más eficaz en la medida en que se presentan cubiertos por el manto de la objetividad y la imparcialidad. En realidad, a fuerza de propagandas silenciosas, van a inocular un veneno lento ya defender los intereses de los principales grupos económicos.

Las políticas de «ajuste estructural» —otro nombre del «Consenso de Washington»— tuvieron un coste social exorbitante. Para favorecer la inversión internacional, se empujó a gobiernos de países del Sur a la descomposición social. Y éstos aceptaron reducir el gasto público de salud y educación en nombre de la lucha contra el déficit presupuestario y, por consiguiente, favorecieron el aumento de las desigualdades y la pobreza.
En muchas naciones de África y América Latina, durante los ochenta y los noventa, se barrió con las estructuras públicas al igual que con las estructuras económicas y sociales tradicionales. El Estado se fue derrumbando en todas partes. La doctrina neoliberal se impuso con su cortejo de devastaciones.

Hay que remontarse a diez años atrás para encontrar el primer gran síntoma que presagiaba el crac actual. Aquel signo precursor fue la crisis de 1997-1998. Originada en el Sudeste Asiático, el sacudón desvió la trayectoria loca de los «dragones» asiáticos y demostró claramente que el sistema financiero edificado por la teoría neoliberal, con sus mercados desregulados y liberalizados, sus actores abusando del apalancamiento  y sus capitales internacionales en permanente movimiento, estaba convirtiéndose en algo peligrosamente frágil.
Es cierto que en 1994-1995 ya se había producido la crisis financiera de México, primer fracaso del modelo neoliberal, cuyas repercusiones se habían extendido al mundo y principalmente Sudamérica. Pero la intervención masiva de Estados Unidos (vinculado con México, desde enero de 1994, a través del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte, NAFTA) y de organizaciones financieras internacionales, que prestaron de urgencia unos 50.000 millones de dólares, permitió detener rápidamente la crisis. Se creyó entonces que el sistema financiero era sólido. Después vendrían las crisis de internet, las “Starts-up”, la crisis de Parmalat, las subprimes y el conocido castillo de naipes.

Cambiar de modelo energético sin modificar el modelo económico liberal sólo servirá para desplazar los problemas ecológicos. Sin resolverlos. A riesgo de agravarlos. Para salvar al planeta, resulta imperativo imponer a todos los poderosos de este mundo la adopción de al menos siete medidas capitales: 1) un programa internacional en favor de las energías renovables, centrado en el acceso a la energía en los países del Sur; 2) decisiones en favor del acceso al agua y su saneamiento envistas a reducir a la mitad, de aquí a 2015, el número de personas privadas de este recurso vital que es un bien común de la humanidad; 3) leyes para proteger las selvas, como prevé la convención sobre la biodiversidad adoptada en Río en 1992; 4) resoluciones para poner en funcionamiento un marco jurídico que instituya la responsabilidad ecológica de las empresas y reafirme el principio de precaución cómo previo a toda actividad comercial; 5) iniciativas para subordinarlas reglas de la OMC a los principios de las Naciones Unidas para la protección de los ecosistemas y a las normas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT); 6) reglamentos para exigir a los países desarrollados que se comprometan a dedicar un máximo de 0,7% de su riqueza a la ayuda pública y al desarrollo; y 7) recomendaciones para la supresión de la deuda de los países pobres.

En más de treinta y siete países, la inseguridad alimentaria provocó protestas en 2007-2008. Las primeras tuvieron lugar en México, por el aumento exagerado del precio del maíz. También en Birmania, la insurrección de los monjes budistas, en septiembre de 2007, había comenzado por manifestaciones contra el coste de los alimentos. Y en la primavera de 2008, asistimos a protestas en diversas ciudades de Egipto, Marruecos, Haití, Filipinas, Indonesia, Pakistán, Bangladesh, Malasia y, sobre todo, África occidental (Senegal, Costa de Marfil, Camerún, Burkina Faso).
Son los más pobres quienes se rebelan, y solamente en las aglomeraciones urbanas. Mientras que las clases medias se empobrecieron, la riqueza no deja de concentrarse en la punta de la pirámide: hace treinta años, el presidente de una empresa ganaba alrededor de cuarenta veces el salario promedio de un trabajador. En 2002, ganaba mil veces más…
Se considera normal que en Francia dos trabajadores por día pierdan su vida en el trabajo, y que se sacrifiquen otros ocho por minuto en favor del bienestar de las empresas. Pero no que éstas, ni el capital, tengan mayor participación en las pensiones del personal. ¿Cómo no comprender el enfado de los trabajadores?.

El desarrollo de China deja presagiar que los días de Estados Unidos como primera potencia económica están contados.
Si el modelo neoliberal fue tan poco discutido durante las últimas tres décadas, es en parte porque, muy rápidamente, éste fue adoptado por China, que oficialmente se seguía declarando comunista. Este país, coloso demográfico (1.350 millones de habitantes), inició su gran reforma económica luego de la muerte de Mao Tse Tung, en 1976, y sobre todo a partir de 1978, cuando Deng Xiaoping asumió el poder. Es decir, prácticamente en el mismo momento en que Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos optaban por el modelo neoliberal.
La concepción china del desarrollo, fundada en la abundancia de una mano de obra dócil y mal pagada, el ingreso masivo de fábricas de montaje instaladas por firmas extranjeras, la exportación en grandes volúmenes de productos muy baratos y el flujo de inversiones en divisas, fue considerada durante mucho tiempo como «bastante primitiva» y característica de un país atrasado dirigido con mano de hierro por un partido único.  Al no disponer del petróleo suficiente para satisfacer sus gigantescas necesidades, Pekín se verá obligado, de aquí a 2020, a duplicar su capacidad nuclear y a construir dos centrales atómicas por año durante dieciséis años… China, que ya es el segundo país más contaminador del planeta, se convertiría entonces, a pesar de haber ratificado el Protocolo de Kioto en 2002, en el primer emisor de masas colosales de gases de efecto invernadero que agravarían el cambio climático.
En este tema, China constituye un caso de manual y se anticipa a la pregunta que en un futuro se planteará acerca de otros «gigantes del sur» (India, Brasil, México, Egipto, Nigeria, Sudáfrica, Indonesia, Pakistán, etcétera). ¿Cómo arrancar a miles de millones de personas de la miseria del subdesarrollo sin hundirlas en un modelo neoliberal, productivista, nefasto para el planeta y para toda la humanidad?.

Muchos gobiernos, aterrados por el impacto de la crisis, lanzan por la borda sus convicciones neoliberales. Algunos exigen de pronto la supresión de los paraísos fiscales. La mayoría vuelve a descubrir a Keynes y anuncian importantes aumentos del gasto público. El FMI, que reniega de su propia doctrina, reclama ahora intervenciones públicas masivas.
El modelo de capitalismo definido por los estados desarrollados para su mayor provecho es duramente criticado. Para refundar un nuevo sistema económico, no alcanza con controlar mejor a los bancos, dar un marco a los mercados de los productos derivados, enfrentarse a los paraísos fiscales, controlar las remuneraciones de los traders, terminar con las super bonificaciones y los paracaídas dorados, reformar las agencias calificadoras, cambiar las normas contables, regular los fondos especulativos, otorgar menos créditos para la especulación, limitar la titularización, prohibir los hedge funds o reactivar la economía por medio del gasto público. Todas medidas, por cierto, deseables.
Pero sobre todo habría que dar un mayor control a los ciudadanos sobre los recursos estratégicos de los estados y sobre las decisiones económicas que conciernen a sus vidas. Habría que crear organizaciones financieras internacionales que prioricen las necesidades de los hombres. Que respeten y defiendan la declaración integral de los derechos humanos, la justicia social y un medio ambiente igualitario. Habría que garantizar empleos decentes y servicios fundamentales gratuitos o subvencionados como la salud, la educación, la cultura, la vivienda, el transporte, el acceso al agua potable y a una energía limpia y renovable.
Así, la economía finalmente será justa y democrática. Y como uno sólo reemplaza eficazmente lo que destruye, la etapa más salvaje y más irracional del capitalismo neoliberal llegará entonces verdaderamente a su fin.

A brief but more than interesting book about the so-called crisis, written in 2009 but fully topical. The earthquakes that shook the stock markets and banks during the «black September and October» of 2008 precipitated the end of the era of capitalism. The international financial system was shaken like never before. Worse than in 1929. There were those who affirmed that the world had passed “a millimeter from the abyss, a millimeter from the economic atomic explosion”. It was false. He had not gone a millimeter: he had sunk directly into the most terrible of systemic crises … And the apocalypse is far from over: the crisis has turned into a global recession, deflation is a threat and the world is probably heading towards a new Great Depression. With its painful courtship of social destructions.
It is difficult to hope that the economic depression will improve the fate of half of humanity that shares less than one percent of the world’s wealth. Explosions of cholera and violence are expected in the South of the planet, whose repercussions will not escape the rich countries of the North.
The crisis also provides an ideal pretext for productivist industrialists to delay the implementation of measures aimed at reducing greenhouse gases. Which will accelerate climate change, with its negative consequences.
Perhaps this crash does not mean the end of capitalism, which has already known others and has managed to recover. But it does signal the end of the deregulated economy, the culmination of an era: that of ultraliberalism, mafia capitalism and financial globalization, whose main victims, in developed countries, are the middle classes and workers.

The crisis will be long. There will be immense social suffering, which should not be in vain. Therefore, we should not “waste” this “opportunity”, but take advantage of the impact to finally change an unequal and obsolete international economic system and development model. And refound them on a fairer, more solidary and more democratic basis.
An ambitious recovery plan, announced in July 1998 by Prime Minister Keizo Obuchi, amounted to 400,000 million euros intended to recapitalize banks and buy them doubtful loans. Without greater success: seven banks ended up being nationalized, 61 closed and 28 were forced to merge.
The deflationary spiral hit the Tokyo Stock Exchange, the Nikkei index collapsed and real estate prices fell by 70%. It is estimated that the losses of real estate and stock market assets between 1990 and 1997 amounted to 7 trillion euros, corresponding to 24 points of the Japanese GDP, that is, to more than two years of growth … A nightmare whose memory makes governments tremble today of the world.
Even more so when, in a recent study on the 127 economic crises that occurred in some thirty countries during the last thirty years, the International Monetary Fund (IMF) confirms that those born from the real estate and banking sectors are particularly “intense, long” , deep and harmful to the real economy ».
To save the banks, the heads of state of the richest countries were able to organize several summits in a few months and mobilize more than 2.3 trillion euros. But what was done to save half of humanity living in poverty? Practically nothing. However, according to the United Nations, with a sum fifty times lower, it could provide drinking water, balanced diet, health services and elementary education to every inhabitant of our planet.
How long will the crisis last? “Twenty years if we are lucky, or less than ten if the authorities act with consistency,” predicts the Financial Times editorialist Martin Wolf. Too pessimistic? What is certain is that this crisis will be long and will not respect Europe or the rest of the world.

It is probably not accidental that the first «laboratories» where the ultraliberal theses of Schumpeter, Hayek and Friedman were experimented with a cobaya and forced population were Indonesia under the boot of General Suharto and the terrified Chile of General Pinochet …

The development and dissemination of these new Commandments are not reserved for militant circles of economic liberalism, far from it. They may have been perfectly experienced during the cultural struggles carried out by the left, and even by the extreme left. […]
First commandment: You will let yourself be driven by selfishness and you will enter kindly into the flock of consumers.
Second commandment: You will use the other as a means to achieve your ends.
Third commandment: You can venerate all the idols you choose, as long as you worship the supreme god, the Market.
Fourth commandment: You will not invent excuses to avoid entering the flock.
Fifth commandment: You will fight every government and advocate “good governance.”
Sixth commandment: You will offend any teacher who is able to educate you.
Seventh commandment: You will ignore the grammar and barbarize the vocabulary.
Eighth commandment: You will violate the laws without letting yourself be caught.
Ninth commandment: [In the matter of art] you will indefinitely tear down the door opened by Duchamp.
Tenth commandment: You will release your impulses and seek unlimited enjoyment.

The dominant ones will propose to the dominated, the poor and the excluded that they accept the inevitable and natural character of poverty and the merciless struggle for individual survival. In the context of globalization, there is no “we,” the ultraliberals say, but an infinity of “I’s” in competition with each other for access to essential goods and services. Preached for thirty years as an inspiring and mobilizing principle of Western civilization, the gospel of competitiveness will serve as an argument to explain and justify the perpetuation of poverty. In this enterprise of collective persuasion, the great media play a fundamental role, much more effective insofar as they are presented covered by the mantle of objectivity and impartiality. In fact, by force of silent propaganda, they will inoculate a slow poison and defend the interests of the main economic groups.

The policies of “structural adjustment” – another name of the “Washington Consensus” – had an exorbitant social cost. To favor international investment, governments of Southern countries were pushed to social decomposition. And they agreed to reduce public spending on health and education in the name of fighting the budget deficit and, consequently, they favored the increase of inequalities and poverty.
In many nations of Africa and Latin America, during the eighties and nineties, it swept away public structures as well as traditional economic and social structures. The State was crumbling everywhere. The neoliberal doctrine prevailed with its courtship of devastations.

You have to go back ten years to find the first big symptom that presaged the current crash. That precursor sign was the crisis of 1997-1998. Originating in Southeast Asia, the shake diverted the crazy trajectory of the Asian “dragons” and clearly demonstrated that the financial system built by the neoliberal theory, with its deregulated and liberalized markets, its actors abusing leverage and its international capitals in permanent movement It was becoming dangerously fragile.
It is true that in 1994-1995 the financial crisis in Mexico had already occurred, the first failure of the neoliberal model, whose repercussions had spread to the world and mainly South America. But the massive intervention of the United States (linked to Mexico, since January 1994, through the North American Free Trade Agreement, NAFTA) and international financial organizations, which provided some 50,000 million dollars in urgency, made it possible to halt quickly. the crisis. It was believed then that the financial system was solid. Then came the internet crises, the “Starts-up”, the Parmalat crisis, the subprimes and the well-known house of cards.

Changing the energy model without modifying the liberal economic model will only serve to displace ecological problems. Without solving them. At the risk of aggravating them. To save the planet, it is imperative to impose on all the powerful of this world the adoption of at least seven capital measures: 1) an international program in favor of renewable energies, focused on access to energy in the countries of the South; 2) Decisions in favor of access to water and its sanitation will reduce by half, by 2015, the number of people deprived of this vital resource that is a common good of humanity; 3) laws to protect the jungles, as foreseen in the convention on biodiversity adopted in Rio in 1992; 4) resolutions to put into operation a legal framework that establishes the ecological responsibility of companies and reaffirm the precautionary principle as prior to any commercial activity; 5) initiatives to subordinate the rules of the WTO to the principles of the United Nations for the protection of ecosystems and to the norms of the International Labor Organization (ILO); 6) regulations to require developed countries to commit themselves to devoting a maximum of 0.7% of their wealth to public aid and development; and 7) recommendations for the elimination of the debt of poor countries.

In more than thirty-seven countries, food insecurity sparked protests in 2007-2008. The first ones took place in Mexico, due to the exaggerated increase in the price of corn. Also in Burma, the insurrection of the Buddhist monks, in September 2007, had begun with demonstrations against the cost of food. And in the spring of 2008, we attended protests in various cities in Egypt, Morocco, Haiti, the Philippines, Indonesia, Pakistan, Bangladesh, Malaysia and, above all, West Africa (Senegal, Cote d’Ivoire, Cameroon, Burkina Faso).
It is the poorest who rebel, and only in urban agglomerations. While the middle classes were impoverished, wealth is still concentrated at the tip of the pyramid: thirty years ago, the president of a company earned about forty times the average salary of a worker. In 2002, I won a thousand times more …
It is considered normal that in France two workers per day lose their lives in the workplace, and that another eight per minute are sacrificed in favor of the welfare of the companies. But not that these, or capital, have greater participation in staff pensions. How not to understand the anger of the workers ?.

The development of China leaves presaged that the days of the United States as the first economic power are numbered.
If the neoliberal model was so little discussed during the last three decades, it is partly because, very quickly, it was adopted by China, which officially continued to declare itself a communist. This country, demographic colossus (1,350 million inhabitants), began its great economic reform after the death of Mao Tse Tung, in 1976, and especially since 1978, when Deng Xiaoping assumed power. That is to say, almost at the same time that Margaret Thatcher in the United Kingdom and Ronald Reagan in the United States opted for the neoliberal model.
The Chinese conception of development, founded on the abundance of a docile and poorly paid workforce, the massive entry of assembly factories installed by foreign firms, the export of large volumes of very cheap products and the flow of foreign currency investments, was considered for a long time as “quite primitive” and characteristic of a backward country led with an iron fist by a single party. By not having enough oil to meet its gigantic needs, Beijing will be forced, by 2020, to double its nuclear capacity and build two atomic power plants per year for sixteen years … China, which is already the second most polluting country on the planet , would then become, despite having ratified the Kyoto Protocol in 2002, the first emitter of colossal masses of greenhouse gases that would aggravate climate change.
In this issue, China is a case of manual and anticipates the question that will arise in the future about other “southern giants” (India, Brazil, Mexico, Egypt, Nigeria, South Africa, Indonesia, Pakistan, etc.). How to pull billions of people out of the misery of underdevelopment without sinking them into a neoliberal, productivist model, harmful to the planet and to all of humanity?.

Many governments, terrified by the impact of the crisis, throw their neoliberal convictions overboard. Some of them suddenly demand the abolition of tax havens. Most rediscover Keynes and announce important increases in public spending. The IMF, which denies its own doctrine, now demands massive public interventions.
The model of capitalism defined by the developed states to its greatest advantage is strongly criticized. To refound a new economic system, it is not enough to control the banks better, to give a framework to the markets of derivative products, to face tax havens, to control the remunerations of the traders, to finish with the super bonuses and the golden parachutes, reform rating agencies, change accounting standards, regulate speculative funds, grant fewer credits for speculation, limit securitization, prohibit hedge funds or reactivate the economy through public spending. All measures, by the way, desirable.
But above all, citizens should be given greater control over the strategic resources of the states and the economic decisions that concern their lives. It would be necessary to create international financial organizations that prioritize the needs of men. Respect and defend the integral declaration of human rights, social justice and an egalitarian environment. Decent jobs and free or subsidized basic services such as health, education, culture, housing, transport, access to clean water and clean, renewable energy should be guaranteed.
Thus, the economy will finally be fair and democratic. And as one only effectively replaces what it destroys, the wildest and most irrational stage of neoliberal capitalism will then come to an end.

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