Entre cielo y tierra — Jón Kalman Stefánsson

Esta es una novela ambienta en Islandia, breve pero de un gran calado, en unos pueblos de la Islandia occidental, la vida es el bacalao y su pesca, pero el mar igualmente aparte de dar vida directamente te la quita y más con una tormenta, el frío gélido y donde pese a todo lo que nieva el color blanco no es puro, aquí Bardúr, Andrea y demás personajes nos desfilarán en una novela más que coral y donde cuando llegas al final escuchas los violines porque si se alcanzó el paraíso marinero por el lector (fiddler’s green) y el café recupera su aroma intenso y más en los parajes torn
Tras leer esta novela que es de lo mejor que he leído jamás. ¿De qué va?, os preguntaréis. Y es que pese a que estamos ante un texto de menos de doscientas páginas, en ellas el autor se las apaña para, con una voz personal y profunda –sabia, íntima, punzante-, cantarle a todo lo que en verdad importa, esto es al amor en sus más variadas formas: le canta al amor romántico, a la amistad, al amor a la familia, a los libros y a la poesía, a los dones más preciados que puede atesorar el ser humano y a la diferencia, a la naturaleza, a los pequeños placeres de la vida –si es que eso existe, si es que el placer no es algo siempre grande… En definitiva, Jón Kalman Stefánsson le canta a eso, a la vida, en “Entre cielo y tierra”, y lo hace con una sensibilidad que en ningún momento cae en la sensiblería; de hecho, buena parte del texto es una cruda elegía. Pero con destellos humorísticos alumbrando aquí y allá, la novela acaba abriéndose paso a través del lado oscuro de la vida misma, a través de su reverso, a través de las amarguras y las envidias, de las inclemencias del tiempo, de los accidentes naturales, de las sociedades endogámicas y sus más retrógrados representantes, de la brutalidad y del desamor, y al final ni la propia muerte puede convertir en cenizas tanta vida: simplemente se entiende la una como parte de la otra, y “Entre cielo y tierra” deja en la boca ese regusto que a mí tanto me gusta que me dejen las obras de arte. Pura bellancolía. Y si encima perdura, como va a ser el caso…

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