Los peregrinos del camino de Santiago — Juan García Atienza / Pilgrims From Santiago’s Way by Juan García Atienza

Este sin duda es de los mejores libros que he leído y releído sobre el camino, más allá del sentido religioso es el único camino del mundo que no ha cambiado el trayecto. Existen en el camino contradicciones como la iglesia octogonal de Eunate, en Navarra y como desde hace tiempos inmemoriales como los huicholes en Jalisco y los 13 hombres hacen una guía dando gracias por la vida…
Con un vestuario propio, en el que destacan la calabaza para el agua, el sombrero de ala ancha, el cayado de caminante, las sandalias y un poncho corto a modo de esclavina, la marcha de los peregrinos huicholes tiene como punto de arranque el santuario de Taakáta, donde dicen que surgió el fuego primigenio, y como fin la montaña cónica de Lehumar, donde se cumplió el sacrificio del Sol. Los peregrinos elegidos aguardan escrupulosamente la fecha determinada como propicia para emprender la marcha y, al iniciarla, cada uno de ellos recibe del chamán la personalidad simbólica —bajo la forma de un cambio de nombre— de uno de los dioses protectores que habrán de acompañarlos.
El significado estricto del peregrinar, cuando el mundo parece moverse por estímulos aparentemente tan distintos a los que condicionaron la vida y los deseos en el pasado. Es corriente hoy contemplar los caminos de peregrinación tradicionales como un resto arqueo lógico de instantes ya obsoletos; en el mejor de los casos, como una recuperación casi lúdica del pasado.
El Camino de Santiago no puede abordarse únicamente como una aventura colectiva que marcó un acontecer histórico determinado. Pues, además de eso, y a menudo incluso por encima de eso, supuso un interminable conjunto de experiencias personales que, acumuladas, configuraron toda una visión con creta del mundo que pervivió por encima de ese acontecer histórico, condicionándolo unas veces, pero la mayoría de ellas reflejando un comportamiento común paralelo a la cotidianidad de la Historia que, ajeno al tiempo y a los acontecimientos que lo marcan y lo dividen.

El emplazamiento tradicional del sepulcro de Prisciliano es el monasterio de Oseira, en la actual provincia de Orense. Este fue uno de los monasterios señeros de la colonización cisterciense gallega, fundado a mediados del siglo XII, pero sus orígenes son seguramente muy anteriores y pueden remontarse, según algunas opiniones, a la época de san Fructuoso, cuando aquel lugar fuera ocupado por eremitas que seguían las directrices espirituales del patriarca berciano.
El cuarto supuesto emplazamiento de la tumba de Prisciliano es mucho más problemático y su misma mención constituye ya materia de polémica. Pues hay muchos que afirman —y la cosa viene publicándose abiertamente, al menos, desde que la apuntó, no sé con qué datos, don Miguel de Unamuno— que es Prisciliano el que ocupa el sepulcro que tradicionalmente se tiene como el de Santiago en Compostela.

Los primeros documentos que podríamos considerar como oficiales existentes sobre el Camino de Santiago, una vez unificado en ese Camino Francés que hoy reconocemos como la Ruta genuina a Compostela, son cinco y proceden dos de ellos del Cartulario de San Millán de la Cogolla y tres de los archivos de Cluny. Se datan entre los años 1076 y 1084, exactamente en los primeros albores de la oficialización de la gran aventura caminera; y resulta más que curioso compararlos, porque, dependiendo de su procedencia, el mismo Camino es designado de manera radicalmente distinta. Los documentos cluniacenses son escritos dirigidos a los monjes de la abadía borgoñona por Alfonso VI y su hija Teresa y en todos ellos se especifican donaciones hechas a los monjes negros de cenobios ubicados «en el Camino que conduce a Santiago». Por el contrario, los que forman parte del Cartulario de San Millán de la Cogolla, que están compuestos por documentos que tratan de asuntos concernientes con preferencia a la relación de los monjes de este monasterio con las gentes de las aldeas y pueblos situados en sus inmediaciones, nos hablan, al referirse a la misma Ruta, de un caminum de francos en una de las ocasiones y de la via mercatera en otra. ¿Qué podemos deducir de estas distintas maneras de apellidar una única Ruta, destinada a convertirse en la más sagrada de las peregrinaciones cristianas de la Edad Media, e incluso de nuestros días?
Sobre todo, y por encima de cualquier otra consideración, destaca la evidencia de que, al menos en aquellos primeros tiempos de la peregrinación oficializada, existía una diferencia abismal entre el concepto que tenían de aquel camino recién estrenado los que lo habían concebido deliberadamente y quienes lo estaban viviendo a través de su propia existencia cotidiana.

El Camino se emprendía por razones muy concretas; y esas razones aparecían a menudo consignadas, tanto en las leyes como en los certificados que los peregrinos, si así lo requerían, se hacían extender por las autoridades competentes, como prueba de que habían cumplido o de que estaban cumpliendo con la peregrinación como Dios mandaba. Con el tiempo, los mismos códigos, como Las Partidas de Alfonso X, registrarían estos motivos peregrinos. Y, naturalmente, aquellos que no podían demostrar que emprendieron la marcha por alguna de las razones establecidas. Cuando los peregrinos estaban a punto de emprender la marcha hacia Compostela, después de haber recibido el salvoconducto correspondiente y de haberse ceñido el hábito por el que serían reconocidos como tales, el sacerdote encargado de la ceremonia les hacía entrega de la alforja y el bordón con estas palabras: «Recibe esta alforja como señal de tu peregrinaje, para que, siendo merecedor de tu salvación por la penitencia, llegues al cumplimiento de tu voto de peregrino. Recibe este bastón, que te haga vencedor de las trampas del Enemigo y llegar al final». Creo importante poner atención en estas palabras precisas porque, formando parte de un ritual muy concreto, reflejan fielmente la constante obsesión de la Iglesia por convertir cualquier acto devocional en una muestra de arrepentimiento, de penitencia por los pecados supuestamente cometidos y de lucha constante contra los tres enemigos tradicionales del feligrés cristiano: el Pecado, el Mundo y la Carne, subsidiarios del constante acecho del Demonio a todos los mortales.

El Camino tuvo sus tahúres, sus médicos, sus santos, sus pillos profesionales, sus escuelas de constructores y sus mesoneros. Hubo quienes lo siguieron para penar y quienes lo recorrieron con afán de medro, quienes aprendieron de él los secretos de viejos saberes y quienes ejercieron por sus pueblos los oficios más rastreros. Todos tuvieron cabida en él y en sus ciudades, en sus montes y en los vados de sus ríos. Para unos, el Camino fue como la muerte casi deseada, el encuentro ansiado con la trascendencia metafísica; para otros, el mejor medio de ganarse la vida, la forma más eficaz de subsistir a costa de las circunstancias.

No solo a lo largo del Camino, donde las imágenes de Santiago abundan hasta la saciedad, sino formando también parte de su iconografía, con tanta o mayor asiduidad que bajo la apariencia de Santiago Matamoros, y aun a veces mezclada con esta de manera absurda, la figura del Apóstol aparece a menudo vestida con las ropas tradicionales del peregrino. Y entonces puede surgir la duda sobre el motivo profundo de ese atuendo, que invita a pensar si se nos quiso efectivamente representar a Santiago vestido como los peregrinos que lo visitaban o si acaso los peregrinos adoptaron aquellas ropas en recuerdo de una supuesta vestimenta atribuida al señor Santiago.
En cualquier caso, una circunstancia debe tenerse en cuenta: desde un punto de vista ortodoxo, Santiago Apóstol tiene una iconografía especial y distintiva, que ya se cuidaron de destacar convenientemente los teóricos de la imaginería cristiana y que nada tiene que ver con la imagen que hoy puede formarse de él cualquiera que vea una representación oficialmente correcta de la imagen del Apóstol, se encuentre o no en el ámbito concreto del Camino. Se tendió a vestir al Apóstol de peregrino cuando la Iglesia, como promotora principal del peregrinaje, declaró solemnemente a los que realizaban la peregrinación como individuos que, por el hecho mismo de emprenderla, eran ya considerados como tocados de la mano de Dios. Desde luego, no se trataba, en este caso, más que de una de tantas manipulaciones entre las muchas que la Iglesia ejerció sobre su feligresía a lo largo de la historia. Para llegar a esta conclusión, convendría que recordáramos una vez más lo que ya advertimos páginas atrás, en el sentido de cómo el Camino mismo era llamado santo en el lenguaje cluniacense, pero mercatero en el decir de las gentes que vivían en sus alrededores.

Quien vaya a Compostela se encontrará, siguiendo el recorrido tradicional de los peregrinos, con la calle de la Azabachería, que conduce, desde la plaza de Cervantes, en el inicio del que fue barrio judío, a la catedral; y a ella se accede, si no es Año Santo, por la puerta Norte, que también se llama de la Azabachería. Esta fue, desde muy antiguo, la entrada preceptiva al gran templo jacobeo. Y los peregrinos, una vez habían recorrido todo su recinto y depositado su ofrenda y dado el abrazo ritual a la imagen del Apóstol, y habiéndose dado unas cabezadas suaves contra la cabeza de piedra del maestro Mateo, o Santo dos Croques como lo llaman los gallegos, para absorber un poco de su sabiduría, salían finalmente a la calle por la Puerta de las Platerías, que da a la plaza del mismo nombre.
Desde muy al inicio de ocuparme de los temas que atañen a la Ruta Jacobea, me sorprendió esta extraña coincidencia de que los peregrinos cumplieran el rito de entrar por la Puerta de la Azabachería y salir por la de las Platerías.  Parece como si, a modo de examen definitivo de lo que la peregrinación le hubiera podido enseñar al caminante, la misma catedral y su entorno le planteasen el problema del porqué de entrar desde «lo negro» —el azabache—, para salir a «lo blanco» —la plata—, después de haber cumplido con el ritual estricto e inamovible que le marcaba el recorrido de la catedral. Y solo se me ocurre aceptar la idea de que, ante determinados estímulos, la conciencia humana es también capaz de asimilar enseñanzas que la razón jamás podría transmitirle, porque caen lejos de cualquier intencionalidad lógica y de cualquier proceso mental al uso.

El itinerario precisa tres etapas desde Somport a Puente la Reina, por el camino aragonés:
de Borce a Jaca, 36 kilómetros.
de Jaca a Monreal, 97 kilómetros.
de Monreal a Puente la Reina, 24 kilómetros,
y trece desde Roncesvalles a Compostela:
desde el puerto de Cize a Viscarret, 21 kilómetros.
desde Viscarret a Pamplona, 28 kilómetros.
desde Pamplona a Estella, 43 kilómetros.
desde Estella a Nájera, 69 kilómetros.
desde Nájera a Burgos, 85 kilómetros.
desde Burgos a Frómista, 59 kilómetros.
desde Frómista a Sahagún, 55 kilómetros.
desde Sahagún a León, 52 kilómetros.
desde León a Rabanal del Camino, 64 kilómetros.
desde Rabanal a Villafranca del Bierzo, 49 kilómetros.
desde Villafranca a Triacastela, 47 kilómetros.
desde Triacastela a Palas de Rey, 58 kilómetros.
desde Palas a Santiago, 63 kilómetros

Al enfrentarse con los problemas que plantea la Ruta Jacobea y el sentido auténtico de la peregrinación, que al investigador consciente le fallan los esquemas y le resulta difícil, si no imposible, de compaginar la intención decididamente manipuladora que tuvo la Iglesia al inventar el Camino y la presencia constante de otros signos de transformación que, indudablemente a contracorriente de los principios de la ortodoxia, pero mezclados sin solución de continuidad con sus más inmediatas manifestaciones, le cambian las tornas a la devoción caminera y la convierten en una búsqueda insaciable de otras evidencias trascendentes, que pueden ser detectadas si se recorre el Camino con los ojos abiertos, como sin duda lo recorrieron muchos peregrinos del pasado.

El camino debe ser entendido como una respuesta, una Humanidad urgida de respuestas a crisis tanto personales como universales. No digo que hoy sea la única, pero todavía confío en que patearlo conscientemente, entregarnos a él y destaparlo de todas sus tapaderas seculares es todavía una manera de afrontar la realidad, como la afrontaron los que cantaban el Ultreya a los pies de la Tour Saint-Jacques y se ponían en camino hacia el lugar profundo donde se alcanza el Mar Tenebroso en el que la Tierra termina.
Aún nos podemos llamar peregrinos, como el Dante llamó a los que emprendían la Ruta que conducía a Compostela. Aún existen enclaves sagrados donde poder encontrarnos a nosotros mismos y hallar las respuestas a las preguntas, siempre que seamos capaces de formularlas sinceramente, que es lo mismo que plantear que afrontemos sinceramente nuestra circunstancia vital y tratemos de encontrarle respuesta más allá de lo que de inmediato nos interesa. Y a ese Camino, que tan depredado fue y que tanta depredación está sufriendo por culpa de nuestros intereses inmediatos, aún le quedan alientos para orientarnos y para darnos razón de nuestra existencia y de nuestras necesidades más profundas. Todo consiste en que abramos los ojos antes de recorrerlo y en que los mantengamos abiertos mientras pisamos firmemente su memoria.

El Liber Sancti Jacobi y, sobre todo, en la estructura que adquiere en su última versión, la que sería difundida en el segundo cuarto del siglo XII. El códice se compone de cinco partes, en apariencia tremendamente dispares:
I: La carta apócrifa de Calixto II, en la que se declara inductor, si no autor, de todo su contenido.
II: Un conjunto de sermones y otros textos litúrgicos dedicados a la memoria y veneración del Apóstol.
III: Una colección compuesta por veintidós milagros atribuidos a Santiago, que tienen como escenario diversos lugares de Europa y, muy especialmente, el territorio francés.
IV: El relato de la milagrosa traslación del cuerpo de Santiago desde Tierra Santa hasta las costas gallegas, así como su enterramiento definitivo en Compostela.
V: La crónica histórica conocida como el Seudo Turpin, que relata la expedición  de Carlomagno para salvar a España del dominio musulmán.
VI: El propiamente llamado Libro de la Peregrinación, que marca el itinerario estricto que deben seguir los peregrinos para llegar a Santiago y describe los obstáculos que tendrán que superar. Se sobrentiende que esta primera guía del Camino va especialmente dirigida a peregrinos transpirenaicos, puesto que resultaría absurdo establecer este itinerario para peregrinos peninsulares que, con toda seguridad, seguirían la ruta que mejor conviniera a su lugar de origen.
A poco que profundicemos en esta aparente discontinuidad del códice, que parece en una primera aproximación producto de distintas argumentaciones y que mezcla, sin prestar atención a la unidad, cuestiones supuestamente históricas con otras esencialmente devocionales o doctrinales, nos daremos cuenta de que hay en él bastante más unidad de lo que aparenta.

This is undoubtedly one of the best books I have read and reread on the road, beyond the religious sense is the only road in the world that has not changed the journey. There are contradictions on the way, such as the octagonal church of Eunate, in Navarra and, as in the immemorial times, like the Huichol people in Jalisco and the 13 men who make a guide giving thanks for life …
With its own wardrobe, which include the pumpkin for water, the wide-brimmed hat, the walker’s crook, the sandals and a short poncho as a cloak, the march of the Huichol pilgrims has as its starting point the sanctuary from Taakáta, where they say that the primitive fire arose, and finally the conical mountain of Lehumar, where the sacrifice of the Sun was fulfilled. The chosen pilgrims scrupulously wait for the determined date as propitious to start the march and, when initiating it, each one of they receive from the shaman the symbolic personality – in the form of a change of name – of one of the protective gods who will accompany them.
The strict meaning of pilgrimage, when the world seems to be moved by stimuli apparently so different from those that conditioned life and desires in the past. It is common today to contemplate the traditional pilgrimage paths as a logical archeological remnant of instants that are already obsolete; in the best of cases, as an almost ludic recovery of the past.
The Camino de Santiago can not be approached solely as a collective adventure that marked a specific historical event. Well, in addition to that, and often even above that, it was an endless set of personal experiences that, accumulated, configured a whole vision with the world that survived over that historical event, conditioning it sometimes, but most of they reflect a common behavior parallel to the daily life of History that, oblivious to time and the events that mark and divide it.

The traditional site of the Priscillian tomb is the monastery of Oseira, in the present province of Orense. This was one of the monasteries of the Galician Cistercian settlement, founded in the mid-twelfth century, but its origins are certainly much earlier and can be traced, according to some opinions, to the time of St. Fructuoso, when that place was occupied by hermits they followed the spiritual guidelines of the Berciano patriarch.
The fourth alleged location of Priscillian’s grave is much more problematic and its very mention is already a matter of controversy. Well, there are many who affirm – and the thing has been published openly, at least, since he wrote it down, I do not know with what data, Don Miguel de Unamuno – that it is Priscilliano who occupies the sepulcher that is traditionally held as that of Santiago in Compostela .

The first documents that we could consider as existing officers on the Camino de Santiago, once unified on that French Way that we recognize today as the genuine Route to Compostela, are five and two of them come from the Cartulary of San Millán de la Cogolla and three from Cluny files. They are dated between the years 1076 and 1084, exactly in the first dawn of the officialization of the great road adventure; and it is more than curious to compare them, because, depending on their origin, the same Way is designated in a radically different way. The Cluniac documents are written to the monks of the Burgundian abbey by Alfonso VI and his daughter Teresa, and all of them specify donations made to the black monk monks located “on the Way that leads to Santiago.” On the contrary, those that are part of the Cartulary of San Millán de la Cogolla, which are composed of documents dealing with matters concerning the preference of the monks of this monastery with the people of the villages and towns located in its vicinity. , they speak to us, when referring to the same Route, of a road of francs in one of the occasions and of the mercare route in another. What can we deduce from these different ways of surrendering a single Route, destined to become the most sacred of the Christian pilgrimages of the Middle Ages, and even of our days?
Above all, and above all other considerations, there is evidence that, at least in those early days of the official pilgrimage, there was an abysmal difference between the concept that those who had deliberately conceived it and those who had deliberately conceived of that new path. they were living it through their own daily existence.

The Camino was undertaken for very specific reasons; and those reasons were often recorded, both in the laws and in the certificates that the pilgrims, if they so requested, were made to be extended by the competent authorities, as proof that they had fulfilled or that they were fulfilling the pilgrimage as God intended. . Over time, the same codes, such as The Parties of Alfonso X, would record these pilgrim motifs. And, of course, those who could not prove that they started the march for any of the established reasons. When the pilgrims were about to embark on the march to Compostela, after receiving the corresponding safe-conduct and having adopted the habit for which they would be recognized as such, the priest in charge of the ceremony presented them with the saddlebag and staff. These words: “Receive this saddlebag as a sign of your pilgrimage, so that, being worthy of your salvation through penance, you will reach the fulfillment of your pilgrim vow. Receive this staff, which makes you the winner of the Enemy traps and reach the end ». I think it is important to pay attention to these precise words because, as part of a very specific ritual, they faithfully reflect the constant obsession of the Church to turn any devotional act into a show of repentance, of penance for the sins allegedly committed and of constant struggle against the three traditional enemies of the Christian parishioner: the Sin, the World and the Flesh, subsidiary of the constant stalking of the Devil to all mortals.

El Camino had its gamblers, its doctors, its saints, its professional scoundrels, its builders’ schools and its innkeepers. There were those who followed him to grieve and those who went through it with great enthusiasm, who learned from him the secrets of old knowledge and who exercised the most traumatic trades for their people. All had a place in it and in its cities, in its mountains and in the fords of its rivers. For some, the Way was like the almost desired death, the coveted encounter with the metaphysical transcendence; for others, the best means of earning a living, the most effective way of subsisting at the expense of circumstances.

Not only along the Camino, where the images of Santiago abound to the satiety, but also forming part of his iconography, with as much or greater assiduity than under the appearance of Santiago Matamoros, and sometimes even mixed with it in an absurd way, the figure of the Apostle appears often dressed in the traditional clothes of the pilgrim. And then doubt may arise about the deep motive of that attire, which invites us to think if we were really wanted to represent Santiago dressed as the pilgrims who visited him or if the pilgrims adopted those clothes in memory of a supposed dress attributed to the Lord Santiago.
In any case, a circumstance must be taken into account: from an orthodox point of view, Santiago Apóstol has a special and distinctive iconography, which was carefully taken care of by the theoreticians of Christian imagery and who has nothing to do with the image that today anyone can be formed who sees an officially correct representation of the image of the Apostle, whether or not he is in the specific field of the Way. He tended to dress the Pilgrim Apostle when the Church, as the main promoter of the pilgrimage, solemnly declared those who made the pilgrimage as individuals who, by the very act of undertaking it, were already considered touched by the hand of God. Of course, it was not, in this case, more than one of many manipulations among the many that the Church exercised over its parishioners throughout history. In order to reach this conclusion, it would be convenient to recall once more what we have already seen in the past, in the sense of how the Camino itself was called santo in the Cluniac language, but mercatero in the words of the people who lived in its surroundings.

Those who go to Compostela will find themselves, following the traditional route of the pilgrims, with the Azabachería street, which leads, from the Plaza de Cervantes, at the beginning of the former Jewish quarter, to the cathedral; and it is accessed, if not Holy Year, by the North Gate, which is also called the Azabachería. This was, from very old, the obligatory entrance to the great Jacobean temple. And the pilgrims, once had traveled all its enclosure and deposited their offering and given the ritual embrace to the image of the Apostle, and having given a few smooth headdresses against the stone head of the teacher Mateo, or Santo dos Croques as the Galicians call it , to absorb a bit of their wisdom, they finally left the street by the Puerta de las Platerías, which leads to the square of the same name.
From the very beginning of dealing with the issues that pertain to the Jacobean Route, I was surprised by this strange coincidence that the pilgrims fulfilled the rite of entering through the Puerta de la Azabachería and leaving through the Platerías. It seems as if, as a final examination of what the pilgrimage could have taught the walker, the cathedral itself and its surroundings posed the problem of why to enter from “black” -the jet-, to go to “what white »-the silver-, after having complied with the strict and immovable ritual that marked the course of the cathedral. And it only occurs to me to accept the idea that, before certain stimuli, the human conscience is also capable of assimilating teachings that reason could never transmit to it, because they fall far from any logical intentionality and any mental process to use.

The itinerary requires three stages from Somport to Puente la Reina, along the Aragonese road:
from Borce to Jaca, 36 kilometers.
from Jaca to Monreal, 97 kilometers.
from Monreal to Puente la Reina, 24 kilometers,
and thirteen from Roncesvalles to Compostela:
from the port of Cize to Viscarret, 21 kilometers.
from Viscarret to Pamplona, ​​28 kilometers.
from Pamplona to Estella, 43 kilometers.
From Estella to Nájera, 69 kilometers.
from Nájera to Burgos, 85 kilometers.
from Burgos to Frómista, 59 kilometers.
From Frómista to Sahagún, 55 kilometers.
from Sahagún to León, 52 kilometers.
from León to Rabanal del Camino, 64 kilometers.
From Rabanal to Villafranca del Bierzo, 49 kilometers.
From Villafranca to Triacastela, 47 kilometers.
From Triacastela to Palas de Rey, 58 kilometers.
from Palas to Santiago, 63 kilometers

When faced with the problems posed by the Jacobean Route and the authentic meaning of the pilgrimage, the conscious researcher fails the schemes and finds it difficult, if not impossible, to reconcile the decidedly manipulative intention that the Church had when inventing the Way and the constant presence of other signs of transformation that, undoubtedly contrary to the principles of orthodoxy, but mixed without solution of continuity with its most immediate manifestations, change the tide of road devotion and turn it into an insatiable search for other evidences transcendent, that can be detected if you walk the Camino with your eyes open, as no doubt many pilgrims traveled from the past.

The road must be understood as an answer, a Humanity urged on responses to both personal and universal crises. I’m not saying that today is the only one, but I still trust that kick consciously, surrender to him and uncover all its secular covers is still a way to face reality, as faced by those who sang the Ultreya at the foot of the Tour Saint -Jacques and they were on their way to the deep place where the Dark Sea is reached in which the Earth ends.
We can still call ourselves pilgrims, as Dante called those who undertook the Route that led to Compostela. There are still sacred enclaves where we can find ourselves and find the answers to the questions, as long as we are able to formulate them sincerely, which is the same as saying that we face our vital circumstance sincerely and try to find an answer beyond what immediately we are interested. And to that Way, which was so predatory and that so much depredation is suffering because of our immediate interests, there is still room to guide us and to give us reason for our existence and our deepest needs. It’s all about us opening our eyes before we go through it and keeping them open while stepping firmly on their memory.

The Liber Sancti Jacobi and, above all, in the structure that acquires in its latest version, which would be released in the second quarter of the twelfth century. The codex is composed of five parts, apparently tremendously disparate:
I: The apocryphal letter of Calixto II, in which it is declared inductor, if not author, of all its content.
II: A set of sermons and other liturgical texts dedicated to the memory and veneration of the Apostle.
III: A collection composed of twenty-two miracles attributed to Santiago, which take place in various places in Europe and, especially, the French territory.
IV: The story of the miraculous translation of the body of Santiago from the Holy Land to the Galician coasts, as well as his definitive burial in Compostela.
V: The historical chronicle known as the Pseudo Turpin, which relates the expedition of Charlemagne to save Spain from Muslim rule.
VI: The so-called Book of the Pilgrimage, which marks the strict itinerary that pilgrims must follow to reach Santiago and describes the obstacles they will have to overcome. It is understood that this first guide of the Camino is especially aimed at trans-Pyrenean pilgrims, since it would be absurd to establish this itinerary for peninsular pilgrims who, with complete certainty, would follow the route that best suited their place of origin.
Shortly we delve into this apparent discontinuity of the codex, which seems in a first approximation product of different arguments and that mixes, without paying attention to the unity, supposedly historical issues with others essentially devotional or doctrinal, we will realize that there is in it Much more unity than it appears.

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