Manuscrito cuervo “historia de Jacobo” — Max Aub

Sin duda entre todos los libros me quedo con este donde en voz de un cuervo y desde un campo de concentración en Francia, se da voz a los humanos y sus ideas, pero no olvidemos que el cuervo es muy sabio y nos saca los colores y con mucho acierto.

Nadie puede entender a los hombres sin penetrar en el gran misterio del dinero y de la teoría de los valores. Hay que reconocer, sin ambages, que es invento notabilísimo y que, aunque solo fuera por él, valdría la pena abordar el estudio de esta especie, tan venida a menos.
El hecho es que, llevado por su insuficiencia manifiesta, el hombre dejó de pronto —hace miles de años— de estimarse por lo que era —lo que era en sí, verdaderamente— para pensar en lo que valía. Esta torcedura, este esguince, le llevó de la mano a inventar un signo para determinar aproximadamente ese valor. Así se vio, de pronto, que cada cual fue catalogado según la estimación de sus jefes: —Tú vales tanto. Tú vales cuanto. Tú no vales nada. Tú vales mucho.
A la unidad se la llamó dinero. Debido a la diversidad de las lenguas, ese modelo llevó nombres distintos todos ellos hermosos: onza, ducado, doblón, florín, real, maravedí, escudo, peso, sol, dólar, águila, etc. Como se puede ver, todo el mundo está representado, en esta enumeración: pájaros, flores, tierras, astros. No podía ser de otra manera: con esta sencilla conversión a todo se le ponía precio. Los metales más brillantes fueron consagrados para representar ese ideal, acuñados su valor dependió de su peso, por transmutación, esas monedas perdieron el valor de lo que representaban para convertirse en valores intrínsecos, y los hombres no valieron por lo que eran sino por lo que atesoraban.

Los hombres para andar por el mundo necesitan llevar papeles. No pueden nacer sin ellos. Tan pronto como son paridos (los hombres no tienen huevos), confrontan sus antecedentes y a ellos suele adherirse una fotografía. Misterio incomprensible porque si la fotografía la lleva encima la propia persona retratada, ¿qué utilidad puede tener? Probablemente se trata de un mito solar. Pero me inclino a creer que es reflejo de otra tradición fetichista humana: el narcisismo.
Los hombres tienen en mucho poseer el mayor número de papeles donde se asegure —¡oh infantilismo!, ¡oh cortedad del intelecto!— que ellos son ellos y no su vecino. Suelen decir frases sacramentales que se oyen en todo momento:
—¡Si yo tengo todos mis papeles!
—¡Si todos mis papeles están en regla! Lo sorprendente es que no les sirven para nada, lo que demuestra que se trata de una manía cabalística o superstición idólatra, hija de un atavismo totémico. Lo cierto es que no se atreven a vivir sin ellos y son capaces de dar cualquier cosa por conseguirlos.

A los veinte años los hombres suelen mudar de pelo. Llaman a ese plumaje uniforme y suele durarles un año o dos, según los países, es decir, según las fronteras. Sépase que frontera es algo muy importante, que no existe y que, sin embargo, los hombres defienden a pluma y pico como si fuese real. Estos seres se pasan la vida matándose los unos a los otros o reuniéndose alrededor de una mesa, sin lograr entenderse, como es natural, para rectificar esas líneas inexistentes.

El bulo es el principal alimento de los hombres. Crece con inaudita rapidez. Basta una frase, y ya es todo: corre, envuelve, gira, domestica, crece, baraja…
Su capacidad de olvido es tanta como la de invención, y son los seres más tornadizos del mundo. A veces, pienso si no les inspira el viento, dándoles ideas cuando sopla del norte, borrándoselas con brisas del sur. Inconstantes y volanderos, los más culpan a los menos o los menos a los más de sus desengaños, sin dar en la propia razón. Los que se empeñan vencen, pero son pocos.

Amigo: Hombre al que el hombre dice lo que piensa.
Conocido: Hombre al que el hombre no dice lo que piensa.
Enemigo: Hombre al que el hombre dice lo que piensa y lo que no piensa.

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