Cuento de un tonel — Jonathan Swift / A Tale of a Tub by Jonathan Swift

Este es un libro maravilloso donde la sátira está en cada página, supuso el enfrentamiento con la iglesia anglicana y el dardo envenenado cae sobre la religión y la literatura, releído cada cierto tiempo lo llamo así porque antiguamente los balleneros lanzaban un tonel a la ballena para entretenerse con el e intentar males menores a los barcos.

El método del filósofo, en todas las épocas, ha consistido en levantar ciertos edificios en el aire: pero, sea cual sea la práctica y la reputación que hayan tenido o puedan seguir teniendo ese tipo de estructuras anteriormente, sin exceptuar ni siquiera la de Sócrates, cuando fue suspendido en un cesto para facilitarle la contemplación, creo, humildemente, que las mismas parecen ofrecer dos inconvenientes. El primero, que al haberse colocado sus fundamentos a demasiada altura, quedan a menudo fuera de la vista, y siempre fuera del alcance del oído. El segundo, que sus materiales, al ser un tanto provisorios, han sufrido mucho las inclemencias del tiempo, en especial en estas regiones del noroeste.
Por lo tanto, para llegar al debido cumplimiento de esa gran tarea, solo acierto a pensar en tres métodos; aquellos donde la sabiduría de nuestros ancestros, que era altamente sensible en alentar a los aventureros, ha creído oportuno erigir tres artefactos de madera para uso de aquellos oradores que deseen hablar mucho sin interrupción. Estos son el púlpito, la escala y el escenario itinerante. Ya que a la barra, aunque haya sido compuesta por el mismo material, y designada para el mismo uso, sin embargo no se le puede conceder el honor de ser el cuarto, por razón de su nivel o situación inferior, que la exponen a la perpetua interrupción de colaterales.

Con la palabra crítico, tan frecuente hoy día en todas las conversaciones, se ha distinguido a veces tres especies muy diferentes de hombres mortales, conforme a lo que he leído en libros y folletos antiguos. En primer lugar, se aplicaba ese término a las personas que inventaron o redactaron normas para sí mismos o para todo el mundo, cuya observancia por un lector prudente permitan a este pronunciarse sobre las obras de los sabios, formar su gusto hasta el verdadero deleite de lo sublime y lo admirable, y distinguir entre la belleza de un tema o de un estilo y lo fraudulento de sus imitaciones: en su examen de los libros pueden señalar sus errores y defectos, lo nauseabundo, lo exagerado, lo aburrido y lo impertinente.
Con la palabra crítico se ha designado también a todos aquellos que han rescatado de los gusanos, las tumbas y el polvo los manuscritos de la sabiduría antigua.
Ahora bien, esas dos estirpes han quedado totalmente extinguidas desde hace siglos, y además seguir disertando sobre ellos no sería en absoluto mi propósito.
La tercera y más noble especie es la del crítico verdadero, cuyo origen es el más antiguo de todos. Todo crítico verdadero es un héroe nato, descendiente directo del tronco celestial de Momo e Hibris, que engendró a Zoilo, que engendró a Tigelio, que engendró a Etcétera el Viejo, que engendró a Bentley, a Rymer, a Wotton, a Perrault y a Dennis, que engendró a Etcétera el Joven.
Y estos son los críticos de los que la comunidad del saber ha recibido en toda época tan inmenso beneficio, y que la gratitud de sus admiradores hizo situar los orígenes en el cielo, entre los de Hércules, Teseo, Perseo y otros grandes bienhechores de la humanidad.
Ahora bien, es seguro que la institución de los críticos verdaderos era de absoluta necesidad para la comunidad de las letras. Pues todos los actos humanos parecen estar distribuidos, como los de Temístocles y sus compañeros; un hombre sabe tocar un instrumento, otro puede hacer de un pueblo pequeño una gran ciudad, y el que no puede hacer ni una cosa ni otra merece que le echen del mundo a patadas. Evitar este castigo ha sido sin duda lo que ha dado lugar al nacimiento del reino de los críticos, y, con ello, una ocasión para que sus detractores secretos declararan que un crítico verdadero es una especie de operario, instalado en su tienda, con su mercancía y las herramientas propias de su negocio, a un coste tan modesto como el de un sastre, y que existe mucha analogía entre los utensilios y las capacidades de ambos: puesto que el cajón del sastre es como el manual de lugares comunes que maneja el crítico, y su ingenio y sabiduría son realzados por la plancha; que se precisan al menos tantos de uno para hacer un sabio como de los otros para componer un hombre.
La crítica, contrariamente a todas las otras facultades del intelecto, se ha considerado siempre como la más auténtica y la mejor, siempre y cuando sea la primerísima conclusión de la mente del crítico, del mismo modo que los cazadores tienen a su primer objetivo como el más seguro, y rara vez dejan de errar el tiro cuando no esperan a una segunda ocasión. La segunda es que los verdaderos críticos son conocidos por su talento para aglomerarse en torno a los más nobles escritores, hacia los cuales se sienten atraídos simplemente por instinto, como un ratón por el mejor queso, o como una avispa por el fruto más vistoso. Así, cuando el rey va a caballo, es seguro que sea él la persona más ensuciada de la comitiva, y que aquellos que más le cortejan sean los que acaben por salpicarle más.
Por último, un verdadero crítico, cuando examina un libro, es como un perro en un festín, cuyos pensamientos y cuyo estómago están plenamente pendientes de lo que le arrojan los comensales y, en consecuencia, propende a gruñir más cuantos menos huesos van quedando.

A veces he oído hablar de una Ilíada metida dentro de una cáscara de nuez, pero he tenido la fortuna de haber visto mucho más a menudo una cáscara de nuez en una Ilíada. No hay duda de que de ambos casos ha recibido la vida humana los más extraordinarios beneficios, pero con cuál de los dos tiene el mundo una deuda mayor lo dejaré en manos de los curiosos como un problema digno de la más alta de las indagaciones. Por lo que se refiere al segundo, yo creo que la comunidad del conocimiento debe estar principalmente agradecida al gran adelanto moderno de las digresiones: esos últimos refinamientos del saber, que avanzan en paralelo a los de la gastronomía nacional, y que, entre los hombres de buen paladar, se aderezan en varias combinaciones, consistentes en sopas y ollas, fricasés y ragús.
Ciertamente, existe una especie de gente malhumorada, criticona y malcriada que pretende abominar completamente de estas amables innovaciones, y en cuanto a la similitud con la comida, admiten el paralelismo, pero tienen la osadía de declarar que el ejemplo elegido es de un gusto corrompido y degenerado. Nos dicen que la moda de hacer un revoltijo…
¿Cómo es posible que los ingenios modernos tengamos alguna vez la oportunidad de publicar nuestras recopilaciones, ordenadas bajo tantos miles de encabezamientos de diferente naturaleza, a falta de las cuales el mundo del saber se vería privado de infinitos deleites, así como de instrucción, y nosotros mismos enterrados sin remedio en un ignominioso y mediocre olvido?
A partir de datos como estos, vivo para contemplar el día en que la comunidad de autores pueda superar a todas las hermandades de su gremio. Una satisfacción que, como muchas otras, nos legaron nuestros antepasados los escitas, entre los cuales el número de plumas era tan infinito que la elocuencia griega no tuvo otro modo de expresarlo sino diciendo que en las lejanas regiones del norte apenas era posible para un hombre viajar, debido a que el mismo aire estaba repleto de plumas.
La necesidad de esta digresión disculpará fácilmente su extensión; y he encontrado para ella el lugar más apropiado que he podido. Si el juicioso lector puede asignarle otro mejor, le concedo aquí la facultad de trasladarla a cualquier otro rincón que le plazca. Y con gran presteza vuelvo así a proseguir con un asunto más importante.

Hay algo individual en las mentes humanas que se enciende con facilidad cuando se produce la confluencia y colisión de determinadas circunstancias y que, a pesar de su apariencia insignificante y humilde, a menudo prende y se inflama dando lugar a los mayores acontecimientos de la vida. Pues los grandes cambios no siempre se producen por unas manos fuertes, sino por adaptación afortunada y en épocas favorables, y no importa dónde se inició el fuego cuando los vapores ya han ascendido al cerebro. Porque la región superior del hombre está provista como la región intermedia del aire, sus materiales están formados por causas de la mayor variedad, pero que al final producen la misma sustancia y efectos. Las brumas surgen de la tierra, los vapores de los estercoleros, las emanaciones del mar y el humo del fuego, pero todas las nubes son de igual composición así como sus efectos, y los gases que salen de una letrina proporcionan un vapor tan agradable y provechoso como el incienso desde un altar.
El gran número de petimetres, tramposos, poetas y políticos que el mundo podría recuperar mediante una reforma semejante, pero sí en lo que es más material, aparte del patente beneficio que supone para la comunidad un incremento tan notable de personas a las que dar empleo, cuyos talentos y conocimientos, si puedo atreverme a afirmarlo, están ahora enterrados o al menos malgastados: sería de gran provecho para el público que todas ellas destacaran y llegaran a una gran perfección en sus varias especialidades; lo que, creo yo, resulta patente después de lo que ya he expuesto y puedo hacer valer con un sencillo ejemplo, a saber, que incluso yo mismo, autor de estas verdades trascendentales, soy una persona cuyas imaginaciones no son obstinadas y excesivamente dispuestas a escapar con su razón, la cual, por lo que he observado tras larga experiencia, es un jinete muy ligero y fácil de desmontar; a cuenta de lo cual mis amigos nunca se fiarán de mí a menos que les prometa solemnemente dar rienda suelta a mis especulaciones, de esta o parecida manera, para el universal beneficio del género humano, lo que quizá el gentil, cortés y cándido lector, rebosante de esa moderna caridad y ternura habitualmente unidas a su función, estará difícilmente dispuesto a creer.

Hay en esta famosa isla de la Gran Bretaña cierto insignificante escritorzuelo, muy prolífico, cuya personalidad no puede ser completamente desconocida para el lector. Se dedica a un pernicioso tipo de escritos, llamados segundas partes, y generalmente pasa por ser el autor de las primeras. Nada me cuesta prever que tan pronto como suelte mi pluma este hábil manipulador me la habrá robado, y me tratará de manera tan inhumana como ya lo ha hecho con el doctor Blackmore, con Lestrange y con muchos otros a los que no nombraré aquí. Por esa razón, en busca de justicia y consuelo, me pongo en manos de ese gran reparador de entuertos y amante de la humanidad, el doctor Bentley, suplicándole que dedique la más moderna de las consideraciones a este enorme agravio; y si ocurriera que, por mis pecados, tuvieran que colocarme equivocadamente los arreos de un burro en la espalda en forma de segunda parte, que él me haga el favor, en presencia del mundo, de aligerarme de tal carga inmediatamente y de llevársela a su propia casa hasta que su verdadero dueño estime oportuno requerirla.
Los lectores podrían dividirse en tres clases: los superficiales, los ignorantes y los cultos, y, con mucho acierto, yo he adecuado mi pluma al carácter y beneficio de cada uno. El lector superficial se sentirá extrañamente provocado a la risa, que limpia el pecho y los pulmones, es soberana frente a la melancolía y el más inocente de todos los diuréticos. El lector ignorante, cuya distinción con el anterior es extremadamente sutil, se encontrará propenso a mirar fijamente, lo cual es un admirable remedio para los ojos enfermos, sirve para levantar y fortalecer el ánimo y ayuda admirablemente a sudar. Pero el lector verdaderamente culto, en cuyo beneficio principalmente yo velo mientras otros duermen y duermo mientras otros velan, encontrará aquí materia suficiente en la que emplear sus especulaciones para el resto de su vida. Sería muy de desear, y yo lo propongo aquí humildemente como experimento, que cada príncipe de la cristiandad se lleve consigo a siete de los sabios más profundos de sus dominios y los encierre durante siete años en siete cámaras, con la orden de redactar siete extensos comentarios sobre este completo discurso. Me atrevería a afirmar que cualesquiera diferencias que puedan encontrarse en sus diversas conjeturas serán todas, sin la menor distorsión, manifiestamente deducibles a partir del texto. Mientras tanto, solicito fervientemente que se acometa una empresa tan provechosa, si place a sus majestades, con toda la celeridad posible, pues tengo un ardiente deseo de poder saborear, antes de que deje este mundo, una bendición que nosotros, los escritores misteriosos, rara vez podemos alcanzar hasta que llegamos a la tumba: ¿es la fama un fruto injertado en el cuerpo, que apenas puede crecer y menos aún madurar, hasta que la existencia esté enterrada, o es como un ave de presa, conducida entre otras a perseguir el olor de la carroña, o acaso entiende que su trompeta suena mejor y con más potencia cuando está sobre una tumba, por la ventaja de estar sobre una base más elevada y el eco de una cripta hueca?

Es bueno, por tanto, leer las máximas de nuestros antepasados, aunque teniendo muy en cuenta las épocas y las personas; pues si estudiamos los documentos primitivos comprobaremos que no ha habido revoluciones tan grandes ni tan frecuentes como las de las orejas humanas. En otros tiempos existió un curioso invento para agarrarlas y retenerlas, que creo que pudiéramos con justicia incluir entre las artes perditae. ¿Y cómo podría ser de otro modo, cuando en los últimos siglos la especie misma no solo se ha visto disminuida hasta un grado lamentable, sino que sus pobres restos han degenerado hasta el punto de ser una burla para nuestra más diestra ocupación? Pues si el simple hecho de hendir la oreja de un ciervo fue suficiente para propagar la marca por todo un bosque, ¿por qué debieran extrañarnos las tremendas consecuencias de las muchas podas y mutilaciones a las que han sido sometidas en tiempos recientes las orejas de nuestros padres, así como las propias? Es un hecho cierto que mientras esta isla nuestra estuvo bajo el imperio de la gracia se hicieron muchos intentos para mejorar el crecimiento de las orejas entre nosotros. Las proporciones de su tamaño no solo eran consideradas como un ornamento del exterior del hombre sino una muestra de su gracia interior. Por otra parte, como sostienen los naturalistas, si se da una protuberancia en algunas partes pertenecientes a la región superior del cuerpo, como las orejas o la nariz, tiene que darse también su correspondencia en la región inferior y, por lo tanto, en aquella época ciertamente tan piadosa, los hombres que hubiera en cualquier asamblea, según como estuvieran dotados, se mostraban muy dispuestos a exhibir sus orejas, así como las zonas adyacentes. Cuando se produce un corte en la vena que hay detrás de la oreja el hombre se convierte en eunuco, así que las mujeres no les iban en absoluto a la zaga en cuanto a contemplarlas y sentirse edificadas por ellas, y por eso, aquellas que ya habían puesto los medios las miraban con gran interés, con la esperanza de poder concebir una adecuada descendencia gracias a aquella perspectiva; otras, en tanto que candidatas a la benevolencia, hallaban allí abundante surtido donde elegir, y seguro que se fijaban en quienes tenían las orejas más grandes, para que la estirpe no menguara con su concurso. Por último, las hermanas más devotas, que tomaban todas las dilataciones extraordinarias de ese miembro por hinchazones de celo o excrecencias espirituales, rendían honores a todas las cabezas en las que estas aparecían como si se tratara de señales de la gracia, pero especialmente a la del predicador, cuyas orejas eran habitualmente de primera magnitud, a cuenta de lo cual las podía exhibir con frecuencia y precisión ante el pueblo de la manera más ventajosa: en sus arrebatos retóricos exponía unas veces una y otras veces otra, de cuya costumbre se deriva el término exposición, con el que se conoce hasta hoy el arte de predicar entre los que lo profesan.
Con esta breve reseña sobre la decadencia de las orejas en los últimos tiempos, y la escasa atención prestada al fomento de su antiguo desarrollo en el presente, se pone de manifiesto lo débiles que pueden ser nuestras razones para fiarnos de un asidero tan corto, tan débil y tan resbaladizo, y que quien desee tener a la humanidad bien sujeta tendrá que recurrir a otros métodos. Ahora bien, aquel que contemple a la naturaleza humana con la suficiente prudencia podrá descubrir varios asideros, de los cuales les corresponden a los seis sentidos uno a cada uno, además de la gran cantidad de ellos que están atornillados a las pasiones y de unos pocos clavados al intelecto. De estos últimos, uno es la curiosidad, que es el que tiene la mayor firmeza de todos.

Un experimento muy frecuente entre los autores modernos, que es el de escribir sobre nada. Cuando el tema de la obra está agotado, hay que dejar que la pluma se siga moviendo: lo que algunos llaman el fantasma del ingenio, que se deleita en seguir caminando cuando su cuerpo ha muerto. Y a decir verdad, parece no haber parcela del conocimiento peor repartida que la de discernir cuándo se ha terminado algo. Para cuando un autor ha acabado de escribir su libro él y sus lectores se han convertido en viejos conocidos y muy reacios a separarse. Así que yo he experimentado a veces al escribir lo mismo que al estar de visita, donde la ceremonia de despedirse lleva más tiempo que todas las conversaciones que la preceden. La conclusión de un tratado se asemeja a la conclusión de la vida humana, que a veces ha sido comparada con el final de un banquete, donde son pocos los contentos en dejarlo, ut plenus vitae conviva; pues los hombres seguirán sentados después de transcurrida la comida más abundante, aunque solo sea para echar una cabezada o dormir fuera de casa el resto del día.

This is a wonderful book where satire is on every page, it was the confrontation with the Anglican church and the poisoned dart falls on religion and literature, re-read it from time to time, because in the past the whalers threw a barrel at the whale for entertain yourself with and try minor evils to the boats.

The method of the philosopher, in all times, has been to lift certain buildings in the air: but, whatever the practice and reputation that they have had or may continue to have such structures previously, not even that of Socrates When he was suspended in a basket to facilitate contemplation, I believe, humbly, that they seem to offer two inconveniences. The first, that having placed its foundations too high, is often out of sight, and always out of earshot. The second, that its materials, being somewhat provisional, have suffered much the inclemencies of the weather, especially in these regions of the northwest.
Therefore, in order to reach the proper fulfillment of this great task, I can only think of three methods; those where the wisdom of our ancestors, who was highly sensitive in encouraging the adventurers, has thought it appropriate to erect three wooden artifacts for the use of those speakers who wish to speak much without interruption. These are the pulpit, the scale and the traveling scene. Since the bar, although it has been composed of the same material, and designed for the same use, however it can not be granted the honor of being the fourth, because of its level or inferior situation, which expose it to the perpetual collateral disruption.

With the word critical, so frequent today in all conversations, it has sometimes distinguished three very different species of mortal men, according to what I read in old books and pamphlets. In the first place, this term was applied to the people who invented or drafted norms for themselves or for the whole world, whose observance by a prudent reader allows the latter to pronounce on the works of the wise, to form their taste until the true delight of the sublime and the admirable, and to distinguish between the beauty of a theme or a style and the fraudulentness of its imitations: in its examination of the books they can point out its errors and defects, the nauseating, the exaggerated, the boring and the impertinent.
The word “critical” has also been designated to all those who have rescued manuscripts of ancient wisdom from worms, tombs and dust.
Now, those two strains have been totally extinct for centuries, and further to speak about them would not be my purpose at all.
The third and most noble species is that of the true critic, whose origin is the oldest of all. Every true critic is a born hero, direct descendant of the celestial trunk of Momo and Hibris, who fathered Zoilo, who fathered Tigelio, who fathered Etcetera the Elder, who fathered Bentley, Rymer, Wotton, Perrault and Dennis , which engendered Etcétera the Younger.
And these are the critics of those that the community of knowledge has received in all times so immense benefit, and that the gratitude of its admirers placed the origins in heaven, among those of Hercules, Theseus, Perseus and other great benefactors of the humanity.
Now, it is certain that the institution of the true critics was of absolute necessity for the community of letters. For all human acts seem to be distributed, like those of Themistocles and his companions; a man can play an instrument, another can make a small town a big city, and he who can not do one thing or another deserves to be kicked out of the world. Avoiding this punishment has undoubtedly led to the birth of the critics’ realm, and with it, an opportunity for its secret detractors to declare that a true critic is a kind of operative, installed in his shop, with his merchandise and the tools of your business, at a cost as modest as that of a tailor, and that there is much analogy between the tools and the capabilities of both: since the tailor’s drawer is like the manual of common places that handles the critical, and his wit and wisdom are enhanced by the iron; that it takes at least as many of one to make a wise as of the others to compose a man.
Criticism, contrary to all other faculties of the intellect, has always been considered as the most authentic and the best, as long as it is the first conclusion of the mind of the critic, in the same way that the hunters have their first objective as the Safer, and rarely fail to miss the shot when they do not wait for a second chance. The second is that the real critics are known for their talent to agglomerate around the noblest writers, towards whom they are simply attracted by instinct, like a mouse for the best cheese, or as a wasp for the most colorful fruit. Thus, when the king is on horseback, it is certain that he is the most dirtied person in the retinue, and that those who most court him are those who end up splashing more.
Finally, a true critic, when examining a book, is like a dog at a feast, whose thoughts and whose stomach are fully aware of what is thrown at them by diners and, consequently, tend to growl more the fewer bones are left.

I have sometimes heard of an Iliad tucked into a nutshell, but I have been fortunate enough to have seen a nutshell much more often in an Iliad. There is no doubt that in both cases human life has received the most extraordinary benefits, but with which of the two the world has a greater debt I will leave it in the hands of the curious as a problem worthy of the highest of inquiries. With regard to the second, I believe that the knowledge community should be especially grateful to the great modern advance of the digressions: those last refinements of knowledge, which advance in parallel to those of national gastronomy, and which, among men of good palate, are dressed in various combinations, consisting of soups and pots, fricasés and ragús.
Certainly, there is a kind of moody, critical and spoiled people who pretend to abominate these kind innovations completely, and in terms of the similarity with food, they admit the parallelism, but they have the audacity to declare that the chosen example is of a corrupted taste and degenerate. They tell us that the fashion of making a jumble …
How is it possible that modern mills ever have the opportunity to publish our collections, arranged under thousands of headings of different nature, in the absence of which the world of knowledge would be deprived of infinite delights, as well as instruction, and ourselves buried without remedy in an ignominious and mediocre oblivion?
From data like these, I live to contemplate the day when the community of authors can surpass all the guilds of their guild. A satisfaction that, like many others, our ancestors left us the Scythians, among whom the number of feathers was so infinite that the Greek eloquence had no other way of expressing it but saying that in the far north regions it was hardly possible for a man travel, because the air itself was full of feathers.
The need for this digression will easily excuse its extension; and I have found for her the most appropriate place I could. If the wise reader can assign a better one, I hereby grant him the faculty of transferring it to any other corner that he pleases. And with great alacrity I return to continue with a more important matter.

There is something individual in human minds that is easily ignited when the confluence and collision of certain circumstances occurs and which, despite its insignificant and humble appearance, often ignites and ignites giving rise to the greatest events of life. For great changes are not always produced by strong hands, but by fortunate adaptation and in favorable times, and it does not matter where the fire started when the vapors have already ascended to the brain. Because the upper region of man is provided as the intermediate region of the air, its materials are formed by causes of the greatest variety, but in the end produce the same substance and effects. The mists arise from the earth, the vapors of the dunghill, the emanations of the sea and the smoke of the fire, but all the clouds are of equal composition as well as their effects, and the gases that come out of a latrine provide such a pleasant vapor and profitable as incense from an altar.
The large number of petimetres, cheats, poets and politicians that the world could recover through a similar reform, but in what is more material, apart from the obvious benefit that this community has for such a remarkable increase of people to whom to employ whose talents and knowledge, if I dare to affirm it, are now buried or at least squandered: it would be of great benefit to the public that they all stand out and reach great perfection in their various specialties; what, I believe, is clear after what I have already explained and I can assert with a simple example, namely that even myself, author of these transcendental truths, I am a person whose imaginations are not stubborn and excessively willing to escape with his reason, which, from what I have observed after long experience, is a very light rider and easy to dismantle; on account of which my friends will never trust me unless I solemnly promise to unleash my speculations, in this or similar way, for the universal benefit of the human race, what perhaps the gentle, courteous and candid reader, Overflowing with that modern charity and tenderness habitually attached to his function, he will be unwilling to believe.

There is in this famous island of Great Britain some insignificant, very prolific scribbler, whose personality can not be completely unknown to the reader. It is dedicated to a pernicious type of writings, called second parties, and generally passes for being the author of the first ones. I have no trouble foreseeing that as soon as I release my pen this clever manipulator will have stolen it, and will treat me as inhumanly as it has already done with Dr. Blackmore, with Lestrange and with many others whom I will not name here. For that reason, in search of justice and consolation, I put myself in the hands of that great repairer of wrongs and lover of humanity, Dr. Bentley, begging him to devote the most modern consideration to this enormous grievance; and if it happened that, for my sins, they had to put me wrongly on the back of a donkey in the form of a second part, that he would do me the favor, in the presence of the world, to relieve me of such burden immediately and to take it to his own house until its true owner deems it appropriate to require it.
The readers could be divided into three classes: the superficial, the ignorant and the educated, and, with great success, I have adapted my pen to the character and benefit of each one. The superficial reader will feel strangely provoked to laughter, that cleanses the chest and lungs, is sovereign in the face of melancholy and the most innocent of all diuretics. The ignorant reader, whose distinction with the previous one is extremely subtle, will be prone to stare, which is an admirable remedy for sick eyes, serves to lift and strengthen the mind and helps admirably to sweat. But the truly cultured reader, for whose benefit I mainly veil while others sleep and sleep while others watch, will find here enough material in which to use his speculations for the rest of his life. It would be very desirable, and I propose here humbly as an experiment, that each prince of Christianity take with him seven of the deepest sages of their domains and enclose them for seven years in seven chambers, with the order to write seven extensive comments on this complete speech. I would venture to affirm that whatever differences may be found in their various conjectures will be all, without the slightest distortion, manifestly deductible from the text. Meanwhile, I fervently request that such a profitable enterprise be undertaken, if it pleases their majesties, with all possible speed, for I have an ardent desire to be able to taste, before I leave this world, a blessing that we, the mysterious writers, we can rarely reach until we reach the grave: is fame a grafted fruit in the body, which can barely grow and even less mature, until the existence is buried, or is like a bird of prey, led among others to chase the smell of the carrion, or perhaps understand that its trumpet sounds better and more powerful when it is on a grave, for the advantage of being on a higher base and the echo of a hollow crypt?.

It is good, therefore, to read the maxims of our ancestors, although taking into account the times and the people; for if we study primitive documents, we will verify that there have not been revolutions as large or as frequent as those of human ears. In other times there was a curious invention to grasp and retain them, which I think we could justly include among the arts perditae. And how could it be otherwise, when in recent centuries the species itself has not only been diminished to an unfortunate degree, but its poor remains have degenerated to the point of being a mockery for our most skilful occupation? Well, if the mere fact of splitting a deer’s ear was enough to spread the brand throughout a forest, why should we miss the tremendous consequences of the many prunings and mutilations that have been subjected in recent times the ears of our parents, as well as their own? It is a certain fact that while this island of ours was under the rule of grace many attempts were made to improve the growth of the ears between us. The proportions of its size were not only considered as an ornament of the exterior of man but a sample of his inner grace. On the other hand, as the naturalists maintain, if there is a protuberance in some parts belonging to the upper region of the body, such as the ears or nose, its correspondence must also occur in the lower region and, therefore, in that region certainly as pious, the men who were in any assembly, according as they were gifted, were very willing to exhibit their ears, as well as adjacent areas. When a cut is made in the vein behind the ear, the man becomes a eunuch, so the women did not go far behind in contemplating them and feeling edified by them, and therefore, those that are already they had put the means looked at them with great interest, with the hope of being able to conceive an adequate descendants thanks to that perspective; others, as candidates for benevolence, found there abundant assortment to choose from, and they were sure to notice those who had the biggest ears, so that the lineage would not wane with its help. Lastly, the most devout sisters, who took all the extraordinary expansions of that member for jealous swelling or spiritual excrescences, paid homage to all the heads in which they appeared as if they were signs of grace, but especially to the of the preacher, whose ears were usually of the first magnitude, on account of which he could exhibit them frequently and accurately before the people in the most advantageous manner: in his rhetorical outbursts he sometimes expounded one and sometimes another, from whose custom he derived the term exhibition, with which the art of preaching among those who profess it is known today.
With this brief review on the decadence of the ears in recent times, and the scant attention paid to the promotion of its ancient development in the present, it is evident how weak our reasons can be for trusting us with such a short, weak and so slippery, and whoever wants to have humanity well subject will have to resort to other methods. Now, he who contemplates human nature with sufficient prudence can discover several handles, of which correspond to the six senses one to each, in addition to the large number of them that are bolted to the passions and a few Nailed to the intellect. Of the latter, one is curiosity, which is the one that has the greatest firmness of all.

A very frequent experiment among modern authors, which is to write about nothing. When the theme of the work is exhausted, we must let the pen keep moving: what some call the ghost of ingenuity, which delights in continuing to walk when its body has died. And to tell the truth, there seems to be no parcel of knowledge worse distributed than to discern when something has been finished. By the time an author has finished writing his book he and his readers have become old acquaintances and very reluctant to separate. So I have experienced sometimes when writing the same thing as when visiting, where the farewell ceremony takes more time than all the conversations that precede it. The conclusion of a treaty resembles the conclusion of human life, which has sometimes been compared to the end of a banquet, where few are content to leave it, ut plenus vitae conviva; for men will remain seated after the most plentiful food has passed, if only to take a nap or sleep outside the house for the rest of the day.

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