Aquí viven los leones — Fernando Savater & Sara Torres

Magnífica novela que deleitará a los amantes de la literatura y sus grandes genios del arte de escribir, de esto trata el libro, donde como introducción aparecen unas viñetas representando su obra. Además de cómo homenaje a la que fue compañera de viajes de Savater que murió de una enfermedad que dejo huérfano al escritor. Es de los mejores libros de Savater para mi gusto.

Shakespeare
Ese hombre que tanto nos reveló de cómo somos permanece él mismo velado y desconocido. Una de las pocas cosas que sabemos de él es que entre sus papeles preferidos como actor secundario —nunca fue en los escenarios protagonista de sus obras— figuraba el del espectro del padre de Hamlet, que en el primer acto de la tragedia se le aparece a su hijo y desencadena la acción dramática. Pues bien, así es también William Shakespeare en la historia de la literatura: una aparición fantasmal de cuyo paso efectivo por este mundo sabemos poco, salvo que lo cambió para siempre.
La gente no se aficionó al teatro porque lo escribiera Shakespeare, sino que Shakespeare se pasó a la escena porque era la gran afición del público que buscaba diversiones profanas, como luego lo fueron el cine, la televisión y otros flagelos vulgares de las almas refinadas. En la Inglaterra del siglo XVI, eran ya varios los autores que se habían dedicado a satisfacer con éxito el hambre teatral de un público cada vez más amplio y ansioso de innovaciones espectaculares. Uno de los más destacados fue Thomas Kyd, cuya obra La tragedia española tuvo gran éxito.
Su lápida, en la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford, lleva esta leyenda supuestamente escrita por él mismo:
 
Amigo, por el amor de Dios abstente
de perturbar el polvo que aquí se guarda,
bendito sea quien respete estas piedras
y maldito quien toque mis huesos.”

Ramón del Valle Inclán
Fue poeta muy sui generis del grupo modernista, narrador de leyendas de raigambre popular, cronista de Indias y también de las guerras carlistas, inventor de un teatro entre épico y grotesco que aún ocupa la vanguardia en nuestros escenarios, místico y bohemio, quien mejor ha expresado sin clichés doctrinales la espontaneidad anarquista de raíz hispánica. Pero sobre todo fue artífice de una voz tan propia y estilísticamente inconfundible, de una lengua tan sabrosamente galaica, castellana e hispanoamericana, que permanece intraducible; por eso, a pesar de ser uno de los más grandes escritores europeos del siglo XX, permanece semidesconocido para la mayoría de esa Europa culta que, en cambio, celebra con justicia a Eça de Queiroz o D’Annunzio, quienes le inspiraron en parte pero no fueron mayores que él.
Valle no está dispuesto a dejarse vegetar en las redacciones y cafés madrileños, por prestigiosos que un día le pareciesen vistos desde la provincia lejana. Él quiere más y sabe que merece más. ¿Qué es lo que puede hacer un gallego si le falla la subsistencia en su propio país? Irse a América, por supuesto. El joven Ramón tiene parientes en Veracruz, México, que ya optaron por ese camino hace tiempo. De modo que busca el modo más económico para cruzar el gran charco, se va a Francia y allí, en El Havre, se embarca para su aventura de ultramar.
Inventa también el esperpento, esa estilización del realismo reflejado en los espejos deformantes del callejón del Gato, un género que se inicia con la que debe ser su cumbre, Luces de bohemia. Este drama escénico no sólo es una renovación del teatro español (mucho más honda y revolucionaria que la que había intentado con domesticada ligereza Benavente), sino un retrato de grandeza casi shakespeariana de la desolación creadora del escritor sin ambiciones económicas pero armado de rigor estético en un ambiente mediocre de pícaros, burócratas, mendicantes aprovechados y tristeza carnal. Servida por un lenguaje sobrio y sabroso, de enorme eficacia poética sin énfasis declamatorio, apoyado por acotaciones escénicas que a veces prefiguran el surrealismo («el grillo del teléfono se orina por todo el regazo amplio de la burocracia»), Luces de bohemia retrata con acierto igual lo perenne del destino personal y lo fugaz de la coyuntura histórica colectiva.
Que decir del café de la montaña que ahora es un Apple Store de la Puerta del Sol en Madrid donde nacería Max Estrella y perdería un brazo…

Edgar Allan Poe.
El favorito de su mujer, Sara Torres. Érase una vez un escritor de lengua inglesa dotado de una imaginación potente y macabra, pero cuyo difícil carácter le enemistó con sus colegas contemporáneos y cuyo estilo rebuscado y preciosista le granjeó la animadversión de los críticos posteriores, hasta el punto de que parecía condenado a verse marginado y reducido a una mera nota a pie de página de la historia literaria de su época. Pero hete aquí que un poeta francés, de vida bohemia y renombre tan amplio como escandaloso, se sintió fascinado por su obra, la tradujo y conquistó para él en Europa la fama que apenas entrevió en su país de origen.
Poe sostendrá siempre que la aflicción por la muerte de una mujer hermosa es el tema poético por excelencia, unido al secreto deseo de revivirla de algún modo por medio del sortilegio de las palabras: a este motivo literario permanecerá fiel toda su vida, modulándolo de mil maneras, desde el registro más tierno al sumamente estremecedor y morboso.
Aquí podemos hacer un inciso para comentar el esfuerzo de Edgar Poe por luchar contra las trabas que en su época dificultaban a los escritores el poder vivir de su trabajo literario. Este esteta, al que los más exigentes le han afeado el excesivo rebuscamiento y preciosismo de su estilo (Aldous Huxley habla abiertamente de su mal gusto y Harold Bloom aprecia tan escasamente su prosa que dice que es mejor leerle en francés), se planteó siempre con plena conciencia profesional su escritura, nunca como el pasatiempo de un bohemio ocioso y económicamente despreocupado. En este aspecto fue decididamente más yanqui que europeo. Junto con su tarea como autor de ficciones, practicó durante más de trece años la crítica literaria en diversas revistas (no era un censor complaciente: la dureza de sus comentarios le valió el apodo de Tomahawk Man).
No fue quizá un artista sublime, pero sí un insuperable inspirador de nuevos géneros, de imágenes torturadas e indelebles, y dueño de una voz que ha encendido innumerables ecos en la narrativa, el cine, el cómic, la televisión, la música, el teatro… No sólo está en las estanterías de las bibliotecas sino en ese rincón íntimo de nuestra imaginación al que nos retiramos a veces para disfrutar con escalofrío de cuanto somos y de cuanto vamos dejando de ser.

Giacomo Leopardi.
Fue raquítico, jorobado en la espalda y en el pecho, asmático, siempre enfermo del estómago, de las articulaciones, de los nervios, casi ciego al final de su vida… Pero dicen que su sonrisa, cuando quería y podía sonreír, era maravillosa. Sólo vivió treinta y ocho años. Sin embargo, le dio tiempo a ser poeta y pensador, a traducir a los clásicos, a escribir cartas prodigiosas, a comentar a los mejores autores, a transformar las letras italianas modernas y a convertirse en un compañero insustituible para tantos y tantos de los mejores espíritus hasta el día de hoy.
Hombre de paradojas, como toda inteligencia despierta y viva, Leopardi fue un materialista hostil a la materia y un partidario de las libertades y las luces pero que detestaba cordialmente el progreso, las ciencias sociales, lo útil, etc.
¿Y el amor? Giacomo sintió apasionadamente la necesidad de ser amado por una mujer, quizá potenciada por la frialdad de trato que le dispensó su madre. Pero probablemente sus dolencias le imposibilitaban para una respuesta física a cualquier afecto sexual, mientras que su cuerpo anómalo hacía improbable su atractivo en ese campo.

Agatha Christie.
Hay discusión acerca del origen de la narración detectivesca. Algunos lo remontan a la Biblia, hasta aquel episodio del libro de Daniel en que el profeta descubre que no es Baal quien consume los alimentos que se le ofrecen sino sus sacerdotes, a los que desenmascara esparciendo granos de trigo por la noche en torno al ídolo, donde a la mañana siguiente pueden verse huellas de pies furtivos. Para otros, más helénicos, el padre de todos los detectives y también el más desventurado es Edipo, que sabe responder al enigma de la Esfinge para luego descubrir que el asesino de su padre no es otro que él mismo. Son hipótesis ingeniosas y eruditas, aunque bastante caprichosas. Yo creo que el género es moderno y exige un crimen misterioso, pero también el ajetreo mestizo de las grandes urbes mecanizadas que aparecen en el siglo XIX y el choque entre los métodos rutinarios de los cuerpos policiales recién inventados y sus competidores privados, de un racionalismo más científico e innovador. Sin duda “la piedra lunar” de Wilkie Collins es lo mejor del género.
Casi todas las escritoras del género detectivesco han idealizado a sus investigadores protagónicos e infalibles. El lord Peter Wimsey de Dorothy L. Sayers, el Albert Campion de Margery Allingham, el inspector jefe Roderick Alleyn de Ngaio Marsh o el también inspector Adam Dalgliesh de P. D. James, que además es poeta, son algo así como varones sublimados o, si se quiere, novios perfectos: todas sus creadoras demuestran estar más o menos enamoradas de ellos. Son jóvenes, guapos, ingeniosos, dotados de gran sentido del humor y desde luego seductores. Pero Hércules Poirot, en cambio, es viejo (sólo este detalle lamentó haberle atribuido su autora, porque su perpetuidad novelesca le hizo morir con más de cien años…), bajito, calvo, con cabeza de huevo y risibles bigotes engominados, vanidoso, poseído por tics verbales y desde luego alejado de —casi opuesto a— cualquier encanto romántico. Muy inteligente, pero virilmente nada atractivo: es evidente que su autora nunca fantaseó con él como perfecto compañero de lecho, ni siquiera conyugal.
En aspectos de costumbres y sobre todo en el terreno amoroso se muestra a veces sorprendentemente desprovista de prejuicios… al menos para lo que se llevaba en su día. Sobre todo, se mantuvo durante sus mejores años permanentemente inventiva, maquiavélica y capaz de una escritura que describe horrores sin ceder al mal gusto sanguinolento ni al sermón sociológico, como luego, por desgracia, hemos debido soportar de tantos. Sí, ciertamente fue popular a ultranza y muchos no se lo perdonan.
Winterbrook, su morada donde escribió sus grandes obras, que decir del incidente en el cual desapareció y se criticó haber utilizado demasiados medios para buscarla y sin duda es mucho más que la sempiterna ratonera.

Alfonso Reyes.
Alfonso Reyes, que allí por donde pasó dejó una estela de simpatía y cordialidad casi universales, reforzada por su presta disposición a ayudar a sus colegas y promover sin envidiosas rencillas la obra ajena. Nada tiene que ver esta actitud con la mediocridad bonachona de quien carece de valía propia: Reyes es autor de una obra tan copiosa como estimable en casi todos los campos a los que puede dedicarse un hombre de letras, sea el ensayo o la poesía, la erudición o los juegos de ingenio.
Fue un auténtico trotamundos literario, París, San Sebastián, Madrid, Buenos Aires…
En su retorno a México fue objeto de ataques e intrigas que amargaron su llegada y a los que se negó a responder. «[Mis amigos] quieren incitarme a que conteste y pelee por la prensa… ¡Parece mentira! Se apodera de mí poco a poco una tristeza seca.» Felizmente, no le faltaron compañeros devotos que le acompañaron y facilitaron su acomodo y sus nuevos proyectos: Genaro Estrada, Daniel Cosío Villegas, Manuel Sandoval… También escritores españoles asilados en México y a los que conocía de antaño, como Enrique Díez Canedo y José Moreno Villa. El gran maestro de filosofía y último rector de la Universidad de Madrid en la República, José Gaos, era un visitante asiduo de la «capilla». Y por supuesto muchos jóvenes escritores que le admiraban y que no compartían prejuicios o resquemores añejos contra él, como Octavio Paz.

Gustave Flaubert.
Samuel Beckett decía que un escritor que explica lo que escribe es como un caracol que explica su concha. Gustave Flaubert pertenece a esta exigente e insólita cofradía. Él mismo se declaró un hombre-pluma, que sentía a través de ella, padecía y gozaba gracias a ella, una máquina de escribir humana. Sin duda es el candidato de escribir sobre la condición humana.
Gustave Flaubert escribía de una forma minuciosa, recurrente, infinitamente deliberada. Primero, se documentaba exhaustivamente con toda clase de fuentes no sólo sobre el tema central del libro que preparaba, sino también sobre cualquier aspecto mencionado tangencialmente en él. Más de una vez leía un par de gruesos volúmenes sólo para añadir un nombre, un juguete, la ubicación de un edificio. Estas lecturas previas (complementadas a veces con viajes a los lugares de la acción, etc.) se fueron haciendo cada vez más copiosas y obsesivas, hasta llegar a la ciclópea biblioteca de muchos miles de volúmenes que consultó para preparar su libro finalmente truncado por la muerte, Bouvard y Pécuchet. Esta fijación en la exactitud de los detalles y el decorado de su narración contrasta con su obstinada negativa a considerarse un escritor «realista», como le proclamaron algunos de los que se decían sus discípulos. No, Flaubert no creía que la literatura debería ser realista, sino que la realidad debía llegar a ser plenamente literaria. Lo importante era el estilo.

Stefan Zweig.
Stefan Zweig era un escritor mundialmente conocido y admirado, probablemente el mayor best-seller de su siglo; aunque los nazis habían quemado y prohibido sus libros, invadido su país y expoliado su casa, junto con sus más queridas posesiones, los derechos de autor de sus obras, traducidas a todos los idiomas, le garantizaban una más que desahogada posición económica; gozaba de una salud razonablemente buena a sus sesenta y un años, recién casado en segundas nupcias con una joven esposa que le adoraba hasta el punto de sacrificarse y morir junto a él; su reputación de líder intelectual europeo y pacifista de primera hora le convertía en un referente moral para muchos, aunque no faltasen controversias en torno a su ejecutoria, como las que conoce toda destacada figura pública… ¿Por qué entonces ese suicidio que conmovió a tantos lectores y que algunos alzaron al rango de culpa histórica, como André Maurois, que advirtió solemnemente: «Los hombres de bien deberían meditar sobre la responsabilidad y la vergüenza de una civilización capaz de crear un mundo donde Stefan Zweig no ha podido vivir»?.
Stefan entraba en sus treinta años, dos sucesos fundamentales irrumpen en su vida, primero una mujer que ya no es ave de paso, sino todo lo contrario, y después la guerra. Casualmente conoce a una admiradora, Friderike Maria von Winternitz, que le adora desde lejos pero que no tiene inconveniente en acercarse todo lo que él quiera, pese a estar casada y tener dos hijas. Zweig se ve seducido por esa mujer hermosa y muy inteligente, aburrida por un marido superficial y disipado que no se la merece. Friderike entiende bien no ya lo que Stefan quiere —eso quizá no lo sepa ni él mismo— sino lo que necesita para reforzar su confianza en sí mismo y la fuerza de ese fervor casi adolescente que le resulta imprescindible para crear. Esta complicidad vital se le hará a él completamente necesaria, de tal modo que ya nunca renunciará a ella, ni siquiera cuando tenga aventuras ocasionales.
La personalidad de Stefan Zweig no sólo albergaba contradicciones notables sino que también despertaba reacciones opuestas entre quienes le conocieron. Se consideraba a sí mismo un hombre demócrata y liberal, pero no admitía familiaridades a la servidumbre y solía adoptar un aire más bien aristocrático en su trato cotidiano. Su natural entusiasta y positivo (aborrecía la crítica: «La negación es estéril») le llevó en un principio a recibir favorablemente el triunfo de los nazis, en el que veía una victoria de la juventud «quizá algo insensata» contra los políticos tradicionales y aletargados.
El 22 de febrero, domingo, Stefan Zweig tomó una dosis mortal de veronal. Después la tomó su mujer, Lotte. Los encontraron juntos, tendidos en la cama; ella tenía la cabeza apoyada en el hombro de él y la mano sobre las suyas. Sus memorias El mundo de ayer acaban con estas palabras: «Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad».

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