Aquí viven los leones — Fernando Savater & Sara Torres / Lions Live Here: Journey to the Lairs of the Great Writers by Fernando Savater & Sara Torres (spanish book edition)

Magnífica novela que deleitará a los amantes de la literatura y sus grandes genios del arte de escribir, de esto trata el libro, donde como introducción aparecen unas viñetas representando su obra. Además de cómo homenaje a la que fue compañera de viajes de Savater que murió de una enfermedad que dejo huérfano al escritor. Es de los mejores libros de Savater para mi gusto.

Shakespeare
Ese hombre que tanto nos reveló de cómo somos permanece él mismo velado y desconocido. Una de las pocas cosas que sabemos de él es que entre sus papeles preferidos como actor secundario —nunca fue en los escenarios protagonista de sus obras— figuraba el del espectro del padre de Hamlet, que en el primer acto de la tragedia se le aparece a su hijo y desencadena la acción dramática. Pues bien, así es también William Shakespeare en la historia de la literatura: una aparición fantasmal de cuyo paso efectivo por este mundo sabemos poco, salvo que lo cambió para siempre.
La gente no se aficionó al teatro porque lo escribiera Shakespeare, sino que Shakespeare se pasó a la escena porque era la gran afición del público que buscaba diversiones profanas, como luego lo fueron el cine, la televisión y otros flagelos vulgares de las almas refinadas. En la Inglaterra del siglo XVI, eran ya varios los autores que se habían dedicado a satisfacer con éxito el hambre teatral de un público cada vez más amplio y ansioso de innovaciones espectaculares. Uno de los más destacados fue Thomas Kyd, cuya obra La tragedia española tuvo gran éxito.
Su lápida, en la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford, lleva esta leyenda supuestamente escrita por él mismo:
 
Amigo, por el amor de Dios abstente
de perturbar el polvo que aquí se guarda,
bendito sea quien respete estas piedras
y maldito quien toque mis huesos.”

Ramón del Valle Inclán
Fue poeta muy sui generis del grupo modernista, narrador de leyendas de raigambre popular, cronista de Indias y también de las guerras carlistas, inventor de un teatro entre épico y grotesco que aún ocupa la vanguardia en nuestros escenarios, místico y bohemio, quien mejor ha expresado sin clichés doctrinales la espontaneidad anarquista de raíz hispánica. Pero sobre todo fue artífice de una voz tan propia y estilísticamente inconfundible, de una lengua tan sabrosamente galaica, castellana e hispanoamericana, que permanece intraducible; por eso, a pesar de ser uno de los más grandes escritores europeos del siglo XX, permanece semidesconocido para la mayoría de esa Europa culta que, en cambio, celebra con justicia a Eça de Queiroz o D’Annunzio, quienes le inspiraron en parte pero no fueron mayores que él.
Valle no está dispuesto a dejarse vegetar en las redacciones y cafés madrileños, por prestigiosos que un día le pareciesen vistos desde la provincia lejana. Él quiere más y sabe que merece más. ¿Qué es lo que puede hacer un gallego si le falla la subsistencia en su propio país? Irse a América, por supuesto. El joven Ramón tiene parientes en Veracruz, México, que ya optaron por ese camino hace tiempo. De modo que busca el modo más económico para cruzar el gran charco, se va a Francia y allí, en El Havre, se embarca para su aventura de ultramar.
Inventa también el esperpento, esa estilización del realismo reflejado en los espejos deformantes del callejón del Gato, un género que se inicia con la que debe ser su cumbre, Luces de bohemia. Este drama escénico no sólo es una renovación del teatro español (mucho más honda y revolucionaria que la que había intentado con domesticada ligereza Benavente), sino un retrato de grandeza casi shakespeariana de la desolación creadora del escritor sin ambiciones económicas pero armado de rigor estético en un ambiente mediocre de pícaros, burócratas, mendicantes aprovechados y tristeza carnal. Servida por un lenguaje sobrio y sabroso, de enorme eficacia poética sin énfasis declamatorio, apoyado por acotaciones escénicas que a veces prefiguran el surrealismo («el grillo del teléfono se orina por todo el regazo amplio de la burocracia»), Luces de bohemia retrata con acierto igual lo perenne del destino personal y lo fugaz de la coyuntura histórica colectiva.
Que decir del café de la montaña que ahora es un Apple Store de la Puerta del Sol en Madrid donde nacería Max Estrella y perdería un brazo…

Edgar Allan Poe.
El favorito de su mujer, Sara Torres. Érase una vez un escritor de lengua inglesa dotado de una imaginación potente y macabra, pero cuyo difícil carácter le enemistó con sus colegas contemporáneos y cuyo estilo rebuscado y preciosista le granjeó la animadversión de los críticos posteriores, hasta el punto de que parecía condenado a verse marginado y reducido a una mera nota a pie de página de la historia literaria de su época. Pero hete aquí que un poeta francés, de vida bohemia y renombre tan amplio como escandaloso, se sintió fascinado por su obra, la tradujo y conquistó para él en Europa la fama que apenas entrevió en su país de origen.
Poe sostendrá siempre que la aflicción por la muerte de una mujer hermosa es el tema poético por excelencia, unido al secreto deseo de revivirla de algún modo por medio del sortilegio de las palabras: a este motivo literario permanecerá fiel toda su vida, modulándolo de mil maneras, desde el registro más tierno al sumamente estremecedor y morboso.
Aquí podemos hacer un inciso para comentar el esfuerzo de Edgar Poe por luchar contra las trabas que en su época dificultaban a los escritores el poder vivir de su trabajo literario. Este esteta, al que los más exigentes le han afeado el excesivo rebuscamiento y preciosismo de su estilo (Aldous Huxley habla abiertamente de su mal gusto y Harold Bloom aprecia tan escasamente su prosa que dice que es mejor leerle en francés), se planteó siempre con plena conciencia profesional su escritura, nunca como el pasatiempo de un bohemio ocioso y económicamente despreocupado. En este aspecto fue decididamente más yanqui que europeo. Junto con su tarea como autor de ficciones, practicó durante más de trece años la crítica literaria en diversas revistas (no era un censor complaciente: la dureza de sus comentarios le valió el apodo de Tomahawk Man).
No fue quizá un artista sublime, pero sí un insuperable inspirador de nuevos géneros, de imágenes torturadas e indelebles, y dueño de una voz que ha encendido innumerables ecos en la narrativa, el cine, el cómic, la televisión, la música, el teatro… No sólo está en las estanterías de las bibliotecas sino en ese rincón íntimo de nuestra imaginación al que nos retiramos a veces para disfrutar con escalofrío de cuanto somos y de cuanto vamos dejando de ser.

Giacomo Leopardi.
Fue raquítico, jorobado en la espalda y en el pecho, asmático, siempre enfermo del estómago, de las articulaciones, de los nervios, casi ciego al final de su vida… Pero dicen que su sonrisa, cuando quería y podía sonreír, era maravillosa. Sólo vivió treinta y ocho años. Sin embargo, le dio tiempo a ser poeta y pensador, a traducir a los clásicos, a escribir cartas prodigiosas, a comentar a los mejores autores, a transformar las letras italianas modernas y a convertirse en un compañero insustituible para tantos y tantos de los mejores espíritus hasta el día de hoy.
Hombre de paradojas, como toda inteligencia despierta y viva, Leopardi fue un materialista hostil a la materia y un partidario de las libertades y las luces pero que detestaba cordialmente el progreso, las ciencias sociales, lo útil, etc.
¿Y el amor? Giacomo sintió apasionadamente la necesidad de ser amado por una mujer, quizá potenciada por la frialdad de trato que le dispensó su madre. Pero probablemente sus dolencias le imposibilitaban para una respuesta física a cualquier afecto sexual, mientras que su cuerpo anómalo hacía improbable su atractivo en ese campo.

Agatha Christie.
Hay discusión acerca del origen de la narración detectivesca. Algunos lo remontan a la Biblia, hasta aquel episodio del libro de Daniel en que el profeta descubre que no es Baal quien consume los alimentos que se le ofrecen sino sus sacerdotes, a los que desenmascara esparciendo granos de trigo por la noche en torno al ídolo, donde a la mañana siguiente pueden verse huellas de pies furtivos. Para otros, más helénicos, el padre de todos los detectives y también el más desventurado es Edipo, que sabe responder al enigma de la Esfinge para luego descubrir que el asesino de su padre no es otro que él mismo. Son hipótesis ingeniosas y eruditas, aunque bastante caprichosas. Yo creo que el género es moderno y exige un crimen misterioso, pero también el ajetreo mestizo de las grandes urbes mecanizadas que aparecen en el siglo XIX y el choque entre los métodos rutinarios de los cuerpos policiales recién inventados y sus competidores privados, de un racionalismo más científico e innovador. Sin duda “la piedra lunar” de Wilkie Collins es lo mejor del género.
Casi todas las escritoras del género detectivesco han idealizado a sus investigadores protagónicos e infalibles. El lord Peter Wimsey de Dorothy L. Sayers, el Albert Campion de Margery Allingham, el inspector jefe Roderick Alleyn de Ngaio Marsh o el también inspector Adam Dalgliesh de P. D. James, que además es poeta, son algo así como varones sublimados o, si se quiere, novios perfectos: todas sus creadoras demuestran estar más o menos enamoradas de ellos. Son jóvenes, guapos, ingeniosos, dotados de gran sentido del humor y desde luego seductores. Pero Hércules Poirot, en cambio, es viejo (sólo este detalle lamentó haberle atribuido su autora, porque su perpetuidad novelesca le hizo morir con más de cien años…), bajito, calvo, con cabeza de huevo y risibles bigotes engominados, vanidoso, poseído por tics verbales y desde luego alejado de —casi opuesto a— cualquier encanto romántico. Muy inteligente, pero virilmente nada atractivo: es evidente que su autora nunca fantaseó con él como perfecto compañero de lecho, ni siquiera conyugal.
En aspectos de costumbres y sobre todo en el terreno amoroso se muestra a veces sorprendentemente desprovista de prejuicios… al menos para lo que se llevaba en su día. Sobre todo, se mantuvo durante sus mejores años permanentemente inventiva, maquiavélica y capaz de una escritura que describe horrores sin ceder al mal gusto sanguinolento ni al sermón sociológico, como luego, por desgracia, hemos debido soportar de tantos. Sí, ciertamente fue popular a ultranza y muchos no se lo perdonan.
Winterbrook, su morada donde escribió sus grandes obras, que decir del incidente en el cual desapareció y se criticó haber utilizado demasiados medios para buscarla y sin duda es mucho más que la sempiterna ratonera.

Alfonso Reyes.
Alfonso Reyes, que allí por donde pasó dejó una estela de simpatía y cordialidad casi universales, reforzada por su presta disposición a ayudar a sus colegas y promover sin envidiosas rencillas la obra ajena. Nada tiene que ver esta actitud con la mediocridad bonachona de quien carece de valía propia: Reyes es autor de una obra tan copiosa como estimable en casi todos los campos a los que puede dedicarse un hombre de letras, sea el ensayo o la poesía, la erudición o los juegos de ingenio.
Fue un auténtico trotamundos literario, París, San Sebastián, Madrid, Buenos Aires…
En su retorno a México fue objeto de ataques e intrigas que amargaron su llegada y a los que se negó a responder. «[Mis amigos] quieren incitarme a que conteste y pelee por la prensa… ¡Parece mentira! Se apodera de mí poco a poco una tristeza seca.» Felizmente, no le faltaron compañeros devotos que le acompañaron y facilitaron su acomodo y sus nuevos proyectos: Genaro Estrada, Daniel Cosío Villegas, Manuel Sandoval… También escritores españoles asilados en México y a los que conocía de antaño, como Enrique Díez Canedo y José Moreno Villa. El gran maestro de filosofía y último rector de la Universidad de Madrid en la República, José Gaos, era un visitante asiduo de la «capilla». Y por supuesto muchos jóvenes escritores que le admiraban y que no compartían prejuicios o resquemores añejos contra él, como Octavio Paz.

Gustave Flaubert.
Samuel Beckett decía que un escritor que explica lo que escribe es como un caracol que explica su concha. Gustave Flaubert pertenece a esta exigente e insólita cofradía. Él mismo se declaró un hombre-pluma, que sentía a través de ella, padecía y gozaba gracias a ella, una máquina de escribir humana. Sin duda es el candidato de escribir sobre la condición humana.
Gustave Flaubert escribía de una forma minuciosa, recurrente, infinitamente deliberada. Primero, se documentaba exhaustivamente con toda clase de fuentes no sólo sobre el tema central del libro que preparaba, sino también sobre cualquier aspecto mencionado tangencialmente en él. Más de una vez leía un par de gruesos volúmenes sólo para añadir un nombre, un juguete, la ubicación de un edificio. Estas lecturas previas (complementadas a veces con viajes a los lugares de la acción, etc.) se fueron haciendo cada vez más copiosas y obsesivas, hasta llegar a la ciclópea biblioteca de muchos miles de volúmenes que consultó para preparar su libro finalmente truncado por la muerte, Bouvard y Pécuchet. Esta fijación en la exactitud de los detalles y el decorado de su narración contrasta con su obstinada negativa a considerarse un escritor «realista», como le proclamaron algunos de los que se decían sus discípulos. No, Flaubert no creía que la literatura debería ser realista, sino que la realidad debía llegar a ser plenamente literaria. Lo importante era el estilo.

Stefan Zweig.
Stefan Zweig era un escritor mundialmente conocido y admirado, probablemente el mayor best-seller de su siglo; aunque los nazis habían quemado y prohibido sus libros, invadido su país y expoliado su casa, junto con sus más queridas posesiones, los derechos de autor de sus obras, traducidas a todos los idiomas, le garantizaban una más que desahogada posición económica; gozaba de una salud razonablemente buena a sus sesenta y un años, recién casado en segundas nupcias con una joven esposa que le adoraba hasta el punto de sacrificarse y morir junto a él; su reputación de líder intelectual europeo y pacifista de primera hora le convertía en un referente moral para muchos, aunque no faltasen controversias en torno a su ejecutoria, como las que conoce toda destacada figura pública… ¿Por qué entonces ese suicidio que conmovió a tantos lectores y que algunos alzaron al rango de culpa histórica, como André Maurois, que advirtió solemnemente: «Los hombres de bien deberían meditar sobre la responsabilidad y la vergüenza de una civilización capaz de crear un mundo donde Stefan Zweig no ha podido vivir»?.
Stefan entraba en sus treinta años, dos sucesos fundamentales irrumpen en su vida, primero una mujer que ya no es ave de paso, sino todo lo contrario, y después la guerra. Casualmente conoce a una admiradora, Friderike Maria von Winternitz, que le adora desde lejos pero que no tiene inconveniente en acercarse todo lo que él quiera, pese a estar casada y tener dos hijas. Zweig se ve seducido por esa mujer hermosa y muy inteligente, aburrida por un marido superficial y disipado que no se la merece. Friderike entiende bien no ya lo que Stefan quiere —eso quizá no lo sepa ni él mismo— sino lo que necesita para reforzar su confianza en sí mismo y la fuerza de ese fervor casi adolescente que le resulta imprescindible para crear. Esta complicidad vital se le hará a él completamente necesaria, de tal modo que ya nunca renunciará a ella, ni siquiera cuando tenga aventuras ocasionales.
La personalidad de Stefan Zweig no sólo albergaba contradicciones notables sino que también despertaba reacciones opuestas entre quienes le conocieron. Se consideraba a sí mismo un hombre demócrata y liberal, pero no admitía familiaridades a la servidumbre y solía adoptar un aire más bien aristocrático en su trato cotidiano. Su natural entusiasta y positivo (aborrecía la crítica: «La negación es estéril») le llevó en un principio a recibir favorablemente el triunfo de los nazis, en el que veía una victoria de la juventud «quizá algo insensata» contra los políticos tradicionales y aletargados.
El 22 de febrero, domingo, Stefan Zweig tomó una dosis mortal de veronal. Después la tomó su mujer, Lotte. Los encontraron juntos, tendidos en la cama; ella tenía la cabeza apoyada en el hombro de él y la mano sobre las suyas. Sus memorias El mundo de ayer acaban con estas palabras: «Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad».

Magnificent novel that will delight lovers of literature and its great geniuses of the art of writing, this is the book, where as an introduction appear some vignettes representing his work. In addition to how a tribute to Savater who was a travel companion who died of a disease that left the writer orphan. It is one of the best Savater books for my taste.

Shakespeare
That man who revealed to us so much of how we are remains himself veiled and unknown. One of the few things we know about him is that among his favorite roles as a secondary actor -never was it on the stage of his plays- was the specter of Hamlet’s father, who in the first act of the tragedy appears to him his son and triggers the dramatic action. Well, this is also William Shakespeare in the history of literature: a ghostly apparition whose effective passage through this world we know little, except that he changed it forever.
People did not like the theater because Shakespeare wrote it, but Shakespeare went on the scene because it was the public’s great hobby that sought profane amusements, as then were movies, television and other vulgar scourges of refined souls. In sixteenth-century England, there were already several authors who had dedicated themselves to successfully satisfying the theatrical hunger of an increasingly broad public eager for spectacular innovations. One of the most prominent was Thomas Kyd, whose work The Spanish tragedy was very successful.
His tombstone, in the church of the Holy Trinity of Stratford, carries this legend supposedly written by himself:

Friend, for the love of God abstain
to disturb the dust that is stored here,
blessed be he who respects these stones
and cursed who touches my bones. ”

Ramón del Valle Inclán
He was very sui generis poet of the modernist group, narrator of popular roots, chronicler of the Indies and also of the Carlist wars, inventor of a theater between epic and grotesque that still occupies the vanguard in our scenarios, mystical and bohemian, who has better expressed without doctrinal clichés the anarchist spontaneity of Hispanic roots. But above all, he was the architect of a voice so unique and stylistically unmistakable, of a language so flamboyantly Galician, Castilian and Hispanic American, that remains untranslatable; for that reason, in spite of being one of the greatest European writers of century XX, remains half-known for the majority of that cultured Europe that, however, celebrates with justice to Eça de Queiroz or D’Annunzio, who inspired to him partly but they were not older than him.
Valle is not willing to be vegetated in Madrid’s newsrooms and cafés, as prestigious as they might have once looked from the distant province. He wants more and knows he deserves more. What can a Galician do if his livelihood fails in his own country? Go to America, of course. The young Ramón has relatives in Veracruz, Mexico, who have already opted for this path a long time ago. So he looks for the cheapest way to cross the big puddle, he goes to France and there, in Le Havre, he embarks for his overseas adventure.
He also invents the grotesque, that stylization of realism reflected in the distorting mirrors of the Callejón del Gato, a genre that begins with what should be its summit, Luces de bohemia. This stage drama is not only a renovation of the Spanish theater (much deeper and more revolutionary than the one that had tried with domesticated lightness Benavente), but a portrait of almost Shakespearian grandeur of the creative desolation of the writer without economic ambitions but armed with aesthetic rigor in a mediocre environment of rogues, bureaucrats, mendicants taken advantage of and carnal sadness. Served by a sober and tasty language, of enormous poetic effectiveness without declamatory emphasis, supported by stage directions that sometimes prefigure surrealism (“the cricket of the phone urinates through the wide lap of the bureaucracy”), Bohemia lights portrays with The same applies to the perennial of personal destiny and the fleeting of the collective historical conjuncture.
What to say about the mountain cafe that is now an Apple Store of the Puerta del Sol in Madrid where Max Estrella would be born and lose an arm …

Edgar Allan Poe.
The favorite of his wife, Sara Torres. Once upon a time there was an English-language writer endowed with a powerful and macabre imagination, but whose difficult character alienated him with his contemporary colleagues and whose sophisticated and precious style earned him the animosity of later critics, to the point that he seemed doomed to be seen marginalized and reduced to a mere footnote of the literary history of his time. But here is a French poet, bohemian life and renown as wide as scandalous, he was fascinated by his work, translated and won for him in Europe the fame that barely glimpsed in his country of origin.
Poe will always maintain that affliction over the death of a beautiful woman is the poetic theme par excellence, together with the secret desire to revive her in some way by means of the spell of words: to this literary motive he will remain faithful all his life, modulating it in a thousand ways, from the most tender record to the most shocking and morbid.
Here we can make a point to comment on the effort of Edgar Poe to fight against the obstacles that in his time made it difficult for writers to live from their literary work. This esthete, to which the most demanding ones have spoiled the excessive searching and preciousness of his style (Aldous Huxley speaks openly of his bad taste and Harold Bloom so poorly appreciates his prose that he says it is better to read in French), he always considered full professional conscience his writing, never as the pastime of a bohemian idle and economically carefree. In this respect he was decidedly more Yankee than European. Along with his task as author of fictions, he practiced literary criticism in several magazines for more than thirteen years (he was not a complacent censor: the harshness of his comments earned him the nickname of Tomahawk Man).
He was not perhaps a sublime artist, but an insuperable inspirer of new genres, of tortured and indelible images, and master of a voice that has ignited innumerable echoes in narrative, cinema, comics, television, music, theater … Not only is it on the shelves of the libraries but in that intimate corner of our imagination that we sometimes retreat to enjoy with a chill of how much we are and how much we are ceasing to be.

Giacomo Leopardi.
He was stunted, hunchbacked on his back and chest, asthmatic, always sick with stomach, joints, nerves, almost blind at the end of his life … But they say that his smile, when he wanted to and could smile, was wonderful. He only lived thirty-eight years. However, it gave him time to be a poet and thinker, to translate the classics, to write prodigious letters, to comment on the best authors, to transform modern Italian letters and to become an irreplaceable companion for so many of the best spirits to this day.
Man of paradoxes, as all intelligence awakens and lives, Leopardi was a materialist hostile to the matter and a supporter of freedoms and lights but he detested cordially the progress, the social sciences, the useful, etc.
And love? Giacomo felt passionately the need to be loved by a woman, perhaps enhanced by the coldness of treatment that his mother gave him. But probably his ailments made it impossible for a physical response to any sexual affection, while his anomalous body made his attractiveness in that field unlikely.

Christie Agatha.
There is discussion about the origin of the detective story. Some go back to the Bible, until that episode of the book of Daniel in which the prophet discovers that it is not Baal who consumes the food offered but his priests, who unmasks by scattering grains of wheat at night around the idol , where the next morning you can see traces of furtive feet. For others, more Hellenic, the father of all the detectives and also the most hapless is Oedipus, who knows how to answer the enigma of the Sphinx and then discover that his father’s murderer is none other than himself. They are ingenious and erudite hypotheses, although quite capricious. I believe that the genre is modern and requires a mysterious crime, but also the mestizo bustle of large mechanized cities that appear in the nineteenth century and the clash between the routine methods of newly invented police forces and their private competitors, a rationalism more scientific and innovative. No doubt “the moonstone” by Wilkie Collins is the best of the genre.
Almost all the writers of the detective genre have idealized their leading and infallible researchers. The Lord Peter Wimsey of Dorothy L. Sayers, the Albert Campion of Margery Allingham, the Chief Inspector Roderick Alleyn of Ngaio Marsh or the also Inspector Adam Dalgliesh of PD James, who is also a poet, are something like sublimated males or, if she wants, perfect boyfriends: all her creators prove to be more or less in love with them. They are young, handsome, witty, endowed with a great sense of humor and of course seductive. But Hercules Poirot, on the other hand, is old (only this detail regretted having attributed his author, because his fictional perpetuity made him die with more than a hundred years …), short, bald, with an egg head and laughable greasy mustache, vain , possessed by verbal tics and certainly away from – almost opposite to – any romantic charm. Very intelligent, but virilely unattractive: it is clear that the author never fantasized with him as a perfect bed partner, even conjugal.
In aspects of customs and especially in the field of love is sometimes surprisingly devoid of prejudice … at least for what was in his day. Above all, during his best years he remained permanently inventive, Machiavellian and capable of a writing that describes horrors without yielding to bloody bad taste or to the sociological sermon, as then, unfortunately, we have had to endure so many. Yes, it was certainly popular and many do not forgive it.
Winterbrook, his dwelling where he wrote his great works, what to say of the incident in which he disappeared and criticized having used too many means to search for it and without a doubt it is much more than the everlasting mousetrap.

Alfonso Reyes.
Alfonso Reyes, who, wherever he went, left a trail of almost universal sympathy and cordiality, reinforced by his willingness to help his colleagues and promote the envious work of others without jealous quarrels. This attitude has nothing to do with the good-natured mediocrity of one who lacks self-worth: Reyes is the author of a work as copious as it is estimable in almost all the fields to which a man of letters can devote himself, whether essay or poetry, erudition or games of wit.
He was a real literary globetrotter, Paris, San Sebastian, Madrid, Buenos Aires …
On his return to Mexico he was the target of attacks and intrigues that embittered his arrival and those he refused to answer. «[My friends] want to encourage me to answer and fight for the press … It seems a lie! A sad sadness seizes me little by little. “Happily, he did not lack devoted companions who accompanied him and facilitated his accommodation and his new projects: Genaro Estrada, Daniel Cosío Villegas, Manuel Sandoval … Also Spanish writers retired in Mexico and those that I knew of yesteryear, like Enrique Díez Canedo and José Moreno Villa. The great teacher of philosophy and last rector of the University of Madrid in the Republic, José Gaos, was a regular visitor to the “chapel”. And of course many young writers who admired him and who did not share old prejudices or resentments against him, such as Octavio Paz.

Gustave Flaubert.
Samuel Beckett said that a writer who explains what he writes is like a snail that explains its shell. Gustave Flaubert belongs to this demanding and unusual fraternity. He himself declared himself a pen-man, who felt through her, suffered and enjoyed thanks to her, a human typewriter. Without a doubt, he is the candidate to write about the human condition.
Gustave Flaubert wrote in a meticulous, recurrent, infinitely deliberate way. First, it was documented exhaustively with all kinds of sources not only about the central theme of the book he was preparing, but also about any aspect mentioned tangentially in it. More than once I read a couple of thick volumes just to add a name, a toy, the location of a building. These previous readings (complemented sometimes with trips to the places of action, etc.) became increasingly copious and obsessive, until arriving at the cyclopean library of many thousands of volumes that he consulted to prepare his book finally truncated by the death, Bouvard and Pécuchet. This fixation on the accuracy of the details and the decoration of his narrative contrasts with his obstinate refusal to consider himself a “realist” writer, as he was proclaimed by some of his disciples. No, Flaubert did not believe that literature should be realistic, but that reality should become fully literary. The important thing was the style.

Stefan Zweig.
Stefan Zweig was a world-renowned and admired writer, probably the greatest bestseller of his century; Although the Nazis had burned and forbidden his books, invaded his country and plundered his house, along with his most beloved possessions, the copyright of his works, translated into all languages, guaranteed him a more than comfortable economic position; He enjoyed reasonably good health at sixty-one, newly married in remarriage with a young wife who adored him to the point of sacrificing and dying with him; his reputation as European intellectual leader and pacifist of the first hour made him a moral reference for many, although there were no disputes about his performance, as those known to all outstanding public figure … Why then that suicide that moved so many readers and that some rose to the rank of historical guilt, like André Maurois, who solemnly warned: “Right men should meditate on the responsibility and shame of a civilization capable of creating a world where Stefan Zweig could not live”? .
Stefan entered his thirties, two fundamental events burst into his life, first a woman who is no longer a passing bird, but quite the opposite, and then the war. Coincidentally, he meets an admirer, Friderike Maria von Winternitz, who adores him from afar but who has no objection to approaching everything he wants, despite being married and having two daughters. Zweig is seduced by that beautiful and very intelligent woman, bored by a shallow and dissipated husband who does not deserve it. Friderike understands well not what Stefan already wants-maybe he does not even know it-but what he needs to reinforce his self-confidence and the strength of that almost adolescent fervor that is essential for him to create. This vital complicity will be made completely necessary to him, in such a way that he will never renounce it, even when he has occasional adventures.
The personality of Stefan Zweig not only harbored notable contradictions but also aroused opposing reactions among those who knew him. He considered himself a democratic and liberal man, but he did not admit familiarities with serfdom and used to adopt a rather aristocratic air in his daily dealings. His enthusiastic and positive natural (he hated criticism: “Denial is sterile”) led him at first to welcome the victory of the Nazis, in which he saw a victory of youth “perhaps something foolish” against traditional politicians and lethargic.
On February 22, Sunday, Stefan Zweig took a deadly dose of veronal. Then he was taken by his wife, Lotte. They found them together, lying on the bed; she had her head resting on his shoulder and his hand on hers. His memories The world of yesterday end with these words: “But all shadow is, after all, daughter of light and only who has known clarity and darkness, war and peace, the rise and fall, only this one has really lived ».

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