El cristianismo al descubierto — Paul Henri Thiry, barón de Holbach.

Una muy interesante breve obra sobre el cristianismo y lo que pensaba este barón, escrito a mitad del s.XVIII es un libro que no pierde un ápice en su lectura y es considerado uno de los padres del ateísmo ilustrado. Empieza respondiendo a aquellos a quienes le atacan por haber escrito semejante obra.

Comenzáis admitiendo la necesidad de examinar la religión y someter sus opiniones al tribunal de la razón. Convenís conmigo en que el cristianismo no puede superar este examen, y que ante el sentido común no parece más que una sarta de disparates, fábulas deshilvanadas, dogmas insensatos, ceremonias pueriles e ideas tomadas de prestado a los caldeos, egipcios, fenicios, griegos y romanos. En pocas palabras, confesáis que este sistema religioso no es sino el producto informe de casi todas las antiguas supersticiones alumbradas por el fanatismo oriental y modificadas de diversas maneras por las circunstancias, las épocas, los intereses, los caprichos y los prejuicios de quienes se consideran a sí mismos inspirados, enviados de Dios e intérpretes de sus nuevas voluntades.
Os estremecen los horrores que el espíritu intolerante de los cristianos les ha hecho cometer siempre que han tenido poder y presentís que una religión fundada sobre un Dios sanguinario sólo puede ser una religión de sangre. Os lamentáis de este frenesí que se apodera desde la infancia del espíritu de príncipes y pueblos y los vuelve igualmente esclavos de la superstición y sus sacerdotes, les impide conocer sus verdaderos intereses, los hace sordos a la razón y los distrae de los grandes objetivos de los que deberían ocuparse. Reconocéis que una religión fundada en el fervor o la impostura no puede tener principios firmes, debe ser una fuente eterna de disputas y terminar siempre causando problemas, persecuciones y estragos, sobre todo en el momento en que el poder político se creerá inevitablemente obligado a entrar en sus querellas.

¿Como podéis juzgar que mi obra es peligrosa? Me decís que el sabio debe pensar por sí mismo, que el pueblo necesita una religión, buena o mala, que es un freno necesario para los espíritus simples y toscos, que sin ella no tendrían motivos para abstenerse del crimen y el vicio. Contempláis la reforma de los prejuicios religiosos como algo imposible y consideráis que los príncipes, los únicos que pueden realizarla, están demasiado interesados en mantener a sus súbditos en una ceguera de la que se aprovechan. Éstas son, si no me equivoco, las objeciones más importantes que me habéis hecho y que voy a tratar de rebatir.
En primer lugar, no creo que un libro pueda ser peligroso para el pueblo. El pueblo ni lee ni razona; carece del ocio y la capacidad para hacerlo. Por otro lado, no es la religión sino la ley la que contiene al vulgo; y si un insensato le propusiera robar o asesinar, la horca le disuadiría de hacerlo. Además, si por azar se encontrara entre el pueblo a un hombre capaz de leer una obra filosófica, podemos estar seguros de que esa persona no sería, por regla general, un criminal al que temer.

De las manos de estos guías ineptos y despreciables sólo se ve salir a hombres ignorantes y supersticiosos que, si han aprovechado las lecciones que recibieron, no saben nada de las necesidades de la sociedad, de la que van a convertirse en miembros inútiles.
Desde donde quiera que lo miremos, veremos desatendido el estudio de los asuntos más importantes para el hombre. La moral, bajo la cual incluyo también la política, no se tiene en cuenta en absoluto en la educación europea. La única moral que se enseña a los cristianos es esa moral fervorosa, impracticable, contradictoria e incierta contenida en el Evangelio.
Hay que distinguir entre moral religiosa y moral política: la primera la hacen los santos y la segunda los ciudadanos; una forma hombre inútiles o incluso perjudiciales para el mundo; la otra debe tener como objetivo formar para la sociedad miembros útiles, activos, capaces de servirla, que cumplan con los deberes de esposos, padres, amigos y socios, sean cuales sean sus opiniones metafísicas, que, diga lo que diga la teología, son mucho menos seguras que las reglas invariables del sentido común.
Efectivamente, es cierto que el hombre es un ser sociable que busca en todo su propia felicidad, que hace el bien cuando halla en ello su propio interés, que si actúa comúnmente con maldad es sólo porque, de lo contrario, estaría obligado a renunciar a su bienestar.

Un ser razonable debe proponerse en todas sus acciones su felicidad personal y la de sus semejantes. La religión, que se nos presenta como lo más importante para nuestra felicidad temporal y eterna, sólo tiene ventajas para nosotros en la medida en que hace nuestra existencia feliz en este mundo y nos convence de que cumplirá las halagüeñas promesas hechas para el otro. Nuestros deberes hacia el Dios a quien consideramos señor de nuestros destinos no pueden estar fundados sino en los bienes que esperamos o sobre los males que tememos de su parte.
Concluyamos, por tanto, que la religión cristiana no posee el derecho de vanagloriarse de los beneficios que procura a la moral o la política. Arranquémosle el velo con que se cubre, remontémonos a su origen, analicemos sus principios, sigámosla en su camino y encontraremos que, fundada en la impostura, la ignorancia y la credulidad, no ha sido ni será jamás útil sino para hombres interesados en engañar al género humano; que nunca cesó de causar los peores males a las naciones y que, en lugar de la felicidad prometida, sólo sirvió para embriagarlas de furor, anegarlas en sangre, sumirlas en el delirio y el crimen y hacerles desconocer sus verdaderos intereses y sus deberes más sagrados.
Para explicar todas estas contradicciones basta echar una mirada sobre el Dios que los cristianos han heredado de los judíos. No contentos con los horribles rasgos con que lo dibujó Moisés, los cristianos han desfigurado más aún su imagen. Los castigos pasajeros de esta vida son los únicos de los que habla el legislador hebreo; el cristiano ve a su bárbaro Dios vengándose con rabia y sin medida por toda la eternidad. En suma, el fanatismo de los cristianos se nutre de la indignante idea de un infierno en el que su Dios, convertido en verdugo tan injusto como implacable, beberá las lágrimas de sus criaturas desafortunadas y perpetuará su existencia para continuar haciéndola eternamente desgraciada. Allí, ocupado en su venganza, disfrutará de los tormentos del pecador y escuchará con placer los alaridos inútiles con los que éste hará retumbar su abrasador calabozo. La esperanza de ver el final de sus penas no dará ninguna tregua a sus suplicios.
En fin, al adoptar al terrible Dios de los judíos, el cristianismo llegó a superar su crueldad: lo representa como el tirano más insensato, bellaco y cruel que pueda concebir el espíritu humano, y supone que trata a sus súbditos con una injusticia y una barbarie verdaderamente dignas de un demonio. Para convencernos de esta verdad, expongamos el retrato de la mitología judaica, adoptada y hecha aún más extravagante por los cristianos.
Dios hace surgir el universo de la nada mediante un acto inconcebible de su omnipotencia13. Crea el mundo para que sea la morada del hombre, a quien ha hecho a su imagen. Apenas ha visto la luz este hombre, único objetivo de las obras de su Dios, su creador le tiende una trampa en la cual sabía, sin duda, que iba a caer. Una serpiente que habla seduce a una mujer que no se sorprende de este fenómeno. Persuadida por la serpiente, pide a su marido que coma un fruto prohibido por el mismo Dios.

En suma, entre el número, tal vez exagerado, de los mártires de que se jacta el cristianismo, hay algunos que más bien fueron víctimas de un celo desmedido, un humor turbulento y un espíritu sedicioso que de un espíritu religioso. La propia Iglesia no se atreve ya a justificar a quienes su fogosa imprudencia ha llevado hasta perturbar el orden público, romper los ídolos y derribar los templos del paganismo. Si los hombres de esta especie fueran considerados mártires, todos los sediciosos y perturbadores de la sociedad tendrían derecho a ese título cuando se les castiga.
¿Cómo concebir a un Dios que, no habiendo creado el mundo sino para la felicidad del hombre, permite que la mayor parte de la raza humana sea desgraciada en este mundo y en el otro? ¿Cómo puede ofenderse por los actos de sus criaturas un Dios que goza de la suprema felicidad? Este Dios es, pues, capaz de sentir dolor y su ser puede turbarse; es, por tanto, dependiente del hombre, que puede alegrarle o afligirle a voluntad. ¿Cómo un Dios poderoso permite a sus criaturas una libertad funesta de la que pueden abusar para ofenderle y perderse ellas mismas? ¿Cómo puede un Dios hacerse hombre, y cómo puede morir el propio autor de la vida y la naturaleza? ¿Cómo puede un Dios único llegar a ser triple sin perjuicio de su unidad? Se nos responde que todas estas cosas son misterios, pero estos misterios destruyen la existencia misma de Dios.
Poco contentos con las misteriosas sombras que el cristianismo ha extendido sobre la divinidad y con las fábulas judaicas que adoptaron al respecto, los doctores cristianos parecen únicamente dedicados a multiplicar los misterios y confundir más y más la razón de sus discípulos. La religión, destinada a iluminar a las naciones, sólo es un tejido de enigmas, un laberinto del que es imposible salir cuerdo. Lo que las antiguas supersticiones creyeron más inconcebible tuvo que hallar necesariamente un lugar en un sistema religioso que ponía como principio imponer un silencio eterno a la razón. En manos de los sacerdotes cristianos, el fatalismo de los griegos se convirtió en predestinación. Siguiendo este tiránico dogma, el Dios de la misericordia destina a la mayor parte de los desdichados mortales a los tormentos eternos.

En definitiva, habiendo tomado los cristianos como regla de su conducta y opiniones un libro como la Biblia, es decir, una obra repleta de fábulas espantosas, ideas terribles sobre la divinidad y contradicciones sorprendentes, jamás han podido saber a qué atenerse, jamás se han puesto de acuerdo sobre la manera de entender la voluntad de un Dios cambiante y caprichoso, y jamás han sabido de forma precisa lo que este Dios les exigía. Este libro oscuro fue para los cristianos una manzana de la discordia, una fuente inagotable de querellas, un arsenal en el que los partidos más enfrentados se procuraban por igual las armas. Los geómetras no tienen disputa alguna acerca de los principios fundamentales de su ciencia. ¿Por qué fatalidad el libro revelado de los cristianos, que encierra los fundamentos de su religión divina, de lo que depende su felicidad eterna, es ininteligible y motivo de discusiones que han ensangrentado la tierra con tanta frecuencia? A juzgar por sus efectos, un libro semejante, ¿no debería ser visto más bien como la obra de un genio maligno, con disposición al engaño y las tinieblas, y no como el de un Dios que se interesa por la conservación y bondad de los hombres, a los que quiere iluminar?.
En España, Portugal e Italia, donde ha fijado su morada la secta más supersticiosa del cristianismo, los pueblos viven en la ignorancia más vergonzosa de sus deberes; el robo, el asesinato, la persecución y el desenfreno se llevan a su apogeo y todo está lleno de supersticiosos. Encontramos allí muy pocos hombres virtuosos, y la misma religión, cómplice del crimen, proporciona asilo a los criminales procurándoles medios fáciles para reconciliarse con la divinidad. Las oraciones, las prácticas y las ceremonias parecen dispensar a los hombres de mostrar sus virtudes. En los países donde se jactan de poseer un cristianismo en toda su pureza, la religión ha absorbido tan completamente la atención de sus seguidores que éstos desconocen por entero la moral y creen haber cumplido todos sus deberes desde el momento en que muestran un apego escrupuloso a las minucias religiosas, totalmente ajenas al bienestar de la sociedad.
Todas las virtudes que el cristianismo admira, o son extremadas y fanáticas o no pretenden otra cosa que volver al hombre tímido, abyecto e infeliz. Si le proporcionan valor, el cristiano se hace pronto pertinaz, altanero, cruel y perjudicial para la sociedad. Así debe ser para responder a las opiniones de una religión que desdeña la tierra y no duda en llevar a ésta la confusión con tal de que su celoso Dios triunfe sobre sus enemigos. Ninguna moral verdadera puede ser compatible con semejante religión.

En resumen, ninguna sociedad civilizada podría existir si siguiera rigurosamente las máximas del cristianismo. Si se pone en duda esta afirmación, escúchese lo que dicen los primeros doctores de la Iglesia: se comprobará que su moral es totalmente incompatible con la conservación y el poder de un Estado. Se verá que, según Lactancio, ningún hombre puede ser soldado; según san Justino, ningún hombre debe casarse; según Tertuliano, ningún hombre puede ser magistrado; según san Juan Crisóstomo, ningún hombre debe comerciar; según muchos de ellos, ningún hombre debe estudiar. En fin, uniendo estas máximas a las del Salvador del mundo, resultará que un cristiano que persiga su perfección, de acuerdo con su deber, será el miembro más inútil a su país, su familia y todos los que lo rodean: un contemplador ocioso que no piensa más que en la otra vida, no tiene nada en común con los intereses de este mundo y sólo quiere salir de él cuanto antes.
En definitiva, una religión cuyas máximas tienden a hacer a los hombres intolerantes, a los soberanos perseguidores y a los súbditos esclavos o rebeldes, una religión cuyos dogmas oscuros son eternos motivos de disputa, y cuyos principios descorazonan a los hombres y les impiden ocuparse de sus verdaderos intereses, una religión semejante, digo, es destructiva para cualquier sociedad.

Siempre ha habido hombres que han sabido sacar provecho de los errores de la tierra. Los sacerdotes de todas las religiones han encontrado el medio de cimentar su propio poder, sus riquezas y su grandeza en los miedos del vulgo, pero ninguna religión ha tenido tantas razones como el cristianismo para esclavizar los pueblos al clero. Los primeros predicadores del Evangelio, los apóstoles, los primeros sacerdotes de los cristianos, son descritos como hombres divinos, inspirados por el espíritu de Dios, con el que comparten su omnipotencia. Aunque no todos sus sucesores gozan de las mismas prerrogativas, el cuerpo de sus sacerdotes, o Iglesia, es continuamente iluminada, en opinión los cristianos, por el Espíritu Santo, que jamás lo abandona. Goza colectivamente de infalibilidad y, por consiguiente, sus decisiones resultan tan sagradas como las de la propia divinidad o son fruto de una revelación continua.
El cristianismo hace a las sociedades cómplices de todos los males que les causan los ministros de la divinidad. Ni la inutilidad de sus oraciones, probada por la experiencia de tantos siglos, ni los efectos sangrientos de sus funestas disputas, ni siquiera sus excesos y desenfrenos han podido desengañar todavía a las naciones acerca de estos hombres divinos, de quienes, según creen ingenuamente, depende su salvación.
Así la religión ha llegado a ser el recurso más importante de una política injusta y cobarde, que ha creído necesario engañar a los hombres para gobernarlos con mayor facilidad. Que los príncipes ilustrados y virtuosos se alejen de estos medios tan bajos; que conozcan sus verdaderos intereses; que sepan que están unidos a los de sus súbditos, y que no pueden ser realmente poderosos si no cuentan con ciudadanos valientes, activos, trabajadores y virtuosos, aliados a sus señores. Que estos señores sepan, en definitiva, que la alianza con sus súbditos sólo puede estar fundada en el bienestar que se les procura. Si los reyes estuvieran imbuidos de estas importantes verdades, no habrían tenido necesidad de religión ni de sacerdotes para gobernar las naciones.
Si la religión cristiana es, como se pretende, un freno para los crímenes inconfesables de los hombres y ejerce efectos saludables sobre ciertos individuos, ¿son comparables estas ventajas tan extrañas, débiles y dudosas con los males visibles, seguros e inmensos que esta religión ha sembrado sobre la tierra? Algunos crímenes oscuros evitados, algunas conversiones inútiles para la sociedad, algunos arrepentimientos estériles y tardíos y algunas fútiles restituciones, ¿pueden decantar la balanza hacia el lado de la religión si los comparamos con las continuas disensiones, guerras sangrientas, terribles masacres, persecuciones e increíbles crueldades de las que la religión cristiana ha sido causa y pretexto desde su fundación? Esta religión arma a naciones enteras para su destrucción recíproca, incendia el corazón de millones de fanáticos, lleva la confusión a familias y Estados y riega la tierra con lágrimas y sangre por oponerse a un pensamiento privado que procura ahogar.

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