El cristianismo al descubierto — Paul Henri Thiry, barón de Holbach / Christianity Unveiled by Baron d’Holbach – A Controversy in Documents by Paul Henri Thiry, barón de Holbach

Una muy interesante breve obra sobre el cristianismo y lo que pensaba este barón, escrito a mitad del s.XVIII es un libro que no pierde un ápice en su lectura y es considerado uno de los padres del ateísmo ilustrado. Empieza respondiendo a aquellos a quienes le atacan por haber escrito semejante obra.

Comenzáis admitiendo la necesidad de examinar la religión y someter sus opiniones al tribunal de la razón. Convenís conmigo en que el cristianismo no puede superar este examen, y que ante el sentido común no parece más que una sarta de disparates, fábulas deshilvanadas, dogmas insensatos, ceremonias pueriles e ideas tomadas de prestado a los caldeos, egipcios, fenicios, griegos y romanos. En pocas palabras, confesáis que este sistema religioso no es sino el producto informe de casi todas las antiguas supersticiones alumbradas por el fanatismo oriental y modificadas de diversas maneras por las circunstancias, las épocas, los intereses, los caprichos y los prejuicios de quienes se consideran a sí mismos inspirados, enviados de Dios e intérpretes de sus nuevas voluntades.
Os estremecen los horrores que el espíritu intolerante de los cristianos les ha hecho cometer siempre que han tenido poder y presentís que una religión fundada sobre un Dios sanguinario sólo puede ser una religión de sangre. Os lamentáis de este frenesí que se apodera desde la infancia del espíritu de príncipes y pueblos y los vuelve igualmente esclavos de la superstición y sus sacerdotes, les impide conocer sus verdaderos intereses, los hace sordos a la razón y los distrae de los grandes objetivos de los que deberían ocuparse. Reconocéis que una religión fundada en el fervor o la impostura no puede tener principios firmes, debe ser una fuente eterna de disputas y terminar siempre causando problemas, persecuciones y estragos, sobre todo en el momento en que el poder político se creerá inevitablemente obligado a entrar en sus querellas.

¿Como podéis juzgar que mi obra es peligrosa? Me decís que el sabio debe pensar por sí mismo, que el pueblo necesita una religión, buena o mala, que es un freno necesario para los espíritus simples y toscos, que sin ella no tendrían motivos para abstenerse del crimen y el vicio. Contempláis la reforma de los prejuicios religiosos como algo imposible y consideráis que los príncipes, los únicos que pueden realizarla, están demasiado interesados en mantener a sus súbditos en una ceguera de la que se aprovechan. Éstas son, si no me equivoco, las objeciones más importantes que me habéis hecho y que voy a tratar de rebatir.
En primer lugar, no creo que un libro pueda ser peligroso para el pueblo. El pueblo ni lee ni razona; carece del ocio y la capacidad para hacerlo. Por otro lado, no es la religión sino la ley la que contiene al vulgo; y si un insensato le propusiera robar o asesinar, la horca le disuadiría de hacerlo. Además, si por azar se encontrara entre el pueblo a un hombre capaz de leer una obra filosófica, podemos estar seguros de que esa persona no sería, por regla general, un criminal al que temer.

De las manos de estos guías ineptos y despreciables sólo se ve salir a hombres ignorantes y supersticiosos que, si han aprovechado las lecciones que recibieron, no saben nada de las necesidades de la sociedad, de la que van a convertirse en miembros inútiles.
Desde donde quiera que lo miremos, veremos desatendido el estudio de los asuntos más importantes para el hombre. La moral, bajo la cual incluyo también la política, no se tiene en cuenta en absoluto en la educación europea. La única moral que se enseña a los cristianos es esa moral fervorosa, impracticable, contradictoria e incierta contenida en el Evangelio.
Hay que distinguir entre moral religiosa y moral política: la primera la hacen los santos y la segunda los ciudadanos; una forma hombre inútiles o incluso perjudiciales para el mundo; la otra debe tener como objetivo formar para la sociedad miembros útiles, activos, capaces de servirla, que cumplan con los deberes de esposos, padres, amigos y socios, sean cuales sean sus opiniones metafísicas, que, diga lo que diga la teología, son mucho menos seguras que las reglas invariables del sentido común.
Efectivamente, es cierto que el hombre es un ser sociable que busca en todo su propia felicidad, que hace el bien cuando halla en ello su propio interés, que si actúa comúnmente con maldad es sólo porque, de lo contrario, estaría obligado a renunciar a su bienestar.

Un ser razonable debe proponerse en todas sus acciones su felicidad personal y la de sus semejantes. La religión, que se nos presenta como lo más importante para nuestra felicidad temporal y eterna, sólo tiene ventajas para nosotros en la medida en que hace nuestra existencia feliz en este mundo y nos convence de que cumplirá las halagüeñas promesas hechas para el otro. Nuestros deberes hacia el Dios a quien consideramos señor de nuestros destinos no pueden estar fundados sino en los bienes que esperamos o sobre los males que tememos de su parte.
Concluyamos, por tanto, que la religión cristiana no posee el derecho de vanagloriarse de los beneficios que procura a la moral o la política. Arranquémosle el velo con que se cubre, remontémonos a su origen, analicemos sus principios, sigámosla en su camino y encontraremos que, fundada en la impostura, la ignorancia y la credulidad, no ha sido ni será jamás útil sino para hombres interesados en engañar al género humano; que nunca cesó de causar los peores males a las naciones y que, en lugar de la felicidad prometida, sólo sirvió para embriagarlas de furor, anegarlas en sangre, sumirlas en el delirio y el crimen y hacerles desconocer sus verdaderos intereses y sus deberes más sagrados.
Para explicar todas estas contradicciones basta echar una mirada sobre el Dios que los cristianos han heredado de los judíos. No contentos con los horribles rasgos con que lo dibujó Moisés, los cristianos han desfigurado más aún su imagen. Los castigos pasajeros de esta vida son los únicos de los que habla el legislador hebreo; el cristiano ve a su bárbaro Dios vengándose con rabia y sin medida por toda la eternidad. En suma, el fanatismo de los cristianos se nutre de la indignante idea de un infierno en el que su Dios, convertido en verdugo tan injusto como implacable, beberá las lágrimas de sus criaturas desafortunadas y perpetuará su existencia para continuar haciéndola eternamente desgraciada. Allí, ocupado en su venganza, disfrutará de los tormentos del pecador y escuchará con placer los alaridos inútiles con los que éste hará retumbar su abrasador calabozo. La esperanza de ver el final de sus penas no dará ninguna tregua a sus suplicios.
En fin, al adoptar al terrible Dios de los judíos, el cristianismo llegó a superar su crueldad: lo representa como el tirano más insensato, bellaco y cruel que pueda concebir el espíritu humano, y supone que trata a sus súbditos con una injusticia y una barbarie verdaderamente dignas de un demonio. Para convencernos de esta verdad, expongamos el retrato de la mitología judaica, adoptada y hecha aún más extravagante por los cristianos.
Dios hace surgir el universo de la nada mediante un acto inconcebible de su omnipotencia13. Crea el mundo para que sea la morada del hombre, a quien ha hecho a su imagen. Apenas ha visto la luz este hombre, único objetivo de las obras de su Dios, su creador le tiende una trampa en la cual sabía, sin duda, que iba a caer. Una serpiente que habla seduce a una mujer que no se sorprende de este fenómeno. Persuadida por la serpiente, pide a su marido que coma un fruto prohibido por el mismo Dios.

En suma, entre el número, tal vez exagerado, de los mártires de que se jacta el cristianismo, hay algunos que más bien fueron víctimas de un celo desmedido, un humor turbulento y un espíritu sedicioso que de un espíritu religioso. La propia Iglesia no se atreve ya a justificar a quienes su fogosa imprudencia ha llevado hasta perturbar el orden público, romper los ídolos y derribar los templos del paganismo. Si los hombres de esta especie fueran considerados mártires, todos los sediciosos y perturbadores de la sociedad tendrían derecho a ese título cuando se les castiga.
¿Cómo concebir a un Dios que, no habiendo creado el mundo sino para la felicidad del hombre, permite que la mayor parte de la raza humana sea desgraciada en este mundo y en el otro? ¿Cómo puede ofenderse por los actos de sus criaturas un Dios que goza de la suprema felicidad? Este Dios es, pues, capaz de sentir dolor y su ser puede turbarse; es, por tanto, dependiente del hombre, que puede alegrarle o afligirle a voluntad. ¿Cómo un Dios poderoso permite a sus criaturas una libertad funesta de la que pueden abusar para ofenderle y perderse ellas mismas? ¿Cómo puede un Dios hacerse hombre, y cómo puede morir el propio autor de la vida y la naturaleza? ¿Cómo puede un Dios único llegar a ser triple sin perjuicio de su unidad? Se nos responde que todas estas cosas son misterios, pero estos misterios destruyen la existencia misma de Dios.
Poco contentos con las misteriosas sombras que el cristianismo ha extendido sobre la divinidad y con las fábulas judaicas que adoptaron al respecto, los doctores cristianos parecen únicamente dedicados a multiplicar los misterios y confundir más y más la razón de sus discípulos. La religión, destinada a iluminar a las naciones, sólo es un tejido de enigmas, un laberinto del que es imposible salir cuerdo. Lo que las antiguas supersticiones creyeron más inconcebible tuvo que hallar necesariamente un lugar en un sistema religioso que ponía como principio imponer un silencio eterno a la razón. En manos de los sacerdotes cristianos, el fatalismo de los griegos se convirtió en predestinación. Siguiendo este tiránico dogma, el Dios de la misericordia destina a la mayor parte de los desdichados mortales a los tormentos eternos.

En definitiva, habiendo tomado los cristianos como regla de su conducta y opiniones un libro como la Biblia, es decir, una obra repleta de fábulas espantosas, ideas terribles sobre la divinidad y contradicciones sorprendentes, jamás han podido saber a qué atenerse, jamás se han puesto de acuerdo sobre la manera de entender la voluntad de un Dios cambiante y caprichoso, y jamás han sabido de forma precisa lo que este Dios les exigía. Este libro oscuro fue para los cristianos una manzana de la discordia, una fuente inagotable de querellas, un arsenal en el que los partidos más enfrentados se procuraban por igual las armas. Los geómetras no tienen disputa alguna acerca de los principios fundamentales de su ciencia. ¿Por qué fatalidad el libro revelado de los cristianos, que encierra los fundamentos de su religión divina, de lo que depende su felicidad eterna, es ininteligible y motivo de discusiones que han ensangrentado la tierra con tanta frecuencia? A juzgar por sus efectos, un libro semejante, ¿no debería ser visto más bien como la obra de un genio maligno, con disposición al engaño y las tinieblas, y no como el de un Dios que se interesa por la conservación y bondad de los hombres, a los que quiere iluminar?.
En España, Portugal e Italia, donde ha fijado su morada la secta más supersticiosa del cristianismo, los pueblos viven en la ignorancia más vergonzosa de sus deberes; el robo, el asesinato, la persecución y el desenfreno se llevan a su apogeo y todo está lleno de supersticiosos. Encontramos allí muy pocos hombres virtuosos, y la misma religión, cómplice del crimen, proporciona asilo a los criminales procurándoles medios fáciles para reconciliarse con la divinidad. Las oraciones, las prácticas y las ceremonias parecen dispensar a los hombres de mostrar sus virtudes. En los países donde se jactan de poseer un cristianismo en toda su pureza, la religión ha absorbido tan completamente la atención de sus seguidores que éstos desconocen por entero la moral y creen haber cumplido todos sus deberes desde el momento en que muestran un apego escrupuloso a las minucias religiosas, totalmente ajenas al bienestar de la sociedad.
Todas las virtudes que el cristianismo admira, o son extremadas y fanáticas o no pretenden otra cosa que volver al hombre tímido, abyecto e infeliz. Si le proporcionan valor, el cristiano se hace pronto pertinaz, altanero, cruel y perjudicial para la sociedad. Así debe ser para responder a las opiniones de una religión que desdeña la tierra y no duda en llevar a ésta la confusión con tal de que su celoso Dios triunfe sobre sus enemigos. Ninguna moral verdadera puede ser compatible con semejante religión.

En resumen, ninguna sociedad civilizada podría existir si siguiera rigurosamente las máximas del cristianismo. Si se pone en duda esta afirmación, escúchese lo que dicen los primeros doctores de la Iglesia: se comprobará que su moral es totalmente incompatible con la conservación y el poder de un Estado. Se verá que, según Lactancio, ningún hombre puede ser soldado; según san Justino, ningún hombre debe casarse; según Tertuliano, ningún hombre puede ser magistrado; según san Juan Crisóstomo, ningún hombre debe comerciar; según muchos de ellos, ningún hombre debe estudiar. En fin, uniendo estas máximas a las del Salvador del mundo, resultará que un cristiano que persiga su perfección, de acuerdo con su deber, será el miembro más inútil a su país, su familia y todos los que lo rodean: un contemplador ocioso que no piensa más que en la otra vida, no tiene nada en común con los intereses de este mundo y sólo quiere salir de él cuanto antes.
En definitiva, una religión cuyas máximas tienden a hacer a los hombres intolerantes, a los soberanos perseguidores y a los súbditos esclavos o rebeldes, una religión cuyos dogmas oscuros son eternos motivos de disputa, y cuyos principios descorazonan a los hombres y les impiden ocuparse de sus verdaderos intereses, una religión semejante, digo, es destructiva para cualquier sociedad.

Siempre ha habido hombres que han sabido sacar provecho de los errores de la tierra. Los sacerdotes de todas las religiones han encontrado el medio de cimentar su propio poder, sus riquezas y su grandeza en los miedos del vulgo, pero ninguna religión ha tenido tantas razones como el cristianismo para esclavizar los pueblos al clero. Los primeros predicadores del Evangelio, los apóstoles, los primeros sacerdotes de los cristianos, son descritos como hombres divinos, inspirados por el espíritu de Dios, con el que comparten su omnipotencia. Aunque no todos sus sucesores gozan de las mismas prerrogativas, el cuerpo de sus sacerdotes, o Iglesia, es continuamente iluminada, en opinión los cristianos, por el Espíritu Santo, que jamás lo abandona. Goza colectivamente de infalibilidad y, por consiguiente, sus decisiones resultan tan sagradas como las de la propia divinidad o son fruto de una revelación continua.
El cristianismo hace a las sociedades cómplices de todos los males que les causan los ministros de la divinidad. Ni la inutilidad de sus oraciones, probada por la experiencia de tantos siglos, ni los efectos sangrientos de sus funestas disputas, ni siquiera sus excesos y desenfrenos han podido desengañar todavía a las naciones acerca de estos hombres divinos, de quienes, según creen ingenuamente, depende su salvación.
Así la religión ha llegado a ser el recurso más importante de una política injusta y cobarde, que ha creído necesario engañar a los hombres para gobernarlos con mayor facilidad. Que los príncipes ilustrados y virtuosos se alejen de estos medios tan bajos; que conozcan sus verdaderos intereses; que sepan que están unidos a los de sus súbditos, y que no pueden ser realmente poderosos si no cuentan con ciudadanos valientes, activos, trabajadores y virtuosos, aliados a sus señores. Que estos señores sepan, en definitiva, que la alianza con sus súbditos sólo puede estar fundada en el bienestar que se les procura. Si los reyes estuvieran imbuidos de estas importantes verdades, no habrían tenido necesidad de religión ni de sacerdotes para gobernar las naciones.
Si la religión cristiana es, como se pretende, un freno para los crímenes inconfesables de los hombres y ejerce efectos saludables sobre ciertos individuos, ¿son comparables estas ventajas tan extrañas, débiles y dudosas con los males visibles, seguros e inmensos que esta religión ha sembrado sobre la tierra? Algunos crímenes oscuros evitados, algunas conversiones inútiles para la sociedad, algunos arrepentimientos estériles y tardíos y algunas fútiles restituciones, ¿pueden decantar la balanza hacia el lado de la religión si los comparamos con las continuas disensiones, guerras sangrientas, terribles masacres, persecuciones e increíbles crueldades de las que la religión cristiana ha sido causa y pretexto desde su fundación? Esta religión arma a naciones enteras para su destrucción recíproca, incendia el corazón de millones de fanáticos, lleva la confusión a familias y Estados y riega la tierra con lágrimas y sangre por oponerse a un pensamiento privado que procura ahogar.

A very interesting short work on Christianity and what this Baron thought, written in the middle of the eighteenth century is a book that does not lose an iota in its reading and is considered one of the fathers of enlightened atheism. It begins by responding to those who are attacked for writing such a work.

You begin by admitting the need to examine religion and submit your opinions to the court of reason. You agree with me that Christianity can not surpass this examination, and that in the face of common sense it seems no more than a string of nonsense, disjointed fables, foolish dogmas, puerile ceremonies and ideas borrowed from the Chaldeans, Egyptians, Phoenicians, Greeks and Romans In short, you confess that this religious system is but the product report of almost all the ancient superstitions enlightened by oriental fanaticism and modified in various ways by the circumstances, times, interests, whims and prejudices of those who consider themselves themselves inspired, sent from God and interpreters of their new wills.
They shake the horrors that the intolerant spirit of Christians has made them commit whenever they have had power and feel that a religion founded on a bloodthirsty God can only be a blood religion. You lament this frenzy that seizes the spirit of princes and peoples from childhood and makes them equally slaves of superstition and its priests, prevents them from knowing their true interests, makes them deaf to reason and distracts them from the great objectives of which should be taken care of You recognize that a religion founded on fervor or imposture can not have firm principles, it must be an eternal source of disputes and end up always causing problems, persecutions and ravages, especially at the moment when political power will inevitably be forced to enter in his complaints.

How can you judge that my work is dangerous? You tell me that the wise man must think for himself, that the people need a religion, good or bad, which is a necessary brake for the simple and crude spirits, who without it would have no reason to abstain from crime and vice. You contemplate the reform of religious prejudices as something impossible and you consider that the princes, the only ones who can carry it out, are too interested in keeping their subjects in a blindness from which they take advantage. These are, if I am not mistaken, the most important objections that you have made to me and that I am going to try to refute.
First of all, I do not think that a book can be dangerous for the people. The people neither read nor reason; he lacks the leisure and the ability to do it. On the other hand, it is not religion but the law that contains the vulgar; and if a fool proposes to steal or murder him, the gallows would dissuade him from doing so. Furthermore, if by chance a man capable of reading a philosophical work were found among the people, we can be sure that that person would not, as a rule, be a criminal to be feared.

From the hands of these inept and despicable guides, only ignorant and superstitious men are seen to leave, if they have taken advantage of the lessons they received, they know nothing of the needs of society, from which they will become useless members.
From wherever we look, we will see unattended the study of the most important issues for man. Morale, under which I also include politics, is not taken into account at all in European education. The only moral that is taught to Christians is that fervent, impracticable, contradictory and uncertain morality contained in the Gospel.
We must distinguish between religious moral and political moral: the first is made by the saints and the second by the citizens; a man form useless or even harmful to the world; the other must aim to form for the society useful, active members capable of serving it, who fulfill the duties of husbands, fathers, friends and partners, whatever their metaphysical opinions, who, whatever the theology says, are much less secure than the invariable rules of common sense.
Indeed, it is true that man is a sociable being who seeks in all his own happiness, who does good when he finds in it his own interest, that if he acts commonly with badness it is only because, otherwise, he would be forced to renounce your well being.

A reasonable being must propose in all his actions his personal happiness and that of his fellows. Religion, which is presented to us as the most important for our temporal and eternal happiness, only has advantages for us insofar as it makes our existence happy in this world and convinces us that it will fulfill the promising promises made for the other. Our duties towards the God whom we consider lord of our destinies can not be founded but on the goods we expect or on the evils we fear on their part.
Let us conclude, therefore, that the Christian religion does not possess the right to boast of the benefits it brings to morality or politics. Let’s tear off the veil that covers it, let’s go back to its origin, analyze its principles, follow it in its path and we will find that, founded on imposture, ignorance and credulity, it has never been and will never be useful but for men interested in deceiving the human gender; that never ceased to cause the worst evils to the nations and that, instead of the promised happiness, only served to intoxicate them with fury, drown them in blood, plunge them into delirium and crime and make them ignore their true interests and their most sacred duties .
To explain all these contradictions, it is enough to look at the God that Christians have inherited from the Jews. Not content with the horrible features with which Moses drew it, Christians have further disfigured its image. The passing punishments of this life are the only ones spoken of by the Hebrew legislator; the Christian sees his barbarian God avenging himself with rage and without measure for all eternity. In short, the fanaticism of Christians is nourished by the outrageous idea of ​​a hell in which their God, turned into an unjust as implacable executioner, will drink the tears of their unfortunate creatures and perpetuate their existence to continue making it eternally miserable. There, occupied in his revenge, he will enjoy the torments of the sinner and listen with pleasure to the useless screams with which he will make his scorching dungeon rumble. The hope of seeing the end of their sorrows will not give any respite to their torments.
Finally, by adopting the terrible God of the Jews, Christianity came to overcome its cruelty: it represents him as the most foolish, cruel and cruel tyrant the human spirit can conceive, and supposes that he treats his subjects with an injustice and a barbarism truly worthy of a demon. To convince ourselves of this truth, let us expose the portrait of Jewish mythology, adopted and made even more extravagant by Christians.
God brings forth the universe from nothing by an inconceivable act of his omnipotence13. Create the world to be the dwelling of man, whom he has made in his image. As soon as this man has seen the light, the only objective of the works of his God, his creator sets a trap in which he knew, without a doubt, that he was going to fall. A talking serpent seduces a woman who is not surprised by this phenomenon. Persuaded by the serpent, she asks her husband to eat a forbidden fruit by God himself.

In sum, among the number, perhaps exaggerated, of the martyrs of which Christianity boasts, there are some who were rather the victims of an excessive zeal, a turbulent mood and a seditious spirit than of a religious spirit. The Church itself does not dare to justify those whose fiery imprudence has led to disturbing public order, breaking idols and tearing down the temples of paganism. If men of this species were considered martyrs, all the seditious and disturbing of society would be entitled to that title when they are punished.
How to conceive a God who, having not created the world but for the happiness of man, allows the majority of the human race to be miserable in this world and in the other? How can a God who enjoys supreme happiness be offended by the acts of his creatures? This God is, then, able to feel pain and his being can be disturbed; it is, therefore, dependent on man, which can gladden or afflict him at will. How does a powerful God allow his creatures a baneful freedom from which they can abuse to offend and lose themselves? How can a God become a man, and how can the author of life and nature die? How can a single God become triple without prejudice to his unity? We are told that all these things are mysteries, but these mysteries destroy the very existence of God.
Little happy with the mysterious shadows that Christianity has spread over the divinity and with the Jewish fables that they adopted in this regard, the Christian doctors seem only dedicated to multiply the mysteries and confuse more and more the reason of their disciples. Religion, destined to enlighten the nations, is only a weaving of enigmas, a labyrinth from which it is impossible to leave sane. What the ancient superstitions thought more inconceivable had to find necessarily a place in a religious system that put as a principle to impose an eternal silence on reason. In the hands of Christian priests, the fatalism of the Greeks became predestination. Following this tyrannical dogma, the God of mercy destines most of the unfortunate mortals to eternal torments.

In short, Christians have taken as a rule of conduct and opinions a book like the Bible, that is, a work full of dreadful fables, terrible ideas about divinity and surprising contradictions, they have never been able to know what to expect, they have never put in agreement on the way of understanding the will of a changing and capricious God, and they have never known precisely what this God demanded of them. This dark book was for the Christians an apple of discord, an inexhaustible source of quarrels, an arsenal in which the most confronted parties sought arms equally. Geometricians have no dispute about the fundamental principles of their science. Why fatality the revealed book of Christians, which contains the foundations of their divine religion, on which their eternal happiness depends, is unintelligible and the reason for discussions that have bloodied the earth so frequently? Judging by its effects, a similar book should not be seen as the work of an evil genius, disposed to deceit and darkness, and not as a God who is interested in the conservation and goodness of the men, whom you want to enlighten ?.
In Spain, Portugal and Italy, where the most superstitious sect of Christianity has settled, the people live in the most shameful ignorance of their duties; Theft, murder, persecution and debauchery are carried to their peak and everything is full of superstitious. We find very few virtuous men there, and the same religion, accomplice of the crime, provides asylum to the criminals by providing easy means to reconcile with the deity. Prayers, practices and ceremonies seem to dispense men from showing their virtues. In countries where they boast of possessing a Christianity in all its purity, religion has so completely absorbed the attention of its followers that they are completely unaware of morality and believe they have fulfilled all their duties from the moment they show a scrupulous attachment to religious minutiae, totally unrelated to the welfare of society.
All the virtues that Christianity admires, or are extreme and fanatical or do not intend anything other than to return to the shy, abject and unhappy man. If they give him courage, the Christian soon becomes stubborn, haughty, cruel and harmful to society. This is how it should be in order to respond to the opinions of a religion that disdains the earth and does not hesitate to lead it to confusion as long as its jealous God triumphs over its enemies. No true morality can be compatible with such a religion.

In short, no civilized society could exist if it rigorously followed the maxims of Christianity. If this affirmation is doubted, listen to what the first doctors of the Church say: it will be verified that their morality is totally incompatible with the conservation and the power of a State. It will be seen that, according to Lactantius, no man can be a soldier; according to St. Justin, no man should marry; according to Tertullian, no man can be a magistrate; according to Saint John Chrysostom, no man should trade; according to many of them, no man should study. Finally, uniting these maxims with those of the Savior of the world, it will turn out that a Christian who pursues his perfection, according to his duty, will be the most useless member of his country, his family and all those around him: an idle observer who he thinks only of the other life, he has nothing in common with the interests of this world and he only wants to get out of it as soon as possible.
In short, a religion whose maxims tend to make intolerant men, persecuting sovereigns and slave or rebellious subjects, a religion whose dark dogmas are eternal motives of dispute, and whose principles discourage men and prevent them from taking care of their True interests, a similar religion, I say, is destructive to any society.

There have always been men who have known how to take advantage of the errors of the earth. Priests of all religions have found the means to cement their own power, their riches and their greatness in the fears of the vulgar, but no religion has had as many reasons as Christianity to enslave the people to the clergy. The first preachers of the Gospel, the apostles, the first priests of Christians, are described as divine men, inspired by the spirit of God, with whom they share their omnipotence. Although not all his successors enjoy the same prerogatives, the body of his priests, or Church, is continually enlightened, in the opinion of Christians, by the Holy Spirit, who never abandons him. It enjoys collectively of infallibility and, consequently, its decisions are as sacred as those of the divinity itself or are the fruit of a continuous revelation.
Christianity makes societies complicit in all the evils caused by the ministers of the deity. Neither the uselessness of their prayers, proven by the experience of so many centuries, nor the bloody effects of their disastrous disputes, nor even their excesses and debaucheries have been able to still disabuse the nations of these divine men, whom, they naively believe, your salvation depends.
Thus religion has become the most important resource of an unjust and cowardly policy, which has believed it necessary to deceive men to govern them more easily. May the enlightened and virtuous princes move away from these very low means; that they know their true interests; let them know that they are united to those of their subjects, and that they can not really be powerful if they do not count on courageous, active, industrious and virtuous citizens, allied to their masters. That these gentlemen know, in short, that the alliance with their subjects can only be based on the welfare that is sought for them. If the kings were imbued with these important truths, they would not have needed religion or priests to govern the nations.
If the Christian religion is, as it is claimed, a brake on the unspeakable crimes of men and exerts a healthy effect on certain individuals, are these strange, weak and doubtful advantages comparable with the visible, sure and immense evils that this religion has sown on the earth? Some dark crimes avoided, some useless conversions for society, some sterile and late regrets and some futile restitution, can decant the balance towards the side of religion if we compare them with the continuous dissensions, bloody wars, terrible massacres, persecutions and incredible cruelties of which the Christian religion has been a cause and pretext since its founding? This religion arms entire nations for their reciprocal destruction, sets the hearts of millions of fanatics on fire, brings confusion to families and states and waters the earth with tears and blood for opposing a private thought that seeks to drown.

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