Matar a Kennedy -el fin de la corte de Camelot- — Bill O´Reilly & Martin Dugard / Killing Kennedy: The End of Camelot by Bill O´Reilly & Martin Dugard

Este es un libro interesante pero que tampoco aporta grandes cosas sobre Kennedy porque al poder profundizar… y siendo un libro correcto se lee fácilmente. JFK se tiñe de sombras más allá de las oficiales.

Incidente Islas Salomón
el Amagiri parte en dos el casco de caoba de la lancha. La raja que se abre en el costado derecho atraviesa la embarcación en diagonal sin llegar a tocar el puente de mando; pero pasa rozándolo, y el capitán, creyéndose a punto de recibir un impacto mortal, piensa: «Esto es morir». Dos de los trece tripulantes mueren en el acto, y otros dos son heridos cuando, al segundo siguiente, la torpedera explota y se incendia. Los hombres de las otras dos lanchas estadounidenses que navegan por la zona, la 162 y la 168, han visto el choque y lo creen fatídico. Por eso no se entretienen buscando supervivientes en la noche; aceleran motores y salen de allí a toda velocidad, huyendo de otros buques de guerra nipones que quizá merodeen por los alrededores. El Amagiri tampoco detiene su marcha: sigue como un rayo hacia Rabaul. La tripulación ve arder a su paso la pequeña embarcación estadounidense.
Los hombres de la 109 se han quedado solos.
El capitán responsable de que el colosal destructor embistiera la lancha al cogerle desprevenido es el teniente John Fitzgerald Kennedy, de veintiséis años.
La odisea con el Amagiri exacerbó sus molestias lumbares, y llegó a operarse varias veces sin que le sirviera de nada. El persistente dolor es tan insoportable que Kennedy muchas veces usa muletas o un bastón para moverse, aunque casi nunca en público. Ha de llevar un corsé, dormir en un colchón muy duro e inyectarse cada cierto tiempo procaína, un anestésico para combatir sus dolores. Sus ayudantes saben ver en su mandíbula apretada un signo de su dolor de espalda. La media hora diaria de braza y el calor de la piscina forman parte de la terapia de Kennedy, pero la razón por la que en muchos de estos baños prescinde del traje de baño es su idea de la virilidad: un hombre de verdad hace braza al natural, como dicen los franceses, y no hay más que hablar.

Kennedy ha autorizado el envío de mil cuatrocientos exiliados anticastristas a la nación isleña para una invasión encubierta cuya meta está vedada al ejército de Estados Unidos por las normas del derecho internacional: la meta de los exiliados combatientes es nada menos que derrocar el régimen cubano. El plan se inició mucho antes de que Kennedy fuera elegido. Tanto la Agencia Central de Inteligencia, (CIA: Central Intelligence Agency) como los jefes del Estado Mayor Conjunto han prometido al presidente el éxito de la misión. Pero quien ha dado la orden de seguir adelante es Kennedy; y él será el responsable si fracasa la misión.
El precio de la revolución en Cuba fue muy alto. La sangre corría por las calles de La Habana, y era solo cuestión de tiempo que en Estados Unidos se conociera la verdad. En febrero de 1960, trece meses después de que Castro tomara el poder, un informe de la CIA al Consejo Nacional de Seguridad advertía del «apoyo activo» de la Unión Soviética a Castro, al tiempo que lamentaba la desorganización de las fuerzas anticastristas. La administración Eisenhower puso en marcha discretos planes para derrocar al régimen castrista, autorizando a la CIA el adiestramiento paramilitar de exiliados cubanos en bases secretas de Guatemala.
Castro se convirtió en uno de los temas candentes de la campaña presidencial de 1960. Kennedy vapuleó a la administración de Eisenhower utilizando la situación en Cuba para ilustrar su debilidad frente al comunismo. «En 1952 los republicanos, según su programa electoral, iban a hacer retroceder el Telón de Acero en Europa del Este», advertía Kennedy a la nación. «Hoy el Telón de Acero está a menos de ciento cincuenta kilómetros del litoral de Estados Unidos».

Mientras el presidente dedica parte de su mente a planear la mejor manera de enfrentarse a Fidel Castro, Nikita Kruschev y Charles de Gaulle, otra parte la dedica a planear cómo conseguir todo el sexo que le apetezca sin que Jackie le sorprenda. Y cuanto más cómodo se siente en la Casa Blanca, más escandalosas se hacen sus aventuras.
«La cosa llegó a un punto en que decíamos: “¿Alguna otra novedad?”», recordaba más tarde un escolta del servicio de secreto de Kennedy. «Había mujeres por todas partes. Muy a menudo, dependiendo del turno, o lo veías subir con una de ellas por la tarde o bajar por la mañana; a esa hora el personal de limpieza pasaba la aspiradora, y también los ujieres andaban por allí. Varias de esas mujeres iban habitualmente, pero nunca si estaba Jackie».
Cuando Kennedy pasa varios días sin sexo extraconyugal, le cambia el carácter; hasta tal punto es así, que el servicio secreto suspira de alivio cada vez que Jackie se marcha con los niños para el fin de semana.
Sinatra mantiene reiterados contactos con diez nombres propios del crimen organizado. Los informes del FBI no solo enumeran los días y las horas en que el cantante ha telefoneado a los capos de la Mafia desde su casa, sino que también ponen al descubierto las llamadas de los mafiosos a su domicilio. «Por la índole de su profesión, Sinatra puede entrar en contacto alguna vez con una figura del hampa», reza el informe. «Pero eso no explica su amistad ni sus relaciones financieras con gente como Joe y Rocco Fischetti, primos de Al Capone, y Paul Emilio D’Amato, John Formosa, Sam Giancana… todos ellos en la lista de facinerosos».
Desde finales de la década de 1940, el FBI acumula en sus archivos expedientes sobre Sinatra que detallan sus vinculaciones con otros gánsteres famosos, como Lucky Luciano y Mickey Cohen. Ya en febrero de 1947 se supo de unas vacaciones de Sinatra con Luciano y sus guardaespaldas en La Habana, donde el trío se había dejado ver «en las carreras, en el casino y en fiestas privadas». Si esto resultaba tan extraordinario era porque Luciano había salido recientemente de prisión en libertad condicional y lo habían deportado a Sicilia.
Hoover tiene en su poder años de expedientes que documentan la estrecha relación entre Sinatra, los Kennedy e importantes capos como Giancana; el zafiro que este luce en el meñique fue un regalo precisamente de Frank Sinatra. Los fragmentos más incriminatorios del informe señalan que Giancana es un visitante asiduo en la casa de Sinatra en Palm Springs. También fueron rastreadas varias llamadas de una amiga de Giancana, Judith Campbell, a la secretaria del presidente Evelyn Lincoln, llamadas que asocian claramente la Casa Blanca de Kennedy con el crimen organizado.
Igual que Sinatra, Marilyn se ha convertido en una trampa que podría enredar fácilmente a Kennedy y echar abajo su presidencia. Y aquí vuelve el lado pragmático de JFK, que ahora desbanca a su libido. Está dispuesto a correr grandes riesgos personales por satisfacer sus necesidades sexuales, pero su permanencia en el poder no se la juega. Es mejor tener a Monroe, a Sinatra y a la Mafia como enemigos a los que mirar a una prudente distancia, que como amigos que podrían hundirle.
En el atril, ante los acólitos del partido de la ciudad de Nueva York, el presidente adopta el casto semblante de un monaguillo:
—Después de haber oído un «Feliz cumpleaños» tan dulce y sincero, ya puedo retirarme de la política —dice al micrófono.
La ironía de su comentario deja ver que está por encima de los devaneos sexuales. Pero JFK no renuncia a sus líos extraconyugales: acaba de iniciar otra de sus relaciones continuadas con una joven de diecinueve años, a quien ha desflorado en la cama de Jackie.

Desde el incidente en Bahía de Cochinos, Kruschev observa a Kennedy buscando en él los signos de debilidad e irresolución que definieron el manejo de la crisis por parte del presidente de los Estados Unidos. Kruschev, de sesenta y ocho años, que llegó al poder tras una brutal batalla política para suceder a Joseph Stalin, sabe evaluar los puntos fuertes y débiles de un contrincante. En Kennedy no ve un adversario digno. El próximo mes de septiembre se cumplirá su décimo aniversario en el poder, y Kruschev piensa festejarlo proclamando la hegemonía soviética en el mundo. Si de paso puede humillar al presidente estadounidense, mucho mejor.
Los rusos, como suele llamarse a los soviéticos, han hecho gala de su dominio del espacio exterior poniendo en órbita no una, sino dos naves espaciales al mismo tiempo. Una vez más, los cosmonautas que las pilotan exhibirán el dominio tecnológico soviético comunicándose mediante un novedoso dispositivo, el radioteléfono.
Por otro lado, Kruschev y su Politburó se saltan a la torera el veto internacional a las pruebas nucleares haciendo explotar en el Ártico armas nucleares de 40 megatones solo una semana después.
También están levantando un muro de casi ciento cuarenta kilómetros.

Jackie ha llegado a contemplar la Casa Blanca de Kennedy como un lugar mítico, que ella llamará «la Corte de Camelot» estadounidense. La primera dama alude al musical de Broadway protagonizado por Richard Burton en el papel del legendario rey Arturo, la cándida Julie Andrews interpretando a la reina Ginebra y Robert Goulet como sir Lancelot. En la obra, Camelot representa un idílico oasis de felicidad en medio de un mundo duro y frío. Cada vez más estadounidenses están de acuerdo con Jackie en que la Casa Blanca de Kennedy es un lugar igual de mítico y un baluarte de idealismo en plena guerra fría.
Camelot inspira incluso al presidente: Jackie contará más tarde que muchas noches antes de irse a dormir pone en su tocadiscos la banda sonora del musical de Broadway.
Pero la Corte de Camelot tiene su lado oscuro, y el servicio secreto de JFK lo sabe de sobra.
En Washington, a la CIA tampoco le gustan los rumores de que Kennedy querría situar la agencia bajo su estrecha supervisión poniendo al frente a Bobby Kennedy. Por otro lado, no son pocos los altos mandos del Pentágono que desconfían del criterio de Kennedy; el presidente ha aireado públicamente su presunción de que los generales podrían intentar apearle del cargo.
Y, por último, la Mafia, antaño tan cercana a Kennedy que el capo Sam Giancana lo llamaba «Jack» en vez de «señor presidente», está molesta porque Kennedy le paga años de amistad permitiendo la cacería emprendida por Bobby y su Departamento de Justicia.
—Nos partimos el pecho por él —se queja Giancana—, y él anima a su hermano a perseguirnos a muerte.
JFK conoce a sus enemigos. Y sabe que las amenazas seguirán en pie por más que tantas noches quiera olvidarse del mundo bajando la aguja de su estéreo para escuchar la música de Camelot.

Es el 5 de agosto de 1962. Marilyn Monroe yace desnuda boca abajo en su cama, muerta. Los detectives policiales no advierten signos de violencia. Más adelante el forense de Los Ángeles concluirá que la actriz murió a causa de una sobredosis de barbitúricos. Sin embargo, en su estómago prácticamente vacío no encuentran restos de ningún fármaco.
El público enseguida achaca la muerte de Marilyn a su vida de excesos. La prensa sensacionalista ha hablado tanto de su consumo de drogas que apenas hay clamor de la opinión pública por una investigación más a fondo de lo sucedido a la bella actriz.
Pero en los dominios del crimen organizado circula un relato más turbio de lo ocurrido. Según la versión tradicional de la Mafia, la antigua conexión de Sam Giancana con la CIA, que databa de los días de la operación Mangosta, seguía activa en secreto. Si prestamos oídos a esta versión, Giancana contrató a cuatro sicarios que entraron en la casa de Monroe a asesinarla, la amordazaron para que no gritara y le introdujeron en el recto un cóctel mortífero de barbitúricos e hidrato de cloral, un anestésico. Emplearon este método para evitar el vómito que suele acompañar las sobredosis por ingesta de drogas. Con Marilyn ya muerta, le quitaron la mordaza y limpiaron su cuerpo de arriba abajo.

JFK quiere decirle algo importante al reverendo King: el presidente tiene pruebas fehacientes aportadas por J. Edgar Hoover de que el líder de los derechos civiles tiene algo en común con el deshonrado político británico John Profumo.
Sin más palabras que las estrictamente necesarias, Kennedy insta a King a usar la cabeza y controlar su libido.
Por el bien de ambos.
John Kennedy ha puesto al servicio del movimiento de los derechos civiles todo el poder que le confiere su cargo, pero lo hace de mala gana. El presidente no tiene amigos negros, y lo único que alguna vez le ha acercado a la cultura negra es bailar al ritmo de las canciones de Chubby Checker. En definitiva, los negros solo figuran en su mundo como criados, cocineros, camareros y doncellas. Los antepasados del presidente, inmigrantes que salieron de Irlanda en la pobreza, enseguida pudieron aprovechar las libertades de Estados Unidos para prosperar.
Contrarresta las evasivas del reverendo utilizando el caso Profumo para dejar claro que el vínculo entre su presidencia y la cruzada de King podría cambiar mucho.
JFK suele ser vago y diplomático al hablar; normalmente deja que su interlocutor saque sus propias conclusiones. Pero ahora es dolorosamente directo. No quiere ningún error: King ha de cortar sus lazos con el comunismo y ser cauto con sus infidelidades.
—Sea prudente y no descuide su causa —le avisa el presidente; no puede ser más claro—. Si lo derriban a usted, nos arrastrará en su caída. Así que mucho cuidado.
El presidente de los Estados Unidos ha dicho lo que tenía que decir. Ya no tiene más tiempo; poniendo fin a la conversación, se marcha a coger su vuelo.
A Martin Luther King le quedan cinco años de vida.
A John Fitzgerald Kennedy, exactamente cinco meses.
El sueño de King es totalmente utópico en los Estados Unidos de esos años, pero es también la formulación en palabras de la meta última del movimiento de los derechos civiles. Y oír esas palabras dichas con tanta claridad y tanta fuerza pone a todos fuera de sí de orgullo y emoción. Negros y blancos, la gente escucha arrebatada cada palabra de King. En un discurso de solo dieciséis minutos, Martin Luther King ha demostrado, como esperaba, que hoy es verdaderamente el día grande de los derechos civiles en la historia de Estados Unidos.
Para cuando King remata magistralmente el discurso, está gritando, casi escupe al micrófono. La imagen de Lincoln asomando allá arriba por encima del hombro del orador refuerza la intensidad del momento en que King invoca el espíritu de la Proclamación de la Emancipación. Todos los presentes en el Mall comprenden que se ha propuesto acabar lo empezado por Lincoln tanto tiempo atrás; separados por un siglo de injusticia racial.

La destrucción de la Corte de Camelot podría haber comenzado con Bahía de Cochinos, cuando John F. Kennedy hizo de Fidel Castro su enemigo permanente y logró enfurecer a su propia Agencia Central de Inteligencia.
O podría haber comenzado la noche de octubre de 1962 en que JFK cortó los lazos con Sam Giancana, Frank Sinatra y la Mafia, y luego se hizo a un lado pasivamente mientras Bobby perseguía con saña el crimen organizado.
El final de la Corte de Camelot podría haberse gestado durante la crisis de los misiles en Cuba, cuando JFK obtuvo una decisiva victoria de imagen pública sobre Nikita Kruschev y el Imperio soviético, a la vez que contrariaba a sus propios mandos militares y al «complejo militar industrial», como lo llamaba Dwight Eisenhower, negándose a declarar la guerra.
La destrucción de la Corte de Camelot podría haber empezado de mil maneras.
Pero ha empezado de hecho el 18 de noviembre, cuando tres miembros de las fuerzas del orden —el agente especial Winston G. Lawson destacado por el servicio secreto, Forrest V. Sorrels de la oficina local del servicio secreto en Dallas, y el jefe de la policía de Dallas Jesse Curry— recorren en coche los quince kilómetros de la ruta pensada con gran detenimiento desde el Love Field al Trade Mart.

Testigos presenciales del magnicidio en la plaza Dealey confirmarán después que oyeron tres disparos procedentes del almacén de libros. Una de las balas va a dar muy lejos de la limusina del presidente; décadas después, se sigue especulando si fue la primera o la segunda. Pero lo que siempre se ha sabido es que dos de los disparos no fallaron.
El primero da en la base del cuello del presidente por la espalda. A una velocidad de nada menos que quinientos ochenta metros por segundo, el proyectil de 6,5 milímetros atraviesa la tráquea del presidente y sale por el apretado nudo de su corbata azul oscuro. Aunque ha afectado el pulmón derecho, no ha rozado ningún hueso y el corazón y los pulmones de JFK siguen funcionando perfectamente.
El presidente está malherido, pero sin duda sigue con vida. La sangre le anega la tráquea, por eso respira mal y no puede hablar; pero es improbable que ese disparo, de haber sido el único, lo hubiera matado.
El proyectil de 6,5 milímetros que Lee Harvey Oswald dispara es un trozo de plomo mucho más mortífero: una bala tan pequeña se diría inofensiva, pero puede derribar a un venado a una distancia de doscientos metros.
Este proyectil blindado y bañado en cobre acaba con la vida de John F. Kennedy en un instante. Su velocidad apenas se reduce cuando se hunde en la blanda materia gris y la atraviesa, haciendo saltar en pedazos la fina pared ósea para acabar saliendo por la parte frontal del cráneo.
Los horrorizados testigos del acontecimiento no lo saben, pero durante largo tiempo, historiadores y teóricos de la conspiración, así como ciudadanos corrientes que no nacerán hasta años después, debatirán a partir de este día si Lee Harvey Oswald actuó por su cuenta o contó con ayuda. Las autoridades federales examinarán las pruebas balísticas y realizarán ensayos para cronometrar los segundos necesarios para apuntar, disparar y recargar un fusil Mannlicher-Carcano de 6,5 milímetros. Mucha gente se autoproclamará experta y entendida en vídeos caseros del asesinato con textura de mucho grano y en montículos de hierba, en conspiraciones y en los incontables malhechores que deseaban apear del poder a John F. Kennedy.
Los argumentos que fundamentan la conspiración adquirirán tal fuerza y presencia que casi logran soterrar la tragedia humana del 22 de noviembre de 1963.
Conste aquí por tanto, de una vez por todas, que un soleado viernes en Dallas, Texas, a las doce y media del mediodía, John Fitzgerald Kennedy recibe un disparo que lo mata al instante.

El asesinato de Abraham Lincoln en abril de 1865 fue una enmarañada conspiración. La misma noche que Lincoln recibió un disparo en el teatro Ford, también se atentó contra la vida del vicepresidente y del secretario de Estado. De haberse cumplido, los planes habrían decapitado el gobierno estadounidense.
Nada más efectuarse el primer disparo en Dallas, esos acontecimientos vuelven al presente y se toman medidas inmediatas para impedir que prospere una posible conspiración. Varios miembros del Gabinete que van camino de Japón se encuentran ya al oeste de Hawái; una llamada de radio les ordena dar la vuelta y volver a casa.
No todo el mundo sabe que en Estados Unidos el magnicidio no es un delito de jurisdicción federal. Instigar a una conspiración para matar al presidente sí contraviene las leyes federales, y por eso J. Edgar Hoover insiste en que la autoría del asesinato de JFK corresponde a múltiples asesinos, y no a uno solo. Hoover quiere la jurisdicción del caso. Sin embargo, de momento no parece que vaya a conseguirla: la jurisdicción recae en el estado de Texas y el municipio de Dallas.
De ahí que las autoridades locales no acepten que los restos de John Kennedy salgan del estado de Texas sin realizar antes la autopsia oficial. El forense del condado de Dallas, que acaba de llegar al hospital Parkland, no cede en este extremo.
Roy Kellerman, del servicio secreto, ha tomado las riendas de la situación. El veterano agente especial está lívido de ira.

This is an interesting book but it does not contribute great things about Kennedy either because it can be deepened … and being a correct book, it is easily read. JFK is tinged with shadows beyond the official ones.

Incident Solomon Islands
the Amagiri halves the boat’s mahogany hull. The slit that opens on the right side crosses the boat diagonally without touching the bridge; but he brushes by, and the captain, thinking he is about to receive a mortal impact, thinks: “This is dying.” Two of the thirteen crewmen are killed instantly, and two others are injured when, the next second, the torpedo explodes and burns. The men of the other two American boats that are sailing in the area, 162 and 168, have seen the crash and believe it to be a fate. That is why they do not entertain themselves looking for survivors in the night; they accelerate engines and they leave there at full speed, fleeing from other Japanese warships that perhaps wander around. The Amagiri does not stop its march either: it follows like a ray towards Rabaul. The crew sees the small American boat burn in its wake.
The men of the 109 have been left alone.
The captain responsible for the colossal destroyer rammed the boat to catch him off guard is Lieutenant John Fitzgerald Kennedy, twenty-six.
The odyssey with the Amagiri exacerbated his lumbar discomfort, and he operated several times without any help. The persistent pain is so unbearable that Kennedy often uses crutches or a cane to move, though almost never in public. He has to wear a corset, sleep on a very hard mattress and inject procaine every so often, an anesthetic to combat his pains. His aides know how to see in his clenched jaw a sign of his back pain. The daily half-hour of the breaststroke and the heat of the pool are part of Kennedy’s therapy, but the reason why in many of these baths the bathing suit is not his idea of ​​virility: a real man makes a fathom natural, as the French say, and there’s nothing more to talk about.

Kennedy has authorized the shipment of one thousand four hundred anti-Castro exiles to the island nation for a covert invasion whose goal is forbidden to the United States Army by the norms of international law: the goal of the exiled combatants is nothing less than to overthrow the Cuban regime. The plan began long before Kennedy was elected. Both the Central Intelligence Agency (CIA: Central Intelligence Agency) and the chiefs of the Joint Chiefs of Staff have promised the president the success of the mission. But who has given the order to move forward is Kennedy; and he will be responsible if the mission fails.
The price of the revolution in Cuba was very high. Blood ran through the streets of Havana, and it was only a matter of time before the truth was known in the United States. In February 1960, thirteen months after Castro took office, a CIA report to the National Security Council warned of the “active support” of the Soviet Union by Castro, while lamenting the disorganization of the anti-Castro forces. The Eisenhower administration launched discreet plans to overthrow the Castro regime, authorizing the CIA to paramilitary training of Cuban exiles in secret bases in Guatemala.
Castro became one of the hot topics of the 1960 presidential campaign. Kennedy thrashed Eisenhower’s administration using the situation in Cuba to illustrate his weakness against communism. “In 1952 the Republicans, according to their electoral program, were going to roll back the Iron Curtain in Eastern Europe,” Kennedy warned the nation. “Today the Iron Curtain is less than a hundred and fifty kilometers from the United States coast.”

While the president devotes part of his mind to planning the best way to confront Fidel Castro, Nikita Khrushchev and Charles de Gaulle, another part devotes to plan how to get all the sex you want without Jackie surprise you. And the more comfortable he feels in the White House, the more scandalous his adventures become.
“The thing reached a point where we said:” Any other news? “, Recalled later an escort Kennedy’s secret service. «There were women everywhere. Very often, depending on the turn, or you saw him going up with one of them in the afternoon or going down in the morning; At that time the cleaning staff ran the vacuum cleaner, and the ushers were also there. Several of these women went regularly, but never if Jackie was there. ”
When Kennedy spends several days without extra-conjugal sex, he changes his character; so much so, that the secret service sighs in relief every time Jackie leaves with the children for the weekend.
Sinatra maintains repeated contacts with ten names of organized crime. The FBI reports not only list the days and hours when the singer has telephoned the Mafia capos from his home, but also expose the mafiosi’s calls to his home. “Because of the nature of his profession, Sinatra can sometimes come into contact with a figure in the underworld,” says the report. “But that does not explain their friendship or their financial relationships with people like Joe and Rocco Fischetti, cousins ​​of Al Capone, and Paul Emilio D’Amato, John Formosa, Sam Giancana … all of them on the list of delinquents.”
Since the late 1940s, the FBI has accumulated files on Sinatra that detail its links with other famous gangsters, such as Lucky Luciano and Mickey Cohen. As early as February 1947, Sinatra’s vacation with Luciano and his bodyguards in Havana, where the trio had been seen “at the races, at the casino and at private parties,” was heard. If this was so extraordinary, it was because Luciano had recently been released from prison on parole and deported to Sicily.
Hoover has in his possession years of records that document the close relationship between Sinatra, the Kennedys and important capos like Giancana; The sapphire that looks on the little finger was a gift from Frank Sinatra. The most incriminating fragments of the report indicate that Giancana is a regular visitor at Sinatra’s house in Palm Springs. Several calls were also tracked from a friend of Giancana, Judith Campbell, to the secretary of President Evelyn Lincoln, calls that clearly associate the Kennedy White House with organized crime.
Like Sinatra, Marilyn has become a trap that could easily entangle Kennedy and bring down his presidency. And here comes the pragmatic side of JFK, which now supersedes his libido. He is willing to take great personal risks to satisfy his sexual needs, but his permanence in power is not played out. It is better to have Monroe, Sinatra and the Mafia as enemies to look at at a safe distance, than as friends who could sink him.
At the lectern, before the acolytes of the party of the city of New York, the president adopts the chaste countenance of an altar boy:
“After I’ve heard such a sweet and sincere” Happy birthday, “I can withdraw from politics,” he says into the microphone.
The irony of his comment reveals that he is above sexual ravings. But JFK does not renounce his extramarital affairs: he has just begun another of his ongoing relationships with a nineteen-year-old girl, whom he has deflowered in Jackie’s bed.

Since the incident in the Bay of Pigs, Khrushchev observes Kennedy looking for signs of weakness and irresolution that defined the handling of the crisis by the president of the United States. Khrushchev, sixty-eight, who came to power after a brutal political battle to succeed Joseph Stalin, knows how to assess the strengths and weaknesses of an opponent. In Kennedy he does not see a worthy adversary. The next month of September will be its 10th anniversary in power, and Khrushchev plans to celebrate it by proclaiming Soviet hegemony in the world. If by the way you can humiliate the American president, much better.
The Russians, as the Soviets are often called, have shown their mastery of outer space by putting into orbit not one, but two spacecraft at the same time. Once again, the cosmonauts who pilot them will exhibit the Soviet technological domain communicating through a novel device, the radiotelephone.
On the other hand, Khrushchev and his Politburo jump over the international veto to nuclear tests by blowing up 40 megaton nuclear weapons in the Arctic just a week later.
They are also building a wall of almost one hundred and forty kilometers.

Jackie has come to see Kennedy’s White House as a mythical place, which she will call “the American Camelot Court.” The first lady refers to the Broadway musical starring Richard Burton in the role of the legendary King Arthur, the candid Julie Andrews playing Queen Guinevere and Robert Goulet as Sir Lancelot. In the work, Camelot represents an idyllic oasis of happiness in the midst of a hard and cold world. More and more Americans agree with Jackie that the Kennedy White House is an equally mythical place and a bastion of idealism in the middle of the Cold War.
Camelot inspires even the president: Jackie will later tell that many nights before going to sleep she puts on her record player the soundtrack of the Broadway musical.
But the Court of Camelot has its dark side, and JFK’s secret service knows that too well.
In Washington, the CIA also does not like rumors that Kennedy would want to place the agency under his close supervision by putting Bobby Kennedy in front. On the other hand, there are many Pentagon officials who distrust Kennedy’s criteria; the president has publicly aired his presumption that the generals could try to get him out of office.
And finally, the Mafia, once so close to Kennedy that the boss Sam Giancana called him “Jack” instead of “Mr. President,” is upset because Kennedy pays him for years of friendship by allowing the hunt undertaken by Bobby and his Department of Justice.
“We broke our breasts for him,” Giancana complains, “and he encourages his brother to persecute us to death.
JFK knows his enemies. And he knows that the threats will continue to stand for more than many nights he wants to forget the world by lowering the needle of his stereo to listen to the music of Camelot.

It’s August 5, 1962. Marilyn Monroe lies naked face down on her bed, dead. Police detectives do not notice signs of violence. Later, the Los Angeles coroner will conclude that the actress died of an overdose of barbiturates. However, in his practically empty stomach they do not find traces of any drug.
The public immediately blames Marilyn’s death on her life of excess. The tabloid press has talked so much about its drug use that there is hardly any clamor from public opinion for a more in-depth investigation of what happened to the beautiful actress.
But in the domains of organized crime circulates a more murky account of what happened. According to the traditional version of the Mafia, the old connection of Sam Giancana with the CIA, which dated back to the days of the Mongoose operation, was still active in secret. If we listen to this version, Giancana hired four assassins who entered the house of Monroe to kill her, gagged her so she would not scream and put in her rectum a deadly cocktail of barbiturates and chloral hydrate, an anesthetic. They used this method to avoid the vomiting that often accompanies overdoses due to drug ingestion. With Marilyn already dead, they removed the gag and cleaned her body from top to bottom.

JFK wants to say something important to Reverend King: the president has strong evidence provided by J. Edgar Hoover that the civil rights leader has something in common with the disgraced British politician John Profumo.
With no more words than strictly necessary, Kennedy urges King to use his head and control his libido.
For the sake of both.
John Kennedy has placed at the service of the civil rights movement all the power conferred by his office, but he does so unwillingly. The president has no black friends, and the only thing that has ever brought him closer to black culture is to dance to the songs of Chubby Checker. In short, blacks only appear in their world as servants, cooks, waiters and maidens. The ancestors of the president, immigrants who left Ireland in poverty, could soon take advantage of the freedoms of the United States to prosper.
Counter the evasions of the Reverend using the Profumo case to make it clear that the link between his presidency and King’s crusade could change a lot.
JFK is usually vague and diplomatic when speaking; he usually lets his interlocutor draw his own conclusions. But now it is painfully direct. He does not want any mistakes: King has to cut ties with communism and be cautious with his infidelities.
– Be prudent and do not neglect its cause – the president warns him; It can not be clearer. If they knock you down, you will drag us down. So be careful.
The president of the United States has said what he had to say. He has no more time; ending the conversation, he leaves to catch his flight.
Martin Luther King has five years left to live.
To John Fitzgerald Kennedy, exactly five months.
King’s dream is totally utopian in the United States of those years, but it is also the formulation in words of the ultimate goal of the civil rights movement. And to hear those words spoken with such clarity and such force puts everyone beside themselves with pride and emotion. Black and white, people hear raptured every word of King. In a speech of only sixteen minutes, Martin Luther King has demonstrated, as he hoped, that today is truly the great day of civil rights in the history of the United States.
By the time King masterfully finishes the speech, he is screaming, almost spits at the microphone. The image of Lincoln leaning up above the speaker’s shoulder reinforces the intensity of the moment when King invokes the spirit of the Proclamation of Emancipation. Everyone present at the Mall understands that it has been proposed to finish what Lincoln started so long ago; separated by a century of racial injustice.

The destruction of the Camelot Court could have started with the Bay of Pigs, when John F. Kennedy made Fidel Castro his permanent enemy and managed to infuriate his own Central Intelligence Agency.
Or it could have started on the night of October 1962 when JFK cut ties with Sam Giancana, Frank Sinatra and the Mafia, and then stepped aside while Bobby viciously pursued organized crime.
The end of the Camelot Court could have been gestated during the missile crisis in Cuba, when JFK won a decisive public image victory over Nikita Khrushchev and the Soviet Empire, while at the same time opposing its own military commands and the “complex” industrial military, “as Dwight Eisenhower called it, refusing to declare war.
The destruction of the Court of Camelot could have started in a thousand ways.
But it has actually started on November 18, when three members of the security forces – Special Agent Winston G. Lawson highlighted by the secret service, Forrest V. Sorrels of the local secret service office in Dallas, and the head of Dallas police Jesse Curry – drive the fifteen kilometers of the carefully planned route from the Love Field to the Trade Mart.

Eyewitnesses to the assassination in Dealey Square will later confirm that they heard three shots coming from the book store. One of the bullets will be very far from the president’s limousine; decades later, it is still speculating if it was the first or the second. But what has always been known is that two of the shots did not fail.
The first one hits the base of the president’s neck from behind. At a speed of no less than five hundred eighty meters per second, the 6.5 millimeter projectile pierces the president’s windpipe and exits through the tight knot of his dark blue tie. Although it has affected the right lung, it has not touched any bones and the heart and lungs of JFK continue to function perfectly.
The president is badly hurt, but he is still alive. The blood drowns the trachea, that’s why it breathes badly and can not speak; but it is unlikely that that shot, had he been the only one, would have killed him.
The 6.5 millimeter projectile that Lee Harvey Oswald fires is a much deadlier piece of lead: such a small bullet would sound harmless, but it can shoot down a deer at a distance of two hundred meters.
This armored and copper-plated projectile ends the life of John F. Kennedy in an instant. Its speed is scarcely reduced when it sinks into the soft gray matter and passes through it, shattering the thin bone wall to end up coming out the front of the skull.
The horrified witnesses of the event do not know, but for a long time, historians and conspiracy theorists, as well as ordinary citizens who will not be born until years later, will debate from this day if Lee Harvey Oswald acted on his own or counted with help . Federal authorities will examine ballistic tests and conduct tests to time the seconds needed to aim, fire and reload a 6.5-millimeter Mannlicher-Carcano rifle. Many people will be self-proclaimed experts and understood in home videos of the murder with a lot of grain texture and grass mounds, conspiracies and the countless evildoers who wanted to dislodge John F. Kennedy from power.
The arguments that underlie the conspiracy will acquire such strength and presence that they almost managed to bury the human tragedy of November 22, 1963.
Conscribe here, therefore, once and for all, that a sunny Friday in Dallas, Texas, at twelve thirty noon, John Fitzgerald Kennedy receives a shot that kills him instantly.

The assassination of Abraham Lincoln in April 1865 was a tangled conspiracy. The same night that Lincoln was shot in the Ford theater, he also attempted against the life of the vice president and the secretary of state. Had it been completed, the plans would have decapitated the US government.
As soon as the first shot is made in Dallas, those events return to the present and immediate measures are taken to prevent a possible conspiracy from flourishing. Several Cabinet members on their way to Japan are already west of Hawaii; a radio call orders them to turn around and go back home.
Not everyone knows that in the United States, assassination is not a crime under federal jurisdiction. Instigating a conspiracy to kill the president does violate federal laws, and that is why J. Edgar Hoover insists that the authorship of JFK’s murder corresponds to multiple murderers, and not just one. Hoover wants the jurisdiction of the case. However, at the moment it does not seem that it is going to obtain it: the jurisdiction falls in the state of Texas and the municipality of Dallas.
Hence, local authorities do not accept that the remains of John Kennedy leave the state of Texas without first conducting the official autopsy. The Dallas County coroner, who has just arrived at Parkland Hospital, does not give in to this extreme.
Roy Kellerman, of the secret service, has taken the reins of the situation. The veteran special agent is livid with anger.

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