Matar a Kennedy -el fin de la corte de Camelot- — Bill O´Reilly & Martin Dugard

Este es un libro interesante pero que tampoco aporta grandes cosas sobre Kennedy porque al poder profundizar… y siendo un libro correcto se lee fácilmente. JFK se tiñe de sombras más allá de las oficiales.

Incidente Islas Salomón
el Amagiri parte en dos el casco de caoba de la lancha. La raja que se abre en el costado derecho atraviesa la embarcación en diagonal sin llegar a tocar el puente de mando; pero pasa rozándolo, y el capitán, creyéndose a punto de recibir un impacto mortal, piensa: «Esto es morir». Dos de los trece tripulantes mueren en el acto, y otros dos son heridos cuando, al segundo siguiente, la torpedera explota y se incendia. Los hombres de las otras dos lanchas estadounidenses que navegan por la zona, la 162 y la 168, han visto el choque y lo creen fatídico. Por eso no se entretienen buscando supervivientes en la noche; aceleran motores y salen de allí a toda velocidad, huyendo de otros buques de guerra nipones que quizá merodeen por los alrededores. El Amagiri tampoco detiene su marcha: sigue como un rayo hacia Rabaul. La tripulación ve arder a su paso la pequeña embarcación estadounidense.
Los hombres de la 109 se han quedado solos.
El capitán responsable de que el colosal destructor embistiera la lancha al cogerle desprevenido es el teniente John Fitzgerald Kennedy, de veintiséis años.
La odisea con el Amagiri exacerbó sus molestias lumbares, y llegó a operarse varias veces sin que le sirviera de nada. El persistente dolor es tan insoportable que Kennedy muchas veces usa muletas o un bastón para moverse, aunque casi nunca en público. Ha de llevar un corsé, dormir en un colchón muy duro e inyectarse cada cierto tiempo procaína, un anestésico para combatir sus dolores. Sus ayudantes saben ver en su mandíbula apretada un signo de su dolor de espalda. La media hora diaria de braza y el calor de la piscina forman parte de la terapia de Kennedy, pero la razón por la que en muchos de estos baños prescinde del traje de baño es su idea de la virilidad: un hombre de verdad hace braza al natural, como dicen los franceses, y no hay más que hablar.

Kennedy ha autorizado el envío de mil cuatrocientos exiliados anticastristas a la nación isleña para una invasión encubierta cuya meta está vedada al ejército de Estados Unidos por las normas del derecho internacional: la meta de los exiliados combatientes es nada menos que derrocar el régimen cubano. El plan se inició mucho antes de que Kennedy fuera elegido. Tanto la Agencia Central de Inteligencia, (CIA: Central Intelligence Agency) como los jefes del Estado Mayor Conjunto han prometido al presidente el éxito de la misión. Pero quien ha dado la orden de seguir adelante es Kennedy; y él será el responsable si fracasa la misión.
El precio de la revolución en Cuba fue muy alto. La sangre corría por las calles de La Habana, y era solo cuestión de tiempo que en Estados Unidos se conociera la verdad. En febrero de 1960, trece meses después de que Castro tomara el poder, un informe de la CIA al Consejo Nacional de Seguridad advertía del «apoyo activo» de la Unión Soviética a Castro, al tiempo que lamentaba la desorganización de las fuerzas anticastristas. La administración Eisenhower puso en marcha discretos planes para derrocar al régimen castrista, autorizando a la CIA el adiestramiento paramilitar de exiliados cubanos en bases secretas de Guatemala.
Castro se convirtió en uno de los temas candentes de la campaña presidencial de 1960. Kennedy vapuleó a la administración de Eisenhower utilizando la situación en Cuba para ilustrar su debilidad frente al comunismo. «En 1952 los republicanos, según su programa electoral, iban a hacer retroceder el Telón de Acero en Europa del Este», advertía Kennedy a la nación. «Hoy el Telón de Acero está a menos de ciento cincuenta kilómetros del litoral de Estados Unidos».

Mientras el presidente dedica parte de su mente a planear la mejor manera de enfrentarse a Fidel Castro, Nikita Kruschev y Charles de Gaulle, otra parte la dedica a planear cómo conseguir todo el sexo que le apetezca sin que Jackie le sorprenda. Y cuanto más cómodo se siente en la Casa Blanca, más escandalosas se hacen sus aventuras.
«La cosa llegó a un punto en que decíamos: “¿Alguna otra novedad?”», recordaba más tarde un escolta del servicio de secreto de Kennedy. «Había mujeres por todas partes. Muy a menudo, dependiendo del turno, o lo veías subir con una de ellas por la tarde o bajar por la mañana; a esa hora el personal de limpieza pasaba la aspiradora, y también los ujieres andaban por allí. Varias de esas mujeres iban habitualmente, pero nunca si estaba Jackie».
Cuando Kennedy pasa varios días sin sexo extraconyugal, le cambia el carácter; hasta tal punto es así, que el servicio secreto suspira de alivio cada vez que Jackie se marcha con los niños para el fin de semana.
Sinatra mantiene reiterados contactos con diez nombres propios del crimen organizado. Los informes del FBI no solo enumeran los días y las horas en que el cantante ha telefoneado a los capos de la Mafia desde su casa, sino que también ponen al descubierto las llamadas de los mafiosos a su domicilio. «Por la índole de su profesión, Sinatra puede entrar en contacto alguna vez con una figura del hampa», reza el informe. «Pero eso no explica su amistad ni sus relaciones financieras con gente como Joe y Rocco Fischetti, primos de Al Capone, y Paul Emilio D’Amato, John Formosa, Sam Giancana… todos ellos en la lista de facinerosos».
Desde finales de la década de 1940, el FBI acumula en sus archivos expedientes sobre Sinatra que detallan sus vinculaciones con otros gánsteres famosos, como Lucky Luciano y Mickey Cohen. Ya en febrero de 1947 se supo de unas vacaciones de Sinatra con Luciano y sus guardaespaldas en La Habana, donde el trío se había dejado ver «en las carreras, en el casino y en fiestas privadas». Si esto resultaba tan extraordinario era porque Luciano había salido recientemente de prisión en libertad condicional y lo habían deportado a Sicilia.
Hoover tiene en su poder años de expedientes que documentan la estrecha relación entre Sinatra, los Kennedy e importantes capos como Giancana; el zafiro que este luce en el meñique fue un regalo precisamente de Frank Sinatra. Los fragmentos más incriminatorios del informe señalan que Giancana es un visitante asiduo en la casa de Sinatra en Palm Springs. También fueron rastreadas varias llamadas de una amiga de Giancana, Judith Campbell, a la secretaria del presidente Evelyn Lincoln, llamadas que asocian claramente la Casa Blanca de Kennedy con el crimen organizado.
Igual que Sinatra, Marilyn se ha convertido en una trampa que podría enredar fácilmente a Kennedy y echar abajo su presidencia. Y aquí vuelve el lado pragmático de JFK, que ahora desbanca a su libido. Está dispuesto a correr grandes riesgos personales por satisfacer sus necesidades sexuales, pero su permanencia en el poder no se la juega. Es mejor tener a Monroe, a Sinatra y a la Mafia como enemigos a los que mirar a una prudente distancia, que como amigos que podrían hundirle.
En el atril, ante los acólitos del partido de la ciudad de Nueva York, el presidente adopta el casto semblante de un monaguillo:
—Después de haber oído un «Feliz cumpleaños» tan dulce y sincero, ya puedo retirarme de la política —dice al micrófono.
La ironía de su comentario deja ver que está por encima de los devaneos sexuales. Pero JFK no renuncia a sus líos extraconyugales: acaba de iniciar otra de sus relaciones continuadas con una joven de diecinueve años, a quien ha desflorado en la cama de Jackie.

Desde el incidente en Bahía de Cochinos, Kruschev observa a Kennedy buscando en él los signos de debilidad e irresolución que definieron el manejo de la crisis por parte del presidente de los Estados Unidos. Kruschev, de sesenta y ocho años, que llegó al poder tras una brutal batalla política para suceder a Joseph Stalin, sabe evaluar los puntos fuertes y débiles de un contrincante. En Kennedy no ve un adversario digno. El próximo mes de septiembre se cumplirá su décimo aniversario en el poder, y Kruschev piensa festejarlo proclamando la hegemonía soviética en el mundo. Si de paso puede humillar al presidente estadounidense, mucho mejor.
Los rusos, como suele llamarse a los soviéticos, han hecho gala de su dominio del espacio exterior poniendo en órbita no una, sino dos naves espaciales al mismo tiempo. Una vez más, los cosmonautas que las pilotan exhibirán el dominio tecnológico soviético comunicándose mediante un novedoso dispositivo, el radioteléfono.
Por otro lado, Kruschev y su Politburó se saltan a la torera el veto internacional a las pruebas nucleares haciendo explotar en el Ártico armas nucleares de 40 megatones solo una semana después.
También están levantando un muro de casi ciento cuarenta kilómetros.

Jackie ha llegado a contemplar la Casa Blanca de Kennedy como un lugar mítico, que ella llamará «la Corte de Camelot» estadounidense. La primera dama alude al musical de Broadway protagonizado por Richard Burton en el papel del legendario rey Arturo, la cándida Julie Andrews interpretando a la reina Ginebra y Robert Goulet como sir Lancelot. En la obra, Camelot representa un idílico oasis de felicidad en medio de un mundo duro y frío. Cada vez más estadounidenses están de acuerdo con Jackie en que la Casa Blanca de Kennedy es un lugar igual de mítico y un baluarte de idealismo en plena guerra fría.
Camelot inspira incluso al presidente: Jackie contará más tarde que muchas noches antes de irse a dormir pone en su tocadiscos la banda sonora del musical de Broadway.
Pero la Corte de Camelot tiene su lado oscuro, y el servicio secreto de JFK lo sabe de sobra.
En Washington, a la CIA tampoco le gustan los rumores de que Kennedy querría situar la agencia bajo su estrecha supervisión poniendo al frente a Bobby Kennedy. Por otro lado, no son pocos los altos mandos del Pentágono que desconfían del criterio de Kennedy; el presidente ha aireado públicamente su presunción de que los generales podrían intentar apearle del cargo.
Y, por último, la Mafia, antaño tan cercana a Kennedy que el capo Sam Giancana lo llamaba «Jack» en vez de «señor presidente», está molesta porque Kennedy le paga años de amistad permitiendo la cacería emprendida por Bobby y su Departamento de Justicia.
—Nos partimos el pecho por él —se queja Giancana—, y él anima a su hermano a perseguirnos a muerte.
JFK conoce a sus enemigos. Y sabe que las amenazas seguirán en pie por más que tantas noches quiera olvidarse del mundo bajando la aguja de su estéreo para escuchar la música de Camelot.

Es el 5 de agosto de 1962. Marilyn Monroe yace desnuda boca abajo en su cama, muerta. Los detectives policiales no advierten signos de violencia. Más adelante el forense de Los Ángeles concluirá que la actriz murió a causa de una sobredosis de barbitúricos. Sin embargo, en su estómago prácticamente vacío no encuentran restos de ningún fármaco.
El público enseguida achaca la muerte de Marilyn a su vida de excesos. La prensa sensacionalista ha hablado tanto de su consumo de drogas que apenas hay clamor de la opinión pública por una investigación más a fondo de lo sucedido a la bella actriz.
Pero en los dominios del crimen organizado circula un relato más turbio de lo ocurrido. Según la versión tradicional de la Mafia, la antigua conexión de Sam Giancana con la CIA, que databa de los días de la operación Mangosta, seguía activa en secreto. Si prestamos oídos a esta versión, Giancana contrató a cuatro sicarios que entraron en la casa de Monroe a asesinarla, la amordazaron para que no gritara y le introdujeron en el recto un cóctel mortífero de barbitúricos e hidrato de cloral, un anestésico. Emplearon este método para evitar el vómito que suele acompañar las sobredosis por ingesta de drogas. Con Marilyn ya muerta, le quitaron la mordaza y limpiaron su cuerpo de arriba abajo.

JFK quiere decirle algo importante al reverendo King: el presidente tiene pruebas fehacientes aportadas por J. Edgar Hoover de que el líder de los derechos civiles tiene algo en común con el deshonrado político británico John Profumo.
Sin más palabras que las estrictamente necesarias, Kennedy insta a King a usar la cabeza y controlar su libido.
Por el bien de ambos.
John Kennedy ha puesto al servicio del movimiento de los derechos civiles todo el poder que le confiere su cargo, pero lo hace de mala gana. El presidente no tiene amigos negros, y lo único que alguna vez le ha acercado a la cultura negra es bailar al ritmo de las canciones de Chubby Checker. En definitiva, los negros solo figuran en su mundo como criados, cocineros, camareros y doncellas. Los antepasados del presidente, inmigrantes que salieron de Irlanda en la pobreza, enseguida pudieron aprovechar las libertades de Estados Unidos para prosperar.
Contrarresta las evasivas del reverendo utilizando el caso Profumo para dejar claro que el vínculo entre su presidencia y la cruzada de King podría cambiar mucho.
JFK suele ser vago y diplomático al hablar; normalmente deja que su interlocutor saque sus propias conclusiones. Pero ahora es dolorosamente directo. No quiere ningún error: King ha de cortar sus lazos con el comunismo y ser cauto con sus infidelidades.
—Sea prudente y no descuide su causa —le avisa el presidente; no puede ser más claro—. Si lo derriban a usted, nos arrastrará en su caída. Así que mucho cuidado.
El presidente de los Estados Unidos ha dicho lo que tenía que decir. Ya no tiene más tiempo; poniendo fin a la conversación, se marcha a coger su vuelo.
A Martin Luther King le quedan cinco años de vida.
A John Fitzgerald Kennedy, exactamente cinco meses.
El sueño de King es totalmente utópico en los Estados Unidos de esos años, pero es también la formulación en palabras de la meta última del movimiento de los derechos civiles. Y oír esas palabras dichas con tanta claridad y tanta fuerza pone a todos fuera de sí de orgullo y emoción. Negros y blancos, la gente escucha arrebatada cada palabra de King. En un discurso de solo dieciséis minutos, Martin Luther King ha demostrado, como esperaba, que hoy es verdaderamente el día grande de los derechos civiles en la historia de Estados Unidos.
Para cuando King remata magistralmente el discurso, está gritando, casi escupe al micrófono. La imagen de Lincoln asomando allá arriba por encima del hombro del orador refuerza la intensidad del momento en que King invoca el espíritu de la Proclamación de la Emancipación. Todos los presentes en el Mall comprenden que se ha propuesto acabar lo empezado por Lincoln tanto tiempo atrás; separados por un siglo de injusticia racial.

La destrucción de la Corte de Camelot podría haber comenzado con Bahía de Cochinos, cuando John F. Kennedy hizo de Fidel Castro su enemigo permanente y logró enfurecer a su propia Agencia Central de Inteligencia.
O podría haber comenzado la noche de octubre de 1962 en que JFK cortó los lazos con Sam Giancana, Frank Sinatra y la Mafia, y luego se hizo a un lado pasivamente mientras Bobby perseguía con saña el crimen organizado.
El final de la Corte de Camelot podría haberse gestado durante la crisis de los misiles en Cuba, cuando JFK obtuvo una decisiva victoria de imagen pública sobre Nikita Kruschev y el Imperio soviético, a la vez que contrariaba a sus propios mandos militares y al «complejo militar industrial», como lo llamaba Dwight Eisenhower, negándose a declarar la guerra.
La destrucción de la Corte de Camelot podría haber empezado de mil maneras.
Pero ha empezado de hecho el 18 de noviembre, cuando tres miembros de las fuerzas del orden —el agente especial Winston G. Lawson destacado por el servicio secreto, Forrest V. Sorrels de la oficina local del servicio secreto en Dallas, y el jefe de la policía de Dallas Jesse Curry— recorren en coche los quince kilómetros de la ruta pensada con gran detenimiento desde el Love Field al Trade Mart.

Testigos presenciales del magnicidio en la plaza Dealey confirmarán después que oyeron tres disparos procedentes del almacén de libros. Una de las balas va a dar muy lejos de la limusina del presidente; décadas después, se sigue especulando si fue la primera o la segunda. Pero lo que siempre se ha sabido es que dos de los disparos no fallaron.
El primero da en la base del cuello del presidente por la espalda. A una velocidad de nada menos que quinientos ochenta metros por segundo, el proyectil de 6,5 milímetros atraviesa la tráquea del presidente y sale por el apretado nudo de su corbata azul oscuro. Aunque ha afectado el pulmón derecho, no ha rozado ningún hueso y el corazón y los pulmones de JFK siguen funcionando perfectamente.
El presidente está malherido, pero sin duda sigue con vida. La sangre le anega la tráquea, por eso respira mal y no puede hablar; pero es improbable que ese disparo, de haber sido el único, lo hubiera matado.
El proyectil de 6,5 milímetros que Lee Harvey Oswald dispara es un trozo de plomo mucho más mortífero: una bala tan pequeña se diría inofensiva, pero puede derribar a un venado a una distancia de doscientos metros.
Este proyectil blindado y bañado en cobre acaba con la vida de John F. Kennedy en un instante. Su velocidad apenas se reduce cuando se hunde en la blanda materia gris y la atraviesa, haciendo saltar en pedazos la fina pared ósea para acabar saliendo por la parte frontal del cráneo.
Los horrorizados testigos del acontecimiento no lo saben, pero durante largo tiempo, historiadores y teóricos de la conspiración, así como ciudadanos corrientes que no nacerán hasta años después, debatirán a partir de este día si Lee Harvey Oswald actuó por su cuenta o contó con ayuda. Las autoridades federales examinarán las pruebas balísticas y realizarán ensayos para cronometrar los segundos necesarios para apuntar, disparar y recargar un fusil Mannlicher-Carcano de 6,5 milímetros. Mucha gente se autoproclamará experta y entendida en vídeos caseros del asesinato con textura de mucho grano y en montículos de hierba, en conspiraciones y en los incontables malhechores que deseaban apear del poder a John F. Kennedy.
Los argumentos que fundamentan la conspiración adquirirán tal fuerza y presencia que casi logran soterrar la tragedia humana del 22 de noviembre de 1963.
Conste aquí por tanto, de una vez por todas, que un soleado viernes en Dallas, Texas, a las doce y media del mediodía, John Fitzgerald Kennedy recibe un disparo que lo mata al instante.

El asesinato de Abraham Lincoln en abril de 1865 fue una enmarañada conspiración. La misma noche que Lincoln recibió un disparo en el teatro Ford, también se atentó contra la vida del vicepresidente y del secretario de Estado. De haberse cumplido, los planes habrían decapitado el gobierno estadounidense.
Nada más efectuarse el primer disparo en Dallas, esos acontecimientos vuelven al presente y se toman medidas inmediatas para impedir que prospere una posible conspiración. Varios miembros del Gabinete que van camino de Japón se encuentran ya al oeste de Hawái; una llamada de radio les ordena dar la vuelta y volver a casa.
No todo el mundo sabe que en Estados Unidos el magnicidio no es un delito de jurisdicción federal. Instigar a una conspiración para matar al presidente sí contraviene las leyes federales, y por eso J. Edgar Hoover insiste en que la autoría del asesinato de JFK corresponde a múltiples asesinos, y no a uno solo. Hoover quiere la jurisdicción del caso. Sin embargo, de momento no parece que vaya a conseguirla: la jurisdicción recae en el estado de Texas y el municipio de Dallas.
De ahí que las autoridades locales no acepten que los restos de John Kennedy salgan del estado de Texas sin realizar antes la autopsia oficial. El forense del condado de Dallas, que acaba de llegar al hospital Parkland, no cede en este extremo.
Roy Kellerman, del servicio secreto, ha tomado las riendas de la situación. El veterano agente especial está lívido de ira.

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