El poder de los sin poder — Václav Havel / The Power of the Powerless: Citizens Against the State in Central Eastern Europe by Václav Havel

Este es un magnífico breve ensayo del que fuese presidente de la República Checa y aunque se basa en los sucesos acaecidos en la República Checa, hablando de la Carta 77 es extrapolable donde cuyo contenido está más que vigente al afirmar «La tragedia del mundo moderno no es que el hombre conozca cada vez menos el sentido de su propia vida, sino que esto le importa cada vez menos».

Un espectro atemoriza a la Europa oriental: en Occidente lo llaman «disidencia».
Este espectro no ha llovido del cielo: es una manifestación natural y una consecuencia inevitable de la fase histórica que atraviesa actualmente el sistema al que ese espectro atemoriza. Es decir, lo ha creado el hecho de que una parte de este sistema no puede ya, desde hace tiempo y por mil motivos, seguir basándose en la mera y brutal arbitrariedad de un poder que excluye cualquier manifestación no conformista.
El signo, pues, sirve para ocultar al hombre los fundamentos «ínfimos» de su obediencia y, en consecuencia, los fundamentos «ínfimos» del poder. Detrás de él está la fachada de algo «elevado».
Esto «elevado» es la ideología.
La ideología como modo aparente de relacionarse con el mundo, que da al individuo la ilusión de ser una persona con una identidad digna y moral y así le hace más fácil no serlo; la ideología como imitación de algo «metapersonal» y «desinteresado». Por tanto, está obligado a vivir en la mentira.
No tiene que aceptar la mentira. Basta que haya aceptado la vida con ella y en ella. Ya con esto ratifica el sistema, lo consolida, lo hace, lo es.
La ideología, como interpretación de la realidad suministrada por el poder, está, pues, subordinada siempre al interés del poder; tiende, por tanto, intrínsecamente a emanciparse de la realidad, a crear un mundo de «apariencia», a ritualizarse. Donde se da concurrencia pública y poder público y, por tanto, también control público del poder, se da obviamente también el control público del medio a través del cual el poder se legitima ideológicamente.

A la primavera de Praga se la ha visto como el choque entre dos grupos en el plano del poder real: los que querían conservar el sistema tal como era y los que lo querían reformar. Al pensar así se olvida, sin embargo, que este choque era solo el último acto, la proyección exterior de un largo drama llevado a cabo sobre todo y originalmente en el ámbito del espíritu y de la conciencia de la sociedad. Y se olvida que al comienzo de este drama hubo por alguna parte individuos que incluso en los momentos más duros lograron vivir en la verdad. Estos hombres no disponían del poder real ni aspiraban a él: el ámbito de su «vida en la verdad» no podía ni siquiera, por tanto, ser la reflexión política; podían ser poetas, artistas, músicos…

La profunda crisis de identidad provocada por la «vida en la mentira», y que a su vez hace posible esta vida, tiene indudablemente una dimensión moral propia: se manifiesta, entre otras cosas, como una profunda crisis moral de la sociedad. El hombre que ha elegido la escala consumista de valores, «disperso» en el marasmo de la masa y sin hacer pie en el orden del ser, aun sabiendo que su responsabilidad no se limita solo a su supervivencia, es un hombre desmoralizado; en esta desmoralización se basa el sistema, profundiza en ella y es su proyección social.
La «vida en la verdad», como rebelión del individuo contra la situación que se impone, es por el contrario un intento de comprender su propia y peculiar responsabilidad: es, por tanto, una acción abiertamente moral.

La «iniciativa civil», «movimiento disidente» u «oposición», emerge —como la famosa décima parte del iceberg— de este espacio, de la «vida independiente de la sociedad». O de otra manera: así como la «vida independiente de la sociedad» nace del terreno indeterminado de la «vida en la verdad», en sentido lato, como su clara —«articulada»— expresión, de esta «vida independiente» nace finalmente también aquella famosa «disidencia». Aquí hay que hacer una precisión: si la «vida independiente de la sociedad» —al menos desde un punto de vista exterior— se puede considerar como la «forma más alta» de «vida en la verdad», no se puede ciertamente decir de manera unívoca que el «movimiento disidente» es necesariamente la «forma más alta» de «vida independiente de la sociedad». Se trata simplemente de una de sus manifestaciones y aunque quizá sea su manifestación más clamorosa, la más política y en su politicidad, la más articulada claramente, esto no significa que por fuerza deba ser la manifestación más madura y más importante; y no solo en sentido social, sino también en virtud de su alcance político indirecto: Se trata, como ya hemos visto, de un fenómeno sacado aposta de su seno materno (y por eso se le da un nombre especial). En realidad es impensable sin el trasfondo del que nace, del que es parte integrante y del que extrae también toda su fuerza vital.

This is a magnificent short essay of which he was president of the Czech Republic and although it is based on the events that occurred in the Czech Republic, speaking of the Charter 77 is extrapolated where the content is more than valid by stating “The tragedy of the modern world is not is that man knows less and less the meaning of his own life, but that he cares less and less ».

A spectrum frightens Eastern Europe: in the West they call it “dissidence”.
This spectrum has not rained from the sky: it is a natural manifestation and an inevitable consequence of the historical phase that currently crosses the system to which that spectrum frightens. That is, it has been created by the fact that a part of this system can not, for a long time and for a thousand reasons, continue to be based on the mere and brutal arbitrariness of a power that excludes any non-conformist manifestation.
The sign, then, serves to hide from man the “minimal” foundations of his obedience and, consequently, the “minimal” foundations of power. Behind him is the facade of something “elevated”.
This “high” is ideology.
Ideology as an apparent way of relating to the world, which gives the individual the illusion of being a person with a dignified and moral identity and thus makes it easier not to be; ideology as an imitation of something “metapersonal” and “disinterested”. Therefore, he is obliged to live in lies.
You do not have to accept the lie. It is enough that he accepted life with her and in her. This already ratifies the system, consolidates it, does it, is it.
Ideology, as an interpretation of reality provided by power, is thus always subordinated to the interest of power; It tends, therefore, intrinsically to emancipate itself from reality, to create a world of “appearance”, to ritualize. Where there is public participation and public power and, therefore, also public control of power, there is obviously also public control of the medium through which power is legitimated ideologically.

The spring of Prague has been seen as the clash between two groups on the plane of real power: those who wanted to preserve the system as it was and those who wanted to reform it. In thinking like this, however, he forgets that this clash was only the last act, the external projection of a long drama carried out above all and originally in the sphere of the spirit and the conscience of society. And it is forgotten that at the beginning of this drama there were some individuals who even in the hardest moments managed to live in the truth. These men did not have real power or aspire to it: the scope of their “life in the truth” could not even, therefore, be political reflection; They could be poets, artists, musicians …

The profound identity crisis provoked by “life in the lie”, which in turn makes this life possible, undoubtedly has its own moral dimension: it manifests itself, among other things, as a deep moral crisis in society. The man who has chosen the consumer scale of values, “dispersed” in the doldrums of the mass and without standing in the order of being, even knowing that his responsibility is not limited only to his survival, is a demoralized man; in this demoralization the system is based, deepens in it and is its social projection.
The “life in the truth”, as the rebellion of the individual against the situation that is imposed, is on the contrary an attempt to understand his own and peculiar responsibility: it is, therefore, an openly moral action.

The “civil initiative”, “dissident movement” or “opposition” emerges – like the famous tenth part of the iceberg – of this space, of the “independent life of society”. Or in another way: just as the “independent life of society” arises from the indeterminate terrain of “life in truth”, in the broad sense, as its clear – “articulated” – expression, this “independent life” is finally born also that famous «dissidence». Here we must make a precision: if the “independent life of society” – at least from an external point of view – can be considered as the “highest form” of “life in truth”, it can certainly not be said of unambiguously that the “dissident movement” is necessarily the “highest form” of “life independent of society.” It is simply one of its manifestations and although it may be its most resounding manifestation, the most political and in its politicity, the most clearly articulated, this does not mean that it must necessarily be the most mature and important manifestation; and not only in a social sense, but also in virtue of its indirect political scope: It is, as we have already seen, a phenomenon taken out of its mother’s womb (and for that reason it is given a special name). In fact, it is unthinkable without the background from which it is born, of which it is an integral part and from which it also extracts all its vital force.

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