La granja humana — Salvador Freixedo

Es como todos los libros muy interesantes y que pretende hacernos reflexionar sobre las ideas preconcebidas que nos vienen impuestas y que todos sus libros buscan la revelación frente a la imposición oficial.

La gran tesis del libro sostiene que la Humanidad es una granja de los «dioses», entendiendo por «dioses» unos seres racionales, de ordinario invisibles, superiores al hombre en entendimiento, que en fin de cuentas son los auténticos dueños del mundo.
En el orden de las ideas trascendentes, los hombres creemos lo que ellos nos han hecho creer —y éste es el origen y la esencia de todas las religiones— y en cuanto a nuestros conocimientos de la Naturaleza, sabemos lo que ellos nos han dejado saber. Hasta hace apenas un siglo, los avances técnicos y científicos se debieron en gran parte a lo que estos seres les comunicaban a algunos de sus amigos «iluminados».

Existen cuatro clases visibles: políticos, militares, maníacos del dinero y fanáticos religiosos. Examinémoslos uno por uno.
Los políticos son unos maníacos del poder puro. No gustan de las armas ni de la violencia física, pero les gusta mandar. Les encanta ser vistos, ser tenidos en algo, ser consultados. Por eso se derriten de gusto ante las cámaras de televisión o ante un micrófono.
-Los políticos que llegan a las grandes alturas organizan con frecuencia viajes rituales de visitas mutuas, con gran pompa y acompañamiento, ofreciéndose ramos de flores, solemnes recepciones con pases de revista a filas de pobres esclavos en-fusilados, discursos en estrados alfombrados, y grandes banquetes. En esto nunca fallan. La parte más importante de estas visitas de Estado y las serísimas reuniones de trabajo de los grandes estadistas radica en un gran banquete en el que no se repara en gastos. Ya no se acuerdan de que los que pagan esos banquetes son sus convecinos; pero ellos hace tiempo que no tienen convecinos, porque se aislaron del pueblo común y viven en casas apartadas y muy bien custodiadas. Lo único que tienen es compañeros de partido o de candidatura electoral.
-Los militares, los segundos dueños visibles de este mundo.
Los militares son los sucesores de los hombres de las cavernas, pero uniformados. Al contrario que a los políticos, les encanta la violencia. Creen que todo se puede arreglar a golpes.
El poder de los militares no es sutil como el de los políticos. El poder de los militares es fuerza bruta. Son las balas que perforan la blanda carne humana y son los cañones que destruyen hogares o las bombas que borran ciudades del mapa. Los políticos tratan de convencer, aunque lo traten mintiendo, pero los militares no. Los militares ordenan, porque ellos se sienten el orden y la ley, y el que no piense como ellos está equivocado, es comunista y por lo tanto hay que silenciarlo como sea.
Por eso, cuando ellos tienen el poder está prohibido pensar libremente. Se puede pensar, pero siempre dentro de los parámetros castrenses.
-Los maníacos del dinero. Son de dos clases: los legales y los ilegales.
Los ilegales tienen menos poder en cuanto a gobernar el mundo; más bien contribuyen de una manera indirecta a aumentar el caos reinante. Son los chulos de gran estilo que quieren vivir a costa de la sociedad y se organizan en mafias financieras y en grupos secretos que chantajean y estafan a la sociedad de mil maneras diferentes, con el solo fin de conseguir dinero y vivir bien. A veces lo hacen a lo grande y profesionalmente, y a veces por la libre y en pequeña escala.
Los maníacos del dinero legales, que en buena parte son tan perniciosos como los ilegales. Suelen estar parapetados en los grandes Bancos, grupos, trusts, holdings, financieras, etc., y desde sus lujosos despachos acristalados, en lo alto de los rascacielos, manejan con unos hilos sutilísimos pero muy eficaces el gran «guiñol» de la política nacional e internacional. Los políticos, muy serios, gesticularán, harán declaraciones o bailarán, según estos mefistófeles financieros les tiren de los hilos.
Los grandes Bancos se parecen a los buitres carroñeros: cuanto más carne podrida hay, más gordos están. Engordan a costa de las empresas «ejecutadas», de la esclavitud de los acreedores acogotados por sus intereses desmedidos y de no se sabe qué turbios manejos financieros que producen la inexplicable paradoja de que cuando la economía nacional está por los suelos las ganancias de los grandes Bancos están boyantes. Y ahí están los periódicos y las estadísticas para probarlo.
Los pequeños Bancos que se arruinaron fue porque se pasaron de listos y cayeron en las propias trampas que ellos les habían puesto a sus clientes.
Y por fin enjuiciemos al último miembro de la «fraternidad negra»:
-Los fanáticos religiosos. Aunque los líderes de las diversas religiones se jactan de que lo que todas ellas predican en el fondo es el amor y la justicia, y por lo tanto contribuyen a la unidad del género humano, los hechos a lo largo de los siglos nos dicen todo lo contrario: la historia está tejida de guerras ocasionadas pura y simplemente por la religión.
Además predican el amor y la justicia cada uno a su manera; los predican rodeados de una serie de circunstancias diferentes que impiden que ese amor y esa justicia se extiendan a todos los hombres.
Las religiones son creencias y ritos ideados por ciertos individuos que oyeron o creyeron que oían voces del más allá, que les dictaban lo que los hombres tenían que hacer para «salvarse». Todas las religiones sin excepción provienen de apariciones de entidades celestiales de las que alguien fue testigo. Es decir, las religiones no provienen del hombre, sino de fuera del hombre.

Hitler era sólo una marioneta. Él recibía los poderes de otros y sólo ejecutaba órdenes.
Se convence uno leyendo los muchos libros que sobre él se han escrito. Y a pesar de que la mayor parte de sus biógrafos no creen en estas inteligencias extrahumanas, sin embargo no dejan de apuntarlas, como una figura literaria o, en ocasiones, de una manera explícita, haciéndose eco de lo que el mismo Hitler decía.
Él, anticristiano y ateo confeso, se creía un instrumento de la «providencia», entendiendo por providencia todo un conjunto de fuerzas misteriosas del «más allá», con las que había aprendido a ponerse en contacto en sus largos años de aprendizaje en la secta Thule y en las muchas sociedades secretas e iniciáticas a las que perteneció.

Juana de Arco: He aquí otro ejemplo histórico de la intromisión de estas entidades en la marcha de la historia de la Humanidad.
Los profesionales de esta ciencia han investigado a fondo todos los pormenores de la increíble vida y hazañas de esta jovencita. Pero no van más allá de los meros hechos. Es cierto que se quedan asombrados ante ellos, pero no nos explican cómo una joven de 17 años que no sabía leer, nacida en un villorrio de la Lorena y que lo único que había hecho hasta entonces en su vida era ayudar a sus padres en el cuidado de los animales y en el cultivo de los campos, pudo realizar una tarea tan ingente en tan breve tiempo.
Por supuesto que la mayor parte de ellos —a los que habría que añadir médicos y psicólogos— que han hecho un profundo estudio de su personalidad, basados en los abundantes documentos de los procesos a que la sometió la Inquisición, creen que Juana era una psicótica y se fundamentan precisamente en las «voces» que ella oía constantemente y que decía que eran de san Miguel, santa Catalina y santa Margarita además de sus «espíritus protectores».

La religión islámica es otro gran ejemplo histórico de la intromisión de estas inteligencias en la vida de los hombres y en la marcha del planeta.
A un insignificante hombre llamado Mahoma se le aparece un misterioso joven que dice ser nada menos que el arcángel Gabriel y le dicta un libro «sagrado» —el Corán— que en seguida se convierte en la regla de vida para millones de hombres.
Este libro es en gran parte el responsable del atraso y el fanatismo en que viven muchos millones de seres humanos aparte de haber causado y de seguir causando infinidad de muertos.
Pues bien, uno se pregunta: ¿cómo es posible que una religión y en concreto un libro en donde lo ridículo se mezcla con lo sublime y lo ameno con lo plúmbeo, hayan podido extenderse por el mundo con el ímpetu avasallador con que en muy pocos años se extendieron, llegando hasta los confines de Asia y Oceanía, a donde no había llegado el cristianismo nacido cinco siglos antes?
La razón es la de siempre: la aparición de seres misteriosos de otro mundo que le dan capacidades especiales al humano que escogen para que pueda extender el mensaje o la orden que le dan.

Entre los hombres cultos de nuestra sociedad se da esta paradoja: la mayor parte de ellos, cuando se les habla de «espíritus», de «entidades no humanas», de «extraterrestres», etcétera, fruncen el ceño y consideran todo el asunto como alucinaciones o como relatos de ciencia ficción.
Pero, por otra parte, vemos a esas personas profesarse católicos o cristianos, si no fervientes, por lo menos sinceros. O lo que es igual, se dicen seguidores de una religión en donde la existencia de espíritus no humanos es cosa no sólo admitida, sino obligadamente admitida.
Según la doctrina oficial, no se puede ser buen católico sin admitir la existencia de los ángeles y de los demonios, tal como ha sido definido en varios concilios y tal como la autoridad «infalible» del Papa lo ha enseñado en muchas ocasiones y muy recientemente.

Hay que abolir el narcisismo de pensar que «somos los reyes de la creación», que «el hombre es la más inteligente de las criaturas», que «todas las cosas y animales de la Naturaleza están al servicio del hombre» y tonterías por el estilo. Hay que decirles claramente, sin caer en los fanatismos cerrados de las diferentes religiones, que por encima de nosotros hay otros seres inteligentes.
Somos una granja. Una granja de animales racionales. Ésta es una terrible verdad y lo seguirá siendo durante mucho tiempo.
Es muy difícil para los animales de una granja rebelarse contra los granjeros porque éstos son más inteligentes y saben prever las posibles rebeliones. Y como somos una granja de «racionales» nos hacen creer ideologías que no sólo nos impiden rebelarnos, sino que hasta nos llevan a pensar que es bueno estar sometidos
A los animales irracionales basta con echarles bien de comer y mantenerlos en un clima agradable para que se sientan satisfechos. Pero a los animales racionales no les basta esto: hay que inventarles «valores morales» que seguir, «ideales» por los que luchar, y con eso se mantendrán entretenidos, peleando los unos con los otros y olvidados del propio progreso y del de la Humanidad entera. Y sobre todo, ignorantes de que están siendo usados. Esos «ideales» y «valores morales» son las patrias, las religiones y las ideologías sociales y económicas en que la Humanidad está dividida y que tanto daño le han hecho.

La liberación de la Humanidad no llegará mientras no haya muchos más hombres libres internamente que sean capaces de asumir sin corromperse la dirección de sus hermanos menores o menos evolucionados. Y la verdadera libertad del hombre está dentro de sí.
Tiene que liberarse internamente de sus ambiciones, de sus miedos y de sus dependencias voluntarias y tiene que llegar a una adultez intelectual para no dejarse engañar y para que su mente se haga más creativa y se prepare para futuras etapas, fuera ya de este planeta rudimentario.
Mientras la mayor parte de los hombres procedan como borregos, acudiendo en manada a ver y a oír a sus «líderes» políticos o religiosos, y sientan entusiasmos patrióticos al ver desfilar a falanges de robots con un arma al hombro o gocen en juntarse como rebaños en estadios o en catedrales para ver espectáculos o para recibir bendiciones, será señal de que la Humanidad aún no ha superado su etapa infantil.

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