La Guerra Del Mundo — Niall Ferguson

Sin duda este autor es siempre recomendado, bajo el subtítulo de “los conflictos del siglo XX y el declive de Occidente (1904-1953) escribe una magnífica novela sobre este siglo más que recomendada.

La Segunda Guerra Mundial constituyó la mayor catástrofe de origen humano de todos los tiempos. Y sin embargo, pese a toda la atención de la que han sido objeto por parte de los historiadores, las guerras mundiales representaron solo dos de los numerosos conflictos que estallaron durante el siglo XX. Aparte de ellas, más de una docena de guerras superaron el umbral del millón de muertos. Así, por ejemplo, puede compararse perfectamente el número de víctimas causado por las guerras genocidas —o «politicidas»— libradas contra la población civil por el régimen de los Jóvenes Turcos durante la Primera Guerra Mundial, por el régimen soviético desde la década de 1920 hasta la de 1950, y por el régimen nacionalsocialista en Alemania entre 1933 y 1945, por no hablar de la tiranía de Pol Pot en Camboya. No hubo un solo año, antes, durante o después de las guerras mundiales, que no presenciara una violencia organizada a gran escala en una u otra parte del mundo.
Los cambios en la tecnología, especialmente la creciente destructividad del armamento moderno, tuvieron su importancia, de eso no cabe duda; pero no fueron sino meras respuestas al deseo profundamente arraigado de matar de manera más eficiente. De hecho, a lo largo del siglo no se da absolutamente ninguna correlación entre la destructividad del armamento y la incidencia de la violencia.
Tampoco las crisis económicas pueden explicar los violentos trastornos del siglo. Como ya hemos señalado antes, quizás la cadena causal más familiar de la historiografía moderna es la que lleva de la Gran Depresión al auge del fascismo, y, luego, al estallido de la guerra.
Hay tres elementos que me parecen necesarios para explicar la extrema violencia del siglo XX, y en particular por qué una parte tan importante de ella tuvo lugar en ciertos momentos, especialmente a principios de la década de 1940, y en determinados lugares, concretamente Europa centro-oriental, Manchuria y Corea. Dichos elementos pueden resumirse como: conflicto étnico, inestabilidad económica e imperios decadentes.
Así, cuanto más se aplicaba el modelo del estado-nación a Europa centro-oriental, mayor era el potencial de conflicto. La discrepancia entre la realidad de un poblamiento mixto —un complejo mosaico de enclaves y diásporas— y el ideal de unas unidades políticas homogéneas resultaba sencillamente demasiado grande. A medida que las fronteras nacionales adquirían una importancia cada vez mayor, el riesgo se acrecentaba, y la divergencia de las tasas de natalidad no servía más que para reforzar las inquietudes de quienes temían quedarse en minoría. En teoría, era concebible que los distintos grupos étnicos aceptaran someter sus diferencias en un nuevo estado a una nueva identidad colectiva, o compartir el poder en una federación de iguales. Pero resultaba igualmente probable que un grupo mayoritario se consolidara como el único.

La violencia del siglo XX resulta ininteligible si no se contempla en su contexto imperial, ya que fue en gran medida consecuencia del declive y la caída de los grandes imperios multiétnicos que dominaron el mundo en 1900. Lo que tenían en común casi todos los principales contendientes en las guerras mundiales era que o bien eran imperios, o bien trataban de serlo. Es más, muchas grandes entidades políticas del período que pretendían ser estados-nación o federaciones resultaban ser en realidad, si se las examinaba de cerca, también imperios. No cabe duda de que ese era el caso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; y sigue siéndolo de la actual Federación Rusa. El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda (desde 1922 solo Irlanda del Norte) era, y sigue siendo en todos los sentidos, un imperio inglés, al que en aras de la brevedad se sigue designando comúnmente con el nombre de Inglaterra. La Italia creada en las décadas de 1850 y 1860 era un imperio piamontés, mientras que el Reich alemán de 1871 era en gran medida un imperio prusiano. Los dos estados-nación más poblados del mundo actual son el resultado de la integración imperial. La India moderna es la heredera del Imperio mogol y el gobierno británico. Las fronteras de la República Popular China son básicamente las establecidas por los emperadores Qing. Probablemente incluso Estados Unidos es una «república imperial»; algunos dirían que siempre lo ha sido.
Los imperios creados en el siglo XX, en cambio, tuvieron todos ellos una duración relativamente breve. La Unión Soviética de los bolcheviques (1922-1991) duró menos de setenta años, un récord bastante pobre, aunque ni siquiera igualado por la República Popular China, establecida en 1949. El Reich alemán fundado por Bismarck (1871-1918) duró cuarenta y siete años. El Imperio colonial japonés, cuyo origen puede situarse en 1905, duró solo cuarenta. El más efímero de todos los imperios modernos fue el llamado Tercer Reich de Adolf Hitler, que no se extendió más allá de las fronteras de su predecesor hasta 1938, para volver a replegarse dentro de estas a finales de 1944. Técnicamente, el Tercer Reich duró doce años; pero como imperio en el verdadero sentido de la palabra su duración fue apenas de la mitad de ese lapso. Sin embargo, a pesar de su falta de longevidad —o quizás debido a ella—, los imperios del siglo XX resultaron ser excepcionales en su capacidad de generar muerte y destrucción. ¿Y eso por qué? La respuesta se halla en el grado sin precedentes de poder centralizado, control económico y homogeneidad social al que aspiraban.
Los nuevos imperios del siglo XX no se contentaban con la vaga organización administrativa que caracterizaba a los antiguos, la confusa mezcla de ley imperial y local, y la delegación de poderes, además de estatus, en ciertos grupos autóctonos. Habían heredado de los artífices de las naciones del siglo XIX un insaciable apetito de uniformidad, y en ese aspecto, eran más «estados-imperio» que imperios en el sentido antiguo. Los nuevos imperios repudiaban las restricciones religiosas y legales tradicionales sobre el uso de la fuerza. Insistían en la creación de nuevas jerarquías que reemplazaran a las estructuras sociales existentes. Se complacían en barrer las viejas instituciones políticas. Y sobre todo, hacían de la crueldad virtud. En la consecución de sus objetivos, estaban dispuestos a hacer la guerra a categorías de población enteras, tanto en su territorio como en el extranjero, en lugar de hacérsela solo a los representantes armados y entrenados de un estado enemigo claramente identificado.

El mundo de 1901 era un mundo de imperios; pero el problema era la debilidad de estos, no su fortaleza.
Los más antiguos, los imperios Qing y otomano, eran entidades relativamente descentralizadas; de hecho, para algunos observadores parecían hallarse al borde de la disolución. Sus sistemas fiscales se habían basado durante demasiado tiempo primordialmente en transferencias cuasi-feudales de la periferia rural al centro metropolitano. También había otras fuentes de ingresos que estaban adquiriendo importancia —especialmente los impuestos que gravaban el comercio exterior—, pero a finales del siglo XIX esos ingresos se habían disipado en gran medida. Este proceso aún estaba más avanzado en China. A partir de la década de 1840, con Xiamen, Cantón, Fuzhou, Ningbo y Shanghai, numerosos puertos chinos habían pasado a estar bajo control europeo, inicialmente como cabezas de puente de unos escoceses sin escrúpulos que pretendían crear un mercado masivo para el opio indio.

Así pues, aun para las personas financieramente mejor informadas, la Primera Guerra Mundial parece haber sido una auténtica sorpresa. Al igual que las personas que viven sobre una falla geológica, los inversores sabían que existía la posibilidad de un terremoto y conocían lo espantosas que podrían ser sus consecuencias; pero el momento en que iba a producirse resultaba imposible de predecir, y, en consecuencia, era algo que se hallaba fuera del ámbito de una evaluación de riesgos normal. Además, cuanto más tiempo pasaba desde el último gran terremoto, menos pensaba la gente en el siguiente. Si esta perspectiva es correcta, entonces se puede decir que una gran parte de la historiografía tradicional sobre los orígenes de la guerra sencillamente ha sobrevalorado el posible carácter predeterminado del acontecimiento. Lejos de «un largo camino hacia la catástrofe», no hubo sino un breve resbalón. Esta conclusión, pues, no parece respaldar a quienes todavía conciben la guerra como una consecuencia inevitable de rivalidades profundamente arraigadas entre las grandes potencias, como un cataclismo anunciado. Pero ciertamente concuerda con la idea de que el estallido de la guerra fue un error político evitable.

La paz que siguió a la Primera Guerra Mundial fue en realidad la continuación de la guerra por otros medios. Los bolcheviques proclamaron el fin de las hostilidades, pero solo para precipitar al Imperio ruso en una bárbara guerra civil. Los estadistas occidentales redactaron tratados de paz —uno por cada una de las potencias centrales derrotadas (Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía)—, cada uno de los cuales constituía un casus belli por derecho propio. Por otra parte, y como Keynes predijo en Las consecuencias económicas de la paz, tampoco la «venganza … decayó». Al final resultó que Keynes tendría razón a medias. Él esperaba que las cargas financieras impuestas por el Tratado de Versalles representarían la manzana principal de la discordia de posguerra; la «guerra civil» europea vendría —escribió— «si pretendemos deliberadamente el empobrecimiento de Europa central … si adoptamos la postura de que, al menos durante una nueva generación, no puede confiarse a Alemania siquiera un mínimo de prosperidad … que año tras año hay que mantener a Alemania empobrecida y a sus niños hambrientos y desvalidos». Sin embargo, las causas de la Segunda Guerra Mundial en Europa no fueron económicas; al menos, no en el sentido en el que pensaba Keynes. Fueron territoriales; o, para ser más exactos, surgieron del conflicto entre las organizaciones territoriales basadas en el principio de «autodeterminación» y las realidades de unas pautas de asentamiento étnicamente mixtas. Keynes esperaba también que la primera reacción contra los tratados de paz vendría de Alemania. Pero en realidad vino de Turquía, aunque lo que ocurrió allí prefiguraba una gran parte de lo que posteriormente harían los alemanes.
La otra epidemia fue la del bolchevismo, que durante un tiempo pareció casi tan contagioso y en última instancia se revelaría tan letal como la gripe. Con el final de la guerra, se proclamaron gobiernos de estilo soviético en Budapest, Munich y Hamburgo. Lenin soñaba con una «Unión Soviética de Repúblicas de Europa y Asia». Trotski declaraba que «el camino hacia París y Londres pasa por las ciudades de Afganistán, el Punjab y Bengala». Incluso la distante Buenos Aires se vio inundada de huelgas y disturbios callejeros.

En toda Europa hubo colisiones similares entre el ideal del estado-nación y la realidad de unas sociedades multiétnicas. Anteriormente la diversidad se había asimilado a las vagas estructuras de los antiguos imperios dinásticos. Pero aquellos tiempos habían pasado ya. El único modo de avanzar, si se pretendía que la paz produjera unidades políticas viables, era aceptar el hecho de que la mayoría de los nuevos estados-nación tendrían considerables minorías étnicas.
Si la transición del Imperio otomano a la República turca había traído el genocidio y las expulsiones masivas de población, ¿qué iba a evitar que ocurriera algo parecido en el delicado mosaico de estados-nación que los negociadores habían creado en Europa centro-oriental? Como resumiría sucintamente el médico judeoalemán Alfred Döblin: «Los actuales estados son las tumbas de las naciones».

En el período inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial, la mayor parte del mundo bailaba al son norteamericano. Tras su tardía victoria en la guerra, Estados Unidos era ahora el incuestionable vencedor en la paz. Pese a determinadas restricciones legales, como la prohibición del alcohol introducida en 1920, y a su anacrónico sistema de segregación racial, Estados Unidos representaba las nuevas libertades en la vida económica, social y política. Nada captaba mejor el carácter ambivalente de la nueva libertad que el jazz, una música nacida en las comunidades negras del delta del Mississippi, transportada por la migración de color a las ciudades industriales del medio oeste y el noreste del país, y transformada en Broadway en la música de fondo de una especie de fiesta global que duraría toda una década. Como sugería F. Scott Fitzgerald en su novela El gran Gatsby, era aquella una huida hacia el hedonismo que a todo el mundo le resultaba muy conveniente: no solo a quienes habían sufrido durante la guerra y ahora trataban de olvidar, sino también a los que se limitaron a visitar las trincheras como turistas de posguerra e inventaron sus propias historias bélicas basadas en la culpa o la vanidad.
Aquella vertiginosa industrialización, realizada como alma que lleva el diablo, pretendió desde el primer momento que el diablo se llevara efectivamente unas cuantas almas.
Este era el punto crucial que algunos ingenuos occidentales como Shaw fueron incapaces de ver: la economía planificada era en realidad una economía esclavista, basada en unos niveles de coacción que superaban las más sombrías pesadillas imaginables. Como tantos de los grandiosos proyectos de construcción soviéticos de la década de 1930, el canal Moscú-Volga fue construido en la práctica por centenares de convictos. Entre la mano de obra que construyó Magnitogorsk se incluían asimismo alrededor de 35.000 presos deportados. Acechando tras los aparentes milagros de la economía planificada se hallaba en realidad la gigantesca red de prisiones y campos conocida sencillamente como el Gulag.
A veces se ha supuesto que el régimen soviético fue menos burocrático en sus métodos que otros regímenes totalitarios. Pero las evidencias disponibles en los archivos rusos sugieren ora cosa. Los funcionarios llevaban minuciosos libros de registros, donde se dividía a los reclusos del Gulag por nacionalidades, presumiblemente para permitir a Stalin y sus esbirros llevar el control de las diversas campañas de persecución. También se ha sugerido en ocasiones que Stalin fue menos criminal que Hitler en su planteamiento de la limpieza étnica. Pero se trata de una diferencia cuantitativa, no cualitativa. No cabe duda de que los campos soviéticos se concibieron más de cara a explotar el trabajo de los presos que a matarlos; es cierto que en algún lagpunkt (campo de trabajo) como el de Serpantika se fusilaba los presos por grupos, pero no se trataba de un campo de exterminio en el mismo sentido en que lo fue, pongamos por caso, el de Treblinka. Sin embargo, no debemos subestimar el número de personas que perdieron la vida como resultado de la persecución estalinista de los no rusos, que se produjo (a diferencia del Holocausto) no en el contexto de una guerra total, sino en el
de una guerra civil en gran parte imaginaria. Entre 1935 y 1938, alrededor de ochocientas mil personas fueron arrestadas, deportadas o ejecutadas como resultado de acciones emprendidas contra nacionalidades no rusas.

Visto globalmente, no puede culparse con facilidad a la Depresión del colapso de la democracia; como ya hemos podido observar, hubo demasiadas democracias que sobrevivieron a profundas crisis económicas y demasiadas dictaduras que se formaron antes de la recesión o a raíz de caídas de producción bastante modestas. Contemplado desde una perspectiva estrictamente europea, sin embargo, resulta difícil ignorar la correlación existente entre la magnitud de las dificultades económicas de un país y la magnitud de su voto fascista. En términos generales, los países que sufrieron las más graves depresiones fueron los que mayor número de votantes fascistas produjeron. La crisis económica fue especialmente severa en la Europa centro-oriental. Y sería allí también donde el atractivo político del fascismo sería mayor.

Que Japón se enfrentaba a una crisis maltusiana era algo que pareció demasiado evidente cuando el hambre azotó algunas zonas rurales en 1934. El imperialismo afrontó el problema. Entre 1935 y 1940, alrededor de 310.000 japoneses emigraron, la mayoría de ellos al creciente Imperio japonés en Asia; ello sirvió sin duda para aliviar la presión a la baja ejercida sobre los salarios y el consumo nacionales. En otro sentido, no obstante, los argumentos en favor de la expansión resultaban extremadamente sospechosos. En pocas palabras, la expansión exacerbaba precisamente los mismos problemas estructurales que se suponía que había de resolver, al requerir un aumento de las importaciones de petróleo, cobre, carbón, maquinaria y mineral de hierro para alimentar el naciente complejo militar-industrial japonés. Como señalaría el marxista japonés Nawa Toichi: «Cuanto más intentaba Japón aumentar la capacidad productiva de su industria pesada y militar como preparación para su política de expansión … mayor [se hacía] su dependencia del mercado mundial y de las importaciones de materias primas». Correspondía incuestionablemente a los militaristas la responsabilidad de demostrar que el imperialismo japonés no se limitaría simplemente a exacerbar el mal que se suponía que había de curar.
Las potencias occidentales habían estado observando de manera más o menos inerte durante más de un año, mientras que no solo Japón, sino también Italia y Alemania se saltaban a la torera todos los acuerdos internacionales establecidos en la década posterior a 1918. ¿Por qué, frente a la invasión japonesa del norte de China a partir de 1931, la invasión italiana de Abisinia en 1935, y la reocupación alemana de Renania en 1936, las democracias occidentales hicieron tan poco? En noviembre de 1936, Alemania, Italia y Japón se habían agrupado en el Eje Roma-Berlín-Tokio y el Pacto Anti-Komintern. Pero Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos parecían estar paralizadas.
Pero lo importante aquí era la vieja máxima de Washington: «Evitemos entrar en alianzas o asumir compromisos».
¿Por qué —se han preguntado los historiadores durante largo tiempo— la política exterior occidental de la década de 1930 consistió en apaciguar a los agresores? ¿Tal vez las democracias, como Chiang Kaishek, trataban racionalmente de ganar tiempo? ¿O acaso justificar el apaciguamiento no sea sino defender lo indefendible?.

Por razones obvias, tendemos a pensar en el período de 1933 a 1939 como el que originó la Segunda Guerra Mundial. La cuestión que solemos preguntarnos es si las potencias occidentales podían o no haber hecho más de lo que hicieron para evitar la guerra; si la política de apaciguamiento frente a Alemania y Japón fue o no un desastroso y garrafal error. Pero eso equivaldría a invertir el orden de los acontecimientos. El apaciguamiento no condujo a la guerra; fue la guerra la que llevó al apaciguamiento. Y ello, porque la guerra no empezó, como tendemos a pensar, en Polonia en 1939. Empezó en Asia en 1937, si no en 1931, cuando Japón invadió Manchuria. Empezó en África en 1935, cuando Mussolini invadió Abisinia. Empezó en Europa occidental en 1936, cuando Alemania e Italia comenzaron a ayudar a Franco en la guerra civil española. Y empezó en Europa oriental en abril de 1939, con la invasión italiana de Albania. Contrariamente al mito propagado por el Tribunal Militar Internacional de Nuremberg en el sentido de que tanto él como sus secuaces fueron sus únicos iniciadores, Hitler se incorporó tardíamente a la guerra.
Los ingleses sabían que no podían defender su imperio asiático si lo atacaban los japoneses; sabían que no podían defender a Bélgica ni a Francia si Alemania avanzaba hacia el oeste, y aun menos a Polonia y Checoslovaquia si lo hacía hacia el este; y sabían, o creían que sabían, que ni siquiera podían defender Londres si Hitler enviaba a su Luftwaffe al otro lado del canal. En 1935, y por increíble que parezca, estaban tan convencidos de su desesperada vulnerabilidad que ni siquiera se atrevieron a enfrentarse a la armada italiana. En 1938, los jefes de Estado Mayor descartaron incluso la posibilidad de celebrar conversaciones con sus homólogos franceses, dado que la propia idea «tiene un sentido siniestro y da la impresión … de una supuesta colaboración militar mutua». ¡Dios no lo permita!.
Entre los numerosos argumentos en favor del apaciguamiento, quizás el mejor sea este: que todavía en 1939 Hitler no había hecho nada comparable a los asesinatos masivos que Stalin había desatado contra la población de la Unión Soviética. Puede que más de un gerifalte tory hiciera la vista gorda a sabiendas ante las realidades del gobierno nazi, pero un número aún mayor de personas de toda la izquierda británica cerraron completamente los ojos ante los horrores del estalinismo, y además tardarían mucho más en abrirlos de nuevo. Berlin comprendió que aquellos eran dos males entre los que en absoluto no resultaba nada fácil elegir. Como escribiría a su padre en noviembre de 1938:

Todos los viejos conservadores están muy nerviosos … Todos quieren luchar por las colonias. Pero no lo harán. Estoy completamente seguro de que un día se formará en Europa un bloque ruso-eslavo que pondrá fin a la penetración alemana. La atmósfera es deprimente. Todo el mundo es consciente de la derrota.

Tal era, pues, la opinión generalizada entre el establishment británico. Por fortuna, y como hemos visto, dicha opinión no era compartida por el conjunto de la población inglesa. Y eso fue bueno, ya que, de haber sido así, la Segunda Guerra Mundial podría muy bien haberse perdido.

¿Quiénes eran los alemanes de los Sudetes? Para los británicos, y según la memorable frase de Neville Chamberlain, eran «gentes … de un país lejano … de los que no sabemos nada». Sin embargo, Checoslovaquia no está tan lejos de Londres: de Londres a Praga hay solo unos mil kilómetros, algo menos de la distancia que hay, por ejemplo, de Nueva York a Chicago. Y las implicaciones de la anexión de los Sudetes por parte de la Alemania nazi tenían un profundo significado para la seguridad británica. Resultaba, pues, poco afortunado que Chamberlain se tomara tan pocas molestias en informarse sobre la población cuya suerte ayudaría a decidir en 1938. De haber sabido más, es probable que hubiera actuado de manera distinta.
El término «Sudetes» apenas se utilizaba antes de la década de 1930. Al final de la Primera Guerra Mundial se había hecho un intento de asociar la periferia de Bohemia y Moravia —predominantemente germanófona— a la nueva Austria post-imperial para constituir los Sudetes como una nueva provincia austríaca, pero al final se había quedado en nada. Los alemanes que se encontraron bajo el gobierno checoslovaco tras la Primera Guerra Mundial —que representaban algo más de una quinta parte de la población, sin contar a los judíos, principalmente germanohablantes— nunca habían sido ciudadanos del Reich del que ahora Hitler era canciller. Eran, primero y ante todo, bohemios.
Con Rusia destrozada, quedaría también destrozada la última esperanza de Gran Bretaña». La idea de que hubiera podido acordarse alguna clase de paz con «ese hombre», como Churchill le llamaba, fue siempre un espejismo. La prueba de que la política de apaciguamiento había sido un desastroso fracaso residía precisamente en la fuerza de la posición de Hitler en el verano de 1940: victorioso desde el canal de la Mancha hasta el río Bug, protegido en el este por un pacto de no agresión, capaz de bombardear Inglaterra desde aeródromos franceses, y en situación de hacer engañosas ofertas de paz. Aunque todavía no podía decirse que la propia Gran Bretaña estuviera a merced de Hitler, sus escasos aliados estaban vencidos, y grandes áreas de su imperio resultarían vulnerables a una invasión en el caso de un ataque japonés. A partir de entonces, y no sin razón, el término «apaciguamiento» pasaría a tener en Inglaterra un carácter exclusivamente insultante.

Es una verdad casi universalmente aceptada que el ataque a la Unión Soviética fue un error fatal de Hitler. Fue, sin duda, una jugada enormemente arriesgada desde el punto de vista militar. «Me siento —se oiría decir al propio Hitler— como si estuviera abriendo la puerta de una oscura habitación que jamás hubiera visto antes, sin saber qué acecha tras esa puerta.» Sin embargo, en muchos aspectos atacar a Stalin vino a fortalecer al Tercer Reich. No había sido fácil para Goebbels y su maquinaria propagandística reconciliar el fuerte sentimiento anticomunista presente en el nacionalsocialismo con la realpolitik del Pacto Ribbentrop-Mólotov.
Albert Speer no fue el único a quien Hitler trató de entusiasmar con la invasión que había iniciado. Mussolini fue despertado en plena noche para recibir un mensaje de su homólogo alemán: «Desde que he adoptado esta decisión vuelvo a sentirme interiormente libre», rezaba el mensaje. «Por la noche yo ni siquiera molesto a mis sirvientes —refunfuñó Mussolini—, pero los alemanes me hacen saltar de la cama sin la menor consideración.»
Una consecuencia involuntaria de todo esto fue que, mientras los expertos raciales nazis se entregaban a la laboriosa clasificación racial de polacos y checos, proseguía la misma tendencia que ellos trataban de erradicar: el mestizaje. De hecho, el caos causado por la guerra y el reasentamiento forzoso incrementó positivamente el contacto sexual entre alemanes y no alemanes. El 8 de marzo de 1940 hubieron de promulgarse nuevas regulaciones policiales destinadas a los trabajadores polacos en Alemania, la séptima de las cuales especificaba sin rodeos que «cualquiera que tenga contacto sexual con un hombre o mujer alemanes, o se acerque a ellos de alguna otra manera impropia», podría ser condenado a la pena de muerte (concretada más tarde como muerte en la horca). Si una mujer polaca quedaba embarazada de un alemán, el embarazo sería obligatoriamente interrumpido.
El imperio de Hitler fue, pues, intrínsecamente incapaz de convertirse en la utopía racialmente jerárquica concebida en el Generalplan Ost. Cuanto más trataban los nazis de apelar a un sentimiento paneuropeo o antisoviético entre los pueblos que habían conquistado, cuanto más habían de depender de los colaboracionistas para que les ayudaran en sus sangrientas tareas genocidas y más tenían que librar una guerra total en aras de su monstruoso paraíso ario, más avanzaba la mezcla étnica. Pero tampoco fue este un fenómeno exclusivo del imperialismo nazi. De manera notable, dadas las superficiales diferencias entre los alemanes y sus aliados de Extremo Oriente, el Imperio japonés en Asia evidenció precisamente las mismas tendencias contradictorias. También allí los artífices del imperio concibieron la conquista de espacio vital y su poblamiento con colonos de pura sangre que preservaran su pureza racial al crecer y multiplicarse. También allí fue posible explotar el desencanto local con los regímenes imperiales existentes, que, por otra parte, resultarían ser mucho más débiles. Sin embargo, también allí la necesidad de colaboracionistas y trabajadores esclavos vendría a militar en contra de la visión original de un imperio racialmente ordenado.

¿Cuándo terminó la «guerra del mundo»? Quizás la mejor respuesta sea el 27 de julio de 1953, cuando se firmó el armisticio que puso fin a la guerra de Corea. ¿Y por qué ese conflicto fue menguando, en lugar de agrandarse hasta convertirse en un conflicto global entre las dos superpotencias? Una explicación tentadora consiste en decir que el crecimiento exponencial de la potencia destructiva que se inició con la primera prueba nuclear hizo subir demasiado el listón como para permitirse el lujo de un conflicto a gran escala. Truman se había revelado ya profundamente renuente a volver a utilizar de nuevo armas atómicas después de Hiroshima y Nagasaki. «El animal humano … debe cambiar ya —había escrito en 1946—, o habrá de afrontar la destrucción absoluta y completa, y tal vez le suceda una era de insectos en un planeta sin atmósfera.» En este punto coincidían él y Stalin. «Las armas atómicas —señalaba este último en 1949— difícilmente pueden usarse sin conjurar el fin del mundo.»
Pese a la enorme ventaja de la que disfrutaba Estados Unidos sobre la Unión Soviética en la época de la guerra de Corea —los norteamericanos contaban con 369 bombas operativas, mientras que los rusos no tenían más de cinco—, Truman declinó lanzar la Bomba sobre objetivos chinos. Con la decisión estadounidense de desarrollar una superbomba termonuclear, la probabilidad de un conflicto nuclear se redujo aún más, ya que el paso de la fisión a la fusión hizo subir el listón del riesgo.
La realidad de la guerra fría, pues, es que en la mayor parte del hemisferio sur Estados Unidos hizo casi tan poco en favor de la libertad como la Unión Soviética en favor de la liberación. Así, la política estadounidense no solo supuso la defensa de las democracias europeas occidentales, como Italia, Francia y Alemania occidental, que sin duda los soviéticos hicieron todo lo posible por subvertir; supuso asimismo el mantenimiento de dictaduras en países como Guatemala, donde se combatió al comunismo —a veces real, a veces imaginario— por medio de la matanza masiva de civiles. Eso se tradujo en que la «larga paz» que supuestamente ofrecía la guerra fría afectara únicamente a los ciudadanos norteamericanos y soviéticos, y a los de los países situados en sus inmediaciones en el hemisferio norte. Pero para una amplia proporción de los ciudadanos del mundo, dicha paz no existió. Lo que existió fue únicamente la realidad de una Tercera Guerra Mundial, una guerra que comportó casi el mismo nivel de conflicto étnico que habían comportado anteriormente la primera y la segunda guerras mundiales. Una guerra en la que a finales de la década de 1960 Estados Unidos parecía tener todas las de perder.

En los umbrales del siglo XX, H. G. Wells imaginó una «guerra de los mundos»: una invasión marciana que devastaba la tierra. En los cien años que siguieron, los hombres demostraron que resultaba perfectamente posible causar similares estragos sin necesidad de ninguna intervención extraña. Lo único que tenían que hacer era identificar como extraños a tal o cual grupo de semejantes, y luego matarlos. Y lo hicieron con distintos grados de ferocidad en diferentes lugares y en diversos momentos; pero los factores comunes que vinculan los acontecimientos más sangrientos del siglo XX deberían resultarnos del todo evidentes.
La «guerra del mundo», en cambio, es un hecho histórico. Tal vez, como la historia de Wells, la nuestra termine abruptamente por la intervención de organismos microscópicos como el virus de la gripe aviar, que todavía podría producir una mutación y una pandemia peores que las de 1918. Hasta que eso ocurra, no obstante, nosotros mismos seguimos siendo nuestros peores enemigos. Solo evitaremos otro siglo de conflicto si entendemos las fuerzas que causaron el último: las oscuras fuerzas que conjuran el conflicto étnico y la rivalidad imperial a partir de la crisis económica, y que al hacerlo, niegan nuestra humanidad común. Unas fuerzas que todavía se agitan en nuestro interior.
El rasgo que hace único el siglo XX sin ningún género de duda —y que sigue siendo su principal paradoja— es el modo en que los líderes de unas sociedades aparentemente civilizadas fueron capaces de desatar los instintos asesinos más primitivos de sus conciudadanos. Los alemanes no eran indios amazónicos; y sin embargo, bajo el gobierno de un líder democráticamente elegido y equipados con armamento industrial, libraron la guerra en Europa oriental como si actuaran por auténticos motivos prehistóricos. Fue esa clase de acontecimiento el que Wells —de forma vaga, pero intuitiva— supo anticipar en La guerra de los mundos, ya que lo que hace a sus marcianos tan aborrecibles, tan aterradores y, a la vez, tan fascinantes es precisamente su combinación de carácter sanguinario y sofisticación tecnológica; como el gen egoísta dotado de un rayo mortífero. Y fueron esas las mismas características que manifestaron los hombres del siglo XX cuando libraron su propia «guerra del mundo».

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