La historia del mundo en seis tragos — Tom Standage / A History of the World in 6 Glasses by Tom Standage

Magnífico libro, recomiendo este libro a cualquier persona interesada en ver la historia desde otro punto de vista: el de las bebidas! Muy entretenido y educativo. La sed es más mortífera que el hambre. Privada de comida, una persona puede sobrevivir durante unas semanas, pero sin aportación de líquidos le hará falta suerte para durar más de unos pocos días. Tan solo respirar es más importante. Hace decenas de millares de años, los primeros humanos que buscaban sustento en pequeños grupos tenían que permanecer cerca de ríos, arroyos y lagos para asegurarse un suministro adecuado de agua dulce, puesto que almacenarla o transportarla no resultaba práctico. La disponibilidad de agua restringió y guió el progreso de la humanidad. Las bebidas no han dejado de conformar la historia humana desde entonces.
Solo en los últimos diez mil años más o menos han surgido otras sustancias que desafiaran la supremacía del agua. Se trata de bebidas que no se encuentran de manera natural, sino que deben producirse de manera deliberada. Además de ofrecer una alternativa más segura a las reservas de agua contaminadas y portadoras de enfermedades de los asentamientos humanos.

El vino fue la esencia de esa civilización mediterránea y la base de un intenso comercio marítimo que contribuyó a extender las ideas griegas de uno a otro confín. La difusión del consumo de vino prosiguió en tiempos de los romanos, la estructura de cuya jerárquica sociedad se reflejaba en una estratificación minuciosamente calibrada de vinos y clases de vino. Dos de las principales religiones del mundo dictaron veredictos opuestos sobre la bebida: el ritual cristiano de la eucaristía tenía el vino como elemento central, pero tras el declive del Imperio romano y el auge del Islam, el vino fue prohibido en la misma región donde nació.
Las bebidas destiladas proporcionaron alcohol de una forma consistente y duradera, idónea para el transporte marítimo. Bebidas como el coñac, el ron y el whisky se utilizaron como moneda para comprar esclavos y alcanzaron una especial popularidad en las colonias norteamericanas, donde llegaron a provocar tanta controversia política que desempeñaron un papel clave en la formación de Estados Unidos.
A renglón seguido de esa expansión geográfica llegó su contraparada intelectual, cuando los pensadores occidentales miraron más allá de las arraigadas creencias heredadas de los griegos y formularon nuevas teorías científicas, políticas y económicas. La bebida dominante de esa Edad de la Razón fue el café, una infusión misteriosa que se puso de moda en Europa tras su importación desde Oriente Próximo. Los establecimientos que surgieron para servir café poseían un carácter marcadamente distinto de las tabernas que vendían bebidas alcohólicas, y se convirtieron en centros de intercambio comercial, político e intelectual. El café fomentaba la claridad de pensamiento, por lo que era la bebida ideal de científicos, hombres de negocios y filósofos.
En algunos países europeos, y ante todo en Gran Bretaña, el café tuvo que enfrentarse a la competencia del té importado de China. Su popularidad en Europa contribuyó a la apertura de lucrativas rutas comerciales con Oriente y sustentó el imperialismo y la industrialización a una escala sin precedentes que permitió a Gran Bretaña convertirse en la primera superpotencia mundial. Una vez que el té se consagró como bebida nacional británica.
Aunque las bebidas carbonatadas artificialmente tuvieron su origen en la Europa de finales del XVIII, el refresco alcanzó la mayoría de edad con la invención de la Coca-Cola cien años más tarde. Ideada en un principio como estimulante medicinal por un farmacéutico de Atlanta, se convirtió en la bebida nacional de Estados Unidos, un emblema del pujante capitalismo de consumo que ayudó a transformar el país en una superpotencia. Al viajar con los soldados estadounidenses en las diversas guerras que libraron por todo el mundo a lo largo del siglo XX, la Coca-Cola pasó a convertirse en el producto más conocido y distribuido del mundo, y en la actualidad es un icono del controvertido avance hacia un único mercado global.

Dado que los primeros ejemplos de escritura datan de alrededor de 3400 a.C., los tempranos documentos escritos no pueden arrojar una luz directa sobre los orígenes de la cerveza. Sin embargo, lo que está claro, es que su auge estuvo estrechamente relacionado con la domesticación de los cereales con los que se elabora y con la adopción de la agricultura. Vio la luz durante un período turbulento de la historia humana que presenció la transición de un estilo de vida nómada a otro sedentario, seguida por un repentino aumento de la complejidad social cuya manifestación más llamativa fue la aparición de las ciudades. La cerveza es un vestigio líquido de la prehistoria humana, y sus orígenes están estrechamente entrelazados con los de la propia civilización.
El Creciente Fértil, una región de Oriente Próximo donde los humanos adoptaron por primera vez la agricultura y fundaron asentamientos a gran escala, desde el Egipto actual por la costa mediterránea hasta el extremo sudoeste de Turquía, y desde allí hacia abajo hasta la frontera entre Irak e Irán. Debe su nombre a un feliz accidente geográfico. Cuando terminó la época glacial, las tierras altas de la región proporcionaron un entorno idóneo para las ovejas, cabras, reses y cerdos salvajes y, en algunas zonas, para densas concentraciones de trigo y cebada silvestres. Eso significaba que el Creciente Fértil ofrecía frutos-inusualmente ricos para los grupos errantes de cazadores-recolectores humanos.
El caldo que no se consumía en unos cuantos días sufría una misteriosa transformación, en particular si se había elaborado con grano malteado: se volvía un poco efervescente y agradablemente embriagador, ya que la acción de las levaduras silvestres del aire fermentaba el azúcar del caldo convirtiéndolo en alcohol. El caldo, en una palabra, se volvía cerveza.
Aun así, la cerveza no fue necesariamente la primera variedad de alcohol que llegó a los labios humanos. En el momento del descubrimiento de la cerveza ya se habría producido alcohol de manera natural en pequeñas cantidades, fruto de la fermentación accidental del zumo de frutas (en vino) o del agua y la miel (en hidromiel) al intentar almacenar alguno de esos productos.
En el III milenio a.E.C., citan más de veinte clases distintas, entre ellas cerveza fresca, cerveza oscura, cerveza fresca oscura, cerveza fuerte, cerveza roja morena, cerveza ligera y cerveza prensada. La cerveza roja morena era una variedad oscura que se elaboraba usando malta adicional, mientras que la prensada era una cerveza más floja y aguada, que contenía menos grano. Los cerveceros mesopotámicos también podían controlar el sabor y el color de su cerveza añadiendo diferentes tipos de bappir o pan de cerveza. Para hacer bappir, se amasaba la cebada germinada en pequeñas hogazas que se horneaban dos veces para producir un pan marrón oscuro, crujiente y sin levadura que podía almacenarse durante años antes de verterse desmigajado en la cuba del cervecero.
La cerveza ayudó a compensar el descenso en la calidad de la comida cuando las personas adoptaron la agricultura, proporcionó una variedad segura de nutrición líquida y aportó a los grupos de agricultores bebedores de cerveza una ventaja nutricional comparativa sobre los que no la consumían.

El vino era la nueva moda, pero no tenía nada de nuevo. Como en el caso de la cerveza, sus orígenes se pierden en la prehistoria: su invención, o descubrimiento, es tan antigua que se ha registrado solo de manera indirecta, en mitos y leyendas. Sin embargo, los testimonios arqueológicos sugieren que el vino se produjo por primera vez durante el Neolítico, entre 9000 y 4000 a.C., en los montes Zagros, en la región que se corresponde a grandes rasgos con la actual Armenia y el norte de Irán. La convergencia de tres factores hizo posible la producción de vino en esa zona: la presencia de la vid europea silvestre, Vitis vitiifera sylvestris, la disponibilidad de cosechas de cereales que proporcionaran reservas de alimentos para todo el año para las comunidades vinícolas y, en torno a 6000 a.E.C., la invención de la cerámica, crucial para la elaboración, el almacenamiento y el servicio del vino.
El vino no es otra cosa que el zumo fermentado de uvas aplastadas. Las levaduras naturales, presentes en la piel de los granos, convierten los azúcares del jugo en alcohol.
Mientras los romanos más ricos bebían los mejores vinos, los ciudadanos más pobres consumían cosechas cada vez peores a medida que se descendía en la escala social. Tan afinada era la estratificación del vino según la condición social que a los bebedores de un banquete romano, o convivium, se les servían caldos diferentes en función de su posición en la sociedad. Era solo una de las muchas maneras en que el convivium difería de su prototipo griego, el simposion.
El consumo de vino, por lo general con moderación y en las comidas, todavía predomina en el sur de Europa, dentro de las antiguas fronteras del Imperio romano. En el norte del continente, más allá de la influencia del gobierno romano, el consumo de cerveza, por lo común sin acompañamiento de comida, es más habitual. Hoy día, los primeros productores de vino del mundo son Francia, Italia y España, mientras que Luxemburgo, Francia e Italia son los principales consumidores, con una media de alrededor de cincuenta y cinco litros al año por persona. En cambio, la mayoría de los países donde se consume más cerveza habrían sido considerados bárbaros; por los romanos: Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, la República Checa, Gran Bretaña e Irlanda.

En las postrimerías del I milenio E.C., la ciudad más espléndida y culta de la Europa occidental no era Roma, Bizancio o Londres, sino Córdoba, la capital de al-Andalus. Tenía parques, palacios, calles pavimentadas, lámparas de aceite para iluminar las calles, setecientas mezquitas, trescientos baños públicos y unos extensos sistemas de drenaje y alcantarillado. Lo más impresionante de todo quizá fuera la biblioteca, finalizada en torno a 970 E.C., que contenía casi medio millón de libros, más que cualquier otra biblioteca de Europa o, a decir verdad, de la mayoría de los países del continente. Y no era más que la mayor de las setenta bibliotecas de la ciudad. No es de extrañar que Hroswitha, una cronista alemana del siglo x, describiera Córdoba como «la joya del mundo».
El conocimiento de la destilación fue uno de los muchos aspectos del saber antiguo que los eruditos árabes preservaron y ampliaron y, una vez traducido del árabe al latín, ayudó a reavivar el espíritu del aprendizaje en la Europa occidental. La palabra «alambique» ejemplifica esa combinación de saber antiguo e innovación árabe. Deriva de la voz árabe al-ambiq, que a su vez proviene de la palabra griega ambix, que se refiere al recipiente de forma específica que se utiliza en la destilación. Asimismo, la palabra moderna «alcohol» ilumina los orígenes de las bebidas alcohólicas destiladas en los laboratorios de los alquimistas árabes. Deriva de al-kohl, el nombre otorgado al polvo negro del antimonio purificado, que se utilizaba como cosmético para maquillar los párpados. Los alquimistas conferían al término un uso más general para referirse a otras sustancias altamente purificadas, entre ellas los líquidos, de modo que más adelante el vino destilado llegó a conocerse como «alcohol de vino».
El uso del vino como medicina estaba muy extendido, de modo que parecía lógico que su forma más concentrada y purificada presentara poderes curativos incluso mayores. Hacia finales del siglo XIII, a medida que en toda Europa surgían universidades y escuelas de medicina, los tratados médicos en latín aclamaban el vino destilado como una nueva y milagrosa medicina, el aqua vitae o «agua de la vida».
En 1651 observó que la bebida preferida de los isleños era «el rumbullion, también conocido como kill-devil, que se hace a partir de caña de azúcar destilada, un licor caliente, infernal y terrible». Rumbullion, una palabra del argot del sur de Inglaterra que significa «pelea o conmoción violenta», quizá se eligiera como apodo para la bebida porque ese era con frecuencia el resultado cuando la gente la bebía en exceso.
El rumbullion, pronto abreviado como rum o «ron», se extendió por todo el Caribe y luego más allá. Se lo daban a los esclavos recién llegados como parte del proceso de «acondicionamiento», que cribaba a los débiles y sometía a los díscolos. Se fomentaba que los esclavos dependieran de las raciones regulares de ron, tanto para soportar las exigencias que se les imponían como para desdibujar las penurias asociadas a ellas.
Durante el siglo XVIII, el consumo de grog en lugar de cerveza desempeñó un papel invisible para afianzar la supremacía británica en el mar. Una de las principales causas de mortalidad entre los marineros de la época era el escorbuto, una terrible enfermedad que hoy día se sabe provocada por la carencia de vitamina C. La mejor manera de prevenirla -una manera descubierta y olvidada muchas veces a lo largo del siglo XVIII- era administrar dosis regulares de zumo de lima o limón. Por tanto, la incorporación de esos zumos en el grog, obligatoria desde 1795, redujo drásticamente la incidencia del escorbuto. Puesto que la cerveza no contiene vitamina C, el cambio al grog hizo que las tripulaciones británicas fueran en general mucho más saludables.

La Ley del Azúcar fue seguida por otras leyes igual de impopulares, entre ellas la Ley del Timbre de 1765, las leyes Townshend de 1767 y la Ley del Té de 1773. La consecuencia fue el Motín del Té de Boston de 1773, en el que se volcaron tres cargamentos de té a las aguas del puerto de Boston en protesta por las nuevas normas tributarias. Sin embargo, aunque el té es la bebida que se asocia con el inicio de la revolución, el ron desempeñó un papel igual de importante en las décadas que precedieron al estallido de la guerra revolucionaria en 1775. Como no podía ser de otra manera, en la víspera del inicio de las hostilidades, cuando Paul Revere realizó su famosa cabalgada de Boston a Lexington para advertir a John Hancock y Samuel Adams de que se acercaban las tropas británicas, hizo una parada para tomarse un rum toddy (ron, azúcar y agua calentados sumergiendo un atizador al rojo en la mezcla) en una taberna de Medford regentada por Isaac Hall, el capitán de la milicia local.
El ron fue la bebida del período colonial y de la Revolución norteamericana, pero muchos de los ciudadanos de la joven nación pronto le dieron la espalda en beneficio de otra bebida destilada. A medida que los colonos avanzaban hacia el oeste, alejándose de la costa oriental, pasaron a beber whisky, destilado de granos de cereal fermentados, ya que muchos colonos eran de origen irlandés o escocés y tenían experiencia en la destilación del grano. El suministro de melaza, con la que se elaboraba el ron, también se había interrumpido durante la guerra. Y si bien los cereales como la cebada, el trigo, él centeno y el maíz eran difíciles de cultivar cerca de la costa -de ahí las dificultades iniciales de los colonos para elaborar cerveza-, tierra adentro podían cultivarse con mayor facilidad. El ron, en cambio era un producto marítimo, elaborado en ciudades costeras con melaza importada por mar. Desplazarlo tierra adentro resultaba caro. El whisky podía elaborarse casi en cualquier parte, y no dependía de ingredientes importados sensibles a los impuestos o los bloqueos.
El fracaso de la rebelión condujo también al desarrollo de otra bebida, cuando los rebeldes escoceses e irlandeses se desplazaron más al oeste, hacia el nuevo estado de Kentucky. Allí empezaron a elaborar whisky a partir del maíz, además del centeno. Los pioneros de esa nueva variedad de whisky vivían en el condado de Bourbon, de modo que la bebida fue conocida con este nombre. El uso del maíz, un cultivo autóctono, le confería un aroma característico.
En México, la introducción de la destilación por parte de los españoles condujo al desarrollo del mezcal, una versión destilada del pulque, la suave bebida alcohólica autóctona elaborada por los aztecas a partir del jugo de la planta del agave (el pulque era la bebida diaria básica; los guerreros, sacerdotes y nobles aztecas tomaban chocolate, la bebida de la élite). Entonces animaron a los aztecas y otros indios locales a beber mezcal en vez de pulque, y de hecho a excederse en el consumo de esa bebida, mucho más fuerte. En 1786, el virrey de México sugirió que la afición de los indios por la bebida y su eficacia para fomentar la dependencia de la potencia colonial significaba que quizá debiera intentarse la misma estratagema con los apaches del norte. Eso, sugería, crearía «una nueva necesidad que los obligue a reconocer con total claridad su obligatoria dependencia respecto de nosotros».

La difusión de este nuevo racionalismo a lo largo y ancho de Europa tuvo su reflejo en la popularización de una nueva bebida, el café, que fomentaba la agudeza y la claridad de pensamiento. Se convirtió en la bebida preferida de los científicos, los intelectuales, los comerciantes y los escribanos -hoy día los llamaríamos «profesionales de la información»-, todos los cuales realizaban un trabajo intelectual, sentados a una mesa, antes que un trabajo físico, al aire libre. El café les ayudaba a regular la jornada laboral, pues los despertaba por la mañana y aseguraba que permanecieran lúcidos hasta el final del horario de trabajo, o más allá si era necesario. El café era servido en establecimientos tranquilos, sobrios y respetables que fomentaban la conversación educada y la tertulia y proporcionaban un foro para la educación, el debate y la superación personal.
El impacto de la introducción del café en Europa durante el siglo xvii fue especialmente apreciable porque las bebidas más habituales de la época, incluso para el desayuno, eran la cerveza floja y el vino. Las dos eran mucho más seguras que el agua, susceptible de estar contaminada, sobre todo en ciudades miserables y superpobladas los licores no “eran bebidas básicas como el vino y la cerveza: servían para emborracharse). El café, como la cerveza, se elaboraba con agua hirviendo, y por tanto ofrecía una alternativa nueva y segura a las bebidas alcohólicas.
A medida que el café se iba introduciendo a lo largo y ancho del mundo árabe -en 1510 ya había llegado a La Meca y El Cairo-, la naturaleza exacta de sus efectos físicos se convirtió en materia de controversia. Se desprendió de sus asociaciones religiosas originales y pasó a ser una bebida social, que se vendía por tazas en la calle, en el mercado y luego en cafés especializados. Muchos musulmanes lo acogieron como una alternativa legal al alcohol. Los cafés, a diferencia de las tabernas ilegales que vendían alcohol, eran lugares donde la gente respetable podía permitirse ser vista. Sin embargo, la condición legal del café era ambigua. Algunos eruditos musulmanes argüían que era nocivo para la salud y por tanto estaba sometido a la misma prohibición religiosa que el vino y otras bebidas alcohólicas, que el profeta Mahoma había vedado.
Los dirigentes religiosos aplicaron esa regla en La Meca en junio de 1511, el primer ejemplo conocido de los diversos intentos de prohibir el consumo de café. El gobernador local, un personaje llamado Jair Beg, que era responsable de mantener la moralidad pública, sometió a juicio, literalmente, al café. Reunió a un consejo de expertos legales y sentó ante ellos al acusado: un gran recipiente de café. Tras un debate sobre sus efectos nocivos para la salud, el consejo se mostró de acuerdo con Jair Beg en que debían prohibirse su venta y su consumo.
El primer café de Europa occidental no abrió en un centro de comercio, sino en la ciudad universitaria de Oxford, donde un libanés llamado Jacob inauguró un establecimiento en 1650, dos años antes del local londinense de Pasqua Rosee. Aunque en la actualidad se da por sentada la relación entre café y saber teórico -el café se suele tomar entre sesiones de conferencias y simposios académicos-, al principio fue controvertida. Cuando el café se popularizó en Oxford y los locales que lo ofrecían empezaron a multiplicarse, las autoridades universitarias trataron de frenar el fenómeno, por la preocupación de que el café fomentara la holgazanería y distrajera de sus estudios a los miembros de la universidad.
El mejor eco de la cultura del café original quizá sean los cafés de Internet y los espacios virtuales que facilitan el intercambio de información alimentado por la cafeína, así como las cadenas de cafés que los trabajadores móviles utilizan como oficinas e improvisadla salas de reunión. ¿Acaso es una sorpresa que el centro actual de la cultura del café, la ciudad de Seattle, sede de la cadena Starbucks, sea también donde tienen su sede algunas de las más importantes empresas de software e Internet? La relación del café con la innovación, la razón y el trabajo en red -con una pizca de fervor revolucionario- tiene un largo historial.

Para aunar la expansión imperial y la industrial apareció una nueva bebida -nueva al menos para los europeos- que llegó a quedar asociada a los británicos y que sigue estándolo hoy día. El té proporcionó la base para la ampliación del comercio europeo con Oriente. Los beneficios de su mercado ayudaron a financiar el avance hacia la India de la Compañía Británica de las Indias Orientales, la organización comercial que se convirtió en el gobierno colonial británico de facto en el Este. Tras sus inicios como producto de lujo, el té fue calando hasta convertirse en la bebida del hombre trabajador, el combustible de los obreros que hacían funcionar las nuevas fabricas maquinizadas. Si en el Imperio británico no se ponía el sol, era siempre la hora del té, al menos en algunas partes.
De acuerdo con la tradición china, la primera taza de té la preparó el emperador Shen Nung, cuyo reinado suele datarse en el período comprendido entre 2737 y 2697 a.E.C. Fue el segundo de los emperadores legendarios de China, y se le atribuye la invención de la agricultura y el arado, además del descubrimiento de las hierbas medicinales (de modo parecido se decía que su predecesor, el primer emperador, había descubierto el fuego, la cocina y la música).
El té es una infusión de hojas secas, capullos y flores de un arbusto perenne, el Camellia sinensis, que se cree evolucionó en las junglas del Himalaya oriental, en lo que hoy es la frontera entre la India y China. En la prehistoria, los hombres repararon en el efecto tonificante de mascar sus hojas y en el efecto curativo de frotar con ellas las heridas.
No resulta exagerado afirmar que en Gran Bretaña casi nadie bebía té a principios del siglo XVIII, y que a finales del mismo siglo casi todo el mundo lo consumía. Las importaciones oficiales crecieron de unas seis toneladas en 1699 a once mil un siglo más tarde, y el precio de la libra de té a finales de siglo era una vigésima parte del de sus inicios. Además, esas cifras no tienen en cuenta el té de contra-; bando, que probablemente doblaba el volumen de las importaciones durante gran parte del siglo, hasta que el arancel impuesto al té experimentó una marcada reducción en 1784. Otro factor que induce a la confusión fue la práctica generalizada de la adulteración: cortar el té mezclándolo con ceniza y hojas de sauce, serrín, flores y sustancias de origen más dudoso -incluso estiércol de oveja, según una crónica-, a menudo coloreadas y camufladas mediante el uso de colorantes químicos. El té era adulterado de una manera u otra en casi todas las etapas de la cadena que llevaba de la hoja a la taza, de modo que la cantidad consumida era mucho mayor que la importada. El té negro empezó a cobrar popularidad, en parte porque era más duradero que el verde en las largas travesías, pero también como efecto secundario de esa adulteración. Muchos de los productos químicos que se empleaban para hacer falso té verde eran tóxicos, mientras que el negro era más seguro aun estando adulterado. A medida que el té negro empezó a sustituir al verde, de sabor más suave y menos amargo, el añadido de azúcar y leche ayudó a hacerlo más apetecible.
Fuera cual fuese el alcance del contrabando y la adulteración, lo que está claro es que a finales del siglo XVIII en Gran Bretaña entraba té más que suficiente para que todos los habitantes del país se tomaran una o dos tazas al día, con independencia de su condición social. Ya en 1757, un observador señaló que «hay cierta calle cerca de Richmond donde a menudo se ve a los mendigos, en la estación veraniega, tomándose el té. Puede verse a los obreros que arreglan las carreteras tomándose el té; lo beben incluso en los carros de carbón y, lo que no resulta menos absurdo, se lo venden en tazas a los campesinos que recogen el heno». Sin duda la difusión a través de Catalina de Braganza, esposa de Carlos II, es fundamental.
Sus propiedades antibacterianas naturales también supusieron una ventaja, ya que reducían la incidencia de enfermedades transmitidas por el agua aun cuando el agua empleada para elaborar el té no se hirviese de manera adecuada. El número de casos de disentería en Gran Bretaña empezó a descender a partir de la década de 1730, y en 1796 un observador señaló que la disentería y otras enfermedades transmitidas por el agua «han disminuido tanto que su mismo nombre es casi desconocido en Londres». A principios del siglo XIX, médicos y estadísticos se mostraban de acuerdo en que la causa más probable de la mejoría de la salud de la nación era la popularidad del té.
La historia del té refleja el alcance y el poder, tanto innovador como destructor, del Imperio británico. El té era la bebida preferida de una nación que fue, durante un siglo más o menos, una imparable superpotencia global. Los administradores británicos bebían té dondequiera que fuesen, al igual que los soldados en los campos de batalla de Europa y Crimea y los obreros de las fábricas de las Midlands. Gran Bretaña ha seguido siendo una nación bebedora de té. Y de una punta a otra del mundo, todavía hoy puede apreciarse la influencia histórica de su Imperio y de la bebida que lo alimentó.

Las circunstancias de los Estados Unidos del siglo XIX proporcionaron el entorno idóneo para ese nuevo consumismo de masas. Se trataba de un país en el que abundaban las materias primas y escaseaban los trabajadores cualificados; sin embargo, las nuevas máquinas especializadas permitían que incluso los trabajadores no cualificados produjeran componentes tan buenos como los realizados por operarios con experiencia.
No deja de ser curioso que Joseph Priesdey, un clérigo y científico británico, elaborase, hacia 1767,1a antecesora directa de la Coca-Cola y el resto de refrescos artificialmente carbonatados en una cervecería de Leeds. Priestley era ante todo y sobre todo un clérigo, a pesar de lo heterodoxo de sus opiniones religiosas y de su pronunciada tartamudez, pero aun así encontraba tiempo para dedicarse a la investigación científica. Vivía al lado de una cervecería y lo fascinaba el gas que burbujeaba y salía de las cubas de fermentación, conocido a la sazón simplemente como «aire fijo». Usando la cervecería como laboratorio, Priesdey se dispuso a investigar las propiedades de ese misterioso gas. Empezó por sostener una vela por encima de la superficie de la cerveza en fermentación, y observó que la capa de gas extinguía la llama. Entonces el gas transportaba el humo de la vela y, por tanto, se hacía visible por un momento, de tal modo que Priestley pudo ver que se desbordaba por los costados de la cuba y caía al suelo. Eso significaba que el gas era más pesado que el aire. Y vertiendo agua con rapidez y brusquedad entre dos vasos sostenidos sobre una cuba, Priesdey podía hacer que el gas se disolviese en el líquido y produjera «un agua espumosa extremadamente agradable». Hoy día conocemos dicho gas como dióxido de carbono y dicho líquido como agua de soda.
El propio Priesdey no realizó ningún intento de comercializar sus hallazgos, y parece que Thomas Henry, un químico y boticario que vivía en Manchester, fue el primero -en algún momento de principios de la década de 1770- en poner a la venta como medicina agua carbonatada artificialmente. Seguía muy de cerca los intentos de elaborar aguas minerales artificiales y estaba convencido de sus beneficios para la salud, en particular para «las fiebres pútridas, la disentería, los vómitos biliosos, etcétera». Usando una máquina de su propia invención, Henry era capaz de producir hasta doce galones de agua con gas de una sola vez. En un folleto publicado en 1781 explicaba que tenía que «mantenerse en botellas muy bien taponadas y selladas». También recomendaba tomarla acompañada de limonada -una mezcla de azúcar, agua y zumo de limón-, de manera que quizá fuera el primero en vender un refresco dulce y artificialmente espumoso.
En mayo de 1886, John Pemberton, un farmacéutico que vivía en Atlanta, Georgia, inventó una bebida. De acuerdo con la versión oficial de la historia de la Coca-Cola Company, se trataba de un buscavidas que topó con la combinación adecuada de ingredientes por casualidad, mientras intentaba elaborar una cura para el dolor de cabeza. Una tarde mezcló varios ingredientes en un recipiente de tres patas hasta crear un líquido de color caramelo que después llevó a una farmacia cercana para combinarlo con agua de soda y crear la dulce, efervescente y tónica bebida -Coca-Cola- que con el tiempo llegaría casi al último rincón del mundo. No obstante, la historia real es bastante más complicada.
Pemberton era, en realidad, un experimentado fabricante de especialidades medicinales, los remedios de charlatán que tanta popularidad tuvieron en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Por lo general esas píldoras, bálsamos, siropes y cremas eran triunfos de la publicidad sobre la farmacología. Algunos eran inofensivos, pero muchos contenían grandes cantidades de alcohol, cafeína, opio o morfina. Se vendían a través de anuncios en la prensa, y su producción llegó a convertirse en una gran industria.
Del mismo modo que había copiado y modificado ligeramente la fórmula de la bebida de Mariani, Pemberton también tomó prestado de la publicidad del corso y se atribuyó varios apoyos de celebridades como testimonios para su bebida. Las ventas de su Vino Francés de Coca empezaron a subir. Sin embargo, justo cuando parecía que estaba en el buen camino, Atlanta y el condado de Fulton votaron a favor de prohibir la venta de alcohol a partir del 1 de julio de 1886, durante un período de prueba de dos años. En vista de que el movimiento en pro de la moderación ganaba terreno, Pemberton necesitaba producir un remedio exitoso que no fuera alcohólico, y con rapidez. Volvió a su laboratorio casero y empezó a trabajar en una «bebida abstemia» que contuviera coca y cola, además de azúcar para enmascarar el amargor de los dos ingredientes principales. No obstante, no se trataría de una especialidad cualquiera: su intención era que fuera dispensada como aromatizante para el agua de soda medicinal.
En mayo de 1886, Pemberton se dio por satisfecho con la fórmula; ya solo necesitaba un nombre. Uno de sus socios, Frank Robinson, hizo la sugerencia obvia: Coca-Cola. El nombre derivaba directamente de los dos ingredientes principales, y Robinson recordaría más tarde haber pensado que «las dos ces quedarían bien en la publicidad». Esa versión original de la Coca-Cola contenía una pequeña cantidad de extracto de coca y por tanto un rastro de cocaína (fue eliminado a principios del siglo XX, aunque otros extractos derivados de las hojas de coca siguen formando parte de la bebida en la actualidad). Su creación no fue el brebaje accidental de un aficionado que experimentaba en su jardín, sino la culminación ardua y deliberada de meses de trabajo por parte de un experimentado fabricante de remedios milagrosos.
Del mismo modo que Jair Beg había sometido a juicio el café en La Meca en 1511, Wiley juzgó a la Coca-Cola en 1911, en el proceso federal «Estados Unidos contra cuarenta toneles y veinte barriles de Coca-Cola». En el tribunal, los fundamentalistas religiosos cargaron contra los males de la Coca-Cola, culpando a su contenido de cafeína de fomentar las transgresiones sexuales; los científicos del gobierno expusieron los efectos de la Coca-Cola sobre conejos y ranas; los expertos que llevó la Coca-Cola Company testificaron a favor de la bebida. El juicio duró un mes y dio mucho juego, con acusaciones de compra de jurados y cobertura sensacionalista: «Ocho Coca-Colas condenen cafeína suficiente para matar», rezaba un titular, algo que no era cierto. El problema de la tesis de Wiley era que se basaba en objeciones más morales que científicas. Nadie negaba que la Coca-Cola contuviera cafeína; la cuestión radicaba en si era dañina, y en especial para los niños. Las evidencias científicas sugerían que no. Además, Wiley no intentaba prohibir el té o el café.

Además de relacionarse con Estados Unidos, la Coca-Cola también compendia la tendencia a un único mercado global: en una palabra, la globalización. Quienes creen en la globalización sostienen que abolir las barreras arancelarias y el resto de obstáculos al comercio libre e ilimitado es el mejor modo de mejorar las economías de países ricos y pobres por igual. Al montar fabricas en países en vías de desarrollo, por ejemplo, las empresas de los países ricos pueden reducir sus costes a la vez que generan empleo y estimulan la economía de los países más pobres donde se instalan. Los contrarios a la globalización se quejan de que tales prácticas son explotadoras, puesto que crean empleos mal remunerados y de baja calidad; al desplazar su mano de obra al extranjero, las multinacionales también pueden sacar partido de unas normativas laborales y medioambientales más permisivas. El debate continúa. Sin embargo, a medida que las empresas extienden sus tentáculos por todo el mundo y compiten en un terreno de juego global, cada vez son más los que creen que la globalización no es más que una nueva forma de imperialismo. Los activistas de la antiglobalización sostienen que la única superpotencia del mundo, Estados Unidos, pretende invadir el resto del planeta no con soldados y bombas, sino con su cultura, sus empresas y sus marcas, sobre todo Microsoft, McDonald’s y Coca-Cola.
La Coca-Cola es, sin duda, la bebida del siglo XX y de todo lo que implica: el auge de Estados Unidos, el triunfo del capitalismo sobre el comunismo y el avance de la globalización. Se apruebe o no esa mezcla, no puede negarse la amplitud de su atractivo.

Magnificent book, I recommend this book to anyone interested in seeing history from another point of view: that of drinks! Very entertaining and educational. Thirst is more deadly than hunger. Deprived of food, a person can survive for a few weeks, but without the provision of liquids, he will need luck to last more than a few days. Just breathing is more important. Tens of thousands of years ago, the first humans who sought sustenance in small groups had to stay near rivers, streams and lakes to ensure an adequate supply of fresh water, since storing or transporting it was not practical. The availability of water restricted and guided the progress of humanity. The drinks have not stopped shaping human history since then.
Only in the last ten thousand years or so have other substances emerged that challenged the supremacy of water. These are drinks that are not found naturally, but must be produced deliberately. In addition to offering a safer alternative to contaminated water reservoirs and disease carriers of human settlements.

Wine was the essence of that Mediterranean civilization and the basis of intense maritime trade that helped to extend Greek ideas from one end to the other. The spread of wine consumption continued in Roman times, the structure of whose hierarchical society was reflected in a meticulously calibrated stratification of wines and wine classes. Two of the main religions of the world dictated opposite verdicts on the drink: the Christian ritual of the eucharist had the wine like central element, but after the declivity of the Roman Empire and the height of the Islam, the wine was prohibited in the same region where it was born .
The distilled beverages provided alcohol in a consistent and durable way, suitable for sea transport. Drinks such as cognac, rum and whiskey were used as currency to buy slaves and reached a special popularity in the North American colonies, where they came to provoke so much political controversy that they played a key role in the formation of the United States.
Next to that geographical expansion came its intellectual counterpart, when Western thinkers looked beyond the entrenched beliefs inherited from the Greeks and formulated new scientific, political and economic theories. The dominant drink of that Age of Reason was coffee, a mysterious infusion that became fashionable in Europe after its import from the Middle East. The establishments that emerged to serve coffee possessed a markedly different character from the taverns that sold alcoholic beverages, and became centers of commercial, political and intellectual exchange. Coffee fostered clarity of thought, making it the ideal beverage for scientists, businessmen and philosophers.
In some European countries, and above all in Great Britain, coffee had to face competition from tea imported from China. Its popularity in Europe contributed to the opening of lucrative trade routes with the East and supported imperialism and industrialization on an unprecedented scale that allowed Britain to become the first world superpower. Once the tea was consecrated as a British national drink.
Although artificially carbonated beverages originated in the Europe of the late eighteenth century, the soft drink reached the age of majority with the invention of Coca-Cola one hundred years later. Initially conceived as a medicinal stimulant by an Atlanta pharmacist, it became the national drink of the United States, an emblem of the burgeoning consumer capitalism that helped transform the country into a superpower. When traveling with the American soldiers in the various wars that were waged throughout the world throughout the 20th century, Coca-Cola became the most known and distributed product in the world, and is currently an icon of the controversial advance towards a single global market.

Since the first examples of writing date from around 3400 BC, the early written documents can not shed a direct light on the origins of beer. However, what is clear is that its boom was closely related to the domestication of the cereals with which it is made and with the adoption of agriculture. It saw the light during a turbulent period of human history that witnessed the transition from a nomadic to a sedentary lifestyle, followed by a sudden increase in social complexity whose most striking manifestation was the appearance of cities. Beer is a liquid vestige of human prehistory, and its origins are closely intertwined with those of civilization itself.
The Fertile Crescent, a region of the Near East where humans first adopted agriculture and founded large-scale settlements, from present-day Egypt along the Mediterranean coast to the south-western tip of Turkey, and from there down to the Iraqi border and Iran. It owes its name to a happy geographical feature. When the ice age ended, the highlands of the region provided an ideal environment for sheep, goats, cattle and wild pigs and, in some areas, for dense concentrations of wild wheat and barley. That meant that the Fertile Crescent offered unusually rich fruits for the wandering groups of human hunter-gatherers.
The broth that was not consumed in a few days underwent a mysterious transformation, particularly if it had been made with malted grain: it became a little effervescent and pleasantly intoxicating, since the action of the wild yeasts in the air fermented the sugar from the broth, converting it in alcohol. The broth, in a word, became beer.
Even so, beer was not necessarily the first variety of alcohol that reached the human lips. At the time of the discovery of the beer, alcohol would have been produced naturally in small quantities, fruit of the accidental fermentation of fruit juice (in wine) or water and honey (in mead) when trying to store any of those products .
In the third millennium BC, they cite more than twenty different classes, including fresh beer, dark beer, dark fresh beer, strong beer, dark red beer, light beer and pressed beer. The dark red beer was a dark variety that was made using additional malt, while the pressed one was a weaker and watered beer, which contained less grain. Mesopotamian brewers could also control the taste and color of their beer by adding different types of bappir or beer bread. To make bappir, the germinated barley was kneaded into small loaves that were baked twice to produce a dark, crunchy, unleavened brown bread that could be stored for years before being poured crumbly into the brewer’s vat.
Beer helped offset the decline in the quality of food when people adopted agriculture, provided a safe variety of liquid nutrition, and provided groups of beer-drinking farmers with a comparative nutritional advantage over those who did not.

Wine was the new fashion, but I had nothing new. As in the case of beer, its origins are lost in prehistory: its invention, or discovery, is so old that it has been recorded only indirectly, in myths and legends. However, archaeological evidence suggests that the wine was first produced during the Neolithic period, between 9000 and 4000 a.C., in the Zagros mountains, in the region that roughly corresponds to modern Armenia and northern Iran. The convergence of three factors made possible the production of wine in that area: the presence of the vine wild European, Vitis vitiifera sylvestris, the availability of cereal crops that will provide food reserves for the whole year for the wine communities and, around 6000 aEC, the invention of ceramics, crucial for processing, storage and service Of the wine.
Wine is nothing other than the fermented juice of crushed grapes. The natural yeasts, present in the skin of the grains, convert the sugars in the juice into alcohol.
While the richest Romans drank the best wines, the poorest citizens consumed harder and harder crops as they descended the social ladder. So fine was the stratification of the wine according to the social condition that the drinkers of a Roman banquet, or convivium, were served different broths according to their position in society. It was just one of the many ways in which the convivium differed from its Greek prototype, the symposium.
The consumption of wine, usually in moderation and at meals, still predominates in southern Europe, within the old borders of the Roman Empire. In the north of the continent, beyond the influence of the Roman government, the consumption of beer, usually without accompanying food, is more common. Today, the first wine producers in the world are France, Italy and Spain, while Luxembourg, France and Italy are the main consumers, with an average of around fifty-five liters per year per person. In contrast, most countries where more beer is consumed would have been considered barbarians; by the Romans: Germany, Austria, Belgium, Denmark, the Czech Republic, Great Britain and Ireland.

At the end of the 1st millennium BC, the most splendid and cultured city of Western Europe was not Rome, Byzantium or London, but Cordoba, the capital of al-Andalus. It had parks, palaces, paved streets, oil lamps to illuminate the streets, seven hundred mosques, three hundred public baths and extensive drainage and sewer systems. The most impressive of all was perhaps the library, completed around 970 CE, which contained almost half a million books, more than any other library in Europe or, in fact, most of the countries of the continent. And it was just the largest of the seventy libraries in the city. It is not surprising that Hroswitha, a German chronicler of the tenth century, described Cordoba as “the jewel of the world.”
Knowledge of distillation was one of the many aspects of ancient knowledge that Arab scholars preserved and expanded and, once translated from Arabic into Latin, helped to rekindle the spirit of learning in Western Europe. The word “alembic” exemplifies that combination of ancient knowledge and Arab innovation. It derives from the Arabic voice al-ambiq, which in turn comes from the Greek word ambix, which refers to the container in a specific way that is used in distillation. Likewise, the modern word “alcohol” illuminates the origins of alcoholic beverages distilled in the laboratories of Arab alchemists. Derived from al-kohl, the name given to the black powder of purified antimony, which was used as a cosmetic to make up the eyelids. The alchemists gave the term a more general use to refer to other highly purified substances, among them liquids, so that later the distilled wine came to be known as “wine alcohol”.
The use of wine as medicine was widespread, so it seemed logical that its more concentrated and purified form would present even greater healing powers. Towards the end of the thirteenth century, as universities and medical schools arose throughout Europe, medical treatises in Latin hailed distilled wine as a new and miraculous medicine, aqua vitae, or “water of life.”
In 1651 he observed that the islanders’ favorite drink was “the rumbullion, also known as kill-devil, which is made from distilled sugar cane, a hot, infernal, and terrible liquor.” Rumbullion, a slang word from the south of England that means “fight or violent commotion”, might be chosen as a nickname for drinking because that was often the result when people drank it excessively.
The rumbullion, soon abbreviated as rum or “rum,” spread throughout the Caribbean and then beyond. They gave it to newly arrived slaves as part of the “conditioning” process, which sifted the weak and subdued the unruly. Slaves were encouraged to depend on regular rum rations, both to support the demands imposed on them and to blur the hardships associated with them.
During the eighteenth century, the consumption of grog instead of beer played an invisible role in securing British supremacy at sea. One of the main causes of mortality among the sailors of the time was scurvy, a terrible disease that today is known to be caused by vitamin C deficiency. The best way to prevent it is a discovered and forgotten way many times along the way. XVIII century- was to administer regular doses of lime or lemon juice. Therefore, the incorporation of these juices in the grog, mandatory since 1795, drastically reduced the incidence of scurvy. Since the beer does not contain vitamin C, the change to the grog made the British crews in general much healthier.

The Sugar Law was followed by other equally unpopular laws, including the Stamp Act of 1765, the Townshend laws of 1767 and the Tea Act of 1773. The consequence was the Boston Tea Party of 1773, in which Three shipments of tea were dumped into the waters of Boston Harbor in protest of the new tax regulations. However, although tea is the drink associated with the beginning of the revolution, rum played an equally important role in the decades preceding the outbreak of the revolutionary war in 1775. How could it be otherwise, in On the eve of the start of hostilities, when Paul Revere made his famous ride from Boston to Lexington to warn John Hancock and Samuel Adams that British troops were approaching, he made a stop for a rum toddy (heated rum, sugar and water). dipping a red-hot poker into the mix) in a Medford tavern run by Isaac Hall, the captain of the local militia.
Rum was the drink of the colonial period and the American Revolution, but many of the citizens of the young nation soon turned their back on it for another distilled beverage. As the settlers moved westward, away from the east coast, they went on to drink whiskey, distilled from fermented cereal grains, as many settlers were of Irish or Scottish origin and had experience in distilling the grain. The supply of molasses, with which the rum was made, had also been interrupted during the war. And while cereals such as barley, wheat, rye and corn were difficult to grow near the coast – hence the initial difficulties of the settlers to brew beer – inland they could be farmed more easily. The rum, on the other hand, was a maritime product, made in coastal cities with molasses imported by sea. Moving it inland was expensive. Whiskey could be made almost anywhere, and it did not depend on imported ingredients sensitive to taxes or blockages.
The failure of the rebellion also led to the development of another drink, when the Scottish and Irish rebels moved further west to the new state of Kentucky. There they began to make whiskey from corn, in addition to rye. The pioneers of this new variety of whiskey lived in the county of Bourbon, so that the drink was known by this name. The use of corn, an autochthonous crop, gave it a characteristic aroma.
In Mexico, the introduction of distillation by the Spanish led to the development of mezcal, a distilled version of pulque, the soft local alcoholic beverage made by the Aztecs from the juice of the agave plant (pulque was the daily drink basic, warriors, priests and noble Aztecs took chocolate, the drink of the elite). Then they encouraged the Aztecs and other local Indians to drink mezcal instead of pulque, and in fact to exceed the consumption of that much stronger drink. In 1786, the viceroy of Mexico suggested that the Indians’ fondness for drinking and its efficacy in fostering dependence on colonial power meant that perhaps the same stratagem should be attempted with the Apaches in the north. This, he suggested, would create “a new need that forces them to recognize with absolute clarity their obligatory dependence on us.”

The spread of this new rationalism throughout Europe was reflected in the popularization of a new beverage, coffee, which encouraged sharpness and clarity of thought. It became the favorite drink of scientists, intellectuals, merchants and scribes – today we would call them “information professionals” – all of whom were doing intellectual work, sitting at a table, rather than physical work, outdoor. The coffee helped them to regulate the working day, as it woke them up in the morning and ensured that they remained lucid until the end of working hours, or further if necessary. The coffee was served in quiet, sober and respectable establishments that encouraged polite conversation and social gathering and provided a forum for education, debate and personal improvement.
The impact of the introduction of coffee in Europe during the seventeenth century was especially noticeable because the most common drinks of the time, even for breakfast, were lager beer and wine. Both were much safer than water, susceptible to being contaminated, especially in miserable and overcrowded cities liquors were “not basic drinks like wine and beer: they served to get drunk. Coffee, like beer, was made with boiling water, and therefore offered a new and safe alternative to alcoholic beverages.
As coffee was introduced throughout the Arab world-in 1510 it had already reached Mecca and Cairo-the exact nature of its physical effects became the subject of controversy. It detached itself from its original religious associations and became a social drink, which was sold by cups on the street, in the market and then in specialized cafés. Many Muslims welcomed him as a legal alternative to alcohol. The cafes, unlike the illegal taverns that sold alcohol, were places where respectable people could afford to be seen. However, the legal status of coffee was ambiguous. Some Muslim scholars argued that it was harmful to health and therefore was subject to the same religious prohibition as wine and other alcoholic beverages, which the Prophet Muhammad had forbidden.
The religious leaders applied that rule in Mecca in June 1511, the first known example of the various attempts to prohibit the consumption of coffee. The local governor, a character named Jair Beg, who was responsible for maintaining public morality, literally sued coffee. He assembled a council of legal experts and sat before them the accused: a large container of coffee. After a debate on its harmful effects on health, the council agreed with Jair Beg that its sale and consumption should be prohibited.
The first coffee in Western Europe did not open in a commercial center, but in the university city of Oxford, where a Lebanese named Jacob opened an establishment in 1650, two years before the London premises of Pasqua Rosee. Although at present the relationship between coffee and theoretical knowledge is taken for granted-coffee is usually taken between sessions of conferences and academic symposiums-at first it was controversial. When the coffee became popular in Oxford and the premises that offered it began to multiply, the university authorities tried to stop the phenomenon, due to the concern that the coffee would promote laziness and distract from their studies the members of the university.
The best echo of the original coffee culture may be Internet cafes and virtual spaces that facilitate the exchange of information fed by caffeine, as well as the chains of cafes that mobile workers use as offices and improvise meeting rooms. Is it a surprise that the current center of coffee culture, the city of Seattle, home of the Starbucks chain, is also where some of the most important software and Internet companies have their headquarters? The relationship of coffee with innovation, reason and networking – with a touch of revolutionary fervor – has a long history.

To join the imperial and industrial expansion appeared a new drink – new at least for Europeans – that became associated with the British and continues to be today. Tea provided the basis for the expansion of European trade with the East. The benefits of its market helped finance India’s advance to the British East India Company, the commercial organization that became the de facto British colonial government in the East. After its beginnings as a luxury product, tea was drilled until it became the drink of the working man, the fuel of the workers who made the new machined factories work. If in the British Empire the sun did not set, it was always tea time, at least in some places.
According to the Chinese tradition, the first cup of tea was prepared by Emperor Shen Nung, whose reign is usually dated between 2737 and 2697 a.E.C. He was the second of China’s legendary emperors, and is credited with the invention of agriculture and plowing, as well as the discovery of medicinal herbs (similarly it was said that his predecessor, the first emperor, had discovered fire, cooking and music).
The tea is an infusion of dried leaves, buds and flowers of a perennial shrub, Camellia sinensis, believed to have evolved in the jungles of the eastern Himalayas, on what is now the border between India and China. In prehistory, men noticed the invigorating effect of chewing their leaves and the healing effect of rubbing wounds with them.
It is not an exaggeration to say that in Britain almost nobody drank tea at the beginning of the eighteenth century, and that by the end of the same century almost everyone consumed it. Official imports grew from about six tons in 1699 to eleven thousand a century later, and the price of the pound of tea at the end of the century was one twentieth of that of its beginnings. In addition, those figures do not take into account the tea of ​​contra-; This was probably a doubling of the volume of imports for much of the century, until the tariff imposed on tea underwent a marked reduction in 1784. Another factor that led to confusion was the widespread practice of adulteration: cutting the tea by mixing it with ash and leaves of willow, sawdust, flowers and substances of dubious origin -even sheep manure, according to a chronicle-, often colored and camouflaged by the use of chemical dyes. The tea was adulterated in one way or another in almost every stage of the chain that led from the leaf to the cup, so that the amount consumed was much greater than the imported. Black tea began to gain popularity, partly because it was more durable than green on long journeys, but also as a side effect of that adulteration. Many of the chemicals used to make fake green tea were toxic, while black was safer even when adulterated. As black tea began to replace green, softer and less bitter, the addition of sugar and milk helped make it more appetizing.
Whatever the extent of contraband and adulteration, what is clear is that at the end of the eighteenth century, in Britain, more than enough tea was given so that all the inhabitants of the country could drink one or two cups a day, regardless of their social conditions. As early as 1757, one observer noted that “there is a certain street near Richmond where the beggars are often seen, in the summer season, having tea. You can see the workers who make the roads by having tea; they drink it even in charcoal carts and, what is no less absurd, they sell it in cups to the peasants who collect the hay. ” Doubtless the diffusion through Catalina de Braganza, wife of Carlos II, is fundamental.
Its natural antibacterial properties were also an advantage, since they reduced the incidence of waterborne diseases even when the water used to make the tea was not boiled properly. The number of cases of dysentery in Britain began to decline from the 1730s, and in 1796 an observer noted that dysentery and other water-borne diseases “have decreased so much that their name is almost unknown in London” . At the beginning of the 19th century, doctors and statisticians agreed that the most likely cause of the improvement of the nation’s health was the popularity of tea.
The history of tea reflects the reach and power, both innovative and destructive, of the British Empire. Tea was the favorite drink of a nation that was, for a century or so, an unstoppable global superpower. The British administrators drank tea wherever they went, as did the soldiers on the battlefields of Europe and Crimea and the workers of the Midlands factories. Britain has remained a tea-drinking nation. And from one end of the world to the other, you can still see the historical influence of his Empire and the drink that fed it.

The circumstances of the United States of the nineteenth century provided the ideal environment for this new mass consumerism. It was a country where raw materials abounded and skilled workers were scarce; However, the new specialized machines allowed even unskilled workers to produce components as good as those made by experienced operators.
It is curious that Joseph Priesdey, a British clergyman and scientist, elaborated, about 1767.1a direct predecessor of Coca-Cola and the rest of artificially carbonated soft drinks in a brewery in Leeds. Priestley was first and foremost a cleric, in spite of the heterodoxity of his religious opinions and his pronounced stuttering, but still he found time to devote himself to scientific research. He lived next to a brewery and was fascinated by the gas that bubbled and came out of the fermentation tanks, known at the time simply as “fixed air”. Using the brewery as a laboratory, Priesdey set out to investigate the properties of that mysterious gas. He started by holding a candle above the surface of the beer in fermentation, and observed that the gas layer extinguished the flame. Then the gas carried the smoke from the candle and, therefore, became visible for a moment, so that Priestley could see that it was overflowing the sides of the tank and falling to the ground. That meant that the gas was heavier than air. And pouring water quickly and abruptly between two vessels held over a vat, Priesdey could cause the gas to dissolve in the liquid and produce “an extremely pleasant frothy water.” Today we know this gas as carbon dioxide and said liquid as soda water.
Priesdey himself made no attempt to commercialize his findings, and it seems that Thomas Henry, a chemist and apothecary who lived in Manchester, was the first – sometime in the early 1770s – to put water on sale as a medicine. artificially carbonated. He followed closely the attempts to elaborate artificial mineral water and was convinced of its health benefits, in particular for “putrid fevers, dysentery, bilious vomiting, etc.” Using a machine of his own invention, Henry was able to produce up to twelve gallons of sparkling water at one time. In a pamphlet published in 1781, he explained that he had to “keep himself in very well sealed and sealed bottles.” He also recommended taking it accompanied by lemonade – a mixture of sugar, water and lemon juice – so that he might be the first to sell a sweet and artificially sparkling soft drink.
In May of 1886, John Pemberton, a pharmacist who lived in Atlanta, Georgia, invented a drink. According to the official version of the history of the Coca-Cola Company, it was a hustler who came across the right combination of ingredients by chance, while trying to work out a cure for the headache. One afternoon he mixed several ingredients in a three-legged container to create a caramel-colored liquid that he then took to a nearby pharmacy to combine it with soda water and create the sweet, effervescent, tonic beverage -Coca-Cola- that would eventually come almost to the last corner of the world. However, the real story is much more complicated.
Pemberton was, in fact, an experienced manufacturer of medicinal specialties, the charlatan remedies that were so popular in the United States at the end of the 19th century. Usually these pills, balms, syrups and creams were triumphs of advertising on pharmacology. Some were harmless, but many contained large amounts of alcohol, caffeine, opium or morphine. They were sold through advertisements in the press, and their production became a big industry.
In the same way that he had copied and slightly modified the formula of Mariani’s drink, Pemberton also borrowed from the publicity of the marque and claimed several celebrity props as testimonies for his drink. Sales of its French Coca Wine began to rise. However, just when it seemed that he was on the right track, Atlanta and Fulton County voted in favor of prohibiting the sale of alcohol as of July 1, 1886, during a two-year trial period. In view of the fact that the movement for moderation was gaining ground, Pemberton needed to produce a successful remedy that was not alcoholic, and quickly. He went back to his home lab and started working on a “teetotable drink” containing coca and cola, as well as sugar to mask the bitterness of the two main ingredients. However, it would not be any specialty: its intention was that it be dispensed as a flavoring for medicinal soda water.
In May of 1886, Pemberton was satisfied with the formula; I just needed a name. One of its partners, Frank Robinson, made the obvious suggestion: Coca-Cola. The name derived directly from the two main ingredients, and Robinson would later recall thinking that “the two ces would look good in advertising.” This original version of Coca-Cola contained a small amount of coca extract and therefore a trace of cocaine (it was eliminated at the beginning of the 20th century, although other extracts derived from coca leaves are still part of the drink today). ). His creation was not the accidental brew of an amateur experimenting in his garden, but the arduous and deliberate culmination of months of work by an experienced manufacturer of miracle remedies.
In the same way that Jair Beg had put the coffee in judgment in Mecca in 1511, Wiley judged Coca-Cola in 1911, in the federal process “United States against forty barrels and twenty barrels of Coca-Cola”. In court, religious fundamentalists charged against the evils of Coca-Cola, blaming its caffeine content for encouraging sexual transgressions; government scientists exposed the effects of Coca-Cola on rabbits and frogs; The experts that led the Coca-Cola Company testified in favor of the drink. The trial lasted a month and gave a lot of play, with accusations of buying juries and sensational coverage: “Eight Coca-Colas condemns enough caffeine to kill,” read a headline, something that was not true. The problem with Wiley’s thesis was that it was based on more moral rather than scientific objections. Nobody denied that Coca-Cola contained caffeine; the question was whether it was harmful, and especially for children. The scientific evidence suggested that no. Besides, Wiley did not try to ban tea or coffee.

In addition to interacting with the United States, Coca-Cola also summarizes the tendency towards a single global market: in a word, globalization. Those who believe in globalization argue that abolishing tariff barriers and other obstacles to free and unlimited trade is the best way to improve the economies of rich and poor countries alike. By setting up factories in developing countries, for example, companies in rich countries can reduce their costs while generating employment and stimulating the economy of the poorer countries where they are installed. Opponents of globalization complain that such practices are exploitative, since they create low-paid and low-quality jobs; By moving their labor abroad, multinationals can also take advantage of more permissive labor and environmental regulations. The debate continues. However, as companies spread their tentacles around the world and compete in a global playing field, more and more people believe that globalization is nothing more than a new form of imperialism. Anti-globalization activists maintain that the only superpower in the world, the United States, intends to invade the rest of the planet not with soldiers and bombs, but with its culture, its companies and its brands, especially Microsoft, McDonald’s and Coca-Cola.
Coca-Cola is undoubtedly the drink of the twentieth century and everything it implies: the rise of the United States, the triumph of capitalism over communism and the advance of globalization. Whether or not that mixture is approved, the extent of its appeal can not be denied.

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