Los felices 90 — Joseph E. Stiglitz

Este es otro magnífico libro de este economista premio Nobel donde a través del gobierno Clinton y la crisis de energéticas como Enron, nos enseña las sombras del consabido “boom” tecnológico de los 90 y donde hemos entrado en una espiral de infartos. Muy recomendable su lectura.

Los noventa marcaron el surgimiento de la que dio en llamarse Nueva Economía, caracterizada por unos incrementos de productividad que duplicaban, o triplicaban, lo conocido durante las dos décadas precedentes. La economía de la innovación era importante, o a mí me lo parecía, lograr un mejor entendimiento de las razones que provocaron un enorme descenso de la productividad en los setenta y ochenta, así como otras que explicaran el resurgir registrado en los noventa.
La economía entró en recesión, demostrando de forma harto elocuente que las recesiones no eran ningún resabio del pasado. Los escándalos empresariales destronaron a los sumos sacerdotes del capitalismo norteamericano: daba la impresión de que los directores generales de algunas de las empresas más importantes de Estados Unidos se estaba lucrando a expensas de sus accionistas y empleados. La globalización —esto es, la mayor integración entre los países del mundo como consecuencia de la reducción en los costos de transportes y comunicaciones, por un lado, y de la supresión de barreras artificiales, por otro—, que tan recientemente se había saludado como el comienzo de un mundo nuevo, también parecía verse con malos ojos. La reunión de la Organización Mundial del Comercio celebrada en Seattle en 1999 tenía como fin ahondar en la apertura del mundo, bajo el liderazgo estadounidense; todo ello asociado al nombre de la ciudad en que se inauguró la globalización y sirviendo como recordatorio permanente de la contribución de Clinton al respecto. En lugar de lograr estos objetivos, la reunión acabó en disturbios protagonizados conjuntamente por ecologistas, proteccionistas y otros grupos preocupados por los efectos, a veces devastadores, que la globalización tenía sobre los más pobres, o por la ausencia de democracia que caracterizaba a las instituciones económicas globales.

Una vez pinchada la burbuja de los valores tecnológicos, no se demoraría mucho el declive de las fortunas de la economía real, siendo así que Estados Unidos padecería su primera recesión en un decenio. Estaba claro que la Nueva Economía no había puesto fin al ciclo económico: el auge fue más acusado que casi todos los experimentados desde el final de la II Guerra Mundial, pero lo mismo podía decirse de la baja que le siguió. Durante los años prósperos, quienes trabajábamos para el Gobierno de Clinton nos enorgullecíamos de nuestras cifras-récord: el empleo crecía a un ritmo desconocido hasta entonces: se crearon diez millones de empleos entre 1993 y 1997, y otros ocho millones entre 1997 y 2000. Para 1994, el paro había caído por debajo del 6 por ciento por primera vez en cuatro años; y para abril de 2000, por debajo del 4 por ciento por primera vez en tres décadas. Aunque los ricos se hicieron con la parte del león, la bonanza parecía alcanzar a todo el mundo. Por primera vez en un cuarto de siglo, los de abajo notaron un aumento de sus ingresos: hubo una reducción sin precedentes en el número de beneficiarios de prestaciones sociales (más del 50 por ciento en seis años) y se registró el mayor descenso de la pobreza desde que existen estadísticas para medir esta lacra.

Hacía mucho que se reconocía que los mercados no siempre funcionaban tan bien. Producían en demasía algunas cosas —como contaminación atmosférica— y demasiado poco de otras, como inversiones en educación, sanidad y ciencia. Tampoco era cierto que se autorregularan solos; y así, se registraron enormes fluctuaciones en el nivel de la actividad económica, ampliándose los ciclos de paro elevado, durante cuyos periodos millones de personas con disposición y capacidad de trabajar no podían sin embargo encontrar empleo. Los gastos sociales y económicos generados por estos periodos fueron a su vez enormes.
Desde la II Guerra Mundial, el Gobierno federal había asumido sus responsabilidades en el mantenimiento de la economía en situación de pleno empleo en virtud de la misma ley que sirvió para fundar el Consejo de Asesores Económicos. El reconocimiento de que el Gobierno debe reservarse un papel importante y legítimo que desempeñar en otras áreas, como la contención de la contaminación, está cada vez más extendido.
De todos los errores que cometimos en los felices noventa, los peores se han debido a la falta de fidelidad a nuestros principios y a la carencia de una visión global. Nosotros teníamos principios, y en cuanto el nuevo Gobierno tomó posesión, la mayor parte de nosotros sabíamos contra qué estábamos. Estábamos contra el conservadurismo de Reagan. Conocíamos la necesidad de que el Gobierno asumiera un papel más ancho y diverso, de que los pobres fueran objeto de mayor atención, de que todos gozaran de educación y protección social, de que se contuviera el deterioro medioambiental. Pero la miope fijación con las finanzas, con el déficit, nos hicieron aparcar esta agenda.
Nos mantuvimos en la defensa de los derechos civiles y humanos, abogábamos por un nuevo internacionalismo, por la democracia.

Desde el principio del capitalismo, siempre ha habido periodos de prosperidad y de crisis. Así, el siglo pasado asistimos a uno de los booms más vigorosos de la historia, los felices veinte, al que seguiría la peor crisis de todos los tiempos, la Gran Depresión, durante la cual uno de cada cuatro trabajadores estadounidenses estaba sin empleo y otros países industrializados registraron cifras similares. A partir de la II Guerra Mundial, las fluctuaciones han sido más moderadas, los periodos de prosperidad más largos; y los de crisis, más cortos y someros. Pero como observábamos en el capítulo anterior, a medida que el siglo se aproximaba a su final, experimentamos el auge más grande en un tercio de siglo: los felices noventa, con índices de crecimiento que se elevaban al 4,4 por ciento, al que también en este caso le siguió una de las crisis más prolongadas que se recuerdan.
Después de la debacle de las entidades de ahorro y préstamos, se adoptaron nuevas disposiciones que exigían que los bancos reservaran un capital suficiente al que recurrir en caso de que sus carteras de préstamo se debilitaran. Naturalmente, la cantidad de capital que necesita un banco para cubrirse está relacionada con el grado de riesgo que éste asuma. Los economistas que daban vueltas al problema, incluido Michael Boskin, convinieron en que el riesgo, en este contexto, iba más allá de la posibilidad de bancarrota: además, había que tener en cuenta el peligro de una disminución en el valor de los activos. Desde este punto de vista, las obligaciones del Estado a largo plazo son una opción aventurada, y ello aunque se descarte cualquier posibilidad de impago, porque los bonos pueden perder valor cuando los tipos de interés se elevan. Pero incluso cuando en 1989 el Gobierno impuso normas más estrictas a los bancos, la Fed decidió permitir a los bancos que consideraran los bonos del Estado a largo plazo como una opción segura. Esto hizo a los bancos felices, desde luego, ya que aumentaron su rentabilidad a corto plazo, pues es sabido que las obligaciones a largo plazo producen
una alta rentabilidad.

El argumento de la confianza es el último reducto de quienes no son capaces de encontrar mejores argumentos: cuando no hay ninguna prueba directa de que los déficits inciden directamente en la recuperación o afectan desfavorablemente al crecimiento, entonces es que ocurre así debido a la confianza. Cuando no hay ninguna prueba directa de que la reducción de las tarifas fiscales estimula el crecimiento, entonces es que ocurre así debido a la confianza. La razón por la que tantos encuentran el argumento de la confianza tan atractivo es que es sumamente difícil de refutar. Podemos medir los déficits y evaluar su impacto sobre el crecimiento; podemos medir tarifas fiscales y evaluar su impacto sobre el crecimiento. Pero la confianza es demasiado evasiva para medirla con exactitud.

La prosperidad registrada en los noventa no sólo plantea dudas acerca de la capacidad de la Fed para dirigir la economía, sino también acerca de la credibilidad de la Reserva Federal en cuanto institución. ¿Hemos logrado crear un conjunto de disposiciones institucionales que responden a los intereses de todo el país? ¿Hemos concedido demasiado peso o influencia a un sector determinado o a un subconjunto concreto de la población? ¿Necesitamos más responsabilidad democrática? Se trata de preguntas complicadas, pero que no pueden ser ignoradas por una democracia, sino discutidas una y otra vez. Nuestras instituciones nos han servido bien, en muchos ámbitos… pero también nos han fallado, y no hay razones para el conformismo.
En lo relativo a asuntos de política económica, durante los noventa, muchos norteamericanos estaban convencidos de que la era de la ideología, de los intereses y de las políticas había finalizado. Estados Unidos había entrado en una era de consenso, en la cual todos estaban de acuerdo, dentro de lo razonable, en lo que resultaba «adecuado» en política económica. Se trataba de una proclamación sin palabras, pero que servía de estrategia brillante a aquellos cuyos intereses satisfacía. Y funcionó, en su mayoría, con impresionante eficacia, en el sentido de que, debido a la pujanza económica, los norteamericanos se lo creyeron por completo, incluidos aquellos que se consideraban representantes de los segmentos de la población cuyos intereses estaban siendo sistemáticamente eliminados.
Los felices noventa ya pertenecen al pasado. Se ha demostrado que nuestros líderes eran meros mortales. Y cometieron errores: algunos fueron afortunados —aciertos involuntarios— y, como resultado de ellos, conseguimos una recuperación firme; otros tuvieron apenas consecuencias: superamos las subidas de los tipos de interés de mediados de los noventa; otros nos hicieron pagar un precio muy alto, un coste que habremos de compensar en los años venideros.

La desregulación del sector de las telecomunicaciones preparó el terreno para la burbuja de la inversión desaforada, que reventaría con tanta resonancia en 2001. La desregulación del sector eléctrico condujo a una manipulación del mercado que dañó la economía de California, el corazón de gran parte de la innovación en Estados Unidos. La desregulación de banca —y en especial la derogación de la ley Glass-Steagal— abrió nuevos campos para nuevos conflictos de intereses, cuando lo necesario era una legislación estricta para atajar los conflictos ya existentes, y crecientes, que al final harían tanto por socavar la confianza en nuestros mercados de valores. Una regulación laxa en el sector de la contabilidad proporcionó ocasiones e incentivos para el engaño o la información incorrecta.
Los mercados son cosas delicadas, y los errores han costado muy caros.
El razonamiento de que la desregulación de las telecomunicaciones contribuyera a la burbuja —a la fiebre del oro— ayuda a entender la política y la economía de esta desregulación. Los que abogaron por la desregulación dijeron que ésta redundaría en más competencia, ya que más empresas diferentes competirían por la misma cuota de mercado. Pero también existía una fe asentada en la creencia de que «el que da primero da dos veces», es decir, la creencia de que la empresa pionera en un mercado dado tenía más probabilidades de lograr la hegemonía. Las empresas creían enfrentarse a un juego de un solo ganador; y en consecuencia se lanzaron a un frenesí inversor con intención de asegurarse el dominio del mercado. A la postre, esta furia omninversora vino a generar el exceso de capacidad que lastró la economía estadounidense y trajo el descenso que comenzaría en 2001 y duraría más de dos años.

La desregulación podría estar más motivada por tentativas de aumentar los beneficios que por una verdadera preocupación por la eficiencia de la economía estadounidense. Después de todo, es mucho lo que ha salido a la luz sobre las motivaciones de quienes defendían la desregulación y un papel más reducido del Gobierno cuando se examinaban las actitudes de estas mismas personas hacia las subvenciones a empresas y el proteccionismo del Gobierno. Como presidente del Consejo de Asesores Económicos, observé tres principios que se cumplían casi indefectiblemente entre quienes venían a pedirnos ayuda:
Primero: la gente de negocios generalmente se opone a las subvenciones… para todos menos para sí mismos.
Segundo: todo el mundo está a favor de la competencia… en todos los sectores de la economía, menos en el suyo propio. Tampoco aquí faltaba el aluvión de argumentos para explicar por qué la competencia en su sector sería destructiva, o por qué en este caso había que manejarla con cuidado.
Y tercero: todo el mundo está a favor de la franqueza y la transparencia… en todos los sectores de la economía, menos en el suyo propio. En su sector, la transparencia podría conducir a perturbaciones innecesarias, erosionar su ventaja competitiva, etcétera.
Así pues, la mayor parte de las empresas veían cualesquiera subvenciones que recibieran u otras formas de intervención del Gobierno como algo totalmente garantizado (y no les parecía que tuvieron que justificar estas subvenciones e intervenciones en la jerga peculiar de los economistas).
Los lobbies comprendieron rápidamente lo que la privatización traería consigo, así que aunque tradicionalmente defendían el sector privado y atacaban enérgicamente cualquier medida que emprendiera el Gobierno, en este caso adoptaron la postura opuesta. Se opusieron a la iniciativa precisamente porque sabían que esto significaría el final de su subsidio oculto. Y ganaron la batalla.

Uno de los grandes espejismos de los noventa estuvo relacionado con la extraña práctica empresarial de dar stock options —el derecho de comprar acciones de una empresa por debajo de sus precios de mercado— a ejecutivos y luego fingir que nada de valor había cambiado de manos. Aunque el fenómeno de las opciones no provino del mundo de la alta tecnología, fue este sector quien dio en usarlo más que cualesquiera otros sectores tradicionales. En una época tan lejana como los años setenta, la propiedad universal de las acciones era una de las características que definían el nuevo estilo de organizar los negocios propio de la costa Oeste de Estados Unidos, más colegial y ágil que el de los gigantes empresariales de antaño. Las opciones eran, desde luego, un fabuloso instrumento de reclutamiento para las empresas pequeñas y no rentables que arrancaban entonces, pero que nunca podrían haber generado su equivalente en dinero efectivo.
La preocupación consistía en que, si los accionistas conocían el valor de las nuevas opciones (o peor aún, el de las que ya estaban en el mercado), las acciones de muchas empresas se hundirían. Lo que estaban reconociendo, en efecto, era que bastaría con que los accionistas supieran lo que estaban recibiendo sus ejecutivos para que se dieran cuenta de que en consecuencia a ellos les tocaba menos. Se trataba de un argumento en el sentido de que una mejor información suponía una diferencia: en mi opinión, un argumento favorable a reflejar las opciones de compra de acciones como gastos en la contabilidad.
Las stock options como robos empresariales: ejecutivos que roban el dinero de sus accionistas más incautos. Sin embargo, cuando las acciones saltaban de 10 dólares a 20 y luego a 30 dólares, pocos accionistas se daban cuenta. Incluso les parecía que salían ganando. Era como un juego en el que no había perdedores. Pero, desde luego, ellos perdieron. La acciones se negociaban a 30 dólares en vez de a 40, o a 20 en vez de a 30. La propia sutileza era lo que permitió a tantos ejecutivos salir impunes.
Uso palabras graves como «robo» para describir una de varias prácticas que permitieron a ejecutivos empresariales privar a los accionistas de lo que les pertenecía, porque robar —tomar algo de alguien sin su consentimiento— es exactamente lo que estos ejecutivos hacían. Las víctimas no estaban en condiciones de prestar su consentimiento, fundamentalmente porque ni siquiera fueron conscientes de que se les hubiera quitado nada. Por el contrario, los accionistas se suponían beneficiarios de esta práctica. El empleo de las stock options como una forma de compensación surgió del movimiento por el «valor para el accionista» iniciado en los años ochenta. Las opciones, según se aseguraba, servían a los intereses de los gerentes y a los de los accionistas en la misma medida. Se trataba de un argumento seductor, pero, como demostrarían los acontecimientos, falso de solemnidad.

Aquellos que se habían enriquecido económicamente en los años noventa presionaron para reducir la cantidad de impuestos que pagarían sobre su nueva riqueza. Su objetivo era reducir la imposición sobre las enormes ganancias que estaban cosechando, incluidas las stock options con que gratificaban cada vez más a los altos ejecutivos. En una situación fiscal en la que las plusvalías ya pagaban menos todavía que los dividendos y otras formas de ingresos, se animaba a los inversores a poner más de su dinero en las firmas de alta tecnología, que no ofrecían dividendos (muchas no tenían ganancia alguna con la cual pagarlos) pero sí plusvalías.
Considerando esta fijación por equilibrar el presupuesto, el recorte fiscal, por muy grato que fuera a los más ricos (y eran los ricos quienes lo querían; pocas ventajas obtendrían de él los estadounidenses de ingresos bajos y medios), no se habría producido de no haber sido por la singular mezcla entre la mala contabilidad y la política del momento.

El crash de la bolsa de 2000 subraya quizás el mayor problema de la privatización de la Seguridad Social: hace a los individuos vulnerables al pesimismo irracional del mercado bursátil, al igual que antes les había permitido beneficiarse de su irracional optimismo. Cuando el mercado bursátil vivía un boom, mucha gente pensó: «si hubiera invertido mi dinero en acciones en tecnología en lugar de haberme visto obligado a pagar las aportaciones a la Seguridad Social, ahora sería rico». En esta coyuntura, deberían darse cuenta de la irracionalidad de su comportamiento. Si hubieran invertido su dinero en las típicas acciones en tecnología, estarían abocados a una jubilación sombría. La Seguridad Social se creó para proporcionar eso exactamente, seguridad, no riesgo.
Las cuentas de una Seguridad Social privada, individual, en realidad exacerbarían las fluctuaciones de la economía: esto hace que la burbuja aumente y el descalabro sea mayor. Hoy en día, al menos dentro de la Seguridad Social, cuando el mercado baja, los individuos están parcialmente aislados de los caprichos de la bolsa. Si la persona tuviera todo su dinero invertido en un mercado bursátil, y éste sufriera una caída, al final esta persona empezaría a preocuparse por su jubilación; tendría que ahorrar más y consumir menos. Y al consumir menos, la recesión económica se agravaría.

Algunas de las inversiones de los noventa fueron esenciales para crear la Nueva Economía. Pero la carrera por ser el primero, la exagerada euforia de la Nueva Economía, llevó a un exceso de inversión. Se malgastaron recursos a escala masiva. De esto no hay duda.
Todavía estamos lo bastante bien como para que no acusemos de modo inmediato esta disminución de nuestra riqueza, pero algunas de las consecuencias ya están comenzando a conocerse: una pérdida de confianza no sólo en los mercados, y especialmente en el mercado de valores, sino en el Gobierno. Si no aprendemos de nuestros errores, de los que tanto el sector privado como el Gobierno tienen parte de responsabilidad, puede que la próxima vez no tengamos tanta suerte.
El liderazgo es importante, pero sobre todo porque influye en las políticas que se adoptan y porque es necesario para tener una perspectiva de adónde se dirige nuestra economía y nuestra sociedad.

La economía moderna ha mostrado las limitaciones de la mano invisible y de los mercados sin restricciones. En los felices noventa, no hicimos caso de estas lecciones de la economía moderna e ignoramos las lecciones de décadas anteriores, al igual que las que deberían haberse derivado de la debacle de las cajas de ahorros. Por el contrario, proporcionamos nuevos incentivos y mejores herramientas para que los directivos de las empresas se enriquecieran a sí mismos a costa de otros.

No existe oportunidad más importante que la oportunidad de trabajar. Desgraciadamente, como comenté anteriormente, muchos países del mundo todavía se ven privados de esta oportunidad; y en la mayoría de los países del mundo se han dado numerosos episodios que demuestran que esto es cierto.
Debemos preocuparnos por la igualdad y la justicia de los que vivimos hoy, pero también por las de las próximas generaciones.
Nuestro crecimiento actual no debería producirse a costa del bienestar de generaciones futuras. Ésta es una de las razones por las que nos preocupa la degradación del medio ambiente. Si contaminamos la atmósfera, cambiamos el clima mediante el aumento del nivel de concentración de los gases que producen el efecto invernadero, como hemos venido haciendo durante los pasados doscientos años, con lo que podemos poner en peligro el bienestar de nuestros hijos y el de nuestros nietos.
Ésta es la razón por la que no sólo debería preocuparnos la justicia social actual, sino también la sostenibilidad, el bienestar de las generaciones futuras, que incluye la protección del medio ambiente, la conservación de los recursos naturales, el mantenimiento de nuestras infraestructuras y el fortalecimiento de nuestra cultura.

La información es más importante que nunca. Si Internet ha sido, en algunos sentidos, una fuerza fuertemente democrática, el aumento de la concentración de los medios de comunicación en un país tras otro ha debilitado la democracia de forma efectiva. En Rusia pudimos ver el extremo: la televisión controlada por el estado fue sustituida por una televisión controlada por la oligarquía, que a su vez fue reemplazada por la televisión controlada por el estado. Sin embargo, durante los noventa, las restricciones sobre los medios de comunicación se redujeron. En Estados Unidos tuvimos la oportunidad de exigir a la televisión y a las emisoras de radio, a cambio de su utilización de las ondas, que prestaran un amplio soporte a la campaña, de forma equitativa; esto podría haberse hecho de manera que se redujera significativamente el papel de las contribuciones a las campañas. Pero dichas reformas no eran en interés de los medios, que se beneficiaban de la publicidad, ni de las corporaciones, que se beneficiaban del poder procedente de las contribuciones a las campañas. Aunque nosotros no compramos ni vendemos los votos abiertamente, quienes querían que existieran los mercados políticos y la compraventa de políticos triunfaron.
La dicotomía mercado/Estado es una simplificación excesiva. Existe una necesidad de ir más allá de los mercados. Existe una necesidad de acción colectiva. Pero hay varias maneras de conseguirlo. Los defensores del libre mercado no sólo exageran la función de los mercados, sino que infravaloran el potencial de formas no gubernamentales de acción cooperativa así como la necesidad del Estado.

En los noventa, las normas y la ética cambiaron. Lo que se considera aceptable se ve afectado por lo que hacen los demás, por lo que ellos encuentran aceptable. Si los directores generales comúnmente cobran tres veces más que un empleado normal, podría admitirse que un consejero delegado excepcional recibiera cuatro veces más, pero no cuarenta. Si un consejero delegado cobra diez veces lo que un empleado normal, podría ser admisible que cobrara quince veces más, pero no cien. En los noventa, en Estados Unidos, no existían límites; todo era aceptable. Se utilizaron fuertes incentivos para romper los límites anteriores, y dichos incentivos funcionaron. Uno valía lo que era capaz de ganar. Punto. Existían incentivos para cambiar el criterio de lo que está bien y lo que está mal, o de lo que es aceptable y lo que no. Y estos incentivos dieron resultado.

La globalización ha significado que las cuestiones que aquí hemos comentado —sobre la función que le corresponde al Gobierno, las limitaciones de los mercados, el modo en que la economía conforma a los individuos y a la sociedad— se estén debatiendo a escala global. En este momento estamos elaborando las reglas del juego, pero esas reglas están siendo redactadas por instituciones económicas internacionales en las que determinados países e intereses particulares —así como determinadas ideologías— tienen una gran influencia. Y aunque en Estados Unidos a menudo se habla del «Estado de derecho», su pretensión de instaurar medidas unilaterales refleja un rechazo del estado de derecho a escala internacional. Estados Unidos está a favor de unas reglas del juego globales, pero le preocupa que la Organización Mundial del Comercio o el Tribunal Penal Internacional puedan transgredir su soberanía. En resumen, está a favor del estado de derecho en la medida en que se adapte a sus deseos.

En gran parte del mundo actual, no obstante, existe un debate sobre si existe una crisis del capitalismo. La serie de escándalos desde Enron en adelante dejaron claro que los problemas eran profundos: si Enron no hubiera quebrado, nadie habría podido investigar lo que había estado pasando y la manipulación del mercado de la energía por parte de la compañía, que llevaba sospechándose hacía tiempo, nunca se habría descubierto. Cada nueva investigación sacaba a la luz más pruebas de sus fechorías. El consejero delegado, que había demostrado tanta habilidad en algunos de los modos de manipular la contabilidad, había demostrado esta misma habilidad en la forma de esconderlo. En la economía de burbuja es fácil esconder hasta las pirámides. Con la recesión económica, las pirámides y los chanchullos han quedado a la vista. La explosión de la burbuja sacó a la luz las argucias que se habían producido al amparo de la burbuja, argucias que, a su vez, habían servido para reforzar la burbuja.
Para los críticos de la economía de mercado, los escándalos que han sacudido Estados Unidos y, en menor medida, también Europa —algunos de los cuales he descrito en este libro— han confirmado sus dudas sobre la globalización. Si el mundo de la empresa se dirige hacia la globalización y si el mundo de la empresa es tan corrupto como parece, necesitamos otra cosa. Sin embargo, los defensores de la economía de mercado apuntan a la prosperidad sin precedentes que ha traído consigo, y no sólo a unos pocos dentro de las economías industrializadas avanzadas. Les gustaría descartar la crisis del capitalismo como una aberración, una ligera irregularidad en una máquina que funciona perfectamente.
Pero, nos guste o no, las que medidas que hoy adoptamos son las que moldean nuestra sociedad. Son un reflejo de nuestros valores, y envían mensajes importantes a nuestra juventud acerca de lo que valoramos. La economía y la sociedad están inextricablemente interrelacionadas. Una sociedad con enormes desigualdades será diferente inevitablemente de otra en la que las diferencias sean limitadas. Una sociedad con un alto desempleo será diferente inevitablemente de otra en la que todo el que quiera un trabajo puede encontrarlo.
La globalización afecta a los tipos de sociedades que se están creando en todo el mundo. Y es por esto precisamente por lo que en el resto del mundo son conscientes de la importancia de las emociones que despierta la globalización: hemos estado promoviendo un conjunto de medidas que está aumentando las desigualdades en el extranjero y, en algunos casos, desautorizando a las instituciones tradicionales.
Existe una visión alternativa, basada en la justicia social y en el equilibrio entre la función del Gobierno y la del mercado. Ésta es la visión que deberíamos esforzarnos por alcanzar.
Quizá, juntos, Estados Unidos y Europa, el mundo desarrollado y el mundo en desarrollo, puedan forjar una nueva forma de democracia global y un nuevo conjunto de políticas económicas que aseguren una prosperidad cimentada en unos nuevos principios que pueda ser compartida por todos los ciudadanos del mundo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s