Caída libre — Joseph E. Stiglitz

Este es otro buen libro que con el subtítulo de “el libre mercado y el hundimiento de la economía global” nos va exponiendo las medidas neoliberales y como campan a sus anchas mientras la ciudadanía está simplemente absorta, aunque se basa en los EE.UU. es un libro extrapolable a todos los ciudadanos del planeta, a aquellos que lo lean reflexionarán sin duda.

La Gran Recesión —a todas luces la peor crisis económica desde la Gran Depresión de hace setenta y cinco años— ha hecho añicos esas ilusiones. Nos está obligando a replantearnos unas ideas muy asentadas. Durante un cuarto de siglo han prevalecido determinadas doctrinas sobre el mercado libre: los mercados libres y sin trabas son eficientes; si cometen errores, los corrigen rápidamente. El mejor gobierno es un gobierno pequeño, y la regulación lo único que hace es obstaculizar la innovación. Los bancos centrales deberían ser independientes y concentrarse únicamente en mantener baja la inflación. Hoy, incluso el gurú de esa ideología, Alan Greenspan, presidente de la Junta de la Reserva Federal durante el periodo en que prevalecieron esas ideas, ha admitido que había un fallo en su razonamiento; pero su confesión llegaba demasiado tarde para los muchos que han sufrido a consecuencia de ello.
No es de extrañar que las teorías económicas incorrectas conduzcan a políticas incorrectas, pero, obviamente, quienes las defendían pensaban que iban a funcionar. Estaban equivocados. Las políticas erróneas no sólo habían fomentado la crisis de Asia oriental de hace una década, sino que también exacerbaron su profundidad y su duración, y dejaron un legado de economías debilitadas y montañas de deuda.
El fracaso de hace diez años fue en parte también un fracaso de la política mundial. La crisis golpeó a los países en vías de desarrollo, a veces denominados la «periferia» del sistema económico global. Quienes gobiernan el sistema económico global no estaban preocupados tanto por proteger las vidas y los ingresos de la población de las naciones afectadas como por preservar a los bancos occidentales que habían prestado dinero a esos países. Actualmente, cuando Estados Unidos y el resto del mundo se afanan por devolver a sus economías a un crecimiento sólido, vuelve a haber un fracaso de las políticas y de la política.

El sistema que fracasó tan estrepitosamente no se materializó simplemente por sí solo. Fue creado. De hecho, muchos trabajaron muy duro —y gastaron mucho dinero— para asegurarse de que adoptara la forma que adoptó. Quienes desempeñaron un papel en crear el sistema y en gestionarlo —incluidos aquellos que fueron tan bien recompensados por él— deben considerarse responsables.
La memoria es limitada, y dentro de treinta años surgirá una nueva generación, confiada en que no será presa de los problemas del pasado. El ingenio del hombre no conoce límites, y cualquiera que sea el sistema que diseñemos, siempre habrá quienes idearán cómo eludir las regulaciones y las normas establecidas para protegernos. El mundo, además, cambiará, y la normativa diseñada para hoy funcionará de forma imperfecta en la economía de mediados del siglo XXI. Pero tras la Gran Depresión sí que logramos crear una estructura reguladora que nos ha sido de gran utilidad durante medio siglo, y que ha promovido el crecimiento y la estabilidad.

Averiguar lo que ocurrió es como «pelar una cebolla»: cada explicación suscita nuevas preguntas. Al pelar la cebolla, necesitamos preguntarnos: ¿por qué fracasó tan estrepitosamente el sector financiero, no sólo a la hora de desempeñar sus funciones sociales cruciales, sino incluso también al prestar un buen servicio a los accionistas y a los obligacionistas? Al parecer, sólo los directivos de las instituciones financieras salieron con los bolsillos llenos (menos llenos que si no hubiera habido una crisis, pero aun así mucho más ricos que, por ejemplo, los pobres accionistas de Citibank, que vieron cómo prácticamente se esfumaban sus inversiones). Las instituciones financieras se quejaron de que los reguladores no les impidieran portarse mal. Pero ¿no se supone que las empresas deben portarse bien por sí solas? Los incentivos defectuosos. Pero en ese caso debemos volver a retroceder: ¿por qué había incentivos defectuosos? ¿Por qué el mercado no «castigó» a las firmas que empleaban estructuras de incentivos defectuosas, tal y como la teoría estándar dice que debería ocurrir?.
Aunque el sector financiero se lleva la principal carga de la culpa, los reguladores no hicieron su trabajo al no asegurarse de que los bancos no se portaran mal, como suelen. Algunos responsables de la parte menos regulada de los mercados financieros (como los hedge funds, o fondos de inversión libre), al observar que los peores problemas se producían en la parte más regulada (los bancos), astutamente concluyen que el problema es la regulación. «Si al menos los bancos no estuvieran regulados, como nosotros, los problemas nunca se habrían producido», argumentan. Pero eso omite la cuestión esencial: la razón de que los bancos estén regulados es que su quiebra puede provocar un daño enorme al resto de la economía. La razón de que se requiera menos regulación en el caso de los hedge funds, por lo menos para los de menor cuantía, es que pueden hacer menos daño. La regulación no provocó que los bancos se portaran mal; fueron las deficiencias en la regulación y la aplicación reguladora las responsables de que no se lograra impedir que los bancos impusieran unos costes al resto de la sociedad, como han hecho repetidamente.

Al final, a los bancos su propio artefacto les estalló en las manos: los instrumentos financieros que habían utilizado para explotar a los pobres se volvieron contra los mercados financieros y los echaron abajo. Cuando se rompió la burbuja, la mayoría de los bancos tenían en su poder suficientes títulos de alto riesgo como para amenazar su misma supervivencia.
La crisis se extendió tan rápidamente en parte debido a las políticas, especialmente de liberalización del mercado de capitales y financiero, que el FMI y el Tesoro estadounidense les habían endosado a esos países —basadas en la misma ideología de libre mercado que había metido en problemas a Estados Unidos—. Pero mientras que incluso Estados Unidos tiene dificultades para afrontar los billones de dólares en rescates y en estímulos, las correspondientes medidas por parte de los países más pobres están mucho más allá de su alcance.

El sector financiero tenía su propia visión, centrada en más beneficios, y, en la medida de lo posible, en volver al mundo tal y como era antes de 2007. Las empresas financieras habían llegado a ver su negocio como un fin en sí mismo, y se enorgullecían de su tamaño y de su rentabilidad. Pero un sistema financiero debería ser un medio para un fin, no un fin en sí mismo. Los beneficios de un sector financiero sobredimensionado pueden obtenerse a costa de la prosperidad y de la eficiencia del resto de la economía. Era necesario reducir el tamaño de un sector financiero sobredimensionado, si bien algunas partes de él, como las que prestan dinero a las pequeñas y medianas empresas, pudieran salir fortalecidas.
La administración Obama decidió, especialmente en el área crucial de la reestructuración bancaria, hacer una gran apuesta manteniendo en gran medida el rumbo fijado por el presidente Bush, evitando, en la medida de lo posible, jugar de acuerdo con las reglas habituales del capitalismo: cuando una empresa no puede pagar sus deudas, va a la quiebra (o a la suspensión de pagos), donde habitualmente los accionistas lo pierden todo y los obligacionistas y acreedores se convierten en los nuevos accionistas. Análogamente, cuando un banco no puede pagar lo que debe, se le obliga a entrar en tutela. Para aplacar a Wall Street —y tal vez para acelerar su recuperación— corrió el riesgo de encolerizar a la gente de la calle. Si la estrategia de Obama funcionaba, significaba que podrían evitarse las profundas batallas ideológicas. Si la economía se recuperaba rápidamente, la gente de la calle podría perdonar la generosidad mostrada con Wall Street. No obstante, mantener el rumbo tenía importantes riesgos: riesgos para la economía a corto plazo, riesgos para la situación fiscal del país a medio plazo y riesgos para nuestra sensación de equidad y de cohesión social a largo plazo. Toda estrategia implica riesgos, pero no estaba claro que ésta los minimizara a largo plazo. Además, la estrategia corría el peligro de enfurecer incluso a muchos agentes de los mercados financieros, ya que verían que las políticas estaban guiadas por los grandes bancos. El campo de juego ya estaba inclinado a favor de esas megainstituciones, y parecía que se estaba inclinando aún más, hacia las partes del sistema financiero que, para empezar, habían causado los problemas.
Obama pronto descubriría que sus nuevos amigos en las finanzas eran aliados volubles. Aceptaban miles de millones de dólares en ayuda y asistencia, pero si Obama insinuaba que tal vez estaba de acuerdo con las críticas de la mayoría de estadounidenses hacia los desmesurados pagos a los agentes financieros, aquéllos montarían en cólera. Y sin embargo, si Obama no planteaba ningún tipo de críticas, parecería desconectado de lo que sentían los estadounidenses corrientes mientras de mala gana le daban a los banqueros el dinero que reclamaban.
Se aplicaron las normas estándar del capitalismo descritas anteriormente: los accionistas lo perdieron todo, mientras que los obligacionistas y otros acreedores (fondos sindicales de salud y los gobiernos que ayudaron a salvar las compañías) se convirtieron en los nuevos accionistas. Estados Unidos había entrado en una nueva fase de intervención gubernamental en la economía. Puede que fuera algo necesario, pero lo que desconcertaba a muchos era ¿por qué ese doble estándar? ¿Por qué se había tratado a los bancos de una forma tan diferente de las compañías automovilística?.

La estrategia de los agentes financieros estaba clara: dejar que hablaran y hablaran los partidarios de un cambio real en el sector bancario; la crisis se acabaría antes de que se llegara a un acuerdo; y con el final de la crisis, el incentivo para las reformas desaparecería.
Lo que había sostenido a la economía estadounidense —y en buena medida a la economía global— antes de la crisis fue una borrachera de consumo financiada mediante el endeudamiento y apoyada en una burbuja de la vivienda. La gente podía vivir por encima de su renta porque creía que los precios de las viviendas seguirían subiendo eternamente. Eso ya no lo cree nadie. El «modelo» en que se basaba el crecimiento estadounidense había llegado a su fin, pero no había nada en el horizonte que lo sustituyera.
A los pocos meses de la aprobación del decreto de estímulo, resultaba obvio que éste no había sido lo suficientemente grande; pero eso debería haber sido evidente en la época en que el gobierno lo estaba diseñando. La contracción del consumo a medida que el ahorro aumentaba desde el nivel insostenible de cero, combinada con los recortes en el gasto estatal y local, significaba que 800 000 millones de dólares repartidos en el plazo de dos años simplemente no lograrían obrar el milagro.

La respuesta a la crisis fue animar a la gente a consumir más. Era comprensible, dada la abrupta caída del consumo, pero debería haberse centrado menos en fomentar el gasto en consumo, cuando lo que se necesitaba para un crecimiento a largo plazo era más inversión.
Hay tres razones por las que un estímulo podría no funcionar: una de ellas, a menudo aducida por los economistas académicos, demuestra lo desconectados que están de la realidad; pero las otras dos suscitan preocupaciones reales. Algunos economistas han sugerido que si el gobierno entra en déficit, se fomentará que las economías domésticas ahorren, sabiendo que en algún momento, en el futuro, tendrán que devolver la deuda a través de unos impuestos más altos. Según ese punto de vista, el aumento del gasto del gobierno se ve completamente compensado por una reducción del gasto de las economías domésticas.
Una preocupación más grave es que a medida que el gobierno pide más dinero prestado, quienes lo prestan se preocuparán por la posibilidad de que el gobierno sea capaz de devolverlo. A medida que aumenta su preocupación, puede que exijan un tipo de interés más alto. Esta preocupación es bien conocida en los países en vías de desarrollo, que están entre la espada y la pared. Si no gastan dinero en un estímulo, su economía se debilita y los acreedores exigen altos tipos de interés. Si gastan dinero en un estímulo, su endeudamiento aumenta y los acreedores exigen altos tipos de interés.

Hay tres desafíos que afrontan Estados Unidos y el mundo: el restablecimiento de una demanda agregada sostenible, suficientemente fuerte como para garantizar el pleno empleo mundial; la reconstrucción del sistema financiero para que desempeñe las funciones que se supone que tiene que cumplir un sistema financiero, en lugar de la irresponsable asunción de riesgos que se emprendió antes de la crisis; y la reestructuración de las economías de Estados Unidos y de otros países del mundo (para que reflejen, por ejemplo, los cambios en las ventajas comparativas globales y los cambios en la tecnología). Estamos fracasando en los tres aspectos.

En la crisis actual, y antes que ella en la crisis de Asia oriental, demasiadas personas, sobre todo los reguladores y los inversores, estaban delegando su responsabilidad en las agencias de calificación. Se supone que los reguladores valoran si, digamos, los bancos o los fondos de pensiones han asumido excesivos riesgos, poniendo en peligro su capacidad de cumplir con sus obligaciones. La gente que gestiona instrumentos de inversión tiene una responsabilidad fiduciaria ante la gente que le confía su dinero. Pero ambos grupos, en realidad, permitieron que las agencias de calificación hicieran las valoraciones por ellos.
Las insuficiencias del sistema financiero van más allá de sus fracasos en la gestión del riesgo y en la asignación de capital que condujeron a esta crisis. Los bancos no proporcionaban los servicios que necesitaban los pobres, que tenían que recurrir a adelantos salariales abusivos y a servicios de cobro de cheques; y no proporcionaban el tipo de sistema de pagos electrónico de bajo coste que Estados Unidos debería tener, dados los avances en tecnología.
Hay múltiples razones por las que el sector financiero ha funcionado tan mal, y tenemos que comprenderlas si queremos arreglar las cosas. Han puesto de relieve cinco fallos.
En primer lugar, los incentivos son importantes, pero existe una disparidad sistémica entre las rentabilidades sociales y privadas.
En segundo lugar, determinadas instituciones se hicieron demasiado grandes para quebrar, y muy caras de salvar. Algunas de ellas demostraron que también son demasiado grandes para ser gestionadas. En palabras de Edward Liddy, que asumió la dirección de AIG tras el rescate del gobierno: «Cuando respondí a la petición de ayuda y me incorporé a AIG en septiembre de 2008, enseguida una cosa me pareció evidente: la estructura de la compañía en su conjunto es demasiado compleja, demasiado ingobernable, y demasiado opaca para que se puedan gestionar bien sus empresas integrantes como una entidad».
En tercer lugar, los grandes bancos pasaron de la banca a secas a la titulización. La titulización tiene algunas virtudes, pero debe ser cuidadosamente gestionada, algo que no comprendieron ni los responsables del sistema financiero ni los desreguladores.
En cuarto lugar, los bancos comerciales intentaron imitar la pauta de alto riesgo-alta rentabilidad de las altas finanzas, pero la banca comercial debería ser aburrida.
En quinto lugar, demasiados banqueros olvidaron que deberían ser ciudadanos responsables. No deberían depredar a los más pobres y a los más vulnerables. Los estadounidenses confiaban en que estos pilares de la comunidad tenían una conciencia moral. En medio de la codicia que se apoderó de la nación, no había nada que estuviera prohibido, ni siquiera explotar a los más débiles de nuestra sociedad.
Con una reestructuración financiera, hay dos grandes perdedores. Los directivos de los bancos casi con seguridad tendrán que marcharse, y no estarán contentos. Tampoco los accionistas estarán contentos, porque lo habrán perdido todo. Pero ésa es la naturaleza de la asunción de riesgos en el capitalismo (la única justificación de las rentabilidades por encima de lo normal de que disfrutaron durante el auge económico es el riesgo de una pérdida).

La crítica de los mercados financieros siempre empieza hablando de la falta de transparencia. Transparencia es, naturalmente, otra forma de decir «información». Siempre resulta obvio después de una crisis que ha habido falta de información: nadie habría puesto su dinero en Wall Street de haber sabido que estaba haciendo una inversión tan mala. Pero hay una gran diferencia entre la información que a uno retrospectivamente le habría gustado tener y la auténtica falta de transparencia. Nadie puede tener nunca toda la información que le gustaría antes de tomar una decisión. El trabajo de los mercados financieros es descubrir la información relevante y, sobre la base de esa información limitada, emitir juicios sobre los riesgos y los beneficios.
Para mí, el tema de la transparencia tiene que ver realmente con el engaño. Los bancos estadounidenses estaban activamente dedicados a engañar: quitaban el riesgo de las cuentas de resultados para que nadie pudiera valorarlo. La magnitud del engaño que se consiguió es alucinante: Lehman Brothers pudo declarar que tenía una red que valía 26 000 millones de dólares poco antes de desaparecer, cuando tenía un agujero en su cuenta de resultados de casi doscientos mil millones.
Se ha descrito Wall Street como un casino para ricos. En la prima que se paga por un bono corporativo va implícito el juicio sobre la probabilidad de impago. Si yo creo que soy más listo que el mercado, querré apostar por el valor de ese juicio. Todo el mundo en Wall Street creía que era más listo que los demás, o al menos más listo que la media. Los credit default swaps abrieron una nueva mesa de juego con apuestas muy altas en ese casino. Los adultos con consentimiento informado deberían estar autorizados a jugar, aunque sea sobre la base irracional de creerse cada uno de ellos más listo que los demás. Pero no deberían estar autorizados a jugar a expensas de todos nosotros, y eso es lo que ocurre cuando el juego tiene lugar dentro de las instituciones financieras, sobre todo dentro de las que son demasiado grandes para quebrar.
Los problemas a los que se enfrenta Estados Unidos son similares a los de otros muchos países industrializados, por no decir la mayoría de ellos. Mientras muchos hicieron un trabajo algo mejor a la hora de apoyar a sus bancos, lo cierto es que aún se enfrentan a un aumento considerable de su ratio de endeudamiento sobre el PIB a causa de sus esfuerzos (mayoritariamente exitosos) por estimular su economía. Para algunos, los problemas ligados al envejecimiento de la población son peores. Para la mayoría, los problemas de la asistencia sanitaria son menos graves. Ninguno lo tendrá fácil para hacer frente a los desafíos del cambio climático. Casi todos se enfrentan a retos importantísimos para reestructurar sus economías.

Se exigirá un nuevo modelo económico; la sostenibilidad exigirá poner menos énfasis en los bienes materiales para aquellos que están consumiendo demasiado y una reorientación hacia las actividades innovadoras. A escala planetaria, una parte excesiva de la innovación mundial se ha orientado a ahorrar trabajo y una parte insuficiente a ahorrar recursos naturales y a proteger el medio ambiente, lo cual apenas es sorprendente dado que los precios no reflejan la escasez de estos recursos naturales. Se ha tenido tanto éxito a la hora de ahorrar trabajo que en la mayor parte de regiones del mundo existe un problema endémico de desempleo. Pero se ha tenido tan poco éxito a la hora de ahorrar recursos naturales que corremos el riesgo de un colapso medioambiental.

Los trabajadores desesperados por encontrar empleo aceptarán un puesto de trabajo en una empresa con malas condiciones de seguridad e higiene. El gobierno no puede evitar todas las formas de explotación, pero puede reducir su alcance: por eso la mayoría de los gobiernos de los países industriales avanzados han aprobado y aplican leyes contra la usura (leyes que limitan los intereses que se pueden pagar) y leyes que fijan unos sueldos mínimos y unas jornadas laborales máximas, estableciendo condiciones de seguridad e higiene básicas, y esforzándose por limitar los créditos abusivos.
Las empresas privadas, cuando pueden, tratan de reducir la competencia y también saben explotar la irracionalidad y las «debilidades» del consumidor. Las compañías tabaqueras vendieron productos a sabiendas de que eran adictivos y provocaban cáncer y otra serie de enfermedades, aunque negaban que existiera evidencia científica que lo demostrase. Sabían que los fumadores serían receptivos a su mensaje de que científicamente no estaba claro.
La crisis marcará casi seguro un cambio en el orden económico y político global. El poder y la influencia de Estados Unidos será menor; el poder de China aumentará. Aun antes de la crisis, el sistema de reservas mundial dependiente de la moneda de un solo país no parecía en sintonía con la globalización del siglo XXI. Y más, si cabe, dadas las turbulencias del dólar y de la economía y la política estadounidenses.

El mercado de las ideas no es más perfecto que el mercado de los productos, del capital y de la mano de obra. Las mejores ideas no siempre prevalecen, al menos a corto plazo. Pero la buena noticia es que, mientras la teoría absurda de los mercados perfectos predominaba en algunos sectores de la profesión económica, había universitarios que estaban tratando de comprender cómo funcionan realmente los mercados. Ahora sus ideas están aquí, para que las usen aquellos que quieran construir una economía más estable, más próspera y más equitativa.
El modelo de feroz individualismo combinado con el fundamentalismo del mercado ha alterado no sólo la forma en que las personas se ven a sí mismas y sus preferencias, sino también su relación con los demás. En un mundo de feroz individualismo, hay poca necesidad de comunidad y no hay necesidad de confianza. El gobierno es un estorbo, es el problema, no la solución. Pero si las externalidades y los fallos del mercado están omnipresentes, la acción colectiva es indispensable, y el voluntarismo no será suficiente (sencillamente porque no hay «imposición» ni manera de asegurarse de que la gente se comporte como debe). Pero lo que es peor es que el individualismo feroz combinado con el materialismo rampante ha minado la confianza. Incluso en una economía de mercado, la confianza es el lubricante que hace funcionar la sociedad. La sociedad a veces puede prescindir de la confianza y recurrir a las disposiciones legales de los contratos, por ejemplo, pero no es la mejor de las alternativas. En la crisis actual, los banqueros han perdido nuestra confianza, y ni siquiera confían ya los unos en los otros.
El sistema financiero del Reino Unido aún estaba más hinchado que el de Estados Unidos. El Royal Bank of Scotland, antes de quebrar, era el mayor banco de Europa y sufrió más pérdidas que ningún otro banco del mundo en 2008. Igual que Estados Unidos, el Reino Unido tenía una burbuja inmobiliaria que ahora ha estallado. El ajuste a la nueva realidad puede requerir una reducción del consumo de hasta un 10 por ciento.

Lo que ha pasado es algo más que un problema de «fontanería»: los fallos de nuestro sistema financiero son señal de unos fallos más amplios en nuestro sistema económico, y los fallos de nuestro sistema económico reflejan problemas más profundos de nuestra sociedad. Empezamos los rescates sin tener una idea clara del sistema financiero que deseábamos tener al final del proceso, y el resultado ha sido modelado por las mismas fuerzas políticas que nos llevaron al desastre. No hemos cambiado nuestro sistema político y por consiguiente el resultado quizás no debería sorprendernos. Y a pesar de todo existía la esperanza de que fuese posible un cambio. No sólo posible, sino necesario.
Que habrá cambios como resultado de la crisis es indudable. No hay vuelta atrás y no volveremos a estar como antes de la crisis. Pero las preguntas son otras: ¿hasta qué punto serán profundos y fundamentales los cambios? ¿Irán siquiera en la buena dirección? Ahora mismo ya no tenemos la impresión de que los cambios sean urgentes, y lo ocurrido hasta el momento no augura nada bueno para el futuro.
También a nivel mundial han cambiado las reglas del juego. El consenso de Washington y la ideología fundamentalista del mercado que lo sustentaba han muerto. En el pasado, pudo haber un debate sobre si había o no un terreno de juego nivelado entre los países desarrollados y los menos desarrollados; ahora no puede haber debate. Los países pobres sencillamente no pueden apoyar a sus empresas de la forma como lo hacen los ricos, y eso altera los riesgos que pueden asumir. Han visto los riesgos de gestionar mal la globalización. Pero la esperanza de introducir reformas en la gestión de la globalización aún parece un horizonte muy lejano.
Se ha convertido en un lugar común decir que los caracteres chinos que corresponden a crisis son «peligro» y «oportunidad». Hemos visto el peligro. La cuestión es si aprovecharemos la oportunidad para recuperar nuestro sentido del equilibrio entre el mercado y el Estado, entre el individualismo y la comunidad, entre el hombre y la naturaleza, entre los medios y los fines. Ahora tenemos la oportunidad de crear un nuevo sistema financiero que sirva para aquello que los seres humanos necesitan de un sistema financiero.
El peligro real ahora es que no las aprovechemos.

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