Caída libre — Joseph E. Stiglitz / Freefall: America, Free Markets, and the Sinking of the World Economy by Joseph E. Stiglitz

Este es otro buen libro que con el subtítulo de “el libre mercado y el hundimiento de la economía global” nos va exponiendo las medidas neoliberales y como campan a sus anchas mientras la ciudadanía está simplemente absorta, aunque se basa en los EE.UU. es un libro extrapolable a todos los ciudadanos del planeta, a aquellos que lo lean reflexionarán sin duda.

La Gran Recesión —a todas luces la peor crisis económica desde la Gran Depresión de hace setenta y cinco años— ha hecho añicos esas ilusiones. Nos está obligando a replantearnos unas ideas muy asentadas. Durante un cuarto de siglo han prevalecido determinadas doctrinas sobre el mercado libre: los mercados libres y sin trabas son eficientes; si cometen errores, los corrigen rápidamente. El mejor gobierno es un gobierno pequeño, y la regulación lo único que hace es obstaculizar la innovación. Los bancos centrales deberían ser independientes y concentrarse únicamente en mantener baja la inflación. Hoy, incluso el gurú de esa ideología, Alan Greenspan, presidente de la Junta de la Reserva Federal durante el periodo en que prevalecieron esas ideas, ha admitido que había un fallo en su razonamiento; pero su confesión llegaba demasiado tarde para los muchos que han sufrido a consecuencia de ello.
No es de extrañar que las teorías económicas incorrectas conduzcan a políticas incorrectas, pero, obviamente, quienes las defendían pensaban que iban a funcionar. Estaban equivocados. Las políticas erróneas no sólo habían fomentado la crisis de Asia oriental de hace una década, sino que también exacerbaron su profundidad y su duración, y dejaron un legado de economías debilitadas y montañas de deuda.
El fracaso de hace diez años fue en parte también un fracaso de la política mundial. La crisis golpeó a los países en vías de desarrollo, a veces denominados la «periferia» del sistema económico global. Quienes gobiernan el sistema económico global no estaban preocupados tanto por proteger las vidas y los ingresos de la población de las naciones afectadas como por preservar a los bancos occidentales que habían prestado dinero a esos países. Actualmente, cuando Estados Unidos y el resto del mundo se afanan por devolver a sus economías a un crecimiento sólido, vuelve a haber un fracaso de las políticas y de la política.

El sistema que fracasó tan estrepitosamente no se materializó simplemente por sí solo. Fue creado. De hecho, muchos trabajaron muy duro —y gastaron mucho dinero— para asegurarse de que adoptara la forma que adoptó. Quienes desempeñaron un papel en crear el sistema y en gestionarlo —incluidos aquellos que fueron tan bien recompensados por él— deben considerarse responsables.
La memoria es limitada, y dentro de treinta años surgirá una nueva generación, confiada en que no será presa de los problemas del pasado. El ingenio del hombre no conoce límites, y cualquiera que sea el sistema que diseñemos, siempre habrá quienes idearán cómo eludir las regulaciones y las normas establecidas para protegernos. El mundo, además, cambiará, y la normativa diseñada para hoy funcionará de forma imperfecta en la economía de mediados del siglo XXI. Pero tras la Gran Depresión sí que logramos crear una estructura reguladora que nos ha sido de gran utilidad durante medio siglo, y que ha promovido el crecimiento y la estabilidad.

Averiguar lo que ocurrió es como «pelar una cebolla»: cada explicación suscita nuevas preguntas. Al pelar la cebolla, necesitamos preguntarnos: ¿por qué fracasó tan estrepitosamente el sector financiero, no sólo a la hora de desempeñar sus funciones sociales cruciales, sino incluso también al prestar un buen servicio a los accionistas y a los obligacionistas? Al parecer, sólo los directivos de las instituciones financieras salieron con los bolsillos llenos (menos llenos que si no hubiera habido una crisis, pero aun así mucho más ricos que, por ejemplo, los pobres accionistas de Citibank, que vieron cómo prácticamente se esfumaban sus inversiones). Las instituciones financieras se quejaron de que los reguladores no les impidieran portarse mal. Pero ¿no se supone que las empresas deben portarse bien por sí solas? Los incentivos defectuosos. Pero en ese caso debemos volver a retroceder: ¿por qué había incentivos defectuosos? ¿Por qué el mercado no «castigó» a las firmas que empleaban estructuras de incentivos defectuosas, tal y como la teoría estándar dice que debería ocurrir?.
Aunque el sector financiero se lleva la principal carga de la culpa, los reguladores no hicieron su trabajo al no asegurarse de que los bancos no se portaran mal, como suelen. Algunos responsables de la parte menos regulada de los mercados financieros (como los hedge funds, o fondos de inversión libre), al observar que los peores problemas se producían en la parte más regulada (los bancos), astutamente concluyen que el problema es la regulación. «Si al menos los bancos no estuvieran regulados, como nosotros, los problemas nunca se habrían producido», argumentan. Pero eso omite la cuestión esencial: la razón de que los bancos estén regulados es que su quiebra puede provocar un daño enorme al resto de la economía. La razón de que se requiera menos regulación en el caso de los hedge funds, por lo menos para los de menor cuantía, es que pueden hacer menos daño. La regulación no provocó que los bancos se portaran mal; fueron las deficiencias en la regulación y la aplicación reguladora las responsables de que no se lograra impedir que los bancos impusieran unos costes al resto de la sociedad, como han hecho repetidamente.

Al final, a los bancos su propio artefacto les estalló en las manos: los instrumentos financieros que habían utilizado para explotar a los pobres se volvieron contra los mercados financieros y los echaron abajo. Cuando se rompió la burbuja, la mayoría de los bancos tenían en su poder suficientes títulos de alto riesgo como para amenazar su misma supervivencia.
La crisis se extendió tan rápidamente en parte debido a las políticas, especialmente de liberalización del mercado de capitales y financiero, que el FMI y el Tesoro estadounidense les habían endosado a esos países —basadas en la misma ideología de libre mercado que había metido en problemas a Estados Unidos—. Pero mientras que incluso Estados Unidos tiene dificultades para afrontar los billones de dólares en rescates y en estímulos, las correspondientes medidas por parte de los países más pobres están mucho más allá de su alcance.

El sector financiero tenía su propia visión, centrada en más beneficios, y, en la medida de lo posible, en volver al mundo tal y como era antes de 2007. Las empresas financieras habían llegado a ver su negocio como un fin en sí mismo, y se enorgullecían de su tamaño y de su rentabilidad. Pero un sistema financiero debería ser un medio para un fin, no un fin en sí mismo. Los beneficios de un sector financiero sobredimensionado pueden obtenerse a costa de la prosperidad y de la eficiencia del resto de la economía. Era necesario reducir el tamaño de un sector financiero sobredimensionado, si bien algunas partes de él, como las que prestan dinero a las pequeñas y medianas empresas, pudieran salir fortalecidas.
La administración Obama decidió, especialmente en el área crucial de la reestructuración bancaria, hacer una gran apuesta manteniendo en gran medida el rumbo fijado por el presidente Bush, evitando, en la medida de lo posible, jugar de acuerdo con las reglas habituales del capitalismo: cuando una empresa no puede pagar sus deudas, va a la quiebra (o a la suspensión de pagos), donde habitualmente los accionistas lo pierden todo y los obligacionistas y acreedores se convierten en los nuevos accionistas. Análogamente, cuando un banco no puede pagar lo que debe, se le obliga a entrar en tutela. Para aplacar a Wall Street —y tal vez para acelerar su recuperación— corrió el riesgo de encolerizar a la gente de la calle. Si la estrategia de Obama funcionaba, significaba que podrían evitarse las profundas batallas ideológicas. Si la economía se recuperaba rápidamente, la gente de la calle podría perdonar la generosidad mostrada con Wall Street. No obstante, mantener el rumbo tenía importantes riesgos: riesgos para la economía a corto plazo, riesgos para la situación fiscal del país a medio plazo y riesgos para nuestra sensación de equidad y de cohesión social a largo plazo. Toda estrategia implica riesgos, pero no estaba claro que ésta los minimizara a largo plazo. Además, la estrategia corría el peligro de enfurecer incluso a muchos agentes de los mercados financieros, ya que verían que las políticas estaban guiadas por los grandes bancos. El campo de juego ya estaba inclinado a favor de esas megainstituciones, y parecía que se estaba inclinando aún más, hacia las partes del sistema financiero que, para empezar, habían causado los problemas.
Obama pronto descubriría que sus nuevos amigos en las finanzas eran aliados volubles. Aceptaban miles de millones de dólares en ayuda y asistencia, pero si Obama insinuaba que tal vez estaba de acuerdo con las críticas de la mayoría de estadounidenses hacia los desmesurados pagos a los agentes financieros, aquéllos montarían en cólera. Y sin embargo, si Obama no planteaba ningún tipo de críticas, parecería desconectado de lo que sentían los estadounidenses corrientes mientras de mala gana le daban a los banqueros el dinero que reclamaban.
Se aplicaron las normas estándar del capitalismo descritas anteriormente: los accionistas lo perdieron todo, mientras que los obligacionistas y otros acreedores (fondos sindicales de salud y los gobiernos que ayudaron a salvar las compañías) se convirtieron en los nuevos accionistas. Estados Unidos había entrado en una nueva fase de intervención gubernamental en la economía. Puede que fuera algo necesario, pero lo que desconcertaba a muchos era ¿por qué ese doble estándar? ¿Por qué se había tratado a los bancos de una forma tan diferente de las compañías automovilística?.

La estrategia de los agentes financieros estaba clara: dejar que hablaran y hablaran los partidarios de un cambio real en el sector bancario; la crisis se acabaría antes de que se llegara a un acuerdo; y con el final de la crisis, el incentivo para las reformas desaparecería.
Lo que había sostenido a la economía estadounidense —y en buena medida a la economía global— antes de la crisis fue una borrachera de consumo financiada mediante el endeudamiento y apoyada en una burbuja de la vivienda. La gente podía vivir por encima de su renta porque creía que los precios de las viviendas seguirían subiendo eternamente. Eso ya no lo cree nadie. El «modelo» en que se basaba el crecimiento estadounidense había llegado a su fin, pero no había nada en el horizonte que lo sustituyera.
A los pocos meses de la aprobación del decreto de estímulo, resultaba obvio que éste no había sido lo suficientemente grande; pero eso debería haber sido evidente en la época en que el gobierno lo estaba diseñando. La contracción del consumo a medida que el ahorro aumentaba desde el nivel insostenible de cero, combinada con los recortes en el gasto estatal y local, significaba que 800 000 millones de dólares repartidos en el plazo de dos años simplemente no lograrían obrar el milagro.

La respuesta a la crisis fue animar a la gente a consumir más. Era comprensible, dada la abrupta caída del consumo, pero debería haberse centrado menos en fomentar el gasto en consumo, cuando lo que se necesitaba para un crecimiento a largo plazo era más inversión.
Hay tres razones por las que un estímulo podría no funcionar: una de ellas, a menudo aducida por los economistas académicos, demuestra lo desconectados que están de la realidad; pero las otras dos suscitan preocupaciones reales. Algunos economistas han sugerido que si el gobierno entra en déficit, se fomentará que las economías domésticas ahorren, sabiendo que en algún momento, en el futuro, tendrán que devolver la deuda a través de unos impuestos más altos. Según ese punto de vista, el aumento del gasto del gobierno se ve completamente compensado por una reducción del gasto de las economías domésticas.
Una preocupación más grave es que a medida que el gobierno pide más dinero prestado, quienes lo prestan se preocuparán por la posibilidad de que el gobierno sea capaz de devolverlo. A medida que aumenta su preocupación, puede que exijan un tipo de interés más alto. Esta preocupación es bien conocida en los países en vías de desarrollo, que están entre la espada y la pared. Si no gastan dinero en un estímulo, su economía se debilita y los acreedores exigen altos tipos de interés. Si gastan dinero en un estímulo, su endeudamiento aumenta y los acreedores exigen altos tipos de interés.

Hay tres desafíos que afrontan Estados Unidos y el mundo: el restablecimiento de una demanda agregada sostenible, suficientemente fuerte como para garantizar el pleno empleo mundial; la reconstrucción del sistema financiero para que desempeñe las funciones que se supone que tiene que cumplir un sistema financiero, en lugar de la irresponsable asunción de riesgos que se emprendió antes de la crisis; y la reestructuración de las economías de Estados Unidos y de otros países del mundo (para que reflejen, por ejemplo, los cambios en las ventajas comparativas globales y los cambios en la tecnología). Estamos fracasando en los tres aspectos.

En la crisis actual, y antes que ella en la crisis de Asia oriental, demasiadas personas, sobre todo los reguladores y los inversores, estaban delegando su responsabilidad en las agencias de calificación. Se supone que los reguladores valoran si, digamos, los bancos o los fondos de pensiones han asumido excesivos riesgos, poniendo en peligro su capacidad de cumplir con sus obligaciones. La gente que gestiona instrumentos de inversión tiene una responsabilidad fiduciaria ante la gente que le confía su dinero. Pero ambos grupos, en realidad, permitieron que las agencias de calificación hicieran las valoraciones por ellos.
Las insuficiencias del sistema financiero van más allá de sus fracasos en la gestión del riesgo y en la asignación de capital que condujeron a esta crisis. Los bancos no proporcionaban los servicios que necesitaban los pobres, que tenían que recurrir a adelantos salariales abusivos y a servicios de cobro de cheques; y no proporcionaban el tipo de sistema de pagos electrónico de bajo coste que Estados Unidos debería tener, dados los avances en tecnología.
Hay múltiples razones por las que el sector financiero ha funcionado tan mal, y tenemos que comprenderlas si queremos arreglar las cosas. Han puesto de relieve cinco fallos.
En primer lugar, los incentivos son importantes, pero existe una disparidad sistémica entre las rentabilidades sociales y privadas.
En segundo lugar, determinadas instituciones se hicieron demasiado grandes para quebrar, y muy caras de salvar. Algunas de ellas demostraron que también son demasiado grandes para ser gestionadas. En palabras de Edward Liddy, que asumió la dirección de AIG tras el rescate del gobierno: «Cuando respondí a la petición de ayuda y me incorporé a AIG en septiembre de 2008, enseguida una cosa me pareció evidente: la estructura de la compañía en su conjunto es demasiado compleja, demasiado ingobernable, y demasiado opaca para que se puedan gestionar bien sus empresas integrantes como una entidad».
En tercer lugar, los grandes bancos pasaron de la banca a secas a la titulización. La titulización tiene algunas virtudes, pero debe ser cuidadosamente gestionada, algo que no comprendieron ni los responsables del sistema financiero ni los desreguladores.
En cuarto lugar, los bancos comerciales intentaron imitar la pauta de alto riesgo-alta rentabilidad de las altas finanzas, pero la banca comercial debería ser aburrida.
En quinto lugar, demasiados banqueros olvidaron que deberían ser ciudadanos responsables. No deberían depredar a los más pobres y a los más vulnerables. Los estadounidenses confiaban en que estos pilares de la comunidad tenían una conciencia moral. En medio de la codicia que se apoderó de la nación, no había nada que estuviera prohibido, ni siquiera explotar a los más débiles de nuestra sociedad.
Con una reestructuración financiera, hay dos grandes perdedores. Los directivos de los bancos casi con seguridad tendrán que marcharse, y no estarán contentos. Tampoco los accionistas estarán contentos, porque lo habrán perdido todo. Pero ésa es la naturaleza de la asunción de riesgos en el capitalismo (la única justificación de las rentabilidades por encima de lo normal de que disfrutaron durante el auge económico es el riesgo de una pérdida).

La crítica de los mercados financieros siempre empieza hablando de la falta de transparencia. Transparencia es, naturalmente, otra forma de decir «información». Siempre resulta obvio después de una crisis que ha habido falta de información: nadie habría puesto su dinero en Wall Street de haber sabido que estaba haciendo una inversión tan mala. Pero hay una gran diferencia entre la información que a uno retrospectivamente le habría gustado tener y la auténtica falta de transparencia. Nadie puede tener nunca toda la información que le gustaría antes de tomar una decisión. El trabajo de los mercados financieros es descubrir la información relevante y, sobre la base de esa información limitada, emitir juicios sobre los riesgos y los beneficios.
Para mí, el tema de la transparencia tiene que ver realmente con el engaño. Los bancos estadounidenses estaban activamente dedicados a engañar: quitaban el riesgo de las cuentas de resultados para que nadie pudiera valorarlo. La magnitud del engaño que se consiguió es alucinante: Lehman Brothers pudo declarar que tenía una red que valía 26 000 millones de dólares poco antes de desaparecer, cuando tenía un agujero en su cuenta de resultados de casi doscientos mil millones.
Se ha descrito Wall Street como un casino para ricos. En la prima que se paga por un bono corporativo va implícito el juicio sobre la probabilidad de impago. Si yo creo que soy más listo que el mercado, querré apostar por el valor de ese juicio. Todo el mundo en Wall Street creía que era más listo que los demás, o al menos más listo que la media. Los credit default swaps abrieron una nueva mesa de juego con apuestas muy altas en ese casino. Los adultos con consentimiento informado deberían estar autorizados a jugar, aunque sea sobre la base irracional de creerse cada uno de ellos más listo que los demás. Pero no deberían estar autorizados a jugar a expensas de todos nosotros, y eso es lo que ocurre cuando el juego tiene lugar dentro de las instituciones financieras, sobre todo dentro de las que son demasiado grandes para quebrar.
Los problemas a los que se enfrenta Estados Unidos son similares a los de otros muchos países industrializados, por no decir la mayoría de ellos. Mientras muchos hicieron un trabajo algo mejor a la hora de apoyar a sus bancos, lo cierto es que aún se enfrentan a un aumento considerable de su ratio de endeudamiento sobre el PIB a causa de sus esfuerzos (mayoritariamente exitosos) por estimular su economía. Para algunos, los problemas ligados al envejecimiento de la población son peores. Para la mayoría, los problemas de la asistencia sanitaria son menos graves. Ninguno lo tendrá fácil para hacer frente a los desafíos del cambio climático. Casi todos se enfrentan a retos importantísimos para reestructurar sus economías.

Se exigirá un nuevo modelo económico; la sostenibilidad exigirá poner menos énfasis en los bienes materiales para aquellos que están consumiendo demasiado y una reorientación hacia las actividades innovadoras. A escala planetaria, una parte excesiva de la innovación mundial se ha orientado a ahorrar trabajo y una parte insuficiente a ahorrar recursos naturales y a proteger el medio ambiente, lo cual apenas es sorprendente dado que los precios no reflejan la escasez de estos recursos naturales. Se ha tenido tanto éxito a la hora de ahorrar trabajo que en la mayor parte de regiones del mundo existe un problema endémico de desempleo. Pero se ha tenido tan poco éxito a la hora de ahorrar recursos naturales que corremos el riesgo de un colapso medioambiental.

Los trabajadores desesperados por encontrar empleo aceptarán un puesto de trabajo en una empresa con malas condiciones de seguridad e higiene. El gobierno no puede evitar todas las formas de explotación, pero puede reducir su alcance: por eso la mayoría de los gobiernos de los países industriales avanzados han aprobado y aplican leyes contra la usura (leyes que limitan los intereses que se pueden pagar) y leyes que fijan unos sueldos mínimos y unas jornadas laborales máximas, estableciendo condiciones de seguridad e higiene básicas, y esforzándose por limitar los créditos abusivos.
Las empresas privadas, cuando pueden, tratan de reducir la competencia y también saben explotar la irracionalidad y las «debilidades» del consumidor. Las compañías tabaqueras vendieron productos a sabiendas de que eran adictivos y provocaban cáncer y otra serie de enfermedades, aunque negaban que existiera evidencia científica que lo demostrase. Sabían que los fumadores serían receptivos a su mensaje de que científicamente no estaba claro.
La crisis marcará casi seguro un cambio en el orden económico y político global. El poder y la influencia de Estados Unidos será menor; el poder de China aumentará. Aun antes de la crisis, el sistema de reservas mundial dependiente de la moneda de un solo país no parecía en sintonía con la globalización del siglo XXI. Y más, si cabe, dadas las turbulencias del dólar y de la economía y la política estadounidenses.

El mercado de las ideas no es más perfecto que el mercado de los productos, del capital y de la mano de obra. Las mejores ideas no siempre prevalecen, al menos a corto plazo. Pero la buena noticia es que, mientras la teoría absurda de los mercados perfectos predominaba en algunos sectores de la profesión económica, había universitarios que estaban tratando de comprender cómo funcionan realmente los mercados. Ahora sus ideas están aquí, para que las usen aquellos que quieran construir una economía más estable, más próspera y más equitativa.
El modelo de feroz individualismo combinado con el fundamentalismo del mercado ha alterado no sólo la forma en que las personas se ven a sí mismas y sus preferencias, sino también su relación con los demás. En un mundo de feroz individualismo, hay poca necesidad de comunidad y no hay necesidad de confianza. El gobierno es un estorbo, es el problema, no la solución. Pero si las externalidades y los fallos del mercado están omnipresentes, la acción colectiva es indispensable, y el voluntarismo no será suficiente (sencillamente porque no hay «imposición» ni manera de asegurarse de que la gente se comporte como debe). Pero lo que es peor es que el individualismo feroz combinado con el materialismo rampante ha minado la confianza. Incluso en una economía de mercado, la confianza es el lubricante que hace funcionar la sociedad. La sociedad a veces puede prescindir de la confianza y recurrir a las disposiciones legales de los contratos, por ejemplo, pero no es la mejor de las alternativas. En la crisis actual, los banqueros han perdido nuestra confianza, y ni siquiera confían ya los unos en los otros.
El sistema financiero del Reino Unido aún estaba más hinchado que el de Estados Unidos. El Royal Bank of Scotland, antes de quebrar, era el mayor banco de Europa y sufrió más pérdidas que ningún otro banco del mundo en 2008. Igual que Estados Unidos, el Reino Unido tenía una burbuja inmobiliaria que ahora ha estallado. El ajuste a la nueva realidad puede requerir una reducción del consumo de hasta un 10 por ciento.

Lo que ha pasado es algo más que un problema de «fontanería»: los fallos de nuestro sistema financiero son señal de unos fallos más amplios en nuestro sistema económico, y los fallos de nuestro sistema económico reflejan problemas más profundos de nuestra sociedad. Empezamos los rescates sin tener una idea clara del sistema financiero que deseábamos tener al final del proceso, y el resultado ha sido modelado por las mismas fuerzas políticas que nos llevaron al desastre. No hemos cambiado nuestro sistema político y por consiguiente el resultado quizás no debería sorprendernos. Y a pesar de todo existía la esperanza de que fuese posible un cambio. No sólo posible, sino necesario.
Que habrá cambios como resultado de la crisis es indudable. No hay vuelta atrás y no volveremos a estar como antes de la crisis. Pero las preguntas son otras: ¿hasta qué punto serán profundos y fundamentales los cambios? ¿Irán siquiera en la buena dirección? Ahora mismo ya no tenemos la impresión de que los cambios sean urgentes, y lo ocurrido hasta el momento no augura nada bueno para el futuro.
También a nivel mundial han cambiado las reglas del juego. El consenso de Washington y la ideología fundamentalista del mercado que lo sustentaba han muerto. En el pasado, pudo haber un debate sobre si había o no un terreno de juego nivelado entre los países desarrollados y los menos desarrollados; ahora no puede haber debate. Los países pobres sencillamente no pueden apoyar a sus empresas de la forma como lo hacen los ricos, y eso altera los riesgos que pueden asumir. Han visto los riesgos de gestionar mal la globalización. Pero la esperanza de introducir reformas en la gestión de la globalización aún parece un horizonte muy lejano.
Se ha convertido en un lugar común decir que los caracteres chinos que corresponden a crisis son «peligro» y «oportunidad». Hemos visto el peligro. La cuestión es si aprovecharemos la oportunidad para recuperar nuestro sentido del equilibrio entre el mercado y el Estado, entre el individualismo y la comunidad, entre el hombre y la naturaleza, entre los medios y los fines. Ahora tenemos la oportunidad de crear un nuevo sistema financiero que sirva para aquello que los seres humanos necesitan de un sistema financiero.
El peligro real ahora es que no las aprovechemos.

This is another good book that with the subtitle of “the free market and the collapse of the global economy” is going to expose the neoliberal measures and how they thrive while the citizenry is simply absorbed, although it is based in the USA. It is a book that can be extrapolated to all the citizens of the planet, those who read it will undoubtedly reflect.

The Great Recession – obviously the worst economic crisis since the Great Depression seventy-five years ago – has shattered those illusions. It is forcing us to rethink some very settled ideas. For a quarter of a century, certain doctrines have prevailed over the free market: free and unimpeded markets are efficient; If they make mistakes, they correct them quickly. The best government is a small government, and regulation only hinders innovation. Central banks should be independent and focus only on keeping inflation low. Today, even the guru of that ideology, Alan Greenspan, president of the Federal Reserve Board during the period in which those ideas prevailed, has admitted that there was a flaw in his reasoning; but his confession came too late for the many who have suffered as a result.
It is not surprising that incorrect economic theories lead to incorrect policies, but obviously those who defended them thought that they would work. They were wrong. The wrong policies had not only fostered the East Asian crisis of a decade ago, but also exacerbated its depth and duration, and left a legacy of weakened economies and mountains of debt.
The failure of ten years ago was partly also a failure of world politics. The crisis hit the developing countries, sometimes called the “periphery” of the global economic system. Those who govern the global economic system were not so concerned about protecting the lives and income of the population of the affected nations as about preserving the Western banks that had lent money to those countries. Today, when the United States and the rest of the world are striving to return their economies to solid growth, there is once again a failure of politics and politics.

The system that failed so badly did not materialize on its own. Was created. In fact, many worked very hard-and spent a lot of money-to make sure it took the shape it adopted. Those who played a role in creating and managing the system-including those who were so well rewarded by it-should be held accountable.
Memory is limited, and within thirty years a new generation will emerge, confident that it will not fall prey to the problems of the past. The ingenuity of man knows no limits, and whatever system we design, there will always be those who will devise how to circumvent the regulations and rules established to protect us. The world will also change, and the regulations designed for today will function imperfectly in the economy of the mid-21st century. But after the Great Depression, we managed to create a regulatory structure that has been very useful for half a century, and that has promoted growth and stability.

Find out what happened is like “peel an onion”: each explanation raises new questions. When peeling the onion, we need to ask ourselves: why did the financial sector fail so fiercely, not only when performing its crucial social functions, but also in providing a good service to shareholders and bondholders? Apparently, only the executives of the financial institutions came out with their pockets full (less full than if there had not been a crisis, but still much richer than, for example, the poor shareholders of Citibank, which saw their profits practically disappear. investments). Financial institutions complained that regulators did not prevent them from misbehaving. But are not companies supposed to behave well on their own? The defective incentives. But in that case we must go back: why there were defective incentives? Why did not the market “punish” firms that used faulty incentive structures, as the standard theory says it should?
Although the financial sector takes the main burden of blame, regulators did not do their job by not making sure that banks do not misbehave, as they usually do. Some people in charge of the less regulated part of financial markets (such as hedge funds), observing that the worst problems occurred in the most regulated part (the banks), astutely conclude that the problem is the regulation . “If at least the banks were not regulated, like us, the problems would never have occurred,” they argue. But that leaves out the essential question: the reason banks are regulated is that their bankruptcy can cause enormous damage to the rest of the economy. The reason that less regulation is required in the case of hedge funds, at least for the smaller ones, is that they can do less damage. The regulation did not cause the banks to misbehave; it was the deficiencies in the regulation and the regulatory application that were responsible for preventing the banks from imposing costs on the rest of society, as they have repeatedly done.

In the end, the banks had their own device exploded in their hands: the financial instruments they had used to exploit the poor turned against the financial markets and pushed them down. When the bubble broke, most banks had enough high-risk securities in their possession to threaten their very survival.
The crisis spread so quickly in part because of the policies, especially liberalization of the capital and financial markets, that the IMF and the US Treasury had endorsed to those countries – based on the same free-market ideology that had gotten into trouble. To united states-. But while even the United States has difficulties coping with trillions of dollars in bailouts and stimuli, the corresponding measures by the poorest countries are far beyond their reach.

The financial sector had its own vision, focused on more benefits, and, as far as possible, on going back to the world as it was before 2007. Financial companies had come to see their business as an end in itself, and they were proud of their size and profitability. But a financial system should be a means to an end, not an end in itself. The benefits of an oversized financial sector can be obtained at the expense of the prosperity and efficiency of the rest of the economy. It was necessary to reduce the size of an oversized financial sector, although some parts of it, such as those that lend money to small and medium enterprises, could be strengthened.
The Obama administration decided, especially in the crucial area of ​​bank restructuring, to make a big bet by maintaining to a large extent the course set by President Bush, avoiding, as far as possible, playing in accordance with the usual rules of capitalism: When a company can not pay its debts, it goes bankrupt (or suspension of payments), where usually the shareholders lose everything and the bondholders and creditors become the new shareholders. Similarly, when a bank can not pay what it owes, it is forced to enter into guardianship. To appease Wall Street – and perhaps to accelerate its recovery – he ran the risk of angering people on the street. If Obama’s strategy worked, it meant that deep ideological battles could be avoided. If the economy recovered quickly, street people could forgive the generosity shown with Wall Street. However, maintaining the course had important risks: risks for the economy in the short term, risks to the fiscal situation of the country in the medium term and risks to our sense of equity and long-term social cohesion. Every strategy involves risks, but it was not clear that this would minimize them in the long term. In addition, the strategy ran the risk of enraging even many financial market agents, since they would see that the policies were guided by the big banks. The playing field was already tilted in favor of these mega-institutions, and it seemed that it was leaning even more, towards the parts of the financial system that, to begin with, had caused the problems.
Obama would soon discover that his new friends in finance were voluble allies. They were accepting billions of dollars in aid and assistance, but if Obama insinuated that he might agree with the criticisms of the majority of Americans towards the excessive payments to the financial agents, they would go into a rage. And yet, if Obama did not raise any kind of criticism, he would seem disconnected from what ordinary Americans felt while reluctantly giving the bankers the money they demanded.
The standard rules of capitalism described above were applied: the shareholders lost everything, while the bondholders and other creditors (union health funds and the governments that helped save the companies) became the new shareholders. The United States had entered a new phase of government intervention in the economy. It may have been necessary, but what puzzled many was why this double standard? Why had banks been treated so differently from car companies?

The strategy of the financial agents was clear: let the supporters of a real change in the banking sector speak and speak; the crisis would end before an agreement was reached; and with the end of the crisis, the incentive for reforms would disappear.
What had sustained the US economy – and to a large extent the global economy – before the crisis was a consumer drunkenness financed by debt and supported by a housing bubble. People could live above their income because they believed that house prices would continue to rise forever. Nobody believes that anymore. The “model” on which American growth was based had come to an end, but there was nothing on the horizon to replace it.
Within a few months of the approval of the stimulus decree, it was obvious that it had not been large enough; but that should have been evident at a time when the government was designing it. The contraction of consumption as savings increased from the unsustainable level of zero, combined with cuts in state and local spending, meant that 800 billion dollars spread over two years would simply not achieve the miracle.

The response to the crisis was to encourage people to consume more. It was understandable, given the abrupt drop in consumption, but it should have focused less on encouraging consumption spending, when what was needed for long-term growth was more investment.
There are three reasons why a stimulus might not work: one of them, often adduced by academic economists, demonstrates how disconnected they are from reality; but the other two raise real concerns. Some economists have suggested that if the government goes into a deficit, it will encourage households to save, knowing that at some point, in the future, they will have to repay the debt through higher taxes. According to this point of view, the increase in government spending is completely offset by a reduction in household spending.
A more serious concern is that as the government borrows more money, the borrowers will worry about the possibility that the government will be able to repay it. As their concern increases, they may demand a higher interest rate. This concern is well known in developing countries, which are between a rock and a hard place. If they do not spend money on a stimulus, their economy weakens and creditors demand high interest rates. If they spend money on a stimulus, their indebtedness increases and creditors demand high interest rates.

There are three challenges facing the United States and the world: the restoration of sustainable aggregate demand, strong enough to guarantee full global employment; the reconstruction of the financial system to perform the functions that a financial system is supposed to fulfill, instead of the irresponsible assumption of risks that was undertaken before the crisis; and the restructuring of the economies of the United States and other countries of the world (to reflect, for example, changes in global comparative advantages and changes in technology). We are failing in all three aspects.

In the current crisis, and before it in the East Asian crisis, too many people, especially regulators and investors, were delegating their responsibility to rating agencies. Regulators are supposed to value whether, say, banks or pension funds have taken excessive risks, jeopardizing their ability to meet their obligations. People who manage investment instruments have a fiduciary responsibility to the people who entrust their money to them. But both groups, in fact, allowed the rating agencies to make the assessments for them.
The inadequacies of the financial system go beyond its failures in risk management and in the allocation of capital that led to this crisis. The banks did not provide the services needed by the poor, who had to resort to abusive salary advances and check-cashing services; and they did not provide the kind of low-cost electronic payment system that the United States should have, given advances in technology.
There are multiple reasons why the financial sector has worked so badly, and we have to understand them if we want to fix things. They have highlighted five failures.
First, incentives are important, but there is a systemic disparity between social and private returns.
Second, certain institutions became too big to fail, and very expensive to save. Some of them showed that they are too big to be managed. In the words of Edward Liddy, who took over the management of AIG after the government rescue: “When I responded to the request for help and joined AIG in September 2008, one thing immediately seemed obvious to me: the structure of the company in its The whole is too complex, too ungovernable, and too opaque so that its member companies can be managed well as an entity. ”
Third, the big banks went from bankruptcy to securitization. Securitization has some virtues, but it must be carefully managed, something that neither the heads of the financial system nor the deregulators did not understand.
Fourth, commercial banks tried to emulate the high-risk-high-yield pattern of high finance, but commercial banking should be boring.
Fifth, too many bankers forgot that they should be responsible citizens. They should not prey on the poorest and the most vulnerable. Americans trusted that these pillars of the community had a moral conscience. In the midst of the greed that gripped the nation, there was nothing that was forbidden, not even exploit the weakest of our society.
With a financial restructuring, there are two big losers. The managers of the banks will almost certainly have to leave, and they will not be happy. Nor will the shareholders be happy, because they will have lost everything. But that is the nature of the assumption of risk in capitalism (the only justification for the above-average returns enjoyed during the economic boom is the risk of a loss).

The criticism of financial markets always begins with the lack of transparency. Transparency is, of course, another way of saying “information.” It is always obvious after a crisis that there has been a lack of information: nobody would have put their money on Wall Street had they known that they were making such a bad investment. But there is a great difference between the information that one would retrospectively like to have and the real lack of transparency. No one can ever have all the information they would like before making a decision. The work of financial markets is to discover the relevant information and, based on that limited information, make judgments about risks and benefits.
For me, the issue of transparency has to do with deception. The American banks were actively engaged in cheating: they took the risk out of the income accounts so that nobody could value it. The magnitude of the deception that was achieved is amazing: Lehman Brothers could declare that it had a network that was worth 26 billion dollars shortly before disappearing, when it had a hole in its income account of almost two hundred billion.
Wall Street has been described as a casino for the rich. The judgment about the probability of default is implicit in the premium paid for a corporate bond. If I believe that I am smarter than the market, I will want to bet on the value of that judgment. Everyone on Wall Street thought he was smarter than the others, or at least smarter than average. The credit default swaps opened a new gaming table with very high bets in that casino. Adults with informed consent should be allowed to play, even on the irrational basis of believing each of them smarter than the others. But they should not be allowed to play at the expense of all of us, and that’s what happens when the game takes place within financial institutions, especially those that are too big to fail.
The problems facing the United States are similar to those of many other industrialized countries, not to mention most of them. While many did a better job of supporting their banks, they still face a considerable increase in their debt to GDP ratio because of their (mostly successful) efforts to stimulate their economy. For some, the problems linked to the aging of the population are worse. For most, the problems of health care are less serious. None will have it easy to face the challenges of climate change. Almost all face major challenges in restructuring their economies.

A new economic model will be required; sustainability will require less emphasis on material goods for those who are consuming too much and a reorientation towards innovative activities. On a planetary scale, an excessive part of global innovation has been aimed at saving labor and an insufficient part at saving natural resources and protecting the environment, which is hardly surprising given that prices do not reflect the scarcity of these natural resources. It has been so successful in saving work that in most parts of the world there is an endemic problem of unemployment. But there has been so little success in saving natural resources that we run the risk of an environmental collapse.

Workers desperate to find employment will accept a job in a company with poor safety and hygiene conditions. The government can not avoid all forms of exploitation, but it can reduce its scope: that is why most governments in advanced industrial countries have passed and enforce laws against usury (laws that limit interest that can be paid) and laws that set minimum wages and maximum working hours, establishing basic safety and hygiene conditions, and striving to limit abusive credits.
Private companies, when they can, try to reduce competition and also know how to exploit the irrationality and “weaknesses” of the consumer. The tobacco companies sold products knowing that they were addictive and caused cancer and other diseases, although they denied that there was scientific evidence to prove it. They knew that smokers would be receptive to their message that scientifically it was not clear.
The crisis will almost certainly mark a change in the global economic and political order. The power and influence of the United States will be less; China’s power will increase. Even before the crisis, the world’s reserve system dependent on the currency of a single country did not seem in tune with the globalization of the 21st century. And more, if possible, given the turbulence of the dollar and the US economy and politics.

The market of ideas is no more perfect than the market for products, capital and labor. The best ideas do not always prevail, at least in the short term. But the good news is that while the absurd theory of perfect markets predominated in some sectors of the economic profession, there were college students who were trying to understand how markets really work. Now your ideas are here, for those who want to build a more stable, more prosperous and more equitable economy.
The fierce individualism model combined with market fundamentalism has altered not only the way people see themselves and their preferences, but also their relationship with others. In a world of fierce individualism, there is little need for community and there is no need for trust. Government is a nuisance, it is the problem, not the solution. But if externalities and market failures are omnipresent, collective action is indispensable, and voluntarism will not be enough (simply because there is no “imposition” or way to ensure that people behave as they should). But what is worse is that fierce individualism combined with rampant materialism has undermined trust. Even in a market economy, trust is the lubricant that makes society work. Society can sometimes dispense with trust and resort to the legal provisions of contracts, for example, but it is not the best alternative. In the current crisis, bankers have lost our trust, and they do not even trust each other anymore.
The financial system of the United Kingdom was still more bloated than that of the United States. The Royal Bank of Scotland, before breaking down, was the largest bank in Europe and suffered more losses than any other bank in the world in 2008. Like the United States, the United Kingdom had a real estate bubble that has now exploded. Adjustment to the new reality may require a reduction in consumption of up to 10 percent.

What has happened is something more than a problem of “plumbing”: the failures of our financial system are signs of wider failures in our economic system, and the failures of our economic system reflect deeper problems of our society. We started the rescues without having a clear idea of ​​the financial system that we wanted to have at the end of the process, and the result has been modeled by the same political forces that led us to disaster. We have not changed our political system and therefore the result should perhaps not surprise us. And despite everything there was hope that a change would be possible. Not only possible, but necessary.
That there will be changes as a result of the crisis is undoubted. There is no going back and we will not be like before the crisis. But the questions are different: to what extent will the changes be profound and fundamental? Are they even going in the right direction? Right now we no longer have the impression that the changes are urgent, and what happened so far does not bode well for the future.
The rules of the game have also changed worldwide. The Washington consensus and the fundamentalist ideology of the market that sustained it have died. In the past, there could have been a debate over whether or not there was a level playing field between developed and less developed countries; now there can be no debate. Poor countries simply can not support their businesses the way the rich do, and that alters the risks they can take. They have seen the risks of mismanagement of globalization. But the hope of introducing reforms in the management of globalization still seems a very distant horizon.
It has become commonplace to say that the Chinese characters that correspond to crises are “danger” and “opportunity”. We have seen the danger. The question is whether we will seize the opportunity to recover our sense of the balance between the market and the State, between individualism and community, between man and nature, between means and ends. Now we have the opportunity to create a new financial system that serves for what human beings need from a financial system.
The real danger now is that we do not take advantage of them.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s