La gran brecha: Qué hacer con las sociedades desiguales — Joseph E. Stiglitz / The Price of Inequality: How Today’s Divided Society Endangers Our Future by Stiglitz, Joseph E.

Sin duda otro magnífico libro de los que según lees crean conciencia, no nos engañemos. Nadie puede negar hoy que existe una gran brecha que separa a los muy ricos —ese grupo al que a veces se denomina el 1 por ciento— de los demás. Sus vidas son diferentes: tienen distintas preocupaciones, distintas angustias, distintos estilos de vida.Es un libro para abrir ojos descarriados. A través de diferentes artículos por publicaciones de EE.UU. nos traslada a una visión global.

A los ciudadanos corrientes les preocupa cómo van a pagar la universidad de sus hijos, qué pasará si algún miembro de la familia cae gravemente enfermo, cómo saldrán adelante cuando se jubilen. En los peores momentos de la Gran Recesión, hubo decenas de millones de personas que no sabían si iban a poder conservar su casa. Varios millones no pudieron.
Los que pertenecen al 1 por ciento —y, mucho más, los que pertenecen al 0,1 por ciento superior de ese 1 por ciento— hablan de otras cosas: qué tipo de avión se van a comprar, cuál es la mejor manera de proteger su dinero de los impuestos (¿qué ocurrirá si Estados Unidos obliga a Suiza a terminar con el secreto bancario? ¿Las Islas Caimán serán las siguientes? ¿Es Andorra segura?).

Cuatro de los problemas más importantes que ha afrontado nuestra sociedad en el último decenio son la gran brecha —las inmensas desigualdades que están creándose en Estados Unidos y muchos otros países avanzados—, la mala gestión económica, la globalización y el papel del Estado y el mercado. Como muestra este libro, esos cuatro aspectos están relacionados. El aumento de las desigualdades es causa y consecuencia de nuestras dificultades macroeconómicas, la crisis de 2008 y el malestar posterior. La globalización, pese a sus virtudes como estímulo del crecimiento, ha agravado casi con toda seguridad las desigualdades, sobre todo por lo mal que se ha gestionado. A su vez, la mala gestión de la economía y la globalización está relacionada con el papel de los grupos de intereses en nuestra política, una política que cada vez representa más los deseos del 1 por ciento. Sin embargo, aunque la política es una de las causas de nuestros problemas actuales, sólo podemos hallar soluciones a través de la política; el mercado no va a hacerlo por sí solo. Los mercados descontrolados generan más poder monopolístico, más abusos del sector financiero, más relaciones comerciales desequilibradas. Sólo mediante la reforma de nuestra democracia, haciendo que nuestro gobierno sea más responsable ante toda la gente y se haga más eco de sus intereses, podremos cerrar la gran brecha y restablecer en el país la prosperidad compartida.

Que la Gran Recesión había creado víctimas es evidente. Pero ¿quiénes eran los autores del «delito»? Si nos fiamos del Departamento de Justicia, que no procesó a ninguno de los líderes de los grandes bancos que habían desempeñado un papel fundamental en este drama, fue un delito sin autor. No estoy de acuerdo, ni lo está la mayoría de los estadounidenses. En tres de los artículos que reproduzco aquí trato de averiguar quién mató la economía de Estados Unidos, para seguir la pista del arco histórico que nos trajo hasta esta situación. Quería investigar más y remontarme más atrás, porque la historia no era sólo cuestión de que «los banqueros prestaron demasiado dinero y los propietarios de viviendas se endeudaron demasiado».
La propia crisis lo demuestra con creces: el derrumbe del mercado fue consecuencia de numerosos fallos en la gestión del riesgo y la asignación de los capitales, errores cometidos por los emisores de las hipotecas, bancos de inversión, agencias de calificación y, en definitiva, millones de personas de todo el sector financiero y otros ámbitos de la economía.
Pero también creo que hubo no poca hipocresía por parte de quienes propugnaban el libre mercado, algo que también prueba la Gran Recesión: los defensores aparentes de la economía de libre mercado.

Lo que no sabíamos era hasta dónde llegaban la depravación moral de los bancos, su voluntad de llevar a cabo prácticas explotadoras y su temeridad. No sabíamos, por ejemplo, hasta qué punto habían concedido préstamos discriminatorios. No sabíamos cómo habían manipulado el mercado de tipos de cambio y otros mercados. No sabíamos lo descuidada que estaba su contabilidad, en sus prisas por suscribir cada vez más hipotecas de alto riesgo. Y no sabíamos hasta dónde llegaba el comportamiento
fraudulento, no sólo de los propios bancos, sino de las agencias de calificación y otros participantes en el mercado. La competencia entre las agencias para dar una buena nota (sólo les pagaban si los bancos de inversión «usaban» sus calificaciones, y sólo utilizaban las más favorables) les había hecho ignorar de forma deliberada informaciones importantes que podrían haberles empujado a poner notas peores.
La intención estaba clara: salvar los bancos para que pudieran seguir suministrando fondos que permitieran funcionar a la economía. Sin embargo, como no impusimos condiciones, el dinero se dedicó a pagar primas gigantescas —desde luego, inmerecidas— a los banqueros. Cuando ya habían pasado años desde la crisis, los préstamos a las pequeñas y medianas empresas seguían estando muy por debajo de los de antes.
El Gobierno asegura que se le devolvió todo el dinero, pero en realidad fue todo una farsa. Los ciudadanos corrientes fueron engañados. Se hizo un enorme regalo a los bancos al proporcionarles dinero en condiciones mucho más favorables que las de otros, y con tipos de interés muy inferiores a los que otros estaban dispuestos a conceder. Fue una auténtica redistribución del dinero de la gente de la calle a los acomodados banqueros. Si se les hubiera cobrado lo que debían, nuestra deuda nacional sería más baja y tendríamos más dinero para invertir en educación, tecnología, infraestructuras: unas inversiones que habrían permitido una economía más fuerte y más prosperidad para todos.

El sistema bancario se ha repuesto en gran parte de sus heridas. La recesión terminó oficialmente bastante pronto. Pero es indudable que la economía no ha recobrado su salud. De hecho, da la impresión de que los daños van a ser duraderos.
Lo que se necesita es, en cierto sentido, fácil de describir: dejar de actuar como hasta ahora y hacer todo lo contrario. Es decir, no gastar un dinero que no tenemos, subir los impuestos a los ricos, reducir la ayuda corporativa, reforzar la red de protección para los más desaventajados y hacer más inversiones en educación, tecnología e infraestructuras.
En cuanto a los impuestos, deberíamos tratar de trasladar la carga impositiva de cosas que consideramos buenas, como el trabajo y el ahorro, a cosas que consideramos malas, como la contaminación. Respecto a la red de protección social, debemos recordar que, cuanto más haga el Estado para ayudar a los trabajadores a mejorar sus aptitudes y obtener una asistencia sanitaria asequible, más libertad tendrán las empresas para competir en la economía mundial.

El capitalismo es tal vez el mejor sistema económico que ha inventado el ser humano, pero nadie ha dicho nunca que vaya a crear estabilidad. En los últimos treinta años, las economías de mercado han experimentado más de cien crisis. Por eso muchos economistas creemos que la regulación y la supervisión del Gobierno son elementos fundamentales para que la economía de mercado funcione. Sin ellas, seguirá habiendo crisis económicas graves y frecuentes en distintas partes del mundo. El mercado no basta por sí solo, debe desempeñar una función el Estado.

En un país en el que se respeta el dinero, solíamos respetar a los líderes de Wall Street. Confiábamos en ellos. Pensábamos que eran una fuente de sabiduría, al menos en cuestiones económicas. Los tiempos han cambiado. El respeto y la confianza han desaparecido. Es una lástima, porque los mercados financieros son necesarios para el buen funcionamiento de una economía. Pero la mayoría de los estadounidenses cree que la gente de Wall Street tiene más probabilidades de poner sus intereses por delante de los del país y que lo disfrazan con todo el lenguaje florido que sea necesario.

Algunas personas observan las desigualdades y se encogen de hombros. ¿Qué más da que esta persona gane y esa pierda? Lo que importa, aseguran, no es cómo se divide la tarta, sino el tamaño de la tarta. Es un argumento profundamente equivocado. Una economía en la que la mayoría de los ciudadanos están peor cada año —como en Estados Unidos— no puede ir bien a largo plazo, por varios motivos.
En primer lugar, el aumento de las desigualdades es la cara de la moneda; la cruz es la disminución de las oportunidades. Cuando reducimos la igualdad de oportunidades, significa que no estamos utilizando uno de nuestros recursos más valiosos —nuestra gente— de la forma más productiva posible. En segundo lugar, muchas distorsiones que generan las desigualdades —como las relacionadas con el poder de los monopolios y el tratamiento fiscal preferente a los grupos de intereses especiales— disminuyen la eficacia de la economía. Esa desigualdad crea a su vez nuevas distorsiones, que vuelven a reducir la eficacia todavía más.
Tercero, y quizá más importante, es el hecho de que una economía moderna necesita una «acción colectiva», es decir, que el Gobierno invierta en infraestructuras, educación y tecnología. Estados Unidos y el mundo entero se han beneficiado enormemente de las investigaciones del Gobierno que desembocaron en la creación de Internet, los avances en la sanidad pública, etcétera. Pero el país lleva mucho tiempo sufriendo la escasez de inversiones en infraestructuras (no hay más que ver el estado de nuestras carreteras y nuestros puentes, nuestros ferrocarriles y aeropuertos), investigación básica y educación a todos los niveles. Y nos esperan más recortes en estos ámbitos.

Cuando un grupo de intereses tiene demasiado poder, consigue imponer políticas que le benefician de forma inmediata en lugar de ayudar a la sociedad a largo plazo. Es lo que ha sucedido en Estados Unidos con la política fiscal, la política reguladora y las inversiones públicas. La consecuencia de que las ganancias de rentas y riqueza vayan todas en una dirección salta a la vista al examinar el gasto doméstico habitual, que es uno de los motores de la economía de Estados Unidos.”
El sector privado en Europa y Estados Unidos ha sido incapaz de crear un gran número de puestos de trabajo de calidad desde principios de este siglo. Incluso en China y otros países con sectores de manufacturación en pleno desarrollo, la mayor parte del aumento de la producción se debe a las mejoras en la productividad, a menudo relacionadas con los procesos automatizados que están destruyendo empleo. Los más afectados son los jóvenes, cuyas perspectivas se verán perjudicadas toda su vida por los extensos periodos de desempleo que están padeciendo hoy.

—El estancamiento de los salarios y el aumento de las desigualdades mientras se incrementaba la riqueza— no corresponde al funcionamiento de una economía normal de mercado, sino a lo que yo llamo «capitalismo de imitación». El problema no está tal vez en cómo funcionan o deberían funcionar los mercados, sino en nuestro sistema político, que no ha sido capaz de garantizar unos mercados competitivos y ha elaborado normas que sostienen unos mercados distorsionados, en los que las empresas y los ricos pueden explotar (y por desgracia explotan) a todos los demás.
Los mercados, desde luego, no existen en el vacío. Debe haber unas reglas del juego, que se establecen mediante procesos políticos. Las grandes desigualdades económicas en países como Estados Unidos y, cada vez más, los que han seguido su modelo económico, conducen a la desigualdad política. En un sistema así, las oportunidades de progreso económico también se vuelven desiguales.
Más que una cuestión de economía, es una cuestión de política. No tenemos que escoger entre capitalismo y justicia. Tenemos que escoger los dos.

Hay un drama que se ha vuelto habitual en Estados Unidos (y otros países industrializados avanzados): los banqueros animan a la gente a endeudarse por encima de sus posibilidades y se ceban especialmente con los que carecen de formación financiera. Utilizan su influencia política para obtener un trato favorable de una u otra forma. Las deudas se acumulan. Los periodistas informan del coste humano. Y entonces llega el asombro: ¿cómo hemos podido dejar que sucediera esto? Las autoridades prometen que van a arreglar la situación. Se toma alguna medida respecto a los casos más escandalosos. La gente pasa a otros asuntos, con la tranquilidad de que la crisis se ha resuelto, pero con la sospecha de que pronto se repetirá.
La crisis que está a punto de estallar en este caso es la relativa a la deuda estudiantil y la financiación de la enseñanza superior. Como la crisis inmobiliaria que la precedió, está íntimamente relacionada con el aumento de las desigualdades en Estados Unidos y el hecho de que, cuando los que ocupan los escalones inferiores se esfuerzan por subir, hay fuerzas que los vuelven a arrastrar hacia abajo de manera inevitable, en ocasiones incluso más abajo de donde estaban.

Decir que Google o que Apple se aprovecharon sin más del sistema vigente sería dejarles irse de rositas demasiado fácilmente: este sistema no surgió por sí solo. Empresas como General Electric presionaron para obtener, y obtuvieron, disposiciones que les permitieron eludir todavía más impuestos. Presionaron para obtener, y obtuvieron, cláusulas de amnistía que les permitieron llevar de nuevo su dinero a Estados Unidos a una tasa reducida especial, con la promesa de invertir el dinero en el país, y se las ingeniaron para averiguar cómo ajustarse a la letra de la ley a la vez que eludían su espíritu y su intención. Si Apple y Google simbolizan las oportunidades que brinda la globalización, sus actitudes en materia de evasión fiscal las han convertido en empresas emblemáticas de lo que puede ir y está yendo mal con ese sistema.
Irónicamente, muchos de los defensores de la globalización no sólo no proponen que se haga nada para ayudar a aquellos a los que perjudica, sino que dicen que los trabajadores deberían aceptar los recortes en seguridad en el empleo y servicios públicos: según reza el argumento, la globalización así lo exige para que podamos seguir siendo competitivos. De hecho, están reconociendo que de resultas de la globalización, a los trabajadores les toca encajar un duro golpe. Ahora bien, si la globalización beneficia al país en conjunto, y si en conjunto los trabajadores están peor, ¿qué quiere decir eso? Significa que todos los beneficios de la globalización —y más— van a parar a la élite, a las grandes empresas y a sus dueños.

Desigualdades políticas por un lado, y políticas que han mercantilizado y corrompido nuestra democracia por otro. Sólo una ciudadanía comprometida puede luchar para restablecer un Estados Unidos más justo, y sólo podrá hacerlo si entiende la profundidad de ese reto y sus dimensiones. No es demasiado tarde para recobrar nuestro lugar en el mundo ni la noción de quiénes somos como país. La desigualdad cada vez más extendida y profunda que padecemos no está impulsada por leyes económicas inmutables, sino por leyes que hemos redactado nosotros mismos.
Mientras que Escocia nos proporciona una nota de optimismo en un mundo de creciente desigualdad, España es un ejemplo de todo lo contrario. Visito España a menudo. Entre las protestas que marcaron la primavera de 2011, las de España fueron particularmente importantes, y se entiende por qué, dadas las dificultades que atraviesa el país. Me dirigí a los jóvenes manifestantes en el parque del Retiro, en Madrid. Me mostré de acuerdo con ellos en que algo fallaba en nuestros sistemas económicos y políticos: teníamos trabajadores en paro y gente sin hogar en un mundo en el que había enormes necesidades insatisfechas y viviendas vacías, y mientras los ciudadanos de a pie sufrían, a aquellos que habían provocado la crisis —los banqueros y sus amigotes— les iba muy bien.

Las economías de mercado no se autorregulan. Sencillamente no se pueden dejar en piloto automático, sobre todo cuando se quiere garantizar que sus beneficios sean ampliamente compartidos. Ahora bien, gestionar una economía de mercado no es tarea fácil; es un ejercicio de malabarismo que tiene que responder continuamente a los cambios económicos. El undécimo plan quinquenal chino ofrece una hoja de ruta para esa respuesta. El mundo observa, asombrado y esperanzado, mientras las vidas de 1300 millones de seres humanos continúan transformándose.
Los servicios públicos australianos son la envidia del mundo entero. Su sistema de atención sanitaria obtiene mejores resultados que el de Estados Unidos, con un coste mucho menor. Tiene un programa de préstamos para enseñanza dependiente de los ingresos que, en caso de necesidad, permite a los solicitantes del préstamo distribuir los pagos a lo largo de más años, y en función del cual, si sus ingresos resultan ser especialmente bajos (quizá porque escogieron empleos importantes pero mal remunerados, pongamos en la enseñanza o en el ámbito religioso), el Gobierno les perdona parte de la deuda.
Australia debería enorgullecerse de sus éxitos, de los que el resto del mundo puede aprender mucho.
En Escocia, hay una visión y unos valores compartidos de forma bastante generalizada: una imagen de la nación, de la sociedad, de la política, del papel del Estado, o valores como la justicia, la equidad y la oportunidad. No todo el mundo está de acuerdo sobre políticas concretas ni en cómo establecer el delicado e imprescindible equilibrio.
No obstante, la cosmovisión y los valores escoceses difieren de los que predominan al sur de su frontera. En Escocia existe enseñanza universitaria gratuita para todo el mundo; Inglaterra, en cambio, ha aumentado el precio de las matrículas, lo que ha obligado a endeudarse a los padres de alumnos con pocos recursos.
Escocia ha subrayado repetidamente su compromiso con el Servicio Nacional de Salud (NHS). Inglaterra ha tomado repetidas iniciativas con miras a su privatización. Algunas diferencias datan de muy antiguo: incluso hace doscientos años, la alfabetización masculina era un cincuenta por ciento más elevada en Escocia que en Inglaterra y las universidades escocesas cobraban una décima parte por sus matrículas que Cambridge y Oxford.

España se encuentra sumida en una depresión. Esa es la única palabra que se puede emplear para describir su economía, en la que casi uno de cada cuatro trabajadores está parado, y la tasa de paro juvenil asciende a casi un 50 por ciento (en el momento en que este libro se entregó a la prensa). El pronóstico para el futuro inmediato es más de lo mismo, quizá un poco peor. Todo ello a pesar de las promesas del Gobierno y de los altos cargos internacionales que recetaron paquetes de austeridad para España, según los cuales, a estas alturas se habría restablecido el crecimiento. Han subestimado reiteradamente la magnitud de la desaceleración que esas políticas iban a provocar, y en consecuencia han sobreestimado en gran medida los beneficios fiscales que iban a derivarse de ellas: las desaceleraciones más profundas desembocan inevitablemente en ingresos menores y en un mayor gasto en programas de desempleo y bienestar social. Pese a que luego intentan echarle la culpa de nuevo a España por incumplir los objetivos fiscales, la auténtica responsabilidad debería recaer sobre sus erróneos diagnósticos del problema y sus recetas consiguientemente equivocadas.
Las implicaciones de la creciente desigualdad en España y su profunda depresión deberían ser profundamente preocupantes de cara a su futuro. No se trata de que sus recursos se estén echando a perder, sino de que el capital humano del país se está deteriorando. En España, las personas cualificadas no encuentran empleo y están emigrando; hay un mercado global para los españoles dotados de talento. Que vuelvan o no cuando la recuperación se produzca —y en el supuesto de que lo haga— depende en parte de cuánto dure la depresión.
Los problemas de España en la actualidad son en gran medida el resultado de la misma mezcla de ideología e intereses creados que (como describe este libro) condujeron a la liberalización de los mercados financieros y otras políticas «fundamentalistas de mercado» en Estados Unidos.
El gran error que ha cometido Europa, incitada por Alemania, fue atribuir las dificultades de los países periféricos, como España, al derroche en el gasto. Si bien es cierto que Grecia había acumulado grandes déficits en los años anteriores a la crisis, tanto España como Irlanda tenían superávits y bajos niveles de deuda en relación con sus PIB. De ahí que el hincapié en la austeridad no hubiera podido impedir la recurrencia de la crisis, no digamos ya solucionar la crisis a la que se enfrentaba Europa.
La vida continúa tras las deudas y las devaluaciones. Y esa vida podría ser muchísimo mejor que la depresión a la que se enfrentan algunos de los países europeos ahora mismo. Empleo este término después de pensarlo bien. Si hubiera una luz al final del túnel, eso sería algo. Ahora bien, la austeridad no contiene ninguna promesa de un mundo mejor en ningún momento del futuro previsible. Ni la historia ni la experiencia nos proporcionan fundamento alguno que nos tranquilice al respecto.
Y si la depresión continúa, son quienes se encuentran en la base y en medio de la pirámide quienes más sufrirán.

La economía no va a recuperarse por sí sola, al menos no dentro de un plazo que tenga relevancia alguna para las personas corrientes. Sí, se acabará encontrando a gente que habite todas esas viviendas embargadas, o acabarán siendo derribadas. En algún momento los precios se estabilizarán o incluso empezarán a subir.
Lo que tenemos que hacer es embarcarnos en un programa de inversiones masivas —como hicimos, poco menos que de forma accidental, hace ochenta años— que aumente nuestra productividad en los años venideros y que también haga aumentar el empleo aquí y ahora. Esas inversiones públicas, y la restauración resultante del PIB, incrementarán la rentabilidad de las inversiones privadas. Las inversiones públicas podrían orientarse a mejorar la calidad de vida y la productividad real, en contraste con las inversiones del sector privado en innovaciones financieras, que resultaron ser algo así como armas financieras de destrucción masiva.
¿Seremos capaces de hacer esto en ausencia de una movilización de cara a una guerra mundial? Puede que no.
Si esperamos mantener una mínima apariencia de «normalidad», hemos de arreglar el sistema financiero. Como ya he señalado, puede que la implosión del sector financiero no haya sido la causa de la actual crisis, pero la ha agravado, y representa un obstáculo para la recuperación a largo plazo. Las pequeñas y medianas empresas, sobre todo las nuevas, son una fuente desproporcionadamente importante de creación de empleo en cualquier economía, y han sido golpeadas con especial dureza. Lo que hace falta es sacar a los bancos del peligroso negocio de la especulación y hacer que vuelvan a dedicarse al aburrido negocio de hacer préstamos. Ahora bien, no hemos arreglado el sistema financiero; más bien hemos entregado dinero a los bancos a espuertas, sin restricciones y sin condiciones, y sin una concepción de la clase de sistema bancario que queremos y necesitamos tener. En resumidas cuentas, hemos confundido los medios y los fines. Se supone que un sistema bancario está para servir a la sociedad, no al revés.

Without a doubt another magnificent book of those that according to lees create conscience, let us not deceive ourselves. Nobody can deny today that there is a great gap that separates the very rich – that group which is sometimes called 1 percent – of the others. Their lives are different: they have different worries, different anxieties, different lifestyles. It is a book to open wide eyes. Through different articles by US publications It takes us to a global vision.

Current citizens worry about how they will pay for their children’s college, what will happen if a family member falls seriously ill, how they will get ahead when they retire. In the worst moments of the Great Recession, there were tens of millions of people who did not know if they would be able to keep their home. Several millions could not.
Those that belong to 1 percent – and, much more, those that belong to the top 0.1 percent of that 1 percent – talk about other things: what kind of plane they are going to buy, what is the best way to protect your tax money (what will happen if the United States forces Switzerland to end banking secrecy? The Cayman Islands will be the following? Is Andorra safe?).

Four of the most important problems that our society has faced in the last decade are the great gap -the immense inequalities that are being created in the United States and many other advanced countries-, economic mismanagement, globalization and the role of the State and the market. As this book shows, these four aspects are related. The increase in inequalities is the cause and consequence of our macroeconomic difficulties, the 2008 crisis and the subsequent unrest. Globalization, in spite of its virtues as a stimulus to growth, has almost certainly aggravated inequalities, above all because of how badly it has been managed. In turn, mismanagement of the economy and globalization is related to the role of interest groups in our policy, a policy that increasingly represents the wishes of 1 percent. However, although politics is one of the causes of our current problems, we can only find solutions through politics; the market is not going to do it on its own. Uncontrolled markets generate more monopoly power, more financial sector abuses, more unbalanced business relationships. Only by reforming our democracy, by making our government more accountable to all people and echoing their interests, can we close the great gap and restore shared prosperity in the country.

That the Great Recession had created victims is evident. But who were the authors of the “crime”? If we trusted the Department of Justice, which did not prosecute any of the leaders of the big banks that had played a key role in this drama, it was an offense without an author. I do not agree, nor are most Americans. In three of the articles that I reproduce here I try to find out who killed the US economy, to keep track of the historical arc that brought us to this situation. I wanted to investigate further and go back further, because history was not just a matter of “bankers lending too much money and homeowners got too much debt.”
The crisis itself demonstrates this in many ways: the collapse of the market was the result of numerous failures in the management of risk and the allocation of capital, errors committed by mortgage issuers, investment banks, rating agencies and, ultimately, millions of people from across the financial sector and other areas of the economy.
But I also believe that there was no little hypocrisy on the part of those who advocated the free market, something that also proves the Great Recession: the apparent defenders of the free market economy.

What we did not know was the extent of the moral depravity of the banks, their willingness to carry out exploitative practices and their recklessness. We did not know, for example, to what extent they had granted discriminatory loans. We did not know how they had manipulated the market of exchange rates and other markets. We did not know how careless his accounting was, in his haste to subscribe more and more subprime mortgages. And we did not know how far the behavior
fraudulent, not only from the banks themselves, but from the rating agencies and other participants in the market. The competition among the agencies to give a good grade (they were paid only if the investment banks “used” their ratings, and only used the most favorable ones) had deliberately ignored important information that could have pushed them to write worse grades.
The intention was clear: save the banks so that they could continue to provide funds that would allow the economy to function. However, as we did not impose conditions, the money was devoted to paying gigantic premiums – of course, unearned – to the bankers. When years had passed since the crisis, loans to small and medium-sized enterprises were still far below those of before.
The Government assures that all the money was returned to him, but in fact it was all a farce. The ordinary citizens were deceived. A huge gift was made to the banks by providing them with money in much more favorable conditions than others, and with interest rates much lower than what others were willing to give. It was an authentic redistribution of the money of the people of the street to the well-to-do bankers. If they had been charged what they owed, our national debt would be lower and we would have more money to invest in education, technology, infrastructures: investments that would have allowed a stronger economy and more prosperity for all.

The banking system has largely recovered from its wounds. The recession officially ended quite soon. But there is no doubt that the economy has not regained its health. In fact, it gives the impression that the damage will be lasting.
What is needed is, in a certain sense, easy to describe: stop acting as before and do the opposite. That is, not spend money that we do not have, raise taxes on the rich, reduce corporate support, strengthen the protection network for the most disadvantaged and make more investments in education, technology and infrastructure.
As for taxes, we should try to move the tax burden of things we consider good, such as work and savings, to things that we consider bad, such as pollution. Regarding the social protection network, we must remember that the more the State does to help workers improve their skills and obtain affordable health care, the more freedom companies will have to compete in the global economy.

Capitalism is perhaps the best economic system invented by the human being, but nobody has ever said that it will create stability. In the last thirty years, market economies have experienced more than a hundred crises. That is why many economists believe that government regulation and supervision are fundamental elements for the market economy to work. Without them, there will continue to be serious and frequent economic crises in different parts of the world. The market is not enough by itself, the State must play a role.

In a country where money is respected, we used to respect Wall Street leaders. We trusted them. We thought they were a source of wisdom, at least in economic matters. The time has changed. Respect and trust have disappeared. It’s a shame, because financial markets are necessary for the proper functioning of an economy. But most Americans believe that Wall Street people are more likely to put their interests ahead of those in the country and disguise it with all the flowery language that is necessary.

Some people observe inequalities and shrug. What difference does it make that this person wins and that person loses? What matters, they say, is not how the pie is divided, but the size of the pie. It is a deeply wrong argument. An economy in which most citizens are worse off every year – like in the United States – can not go well in the long term, for several reasons.
First, the increase in inequalities is the face of the coin; the cross is the decrease in opportunities. When we reduce equal opportunities, it means that we are not using one of our most valuable resources – our people – in the most productive way possible. Second, many distortions that generate inequalities-such as those related to the power of monopolies and the preferential tax treatment of special interest groups-diminish the efficiency of the economy. This inequality in turn creates new distortions, which again reduce effectiveness even more.
Third, and perhaps more important, is the fact that a modern economy needs “collective action”, that is, that the Government invests in infrastructure, education and technology. The United States and the entire world have benefited enormously from the Government’s investigations that led to the creation of the Internet, advances in public health, and so on. But the country has been suffering for a long time from the lack of investment in infrastructure (we only have to see the state of our roads and bridges, our railways and airports), basic research and education at all levels. And more cuts await us in these areas.

When a group of interests has too much power, it manages to impose policies that benefit it immediately instead of helping the society in the long term. This is what has happened in the United States with fiscal policy, regulatory policy and public investments. The consequence of income and wealth gains all going in one direction is obvious when examining habitual domestic spending, which is one of the driving forces of the US economy. ”
The private sector in Europe and the United States has been unable to create a large number of quality jobs since the beginning of this century. Even in China and other countries with manufacturing sectors in full development, most of the increase in production is due to improvements in productivity, often related to automated processes that are destroying employment. The most affected are young people, whose prospects will be harmed all their lives by the extensive periods of unemployment they are suffering today.

– The stagnation of wages and the increase of inequalities while wealth increased – does not correspond to the functioning of a normal market economy, but to what I cala “imitation capitalism”. The problem is perhaps not in how markets work or should work, but in our political system, which has not been able to guarantee competitive markets and has developed norms that sustain distorted markets, in which companies and the rich can explode (and unfortunately exploit) all others.
Markets, of course, do not exist in a vacuum. There must be some rules of the game, which are established through political processes. The great economic inequalities in countries like the United States and, increasingly, those that have followed their economic model, lead to political inequality. In such a system, opportunities for economic progress also become unequal.
More than a matter of economics, it is a matter of policy. We do not have to choose between capitalism and justice. We have to choose the two.

There is a drama that has become commonplace in the United States (and other advanced industrialized countries): bankers encourage people to borrow beyond their means, and especially bail out with those who lack financial training. They use their political influence to obtain favorable treatment in one way or another. The debts accumulate. The journalists inform about the human cost. And then there is amazement: how could we have let this happen? The authorities promise that they will fix the situation. Some measure is taken regarding the most scandalous cases. People move on to other issues, with the reassurance that the crisis has been solved, but with the suspicion that it will soon be repeated.
The crisis that is about to erupt in this case is that of student debt and the financing of higher education. Like the real estate crisis that preceded it, it is intimately related to the increase of inequalities in the United States and the fact that, when those who occupy the lower echelons struggle to climb, there are forces that drag them back down inevitably , sometimes even below where they were.

To say that Google or that Apple took advantage of the existing system without any more would be to let them go too easily: this system did not arise on its own. Companies like General Electric pressed to obtain, and obtained, provisions that allowed them to avoid even more taxes. They pressed to obtain, and obtained, amnesty clauses that allowed them to take their money back to the United States at a special reduced rate, with the promise of investing the money in the country, and they managed to find out how to comply with the letter of the law at the same time that they avoided his spirit and his intention. If Apple and Google symbolize the opportunities offered by globalization, their attitudes regarding tax evasion have turned them into emblematic companies of what can go and is going wrong with that system.
Ironically, many of the advocates of globalization not only do not propose that anything be done to help those it harms, but say that workers should accept cuts in job security and public services: according to the argument, globalization demands it so that we can remain competitive. In fact, they are recognizing that as a result of globalization, workers have to take a hard hit. Now, if globalization benefits the country as a whole, and if workers are worse off altogether, what does that mean? It means that all the benefits of globalization – and more – go to the elite, the big companies and their owners.

Political inequalities on the one hand, and policies that have commodified and corrupted our democracy on the other. Only a committed citizen can fight to reestablish a fairer United States, and can only do so if it understands the depth of that challenge and its dimensions. It is not too late to regain our place in the world nor the notion of who we are as a country. The increasingly widespread and profound inequality that we suffer is not driven by immutable economic laws, but by laws that we have drafted ourselves.
While Scotland gives us a note of optimism in a world of growing inequality, Spain is an example of the opposite. I visit Spain often. Among the protests that marked the spring of 2011, those of Spain were particularly important, and it is understandable why, given the difficulties the country is going through. I addressed the young protesters in the Retiro Park, in Madrid. I agreed with them that something was wrong with our economic and political systems: we had unemployed workers and homeless people in a world where there were huge unsatisfied needs and empty homes, and while ordinary citizens suffered, those that had caused the crisis – the bankers and their cronies – were doing very well.

Market economies do not self-regulate. They simply can not be left on autopilot, especially when you want to ensure that their benefits are widely shared. However, managing a market economy is not an easy task; it is a juggling exercise that has to respond continuously to economic changes. The eleventh five-year Chinese plan offers a roadmap for that response. The world watches, amazed and hopeful, as the lives of 1300 million human beings continue to transform.
Australian public services are the envy of the whole world. Its health care system obtains better results than the United States, with a much lower cost. It has an income-dependent education loan program that, in case of need, allows loan applicants to distribute payments over more years, and depending on which, if their income turns out to be especially low (perhaps because they chose important but poorly paid jobs, say in education or in the religious sphere), the government forgives part of the debt.
Australia should be proud of its successes, from which the rest of the world can learn a lot.
In Scotland, there is a shared vision and values ​​quite generally: an image of the nation, of society, of politics, of the role of the State, or values ​​such as justice, equity and opportunity. Not everyone agrees on concrete policies or how to establish the delicate and essential balance.
However, the Scottish worldview and values ​​differ from those prevailing south of its border. In Scotland there is free university education for everyone; England, however, has increased the price of tuition, which has forced parents to borrow from students with few resources.
Scotland has repeatedly stressed its commitment to the National Health Service (NHS). England has taken repeated initiatives with a view to its privatization. Some differences date back to very ancient times: even two hundred years ago, male literacy was fifty percent higher in Scotland than in England, and Scottish universities charged one-tenth for their enrollments than Cambridge and Oxford.

Spain is mired in a depression. That is the only word that can be used to describe its economy, in which almost one in four workers is unemployed, and the rate of youth unemployment amounts to almost 50 percent (at the time this book was delivered to the press). The forecast for the immediate future is more of the same, maybe a little worse. All this in spite of the promises of the Government and of the international high positions that prescribed austerity packages for Spain, according to which, at this point the growth would have been restored. They have repeatedly underestimated the magnitude of the slowdown that these policies were going to cause, and have therefore overestimated to a large extent the fiscal benefits that were to be derived from them: deeper decelerations inevitably lead to lower incomes and higher spending on social security programs. unemployment and social welfare. Although they then try to blame Spain again for failing to meet fiscal objectives, the real responsibility should lie with their erroneous diagnoses of the problem and its consequently wrong recipes.
The implications of the growing inequality in Spain and its deep depression should be deeply worrying in the face of its future. It is not that their resources are being spoiled, but that the human capital of the country is deteriorating. In Spain, qualified people do not find employment and are emigrating; There is a global market for Spaniards endowed with talent. Whether they return or not when the recovery takes place-and assuming that it does-depends in part on how long the depression lasts.
The problems of Spain today are largely the result of the same mix of ideology and vested interests that (as this book describes) led to the liberalization of financial markets and other “fundamentalist market” policies in the United States.
The great error committed by Europe, incited by Germany, was to attribute the difficulties of the peripheral countries, such as Spain, to wasteful spending. While it is true that Greece had accumulated large deficits in the years before the crisis, both Spain and Ireland had surpluses and low levels of debt relative to their GDP. Hence, the emphasis on austerity could not prevent the recurrence of the crisis, let alone solve the crisis that Europe was facing.
Life continues after debts and devaluations. And that life could be much better than the depression that some of the European countries are facing right now. I use this term after thinking it over. If there was a light at the end of the tunnel, that would be something. However, austerity does not contain any promise of a better world at any time in the foreseeable future. Neither history nor experience provide us with any basis to reassure us about it.
And if the depression continues, it is those who are at the base and in the middle of the pyramid who will suffer the most.

The economy will not recover on its own, at least not within a period that has any relevance to ordinary people. Yes, you will end up finding people who inhabit all those foreclosed homes, or they will end up being demolished. At some point prices will stabilize or even start to rise.
What we have to do is embark on a massive investment program – as we did, almost unintentionally, eighty years ago – that increases our productivity in the coming years and also increases employment here and now. These public investments, and the resulting restoration of GDP, will increase the profitability of private investments. Public investments could be aimed at improving the quality of life and real productivity, in contrast to private sector investments in financial innovations, which turned out to be something like financial weapons of mass destruction.
Will we be able to do this in the absence of a mobilization in the face of a world war? Maybe not.
If we hope to maintain a minimal appearance of “normality,” we have to fix the financial system. As I have already pointed out, the implosion of the financial sector may not have been the cause of the current crisis, but it has aggravated it and represents an obstacle to long-term recovery. Small and medium-sized enterprises, especially new ones, are a disproportionately important source of job creation in any economy, and have been hit with particular harshness. What is needed is to get the banks out of the dangerous business of speculation and have them return to the boring business of making loans. Now, we have not fixed the financial system; rather, we have delivered money to the banks, without restrictions and without conditions, and without a conception of the kind of banking system that we want and need to have. In short, we have confused the means and ends. It is assumed that a banking system is to serve society, not the other way around.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s