Estado de crisis — Zygmunt Bauman & Carlo Bordoni / State of Crisis by Zygmunt Bauman & Carlo Bordoni

Este es un interesante libro como todos los del pensador polaco junto al sociólogo italiano sobre la crisis actual frente a la del 29, ahora ya no creemos en el Estado, no es garante de muchas cosas y es un libro muy recomendado e imprescindible para ser leído, sobre los ruidos neoliberales.

La crisis actual es distinta. Los países afectados están demasiado endeudados y carecen de la fortaleza (y tal vez incluso de los instrumentos) para invertir. Lo único que pueden hacer es aplicar recortes aleatorios que redundan en un agravamiento de la recesión, en vez de mitigar los efectos de esta en los ciudadanos.
Hoy preferimos hablar de «crisis» que de «coyuntura» o «depresión». Es, desde luego, un término más neutral, que se ha usado en otros muchos contextos y no sólo en el económico, y que, por consiguiente, resulta bastante familiar.
Esta es una crisis que viene de lejos. Tiene sus raíces en la primera década del actual milenio, marcada por un nuevo estallido del terrorismo y por la emblemática destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York en 2001. No fue casual que esos dos rascacielos formaran parte del World Trade Center, sede central de la Organización Mundial del Comercio. ¿Premonición o coincidencia? Lo cierto es que, a partir de ese momento, y pese a la explosión de la «nueva economía», los mercados financieros comenzaron ya a temblar y a dar muestras de que la globalización no iba a conducirnos a nada bueno. A finales del siglo XX, lo que más preocupaba a los observadores, en realidad, eran las consecuencias de la invasión de los mercados mundiales por parte de las grandes empresas multinacionales, que se manifestaban en forma de repercusiones económicas, pero también de colonizaciones culturales (denunciadas por el movimiento «No Logo»), y que nos hacían temer que la globalización terminaría imponiéndose como el triunfo de un enorme mercado mundial, estandarizado y homogeneizado, a costa de los pequeños productores y de las redes comerciales de alcance más reducido.

La inflación ha estado ligada a todas las crisis económicas de la modernidad; alcanzó un récord histórico durante la República de Weimar (justo antes del acceso de Hitler al poder en Alemania), momento en que el coste de un kilo de pan alcanzó el millón de marcos, o en la Argentina de la década de 1970, cuando la cantidad de pesos necesaria para pagar el pan se incrementaba a diario en una especie de interminable crescendo. La inflación es la peor consecuencia de cualquier crisis económica, porque barre con los ahorros de toda una vida y condena a las personas al hambre en muy poco tiempo: el dinero ya no puede comprar nada y la desesperación lo invade todo. Es un cáncer de acción rápida que se propaga con la misma velocidad con la que se mueven los billetes y las monedas. Cuanto más velozmente cambian estos de manos, menos valor tienen. El euro nos ha salvado de la inflación. Grecia se salvará, pues, de la fiebre inflacionaria, que, de no haber sido por la moneda única, sería ya galopante, y seguirá librándose de ella mientras se mantenga dentro de la zona del euro. Regresar al dracma sería fatal.
Una característica especial de esta crisis está siendo su duración. Se ha terminado la era de las «coyunturas» desfavorables, que podían resolverse en un periodo más o menos breve. Ahora se tarda una eternidad en revertir las crisis (que son especialmente vagas y generalizadas porque abarcan a gran parte del planeta). Progresan con enorme lentitud, a diferencia de la velocidad a la que se mueven las demás actividades humanas en nuestra realidad contemporánea. Todo pronóstico de solución es objeto de revisión y actualización permanentes y, finalmente, pospuesto hasta nuevo aviso. No parecen tener fin.

El neoliberalismo, por lo tanto, elimina la responsabilidad del Estado, le hace renunciar a sus prerrogativas tradicionales e impulsa la paulatina privatización de estas.
La pérdida de poder desemboca en un socavamiento de la potencia de la política económica, lo que se refleja a su vez en los servicios sociales. La crisis del Estado se debe a la presencia de esos dos elementos: la incapacidad para tomar decisiones concretas en el plano económico y la consiguiente incapacidad para procurar servicios sociales adecuados.
El resultado de lo anterior es el ajuste fiscal, pues se recurre a la «desregulación» y a la «devolución» de prerrogativas institucionales que se delegan cada vez más en los propios individuos: todo ello con el propósito de asegurar la existencia y el mantenimiento del aparato estatal y sus privilegios, que son cada vez menos.

En el fondo, pues, nuestros problemas son de origen global, pero la escala de los instrumentos de la acción política que nos han legado los constructores de los Estados-Nación quedó reducida ya en su momento al ámbito de los servicios que esos Estados-Nación «territoriales» precisaban prestar; de ahí que hoy se muestren particularmente mal preparados para afrontar desafíos globales de índole «extraterritorial».
En resumidas cuentas, nuestra crisis actual es, sobre todo, una «crisis de la agencia», una crisis de la capacidad de acción y reacción, si bien, en último término, viene a ser una «crisis de la soberanía territorial». Bien podríamos decir que cada unidad territorial formalmente soberana hace hoy las funciones de un vertedero en el que se vuelcan problemas cuyo origen está mucho más allá del alcance de los instrumentos de control político, y muy poco puede hacer cada una de ellas para frenar esa dinámica (y menos aún para prevenirla) a la vista del nimio poder que les queda. Algunas de esas unidades formalmente soberanas (en realidad, un número creciente de ellas) han sido degradadas en la práctica a la categoría de comisarías de policía local que apenas consiguen procurar un mínimo del orden público necesario para ese tráfico cuyas idas y venidas ni quieren ni pueden controlar. Da igual cuál sea la distancia entre la soberanía de iure y su soberanía de facto: todas ellas están obligadas a buscar soluciones «locales» a problemas generados en el ámbito «global»; una tarea que supera con mucho la capacidad de todas a excepción de un puñado de las más ricas.

La separación entre política y poder es letal para el Estado moderno, sobre todo si es un Estado democrático, pues la constitución de este promete a sus ciudadanos que les dejará participar en decisiones comunes que toman ahora órganos nombrados por vías no democráticas y no controlados desde abajo. La tragedia del Estado moderno reside precisamente en su incapacidad para implementar de forma global las decisiones tomadas localmente. Hoy, por ejemplo, los ciudadanos eligen a sus representantes para el Parlamento Europeo, quienes, a su vez, forman comisiones y subcomisiones donde las decisiones ejecutivas las toman los órganos decisorios máximos, constituidos a su vez sobre la base de una serie de cambios institucionales cuya complejidad es supuesta garantía de imparcialidad e independencia.
El neoliberalismo permite la libertad de movimiento, pero delega en sectores privados la mayoría de las responsabilidades que eran originalmente del Estado. Así llegamos a esa forma de gobernar completamente nueva e inusual, desprovista de responsabilidad alguna ante los gobernados: un «Estado sin Estado», que viene a ser en realidad un posmodernismo o, mejor dicho, un pos-posmodernismo.

En la actualidad, sin embargo, ya inmersos de lleno en la sociedad de consumo, es como si la función del Estado capitalista hubiera pasado a ser la de proveedor de un nuevo y completamente distinto «componente básico esencial» del edificio capitalista que ha reemplazado recientemente a ese predecesor suyo que Habermas describió en su libro: el encuentro entre el cliente y el artículo o mercancía de consumo. Hoy las condiciones para que esa transacción de compraventa tenga lugar de forma regular y con la frecuencia suficiente pasan por asegurar que el cliente esté en situación de pagar el precio de la mercancía ofertada y de que la mercancía sea suficientemente atractiva para ser vendida a ese precio.
La imagen más precisa del estado actual de la Europa central y del este es la de una superposición de dos paisajes: el típico tras una conmoción tan fuerte como la de aquella transición y el que ha quedado allí también tras el hecho de que la visión de una orgía consumista que parecía inminente se haya desvanecido por completo.

La economía ha dejado de representar el alma real de la sociedad para convertirse en uno de sus múltiples componentes, tan modificable como los demás. Los primeros en apoyar esta idea fueron los pensadores revolucionarios de la Escuela de Fráncfort, a quienes debemos el germen de un cambio trascendental: concretamente, el que nos ha llevado a concebir que la cultura —hasta entonces considerada como algo superestructural (y, por lo tanto, dependiente de la economía)— podría condicionar e, incluso, determinar las opciones elegidas para la política económica. Hablaríamos de una cultura tan fuerte que podría convertirse por sí sola en una estructura dentro de una sociedad libre de la dominación capitalista.
El Estado está atravesando una profunda crisis de identidad. Lejos de recuperar su relación de confianza con la ciudadanía, que había sido informada de la constitución de aquel desde el principio, ahora tiene que soportar las repercusiones de la crisis de la modernidad que lo arrastra a una degradación inmerecida, acompañada (como en toda fase de declive) de corruptelas diversas y de la desconfianza popular. La actual crisis política (calificada como «antipolítica») es la crisis del Estado moderno. Preocupado por cómo defender las razones de su existencia, el Estado trata de recobrar credibilidad reduciendo la deuda pública y poniendo en práctica una política neoliberal, pero olvida con ello que su finalidad primordial no es equilibrar los presupuestos, sino proporcionar servicios adecuados al ciudadano.
La opción neoliberal actualmente adoptada —que, en cualquier caso, es sumamente inviable para un cuerpo u órgano de carácter público— puede aportar la severidad y la confianza que de ella se esperan, pero, por eso mismo, no es apta para garantizar simultáneamente la clase de intervención en la economía que, en otras épocas, había permitido alcanzar compromisos con las grandes industrias dirigidos a evitar el desempleo.
La liquidación del capital invertido en la industria y su transferencia hacia el paraíso de las finanzas supranacionales es un fenómeno reciente, pero que está firmemente asentado y que ha dado a los inversores sobradas muestras de fiabilidad. A diferencia de los activos fijos del pasado, de la materialidad visible de aquellos traducida en maquinaria, plantas, fábricas, contaminación y mano de obra, el capital financiero es intangible, volátil y carente de amo. En realidad, no se corresponde con unos individuos concretos con nombre y rostro; no debemos imaginárnoslo sujeto a la inspección inflexible de un respetable anciano con sombrero de copa, sentado a su mesa en el despacho de la última planta del edificio central de un gran conglomerado empresarial. No hay dueños, sino simplemente ejecutivos de empresa que mueven dinero virtual a una velocidad extrema: invierten y desinvierten, compran y venden con arreglo a principios del mercado, dentro de una inconmensurable red de intercambios, relaciones y transacciones que siguen produciendo beneficios. Registran beneficios aún mayores que cualquier inversión industrial, y con menor responsabilidad.
Quienes toman decisiones financieras son inmunes a toda exigencia de responsabilidades, y están por encima de cualquier ética moral que no sea la de la rentabilidad. Y sólo rinden cuentas ante esta última. Igual que los reyes y déspotas de la Antigüedad no se preocupaban por la vida de sus súbditos, a quienes enviaban a morir en combate para satisfacer sus caprichos, los hombres anónimos de las finanzas virtuales no asumen responsabilidad alguna por los daños ocasionados por sus acciones.

Viviremos en lo que han denominado posdemocracia:
a) la desregulación, es decir, la anulación de las reglas que rigen las relaciones económicas en aras de la supremacía de los mercados financieros y bursátiles;
b) la caída de la participación ciudadana en la vida política y las elecciones (aunque esto es a menudo considerado como algo normal);
c) el regreso del liberalismo económico (o neoliberalismo), por el que se confía al sector privado parte de las funciones del Estado y de los servicios de gestión (que antes eran «públicos») bajo los mismos criterios de rendimiento económico que los de la empresa privada;
d) la decadencia del Estado del bienestar, que pasa a reservar servicios básicos solamente para la población más pobre, es decir, como una circunstancia excepcional y no como parte de un derecho generalizado de todos los ciudadanos;
e) la prevalencia de los grupos de presión, que incrementan su poder e imprimen a la política el rumbo que ellos desean;
f) la política como espectáculo, en el que se utilizan técnicas publicitarias para generar consenso; el predominio de la figura del líder, que no descansa sobre su carisma, sino sobre el poder de la imagen, la investigación de mercados y el uso de un proyecto comunicativo preciso;
g) la disminución de las inversiones públicas;
h) la preservación de los aspectos «formales» de la democracia, que mantiene, como mínimo, la apariencia de la garantía de la libertad.

Wolfgang Streeck sugiere que la actual crisis financiera es una consecuencia del fracaso de la democracia, pero también es posible que haya sido inducida o guiada para recuperar la antigua desigualdad social y reducir la democracia.
Lo cierto es que la actual situación de «desfallecimiento» democrático se debe principalmente a la crisis del Estado, a la incapacidad de este para actuar como interlocutor fuerte y decisivo de la mediación social, como regulador de la economía, como garante de la seguridad. Tanto es así —confirma Streeck— que las «compañías privadas de seguros han reemplazado hoy a los Gobiernos y a la política como proveedores de seguridad social».

Lo que de verdad importa es la comodidad, ¡¡¿¿cómo no os habíais dado cuenta??!! Lo que de verdad importa es el confort sin esfuerzo y la ausencia confortable de esfuerzo, es hacer que el mundo sea obediente y maleable, es amputar de ese mundo todo lo que pudiera interponerse (obstinado y pugnaz) entre la voluntad y la realidad. Corrijo: dado que la realidad es aquello que se resiste a la voluntad, lo que de verdad importa es librarse de la realidad. Lo que importa es vivir en el mundo que hemos hecho solamente con los deseos de uno o de una: con los míos, con los tuyos y con los nuestros (los de los compradores, los de los consumidores, los de los usuarios y los beneficiarios de la tecnología).

This is an interesting book like all the Polish thinker with the Italian sociologist on the current crisis compared to 29, now we no longer believe in the State, is not guarantor of many things and is a book highly recommended and essential to be read , about neoliberal noises.

The current crisis is different. The affected countries are too indebted and lack the strength (and perhaps even the instruments) to invest. All they can do is apply random cuts that result in a worsening of the recession, instead of mitigating the effects of this on the citizens.
Today we prefer to speak of “crisis” than of “conjuncture” or “depression”. It is, of course, a more neutral term, which has been used in many other contexts and not only in the economic one, and which, therefore, is quite familiar.
This is a crisis that comes from afar. It has its roots in the first decade of the current millennium, marked by a new outbreak of terrorism and the emblematic destruction of the Twin Towers in New York in 2001. It was no coincidence that these two skyscrapers were part of the World Trade Center, headquarters of the World Trade Organization. Premonition or coincidence? The truth is that, from that moment, and despite the explosion of the “new economy”, financial markets began to tremble and to show that globalization was not going to lead to anything good. At the end of the 20th century, what most worried the observers, in fact, were the consequences of the invasion of world markets by large multinational companies, which manifested themselves in the form of economic repercussions, but also of cultural colonizations ( denounced by the movement “No Logo”), and that made us fear that globalization would end up being imposed as the triumph of a huge global market, standardized and homogenized, at the expense of small producers and commercial networks of smaller scope.

Inflation has been linked to all the economic crises of modernity; reached a historical record during the Weimar Republic (just before Hitler’s accession to power in Germany), when the cost of one kilo of bread reached one million marks, or in Argentina in the 1970s, when the The amount of pesos needed to pay for bread increased daily in a kind of endless crescendo. Inflation is the worst consequence of any economic crisis, because it sweeps away the savings of a lifetime and condemns people to hunger in a very short time: money can no longer buy anything and desperation invades everything. It is a fast-acting cancer that spreads with the same speed with which bills and coins move. The faster these hands change, the less value they have. The euro has saved us from inflation. Greece will be saved, then, from the inflationary fever, which, if it had not been for the single currency, would be already galloping, and will continue to free itself from it as long as it remains within the euro zone. Returning to the drachma would be fatal.
A special feature of this crisis is its duration. The era of unfavorable “conjunctures”, which could be resolved in a more or less short period, is over. Now it takes an eternity to reverse the crises (which are especially vague and generalized because they cover a large part of the planet). They progress with enormous slowness, unlike the speed at which other human activities move in our contemporary reality. Any solution forecast is subject to permanent review and update and, finally, postponed until further notice. They do not seem to have an end.

Neoliberalism, therefore, eliminates the responsibility of the State, makes it renounce its traditional prerogatives and promotes the gradual privatization of these.
The loss of power leads to an undermining of the power of economic policy, which in turn is reflected in social services. The crisis of the State is due to the presence of these two elements: the inability to make concrete decisions on the economic plane and the consequent inability to procure adequate social services.
The result of the above is the fiscal adjustment, since recourse is made to the “deregulation” and “devolution” of institutional prerogatives that are delegated increasingly to the individuals themselves: all with the purpose of ensuring the existence and maintenance of the state apparatus and its privileges, which are less and less.

Basically, then, our problems are of global origin, but the scale of the instruments of political action that the builders of the Nation-States have left us was already reduced at the time to the scope of the services that those Nation-States “Territorial” needed to lend; hence, today they are particularly ill-prepared to face global challenges of an “extraterritorial” nature.
In short, our current crisis is, above all, a “crisis of the agency”, a crisis of the capacity for action and reaction, although, ultimately, it becomes a “crisis of territorial sovereignty.” We could well say that each formally sovereign territorial unit today functions as a landfill in which problems arise whose origin is far beyond the scope of the instruments of political control, and very little can each of them do to stop this dynamic (and even less to prevent it) in view of the small power that remains. Some of these formally sovereign units (in fact, a growing number of them) have been degraded in practice to the category of local police stations that barely manage to provide a minimum of public order necessary for that traffic whose comings and goings neither want nor can control No matter what the distance between de jure sovereignty and its de facto sovereignty: all of them are obliged to look for “local” solutions to problems generated in the “global” sphere; a task that far exceeds the capacity of all except for a handful of the richest.

The separation between politics and power is lethal for the modern state, especially if it is a democratic state, because the constitution of this promises its citizens that will let them participate in common decisions that now take organs appointed by undemocratic and uncontrolled means. down. The tragedy of the modern State lies precisely in its inability to implement globally the decisions taken locally. Today, for example, citizens elect their representatives to the European Parliament, who, in turn, form commissions and subcommittees where executive decisions are made by the highest decision-making bodies, which in turn are constituted on the basis of a series of institutional changes whose complexity is supposed guarantee of impartiality and independence.
Neoliberalism allows freedom of movement, but delegates to private sectors most of the responsibilities that were originally from the State. Thus we arrive at that completely new and unusual way of governing, devoid of any responsibility before the governed: a “State without a State”, which actually becomes a postmodernism or, rather, a post-postmodernism.

Nowadays, however, already immersed fully in the consumer society, it is as if the function of the capitalist State had become the provider of a new and completely different “essential basic component” of the capitalist building that has recently replaced it. to that predecessor of yours that Habermas described in his book: the encounter between the client and the article or consumer goods. Today, the conditions for this purchase transaction to take place on a regular basis and with sufficient frequency go through to ensure that the customer is in a position to pay the price of the offered goods and that the merchandise is sufficiently attractive to be sold at that price. .
The most accurate picture of the current state of central and eastern Europe is that of an overlap of two landscapes: the typical one after a shock as strong as that of the transition and the one that has remained there also after the fact that the vision of a consumerist orgy that seemed imminent has completely vanished.

The economy has stopped representing the real soul of society to become one of its multiple components, as modifiable as the others. The first to support this idea were the revolutionary thinkers of the Frankfurt School, to whom we owe the germ of a transcendental change: concretely, the one that has led us to conceive that culture – until then considered something superstructural (and, therefore, both, dependent on the economy) – could condition and even determine the options chosen for economic policy. We would speak of a culture so strong that it could become, on its own, a structure within a society free from capitalist domination.
The State is going through a deep identity crisis. Far from recovering his relationship of trust with the citizens, who had been informed of the constitution of that from the beginning, now has to endure the repercussions of the crisis of modernity that leads to undeserved degradation, accompanied (as in any phase of decline) of diverse corruption and popular distrust. The current political crisis (described as “anti-political”) is the crisis of the modern State. Concerned about how to defend the reasons for its existence, the State tries to recover credibility by reducing the public debt and implementing a neoliberal policy, but forgets that its primary purpose is not to balance budgets, but to provide adequate services to the citizen.
The neoliberal option currently adopted -which, in any case, is highly unfeasible for a public body or body- can provide the severity and confidence expected from it, but, for that reason, it is not capable of guaranteeing simultaneously the kind of intervention in the economy that, in other times, had allowed to reach commitments with the big industries aimed at avoiding unemployment.
The liquidation of the capital invested in the industry and its transfer to the paradise of supranational finance is a recent phenomenon, but one that is firmly established and has given the investors plenty of reliability. Unlike the fixed assets of the past, the visible materiality of those translated into machinery, plants, factories, pollution and labor, financial capital is intangible, volatile and lacking in master. In reality, it does not correspond to specific individuals with a name and a face; we should not imagine him subject to the inflexible inspection of a respectable old man in a top hat sitting at his desk in the office on the top floor of the central building of a large business conglomerate. There are no owners, but simply company executives who move virtual money at an extreme speed: invest and divest, buy and sell according to market principles, within an immeasurable network of exchanges, relationships and transactions that continue to produce benefits. They record even greater benefits than any industrial investment, and with less responsibility.
Those who make financial decisions are immune from any liability demands, and are above any moral ethics other than profitability. And they only render accounts before the latter. Just as the kings and despots of antiquity did not worry about the lives of their subjects, whom they sent to die in combat to satisfy their whims, the anonymous men of virtual finance do not assume any responsibility for the damages caused by their actions.

We will live in what they have called post-democracy:
a) deregulation, that is, the annulment of the rules that govern economic relations for the sake of the supremacy of financial and stock markets;
b) the fall of citizen participation in political life and elections (although this is often considered normal);
c) the return of economic liberalism (or neoliberalism), by which the private sector is entrusted with part of the functions of the State and of the management services (which were previously “public”) under the same criteria of economic performance as those of the private company;
d) the decline of the Welfare State, which goes on to reserve basic services only for the poorest population, that is, as an exceptional circumstance and not as part of a generalized right of all citizens;
e) the prevalence of pressure groups, which increase their power and imprint politics on the direction they want;
f) politics as a show, in which advertising techniques are used to generate consensus; the predominance of the figure of the leader, who does not rest on his charisma, but on the power of the image, market research and the use of a precise communicative project;
g) the decrease in public investments;
h) the preservation of the “formal” aspects of democracy, which maintains, at least, the appearance of the guarantee of freedom.

Wolfgang Streeck suggests that the current financial crisis is a consequence of the failure of democracy, but it is also possible that it has been induced or guided to recover the old social inequality and reduce democracy.
The truth is that the current situation of democratic “fainting” is mainly due to the crisis of the State, its inability to act as a strong and decisive interlocutor of social mediation, as a regulator of the economy, as a guarantor of security. So much so, Streeck confirms, that “private insurance companies have today replaced governments and politics as providers of social security.”

What really matters is the comfort, how could you not have noticed ?? !! What really matters is the comfort without effort and the comfortable absence of effort, is to make the world obedient and malleable, is to amputate from that world everything that could stand (obstinate and pugnacious) between will and reality. Correct: given that reality is that which resists the will, what really matters is getting rid of reality. What matters is to live in the world that we have made only with the wishes of one or of one: with mine, with yours and with ours (those of the buyers, those of the consumers, those of the users and the beneficiaries of technology).

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