Historia mínima del Cosmos — Manuel Toharia / Minimal History of the Cosmos by Manuel Toharia (spanish book edition)

Sin ser un experto en estos temas este breve libro del conocido autor me ha parecido didáctico e interesante en lo relacionado con el Cosmos, sin duda es una lectura muy recomendable a un mundo lleno de incógnitas.

El Sol sale siempre por un lado del paisaje y se pone por el lado opuesto.
Si alguien dijera que ese movimiento diurno del Sol –lo vemos nacer y luego va a pasar por encima de nuestras cabezas a lo largo del día, para acabar poniéndose por el lado opuesto– no existe, porque en realidad los que nos movemos somos nosotros, se lo tomaría por loco. ¡Pero si es evidente, lo vemos con nuestros propios ojos a lo largo de las horas, que el Sol no está quieto sino que se mueve de este a oeste!
Pero a todos nos han enseñado desde niños que, en contra de las apariencias, es la Tierra la que gira de oeste a este, y el Sol el que durante ese tiempo está quieto.
Lo crucial de este asunto es que nos enseña algo difícil de aceptar: no debemos fiarnos de las supuestas evidencias proporcionadas por nuestros sentidos, porque estos nos engañan más de lo que quisiéramos. Aunque veamos al Sol moverse, la realidad es que es la Tierra la que gira sobre su eje; no porque podamos verlo, sino porque nos lo han dicho los que saben más que nosotros…

La inducción propia del método científico hizo que Galileo aportara pruebas experimentales de sus afirmaciones a base de observar la realidad con medios superiores a los propios sentidos humanos. Esas pruebas, a pesar de poder ser confirmadas por la repetición de las experiencias adecuadas, se oponían a la deducción defendida por la Inquisición, que se basaba en argumentos de autoridad y tradición anclados en una doctrina de muchos siglos de antigüedad, anterior incluso al cristianismo mismo.
Hizo bien el papa Wojtila al pedir perdón, en 1992, por la condena a Galileo, rehabilitándole 359 años después de aquel juicio en Florencia. Pero, tratando de justificar lo injustificable, añadió que comprendería la postura de la iglesia de aquella época porque, según dijo el papa polaco, las pruebas de Galileo no eran lo bastante poderosas como para contrarrestar las “pruebas” teológicas y filosóficas. ¿Pruebas teológicas? ¿Pero no se basa la teología precisamente en la ausencia de pruebas acerca de su credo sustancial, la existencia de Dios? Si hubiera tales pruebas ya no sería un dogma de fe sino, simple y llanamente, una afirmación científica.
Las cosmogonías, antiguas como la humanidad misma, siempre se resistieron y se resisten a ceder el paso ante la cosmología racional. Aquel episodio de Copérnico-Bruno-Galileo fue, con todo, el punto de inflexión para iniciar una nueva forma de ver y analizar el mundo, basada en el método científico.

Cosmogonía, según la primera acepción de la Real Academia, dice: “relato mítico relativo a los orígenes del mundo”. O sea, se explica la génesis del Cosmos entero apelando a los mitos. Recordemos que un mito es una explicación de alguna cosa que presupone la existencia de seres sobrenaturales o extraordinarios. Eso vale para los dioses, pero también para los monstruos e incluso, modernamente, para los extraterrestres.
Desde la antigüedad, los mitos han sido relatos compuestos por acciones simbólicas que se transmitieron, generación tras generación, para ofrecer respuestas sobre el origen del mundo y del hombre, en relación con los dioses o con los ángeles, héroes, mensajeros y profetas, según los casos, que actuaban en nombre de sus correspondientes divinidades superiores. Esos mitos ofrecieron a las distintas culturas una visión integradora del mundo –esencial para la seguridad psicológica de la identidad común–, que además explicaba los fenómenos naturales más formidables e incomprensibles, como las tormentas o los eclipses.
Otra cosa son los relatos de unas u otras mitologías.

El origen y el futuro del mundo, así como la relación humana con el entorno natural, se explicaban mediante la leyenda del Tiempo del Sueño, una tradición de tipo religiosa parecida al shinto japonés, que tiene un lugar geográfico sagrado, la hoy llamada Ayers Rock (Uluru en idioma aborigen), muy cerca de la línea del Trópico de Capricornio. En el sintoísmo japonés, los kami son los espíritus de la naturaleza, la montaña, el bosque cercano, el árbol especial… Algo parecido ocurría en aquella cultura antiquísima del centro de Australia, con una roca de apariencia espectacular representando al ente natural creador de todo.
El paradigma de la civilización occidental más antigua sea la sumeria, que se remonta, en la baja Mesopotamia, al Neolítico, en los primeros tiempos del Holoceno, 9.000 a 4.000 años antes de ahora.
Los sumerios más primitivos creían que el mundo flotaba como un gran disco sobre un mar celestial, que existía desde siempre y que todo había sido creado por el agua (representada por el dios padre Apsu) y el caos o diosa madre (Tiamat), especialmente los peces, los animales terrestres e incluso los seres humanos. El Universo visible de día y de noche era, una vez más, un disco plano cerrado por una cúpula metálica brillante, quizá de latón, metal que ya conocían; en él, la lucha entre Marduk (Júpiter) y los dioses del caos terminó con la victoria del primero.

Ptolomeo no se molestó mucho en explicar el origen del Cosmos: daba por sentado que era obra de los dioses aunque no era muy fanático, sino más bien un pensador pragmático y conciliador. Pero toda su ciencia fue utilizada por los árabes y los cristianos para defender con uñas y dientes el dogma geocéntrico, so pretexto de que el hijo de Dios no pudo hacerse hombre en cualquier sitio sino en el centro mismo del Cosmos.
Con la caída del imperio romano en el siglo V, la cultura europea y, en particular, el estudio racional de nuestro entorno sufrieron un colapso del que tardarían diez siglos en recuperarse. El esplendor grecorromano acabó sucumbiendo ante las creencias y conductas más burdas, amén del omnipresente poder de la iglesia y sus instituciones más represivas. Abundaron las quemas de brujas –eso implicaba que quienes las condenaban, incluida la Inquisición, creían en su existencia–, los autos de fe y otras ceremonias sórdidas. Era un claro retroceso a la creencia primitiva en oscuros poderes que podían manejar a su antojo la naturaleza y la vida de los hombres.
El conocimiento del medio natural –cuya exploración habían iniciado con notable racionalidad algunas mentes preclaras en Mesopotamia y Grecia– quedó en manos de la charlatanería popular y, sobre todo, de la cada vez más poderosa religión cristiana.

Las cosmogonías son creencias bien establecidas e inmutables; por ejemplo, la cosmogonía cristiana explica la existencia del Cosmos de forma así de tajante: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra.
Cosmología solo hay una: la que deriva del método científico aplicado al conocimiento del Cosmos. Un método científico que no se llamaba aún de esa manera cuando algunos pensadores griegos emitían hipótesis razonables basadas en la observación y no en la mitología para explicar sucesos que ocurrían en el Cielo y en la Tierra. Pero que acaba cristalizando en los inicios del Renacimiento gracias a dos personajes cruciales –Copérnico y Galileo–
Es probable que los textos antiguos hablasen de cosmología, pero la primera vez que se utilizó en el sentido científico que aquí estamos destacando fue hace relativamente poco, en pleno siglo XVIII. El filósofo y matemático alemán Christian von Wolff (1679-1754), inicialmente seguidor de las obras de Leibniz y Descartes, y en cuya obra se inspiró Kant, escribió en 1731 una obra que tituló Cosmologia generalis.

Copérnico se sitúa en el plano técnico y matemático del asunto, en lugar de especular filosóficamente sobre el Cosmos y sus leyes. Precisó los principales aspectos de la geometría planetaria planteados por Ptolomeo, demoliendo uno a uno los postulados que el sabio alejandrino había defendido y que todos aceptaron duraron más de un milenio porque en ellos se basaba la tesis religiosa dominante, el geocentrismo. Lo que Copérnico demostraba matemáticamente era exactamente lo contrario: que el Sol era el centro y que los planetas giraban en torno suyo.
El heliocentrismo, como base esencial de una nueva forma de ver el Cosmos, prescinde de los elementos míticos o religiosos de las cosmogonías antiguas: mostrar que la Tierra no está en el centro de nada, que gira en torno a una estrella, y que además lo hace sobre su eje cada 24 horas, fue la forma de decirle al mundo que este es comprensible mediante la única fuerza del entendimiento humano.

Con todo, en pleno siglo XVI muchos astrónomos dudaban aún de la precisión de los cálculos y los datos en los que se basaban las tesis copernicanas. Y es que aún no existían telescopios para mejorar y ampliar nuestra visión del Cosmos, y todo lo que se observaba era a simple vista, con aparatos que medían ángulos y poco más.
El noble danés Tycho Brahe (1546-1601) fue quizá el mejor experimentador y observador de todo ese siglo inicial del Renacimiento. Su empeño fue medir con la máxima precisión posible los ángulos y tiempos del devenir de los astros, revisando todos los cálculos anteriores y, en particular, los del Almagesto tolemaico, y aportando incluso mayor atención aún que el propio Copérnico al problema de las órbitas planetarias, afrontando sin dudarlo el problema de la paralaje, que para él resultaba crucial de cara a confirmar o desmentir la teoría heliocéntrica.
Hallazgos deben a Galileo:
1. La existencia de relieve en la Luna.
Solo podía significar que los cielos no eran perfectos, ni los astros esferas lisas e inmutables.
2. El descubrimiento de muchas estrellas hasta entonces invisibles.
No solo aparecían en el telescopio muchas estrellas desconocidas sino que las más conocidas no aumentaban de tamaño, como sí ocurría con la Luna y el Sol. Solo podía significar que las estrellas estaban muchísimo más lejos de lo que se pensaba, invalidando de paso el argumento de la paralaje, contrario al heliocentrismo.
3. La Vía Láctea está compuesta de miles, quizá millones de estrellas.
Lo explicaba él mismo: “Observamos la materia y naturaleza del propio Círculo Lácteo que nos fue permitido escrutar merced al catalejo, de modo que todas las discusiones que a lo largo de siglos torturaron a los filósofos fueron resueltas con la certidumbre de nuestros ojos […]. La Galaxia no es otra cosa que un montón de innumerables estrellas esparcidas en grupos”.
4. Descubrimiento de los satélites de Júpiter.
5. La existencia de manchas en la superficie del Sol.
Galileo las observó en 1610, pero no lo publicó hasta 1613, estableciendo que las manchas oscuras observadas sobre el disco solar no estaban fuera de este, sino que pertenecían al Sol mismo. Por eso deducía que el astro giraba en torno a su propio eje.
6. Las fases de Venus.
Galileo también había observado en 1610 que el planeta Venus no siempre aparecía como un disco sino que presentaba fases, como la Luna; no obstante prefirió confirmar sus datos y sus posibles hipótesis, por lo que no lo publicó hasta 1623, en su libro Il Saggiatore [El ensayador].
7. Inclinación del eje de rotación del Sol.
La prueba definitiva contra el sistema de Tycho Brahe la aportó Galileo al presentar las observaciones que probaban que el eje de rotación del Sol estaba inclinado. O sea que el astro no solo tenía manchas sino que además giraba sobre sí mismo y, para colmo, según un eje inclinado respecto al plano en el que giraban los planetas. Es decir, que de perfecto tenía más bien poco.
8. Argumento (falso) de la causa de las mareas.
Según Galileo, la rotación de la Tierra sobre sí misma y su traslación en torno al Sol hacían que la superficie del planeta sufriese aceleraciones y deceleraciones de pequeña magnitud cada doce horas, lo que ocasionaba en las masas líquidas el fenómeno de las mareas. El argumento es interesante e ingenioso; lo que ocurre es que esa fuerza es muchísimo menos intensa de lo que calculaba Galileo y en nada influye sobre las mareas que, en cambio, sí aparecen debido al efecto combinado de la atracción gravitatoria de la Luna y el Sol.

Siglo XVII la razón comienza a imponerse a las creencias a la hora de descubrir y comprender los fenómenos de la naturaleza. Esa forma de pensar rompió con el inmovilismo de muchos siglos y abrió la puerta a numerosas aplicaciones prácticas que acabaron siendo glosadas en ese primer gran resumen de lo que se sabía en el siglo XVIII que fue la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, un filósofo y un matemático metidos a cronistas de la ciencia y la tecnología.

Desde luego, en los últimos dos siglos hemos ido acumulando cada vez más indicios acerca del origen, el desarrollo y el posible fin del Universo. Con ellos se han ido elaborando ciertas teorías que aventuran algunas respuestas a las preguntas esenciales que lleva haciéndose la humanidad desde que dejamos de ser monos listos para convertirnos en humanos inteligentes: ¿de dónde venimos, dónde estamos, hacia dónde vamos?
Decía Bertrand Russell, definiendo la verdad y la realidad en el campo científico pero aplicándolo a la teoría de la relatividad: “El objetivo de la ciencia no es establecer verdades inmutables y dogmas eternos, sino solo acercarse a la verdad por medio de sucesivas aproximaciones, sin proclamar que en alguna de las etapas intermedias esa verdad haya sido alcanzada por completo”.
La expresión Gran Explosión tiene poco sentido. Lo que debió de dar origen al Cosmos actual no fue algo explosivo ni tampoco, muy probablemente, pudo ser grande puesto que partía de un punto infinitamente pequeño. Los científicos lo definen, de forma bastante críptica, como una “singularidad espaciotemporal de densidad infinita”. Lo que, matemáticamente, puede tener sentido; pero resulta incomprensible para el común de los mortales.
¿Tiene sentido preguntarse qué hubo ‘antes’ del Big Bang?
No mucho, en realidad; si aceptamos que el tiempo y el espacio nacen en el Big Bang, “antes de” no tiene sentido, porque no había tiempo ni, por tanto, “antes”. No había nada; la Nada absoluta.

Hoy, casi 13.800 millones de años después del Big Bang, podemos decir que todo lo que conocemos puede explicarse en función de la energía y la materia, todo ello dentro del espacio-tiempo.
Las personas estamos hechas de materia viva y de energía de muchos tipos, por ejemplo calor corporal (energía calorífica), o movimiento muscular (energía mecánica); además, vivimos en un determinado espacio en una ciudad cualquiera, y medimos el tiempo con relojes y calendarios. De hecho, absolutamente todo lo que uno pueda imaginar en el Cosmos está contenido en esos cuatro conceptos: materia y energía dentro del espacio-tiempo.
Que materia y energía son la misma cosa no es una teoría “inventada” por Einstein sino que fue el resultado de una teoría matemáticamente impecable para explicar lo hasta entonces no explicado. Teoría que ha sido verificada en múltiples ocasiones, por ejemplo en el campo de las partículas elementales, cuando una partícula y su correspondiente antipartícula se unen para desintegrar su masa y convertirla en una enorme cantidad de energía bajo la forma de un fotón muy energético. Un proceso que también se realiza a la inversa, cuando un intenso paquete de energía, como un fotón de rayos gamma, se materializa en electrón y positrón.
La ciencia es un permanente recordatorio de nuestras limitaciones. Lo único bueno es que eso no deja de estimularnos para seguir adelante en nuestras indagaciones.

La vida existe porque intercambia energía y materia con el entorno, y eso provoca un constante cambio de los elementos de cada ser vivo; al conjunto de esas reacciones ordenadas con un fin concreto, que en última instancia es la reproducción, lo llamamos metabolismo. En cambio, cuando el individuo muere, ese intercambio se mantiene pero se desordena; de hecho, todos los constituyentes del ser vivo siguen existiendo después de su muerte, pero organizados de forma muy distinta.
Y es que los átomos son, por así decirlo, independientes; es decir, no tienen por qué “alimentarse” para subsistir. Tienen toda la materia y toda la energía que necesitan para ser ese mismo átomo durante mucho tiempo, a veces millones de años; en el caso de los átomos de hidrógeno, desde el mismo Big Bang. En cambio, todos los seres vivos están organizados de tal modo que necesitan intercambiar energía y materia con el entorno de forma ordenada si quieren seguir vivos.
Cualquier organismo es, pues, un lugar de tránsito de toda clase de átomos y moléculas que entran y salen de él, intercambiando energía en diversos procesos.

Es indiscutible que la inteligencia ha supuesto una etapa crucial en toda esa evolución de la biodiversidad del planeta Tierra. La vida, tal y como aquí existe, es sumamente exótica en el Cosmos; eso no quiere decir que no pueda existir en algún remoto lugar, aunque sí resulta altísimamente improbable que lleguemos siquiera a enterarnos.
Pero que, además, esa vida alcance la inteligencia, un proceso que en la Tierra requirió nada menos que 3.850 millones de años, no solo lo hace altísimamente improbable sino casi imposible.
No es fácil definir la inteligencia humana, pero sí lo es distinguir dónde no está.

1. Posible vida extraterrestre.
A mediados del siglo XX, el astrónomo americano Frank Drake propuso una extraña fórmula para analizar la probabilidad de existencia de vida extraterrestre que fue recibida con una mezcla de admiración y escepticismo por los científicos. Drake no lo sabía en su momento, pero hoy tenemos ya constancia de la existencia de planetas extrasolares.
2. ¿Se ha detenido la evolución darwinista?
Estas reflexiones en torno a la posible vida extraterrestre nos llevan, inevitablemente, a la existencia de vida en la Tierra, que ha culminado en la inteligencia. Aunque quizá emplear el término “culminar” sea mucho suponer.
Aludimos, en todo caso, a la evolución como proceso que, por caminos ligados simplemente al azar y al tiempo (miles de millones de años) nos llevó desde una célula arcaica simple y microscópica a la complejidad de la biodiversidad actual, incluidos los seres humanos inteligentes y tecnológicamente desarrollados. En ese proceso los seres vivos han evolucionado, se han adaptado, se han extinguido, han dado lugar a nuevas cepas de biodiversidad… Pero, ¿seguirá ocurriendo eso a partir de ahora?
No parece que haya razones para dudarlo.
3. ¿Habrá auténtica inteligencia artificial?
¿Y si con el progreso de la informática y de la robótica somos capaces algún día de fabricar vida artificial? ¿Incluso inteligente? ¿Incluso capaz de sentir?
Algunos piensan que existe una especie de impedimento determinista para que eso ocurra, sin duda ligado a la sacralización de la vida humana como algo superior e intocable.
Pero si la vida apareció en la Tierra a partir de elementos minerales, sin duda es posible.
4. El caos
Hace apenas unos decenios hemos descubierto que, frente al determinismo imperante en ciencia a partir de Galileo y Newton, han surgido nuevas formas de ciencia mucho más ligadas al indeterminismo probabilístico, como la relatividad y la cuántica; y, al indeterminismo dominante no probabilístico, el caos.
Hoy sabemos que el caos está presente de forma casi ubicua en las ciencias de la vida y de la tierra. En esencia, los fenómenos caóticos aparecen al analizar ciertas transformaciones (es decir, todo cambio que tenga un punto de partida y una posición final) que muestran una sensibilidad extrema a pequeñísimos cambios en el punto de partida. En la transformación caótica las condiciones finales pueden cambiar igualmente muy poco… o muchísimo. Y, lo que es peor, no podemos saberlo.

La ciencia no deja de avanzar, y hoy se comienza a vislumbrar que quizá la solución pase por ciertas formas deterministas que parecen verse en el comportamiento caótico de muchas variables; por ejemplo, los llamados atractores deterministas. Las matemáticas y la física no han dicho aún su última palabra. Y no es un tema baladí; al margen de los eventuales problemas que podamos tener con los climas del planeta, conviene no olvidar que, por ejemplo, el corazón adquiere un ritmo caótico en ciertas arritmias o cuando hay fibrilación auricular o ventricular. Y que muchas epidemias y plagas parecen estar sometidas a comportamientos caóticos.
Dentro de casi 5.000 millones de años, el Sol habrá engullido con su inmenso tamaño a Mercurio y a Venus. La Tierra y Marte se librarán, porque habrán sido alejados por repulsión gravitatoria poco a poco, pero estarán cerca, como planetas calcinados.
Finalmente, se acabará el hidrógeno y el Sol comenzará a fusionar helio. Este brusco cambio de régimen le hará reducir drásticamente su tamaño (la mayor densidad del helio compensará la temperatura) y la estrella se colapsará de golpe, haciéndose mucho más cálida. La gigante roja se habrá convertido en enana blanca.
A medida que el helio se vaya fusionando para producir elementos más pesados, como carbono y oxígeno, el Sol volverá a crecer hasta casi alcanzar de nuevo el tamaño de gigante roja: habrán pasado ya unos cien millones de años más.
Estas etapas finales son ya bastante rápidas: una vez agotado el helio, de nuevo la estrella se desplomará sobre sí misma, convirtiéndose de nuevo en enana blanca aún más pequeña, como cien veces menor que el Sol actual. Pero ya no le quedará suficiente masa y la temperatura comenzará, pues, a bajar. Y el proceso de fusión se detendrá, haciéndola apagarse poco a poco hasta convertirse en una estrella fría y oscura, que hoy denominamos enana marrón.
Así será el auténtico fin del mundo. De nuestro mundo.

Without being an expert in these issues this short book by the famous author has seemed didactic and interesting in relation to the Cosmos, it is certainly a highly recommended reading to a world full of unknowns.

The Sun always comes out on one side of the landscape and sets on the opposite side.
If someone said that this diurnal movement of the Sun – we see it being born and then going to pass over our heads throughout the day, to end up on the opposite side – it does not exist, because in reality we are the ones who move, he would be taken for crazy. But if it is evident, we see it with our own eyes throughout the hours, that the Sun is not still but moves from east to west!
But we have all been taught since childhood that, contrary to appearances, it is the Earth that turns from west to east, and the Sun that during that time is still.
The crux of this matter is that it teaches us something difficult to accept: we should not trust the supposed evidence provided by our senses, because they deceive us more than we would like. Although we see the Sun move, the reality is that it is the Earth that rotates on its axis; not because we can see it, but because those who know more than us have told us …

The induction of the scientific method made Galileo provide experimental evidence of his claims based on observing reality with means superior to the human senses. These proofs, in spite of being able to be confirmed by the repetition of the appropriate experiences, were opposed to the deduction defended by the Inquisition, which was based on arguments of authority and tradition anchored in a doctrine of many centuries of antiquity, previous even to Christianity same.
Pope Wojtila did well to apologize, in 1992, for the condemnation of Galileo, rehabilitating him 359 years after that trial in Florence. But, trying to justify the unjustifiable, he added that he would understand the position of the church at that time because, according to the Polish pope, Galileo’s proofs were not powerful enough to counteract the theological and philosophical “tests”. Theological tests? But is not theology based precisely on the absence of evidence about its substantial creed, the existence of God? If there were such proofs it would no longer be a dogma of faith but, simply and plainly, a scientific statement.
The cosmogonies, old as humanity itself, always resisted and refuse to give way to rational cosmology. That episode of Copernicus-Bruno-Galileo was, nevertheless, the turning point to start a new way of seeing and analyzing the world, based on the scientific method.

Cosmogony, according to the first meaning of the Royal Academy, says: “mythical story about the origins of the world.” That is, the genesis of the entire Cosmos is explained by appealing to myths. Remember that a myth is an explanation of something that presupposes the existence of supernatural or extraordinary beings. That is true for the gods, but also for monsters and even, modernly, for aliens.
Since ancient times, myths have been stories composed of symbolic actions that were transmitted, generation after generation, to offer answers about the origin of the world and man, in relation to the gods or angels, heroes, messengers and prophets, according to the cases, which acted in the name of their corresponding superior divinities. These myths offered the different cultures an integrating vision of the world – essential for the psychological security of the common identity – which also explained the most formidable and incomprehensible natural phenomena, such as storms or eclipses.
Another thing is the stories of one or other mythologies.

The origin and future of the world, as well as the human relationship with the natural environment, were explained by the legend of the Time of Dream, a tradition of religious type similar to Japanese Shinto, which has a sacred geographical place, today called Ayers Rock (Uluru in Aboriginal language), very close to the Tropic of Capricorn line. In Japanese Shinto, the kami are the spirits of nature, the mountain, the nearby forest, the special tree … Something similar happened in that ancient culture of the center of Australia, with a spectacular rock representing the natural being creator of everything .
The paradigm of the oldest western civilization is the Sumerian, which goes back, in the low Mesopotamia, to the Neolithic, in the early Holocene, 9,000 to 4,000 years before now.
The most primitive Sumerians believed that the world floated like a great disk on a celestial sea, which had always existed and that everything had been created by water (represented by the god father Apsu) and chaos or mother goddess (Tiamat), especially fish, terrestrial animals and even humans. The visible universe of day and night was, once again, a flat disk closed by a shiny metal dome, perhaps of brass, metal that they already knew; in it, the struggle between Marduk (Jupiter) and the gods of chaos ended with the victory of the first.

Ptolemy did not bother much to explain the origin of the Cosmos: he assumed that it was the work of the gods although he was not very fanatical, but rather a pragmatic and conciliatory thinker. But all his science was used by Arabs and Christians to defend tooth and nail the geocentric dogma, on the pretext that the son of God could not become man anywhere but at the very center of the Cosmos.
With the fall of the Roman Empire in the fifth century, European culture and, in particular, the rational study of our environment suffered a collapse that would take ten centuries to recover. The Greco-Roman splendor ended up succumbing to the most crude beliefs and behaviors, in addition to the omnipresent power of the church and its most repressive institutions. The burning of witches abounded – that implied that those who condemned them, including the Inquisition, believed in their existence -, the autos de fe and other sordid ceremonies. It was a clear setback to the primitive belief in dark powers that could handle at will the nature and life of men.
The knowledge of the natural environment – whose exploration had begun with remarkable rationality some preclear minds in Mesopotamia and Greece – remained in the hands of popular charlatanism and, above all, of the increasingly powerful Christian religion.

Cosmogonies are well-established and immutable beliefs; For example, the Christian cosmogony explains the existence of the Cosmos in such a blunt way: “In the beginning God created heaven and earth.
Cosmology there is only one: the one that derives from the scientific method applied to the knowledge of the Cosmos. A scientific method that was not yet called that way when some Greek thinkers issued reasonable hypotheses based on observation and not on mythology to explain events that occurred in Heaven and on Earth. But that ends up crystallizing at the beginning of the Renaissance thanks to two crucial characters – Copernicus and Galileo-
It is probable that the ancient texts spoke of cosmology, but the first time it was used in the scientific sense that we are highlighting here was relatively recently, in the 18th century. The German philosopher and mathematician Christian von Wolff (1679-1754), initially a follower of the works of Leibniz and Descartes, and in whose work Kant was inspired, wrote in 1731 a work entitled Cosmologia generalis.

Copernicus is situated on the technical and mathematical level of the subject, instead of speculating philosophically on the Cosmos and its laws. He specified the main aspects of planetary geometry raised by Ptolemy, demolishing one by one the postulates that the wise Alexandrian had defended and that all accepted lasted more than a millennium because they were based on the dominant religious thesis, geocentrism. What Copernicus demonstrated mathematically was the exact opposite: that the Sun was the center and that the planets revolved around him.
Heliocentrism, as the essential basis of a new way of seeing the Cosmos, dispenses with the mythical or religious elements of ancient cosmogonies: showing that the Earth is not at the center of anything, that it revolves around a star, and that it does it on its axis every 24 hours, it was the way to tell the world that this is understandable through the only force of human understanding.

However, in the sixteenth century many astronomers still doubted the accuracy of the calculations and the data on which the Copernican theses were based. And is that there were still no telescopes to improve and expand our view of the Cosmos, and everything that was observed was at first glance, with devices that measured angles and little else.
The Danish noble Tycho Brahe (1546-1601) was perhaps the best experimenter and observer of all that early Renaissance century. His effort was to measure as accurately as possible the angles and times of the evolution of the stars, reviewing all the previous calculations and, in particular, those of the Ptolemaic Almagest, and paying even more attention than Copernicus himself to the problem of planetary orbits. , facing without hesitation the problem of parallax, which for him was crucial in order to confirm or disprove the heliocentric theory.
Findings owe to Galileo:
1. The existence of relief on the Moon.
It could only mean that the heavens were not perfect, nor the stars smooth and immutable spheres.
2. The discovery of many hitherto invisible stars.
Not only did many unknown stars appear in the telescope, but the best-known ones did not increase in size, as they did with the Moon and the Sun. It could only mean that the stars were much farther away than previously thought, invalidating the argument in passing. of parallax, contrary to heliocentrism.
3. The Milky Way is composed of thousands, perhaps millions of stars.
He explained it himself: “We observed the matter and nature of the own Milky Circle that we were allowed to scrutinize thanks to the spyglass, so that all the arguments that tortured the philosophers over the centuries were resolved with the certainty of our eyes [… ] The Galaxy is nothing other than a bunch of innumerable stars scattered in groups. ”
4. Discovery of Jupiter satellites.
5. The existence of spots on the surface of the Sun.
Galileo observed them in 1610, but did not publish them until 1613, establishing that the dark spots observed on the solar disk were not outside this, but belonged to the Sun itself. That is why he deduced that the star revolved around its own axis.
6. The phases of Venus.
Galileo had also observed in 1610 that the planet Venus did not always appear as a disk but presented phases, such as the Moon; However, he preferred to confirm his data and possible hypotheses, so he did not publish it until 1623, in his book Il Saggiatore [The assayer].
7. Inclination of the axis of rotation of the Sun.
The definitive test against Tycho Brahe’s system was provided by Galileo when he presented the observations proving that the axis of rotation of the Sun was tilted. That is, the star not only had spots but also turned on itself and, to top it off, according to an axis inclined to the plane in which the planets rotated. That is to say, that of perfect it had rather little.
8. Argument (false) of the cause of the tides.
According to Galileo, the rotation of the Earth on itself and its translation around the Sun caused the surface of the planet to suffer accelerations and decelerations of small magnitude every twelve hours, which caused in the liquid masses the phenomenon of tides. The argument is interesting and witty; what happens is that this force is much less intense than Galileo calculated and in no way influences the tides that, on the other hand, do appear due to the combined effect of the gravitational attraction of the Moon and the Sun.

Seventeenth century reason begins to impose beliefs when it comes to discover and understand the phenomena of nature. This way of thinking broke with the immobility of many centuries and opened the door to many practical applications that ended up being glossed in that first great summary of what was known in the eighteenth century that was the Encyclopedia of Diderot and D’Alembert, a philosopher and a mathematician stuck to chroniclers of science and technology.

Of course, in the last two centuries we have accumulated more and more indications about the origin, development and possible end of the Universe. With them have been developing certain theories that venture some answers to the essential questions that humanity has been doing since we stopped being ready monkeys to become intelligent humans: where do we come from, where are we, where are we going?
Bertrand Russell said, defining the truth and reality in the scientific field but applying it to the theory of relativity: “The objective of science is not to establish immutable truths and eternal dogmas, but only to approach the truth through successive approximations, without proclaiming that in some of the intermediate stages that truth has been reached completely “.
The expression Big Bang makes little sense. What should have given rise to the current Cosmos was not something explosive nor, very likely, could it be great since it started from an infinitely small point. Scientists define it, quite cryptically, as a “spatio-temporal singularity of infinite density”. Which, mathematically, can make sense; but it is incomprehensible to ordinary mortals.
Does it make sense to ask what was ‘before’ the Big Bang?
Not much really; if we accept that time and space are born in the Big Bang, “before” does not make sense, because there was no time or, therefore, “before”. There was nothing; Absolute Nothing.

Today, almost 13,800 million years after the Big Bang, we can say that everything we know can be explained in terms of energy and matter, all within space-time.
People are made of living matter and energy of many types, for example body heat (heat energy), or muscle movement (mechanical energy); In addition, we live in a certain space in any city, and we measure time with clocks and calendars. In fact, absolutely everything one can imagine in the Cosmos is contained in those four concepts: matter and energy within space-time.
What matter and energy are the same thing is not a theory “invented” by Einstein but was the result of a mathematically impeccable theory to explain what has not been explained so far. Theory that has been verified multiple times, for example in the field of elementary particles, when a particle and its corresponding antiparticle come together to disintegrate its mass and convert it into a huge amount of energy in the form of a very energetic photon. A process that is also done in reverse, when an intense energy packet, like a gamma-ray photon, materializes into an electron and a positron.
Science is a permanent reminder of our limitations. The only good thing is that it does not stop stimulating us to move forward in our inquiries.

Life exists because it exchanges energy and matter with the environment, and that causes a constant change of the elements of each living being; to the set of those reactions ordered with a concrete purpose, which ultimately is reproduction, we call it metabolism. On the other hand, when the individual dies, this exchange is maintained but disorganized; in fact, all the constituents of the living being continue to exist after their death, but organized in a very different way.
And it is that the atoms are, so to speak, independent; that is, they do not have to “feed” themselves to survive. They have all the matter and all the energy they need to be that same atom for a long time, sometimes millions of years; in the case of hydrogen atoms, from the same Big Bang. Instead, all living beings are organized in such a way that they need to exchange energy and matter with the environment in an orderly fashion if they want to stay alive.
Any organism is, then, a place of transit of all kinds of atoms and molecules that enter and leave it, exchanging energy in various processes.

It is indisputable that intelligence has been a crucial stage in all this evolution of the biodiversity of planet Earth. Life, as it exists here, is extremely exotic in the Cosmos; that does not mean that it can not exist in some remote place, although it is extremely unlikely that we even get to know about it.
But that, in addition, that life reaches the intelligence, a process that on Earth required no less than 3,850 million years, not only makes it extremely improbable but almost impossible.
It is not easy to define human intelligence, but it is to distinguish where it is not.

1. Possible extraterrestrial life.
In the mid-twentieth century, the American astronomer Frank Drake proposed a strange formula to analyze the probability of existence of extraterrestrial life that was received with a mixture of admiration and skepticism by scientists. Drake did not know at the time, but today we already have evidence of the existence of extrasolar planets.
2. Has the Darwinian evolution stopped?
These reflections on possible extraterrestrial life lead us, inevitably, to the existence of life on Earth, which has culminated in intelligence. Although perhaps using the term “culminate” is a lot to suppose.
We allude, in any case, to evolution as a process that, by paths linked simply to chance and time (billions of years) took us from a simple and microscopic archaic cell to the complexity of current biodiversity, including humans smart and technologically developed. In this process, living beings have evolved, adapted, become extinct, have given rise to new strains of biodiversity … But will that continue to happen from now on?
There does not seem to be any reason to doubt it.
3. Will there be authentic artificial intelligence?
What if, with the progress of computer science and robotics, we are able someday to manufacture artificial life? Even smart? Even able to feel?
Some think there is a kind of deterministic impediment for that to happen, undoubtedly linked to the sacralization of human life as something superior and untouchable.
But if life appeared on Earth from mineral elements, it is certainly possible.
4. Chaos
Only a few decades ago we discovered that, faced with the prevailing determinism in science from Galileo and Newton, new forms of science have emerged that are much more linked to probabilistic indeterminism, such as relativity and quantum; and, to the non-probabilistic dominant indeterminism, chaos.
Today we know that chaos is present almost ubiquitously in the sciences of life and earth. In essence, chaotic phenomena appear when analyzing certain transformations (that is, any change that has a starting point and a final position) that show extreme sensitivity to very small changes at the starting point. In the chaotic transformation the final conditions can change very little too … or very much. And, what is worse, we can not know.

Science does not stop advancing, and today it begins to be glimpsed that perhaps the solution passes through certain deterministic forms that seem to be seen in the chaotic behavior of many variables; for example, the so-called deterministic attractors. Mathematics and physics have not yet said their last word. And it’s not a trivial issue; regardless of the possible problems we may have with the climates of the planet, it is important not to forget that, for example, the heart acquires a chaotic rhythm in certain arrhythmias or when there is atrial or ventricular fibrillation. And that many epidemics and plagues seem to be subject to chaotic behavior.
Within almost 5,000 million years, the Sun will have engulfed Mercury and Venus with its immense size. Earth and Mars will be spared, because they will have been driven away by gravitational repulsion little by little, but they will be close, like calcined planets.
Finally, the hydrogen will run out and the Sun will begin to fuse helium. This abrupt change of regime will drastically reduce its size (the higher density of helium will compensate for the temperature) and the star will collapse suddenly, becoming much warmer. The red giant will have become a white dwarf.
As helium merges to produce heavier elements, such as carbon and oxygen, the Sun will grow back to almost reach the size of a red giant again: it will have been a hundred million years longer.
These final stages are already quite fast: once the helium is exhausted, the star will again collapse on itself, becoming once again a white dwarf even smaller, like a hundred times smaller than the current Sun. But you will not have enough mass left and the temperature will then begin to fall. And the fusion process will stop, making it fade little by little until it becomes a cold and dark star, which today we call brown dwarf.
This will be the true end of the world. Of our world.

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