Cuando los hechos cambian — Tony Judt / When The Facts Change: Essays, 1995-2010 by Tony Judt

Este es otro interesante libro sobre los cambios que se están dando a nuestro alrededor, por una mente brillante como la del autor a través de una serie de artículos que se dan juntos en este compendio que siempre es interesante releer y que pasarán a la posteridad por ser una de las grandes mentes que nos dejó.

El siglo XX ha finalizado con el aparente derrumbe de los ideales y las instituciones políticas y sociales con las que él se había comprometido durante la mayor parte de su vida. Es difícil no ver en ello un oscuro y lúgubre relato de error y desastre. Al igual que otros miembros de una notable generación de historiadores británicos comunistas o excomunistas (Christopher Hill, Rodney Hilton, Edward Thompson), Hobsbawm dirigió su atención profesional al pasado revolucionario y radical, y no solo porque la línea del Partido hiciera virtualmente imposible escribir abiertamente sobre el cercano presente. Para un comunista de toda la vida que también es un intelectual serio, la historia de nuestro siglo presenta un número de obstáculos a la interpretación casi insuperables, como lo demuestra inadvertidamente su última obra.
La historia del siglo XX de Eric Hobsbawm es la historia del declive de una civilización, la historia de un mundo que, al tiempo que ha llevado a su pleno florecimiento el potencial material y cultural del siglo XIX, ha traicionado su promesa. En tiempos de guerra, ciertos Estados han recobrado el uso de armas químicas sobre civiles desarmados (incluidos los propios, en el caso de Irak); las desigualdades sociales y medioambientales surgidas de fuerzas de mercado descontroladas están en alza.
Hay uno o dos cambios cruciales que han tenido lugar en el mundo: la muerte del comunismo, por ejemplo, o, en relación con ella, la pérdida de la fe en la historia y en las terapéuticas funciones del Estado, sobre los cuales el autor no se muestra siempre muy satisfecho. Es una pena, ya que ello da forma y a veces deforma su exposición de un modo que podría reducir su impacto sobre aquellos que más necesitan leerla y aprender de ella. Y he echado de menos, en su versión del siglo XX, esa mirada inexorablemente inquisitiva que ha hecho de él un guía tan indispensable respecto al XIX.

Es un triste descrédito para una cultura en su conjunto que exista esa desesperada búsqueda de un historiador como «buque insignia», de un «gran intelectual británico», que no se sepa qué más hacer para pasar por alto sus errores fácticos, metodológicos e interpretativos; para disculparle de sus desafortunadas expresiones; y para aceptar en su sentido literal la proclamación del propio Davies de las cualidades de su libro. Porque Europe: A History no solo está cargado de errores, desproporciones, prejuicios, resentimientos y jactancias. Es también asombrosamente convencional. Al final es tan solo otra anticuada historia de Europa más, de las de reyes y guerras, con una inusualmente amplia cantidad de ejemplos polacos. Si quiere usted algo original, tendrá que buscar en otro sitio. Y si lo que quiere es una historia de Europa convencional, hay por ahí otras mejores (incluida la obra del muy difamado John Roberts, cuya History of Europe [Historia de Europa] está a punto de ser publicada aquí por Viking). No están echadas a perder por pendencias académicas ni por rencores geopolíticos, y, además, sus datos son correctos.

Como instrumento de disuasión un arma nuclear tenía sus utilidades, pero solo si tu adversario y tú podíais ser convencidos de que podría, finalmente, hacerse uso de ella. Por esa razón, la Guerra Fría mantuvo durante muchos años una perspectiva de terror fuera de toda proporción con las cuestiones en juego, o con las intenciones de la mayoría de los participantes.
Debido a esos dos nuevos elementos, la Guerra Fría pareció cambiar su naturaleza y convertirse en algo radicalmente diferente de cualquier cosa transcurrida anteriormente. Y cuando terminó, con el hundimiento de uno de los adversarios, hubo algunos que supusieron que habíamos accedido a una nueva era de la historia de la humanidad. Desde 1990 podemos ver que realmente no era ese el caso. Es cierto que el mundo ha cambiado completamente desde 1950: los caballos se fueron y también el carbón, junto con los ordenamientos sociales y las formas de trabajo que simbolizaron. Los grandes proyectos reformadores también se han ido, al menos de momento. Pero ahora que hemos ganado la Guerra Fría podemos ver, mejor que lo hacíamos antes, que algunos de los dilemas que abordaba (o protegía de la vista) están todavía con nosotros. La historia reciente sugiere que la solución será tan esquiva como siempre.

Seamos realistas. Las brutales guerras europeas de nuestro siglo han confinado a la Europa del Este y del sudeste. Nada hay en la moderna experiencia americana, británica, francesa, italiana o incluso española que pueda igualarse con la traumática dislocación, la violencia asesina y el auténtico y prolongado sadismo en y entre los Estados balcánicos antes de 1914, entre 1941 y 1948 o desde 1991. Solo la guerra de exterminio llevada a cabo por Alemania en Polonia, los países bálticos y Ucrania es comparable, y desde hace tiempo se ha convertido en nuestra parábola moderna del mal absoluto. Pretender que la historia de Europa del Este o del sudeste se parecería a la de Europa occidental solo con que los observadores occidentales no «orientalizaran» la región es un lamentable error. Existen motivos que explican el puro horror de los conflictos balcánicos, por supuesto; pero no por eso dejan de ser horrorosos. No hay nada imaginado, inventado, representado, construido, apropiado u orientalizado en relación con semejante pretensión. Es un hecho.

Los judíos no israelíes se sienten hoy expuestos una vez más a la crítica y vulnerables frente a ataques por cosas que no han hecho. Pero esta vez es un Estado judío, no uno cristiano, el que, a causa de sus propias acciones, los tiene como rehenes. Los judíos de la diáspora no pueden influir en las políticas israelíes, pero están implícitamente identificados con ellas, en particular por las insistentes demandas de lealtad que les hace el mismo Israel. El comportamiento de un Estado que se describe a sí mismo como judío afecta al modo en que todos los demás ven a los judíos. La creciente incidencia de ataques a judíos en Europa y otros lugares es primordialmente atribuible a esfuerzos erróneamente dirigidos, con frecuencia por jóvenes musulmanes, a vengarse de Israel. La deprimente verdad es que el actual comportamiento de Israel no solo es malo para Estados Unidos, aunque es verdad que lo es. Incluso no es solo malo para el propio Israel, como reconocen silenciosamente muchos israelíes. La deprimente verdad es que hoy Israel es malo para los judíos.
En un mundo en el que las naciones y las gentes se entremezclan y se casan entre ellas a voluntad; en el que los obstáculos culturales y nacionales a la comunicación se han eliminado casi por completo; en el que somos cada vez más los que tenemos múltiples identidades electivas y nos sentiríamos equivocadamente forzados si tuviéramos que responder solamente a una de ellas; en ese mundo ciertamente Israel es un anacronismo.
Un Estado binacional en Oriente Próximo requeriría de un liderazgo estadounidense valiente e incansablemente comprometido. La seguridad tanto de judíos como de árabes necesitaría estar garantizada por una fuerza internacional, aunque a un Estado binacional legítimamente constituido le resultaría mucho más fácil controlar a militantes de todo tipo dentro de sus fronteras que cuando se infiltran desde el exterior y puede apelar a una clientela airada y excluida a ambos lados de la frontera. Un Estado binacional en Oriente Próximo requeriría de la aparición, tanto entre judíos como entre árabes, de una nueva clase política. La idea misma es una mezcla poco prometedora de realismo y de utopía, y no es precisamente un lugar propicio para que se inicie. Pero las alternativas son peores, mucho peores.
Si los judíos de Europa y de Norteamérica tomasen sus distancias respecto a Israel (como muchos han empezado a hacer), la afirmación de que Israel era «su» Estado cobraría un aire absurdo. Con el tiempo, incluso Washington podría llegar a ver la futilidad de condicionar la política exterior estadounidense a los delirios de un pequeño Estado de Oriente Próximo. Esto, creo yo, es lo mejor que podría pasarle al propio Israel. Estaría obligado a reconocer sus límites. Tendría que hacerse con nuevos amigos, preferiblemente entre sus vecinos.
De este modo, con el tiempo, podríamos esperar establecer una distinción natural entre personas que se da el caso de que son judías pero que son ciudadanos de otros países, y personas que son ciudadanos israelíes y que se da el caso de que son judías. Esto podría resultar muy útil. Existen muchos precedentes: las diásporas griega, armenia, turca e irlandesa han desempeñado todas un papel poco saludable al perpetuar el exclusivismo étnico y el prejuicio nacionalista en los países de sus mayores. La guerra civil de Irlanda del Norte llegó a su final en parte porque un presidente norteamericano dio instrucciones a la comunidad de emigrantes irlandeses para que no enviaran más armas ni dinero al IRA Provisional. Si los judíos estadounidenses dejasen de asociar su destino con Israel y empleasen sus benéficos cheques en mejores fines, algo similar podría suceder en Oriente Próximo.
Quizá la defensa más común de Israel fuera del país es que es «la única democracia de Oriente Próximo». Esto es en gran parte verdad: el país tiene una judicatura independiente y elecciones libres, aunque también discrimina a los no judíos de un modo que le diferencia de la mayoría de las otras democracias actuales. La expresión de una enérgica discrepancia de la política oficial es allí, cada vez más, algo desaconsejado.
Pero ese aspecto es irrelevante. «Democracia» no es garantía de buen comportamiento: la mayoría de los países son hoy formalmente democráticos. Israel desmiente el cómodo cliché estadounidense de que «las democracias no hacen la guerra». Es una democracia dominada y a menudo gobernada por personas que fueron soldados profesionales.
Junto con los países regidos por los jeques del petróleo, Israel es hoy el mayor lastre estratégico de Estados Unidos en Oriente Próximo. Gracias a Israel, estamos en serio peligro de «perder» a Turquía: una democracia musulmana, ofendida por el trato que recibe de la Unión Europea y que tiene un papel central en los asuntos de Oriente Próximo y de Asia central. Sin Turquía, Estados Unidos difícilmente alcanzará sus objetivos regionales, ya sea en Irán, Afganistán o en el mundo árabe. Ha llegado el momento de abrirse paso a través de los clichés que rodean a Israel, de tratarle como a un Estado «normal» y de cortarle el cordón umbilical.

Mientras países tan lejanos y oscuros sigan siendo importantes para Estados Unidos, Estados Unidos será importante para ellos y para todos los demás y se mantendrá su poder. Pero si Estados Unidos deja de preocuparse, ya no se le tendrá en cuenta. Si Washington deja de confiar, perderá la confianza de los demás. La máquina de fax se silenciará y todos estaremos mucho más solos y seremos más vulnerables; Estados Unidos sobre todo.
Estamos asistiendo a la disolución de un sistema internacional. El núcleo de ese sistema, y su corazón espiritual, era la alianza del Atlántico norte: no solo el tratado de defensa de 1949, sino también un conjunto de pactos y acuerdos en sus márgenes que comienzan con la Carta del Atlántico de 1941 y se extienden hasta las Naciones Unidas y sus organismos; los acuerdos de Bretton Woods y las instituciones a que dieron lugar; convenciones sobre los refugiados, los derechos humanos, genocidios, el control de armamento, crímenes de guerra y muchas más cosas. Los méritos de esta red de cooperación y compromiso transnacional iban mucho más allá del objetivo de contener y, en último término, derrotar al comunismo. El nuevo orden mundial se sustentaba en el recuerdo de treinta calamitosos años de guerra, depresión, tiranía interna y anarquía internacional.
Estados Unidos tiene mucho que perder si los europeos pugnan entre ellos por el favor estadounidense; nuestros líderes deberían avergonzarse de fomentar alegremente algo así. Como Aznar, Blair y sus colaboradores escribieron en su controvertida carta abierta del 20 de enero de 2003: «Hoy más que nunca el vínculo transatlántico es garantía de nuestra libertad». Esto es tan cierto hoy como lo era en 1947, y funciona en las dos direcciones.

El mundo será un lugar mucho más seguro para los tiranos y los bandidos, dentro y fuera de nuestras fronteras.
Estados Unidos no es creíble hoy: su reputación y prestigio están en el punto más bajo de su historia y la recuperación va a tardar en producirse. Y no se divisa un sustituto en el horizonte. Los europeos no están a la altura del desafío. Es probable que los poco prometedores resultados en los recientes referendos celebrados en Francia y Holanda hayan eliminado a la Unión Europea como actor político internacional efectivo para los próximos años. Es cierto que hemos dejado atrás la Guerra Fría, pero también ha pasado el momento de esperanza que la siguió. La anarquía internacional que tanto se esforzaron por evitar dos generaciones de lúcidos estadistas estadounidenses puede volver a instaurarse entre nosotros.
Lejos de escapar del siglo XX, me parece que lo que tenemos que hacer es volver a él y examinarlo con un poco más de detenimiento. Tenemos que recordar —o quizá empezar a aprender— que la guerra brutaliza y degrada a vencedores y vencidos, y qué nos ocurre cuando, después de haber librado insensatamente una guerra sin justificación alguna, se nos dice que agrandemos y demonicemos a nuestros enemigos a fin de continuar esa guerra indefinidamente. Y quizá, en esta prolongada campaña electoral, podamos hacer una pregunta a nuestros aspirantes a líderes: papá (o mamá, en su caso), ¿qué hiciste para evitar la guerra?.

Los socialdemócratas, característicamente modestos en su estilo y su ambición, tienen que hablar con más firmeza de lo conseguido en el pasado. La aparición del Estado proveedor de servicios sociales, la construcción a lo largo de todo el siglo de un sector público cuyos bienes y servicios ilustran y promueven nuestra identidad colectiva y objetivos comunes, la institución del bienestar como derecho y su provisión como deber social: todo esto no fueron logros menores.
Que esos logros fueran incompletos no debería preocuparnos. Si no hemos aprendido otra cosa del siglo XX, al menos deberíamos haber comprendido que cuanto más perfecta es la respuesta, más espantosas son sus consecuencias. Lo mejor a lo que podemos aspirar es a corregir unas circunstancias imperfectas, y probablemente no deberíamos aspirar a más. Otros han pasado las tres últimas décadas desmantelando y desestabilizando metódicamente esas mismas mejoras: esto debería indignarnos mucho más de lo que estamos. También debería preocuparnos, aunque no fuera más que por prudencia: ¿por qué se han dado tanta prisa en derribar los diques que tan laboriosamente levantaron sus predecesores? ¿Tan seguros estamos de que no se avecinan inundaciones?
Una socialdemocracia del temor es algo por lo que luchar. Abandonar los esfuerzos de un siglo es traicionar a aquellos que vivieron antes que nosotros y a las generaciones venideras. Sería gratificante —pero engañoso— afirmar que la socialdemocracia, o algo parecido, representa el futuro que nos gustaría en un mundo ideal. Ni siquiera representa un pasado ideal. Pero es la mejor de las opciones que tenemos hoy. En las palabras de Orwell, cuando reflexionaba en Homenaje a Cataluña sobre sus recientes experiencias revolucionarias en Barcelona:
 
Había muchas cosas que no comprendía, en ciertos aspectos que ni siquiera me gustaban, pero inmediatamente me di cuenta de que era algo por lo que merecía la pena luchar.
 
Creo que esto no es menos cierto sobre lo que podamos recuperar de la memoria de la socialdemocracia del siglo XX.

En referencia a Amos Elon. Una lamentable consecuencia de este autoexilio de uno de los grandes periodistas de su país es que muchos israelíes de hoy no conocen sus escritos. Desde luego, sus libros están disponibles en hebreo. Y sus frecuentes trabajos publicados en The New York Review of Books y en otros medios eran leídos con atención por sus admiradores. Pero en Israel el público para la clase de ensayo que escribía Elon ha ido disminuyendo con los años. Esto no resta significación a su fallecimiento. Todo lo contrario. El hecho de que la mayoría de los israelíes hoy no estén lamentando su muerte no hace más que ilustrar y agravar su pérdida… y la nuestra.

This is another interesting book about the changes that are taking place around us, by a brilliant mind like that of the author through a series of articles that are given together in this compendium that is always interesting to reread and that will pass to posterity by be one of the great minds that he left us.

The twentieth century has ended with the apparent collapse of the ideals and political and social institutions with which he had committed himself during most of his life. It is hard not to see in it a dark and dismal tale of error and disaster. Like other members of a remarkable generation of British communist or ex-communist historians (Christopher Hill, Rodney Hilton, Edward Thompson), Hobsbawm turned his professional attention to the revolutionary and radical past, and not just because the Party line made it virtually impossible to write openly about the near present. For a lifelong communist who is also a serious intellectual, the history of our century presents a number of almost insurmountable obstacles to interpretation, as his last work inadvertently demonstrates.
Eric Hobsbawm’s twentieth-century history is the story of the decline of a civilization, the story of a world that, while bringing the material and cultural potential of the nineteenth century to full bloom, has betrayed its promise. In times of war, certain states have regained the use of chemical weapons on unarmed civilians (including their own, in the case of Iraq); Social and environmental inequalities arising from uncontrolled market forces are on the rise.
There are one or two crucial changes that have taken place in the world: the death of communism, for example, or, in relation to it, the loss of faith in history and in the therapeutic functions of the State, over which the author He is not always very satisfied. It’s a shame, as it shapes and sometimes distorts your exposure in a way that could reduce its impact on those who most need to read it and learn from it. And I have missed, in its twentieth century version, that inexorably inquisitive look that has made him such an indispensable guide to the nineteenth century.

It is a sad discredit for a culture as a whole that there is that desperate search for a historian as a “flagship” of a “great British intellectual”, who does not know what else to do to ignore their factual, methodological and interpretative errors ; to apologize for his unfortunate expressions; and to accept in its literal sense the proclamation of Davies himself of the qualities of his book. Because Europe: A History is not only loaded with errors, disproportions, prejudices, resentments and boasting. It is also surprisingly conventional. In the end it is just another antiquated history of Europe more, of those of kings and wars, with an unusually large number of Polish examples. If you want something original, you will have to look elsewhere. And if what you want is a history of conventional Europe, there are other better ones out there (including the work of the much maligned John Roberts, whose History of Europe is about to be published here by Viking). They are not spoiled by academic quarrels or geopolitical grudges, and, in addition, their data are correct.

As a deterrent, a nuclear weapon had its uses, but only if you and your adversary could be convinced that it could finally be used. For that reason, the Cold War maintained for many years a perspective of terror out of all proportion to the issues at stake, or to the intentions of the majority of the participants.
Because of these two new elements, the Cold War seemed to change its nature and become something radically different from anything that had gone before. And when it ended, with the collapse of one of the adversaries, there were some who assumed that we had agreed to a new era in the history of mankind. Since 1990 we can see that this was not really the case. It is true that the world has completely changed since 1950: the horses left and also the coal, along with the social arrangements and the forms of work that they symbolized. The great reform projects have also gone away, at least for the time being. But now that we’ve won the Cold War, we can see, better than we did before, that some of the dilemmas that it tackled (or protected from sight) are still with us. Recent history suggests that the solution will be as elusive as ever.

Let’s be realistic. The brutal European wars of our century have confined Eastern Europe and the Southeast. There is nothing in modern American, British, French, Italian or even Spanish experience that can be equated with traumatic dislocation, murderous violence and authentic and prolonged sadism in and between the Balkan states before 1914, between 1941 and 1948 or since 1991 Only the war of extermination carried out by Germany in Poland, the Baltic countries and Ukraine is comparable, and has long since become our modern parable of absolute evil. To pretend that the history of Eastern Europe or the Southeast would resemble that of Western Europe only if Western observers do not “orientalize” the region is a regrettable mistake. There are reasons that explain the sheer horror of the Balkan conflicts, of course; but that does not stop them from being horrible. There is nothing imagined, invented, represented, constructed, appropriated or orientalized in relation to such pretension. It is a fact.

Non-Israeli Jews today feel exposed once again to criticism and vulnerable to attacks by things they have not done. But this time it is a Jewish state, not a Christian one, which, because of its own actions, holds them hostage. Diaspora Jews can not influence Israeli policies, but they are implicitly identified with them, in particular because of Israel’s insistent demands for loyalty. The behavior of a State that describes itself as a Jew affects the way in which everyone else sees the Jews. The increasing incidence of attacks on Jews in Europe and elsewhere is primarily attributable to efforts erroneously directed, often by young Muslims, to take revenge on Israel. The depressing truth is that Israel’s current behavior is not only bad for the United States, although it is true. It is not only bad for Israel itself, as many Israelis silently admit. The depressing truth is that today Israel is bad for the Jews.
In a world in which nations and people intermingle and marry each other at will; in which cultural and national barriers to communication have been almost completely eliminated; in which we are more and more those who have multiple elective identities and we would feel wrongly forced if we had to answer only one of them; In that world, Israel is certainly an anachronism.
A binational State in the Middle East would require courageous and tirelessly committed American leadership. The security of both Jews and Arabs would need to be guaranteed by an international force, although it would be much easier for a legitimately constituted binational State to control militants of all kinds within its borders than when they infiltrate from outside and can appeal to a clientele angry and excluded on both sides of the border. A binational state in the Middle East would require the emergence, both among Jews and Arabs, of a new political class. The idea itself is an unlikely mixture of realism and utopia, and it is not exactly a propitious place to start. But the alternatives are worse, much worse.
If the Jews of Europe and North America took their distances from Israel (as many have begun to do), the claim that Israel was “their” State would take on an absurd air. With time, even Washington could come to see the futility of conditioning US foreign policy to the delusions of a small Middle Eastern state. This, I believe, is the best that could happen to Israel itself. I would be forced to recognize its limits. He would have to make new friends, preferably among his neighbors.
In this way, over time, we might expect to establish a natural distinction between people who happen to be Jewish but who are citizens of other countries, and people who are Israeli citizens and who happen to be Jewish. This could be very useful. There are many precedents: the Greek, Armenian, Turkish and Irish diasporas have all played an unhealthy role in perpetuating ethnic exclusivism and nationalist prejudice in the countries of their elders. The civil war in Northern Ireland came to an end in part because an American president instructed the community of Irish emigrants not to send more arms or money to the Provisional IRA. If the American Jews stopped associating their destiny with Israel and used their beneficial checks for better purposes, something similar could happen in the Middle East.
Perhaps Israel’s most common defense outside the country is that it is “the only democracy in the Middle East.” This is largely true: the country has an independent judiciary and free elections, although it also discriminates against non-Jews in a way that sets it apart from most other current democracies. The expression of a strong discrepancy in official policy is there, more and more, somewhat discouraged.
But that aspect is irrelevant. “Democracy” is no guarantee of good behavior: most countries are formally democratic today. Israel denies the comfortable American cliché that “democracies do not make war.” It is a dominated democracy and often governed by people who were professional soldiers.
Together with the countries ruled by the oil sheiks, Israel is today the biggest strategic ballast of the United States in the Middle East. Thanks to Israel, we are in serious danger of “losing” Turkey: a Muslim democracy, offended by the treatment it receives from the European Union and which has a central role in the affairs of the Middle East and Central Asia. Without Turkey, the United States will hardly reach its regional objectives, whether in Iran, Afghanistan or the Arab world. The time has come to break through the clichés that surround Israel, to treat it as a “normal” state and to cut off the umbilical cord.

While such distant and dark countries remain important to the United States, the United States will be important to them and to all others and their power will remain. But if the United States stops worrying, it will no longer be taken into account. If Washington stops trusting, it will lose the trust of others. The fax machine will be silenced and we will all be much more alone and we will be more vulnerable; United States above all.
We are witnessing the dissolution of an international system. The core of that system, and its spiritual heart, was the North Atlantic alliance: not only the 1949 defense treaty, but also a set of pacts and agreements on its margins that begin with the Atlantic Charter of 1941 and extend to the United Nations and its agencies; the Bretton Woods agreements and the institutions to which they gave rise; conventions on refugees, human rights, genocides, arms control, war crimes and many other things. The merits of this network of transnational cooperation and commitment went far beyond the goal of containing and, ultimately, defeating communism. The new world order was based on the memory of thirty calamitous years of war, depression, internal tyranny and international anarchy.
The United States has much to lose if Europeans fight among themselves for American favor; our leaders should be ashamed to cheerfully encourage such a thing. Like Aznar, Blair and his collaborators wrote in their controversial open letter of January 20, 2003: “Today, more than ever, the transatlantic link is a guarantee of our freedom.” This is as true today as it was in 1947, and it works in both directions.

The world will be a much safer place for tyrants and bandits, inside and outside our borders.
The United States is not credible today: its reputation and prestige are at the lowest point in its history and recovery will take time to occur. And you can not see a substitute on the horizon. Europeans are not up to the challenge. It is likely that the unpromising results in the recent referendums held in France and the Netherlands have eliminated the European Union as an effective international political actor for the coming years. It is true that we have left behind the Cold War, but the moment of hope that followed it has also passed. The international anarchy that both the efforts of two generations of enlightened American statesmen tried to avoid can re-establish themselves among us.
Far from escaping the twentieth century, I think that what we have to do is go back to it and examine it a little more carefully. We have to remember -or maybe start learning- that war brutalizes and degrades winners and losers, and what happens to us when, after having foolishly waged a war without any justification, we are told to enlarge and demonize our enemies in order to continue that war indefinitely. And maybe, in this prolonged electoral campaign, we can ask our aspiring leaders a question: dad (or mom, in your case), what did you do to avoid the war?

The Social Democrats, characteristically modest in their style and ambition, have to speak more firmly of what they have achieved in the past. The emergence of the State providing social services, the construction throughout the century of a public sector whose goods and services illustrate and promote our collective identity and common goals, the welfare institution as a right and its provision as a social duty: all these were not minor achievements.
That those achievements were incomplete should not worry us. If we have not learned anything else from the twentieth century, we should at least have understood that the more perfect the answer, the more frightening the consequences are. The best we can hope for is to correct imperfect circumstances, and we probably should not aim for more. Others have spent the past three decades methodically dismantling and destabilizing those same improvements: this should outrage us much more than we are. We should also worry, if only for prudence: why have they hurried to break down the dykes that their predecessors so laboriously built? So sure are we that floods are not coming?
A social democracy of fear is something to fight for. To abandon the efforts of a century is to betray those who lived before us and the generations to come. It would be gratifying – but misleading – to say that social democracy, or something similar, represents the future we would like in an ideal world. It does not even represent an ideal past. But it is the best option we have today. In Orwell’s words, when he reflected on Homage to Catalonia about his recent revolutionary experiences in Barcelona:

There were many things that I did not understand, in certain aspects that I did not even like, but I immediately realized that it was something that was worth fighting for.

I believe that this is no less true about what we can recover from the memory of 20th-century social democracy.

In reference to Amos Elon. A regrettable consequence of this self-exile of one of the great journalists of his country is that many Israelis today do not know his writings. Of course, his books are available in Hebrew. And his frequent works published in The New York Review of Books and in other media were read with attention by his admirers. But in Israel the public for the essay class that Elon wrote has been declining over the years. This does not detract from his death. Quite the opposite. The fact that most Israelis today are not regretting his death only illustrates and aggravates their loss … and ours.

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