Una guía de la antigüedad para la vida moderna — Natalie Haynes / The Ancient Guide to Modern Life by Natalie Haynes

Este es otro magnífico breve libro sobre la importancia del mundo clásico adaptado a nuestros días, didáctico sin duda y un gran acierto, resulta tentador creer que ya no necesitamos pensar en la política. A fin de cuentas, la apatía de los votantes es notoria en países de todo el mundo y el cinismo al respecto de los representantes que elegimos es aún mayor. ¿Acaso importa algo quién ocupe el poder, cuando todos lo usan como ocasión ideal de barrer para casa y sacar beneficio de sus posiciones? ¿Pueden los políticos marcar una diferencia positiva en nuestras vidas o no hay en ello más que retórica huera? Y ¿qué cabría aprender de la política del mundo antiguo, en el que únicamente los ciudadanos —esto es, con exclusión de mujeres y extranjeros— tenían derecho a voto y solo ellos, por descontado, podían presentarse como candidatos?
Pues bien, sin duda alguna, la política importa. La democracia ateniense no era de carácter representativo, a diferencia de casi todas las democracias del mundo actual. En Estados Unidos, el Reino Unido y prácticamente todos los países que emplean un sistema de gobierno democrático, votamos por alguien que representará nuestros intereses: por ejemplo, el parlamentario de una circunscripción electoral o un congresista.
Los atenienses hacían las cosas de otro modo. Su democracia era directa. Es decir, no votaban a otro para que se dedicara a tomar decisiones por ellos, sino que, cuando se celebraba la Ekklesia —o Asamblea—, los ciudadanos de Atenas caminaban hasta la Pnyx, una colina próxima a la Acrópolis, allí escuchaban los argumentos expuestos a favor y en contra de, pongamos, una expedición militar a Siracusa, y luego votaban ellos mismos.
Un consejo de quinientos hombres, la Bulé (boule), redactaba el orden del día de las reuniones de la Asamblea. La Bulé estaba formada por cincuenta hombres de cada una de las diez tribus atenienses, cada una de las cuales, a su vez, regía el consejo durante una décima parte del año, en un orden determinado de nuevo por sorteo. La tribu gobernante desempeñaba lo que se conocía como pritanía y contaba con un presidente que decidía qué empresas acometer. Él también era elegido al azar, por sorteo, y solo ocupaba el puesto durante un día y una noche. Según nos cuenta Aristóteles en su Constitución de los atenienses, no se permitía que nadie sirviera en ese puesto durante más de un día o más de una vez. Así pues, cualquier plan nefando que pretendiera ejercer una influencia indebida sobre el presidente de los pritanos sería casi irrealizable y, si de algún modo lograba llevarse a cabo, duraría lo que la vida de una efímera.
Todo aquel que se interese por el sueldo o los gastos de un representante electo puede tener asimismo interés en saber que los atenienses que servían en el consejo o la pritanía solo recibían unos óbolos
(equivalentes al salario de un trabajador no cualificado) por cada día de servicio. También obtenían comidas comunitarias gratuitas durante el mes de pritanía. Estos pequeños beneficios se otorgaban para compensar los ingresos que se dejaban de obtener al cumplir con el deber democrático, antes que como pago de unos servicios al estado.
Como es evidente, se trataba de un sistema igualitario.
Los atenienses tenían abundancia de defectos pero algo que sin duda comprendieron bien fue que solo la participación provoca el cambio. ¿Por qué permanecer fuera de algo con una pancarta cuando podrías estar transformándolo desde el interior? Los atenienses deberían ser fuente de inspiración que nos anime a ser miembros del consejo escolar, representantes de los pacientes en un centro de salud, concejales del ayuntamiento local o parlamentarios. Deberían convencernos de que, en lugar de encogernos de hombros y suspirar, podríamos estar mejorando nuestra suerte. Si nos contraría el cierre de un hospital o la ampliación de un aeropuerto, ¿por qué no oponernos a ello de un modo claro, en las próximas elecciones?
Es preciso recordar que el poder del pueblo va más allá de la trivialidad. Votar es una actividad que nos encanta.
La definición ateniense de la democracia era decididamente limitada; y aunque admiremos —como debe ser— su carácter directo, participativo y de notoria implicación, también debemos tener claro qué le faltaba. Los atenienses vivían en un mundo en el que todos los ciudadanos tenían derecho a votar; pero, como se ha apuntado antes, la definición de quién valía como ciudadano era muy restrictiva. Para empezar, los ciudadanos debían ser varones adultos. Las mujeres, como ocurría muy a menudo en el mundo antiguo —y ocurre aún en muchas partes del moderno— no contaban. Aunque a algunos filósofos, como por ejemplo Platón, no se les escapaba que había algo indudablemente disparatado en desaprovechar la mitad de la reserva del talento general de toda una sociedad, los atenienses no eran dados a romper moldes en el mundo de la igualdad de género. También eran ferozmente xenófobos en lo que respectaba a los derechos cívicos. Así, para ser ciudadano ateniense tampoco bastaba con vivir en Atenas, sino que era preciso haber nacido allí y que el padre y la madre fueran atenienses. Es decir: una mujer quizá no tuviera el derecho a votar, pero sí podía arruinar tu derecho a la ciudadanía si procedía de fuera.
El defecto de este sistema, que en general es excelente, ya lo habrá adivinado el lector: animaba a demasiados hombres a creer que tenían futuro en la política, cuando el espacio real en la cima era mucho más reducido. En Estados Unidos se ha vivido un fenómeno bautizado como going postal («perder la cabeza») que se ha vinculado justamente con este mismo problema: cuando haces creer a todos los niños que en su madurez pueden llegar a ser presidentes de su país, no necesariamente les estás haciendo un favor. Aunque fomentar la confianza en ellos mismos será siempre positivo, cuando la realidad se imponga y deje claro que solo la minoría de los muy capacitados o los muy ricos puede aspirar a una carrera política exitosa, se vivirá un desencanto doloroso.
La voz bárbaro procede de la incapacidad de los romanos —y anteriormente, de los griegos— de comprender lo que decían los extranjeros. Para ellos, toda frase extranjera sonaba como un bar-bar, un blablablá. Así las cosas, la palabra bárbaro pasó a designar a cualquier persona carente de cultura y civilización: a todos los no romanos en un mundo en el que Roma lo era todo (por mucho que, irónicamente, los romanos hubieran tomado aquella palabra de los griegos). Pero a los romanos, como a los estadounidenses, se los critica mucho por su chovinismo, su racismo o su intolerancia religiosa. No son críticas plenamente merecidas. Los romanos no odiaban a las razas que conquistaban; simplemente, se veían a sí mismos como superiores en todos los aspectos y aniquilaban a quienquiera que se interponía en su camino. Un caudillo británico, llamado Cálgaco, resumió su política exterior en pocas palabras al decir: «Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant» («Donde crean un desierto, lo llaman “paz”»). Incluso el más feroz de los críticos de Estados Unidos vacilaría antes de firmar una observación tan demoledora.
Así pues, si el mundo parece estar desequilibrado cuando solo actúa una única superpotencia, ¿qué ocurre cuando hay dos? ¿Es inevitable que estalle la guerra, ya sea fría o convencional? Dado que Roma no admitió rival alguno, para responder a ello debemos retraernos a la antigua Grecia. El imperio ateniense surgió a partir de una antigua alianza de ciudades-estado griegas, la Liga Delia, así nombrada por la isla mediterránea de Delos, donde en origen se celebraban sus reuniones. La Liga se alió en 478 a. C. con el fin de repeler la amenaza de futuras invasiones de Persia. Solo con recordar que Persia es hoy Irán, tenemos otro indicio más de que las relaciones entre Occidente y el Oriente Próximo siempre han sido tensas.
Los antiguos no siempre lo resolvían todo del modo más amable o más eficaz, pero siempre intentaban algo y en ocasiones les funcionaba. Nuestra inventiva, unida a la entusiasta voluntad política que podemos tomarles prestada, quizá sea justo lo que requiere el mundo moderno.

Pese a sus muchos defectos, los romanos dedicaron la mejor parte de todo un milenio a perfeccionar y pulir sus leyes. Las XII Tablas —sus primeras leyes— regulaban la propiedad, el matrimonio, la herencia y otras muchas cuestiones, y datan ni más ni menos que del siglo V a. C., cuando Roma era todavía un erial atrasado y Atenas ostentaba la supremacía. Pero aun siendo un páramo, los romanos querían un sistema legal que pudieran comprender, usar y ostentar con orgullo. Y a medida que Roma fue acrecentando su tamaño y su poder, los senadores y, más tarde, los emperadores empezaron a promulgar leyes nuevas y mejoradas.
Las leyes draconianas se llaman así por Dracón, legislador del siglo VII a. C. Según Plutarco, biógrafo que escribía ya en el siglo I d. C., casi cualquier clase de delito podía llegar a castigarse con la sentencia de muerte, e incluso los condenados por ociosidad eran ejecutados. Quien robaba una fruta o verdura recibía el mismo castigo que quien cometía sacrilegio o asesinato. Según parece, un demagogo del siglo IV llamado Demades bromeaba diciendo que el código de Dracón no estaba escrito «con tinta sino con sangre».
La mayor diferencia entre los sistemas legales antiguo y moderno radique en la presencia, o ausencia, de los medios para hacer cumplir la ley. Los antiguos carecían de agentes policiales o figuras semejantes a las que conocemos hoy. Si alguien transgredía la ley en Atenas, nadie aparecía a su puerta con una placa identificativa a pedirle que lo acompañase a la comisaría. Si alguien robaba al vecino, éste no llamaba a un oficial autorizado y le solicitaba que procediera a un interrogatorio. No existía ningún departamento de investigación criminal, ni fiscales de distrito que decidieran si presentaban cargos contra alguien. Las cosas eran más directas en el mundo antiguo, en este terreno y en todos, por lo general. Si una persona robaba una estatua de un jardín ajeno, lo más probable es que fuera el afectado quien tratara la cuestión directamente con el ladrón; y no necesitaría a ningún policía porque él mismo podía ir derecho al tribunal y demandar al delincuente.

En la actualidad seguimos usando y necesitando la filosofía antigua. Nuestra física, nuestra biología y nuestra zoología han superado a Aristóteles y sus predecesores, pero sin duda existirán pocas ocasiones en la historia en las que hayamos tenido que pensar tan intensamente en cuestiones como qué clase de mundo queremos y qué clases de comportamiento son adecuadas. En lo que atañe a la ética, hemos pasado décadas sin llegar a discutir en serio sobre el relativismo moral o la supremacía cultural. La respuesta liberal instintiva ha sido creer que las formas del Occidente moderno no son en absoluto mejores que las demás, hasta que topamos con cuestiones que no podemos tolerar: la mutilación genital femenina, el asesinato de niños alegando que están «poseídos», la ejecución de disidentes, intelectuales u homosexuales. Deberíamos reflexionar sobre las polémicas y las ideas expuestas por Aristóteles, Platón, Sócrates y otros filósofos —antiguos y modernos—, o, si no, nos estaremos condenando a la propia contradicción y a un pensamiento perezoso.

Sugerir que, en este siglo XXI, la religión despierta polémica es subestimar la cuestión. Si en el siglo XX se enfrentaron las grandes corrientes políticas —fascismo contra comunismo, socialismo contra capitalismo—, el siglo XXI da todas las muestras de estar dividido por la religión. Se trata de un fenómeno aún más destacable cuando viene de la mano del hecho de que, ahora más que nunca (al menos en Gran Bretaña, que es donde se escribió el original de este libro, y en buena parte de la Europa occidental), no constituimos una sociedad de creyentes practicantes; esto es, la gente que acuda a un lugar de culto más allá de los funerales y las bodas, momentos en los que uno realmente tiene muy poca elección. La religión está en la base del conflicto entre el Oriente Medio y Occidente, que al parecer se alargará en el futuro inmediato. Y dejando aparte esta división mundial entre religiones, también se mantienen vivas disputas entre facciones de una misma religión, como sucede por ejemplo con el conflicto suní-chií en Iraq, o el cisma que ha vivido la iglesia Anglicana a raíz de un homosexual nombrado obispo en América.
Los dioses politeístas ofrecen también una visión global del mundo llena de paralelos con otras religiones anteriores y posteriores. Si un griego o un romano creían en Zeus o Júpiter y en los demás habitantes del Olimpo, creía en algo grande. En primer lugar, estos dioses tenían áreas de competencia específicas. El herrero sentiría una afinidad especial con Hefesto (Vulcano, entre los romanos), el herrero de los dioses. Un navegante probablemente se ocuparía antes de rezar a Poseidón (o a Neptuno) con la esperanza de que le concediese buen tiempo para el viaje y buena suerte. En esta división del trabajo y las especialidades entre los distintos dioses hay algo que resulta atrayente. Cuando se está orando a un dios que está al cargo del mundo entero —de la guerra, las enfermedades, el hambre— y lo que se le pide es que aporte un buen novio, quizá terminemos con un sentimiento de frivolidad y trivialidad. Pero al rogar a Eros (Cupido) o a Afrodita (Venus), perseguimos nuestro objetivo personal al tiempo que nos comportamos de un modo piadoso.

Las mujeres atenienses vivían una vida nada envidiable: permanecían casi todo el tiempo encerradas en el interior, en las dependencias femeninas, apartadas de todos los varones (salvo de sus parientes más próximos), porque era el único modo que tenían los esposos de asegurar que los hijos que sus mujeres daban a luz eran suyos. Como es habitual en las sociedades primitivas —en las antiguas, pero también en las modernas—, los derechos de las mujeres quedaban aplastados por el incontenible miedo masculino a, de algún modo, hallarse sentado a la mesa familiar con los hijos de otro hombre.
La vida volvía a ser distinta para las mujeres de la antigua Roma. Para empezar, no se hallaban enclaustradas en una sección del hogar exclusiva para ellas. Podían moverse por el mundo romano —y en efecto lo hacían— sin un marido o un padre a la zaga que controlara su buen comportamiento.
Las mujeres romanas no eran, por descontado, tan licenciosas como afirmaba Juvenal; pero también está claro que podían gozar de una vida más emocionante que sus predecesoras atenienses. Podían incluso viajar hasta los confines mismos del imperio: el ejemplo más antiguo de letra manuscrita femenina en Gran Bretaña procede de Vindolanda, un fuerte romano próximo al Muro de Adriano, casi el punto más septentrional de todo el Imperio Romano.
Las mujeres romanas también podían ganarse una forma de huir de la tutela masculina perpetua. Podían hallarse bajo la custodia de sus padres (u otros parientes masculinos próximos), pero era un obstáculo más técnico que otra cosa. Aunque no cabe duda de que algunas mujeres tuvieron guardias muy estrictos e inflexibles, son muchas más las que habrían respondido a la tutela de los padres o hermanos de un modo muy similar al que practican los adolescentes actuales con las reglas de sus padres: con una obediencia limitada. Ello no obstante, oficialmente una mujer no podía realizar transacciones comerciales, heredar dinero…

Los héroes trágicos nunca han pasado de moda; son plato principal de casi todas las obras dramáticas, ya sean éstas para la escena o para la pantalla. A fin de cuentas, la tragedia es catártica. No nos cansamos nunca de ver cómo otra persona atraviesa esas penalidades. Quizá el género detectivesco sea el que más se ha acercado a una réplica del error trágico. Es difícil imaginar a un gran detective que no nos recuerde a los grandes héroes trágicos. Sherlock Holmes es brillante, pero autodestructivo. Usa las drogas para calmar su exceso de inteligencia, pero solo obtiene un éxito limitado. Su depresión suele derivar del aburrimiento, cuando no dispone de algo lo bastante exigente para poner a prueba su enorme intelecto. Es algo que le deja aislado: incluso Watson termina casándose y se muda a otra casa.
Así pues, quizá la pregunta real no es si la pasión artística de nuestros líderes perjudica su dignidad, sino si el encaprichamiento artístico de nuestros jefes perjudica a las artes. Cuando menos, es demostración de una verdad palmaria: por muy poderosas y exitosas que lleguen a ser las personas, aún seguirán queriendo ser un foco de entretenimiento.

El dinero, como escribieron Kander y Ebb en la famosa canción de Cabaret, hace girar el mundo. Por más que intentemos consolarnos creyendo que las mejores cosas en la vida son gratis, la triste realidad es que las mejores cosas en la vida quizá sean una ganga, pero muchas de las imprescindibles —comida, alojamiento, calefacción, luz— hay que pagarlas en dinero contante y sonante. El dinero es una fuerza motriz en prácticamente todas las vidas humanas, del mundo antiguo o del moderno. Hasta los ermitaños tienen que cambiar unas monedas por algo de comida, a fin de cuentas. Pero sin los romanos, la historia empezaría por llamarse de otra manera: la Roma antigua acuñaba su dinero en un edificio de la colina capitolina, cerca del templo de Juno Moneta (Juno-que-advierte, Juno-que-recuerda). No es difícil adivinar de dónde deriva el nombre de nuestras actuales monedas.
Los ricos evidentes siempre han despertado envidias. En la Atenas del siglo V, fue Nicias con su enorme riqueza quien despertó la correspondiente irritación. Pericles, decía Plutarco, guió la ciudad valiéndose de su virtud natural y su poder sobre las palabras. «Como Nicias carecía de estas cualidades pero disponía de una riqueza considerable, la usó para gobernar a su pueblo.»
Con el dinero también podía conseguirse popularidad: los atenienses más pudientes pagarían grandes sumas para desarrollar proyectos que importasen a sus conciudadanos, como poner a punto un trirreme o equipar un coro para los festivales teatrales. Cuando se procedía a la entrega de premios en un festival de teatro, el autor del drama y el corego (quien había sufragado los gastos del coro) recibían un galardón conjunto. Podía resultar bastante caro, pero traía aparejado un amplio reconocimiento público tanto de riqueza como de generosidad. De un modo semejante, pertrechar un trirreme podía entenderse como una enorme declaración pública. En estos barcos no remaban esclavos de galeras, como quizá esperaríamos, sino atenienses normales y corrientes, miembros de la clase trabajadora, los thetai.
Aunque con el dinero se podía comprar salud en el mundo antiguo, no necesariamente ocurría lo mismo con los años de vida. Tendemos a dar por sentado que, en la Antigüedad, todo el mundo moría joven, basándonos en la lógica, aparentemente correcta, de que su esperanza de vida era mucho más corta que la nuestra. Con esto solo probamos que la mayoría de nosotros debería haber prestado más atención en las clases de mates del colegio. Porque, sin duda alguna, muchas personas llegaban a una edad bastante respetable: Sócrates tenía setenta años cuando murió a consecuencia del envenenamiento con cicuta.

La historia de Atenas es interesante por sí sola. Y dos, que, a la luz de sus errores, podremos evaluar mejor nuestro comportamiento y sus consecuencias más probables.
Pero la historia no es prescriptiva: las lecciones que extraigamos del pasado, obviamente, dependen de nosotros. No participes en demasiadas guerras; mejor no participes en ninguna guerra; las edades de oro del intelecto se acompañan de una política exterior agresiva; el gobierno democrático es insostenible; la democracia directa favorece que se adopten decisiones incorrectas; el pensamiento filosófico no es compatible con las sociedades libres… A partir de la edad dorada de Atenas, podríamos llegar a cualquiera de estas conclusiones.
El ciberespacio es ferozmente democrático, a pesar de todos los intentos de los gobiernos y las empresas de ponerle coto. E internet es un recurso extraordinario para los estudiosos de la cultura clásica, especialmente: cantidades ingentes de textos —en latín y griego, en traducciones al inglés, francés, alemán y otras lenguas— están colgadas en la red con acceso libre. No es preciso que nadie tenga el dinero necesario para adquirir montones de obras griegas o que viva cerca de una biblioteca inusualmente bien surtida. Por todo el mundo, hay entusiastas que se aseguran de que el lector, desde su sala de estar, acceda a su portátil (o incluso a su teléfono) y lo encuentre todo sobre Eurípides, ahí mismo, esperándole. Si existe un cielo de los estudiosos, esa gente tendrá las puertas abiertas.
Sin embargo, para demasiados de nosotros, la historia es (o fue) algo secundario en la escuela. Yo tuve una suerte increíble con mis profesores de latín, griego e historia antigua: la escuela estaba empeñada en ofrecer clases de esas materias y los maestros eran extraordinariamente capaces de enseñarlas. Pero esto no es cierto en muchas escuelas, hoy en día.
Las Clásicas aguardan a que corrijamos nuestras prioridades y nos encontremos con ellas. Han hecho acopio de paciencia mientras generaciones de políticos se metían con ellas y tachaban de «elitistas» y desdeñables todas las asignaturas que no lograron aprobar en sus días de escuela. Se han guardado para sí incluso el reproche obvio de que, si eliminas una materia en los programas de todas las escuelas gratuitas, tiene su gracia acusarlas luego de «elitismo», ¡cuando eres tú el que ha limitado el acceso a la élite! Las Clásicas están volviendo: en el cine, en las novelas, en la literatura infantil y juvenil, en la televisión. Y, como dije en la introducción de este libro, compensan todo el tiempo que se les dedique. Quien no desee bucear durante un mes por las aguas de un manual de latín, que lea una novela histórica. Las Clásicas son todo lo que fuimos y buena parte de lo que aún somos.
Y eso es mucho ser.

This is another magnificent short book about the importance of the classical world adapted to our days, didactic without a doubt and a great success, it is tempting to believe that we no longer need to think about politics. After all, the apathy of the voters is notorious in countries around the world and the cynicism about the representatives we choose is even greater. Does it matter who occupies the power, when everyone uses it as an ideal opportunity to sweep home and take advantage of their positions? Can politicians make a positive difference in our lives or is there no more than empty rhetoric in it? And what could be learned from the politics of the ancient world, in which only citizens-that is, excluding women and foreigners-had the right to vote and only they, of course, could stand as candidates?
Well, without a doubt, politics matters. Athenian democracy was not representative, unlike almost all the democracies of today’s world. In the United States, the United Kingdom and practically all countries that use a democratic system of government, we vote for someone who will represent our interests: for example, the parliamentarian of a constituency or a congressman.
The Athenians did things differently. His democracy was direct. That is, they did not vote for someone else to make decisions for them, but when the Ekklesia – or Assembly – was celebrated, the citizens of Athens walked to the Pnyx, a hill near the Acropolis, where they listened to the arguments exposed in favor and against, say, a military expedition to Syracuse, and then voted themselves.
A council of five hundred men, the Bulé (boule), drafted the agenda for the meetings of the Assembly. La Bulé consisted of fifty men from each of the ten Athenian tribes, each of whom, in turn, governed the council for one tenth of the year, in a determined order again by lot. The ruling tribe played what was known as pritanía and had a president who decided which companies to undertake. He was also chosen by chance, by lottery, and only occupied the post for a day and a night. As Aristotle tells us in his Constitution of the Athenians, no one was allowed to serve in that position for more than a day or more than once. Thus, any nefarious plan that pretended to exert an undue influence on the president of the pritanos would be almost unrealizable and, if somehow managed to take place, it would last as long as an ephemeral life.
Anyone who is interested in the salary or expenses of an elected representative may also be interested in knowing that the Athenians who served on the council or the pritany only received a few obols
(equivalent to the salary of an unskilled worker) for each day of service. They also obtained free community meals during the month of pritany. These small benefits were granted to compensate the income that was left to obtain when fulfilling the democratic duty, rather than as payment of some services to the state.
As is evident, it was an egalitarian system.
The Athenians had an abundance of defects, but something they clearly understood was that only participation causes change. Why stay out of something with a banner when you could be transforming it from the inside? The Athenians should be a source of inspiration that encourages us to be members of the school board, representatives of patients in a health center, councilors of the local council or parliamentarians. They should convince us that, instead of shrugging and sighing, we could be improving our luck. If we were against the closure of a hospital or the expansion of an airport, why not oppose it in a clear way, in the next elections?
It must be remembered that the power of the people goes beyond triviality. Voting is an activity that we love.
The Athenian definition of democracy was decidedly limited; and although we admire -as it should be- its direct, participatory character and of notorious involvement, we must also be clear about what it lacked. The Athenians lived in a world in which all citizens had the right to vote; but, as has been pointed out before, the definition of who was worth as a citizen was very restrictive. To begin with, citizens must be adult males. Women, as was so often the case in the ancient world – and still occurs in many parts of the modern world – did not count. Although some philosophers, such as Plato, did not miss that there was something undoubtedly absurd in wasting half of the reserve of the general talent of an entire society, the Athenians were not given to breaking molds in the world of gender equality . They were also fiercely xenophobic when it came to civic rights. Thus, to be an Athenian citizen was not enough to live in Athens either, but it was necessary to have been born there and that the father and mother were Athenians. That is, a woman might not have the right to vote, but she could ruin your right to citizenship if she came from outside.
The defect of this system, which in general is excellent, the reader has already guessed: it encouraged too many men to believe that they had a future in politics, when the real space at the top was much smaller. In the United States there has been a phenomenon called postal going (“losing your head”) that has been linked precisely with this same problem: when you make all children believe that in their maturity they can become presidents of their country, you are necessarily doing them a favor. Although building confidence in themselves will always be positive, when reality prevails and makes it clear that only the minority of the very capable or the very rich can aspire to a successful political career, there will be a painful disenchantment.
The barbarian voice comes from the inability of the Romans – and previously, the Greeks – to understand what the foreigners said. For them, every foreign phrase sounded like a bar-bar, a blablablá. Thus, the word barbarian went on to designate any person lacking in culture and civilization: all non-Romans in a world in which Rome was everything (as much as, ironically, the Romans had taken that word from the Greeks ). But the Romans, like the Americans, are criticized a lot for their chauvinism, their racism or their religious intolerance. They are not fully deserved critics. The Romans did not hate the races they conquered; they simply saw themselves as superior in all aspects and annihilated whoever stood in their way. A British caudillo, called Cálgaco, summed up his foreign policy in a few words by saying: “Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant” (“Where they create a desert, they call it” peace “). Even the fiercest critic of the United States would hesitate before signing such a devastating remark.
So, if the world seems to be unbalanced when only a single superpower acts, what happens when there are two? Is it inevitable that war breaks out, whether cold or conventional? Since Rome did not admit any rival, to answer it we must retract to ancient Greece. The Athenian Empire arose from an ancient alliance of Greek city-states, the Delia League, named after the Mediterranean island of Delos, where meetings were originally held. The League allied in 478 a. C. in order to repel the threat of future invasions of Persia. Just by remembering that Persia is now Iran, we have another indication that relations between the West and the Middle East have always been tense.
The ancients did not always solve everything in the kindest or most effective way, but they always tried something and sometimes it worked for them. Our inventiveness, coupled with the enthusiastic political will that we can borrow, may be just what the modern world requires.

Despite their many shortcomings, the Romans devoted the best part of a millennium to perfecting and polishing their laws. The XII Tables – their first laws – regulated property, marriage, inheritance and many other issues, and date back to the 5th century BC. C., when Rome was still a backward wasteland and Athens held the supremacy. But even being a wasteland, the Romans wanted a legal system that they could understand, use and display with pride. And as Rome grew in size and power, the senators and, later, the emperors began to enact new and improved laws.
The draconian laws are named for Draco, legislator of the seventh century a. C. According to Plutarch, a biographer who wrote as early as the first century AD C., almost any kind of crime could be punishable by the death sentence, and even those convicted of idleness were executed. Whoever stole a fruit or vegetable received the same punishment as who committed sacrilege or murder. Apparently, a fourth-century demagogue named Demades joked that Draco’s code was not written “in ink but in blood.”
The biggest difference between the old and the modern legal systems lies in the presence, or absence, of the means to enforce the law. The ancients lacked police agents or figures similar to those we know today. If someone transgressed the law in Athens, no one appeared at his door with a plaque to ask him to accompany him to the police station. If someone stole the neighbor, he would not call an authorized officer and ask him to proceed with an interrogation. There was no criminal investigation department, nor district attorneys to decide whether to file charges against anyone. Things were more direct in the ancient world, in this field and in all, usually. If a person stole a statue from an alien garden, it is most likely that the affected person dealt directly with the thief; and he would not need any policeman because he himself could go right to the court and sue the criminal.

At present we continue to use and need the ancient philosophy. Our physics, our biology and our zoology have surpassed Aristotle and his predecessors, but there will undoubtedly be few occasions in history where we have had to think so intensely about such things as what kind of world we want and what kinds of behavior are appropriate. Concerning ethics, we have spent decades without seriously discussing moral relativism or cultural supremacy. The instinctive liberal response has been to believe that the forms of the modern West are not at all better than the others, until we come across issues that we can not tolerate: female genital mutilation, the killing of children on the grounds that they are “possessed”, the execution of dissidents, intellectuals or homosexuals. We should reflect on the polemics and ideas put forward by Aristotle, Plato, Socrates and other philosophers-old and modern-or, if not, we will be condemning our own contradiction and lazy thinking.

To suggest that, in this 21st century, religion arouses controversy is to underestimate the issue. If in the 20th century the great political currents faced – fascism against communism, socialism against capitalism – the 21st century gives all the signs of being divided by religion. It is an even more remarkable phenomenon when it comes from the fact that, now more than ever (at least in Great Britain, which is where the original of this book was written, and in much of Western Europe), we do not constitute a society of practicing believers; that is, people who go to a place of worship beyond funerals and weddings, moments in which one really has very little choice. Religion is at the base of the conflict between the Middle East and the West, which will apparently lengthen in the immediate future. And apart from this worldwide division between religions, there are also ongoing disputes between factions of the same religion, as is the case, for example, with the Sunni-Shiite conflict in Iraq, or the schism that the Anglican Church experienced as a result of a homosexual named bishop. In America.
The polytheistic gods also offer a global view of the world full of parallels with other religions before and after. If a Greek or a Roman believed in Zeus or Jupiter and the other inhabitants of Olympus, he believed in something great. In the first place, these gods had specific competence areas. The blacksmith would feel a special affinity with Hephaestus (Vulcan, among the Romans), the blacksmith of the gods. A navigator would probably take care of it before praying to Poseidon (or Neptune) in the hope that it would give him good time for the trip and good luck. In this division of labor and the specialties among the different gods there is something that is attractive. When you are praying to a god who is in charge of the entire world – of war, disease, hunger – and what is asked of you is to provide a good boyfriend, perhaps we end up with a feeling of frivolity and triviality. But when we pray to Eros (Cupid) or Aphrodite (Venus), we pursue our personal goal while behaving in a godly way.

The Athenian women lived an unenviable life: they remained almost all the time locked in the interior, in the female quarters, apart from all the males (except for their closest relatives), because it was the only way that the spouses had to ensure that the children his women gave birth were his. As is usual in primitive societies-in the old, but also in the modern-women’s rights were crushed by the overwhelming male fear to somehow be sitting at the family table with the children of another man.
Life was different again for the women of ancient Rome. To begin with, they were not cloistered in a section of the home exclusively for them. They could move around the Roman world – and indeed they did – without a husband or a father behind them to control their good behavior.
Roman women were not, of course, as licentious as Juvenal claimed; but it is also clear that they could enjoy a more exciting life than their Athenian predecessors. They could even travel to the very confines of the empire: the oldest example of female handwriting in Britain comes from Vindolanda, a Roman fort near the Wall of Hadrian, almost the northernmost point of the entire Roman Empire.
Roman women could also earn a way to escape perpetual male guardianship. They could be in the custody of their parents (or other close male relatives), but it was a more technical obstacle than anything else. Although there is no doubt that some women had very strict and inflexible guards, many more would have responded to the guardianship of parents or siblings in a way very similar to that practiced by current adolescents with the rules of their parents: with a limited obedience. However, officially a woman could not carry out commercial transactions, inherit money …

The tragic heroes have never gone out of fashion; they are the main dish of almost all dramatic works, whether these are for the stage or for the screen. After all, the tragedy is cathartic. We never tire of seeing another person go through these hardships. Perhaps the detective genre is the one that has most approached a replica of the tragic error. It is hard to imagine a great detective who does not remind us of the great tragic heroes. Sherlock Holmes is brilliant, but self-destructive. Use drugs to calm your excess intelligence, but only get limited success. His depression usually derives from boredom, when he does not have something demanding enough to test his enormous intellect. It’s something that leaves him isolated: even Watson ends up getting married and moves to another house.
So, perhaps the real question is not whether the artistic passion of our leaders hurts their dignity, but whether the artistic infatuation of our bosses hurts the arts. At least, it is a demonstration of a glaring truth: no matter how powerful and successful people become, they will still want to be a focus of entertainment.

Money, as Kander and Ebb wrote in the famous Cabaret song, makes the world go round. No matter how hard we try to console ourselves, believing that the best things in life are free, the sad reality is that the best things in life may be a bargain, but many of the essentials – food, lodging, heating, electricity – must be paid for. hard cash. Money is a driving force in virtually all human lives, in the ancient world or in the modern world. Even the hermits have to exchange some coins for food, after all. But without the Romans, history would begin by another name: ancient Rome minted its money in a building on the Capitoline Hill, near the temple of Juno Moneta (Juno-who-warns, Juno-who-remembers). It is not difficult to guess where the name of our current currencies comes from.
The obvious rich have always aroused envy. In Athens of the fifth century, it was Nicias with his enormous wealth who aroused the corresponding irritation. Pericles, said Plutarch, guided the city by his natural virtue and his power over words. “As Nicias lacked these qualities but had considerable wealth, he used it to govern his people.”
With the money could also get popularity: the wealthier Athenians would pay large sums to develop projects that matter to their fellow citizens, such as tuning a trireme or equip a choir for theatrical festivals. When the prizes were presented at a theater festival, the author of the drama and the choir (who had defrayed the costs of the choir) received a joint award. It could be quite expensive, but it brought with it a broad public recognition of both wealth and generosity. In a similar way, equipping a trireme could be understood as a huge public declaration. These ships were not rowing galley slaves, as we might expect, but ordinary Athenians, members of the working class, thetai.
Although health could be bought with money in the ancient world, it did not necessarily happen the same with the years of life. We tend to assume that, in antiquity, everyone died young, based on the apparently correct logic that their life expectancy was much shorter than ours. With this we only proved that most of us should have paid more attention in the school’s math classes. Because, without a doubt, many people reached a fairly respectable age: Socrates was seventy years old when he died as a result of poisoning with hemlock.

The history of Athens is interesting in itself. And two, that, in light of their mistakes, we can better evaluate our behavior and its most likely consequences.
But history is not prescriptive: the lessons we draw from the past, obviously, depend on us. Do not participate in too many wars; better not participate in any war; the golden ages of the intellect are accompanied by an aggressive foreign policy; the democratic government is unsustainable; direct democracy favors incorrect decisions; philosophical thinking is not compatible with free societies … From the golden age of Athens, we could reach any of these conclusions.
Cyberspace is fiercely democratic, despite all attempts by governments and companies to stop it. And the internet is an extraordinary resource for students of classical culture, especially: huge amounts of texts – in Latin and Greek, in translations into English, French, German and other languages ​​- are posted on the network with free access. It is not necessary for anyone to have the money to buy lots of Greek works or to live near an unusually well-stocked library. Throughout the world, there are enthusiasts who make sure that the reader, from their living room, access their laptop (or even your phone) and find everything about Euripides, right there, waiting for you. If there is a heaven of scholars, those people will have their doors open.
However, for too many of us, the story is (or was) secondary to school. I had incredible luck with my teachers of Latin, Greek and ancient history: the school was determined to offer classes in these subjects and the teachers were extraordinarily capable of teaching them. But this is not true in many schools, today.
The Classics wait for us to correct our priorities and find them. They have collected patience while generations of politicians messed with them and branded as “elitist” and despicable all the subjects they failed to pass in their school days. They have kept for themselves even the obvious reproach that, if you delete a subject in the programs of all the free schools, it has its grace to accuse them after “elitism”, when it is you who have limited access to the elite! The Classics are coming back: in the cinema, in the novels, in children’s and young people’s literature, in television. And, as I said in the introduction to this book, they compensate for all the time that is devoted to them. Who does not want to dive for a month through the waters of a Latin manual, to read a historical novel. The Classics are everything we were and a good part of what we still are.
And that is a lot to be.

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