Minorías malditas — Javier García-Egocheaga Vergara / Damn Minories by Javier García-Egocheaga Vergara

Magnífico libro sobre pueblos desconocidos de la historia de nuestro país, negar que aquí somos racistas es una creencia generalizada entre los españoles. Y de ahí que, muchos de nosotros —rendidos ante la evidencia contraria—, lo achaquemos a un novedoso comportamiento social, casi como si de una moda se tratase, debido a los cambios que la creciente inmigración está operando en España. Ahora veremos que no es así, que en este país, como en todos, los comportamientos xenófobos siempre han existido y que hemos omitido o silenciado una parte de nuestra historia. Precisamente, la de estos pueblos minoritarios que, aborrecidos antes y olvidados después, merecen contar con unas páginas en los libros y un lugar en nuestra memoria.

La historia de la humanidad es también la historia del racismo y de la xenofobia. No tenemos constancia de ninguna sociedad ajena a estos comportamientos reprobables, por lo que la española, que es la que encontramos aquí retratada en algunas de sus más sombrías facetas, no habrá de ser una excepción.
Sin embargo, veremos cómo estos fenómenos han venido suavizándose a lo largo del tiempo, gracias al progreso, a la cultura y demás avances propios de la civilización. Por eso, siempre aparece un hueco por el que se cuela una mirada optimista. Pues aunque el fantasma de la discriminación sigue apareciéndose tan pronto como nos encontramos en una estancia oscura del castillo, en los últimos años le hemos dado una buena paliza colectiva, y la verdad es que cada vez asusta menos. Vamos, que es un fantasma de pacotilla. Porque el racismo se alimenta de ignorancia y, a medida que la ciencia y el sentido común se imponen, creer en fantasmas de este tipo resulta cada vez más ridículo.

En lo tocante al racismo, a menudo se esgrimen razones de variado jaez para justificar lo que no tiene justificación. Lo que nunca o muy raramente escucharemos, son argumentos basados en la pobreza o en el menor nivel económico de los afectados, como causa de su discriminación. Generalmente, estas alusiones pasarán por destacar el color de la piel o la raza como elemento diferenciador.
Nunca escuchamos la palabra «pobre» en los labios del marginador o del xenófobo. Mucho menos «hereje», o «impuro» que han caído en desuso, desde que el origen cristiano viejo dejase de suponer una ventaja social. Los hechos, sin embargo, demuestran con tozudez que el color de la piel importa poco cuando hay dinero o bienestar de por medio. Y viceversa.
El caso de los agotes es extraordinario. Se trata de un colectivo humano, al que, en puridad, no podríamos denominar pueblo, raza, etnia ni nada parecido que fue cruelmente marginado durante más de cinco siglos. El comienzo de esta discriminación se remonta a fechas muy tempranas —por lo menos al s. XV— y se mantiene en algunos lugares hasta principios del s. XX. En la actualidad, en lo que fue su último gueto, el barrio de Bozate en Arizkun, todavía se puede respirar la psicosis fétida de aquel terror antiguo. Por mucho que ya no exista ninguna forma de marginación, sólo hace falta remover un poco esa basura para que vuelva a envenenar el aire con su hedor.
Una sola palabra, «agote», será suficiente para que esa persona tan amable que nos estaba indicando los más bellos paisajes y rincones del norte navarro, tuerza el gesto y dé por concluida la charla.
Los agotes no podían entrar a la iglesia por la misma puerta que el resto de los cristianos, ni compartir la pila bautismal ni la comunión; tampoco podían establecerse libremente en ningún núcleo urbano y carecían de derechos de vecindad[5], por mucho tiempo que hubieran residido en un lugar. Además estaban obligados a observar una férrea endogamia y a identificarse como agotes en cualquier ocasión. Sufrían persecuciones y expulsiones periódicas, eran tenidos por herejes, por leprosos, por extranjeros indeseables… En fin: la lista es interminable.
Hay autores que los confunden y los mezclan, como ocurre con los colliberts o los caqueux, minorías francesas que a menudo son metidas en el mismo saco que los agotes o cagots. En fin, tampoco podemos poner la mano en el fuego estableciendo compartimentos estancos entre todas estas oscuras minorías, pero la lista que ofrecemos a continuación es la que suscita mayor consenso.
Entendemos que todos ellos son agotes, o que todos y cada uno de estos nombres hacen referencia al mismo pueblo. Veremos la extensa terminología con la que contamos y que, a muchos, parecerá excesiva. Sin embargo, repárese en que hasta el s. XVIII no se fija la ortografía y en siglos anteriores cada escribano —y nos tenemos que atener a la documentación— escribe como mejor le parece. En todo caso, «de oído».
Cagot
Es la más frecuente en la parte francesa. Supuestamente viene de can-got, o sea, perro godo. También podría ser consecuencia de otros términos compuestos, como caas-gothis, o canis-gottus, todo ello con el mismo significado. Supuestamente, de cagot derivaría agot, es decir, agote o agota, o su plural en euskera, agotak. Se dan, asimismo, formas latinizantes, o mixturas como cascigothi. En euskera también encontramos kastagot y kasta agota.
Podría derivarse de la raíz cagnard (mezquino); y capot y capote.
Gafo
Es un término muy antiguo que hace referencia a la lepra y al leproso. También encontramos el término cafo, que parece compartir esta procedencia. Otros nombres relacionados serían los de gatees, cafard y gahos.
Gezitains
Parece ser una palabra surgida de la asimilación de los agotes a los gitanos, que fueron llamados en el s. XVI y XVII egiptianos, pues declaraban proceder de Egipto y traían supuestas cartas de un rey de Egipto del que se decían vasallos. También encontramos el término giezy, en la misma línea.
Cristianos
Los agotes fueron llamados a menudo así. Quizás, porque se les consideraba nuevos cristianos, o porque ellos juraban ser cristianos en cuanto tenían ocasión.
Chrestiens
Significaría lo mismo que lo anterior (Cristianos), aunque hemos dado con opiniones encontradas respecto a esta etimología, pues muchos la hacen derivar de cretes (cresta) por el distintivo identificador de color rojo. También vemos muchos términos similares para designarlos, como crestias, crestat y cretins.

Cara ancha y juanetuda, esqueleto fuerte, pómulos salientes (…), grandes ojos azules o verdes claros, algo oblicuos. Cráneo braquicéfalo, tez blanca, pálida y pelo castaño o rubio; no se parece en nada al vasco clásico. Es un tipo centro-europeo o del norte. Hay viejos de Bozate que parecen retratos de Durero, de aire germánico. También hay otros de cara más alargada y morena que recuerdan al gitano.
Sorprende la escasísima distribución que tiene este apellido fuera de los territorios vasconavarros —con la excepción de Cantabria, donde ya señalamos que se encuentran en un pueblo limítrofe con Vizcaya—. Además, en el resto de las zonas, buena parte de los que encontramos poseen también el otro apellido vasco. Todo nos hace pensar que su ubicación en dichas provincias es muy reciente, quizás sólo temporal.
Casi todos los autores que se han interesado por los agotes, convienen en que, pasadas un par de décadas, los agotes regresaron a su tierra natal, conscientes de haber trocado una severa servidumbre por otra del mismo jaez. En realidad, estos autores creían lo que en su día afirmó Goyeneche, «que eran agotes». Sin embargo, ahora sabemos que eso no es cierto, y que, de irse alguien, no fueron ellos, pues su presencia siempre fue testimonial en el Nuevo Baztán. Una vez más, tenemos la evidencia de que los agotes nunca salieron de sus valles natales. Y ahí siguen sus descendientes, sin que acabemos de saber qué era lo que les hacía diferentes, por qué esa enconada marginación, qué motivos pudieron encontrar su vecinos para marcarles con un estigma tan terrible a lo largo de los siglos.

El quinqui procura resultar invisible las más de las veces, cambiar de identidad siempre que le es posible y camuflarse entre el resto de los españoles. Sin embargo, continúa manteniendo su idiosincrasia y guarda fiel el testigo de su pueblo. Un pueblo del que nadie sabe nada, escurridizo y misterioso, del que hallamos noticias desde antiguo pero siempre confusas, siempre en un segundo o tercer plano.
La verdad es que ni siquiera tenemos la certeza de que la comunidad de quincalleros merezca un tratamiento especial como pueblo diferenciado y definido, pero hemos optado —quizás para variar— por concederles el beneficio de la duda, cosa poco habitual en todo cuanto a los quinquis se refiere.
El alias, de muchos quinquis, comenzó a grabarse en la mente colectiva de la población española, y la palabra quinqui sustituyó o complementó a la de «chorizo», maleante o granuja. De hecho, el máximo apogeo del fenómeno quinqui vendrá, sin duda, de la mano entablillada del Lute, un hombre que nos recordó de sopetón la España más negra.
Mientras que los gitanos se constituyen como un pueblo repartido entre un buen número de naciones y estados, y han mantenido hasta hace pocas décadas un idioma común —aunque con sus lógicas variaciones regionales—, los mercheros parecen mantener un carácter mucho más local y, rara vez tenemos noticias de comunidades de mercheros, digamos, transnacionales.
Esto no quita para que haya mercheros o grupos afines en toda Europa, pero no parecen formar nunca estructuras comunes o establecer vínculos, por más que encontremos entre ellos muchas similitudes.
«Quinqui» es el diminutivo de quincallero, es decir, aquel que elabora o comercia con quincalla. También son llamados quinaores, e incluso andarríos o buhoneros, pero, sería más propio hablar de mercheros.
Quinaores es como los designan los gitanos, con los cuales los quinquis han mantenido desde antaño una historia sumergida y paralela, repleta de encuentros y desencuentros. El término es de origen caló, y significa «mercader», igual que el mericator latino, que estuvo en el origen de la palabra maragato. Quinaor viene del verbo quinar, cuya traducción al castellano sería comerciar, mercar o comprar.
Merchero es el término más empleado para designar a los modernos quinquis. La opinión generalizada apunta a que viene de mercha, germanía que se traduciría por tela o género textil. Sin embargo, me parece más atinado emplazar su origen en la palabra castellana mercero.
Andarríos o buhoneros son dos términos en desuso, pero que fueron muy comunes para designar, en su conjunto, a los vagabundos de todo tipo y condición: desde el mendigo, hasta el feriante, pasando por el vendedor de baratijas; e incluso cómicos, actores, músicos y artesanos, con el único requisito de que todos ellos fueran ambulantes.
Las principales hipótesis apuntan, bien a una rama desgajada del tronco gitano en fechas desconocidas, bien a grupos inconexos de vagabundos que recorren la Península desde el siglo XV o XVI, o bien a grupos de moriscos que, expulsados de sus tierras y perseguidos, se echan a los caminos. Cabría sugerir otra posibilidad, que establecería su origen en una mezcla irregular de estas tres anteriores y alguna más, en la que también entrarían toda suerte de pícaros, tullidos, titiriteros y demás gentes mendicantes.
Sabemos de algunos quinquis que resultaron auténticos maestros en la impostura, lo que les proporcionó la herramienta perfecta para llevar a cabo los múltiples timos cuya autoría se les atribuye, así como burlar a las fuerzas del orden que, aunque diesen con ellos, «buscaban a otra persona».
Lo sorprendente es que, por mucho que se empleasen en su papel y por muy bien que lo ejecutasen, siempre retornaban a su antigua condición, la de quinqui.

Por vaqueiros de alzada se conoce a un pueblo de pastores trashumantes, que habita en las montañas costeras de los concejos occidentales de Asturias.
El apelativo «de alzada» hace referencia a su movilidad geográfica, es decir, a que estos pastores no tienen un asiento fijo, sino que practican la trashumancia en un área determinada de la montaña asturleonesa.
Los vaqueiros fueron estigmatizados debido principalmente a su vida errabunda, que chocaba frontalmente con los usos del resto de sus vecinos sedentarios, los aldeanos o xaldos y los ribereños o marnuetos. El vaqueiro es considerado como tal por contraposición con el aldeano (xaldo), es decir, el habitante de los pueblos y aldeas, asentadas en la tierra llana. En cambio, el vaqueiro nace y vive en la braña.
Braña es el nombre que recibe en Asturias el emplazamiento en las montañas.
El término vaqueiros de alzada es relativamente reciente, pues anterioridad se les denominaba baqueros. A partir del s. XIX, se emplea mayoritariamente la voz brañeros, que, si bien se había usado tradicionalmente, a partir de ahora se hará mucho más común, sobre todo de forma eufemística, pues enmascara las connotaciones peyorativas que, con el tiempo, ha adquirido el término vaqueiro.
El vaqueiro de alzada propiamente dicho, nace y vive en la braña, practica la arriería, y no se sujeta a las leyes y estipulaciones que rigen para el resto de los asturianos. No pastorea vacas por un jornal y, aunque de hecho no sea vaquero porque se dedique a otro oficio —sobre todo a la trajinería—, nunca dejará de ser vaqueiro de alzada, así como lo serán sus descendientes.
Los pasiegos ocupan una zona determinada, y todos los vecinos dentro de este perímetro son y se sienten pasiegos, en contraposición con los de otras zonas o comarcas, los vaqueiros viven diseminados en pequeños asentamientos o brañas. Podría alegarse que también quinquis, gitanos, judíos o agotes comparten esta situación, sí. Pero lo que hace a los vaqueiros diferentes a todos los demás, es que estas brañas, lejos de mantener cualquier tipo de comunicación o estructura común, se comporta de forma totalmente independiente frente a las otras.
Fiestas vaqueiras eran mayormente de carácter religioso, con algunas celebraciones especiales, como el día de San Antonio —santo favorito de los vaqueiros— o el día de la Virgen del Acebo, que es su patrona. Curiosamente, esta celebración tiene un aire de desafío y de distanciamiento con el resto de los asturianos, que ese mismo día celebran el día de su patrona, la Virgen de Covadonga.
Lo cierto es que, pese a los muchos elementos de corte mágico y a las abundantes supersticiones que trufan el sistema de creencias del mundo vaqueiro, no existe mención explícita a la brujería. Y aunque todo lleva a pensar que, dadas las condiciones de aislamiento de muchas poblaciones de montaña, la pervivencia de antiquísimos ritos paganos y, en suma, la semejanza con otras áreas montañosas del norte peninsular ricas en brujería, aquí no tenemos constancia de su existencia, salvo casos esporádicos.

Por el nombre genérico de pasiegos atienden unos individuos que habitan la cabecera de los valles del Pas (de ahí su nombre) y del Miera, y la comarca de las Machorras, en las estribaciones del alto de Lunada y de Estacas de Trueba.
Así pues, un mismo pueblo queda dividido geográficamente en dos provincias que pertenecen, a su vez, a dos comunidades autónomas, la de Cantabria y la de Castilla-León. No obstante, todos los autores cántabros que tocan el tema coinciden en señalar a sus paisanos como únicos y verdaderos pasiegos. Los burgaleses de las Machorras no serían, pues, pasiegos.”
Ser pasiego, significa, ante todo, una forma de vida, una lucha continua para adaptarse y sobrevivir en unas condiciones adversas, dentro de un marco espacial concreto. Los valles y cumbres que habitan se cuentan entre los puntos más desfavorecidos que encontramos en nuestra geografía peninsular. Vivir aquí, sacar provecho de estas tierras de apariencia paupérrima, supone todo un reto. Más aún: conseguir ser autosuficiente en condiciones de tanta precariedad como las que imponen el suelo estéril, el clima severo y la orografía despiadada, resulta muy meritorio.
Su hábitat está situado en el centro de la Cordillera Cantábrica, en un lugar donde nacen los ríos y prosperan los tritones en sus charcas aledañas. El paisaje es de una belleza fiera, que impresiona al visitante por sus alturas y sus espacios abiertos y desolados.
Encontramos prados perfectamente delimitados a lo largo de la falda de cada monte, valles silenciosos donde sólo el cencerro del ganado nos avisa que hay algo que se mueve entre tanta verde quietud, y un sin fin de regatos y riachuelos.
Toda la vida pasiega se desarrolla en la vivienda y en el prado o sel que la alberga. Allí se dan las relaciones con la familia y con el ganado. Al pueblo sólo se baja en determinadas ocasiones, o para realizar algún tipo de gestión.
Es decir, la vida del pasiego, básicamente, se realiza dentro de sus dominios: esto es la cabaña y el sel.
El monocultivo de hierba y la apuesta única que se ha hecho por la cabaña de vacuno como medio productivo, han conducido a estos valles a un callejón ecológico de difícil salida.
Hasta la vaca autóctona pasiega —todo un icono de este pueblo— se ha perdido, a favor de la más «lechera» frisona u holandesa que, durante el s. XX, desplazó definitivamente a la vaca autóctona.
Sabemos que los pasiegos llevaban una existencia, la mayor parte de las veces, miserable. Asimismo, carecían de fuerza como grupo, dado que nunca constituyeron asociaciones de ningún tipo, y sus relaciones sociales, no rebasaron el perímetro del ámbito familiar.
Incluso hoy en día, se señala que «una de las más flagrantes deficiencias que existe en la comarca —aunque quizás la menos observada por el visitante foráneo— es la ausencia de entidades colectivas. Únicamente existen los Ayuntamientos.
Respecto a su folclore, cabría destacar el ritual del llamado «Bobo de las Nieves», en el alto de las Machorras. En esta singular romería veraniega encontramos a un personaje estrafalario, sarcástico y peculiar que «echa los versos», es decir, pone en verso determinados acontecimientos y chismes, que, de otra forma, no se harían públicos. Lógicamente, su contenido es mordaz y este personaje disfrazado es el único que puede hacerlo. Guarda gran similitud con el «Birria» maragato y con los zamarrones, zarramacos, zarragones y zarrahones, de otras localidades del norte peninsular.
El problema es que muchos de los «verdaderos pasiegos», si entendemos por tales los que conservan su modo de vida tradicional, se desentienden de todo lo que tenga que ver con sus señas de identidad y, antes bien, prefieren adoptar otras, más urbanas y modernas, por muy ajenas que les resulten.

Los maragatos conforman uno de los pueblos más insólitos de España. Dejando al margen las hipótesis que apuntan a una supuesta procedencia judía o morisca, según, (lo cual sería muy discutible) lo cierto es que la oscuridad de su origen, así como sus muchas particularidades, dotan de gran atractivo a este curioso pueblo.
Siempre mantuvieron con orgullo su origen y condición. Algunos alcanzaron notoriedad en distintas épocas y muchos gozaron de grandes fortunas. Pero sobre ellos siempre planeó la sospecha de su origen «impuro», lo que les privó de los privilegios que, como pueblo cristiano de asentamiento antiguo y con solar propio, les hubieran correspondido. Además, pese a su probada honradez y a la seriedad profesional que siempre se les reconoció, no encontraron la simpatía popular que estas virtudes les debían de haber acarreado. Al final se convirtieron en víctimas de su etnocentrismo y de la distancia que pusieron con la sociedad española.
Establecidos en tierras del norte de la actual provincia de León desde la edad media, que practicaron una endogamia estricta y que consolidaron una cultura basada en la arriería. También, que una parte significativa de los maragatos lograron enriquecerse con el comercio a través de la España interior, pero que nunca —antes al contrario— cayeron en ningún tipo de ostentación, sino que continuaron ligados a su forma tradicional de vida y a sus costumbres austeras y centenarias. Por último, contemplamos su decadencia con el advenimiento del ferrocarril y la irrupción del moderno comercio, asociado a nuevas rutas terrestres y nuevos medios de locomoción.
La Maragatería, a esos pueblos inconfundibles que se abren como un abanico al oeste de Astorga, no encontraremos sino retazos de lo que apenas cien años antes fuera una cultura vigorosa. Aparte de celebraciones puntuales, como las que se dan con ocasión de las bodas y otros festejos en los que se intenta recuperar una tradición difunta, sólo nos aguardan un par de museos locales y unas cuantas casas de arrieros reformadas para el disfrute turístico.
Maragatería conocemos hoy lo que hasta el s. XVI se llamó «La Somoza», que sería el espacio geográfico que ocupa esta comarca leonesa adscrita a la diócesis de Astorga que, pese a sus vinculaciones, aparece como una ciudad bien diferenciada de los pueblos maragatos.
Jose María Luengo, arqueólogo astorgano, nos aclara este punto al afirmar que «algunos escritores “modernistas” prescindiendo de todo fundamento histórico han dado en denominar a Astorga “la ciudad maragata” y asignarle, nada menos, que el título oficial de “capital de la Maragatería” cuando Astorga nunca perteneció a dicho territorio».
Los maragatos no eran mercaderes, sino pobres paisanos que ejercían un oficio despreciado.
«maragato, derivado de maragas, es un mote colectivo, y una metáfora múltiple cuyo propósito era ridiculizar y herir. Olvidando su sentido primero, este mote fue aceptado como gentilicio por los descendientes de los arrieros y los demás».
A un oído castellano, le suena más a gallego que a otra cosa:
«¡Oh rapazas! ¡Oh muyieres!
Pur que sodes perezousas
¿Nun vedes qu’aquestas ñives
Trayen fugazas y tortas?
Delante estos asadores
Que respetarun las fieras
Nun temades en culgari
Llardu, butiello y murciellas
Prepara lus aguinaldus
Mas que sean de regiellas,
Y nosoutros vus daremus
Cagayas pa las mundiellas.
Las cabras y las ugüellas
Vus daran si lu faceis
Muchus cabritus y años
Qu’han de ñacer todos reis».
Las polainas maragatas se quedaron en La Pampa argentina, relegadas a un folclore que hoy creemos extranjero. Los tejados de paja ya nos significan nada, como tampoco los grandes arcos a la entrada de las casas linajudas. Las señas de identidad propias de los maragatos han sido barridas por el polvo que sus recuas engendraron en los secarrales castellanos.
No queda apenas rastro de un pueblo que, contra viento y marea, ensayó una forma de vida singular y triunfó durante siglos, incluso a despecho de sus contemporáneos.

Magnificent book about unknown peoples of the history of our country, denying that we are racists here is a widespread belief among Spaniards. And that’s why, many of us -when faced with the opposite evidence-, we attribute it to a new social behavior, almost as if it were a fashion, due to the changes that the growing immigration is operating in Spain. Now we will see that this is not the case, that in this country, as in all countries, xenophobic behaviors have always existed and that we have omitted or silenced a part of our history. Precisely, that of these minority peoples who, hated before and forgotten afterwards, deserve to have some pages in the books and a place in our memory.

The history of humanity is also the history of racism and xenophobia. We have no record of any society alien to these reprehensible behaviors, so the Spanish, which is what we find here portrayed in some of its darkest facets, will not be an exception.
However, we will see how these phenomena have been smoothed over time, thanks to progress, culture and other advances of civilization. Therefore, there always appears a gap through which an optimistic look is cast. Well, although the phantom of discrimination continues to appear as soon as we are in a dark room in the castle, in recent years we have given a good collective beating, and the truth is that every time scares less. Come on, it’s a ghost of shoddy. Because racism feeds on ignorance and, as science and common sense prevail, believing in ghosts of this kind is becoming increasingly ridiculous.

As far as racism is concerned, reasons of various kinds are often used to justify what is not justified. What we will never or very rarely hear are arguments based on poverty or the lower economic level of those affected, as a cause of their discrimination. Generally, these allusions will be to highlight the color of the skin or race as a differentiating element.
We never hear the word “poor” on the lips of the marginalizer or the xenophobe. Much less «heretic», or «impure» that have fallen into disuse, since the old Christian origin ceased to suppose a social advantage. The facts, however, stubbornly show that the color of the skin matters little when there is money or welfare in between. And vice versa.
The case of the exhausts is extraordinary. It is a human collective, which, strictly speaking, we could not call people, race, ethnic group or anything similar that was cruelly marginalized for more than five centuries. The onset of this discrimination dates back to very early dates – at least to s. XV- and remains in some places until the early s. XX. At present, in what was his last ghetto, the Bozate neighborhood in Arizkun, one can still breathe the fetid psychosis of that ancient terror. As much as there is no longer any form of marginalization, it is only necessary to remove that garbage a bit so that it will poison the air again with its stench.
A single word, “exhausted”, will be enough for that kind person who was indicating the most beautiful landscapes and corners of the north of Navarre, twist the gesture and conclude the conversation.
The exhausts could not enter the church through the same door as the rest of the Christians, nor share the baptismal font or communion; nor could they establish themselves freely in any urban nucleus and lacked neighborhood rights [5], no matter how long they had resided in one place. In addition they were forced to observe a strong inbreeding and to identify themselves as exhausted in any occasion. They suffered persecutions and periodic expulsions, they were considered by heretics, by lepers, by undesirable foreigners … In short: the list is endless.
There are authors who confuse and mix them, as in the case of colliberts or caqueux, French minorities that are often put in the same bag as the old ones or cagots. In short, we can not put our hand in the fire by establishing watertight compartments among all these dark minorities, but the list that we offer below is the one that arouses the greatest consensus.
We understand that all of them are exhausted, or that each and every one of these names refers to the same people. We will see the extensive terminology that we have and that, to many, will seem excessive. However, notice that until s. XVIII spelling is not fixed and in previous centuries each scribe -and we have to stick to the documentation- write as you see fit. In any case, “by ear”.
Cagot
It is the most frequent in the French part. Supposedly it comes from can-got, that is, Goth dog. It could also be a consequence of other compound terms, such as caas-gothis, or canis-gottus, all with the same meaning. Supposedly, cagot derive exhaustion, that is, exhaust or exhaust, or its plural in Basque, agotak. There are also Latinizing forms, or mixtures like cascigothi. In Basque we also find Kastagot and Kasta depletes.
It could be derived from the root cagnard (petty); and bonnet and cloak.
Gafo
It is a very old term that refers to leprosy and the leper. We also find the term cafo, which seems to share this provenance. Other related names would be those of crawls, cafard and gahos.
Gezitains
It seems to be a word arising from the assimilation of the agotes to the gypsies, who were called in the s. XVI and XVII Egiptianos, because they declared to come from Egypt and brought supposed letters of a king of Egypt of which they said vassals. We also find the term giezy, in the same line.
Christians
The exhausts were often called like this. Perhaps, because they were considered new Christians, or because they swore to be Christians as soon as they had the chance.
Chrestiens
It would mean the same thing as the previous one (Christians), although we have found conflicting opinions about this etymology, since many make it derive from cretes (crest) by the distinctive red color identifier. We also see many similar terms to designate them, such as crestias, crestat, and cretins.

Wide and juanetuda face, strong skeleton, prominent cheekbones (…), large blue eyes or light green, somewhat oblique. Brachycephalic skull, white skin, pale and brown or blond hair; It does not look anything like classic Basque. It is a Central-European or northern type. There are old men from Bozate who look like portraits of Dürer, of Germanic air. There are also others with a longer and brighter face that reminds the gypsy.
Surprisingly, the very scarce distribution of this surname outside the Basque-Navarran territories -with the exception of Cantabria, where we already pointed out that they are in a town bordering on Vizcaya-. In addition, in the rest of the areas, a good part of those that we find also have the other Basque surname. Everything makes us think that its location in these provinces is very recent, perhaps only temporary.
Almost all authors who have been interested in the exhausts agree that, after a couple of decades, the exhausts returned to their homeland, aware of having exchanged a severe servitude for another of the same jaez. In fact, these authors believed what Goyeneche said in his day, “that they were exhausted”. However, now we know that this is not true, and that, if someone left, it was not them, because their presence was always testimonial in the New Baztán. Once again, we have evidence that the exhausts never left their native valleys. And there their descendants continue, without us knowing what it was that made them different, why this bitter marginalization, what reasons could their neighbors find to mark them with such a terrible stigma over the centuries.

The quinqui tries to be invisible most of the time, changing his identity whenever possible and camouflage himself among the rest of the Spaniards. However, he continues to maintain his idiosyncrasy and faithfully keeps the witness of his people. A town that nobody knows anything about, elusive and mysterious, from which we find news from old but always confused, always in a second or third plane.
The truth is that we do not even have the certainty that the community of ironmongers deserves a special treatment as a differentiated and defined people, but we have opted – perhaps for a change – for granting them the benefit of the doubt, something unusual in everything related to the quinquis it means.
The alias, of many quinquis, began to be recorded in the collective mind of the Spanish population, and the word quinqui replaced or complemented that of “chorizo,” malcontent or rogue. In fact, the peak of the quinqui phenomenon will undoubtedly come from the Lute’s splinted hand, a man who reminded us abruptly of the blackest Spain.
While the gypsies are constituted as a people divided among a large number of nations and states, and have maintained a common language until a few decades ago -although with their logical regional variations-, the merchants seem to maintain a much more local character and, rare We have news of merchant communities, let’s say, transnationals.
This does not mean that there are merchants or related groups in Europe, but they never seem to form common structures or establish links, even though we find many similarities among them.
“Quinqui” is the diminutive of quincallero, that is to say, the one who elaborates or trades with quincalla. Also they are called quinaores, and even sandpipers or peddlers, but, it would be more proper to speak of merchandisers.
Quinaores is as the Gypsies designate, with which the Quinquis have maintained a past from the past a submerged and parallel history, full of encounters and disagreements. The term is of origin caló, and means “merchant”, just like the Latin mericator, who was at the origin of the word maragato. Quinaor comes from the verb quinar, whose translation into Spanish would be to trade, market or buy.
Merchero is the term most used to designate modern quinquis. The general opinion is that it comes from mercha, a germania that would be translated by fabric or textile genre. However, it seems more accurate to place its origin in the Spanish word mercero.
Sandpipers or peddlers are two terms in disuse, but they were very common to designate, as a whole, vagabonds of all kinds and conditions: from the beggar, to the merchant, to the seller of trinkets; and even comedians, actors, musicians and craftsmen, with the only requirement that all of them be traveling.
The main hypotheses point, either to a branch broken off from the Gypsy trunk at unknown dates, either to unconnected groups of vagabonds that cover the peninsula since the fifteenth or sixteenth century, or to groups of Moriscos who, expelled from their lands and persecuted, They throw to the roads. One could suggest another possibility, which would establish its origin in an irregular mixture of these three previous and some more, which would also enter all kinds of rogues, cripples, puppeteers and other mendicant people.
We know of some Quinquis who turned out to be true masters in the imposture, which provided them with the perfect tool to carry out the multiple scams whose authorship is attributed to them, as well as to deceive the forces of order that, even if they did, they “looked for another person”.
The surprising thing is that, no matter how much they were used in their role and how well they executed it, they always returned to their old condition, that of quinqui.

By vaqueiros de alzada is known a village of transhumant shepherds, who live in the coastal mountains of the western councils of Asturias.
The appellation “of elevation” refers to its geographic mobility, that is to say, that these shepherds do not have a fixed seat, but practice transhumance in a certain area of ​​the Asturian mountain.
The vaqueiros were stigmatized mainly due to their wandering life, which clashed head-on with the uses of the rest of their sedentary neighbors, the villagers or xaldos and the ribereños or marnuetos. The vaqueiro is considered as such in contrast to the villager (xaldo), that is, the inhabitant of the towns and villages, settled on the flat land. On the other hand, the vaqueiro is born and lives in the braña.
Braña is the name that receives in Asturias the location in the mountains.
The term vaqueiros de alzada is relatively recent, since before they were called “baqueros”. From s. XIX, is used mostly voice brañeros, which, although it had been used traditionally, from now on it will become much more common, especially in a euphemistic way, because it masks the pejorative connotations that, over time, has acquired the term vaqueiro .
The vaqueiro de alzada itself, is born and lives in the braña, practices the mule, and is not subject to the laws and stipulations that govern for the rest of the Asturians. He does not shepherd cows for a wage and, although he is not a cowboy because he dedicates himself to another job, especially to the trajinerie, he will never cease to be an elder, just as his descendants will be.
The passages occupy a certain area, and all the neighbors within this perimeter are and feel pasiegos, in contrast to those of other areas or regions, the vaqueiros live scattered in small settlements or brañas. It could be argued that also quinquis, gypsies, Jews or deads share this situation, yes. But what makes the vaqueiros different from all the others, is that these brañas, far from maintaining any type of communication or common structure, behaves completely independently of the others.
Vaqueiras festivities were mostly of a religious nature, with some special celebrations, such as the day of San Antonio – the favorite of the vaqueiros – or the day of the Virgen del Acebo, who is their patron saint. Curiously, this celebration has an air of defiance and distancing from the rest of the Asturians, who celebrate the day of their patron saint, the Virgin of Covadonga.
The truth is that, despite the many elements of magic and the abundant superstitions that trufan the belief system of the vaqueiro world, there is no explicit mention of witchcraft. And although all leads to think that, given the isolation conditions of many mountain populations, the survival of ancient pagan rites and, in sum, the similarity with other mountainous areas of the peninsular north rich in witchcraft, here we have no record of their existence , except for sporadic cases.

By the generic name of pasiegos they serve some individuals that inhabit the headwaters of the valleys of the Pas (hence its name) and the Miera, and the region of Las Machorras, in the foothills of the Alto de Lunada and Estacas de Trueba.
Thus, the same town is divided geographically into two provinces that belong, in turn, to two autonomous communities, that of Cantabria and that of Castilla-León. However, all the Cantabrian authors who touch on the theme coincide in pointing out to their countrymen as unique and true pasiegos. The Burgaleses of the Machorras would not be, then, pasiegos. ”
Being pasiego means, above all, a way of life, a continuous struggle to adapt and survive in adverse conditions, within a specific spatial framework. The valleys and summits that they inhabit are counted among the most disadvantaged points that we find in our peninsular geography. Living here, taking advantage of these lands of very poor appearance, is a challenge. Moreover, to be self-sufficient in conditions of as much precariousness as those imposed by sterile soil, severe weather and ruthless orography, is very meritorious.
Its habitat is located in the center of the Cantabrian Mountains, in a place where rivers are born and tritons thrive in their nearby ponds. The landscape is of a fierce beauty, which impresses the visitor by its heights and its open and desolate spaces.
We find perfectly delimited meadows along the slopes of each mountain, silent valleys where only the cattle cowbell warns us that there is something moving between so much green quiet, and an endless streams and streams.
All pasiega life takes place in the house and in the meadow or forest that houses it. There are relationships with family and livestock. The people only get off at certain times, or to perform some kind of management.
That is to say, the life of the pasiego, basically, is carried out within its domains: this is the cabin and the sel.
The monoculture of grass and the unique bet that has been made by the cattle hut as productive means, have led these valleys to an ecological alley of difficult exit.
Even the native cow pasiega – all an icon of this town – has been lost, in favor of the more “milkmaid” Friesian or Dutch that, during the s. XX, definitely displaced the native cow.
We know that the passages led an existence, most of the time, miserable. Likewise, they lacked strength as a group, given that they never constituted associations of any kind, and their social relationships did not exceed the perimeter of the family environment.
Even today, it is pointed out that “one of the most flagrant deficiencies that exists in the region, although perhaps the least observed by the foreign visitor, is the absence of collective entities. There are only the Town Councils.
Regarding its folklore, it would be worth highlighting the ritual of the so-called «Bobo de las Nieves», on the top of the Machorras. In this singular summer pilgrimage we find a quirky, sarcastic and peculiar personage who “casts the verses”, that is, puts in verse certain events and gossip, which, otherwise, would not be made public. Logically, its content is scathing and this disguised character is the only one who can do it. It bears great similarity with the “Birria” maragato and with the zamarrones, zarramacos, zarragones and zarrahones, from other localities of the north of the peninsula.
The problem is that many of the “true pasiegos”, if we understand them as those who preserve their traditional way of life, ignore everything that has to do with their identity and, rather, prefer to adopt other, more urban and modern, however unrelated they may be.

The maragatos make up one of the most unusual villages in Spain. Leaving aside the hypotheses that point to a supposed Jewish or Moorish origin, according to (which would be very questionable) the truth is that the darkness of its origin, as well as its many particularities, give great curiosity to this curious people.
They always proudly maintained their origin and condition. Some reached notoriety at different times and many enjoyed great fortunes. But over them he always planned the suspicion of his “impure” origin, which deprived them of the privileges that, as a Christian town of old settlement and with their own lot, would have corresponded to them. In addition, despite their proven honesty and the professional seriousness that was always recognized, they did not find the popular sympathy that these virtues should have brought them. In the end they became victims of their ethnocentrism and the distance they put with Spanish society.
Established in the northern lands of the current province of León since the middle ages, they practiced a strict endogamy and consolidated a culture based on the mule. Also, that a significant part of the maragatos managed to enrich themselves with the trade through the interior Spain, but that never – on the contrary – they fell in any type of ostentation, but they continued bound to their traditional way of life and their austere customs and centenarians. Finally, we contemplate its decline with the advent of the railroad and the emergence of modern commerce, associated with new land routes and new means of locomotion.
The Maragatería, to those unmistakable villages that open like a fan to the west of Astorga, we will not find but remnants of what a century ago was a vigorous culture. Apart from punctual celebrations, such as those given on the occasion of weddings and other celebrations in which an attempt is being made to recover a defunct tradition, only a couple of local museums and a few houses of muleteers reformed for tourist enjoyment await us.
Maragatería we know today what until the s. XVI was called “La Somoza”, which would be the geographical space that occupies this Leon region attached to the diocese of Astorga that, despite its links, appears as a city well differentiated from the Maragatos peoples.
Jose Maria Luengo, astorgano archaeologist, clarifies this point when affirming that «some” modernist “writers, regardless of any historical basis, have denominated Astorga” the maragata city “and assigning it, nothing less, that the official title of” capital of the Maragatería “when Astorga never belonged to said territory».
The maragatos were not merchants, but poor countrymen who exercised a despised office.
«Maragato, derived from maragas, is a collective nickname, and a multiple metaphor whose purpose was to ridicule and hurt. Forgetting its meaning first, this nickname was accepted as a name by the descendants of the muleteers and others.
In one Castilian ear, it sounds more Galician than anything else:
«Oh rapazas! Oh very!
Pur that you are lazy
Do you see what you’re up to?
Do they bring fugazas and cakes?
In front of these grills
What to respect the beasts
No topics in culgari
Llardu, butiello and murciellas
Prepare lus aguinaldus
More than regiellas,
And nosoutros vus daremus
Cagayas for the worlds.
Goats and ugüellas
Vus daran si lu faceis
Muchus cabritus and years
Qu’han de ñacer todos reis ».
Leggings Maragatas remained in La Pampa Argentina, relegated to a folklore that today we believe is foreign. The roofs of straw already mean nothing to us, nor the great arches at the entrance of the linajudas houses. The identity signs of the maragatos have been swept away by the dust that their raids engendered in the Castilian drylands.
There is hardly a trace of a people who, against all odds, tried a unique way of life and triumphed for centuries, even in spite of their contemporaries.

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