Terrorismo global — Fernando Reinares / Global Terrorism by Fernando Reinares (spanish book edition)

Este es un breve libro sobre el terrorismo global, ya va más allá de fronteras, lo importante es la improvisación al efectuarlo, es un libro que nos expone unas ideas de manera sencilla y que nos adentra en uno de los problemas de las sociedades occidentales.

El fenómeno terrorista persiste a la vez que cambia. Sorprende tanto por la continuidad en los procedimientos básicos con que se manifiesta a lo largo del tiempo como por su capacidad para adaptarse a las exigencias de un entorno siempre en transformación. Los terroristas siguen utilizando sobre todo bombas y pistolas, igual que hace más de un siglo, pero entre ellos hay también quienes intentan hacerse con armas no convencionales. Mientras todavía existe un terrorismo que afecta sobre todo a las autoridades y los ciudadanos de un único país, otras de sus expresiones atraviesan fronteras y hasta inciden sobre la estabilidad de regiones enteras del mundo. Finalmente, ese terrorismo que ha cruzado fronteras y ha sido el precursor del terrorismo internacional ha dado paso a un terrorismo verdaderamente global.
Uno de los rasgos más destacados del fenómeno terrorista, tal como se ha practicado en el seno de las sociedades industriales avanzadas a lo largo de las últimas cuatro décadas, consiste en el hecho de que una serie de organizaciones inmersas en la contienda por el poder lo llegaron a convertir en el método preferente de sus respectivos repertorios de acción colectiva. De hecho, en la medida en que la práctica sistemática y sostenida del terrorismo ocupa un lugar predominante en el repertorio de acción colectiva propio de un grupo más o menos estructurado —de modo que el resto de sus actividades se polarizan en torno a las acciones armadas—, estarnos ante una organización terrorista. Entre las más tristemente célebres y duraderas se encuentran, por ejemplo, el IRA (Irish Republican Army o Ejército Republicano Irlandés), ETA (Euskadi ta Askatasuna o Euskadi y Libertad) o las Brigate Rosse (Brigadas Rojas).
La transnacionalización del terrorismo ha facilitado su patrocinio estatal para incidir sobre la estabilidad de otros países o sobre el modo en que se ordenan regiones enteras del planeta. Se trata ahora de lo que en términos generales cabe denominar como terrorismo internacional. En ocasiones, unos gobiernos han encomendado la ejecución encubierta de dicha violencia a sus propios funcionarios, para poder ejercer sobre aquellos una supervisión más estrecha. Otros deciden prestar asistencia material a grupos armados ya existentes, manteniendo en la mayor confidencialidad posible esa relación para, si se vieran obligados a ello, negar cualquier responsabilidad en el terrorismo internacional. De hecho, su uso como instrumento de política exterior depende de que se considere o no contraproducente, pero también de los intereses geoestratégicos del país implicado, de los recursos disponibles para ello y de la respuesta adoptada por otras naciones.
   Sin embargo, este terrorismo internacional se ha modificado con el cambio de milenio. Sus promotores no son ya únicamente algunos gobiernos. Incluso se lleva a cabo con el fin de modificar la distribución del poder a escala mundial. Tanto sus dimensiones organizativas como la violencia que depara resultan inusitadas.

La globalización del terrorismo internacional no se refiere únicamente al hecho de que semejante fenómeno se manifieste en la actualidad a lo largo y ancho del planeta. Como consecuencia de la llamada sociedad de la información, esa violencia transnacionalizada tiende a adoptar una estructura horizontal en redes, con un contingente de activistas más bien difuso; una configuración distinta de lo habitual entre las organizaciones verticales rígidamente jerarquizadas que hemos conocido desde la década de los sesenta —algunas de las cuales todavía persisten—, donde los criterios que distinguen a quienes están dentro o fuera del entramado clandestino se encuentran mucho más demarcados. Internet se convierte así, para el nuevo terrorismo internacional, en el medio que facilita tareas fundamentales como las de proselitismo y reclutamiento, almacenamiento y tratamiento de datos, o incluso la gestión de los recursos financieros disponibles. También, junto con la telefonía móvil, es un medio que permite un contacto estable entre los distintos componentes de la organización, sin importar la distancia que pueda haber entre ellos.
   Otra de las características más sobresalientes observadas en el terrorismo internacional desde el inicio de los noventa, radica en que los individuos y colectivos a quienes se atribuye la mayor parte de la mayor parte de los atentados ocurridos aducen estar actuando de acuerdo con un imperativo religioso, más concretamente con normas extraídas de una concepción integrista del credo islámico.
Que el terrorismo internacional de nuestros días no dependa necesariamente de patrocinio estatal alguno pone de manifiesto otro de sus rasgos distintivos. Ese terrorismo internacional privatizado se ha tornado en terrorismo global y tiene entre sus indicadores más asombrosos al megaterrorismo. Tal y como se manifestó aquel 11 de septiembre.
Los atentados del 11 de septiembre, por su parte, no ofrecen necesariamente el primer ejemplo de megaterrorismo conocido a lo largo de nuestra historia contemporánea, aunque sí fueron los primeros incidentes de esas características urdidos por actores no estatales. En concreto, muchos analistas estarían de acuerdo en que los lanzamientos de sendas bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, también pueden calificarse como acto de megaterrorismo. Tales hechos ocurrieron tres meses después de haberse rendido los nazis y, teniendo en cuenta que la decisión de proceder a ese ataque correspondió al entonces presidente estadounidense Harry S. Truman, antes de rubricarse la Declaración de Potsdam. En ese documento no se incluía advertencia explícita alguna sobre el uso de bombas atómicas: los Aliados se limitaban a exigir la rendición incondicional de las fuerzas armadas japonesas, estipulando los términos en que debía producirse.

Este nuevo terrorismo entronca con la amalgama entre política y religión que trajo consigo la llamada revolución iraní de 1979. Si bien los instigadores del terrorismo global y sus seguidores no pertenecen a la rama shií del islam, mayoritaria entre los habitantes de la antigua nación persa pero minoritaria entre el conjunto de los musulmanes, el modelo de sociedad instaurado bajo la supervisión del imam Ruhollah Jomeini es parangonable al ambicionado luego por otros fundamentalistas islámicos. Además, las autoridades de ese régimen teocrático ejercieron un decisivo influjo sobre los terroristas suicidas que desde la década de los ochenta han adquirido notoriedad en Oriente Próximo, actuando como precursores de otros como los que llegaron a inmolarse aquel 11 de septiembre. El acceso al poder de los ayatolás evocó entre los árabes algunas aspiraciones latentes y sirvió como referencia a muchos extremistas.
Pero el fundamentalismo musulmán no sólo resulta atractivo para las multitudes empobrecidas y hasta desesperadas. También lo es para individuos de las clases medias urbanas. Allí donde éstas existen pudieron haber sido el estrato modernizante de las sociedades árabes, pero se vieron igualmente afectadas por sentimientos de pérdida y fracaso colectivo. De unos y otros segmentos de la población proceden, por ejemplo, los adheridos a Al Qaeda, si bien la clase media suele estar ampliamente sobrerrepresentada entre los dirigentes.

El terrorismo suicida se ha convertido en el más devastador de nuestros días cuando recurre a medios convencionales para generar destrucción e inocular miedo. Pero dispone de un potencial de letalidad mucho mayor en la medida en que viene pertrechado de armas no convencionales. Además, esas auténticas bombas humanas en que se convierten los terroristas suicidas eluden con preocupante facilidad las medidas de detención y respuesta habitualmente utilizadas para contener el terrorismo. Son percibidas como una amenaza terrorista imprevisible e inevitable como ninguna otra, lo cual suscita mayor ansiedad y pánico entre las gentes que temen sufrir sus consecuencias.
El suicidio como tal se encuentra estrictamente prohibido por el islam; y de acuerdo con esta religión quienes lo cometen no acceden a paraíso alguno. Ahora bien, siempre de acuerdo con este mismo credo, perder la vida en situación de yihad —más concretamente en combate dentro de una guerra santa contra los enemigos de la comunidad de los creyentes— proporciona ese acceso privilegiado al paraíso. Así, para bendecir los atentados cometidos por terroristas suicidas, conferirles la condición de mártires autoelegidos y convertirlos en legítimos beneficiarios de incentivos selectivos muy preciados, las autoridades religiosas adscritas a sectores integristas del mundo islámico no han hecho otra cosa que declarar aquellos actos como propios de la yihad. De este modo resulta evidente la lógica cultural subyacente a la opción de los terroristas suicidas que antes de serlo se han adherido a una u otra corriente del fundamentalismo islámico.
Al Qaeda sigue teniendo acceso a un monto considerable de variados recursos financieros, pese al bloqueo de cuentas bancarias y activos relacionados con la red terrorista global llevado a cabo tras el 11 de septiembre. Con ello puede continuar sus actividades terroristas, encaminadas a unificar políticamente la comunidad de los creyentes en el islam y, al mismo tiempo, destruir la civilización occidental.

Se entiende terrorismo internacional cuando éstos reúnen seis rasgos específicos.
Primero, que quienes lo perpetren o instiguen sean identificados con relativa celeridad.
Segundo, que los autores del hecho o sus patrocinadores estén implicados con anterioridad en otros atentados contra ciudadanos e intereses de Estados Unidos.
Tercero, que se trate de una violencia dirigida contra personas vinculadas directamente con el Gobierno estadounidense.
Cuarto, que el incidente en cuestión se haya consumado y sea irreversible. Quinto, que los considerados responsables de dicho acto terrorista sean conocidos por hacer ostensibles sus actitudes desafiantes hacia Estados Unidos.
Finalmente, que los perpetradores del atentado y sus promotores resulten política y militarmente vulnerables ante una eventual represalia.
En otras palabras, la decisión estadounidense de recurrir a sus fuerzas armadas contra el terrorismo internacional estaría determinada por las características específicas que concurren en cada incidente dado. Esta interpretación, que postula una relación lineal entre el atentado terrorista y la opción de responder militarmente, omite el complicado proceso político en el que se inscribe la toma de decisiones tan delicadas. Toda una serie de actores e instituciones nacionales están implicadas en su elaboración. No se trata de una mera orden adoptada de manera automática por el presidente de Estados Unidos.
Tras el 11 de septiembre, numerosos países han introducido medidas legislativas y reformas tanto en sus estructuras de seguridad interior como en las de defensa nacional. El terrorismo internacional pasó a convertirse en una de las principales preocupaciones de la opinión pública, especialmente en sociedades industriales avanzadas con formas democráticas de gobierno.
Se necesita frente a este terrorismo, la cooperación internacional debe manifestarse en esfuerzos encaminados a la resolución de aquellos conflictos regionales que sirven como pretexto a los islamistas violentos. Si bien es probable que el tan necesitado arreglo del contencioso entre palestinos e israelíes no tenga consecuencias inmediatas, aunque si a largo plazo, sobre la dinámica del actual terrorismo global. Por último, una acción colectiva multinacional contra esa violencia debe contribuir sustancialmente al diálogo intercultural e interconfesional, dentro y fuera de las fronteras estatales; entre gentes de distinta civilización y creencias que habitan regiones del planeta distintas y distantes entre sí, así como entre personas que viven en países crecientemente multiculturales. Ésta es una faceta educativa, dentro de ese plan multifuncional contra el terrorismo, en que las sociedades civiles nacionales y especialmente la prensa tienen un importantísimo margen de implicación.

La gran mayoría de quienes han perpetrado esos atentados son individuos o grupos de origen islámico, fundamentalistas musulmanes en concreto, mientras que los blancos preferentes vienen siendo personas e intereses adscritos al ámbito de la civilización occidental.
Un musulmán es mejor que un millón de impíos y se pregunta, un tanto retóricamente, si el Profeta buscó un entendimiento mutuo con los infieles o por el contrario combatirlos para hacer que se sometieran al dominio musulmán. Argumentos que desarrolla antes de advertir lo que sigue:
   Una persona tiene sólo tres opciones: convertirse en musulmán, vivir bajo el dominio del islam o ser muerto.
La actual red del terrorismo global dispone también de un número indeterminado, pero a buen seguro bastante más elevado, de correligionarios dispuestos a movilizarse ocasionalmente. Sólo durante la década de los noventa, ha procurado entrenamiento a más de diez mil activistas propios y de movimientos islamistas asociados. De hecho, mantiene conexiones, tan aparentemente tenues como de hecho muy robustas, con numerosos grupos armados.

En atención a razones éticas y de eficacia, las democracias liberales deben reaccionar ante la violencia terrorista con mesura y sin incurrir en excesos que menoscaben los principios y procedimientos en que se sustentan dichos sistemas políticos tolerantes. El terrorismo supone una violación flagrante de los derechos humanos y es esencial que el respeto por ellos constituya un imperativo de las medidas antiterroristas. Con todo, debido a las limitaciones de que adolecen los gobiernos nacionales para hacer frente a un fenómeno que atraviesa fronteras y está mundializado en la práctica, es precisa una efectiva cooperación multinacional. También se requiere un plan auténticamente multifuncional, tanto en tareas preventivas como reactivas. Ni una óptima cooperación multinacional ni un plan multifuncional compartido son tareas fáciles de alcanzar.

This is a short book about global terrorism, it goes beyond borders, the important thing is improvisation in making it, it is a book that exposes us some ideas in a simple way and that takes us into one of the problems of Western societies.

The terrorist phenomenon persists as it changes. It is surprising both for the continuity in the basic procedures with which it manifests itself over time and for its ability to adapt to the demands of a constantly changing environment. Terrorists continue to use mostly bombs and pistols, just as they did more than a century ago, but among them there are also those who try to seize unconventional weapons. While there is still a terrorism that affects above all the authorities and citizens of a single country, other of its expressions cross borders and even affect the stability of entire regions of the world. Finally, that terrorism that has crossed borders and has been the forerunner of international terrorism has given way to a truly global terrorism.
One of the most outstanding features of the terrorist phenomenon, as it has been practiced in advanced industrial societies over the past four decades, consists of the fact that a series of organizations immersed in the struggle for power they became the preferred method of their respective collective action repertoires. In fact, to the extent that the systematic and sustained practice of terrorism occupies a predominant place in the collective action repertoire of a more or less structured group – so that the rest of its activities are polarized around armed actions -, we are before a terrorist organization. Among the most infamous and lasting are, for example, the IRA (Irish Republican Army or Irish Republican Army), ETA (Euskadi ta Askatasuna or Euskadi and Libertad) or the Brigate Rosse (Red Brigades).
The transnationalization of terrorism has facilitated its state sponsorship to influence the stability of other countries or the way in which entire regions of the planet are ordered. It is now about what in general terms can be called international terrorism. On occasion, some governments have entrusted the covert execution of such violence to their own officials, in order to exercise a closer supervision over them. Others decide to provide material assistance to existing armed groups, maintaining this relationship as confidentially as possible, in order to deny any responsibility for international terrorism if they were forced to do so. In fact, its use as an instrument of foreign policy depends on whether or not it is considered counterproductive, but also on the geostrategic interests of the country involved, the resources available for this and the response adopted by other nations.
However, this international terrorism has changed with the turn of the millennium. Its promoters are no longer just some governments. It is even carried out in order to modify the distribution of power on a global scale. Both its organizational dimensions and the violence it holds are unusual.

The globalization of international terrorism does not refer only to the fact that such a phenomenon is currently manifested throughout the world. As a consequence of the so-called information society, this transnationalized violence tends to adopt a horizontal structure in networks, with a rather diffuse contingent of activists; a configuration different from the usual among the rigidly hierarchical vertical organizations that we have known since the sixties -some of which still persist-, where the criteria that distinguish those inside or outside the clandestine network are much more demarcated. The Internet thus becomes, for the new international terrorism, in the medium that facilitates fundamental tasks such as proselytizing and recruitment, storage and data processing, or even the management of available financial resources. Also, together with mobile telephony, it is a means that allows a stable contact between the different components of the organization, regardless of the distance that may exist between them.
Another of the most outstanding characteristics observed in international terrorism since the beginning of the nineties, is that the individuals and groups to whom most of the attacks are attributed, claim to be acting in accordance with a religious imperative, more concretely with norms extracted from a fundamentalist conception of the Islamic creed.
That the international terrorism of our days does not necessarily depend on any state sponsorship reveals another of its distinctive features. That international terrorism privatized has become global terrorism and has among its most amazing indicators to mega-terrorism. As manifested that September 11.
The attacks of September 11, meanwhile, do not necessarily offer the first example of megaterrorism known throughout our contemporary history, although they were the first incidents of these characteristics created by non-state actors. In particular, many analysts would agree that the launching of atomic bombs on the Japanese cities of Hiroshima and Nagasaki in August 1945 can also be described as an act of mega-terrorism. Such events occurred three months after the Nazis had surrendered and, bearing in mind that the decision to proceed with that attack corresponded to the then US President Harry S. Truman, before initiating the Declaration of Potsdam. That document did not include any explicit warnings about the use of atomic bombs: the Allies limited themselves to demanding the unconditional surrender of the Japanese armed forces, stipulating the terms in which they should occur.

This new terrorism is linked to the amalgam between politics and religion that brought with it the so-called Iranian revolution of 1979. Although the instigators of global terrorism and its followers do not belong to the Shia branch of Islam, majority among the inhabitants of the old Persian nation but minority among the group of Muslims, the model of society established under the supervision of imam Ruhollah Khomeini is paraguable to the ambition then by other Islamic fundamentalists. In addition, the authorities of this theocratic regime exercised a decisive influence on the suicide bombers who since the eighties have gained notoriety in the Middle East, acting as precursors to others like those who came to immolate themselves on September 11. The accession to power of the ayatollahs evoked some latent aspirations among the Arabs and served as a reference to many extremists.
But Muslim fundamentalism is not only appealing to impoverished and even desperate crowds. It is also for individuals of the urban middle classes. Where these exist may have been the modernizing stratum of Arab societies, but they were equally affected by feelings of collective loss and failure. Those belonging to Al Qaeda come from some and other segments of the population, although the middle class tends to be widely overrepresented among the leaders.

Suicide terrorism has become the most devastating of our days when it resorts to conventional means to generate destruction and inoculate fear. But it has a much greater lethality potential insofar as it comes equipped with non-conventional weapons. Moreover, those authentic human bombs that suicide bombers turn into, with alarming ease, elude the arrest and response measures commonly used to contain terrorism. They are perceived as an unpredictable and inevitable terrorist threat like no other, which causes greater anxiety and panic among people who fear suffering its consequences.
Suicide as such is strictly prohibited by Islam; and according to this religion those who commit it do not access any paradise. Now, always in accordance with this same creed, losing one’s life in a situation of jihad – more specifically in combat within a holy war against the enemies of the community of believers – provides that privileged access to paradise. Thus, to bless the attacks committed by suicide bombers, confer them the status of self-chosen martyrs and turn them into legitimate beneficiaries of highly valued selective incentives, the religious authorities attached to fundamentalist sectors of the Islamic world have done nothing but declare those acts as their own. the jihad. In this way, the cultural logic underlying the option of suicide terrorists who have adhered to one or another current of Islamic fundamentalism is evident.
Al Qaeda still has access to a considerable amount of various financial resources, despite the blockade of bank accounts and assets related to the global terrorist network carried out after September 11. With this he can continue his terrorist activities, aimed at politically uniting the community of believers in Islam and, at the same time, destroying Western civilization.

International terrorism is understood when these meet six specific characteristics.
First, that those who perpetuate or instigate it are identified with relative speed.
Second, that the perpetrators or their sponsors are previously implicated in other attacks against citizens and interests of the United States.
Third, it is a case of violence directed against people directly linked to the United States Government.
Fourth, that the incident in question has been consummated and is irreversible. Fifth, that those considered responsible for this terrorist act are known to make their defiant attitudes towards the United States ostensible.
Finally, that the perpetrators of the attack and its promoters are politically and militarily vulnerable to an eventual reprisal.
In other words, the American decision to resort to its armed forces against international terrorism would be determined by the specific characteristics that concur in each given incident. This interpretation, which postulates a linear relationship between the terrorist attack and the option of responding militarily, omits the complicated political process in which the decision-making is so delicate. A whole series of national actors and institutions are involved in its elaboration. It is not a mere order adopted automatically by the president of the United States.
After September 11, many countries have introduced legislative measures and reforms in both their internal security structures and those of national defense. International terrorism has become one of the main concerns of public opinion, especially in advanced industrial societies with democratic forms of government.
In the face of this terrorism, international cooperation must be manifested in efforts aimed at resolving those regional conflicts that serve as a pretext for violent Islamists. While it is likely that the much-needed settlement of the dispute between Palestinians and Israelis will have no immediate, albeit long-term, consequences on the dynamics of the current global terrorism. Finally, a multinational collective action against this violence must contribute substantially to intercultural and interconfessional dialogue, within and beyond state borders; between people of different civilizations and beliefs that inhabit different and distant regions of the planet, as well as between people who live in increasingly multicultural countries. This is an educational aspect, within this multifunctional plan against terrorism, in which national civil societies and especially the press have a very important margin of involvement.

The vast majority of those who have perpetrated these attacks are individuals or groups of Islamic origin, fundamentalist Muslims in particular, while the preferred targets are people and interests attached to the field of Western civilization.
A Muslim is better than a million wicked people and asks himself, somewhat rhetorically, whether the Prophet sought a mutual understanding with the infidels or on the contrary fight them to make them submit to Muslim rule. Arguments that develops before noting what follows:
A person has only three options: to become a Muslim, to live under the rule of Islam or to be killed.
The current network of global terrorism also has an indeterminate number, but surely a lot higher, of co-religionists willing to mobilize occasionally. Only during the nineties, has provided training to more than ten thousand activists of their own and associated Islamist movements. In fact, it maintains connections, as apparently tenuous as in fact very robust, with numerous armed groups.

In response to ethical and efficiency reasons, liberal democracies must react to terrorist violence with moderation and without incurring in excesses that undermine the principles and procedures on which such tolerant political systems are based. Terrorism is a flagrant violation of human rights and it is essential that respect for them be an imperative of counter-terrorism measures. However, due to the limitations that national governments suffer in order to face a phenomenon that crosses borders and is globalized in practice, effective multinational cooperation is necessary. A truly multifunctional plan is also required, both in preventive and reactive tasks. Neither optimal multinational cooperation nor a multifunctional shared plan are easy tasks to achieve.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .