El Tercer Reich — Arthur Moeller Van Der Bruck / Germany’s third empire by Arthur Moeller Van Der Bruck

Este libro publicado en España 90 años después es un libro interesante es curioso ver los pensamientos de esa época en contraposición a la actual, obra publicada, en 1923, el partido nacionalsocialista alemán no era más que un agrupación más, de escasa importancia, dentro del contexto y de la amalgama de partidos, ideas y corrientes ideológicas que por aquel entonces se presentaban en la Alemania de Weimar. De hecho, la visión retrospectiva que Moeller asocia al término «Tercer Reich» no tiene absolutamente nada que ver con aquella fundada en 1933, y se funda sobre una cosmovisión profunda y renovadora, tradicionalista y vital que tanto en lo cronológico, como en lo ideológico no presentan ningún paralelismo con la Alemania de Hitler, la del 1933-1945. De hecho, y pese a que Moeller van den Bruck conoció a Hitler en el mismo año de la publicación de la obra, y que éste último quedó notablemente fascinado por la misma, en lo posterior, la obra sería condenada al ostracismo junto con su autor, para apropiarse del concepto que le daba título y dotarlo de un significado totalmente distinto.

Una revolución estalla una sola vez. Una revolución no concierne a un pueblo en relación con los otros pueblos. Una revolución concierne a una nación, cuyo pueblo se encuentra solo consigo mismo para afrontarla: del éxito de esta acción depende la dirección que este pueblo entiende darse por libre elección del propio destino.
En la historia alemana no se ha verificado todavía revolución política alguna. La revolución tiene un espíritu socialista, político-económico y marxista-milenarista.
Pero sobre todo un espíritu específicamente alemán. Mientras nosotros nos hemos movido en los márgenes, hemos estado haciendo solamente proclamas, adoctrinamiento y resoluciones jornaleras, en lo profundo se está desencadenando una turbulenta y desconcertante tempestad: es la violenta corriente de la historia alemana que, bajo el efecto de nuestra derrota, ahora se dirige hacia una dirección que había abandonado para nuestro perjuicio.
Nuestra historia ha desembocado en un camino fallido.
Nuestra revolución tiene comienzo: nacida como una insurrección que ha arruinado el Estado, se presenta ahora como una resurrección de los seres humanos.
Esta revolución representa la insurrección de una concepción espiritual transformada y de una nueva autoconciencia – si no fuese así representaría solamente nuestro ocaso.

Los demócratas revolucionarios alemanes están orgullosos de esta falta de genialidad. Ellos se vanaglorian de su condescendencia, así como de haber puesto fin a la revolución, considerando como mérito absoluto el haber pronunciado aquel «¡sí!» con el que fueron ratificadas las decisiones de Versalles. Con esto, nosotros los alemanes, asumimos una posición tranquilizadora y optimista, manteniéndonos bien lejos de las pasiones políticas. Nos limitamos a pedir indulgencia. Y no supimos oponernos a los requerimientos que nuestros enemigos nos reclamaban en base a los tratados que nosotros mismos habíamos suscrito. Mientras tanto, continuábamos contemporizando, moviéndonos entre lo posible y lo imposible en lugar de afrontar con firmeza los puntos decisivos.

Todos los errores del socialismo se condensan en la frase de Karl Marx: «La humanidad se plantea solamente los problemas que está en condiciones de afrontar»
No. La humanidad asume solamente problemas que no está en condiciones de afrontar. Aquí está su grandeza. Aquí está el genio que la guía. Aquí está el demón que la empuja.
Y esta es la esencia de todas las utopías que no encontramos nunca realizadas. Es la esencia de todas las esperanzas milenaristas que no se cumplen nunca. Es la esencia del Imperio milenario que vive solamente de las anunciaciones y que nunca llega a ser partícipe de las realizaciones humanas.
Marx siempre se ha opuesto a las utopías sociales, pero lo ha hecho con aquella suerte de fanatismo con la cual rechazamos determinadas características que son peculiares de nuestro ser.
En realidad el marxismo tiene todos los signos peculiares de una utopía materialista. Marx confió al proletariado la construcción de un perpetuum mobile, en la rígida convicción de que, en cuanto concebido de forma lógica, habría sido también reproducible. Pero este perpetuum mobile se identifica con el mundo mismo, y el demiurgo no permite a nadie dañar su obra.

El problema de la población constituye para Alemania el problema de todos los problemas: un problema socialista, si se quiere, desde el momento en el que el socialismo lo reconoce como problema económico, y reconoce su deriva política. Problema propiamente alemán que surge después de que nos fuese impedido el acceso al mundo, y para el cual será necesario dar una solución buscando una salida hacia el exterior.
Donde termina el marxismo comienza el socialismo: un socialismo alemán, cuya misión es eliminar toda forma de liberalismo, que ha constituido un enorme poder en el siglo XIX, y desde el cual también el socialismo ha sido apartado y disuelto. Y aún eliminando todo liberalismo, todavía en el presente, en los parlamentos del mundo occidental, hay que hacer quebrar a la democracia.
Este socialismo alemán no es solo una misión del Tercer Reich, sino, y ante todo, su presupuesto.

La paz no ha traído la paz al mundo, sino la esclavitud, y no ha traído ni tan siquiera la paz.
Los estadistas de Versalles tuvieron la imprudencia de mostrar su obra como la matriz del progreso y la justicia.
Los estadistas de Versalles estaban en posesión del poder político que debían a una falta de principios en nombre de los principios, y a aquella que nosotros conocemos como la demencia característica de los hombres liberales: aquella que desprecia los principios, los principios como medios a utilizar y como objetos de adorno mediante otros principios.
El liberalismo ha destruido la civilización. Ha aniquilado las religiones. Ha destruido las patrias. Ha representado la disolución de la humanidad. Los pueblos de naturaleza no conocen forma alguna de liberalismo. Para ellos el mundo es una experiencia de vida unitaria que el individuo cumple con sus semejantes. Así perciben la vida como una lucha que les implica y les une.
Los pueblos de los Estados nacionales siempre han retomado el liberalismo. Se protegen contra ésto a través de vínculos que les aseguran una existencia política.
El liberalismo es una visión del mundo, y ante un mundo visionario del cual la juventud alemana de hoy se distancia con disgusto, con desdén y particular desprecio, porque más que cualquier otra ideología, mira el mundo bajo la repugnante perspectiva de la ganancia.
En el liberal, la juventud alemana identifica al enemigo.

En todos los estratos del pueblo, tanto en el ámbito conservador como en el de las masas proletarias, bien pronto sobrevino el desprecio contra la democracia, a la cual se culpó de nuestra miseria nacional y social: desprecio que habría querido poner fin al falseamiento de este sistema político y volver a comenzar de nuevo, por oscuros, arriesgados e inciertos que fuesen los presupuestos de un nuevo comienzo. Era obvio que la juventud comprendiese el daño que la democracia hacía al genio de la nación, en su predisposición por lo inusual, que ahora también constituía su prerrogativa. La juventud percibía las banalidades de la democracia como algo todavía más deletéreo en su corrupción, entonces la juzgaba con dura exaltación.
Han sido los pueblos los que se han elevado mediante la democracia. Han sido otros pueblos los que han ido a la ruina con la democracia. La democracia puede significar estoicismo, concepción republicana, inflexibilidad y dureza. Pero al mismo tiempo puede significar liberalismo, alboroto parlamentario y laicismo. ¿Han considerado alguna vez estos demócratas alemanes que la propia democracia liberal será aquella forma política que mandará a la ruina al pueblo alemán?

El problema de las masas avanza.
Avanza no solo desde la izquierda, sino que se difunde entre el pueblo. Se ha refugiado actualmente en una democracia que se difunde entre el pueblo. Estamos frente a la sociedad liberal, que vive de los beneficios del trabajo humano, beneficios derivados de negocios o de rentas, en decidido replegamiento ante el proletariado que, como cree, cumple tal trabajo. Y ahora este hombre liberal busca detener el asalto de las masas y sosegarlo, asegurándole con palabras, y diciéndoles que ellos también pertenecen al pueblo y que la gran madre democracia se quiere ocupar del pueblo.
Esta es la demagogia parlamentaria difícilmente eliminable, pero bajo ella las masas proletarias aceleran y actúan con ímpetu, ¡son pura acción!.
Marx pone el acento sobre la exigencia de la clase trabajadora de liberarse de sí misma. No creemos que un pueblo solo pueda liberarse, y ponemos el acento sobre la pregunta: ¿Nunca podrá liberarse la clase trabajadora como tal?
El marxismo, con la génesis del proletariado, ha errado en la comprensión tanto de su sociología como de su psicología.
Debemos, si queremos tener una respuesta a aquella pregunta, entender exactamente el aspecto psicológico.
¿Quién es el proletariado en una nación?
¿Qué significa ser proletario?

«Conservador» es confundido con «reaccionario». En efecto, los dos conceptos podrían ser confundidos, por el cual el conservador deberá expresarse con mucha claridad para hacerse comprensible en sus contenidos.
El reaccionario no es creativo. El revolucionario se limita a destruir, y como medio para un objetivo del cual no sabe nada, en el mejor de los casos crea un nuevo espacio. El conservador construye a partir del espacio eterno, da forma a lo real y actúa para dar estabilidad a la realidad del mundo.
El pensamiento conservador expresa la conciencia de la base conservadora sobre la cual tiene su raíz y origen el mundo, y constituye la fuerza que lo impulsa a actuar.
El conservador piensa en el tercer Reich. Él sabe que, como en el Reich bismarckiano de los Hohenzollern, sobrevivirá el Reich medieval así como también volverá a vivir en el tercer Reich. El conservador vive en la conciencia de que la historia es una herencia, una gran rendición de cuentas que conduce a los pueblos del pasado hacia el futuro. Pero esta herencia debe ser conseguida con fatiga, a través de la superación de las diferenciaciones de las tres fases del tiempo.
El presente solo es un punto en la eternidad. El pasado es eternidad que continúa su duración. El futuro es eternidad que se abre ante nosotros: Pero una eternidad que no tenemos necesidad de esperar, en la cual vivíamos antes; que está en torno a nosotros, y que constituirá nuestro mañana si hoy optamos por un valor eterno.
El tercer Reich se realizará cuando nosotros queramos. Pero podrá vivir solamente si no es una copia, sino una nueva creación.

La utopía revolucionaria, el conservador teme, no tanto una revolución mundial, sino en la medida que beneficie a la democracia: esta democracia internacional, occidental, liberal y formal; esta democracia corrupta y compuesta por la gran minoría de los hombres y los pueblos ricos, que en su falta absoluta de escrúpulos han sabido identificar los medios con los que poder dominar a la enorme mayoría, y contra la cual, quizás, lucha inútilmente el proletariado comunista.
Así, el conservador en su capacidad de prever los acontecimientos, sabe que no llegará a encauzar de forma conservadora al movimiento revolucionario, y que Alemania se verá colapsada bajo esta forma de democracia, forjada en base a luchas democráticas que disgregan Europa, de sufrimientos y mezquindades disidentes que la ahogarán en una miseria que podrá durar siglos.

El tercer partido quiere el Tercer Reich.
Es el partido de la continuidad de la historia alemana.
Es el partido de todos los alemanes que quieren que Alemania pertenezca al pueblo alemán.
Los alemanes de todos los partidos gritarán juntos: ¡También nosotros lo queremos! Estamos bien dispuestos a creerlos, pero sabemos demasiado bien que pensáis en la Alemania de vuestro partido, y que queréis que vuestra vida esté en función del programa de vuestro partido.
El nacionalismo romántico piensa solo en sí mismo. El nacionalismo alemán piensa en el conjunto. Piensa en el sucederse de los puntos cruciales de la historia. No quiere conservar el elemento alemán en cuanto alemán, lo que podría significar, como hemos visto, querer mantener algo que ya ha tenido su tiempo. Éste quiere conservar el elemento alemán en su devenir, en las vicisitudes que se producen en torno a nosotros, en los acontecimientos revolucionarios de la época naciente. Quiere conservar Alemania para que, a parte de ésta, se pueda mantener a una Europa en equilibrio.

Debemos tener la fuerza para vivir en las contradicciones.
La historia alemana ha estado, y todavía está, llena de desviaciones y contradicciones.
Nunca hemos llegado a alcanzar una meta precisa. más bien siempre hemos alcanzado puntos que no habíamos previsto. Sin embargo, siempre volvemos a empezar de nuevo y nos fijamos la siguiente meta, que quizás era una meta antigua, para la cual utilizamos siempre todas nuestras fuerzas para restablecerla.
Aunque éramos bárbaros, asumimos la herencia de la civilización del mediterráneo. Éramos paganos y nos convertimos en defensores de la cristiandad.
Debemos tener la fuerza, todavía hoy, para ser los nuevos «Guelfos», con la consciencia de sus orígenes, y al mismo tiempo de ser «Gibelinos», como representantes de la idea de Imperio. Debemos tener la fuerza para ser, al mismo tiempo, bárbaros y cristianos, católicos y protestantes, alemanes del sur y del norte, del Oeste y del Este. Debemos tener la fuerza para ser aquí Prusianos, allí Austriacos, Bávaros, Suevos, Francos, Sajones y Frisones, pero serlo en la medida que somos, singularmente, alemanes.

La conclusión de la guerra mundial ha despreciado la voluntad de grandeza del segundo Reich. La revolución ha producido su descomposición. Ella no ha podido impedir nuestra decadencia, ni la fragmentación de nuestras cuatro Marcas. Nos ha reducido a un pequeño pedazo de Reich irreconocible, como Reich de la nación alemana. Ha eliminado la posibilidad de una Gran Alemania, que habría derivado de la unión entre Alemania y Austria, y no ha producido el coraje, la voluntad y el orgullo de poner al mundo ante un hecho completado. Se trataba de una revuelta finalizada en una pequeña Alemania, que elaboró en Weimar una constitución cuyo carácter federalista-centralista no dio al Reich aquello que pertenecía al Reich, ni a los países, poblaciones ni territorios, aquello que ellos esperaban.
Y también la revolución ha actuado simplificando las actuaciones al nivel de la política interna alemana.
La cultura alemana no vive solamente en estas dos ciudades, sino en cada ciudad alemana, desde la ciudad de Estrasburgo, con su catedral, donde se coloca al Cristo de Grünewald, en la encrucijada del destino alemán, hasta el más profundo este.
Ciertamente, aquellos pueblos del este asumen aquellos valores, tomados de Alemania y que ellos adaptan. Pero la lengua alemana es solamente la lengua de los intercambios internacionales entre Eurasia y Mitteleuropa. Ella permite el comercio, pero no tiene carácter espiritual. Y cuando ésta se convierta en lengua vehicular de la Tercera Internacional, también en este caso se habrá producido el internacionalismo correspondiente. La lengua alemana solo sirve al carácter marxista, pero no al gran cosmos de la espiritualidad alemana que es anterior a Marx, está junto a Marx y contra Marx. Hasta aquellos rusos que, como Tolstoi, no rechazaron a toda Europa, lo hacen ahora por razones que radican en lo profundo de la nacionalidad; toman de nosotros aquellos valores señalados por el idealismo hegeliano y, quizás, por Schiller. El sentido alemán de lo ilimitado, que no puede ser circunscrito a nombres, está igualmente adjudicado, en cuanto ellos poseen un sentido propio de lo ilimitado que va más allá de Occidente, que señala a Oriente.

El nacionalismo alemán combate por el Reich posible. El nacionalismo alemán actual, así como el hombre alemán, es todavía místico, pero como político se ha convertido en ascético.
Él sabe que la realización de una idea viene siempre aplazada, por el hecho de que la inteligencia es, en realidad, muy humana. Sabe que las naciones realizan sus ideas solo en la medida que las sostienen con firmeza y las llevan hacia adelante.
El nacionalista alemán es inmune a la ideología por la ideología. Ha comprendido el engaño de las grandes palabras, a las que los pueblos que nos han derrotado se acogen en una misión mundial. Ha conocido las formas de civilización de estos pueblos, que se definen con autocomplacencia occidental, y sabe que con esta civilización el hombre no se ha elevado, sino que ha decaído.
Se debe ser el guardián que tome el límite de los valores.

This book published in Spain 90 years later is an interesting book it is curious to see the thoughts of that time as opposed to the current published work, in 1923, the German National Socialist party was no more than a group, of little importance, within the context and the amalgam of parties, ideas and ideological currents that at that time were presented in the Weimar Germany. In fact, the retrospective vision that Moeller associates with the term “Third Reich” has absolutely nothing to do with that founded in 1933, and is based on a profound and renovating worldview, traditional and vital that both chronologically and ideologically they do not present / display any parallelism with the Germany of Hitler, the one of the 1933-1945. In fact, and despite Moeller van den Bruck met Hitler in the same year of the publication of the work, and that the latter was notably fascinated by the same, in the later, the work would be ostracized along with its author , to appropriate the concept that gave it title and endow it with a totally different meaning.

A revolution breaks out only once. A revolution does not concern a people in relation to other peoples. A revolution concerns a nation, whose people are alone with themselves to face it: the direction this people understand to take by free choice of their own destiny depends on the success of this action.
In German history, no political revolution has yet been verified. The revolution has a socialist, political-economic and Marxist-millenarian spirit.
But above all a specifically German spirit. While we have moved on the margins, we have been doing only proclamations, indoctrination and day labor resolutions, deep down a turbulent and disconcerting storm is being unleashed: it is the violent current of German history that, under the effect of our defeat, now it goes in a direction that it had abandoned for our detriment.
Our history has led to a failed path.
Our revolution has its beginning: born as an insurrection that has ruined the State, it is now presented as a resurrection of human beings.
This revolution represents the insurrection of a transformed spiritual conception and a new self-consciousness – if it were not so, it would only represent our decline.

The German revolutionary democrats are proud of this lack of genius. They boast of their condescension, as well as having put an end to the revolution, considering as an absolute merit to have pronounced that “yes!” With which the decisions of Versailles were ratified. With this, we Germans, we assume a reassuring and optimistic position, keeping us well away from political passions. We just ask for leniency. And we did not know how to oppose the requirements that our enemies demanded of us based on the treaties that we had signed ourselves. Meanwhile, we continued temporizing, moving between the possible and the impossible instead of facing decisively the decisive points.

All the errors of socialism are condensed in the phrase of Karl Marx: “Humanity considers only the problems it is able to face”
No. Humanity assumes only problems that it can not cope with. Here is his greatness. Here is the genius that guides her. Here is the demón that pushes it.
And this is the essence of all the utopias that we never found. It is the essence of all the millenarian hopes that are never fulfilled. It is the essence of the millenarian Empire that lives only from the annunciations and that never becomes a participant in human realizations.
Marx has always opposed social utopias, but he has done so with that kind of fanaticism with which we reject certain characteristics that are peculiar to our being.
In reality, Marxism has all the peculiar signs of a materialist utopia. Marx entrusted to the proletariat the construction of a perpetuum mobile, in the rigid conviction that, as conceived logically, it would also have been reproducible. But this perpetuum mobile is identified with the world itself, and the demiurge does not allow anyone to damage his work.

The problem of population constitutes for Germany the problem of all problems: a socialist problem, if you will, from the moment in which socialism recognizes it as an economic problem, and recognizes its political drift. A properly German problem that arises after we were denied access to the world, and for which it will be necessary to give a solution looking for an exit to the outside world.
Where Marxism ends socialism begins: a German socialism, whose mission is to eliminate all forms of liberalism, which has constituted enormous power in the nineteenth century, and from which socialism has also been removed and dissolved. And even eliminating all liberalism, still in the present, in the parliaments of the western world, it is necessary to break democracy.
This German socialism is not only a mission of the Third Reich, but, and above all, its budget.

Peace has not brought peace to the world, but slavery, and has not brought even peace.
The statesmen of Versailles had the imprudence to show their work as the matrix of progress and justice.
The statesmen of Versailles were in possession of the political power owed to a lack of principles in the name of the principles, and to that which we know as the dementia characteristic of liberal men: that which despises principles, principles as means to be used and as objects of adornment by other principles.
Liberalism has destroyed civilization. It has annihilated the religions. It has destroyed the homelands. It has represented the dissolution of humanity. The peoples of nature do not know any form of liberalism. For them, the world is a unitary life experience that the individual fulfills with his peers. Thus they perceive life as a struggle that involves them and unites them.
The peoples of the national states have always retaken liberalism. They protect themselves against this through links that assure them a political existence.
Liberalism is a vision of the world, and before a visionary world from which the German youth of today distances itself with disgust, with scorn and particular scorn, because more than any other ideology, it looks at the world under the disgusting prospect of profit.
In the liberal, German youth identifies the enemy.

In all strata of the people, both in the conservative and in the proletarian masses, contempt against democracy soon followed, which was blamed for our national and social misery: contempt that would have sought to put an end to the distortion of democracy. This political system and start again, however dark, risky and uncertain were the budgets of a new beginning. It was obvious that youth understood the damage that democracy did to the genius of the nation, in its predisposition for the unusual, which now also constituted its prerogative. The youth perceived the banalities of democracy as something even more deleterious in their corruption, then judged it with harsh exaltation.
It has been the peoples who have risen through democracy. It has been other peoples who have gone to ruin with democracy. Democracy can mean stoicism, republican conception, inflexibility and harshness. But at the same time it can mean liberalism, parliamentary uproar and secularism. Have these German democrats ever considered that liberal democracy itself will be that political form that will ruin the German people?

The problem of the masses is advancing.
It advances not only from the left, but it spreads among the people. He has now taken refuge in a democracy that spreads among the people. We are in front of the liberal society, which lives on the benefits of human work, profits derived from business or income, in resolute retreat before the proletariat that, as it believes, fulfills such work. And now this liberal man seeks to stop the assault of the masses and calm him, assuring him with words, and telling them that they too belong to the people and that the great mother democracy wants to take care of the people.
This is the parliamentary demagogy that is difficult to eliminate, but under it the proletarian masses accelerate and act with impetus, they are pure action!
Marx puts the accent on the demand of the working class to free itself from itself. We do not believe that a people can only be liberated, and we put the accent on the question: Can the working class never be liberated as such?
Marxism, with the genesis of the proletariat, has failed to understand both its sociology and its psychology.
We must, if we want to have an answer to that question, understand exactly the psychological aspect.
Who is the proletariat in a nation?
What does it mean to be a proletarian?

“Conservative” is confused with “reactionary.” In effect, the two concepts could be confused, by which the conservator must express himself very clearly to be comprehensible in their contents.
The reactionary is not creative. The revolutionary is limited to destroy, and as a means to an objective of which he knows nothing, in the best case creates a new space. The conservative constructs from the eternal space, shapes the real and acts to give stability to the reality of the world.
The conservative thought expresses the conscience of the conservative base on which the world has its root and origin, and constitutes the force that drives it to act.
The conservative thinks of the third Reich. He knows that, like in the Bismarckian Reich of the Hohenzollern, the medieval Reich will survive as well as he will live again in the third Reich. The conservative lives in the awareness that history is an inheritance, a great accountability that leads the peoples of the past towards the future. But this inheritance must be achieved through fatigue, through the overcoming of the differentiations of the three phases of time.
The present is only a point in eternity. The past is eternity that continues its duration. The future is eternity that opens before us: But an eternity that we have no need to wait, in which we lived before; that is around us, and that will constitute our tomorrow if today we choose an eternal value.
The third Reich will be made when we want. But you can live only if it is not a copy, but a new creation.

The revolutionary utopia, the conservative fear, not so much a world revolution, but to the extent that it benefits democracy: this international, western, liberal and formal democracy; this corrupt democracy, composed of the great minority of rich men and peoples, who in their absolute lack of scruples have been able to identify the means with which to dominate the vast majority, and against which, perhaps, the proletariat struggles uselessly communist.
Thus, the conservative in his capacity to foresee events, knows that he will not manage to channel the revolutionary movement conservatively, and that Germany will be collapsed under this form of democracy, forged on the basis of democratic struggles that disintegrate Europe, of suffering and dissenting pettinesses that will drown her in a misery that may last for centuries.

The third party wants the Third Reich.
It is the party of the continuity of German history.
It is the party of all Germans who want Germany to belong to the German people.
The Germans of all parties will shout together: We want it too! We are well disposed to believe them, but we know all too well that you think of the Germany of your party, and that you want your life to be a function of your party’s program.
Romantic nationalism thinks only of itself. German nationalism thinks of the whole. Think of the success of the crucial points of the story. He does not want to keep the German element as German, which could mean, as we have seen, wanting to maintain something that has already had its time. He wants to preserve the German element in its evolution, in the vicissitudes that occur around us, in the revolutionary events of the nascent epoch. It wants to keep Germany so that, apart from this, it can keep a Europe in balance.

We must have the strength to live in contradictions.
German history has been, and still is, full of deviations and contradictions.
We have never reached a precise goal. rather we have always reached points that we had not anticipated. However, we always start over again and set the next goal, which was perhaps an old goal, for which we always use all our strength to restore it.
Although we were barbarians, we assumed the heritage of the Mediterranean civilization. We were pagans and we became defenders of Christianity.
We must have the strength, even today, to be the new “Guelfos”, with the awareness of their origins, and at the same time of being “Ghibellines”, as representatives of the idea of ​​Empire. We must have the strength to be, at the same time, barbarians and Christians, Catholics and Protestants, Germans from the South and from the North, from the West and from the East. We must have the strength to be here Prussians, there Austrians, Bavarians, Swabians, Franks, Saxons and Frisians, but to be so as we are, singularly, Germans.

The conclusion of the world war has despised the will of grandeur of the second Reich. The revolution has produced its decomposition. She has not been able to prevent our decline, nor the fragmentation of our four Marks. It has reduced us to a small piece of unrecognizable Reich, as Reich of the German nation. It has eliminated the possibility of a Greater Germany, which would have resulted from the union between Germany and Austria, and has not produced the courage, will and pride to put the world before a completed fact. It was a revolt ended in a small Germany, which developed in Weimar a constitution whose federalist-centralist nature did not give the Reich what belonged to the Reich, nor the countries, populations or territories, what they expected.
And also the revolution has acted by simplifying the actions at the level of German internal politics.
German culture lives not only in these two cities, but in every German city, from the city of Strasbourg, with its cathedral, where the Christ of Grünewald is placed, at the crossroads of German destiny, to the deepest east.
Certainly, those peoples of the East assume those values, taken from Germany and that they adapt. But the German language is only the language of international exchanges between Eurasia and Mitteleuropa. She allows commerce, but it has no spiritual character. And when this becomes the vehicular language of the Third International, also in this case the corresponding internationalism will have taken place. The German language only serves the Marxist character, but not the great cosmos of German spirituality that predates Marx, is next to Marx and against Marx. Even those Russians who, like Tolstoy, did not reject all of Europe, do so now for reasons that lie deep within nationality; they take from us those values ​​indicated by Hegelian idealism and, perhaps, by Schiller. The German sense of the unlimited, which can not be circumscribed to names, is equally adjudicated, insofar as they possess a sense of the unlimited that goes beyond the West, which points to the East.

German nationalism fights for the possible Reich. German nationalism today, as well as German man, is still mystical, but as a politician it has become ascetic.
He knows that the realization of an idea is always postponed, due to the fact that intelligence is, in reality, very human. He knows that nations realize their ideas only to the extent that they hold them firmly and carry them forward.
The German nationalist is immune to ideology by ideology. He has understood the deception of the great words, to which the peoples that have defeated us welcome themselves in a world mission. He has known the forms of civilization of these peoples, which are defined with Western complacency, and he knows that with this civilization man has not risen, but has decayed.
It must be the guardian who takes the limit of values.

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